martes, 17 de mayo de 2011

Los Juanguren y el espadero 20

No sabemos dónde estaba la casa de Luis Ortiz y Francisca de Padilla. No sabemos si su fachada daba a La Plaza de Santiago, o si formaba parte de la hilera incipiente en la calle de Hernando Jayán, que hoy es de Enmedio; acaso se alzaba en el extremo superior de la calle Hernán Cortés, o aledaña al muro norte de la Iglesia. Pero sí sabemos que era la casa del Miedo. Blanco y espeso, el Miedo oprimía el aire de las alcobas, se sentaba en todas las sillas y miraba con fijeza desde todos los rincones. Las oscuras ventanas absortas, el exhudado frío de las paredes encaladas decían Miedo. Brillaba en el filo del puñal, helándolo en el roce con el femenino cuello, y traducía en secas roturas de huesos los crujidos del silencio mortal. A doña Francisca los gatos desde los tejados y los espejos desde las paredes la miraban, esperando impávidos el amanecer —como amanece el sol— de un amasijo sangrante por rostro, cada mañana. Y el desgarro de su grito en la tarde marcaba la hora como trágica campanada. Y la amenaza susurrada, el insulto bisbiseado junto a la oreja vertía su veneno caliente y corrosivo, taladrador y cruel, señalando las noches veladas de transpiraciones denigrantes.
Hasta que Luis marchó, arrastrando tras él el Miedo como una capa de amenazas aladas. Entonces ella miró la puerta y respiró, y aquella noche sintió por fin su cuerpo hundirse en la cama, mientras la Libertad reía en silencio deshaciéndole los nudos cárdenos con sus dedos de hermana.

Hemos visto su reacción en el anterior capítulo. La estrategia de la Padilla es clara. Intenta una radical separación de bienes matrimoniales para que sean los de su marido, en Indias, los que permanezcan embargados por el pleito con el clérigo Bartolomé. Y el argumento principal que utiliza para liberar los suyos propios es que dicho su marido se los robó literalmente, incluso por medios violentos.
No deja de ser curioso —y enigmático— que luego esta mujer marche a Indias, donde se encuentra ahora su esposo y peor enemigo; aunque las Ejecutorias vistas en el capítulo anterior se refieren a ellos como todavía legalmente casados, los hijos naturales y el otro cónyuge, Juan de Espinosa Salado, rodean a la biografía de doña Francisca de un hálito romántico y aventurero especial. Veamos sus avatares.

