viernes, 13 de mayo de 2011

Los Juanguren y el espadero 19

Tras la muerte del trapero, su mujer Beatriz Ortiz de Juanguren se empeñó en sacar adelante los negocios del difunto, pero en pocos días la esposa y los compañeros de Bastidas fueron acorralándola con sus maquinaciones y chanchullos mercantiles. Quizá por esto la tutela de los menores recayó en Juan Ortiz, asumida el 15 de mayo de 1507. Juan administró arriendos de casas que quedaron de la herencia, entre ellas una en la calle de Alfayates y otra en la calle de Catalanes, y al morir fué sucedido por otro hermano, Gonzalo Ortiz, canónigo sevillano.
Desde el otro lado del Océano a la desgraciada Beatriz también la atacaba un tal Juan de Dios, socio y factor de su marido difunto que aprovechó su muerte para apropiarse de los libros de cuentas y de la tienda del trapero.
Juan Gil nos ofrece una petición de la viuda al Cabildo sevillano que expresa la triste situación en que había quedado:

"Muy magníficos señores. La muger e herederos de Alonso Rodríguez, su mayordomo del año pasado de mill e quinientos e seis años, besamos las manos de vuestra señoría, la cual bien sabe qu´el dicho Alonso Rodríguez es fallesçido desta presente vida; e de la mayordomía que de vuestra señoría tovo, así del dicho año pasado como del año de quinientos e çinco años, se quedó deviendo muchas contías de mrs., porque con la esterelida (sic) del tiempo no han podido pagar los arrendadores, e tanbién porque el dicho Alonso Rodríguez fallesçió en saliendo el año. Suplicamos a vuestra señoría mande dar el poder e facultad qu´el dicho Alonso Rodríguez tenía para cobrar las dichas debdas al jurado Rodrigo Ortiz, así para dar su mandamiento para esecutar como para las otras cosas, porque las dichas debdas se cobren e podamos bien pagar a vuestra señoría lo que se le deviere; en lo cual, demás de fazer justicia, a nosotros fará mucha merçed". (Archivo Municipal de Sevilla, Actas Capitulares, año 1507, enero, fol. 37r.).

No cursó todo lo bien que era de desear la desesperada solicitud. El nuevo mayordomo, Álvaro de Valladolid, calculó un saldo negativo de 1.500.000 maravedíes, que llevó al embargo de las tiendas en la Alcaicería y de paños heredados por los menores, aunque gracias a las fianzas que sus tutores ofrecieron, les fueron devueltas las llaves de dichas tiendas, por lo que pudieron continuar subsistiendo.
Al fin la Audiencia dominicana pronunció sentencia, aunque al ser tan tarde como en 6 de octubre de 1531, la condena a los herederos de Bastidas a pagar a los de Alonso Rodriguez 55.739 maravedíes que colocó éste en la compañía, más 300 pesos en ganancias, no significó ya nada para la hacía muchos años ya difunta Beatriz.

Ahora corresponde, antes de terminar el episodio del zorzalero Juan Martín Haldón y entrar de lleno en el tema central de la serie, o sea, la muerte de Diego Ortiz de Juanguren el joven a manos del espadero Bernardo de Oliver, retratar a otro Juanguren contemporáneo, fiel representante también del pésimo carácter y del agrio temperamento que esta familia deja entrever en los documentos hasta ahora encontrados sobre ella. Nos referimos a Luis Ortiz de Juanguren, hombre también avecindado en Castilleja. Debió ser Luis nieto o sobrino-nieto de Diego Ortiz el viejo, nuestro hacendado de La Plaza.
Obra en el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid una Ejecutoria del pleito litigado por Francisca de Padilla, mujer de dicho Luis Ortiz, vecina de Sevilla y Alonso de Ribadeneira, vecino de Valladolid, con Margarita de Argüello, viuda del doctor Luis Salado, como curadora de sus hijos, el licenciado Salado de Ribadeneira y consortes, todos hijos y herederos del doctor Salado, sobre intento de anulación del testamento que dejó Juan de Espinosa Salado y apropiación de sus bienes, mediante engaños a Melchor de Espinosa y Alonso de Ribadeneira, hijos de Francisca Padilla y herederos de Juan de Espinosa Salado, para que se casasen con las hijas del doctor Salado y les entregasen dichos bienes como dote.
Como vemos, el lío familiar es de órdago. Reparemos primeramente en estos hijos de Francisca de Padilla —y herederos de Juan de Espinosa Salado—, Melchor de Espinosa y Alonso de Ribadeneira, quienes no lo parecen ser de Luis Ortiz su marido, y sí por lo tanto de otro matrimonio (¿con Juan de Espinosa Salado?), o acaso naturales.
La fecha de la Ejecutoria es muy tardía, del 14 de marzo de 1581. Desde que alrededor del 1563 Francisca de Padilla habitaba en Castilleja de la Cuesta con su marido Luis Ortiz de Juanguren habían pasado muchos años y sus vidas habían dado muchas vueltas, tanto aquí como en Indias.
En el mismo depósito vallisoletano se custodia otra Ejecutoria, de fecha más temprana, 27 de junio de 1573: Ejecutoria del pleito litigado por el doctor Berástegui y Beatriz de Rivadeneira, su mujer, vecinos de Medina de Rioseco (Valladolid), con Francisca de Padilla, mujer de Luis Ortiz, vecino de México, Margarita de Argüello, viuda del doctor Salado, vecino de Valladolid, como curadora de Luis Salado y Juan Salado de Rivadeneira, y Gracia de Rivadeneira, mujer del doctor Jerónimo de Espinosa, Juez Mayor de Vizcaya, sobre la herencia de Melchor Espinosa Salado, vecino de Valladolid, difunto, y el pago de las mandas pías contenidas en su testamento.
Y aún otra tercera, fechada un año antes, en 17 de abril de 1572: Ejecutoria del pleito litigado por Francisca de Padilla, vecina de Sevilla, mujer de Luis Ortiz, residente en Ciudad de México (México), con el doctor Berastegui, Beatriz de Rivadeneira, Margarita de Argüello, viuda del doctor Luis Salado, por sí y como tutora y curadora de Luis y Juan Salado de Rivadeneira, sus hijos, y el licenciado Juan Salado de Rivadeneira, sobre ejecución de la carta ejecutoria de un pleito anterior, sobre que le incluyan en la posesión de los bienes que dejó Melchor de Espinosa, su hijo natural.
Mas otra del 26 de julio de 1570, del todo sugerente en lo que respecta a las peripecias vitales de la mujer de Luis Ortiz: Ejecutoria del pleito litigado por Francisca de Padilla y Gallego Ortiz, vecinos de Ciudad de Méjico (Méjico), con Beatriz de Ribadeneira, el doctor Berastegui, Luis Salado y consortes, vecinos de Medina de Rioseco (Valladolid), sobre la herencia abintestato del hijo natural de la primera, Miguel de Padilla.
En todo caso, que tuvo algún hijo con Luis Ortiz lo demuestra este Registro de pasajero a Indias del 31 de mayo de 1581: Don Gonzalo de Yranguren, natural de Sevilla, soltero, hijo de Luis Ortiz de Yranguren y de doña Francisca de Padilla, a Nueva España (Archivo General de Indias. La lectura "Yranguren" es un error de los archiveros).

De toda esta embrollada historia sabremos con detalle, después de conocer más a fondo a Francisca de Padilla en Castilleja, ligada como estamos viendo a los Juaguren por su matrimonio con Luis Ortiz. Comencemos: el martes 19 de octubre de 1563 una atribulada doña Francisca, a la sazón vecina de Sevilla, se presenta ante el Alcalde Ordinario de nuestra Villa, Bernabé Martín; Hernando de las Cuevas está presente, dejando constancia escrita de cuanto expone la mujer. Francisca de Padilla trae una Carta Requisitoria del Alcalde Ordinario de Sevilla Diego de Matute, junto con un interrogatorio, fechados el 16 de octubre, y solicita a Bernabé que la cumpla y que reciba a los testigos. Ella y su marido habían sido ejecutados en sus bienes a petición del clérigo Bernabé García, con el que tenían pleito, y opuesta como es natural a dicha ejecución o embargo, ahora efectuaba las presentes diligencias de probanza en Castilleja para que les fuera levantado.
Entre las preguntas que Bernabé Martín debe hacer a los testigos, están la de si conocen cierto poder que Francisca de Padilla dió a su marido Luis Ortiz el 6 de mayo de 1556 ante el escribano Juan Vizcaíno; la de si saben de una escritura de tributo de 34.821 maravedíes al año, que otorgó dicho matrimonio el 19 de octubre de 1556 ante el escribano de Sevilla Diego de la Barrera; la de si saben que Luis Ortiz era un hombre muy recio de condición y súpito (sic) y mal acondicionado, y que daba muy áspera y mala vida a su mujer y ponía las manos en ella, dándole de palos, y coces, y bofetones, y puñadas, y sacando espadas y puñales para ella, y corriéndola con ellos, y atemorizándola, y poniéndole muchos miedos y temores, tratándola siempre muy mal desde que se casó hasta que se fué de la ciudad; la de si saben que el dicho Luis era un hombre tan determinado que toda las amenazas que hacía y todos los miedos que ponía, los ponía en ejecución y efecto y obra, por cuya causa doña Francisca le tenía mucho miedo y temor, y cualquier cosa que él mandaba, si luego no lo hacía, ponía las manos en ella y la trataba muy mal y ásperamente; la de si saben que antes de que doña Francisca otorgara dicho poder y la escritura de tributo, Luis le hizo muchos y muy malos tratamientos para que los otorgase, poniendo las manos en ella, dándole muchas coces y bofetones y puñadas y palos, sacando espada y puñal para ella y corriéndola, atemorizándola y amedrentándola para que los otorgase; la de si saben que por todo ello doña Francisca los otorgó, y que si no, la matara; la de si saben que doña Francisca llevó de dote en ajuar, preseas y bienes de casa más de 4.000 ducados; la de si saben que Luis se ausentó de Sevilla por deudas, y está en las Indias, y anda huido por dichas deudas, y doña Francisca está muy pobre y necesitada.
De inmediato doña Francisca de Padilla presentó sus testigos; primeramente, alguien con experiencia propia en maltratos conyugales: Luisa de Rojas, la esposa de Íñigo Ortiz de Juanguren, emigrado en el Perú. Este hecho añade a las ya de por sí tensas relaciones entre la de Mazalquivir y los Juanguren nuevos potenciales, y denota que Luisa, tras su desastrosa experiencia con el excombatiente y después de haber vivido de manera total la aventura ultramarina, se había convertido en una mujer completa, con un carácter nada proclive a dejarse amilanar por nada ni por nadie.
Declaró Luisa de Rojas sin tapujos; seguía apareciendo como vecina de Sevilla y moradora en nuestra localidad, y a la sazón tenía 39 años de edad; dijo que conocía al matrimonio desde hacía 11, y manifestó no conoce al clérigo Bartolomé García; dijo saber del poder referenciado, porque cuando doña Francisca lo otorgó, se lo vino a decir a ella Diego Ortiz, primo hermano del dicho Luis, comunicándole que lo había hecho contra su voluntad y con muchas lágrimas de sus ojos; sabía del mal carácter de Luis, y de los malos tratos que infligía a su mujer, y en cierta ocasión doña Francisca le confesó que la había amenazado con arrojarle una silla a la cabeza y con que se la hendería con ella; refirió que dicha doña Francisca se le venía a quejar muchas veces, diciendo que Luis la aporreaba por no hacer lo que quería, y que además todo ello era público y notorio en Castilleja; dijo saber que Luis Ortiz se fué a las Indias para soslayar deudas, que ha escrito desde allí, y que gastó toda la hacienda de su mujer.
Se entiende que doña Francisca recurriera a Luisa de Rojas como confidente y consejera de su atormentada vida matrimonial, en cuanto que ésta le habría confiado su no menos tormentosa vida en el norte africano con el matón mirobrigense.
La siguiente testigo es Juana García, mujer de Francisco García y vecina de esta Villa, la cual conoce a doña Francisca desde que se sabe acordar, y a su marido Luis desde hacía más de 30 años; ella tiene 40 al tiempo de su declaración. Dijo que una vez Luis le pidió a Francisca 10 ducados, para jugárselos con los amigotes, y como no se los quiso dar la aporreó, y Francisca daba muchos gritos, y esta testigo fué a su casa y la encontró llorando; y le tenía mucho miedo y temor. La testigo sabía que Luis, por sus deudas, huyó a las Indias, y que doña Francisca, debido a todo ello, estaba en situación de gran pobreza y necesidad.
Otra testigo fué María Hernández, mujer de Pedro Valiente y asimismo vecina de Castilleja; dijo conocer a la mujer de Luis Ortiz desde hacía 10 años, y no conocer al clérigo Bartolomé García; tenía por entoces María 33 años de edad; dijo saber que Luis Ortiz era hombre muy mal acondicionado y recio, y haber visto que por cada cosita (sic) reñía con Francisca, de palabra, deshonrándola, y esta testigo vió cómo cuando Luis entraba en su casa, Francisca estaba temblando de él, y era tanto el miedo que le tenía, que cualquier cosa que le mandaba lo hacía, y que esta testigo lo sabía porque estuvo en su casa. Dijo también saber el asunto de la escritura, y que Luis se fué a Indias por deudas, dejando a Francisca en estado de extrema necesidad.
Testigo, Hernando Jayán. Conoce al matrimonio desde hacía 14 años poco más o menos, y no conoce al clérigo. Tiene 40 años de edad y confiesa ser compadre del dicho Luis Ortiz. Sabe que es hombre recio y mal acondicionado, y que en su casa hace lo que quiere, por fuerza o por grado. Vió salir de su casa llorosa a Francisca, tras otorgar la escritura, y por ello entendió que lo había hecho forzada. Sabe que Luis huyó a Indias por sus deudas, porque él mismo se lo dijo antes de partir. Y sabe que Francisca de Padilla es pobre.
Testigo, Isabel García, viuda de Juan García, vecina de esta Villa; conoce al matrimonio desde que eran niños, y no conoce al clérigo Bartolomé. Tiene 60 años de edad, y declara lo mismo con pocas diferencias, asegurando que lo ha oído decir a las gentes del pueblo.
Y una vez confeccionada la probanza, Hernando de las Cuevas dió traslado de ella a doña Francisca.
No hay más documentación sobre el caso, pero la antecedente basta y sobra para vislumbrar las condiciones de vida de doña Francisca, la forma de ser de su marido, la honradez de Hernando Jayán, y la solidaridad de las mujeres que declararon en apoyo de la maltratada.

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