Francisca de Padilla, mujer de Luis Ortiz, vecina de Sevilla, y Alonso Rivadeneira, vecino de la Villa de Valladolid, y Juan de Espinosa Salado y su procurador en su nombre de la una parte; y doña Margarita de Aguallo, viuda del doctor Luis Salado, por sí y como tutora de sus hijos, y el doctor Berastegui y doña Beatriz de Ribadeneira su mujer y su procurador en su nombre, y el Licenciado Salado de Rivadeneira y los demás hijos y herederos del dicho doctor Salado y su procurador en su nombre, han entablado un pleito. Pareció en la Chancillería de Valladolid Antonio Hernandez en nombre de la dicha Francisca de Padilla el 26 de julio de 1572, ella como madre y heredera legítima del abintestado Melchor de Espinosa, su hijo natural con Juan de Espinosa, y presentó demanda contra el Licenciado Alonso Salado de Rivadeneira y doña Beatriz de Rivadeneira, mujer del doctor Berastegui, abogado en la real Corte, y contra doña Juana de Rivadeneira, mujer del Licenciado Lezama, vecino de la Villa de Medina de Rioseco, y contra los demás hijos y herederos que quedaron del doctor Luis Salado, y contra Margarita de Arguello, madre y curadora de algunos de los dichos herederos, y dijo que siendo el dicho Melchor de Espinosa menor de 25 años y teniendo por su curador a Alonso de Torres Salado su tío, hermano de dicho doctor Luis Salado, difunto, y teniendo como tenía al dicho doctor respeto y reverencia como a padre, y estando muchas veces en su casa adonde le habían hecho e hicieron muchos regalos y buenos tratamientos, y siendo ansí que el dicho doctor por diversas vías y maneras había hecho entender al dicho Melchor de Espinosa y a Alonso de Rivadeneira su hermano que el testamento que el dicho Juan de Espinosa había hecho era ninguno por no haber sido los testigos de él llamados y rogados, y porque el escribano ante quien se había otorgado no era escribano del número de la ciudad de México donde se había otorgado, ni daba fé que conocía al otorgante, y que por las dichas causas y otras él podía hacer dar por ninguno el dicho testamento del dicho Juan de Espinosa Salado, y hacer que los dichos sus hijos o quienes dejaba por herederos fuesen eludidos de la herencia y sucesión del dicho su padre y lo heredasen el dicho doctor Luis Salado y sus hermanos, siendo como es y era verdad que el dicho testamento era y es válido y no tenía ninguno de aquellos defectos, y por la forma y manera que allí decía con dolo y fraude el dicho doctor Salado había inducido y persuadido al dicho Melchor de Espinosa y al dicho Alonso de Rivadeneira su hermano a que se hubiese de desposar y casar con la dicha doña Beatriz de Rivadeneira y con doña Luisa de ¿Monillo? sus hijas y sobre el dicho casamiento le había hecho hacer y otorgar unas escrituras de capitulación y concierto que habían pasado y se habían otorgado por ante Francisco Cerón, notario del número de la dicha Villa de Valladolid en 27 de febrero de 1558 años, y para dar más fuerza el dicho doctor había hecho que se pusiese en ella que aquello a que los dichos Mechor de Espinosa y Alonso de Rivadeneira se obligaban lo hacían y otorgaban por causa de las dichas pretensiones que el doctor Luis Salado decía tener contra el dicho testamento, y porque renunciase el derecho que decía tener contra él y por la dicha escritura de capitulación había hecho que se obligasen como se habían obligado de dar cada uno de ellos a sus esposas 3.000 ducados por vía de arras y aumento de dote y donación por tener nupcias para que aquellos hubiesen de ser y fuesen bienes propios de las dichas sus esposas, y el matrimonio entre Melchor de Espinosa y doña Beatriz de Rivadeneira no había tenido efecto porque Melchor murió antes de que Su Santidad dispensase por el parentesco que había entre ellos, y todavía la dicha doña Beatriz había habido y llevado los dichos 3.000 ducados, y además de aquello, por la dicha escritura de capitulación y concierto había hecho el dicho doctor Salado que Melchor y Alonso obligasen a pagarle en cierto tiempo 2.000 ducados por razón de la manda que el dicho Juan de Espinosa Salado había hecho en su testamento para cada una de las hijas cuando se casasen, y los dichos 2.000 ducados los hubieron de haber doña Francisca y doña Constanza, hijas del dicho doctor Salado, si se casasen, y aunque aquellos no se les debían ni los hubieron de haber las dichas Francisca y Constanza, por haber muerto antes de casarse, todavía el dicho doctor les había hecho obligar como se habían obligado a pagárselos, so color y por razón de las dichas pretensiones fingidas, y además les obligó por la dicha escritura a que le pagaran otros 1.000 ducados, que dijo que el dicho Juan de Espinosa su padre le era obligado a pagar por ciertos negocios que por su mandado había tratado en el Consejo de las Indias contra el doctor Francisco de Herrera, Oidor de la Audiencia de México, sobre cierto agravio que había hecho el dicho Juan de Espinosa a Salado, no estando ni siendo obligado el dicho Juan de Espinosa ni los dichos sus hijos ni herederos a pagar cosa alguna por razón de aquello, pues aquello y más le había remunerado y gratificado el dicho Juan de Espinosa a su hermano en su vida y al tiempo de su muerte por el dicho su testamento, de manera que por la dicha escritura Melchor y Alonso se habían obligado cada uno de dar al doctor Salado y a sus esposas 4.500 ducados sin estar obligados a nada de ello, y a cuenta de los dichos 4.500 ducados el doctor y Beatriz de Rivadeneira tenían recibidos de los propios bienes y hacienda de Melchor 120.536 maravedíes de juro al quitar a razón de 14.000 maravedíes el millar, y por razón de haber otorgado Melchor las dichas escrituras siendo como era menor de 25 años y sin licencia de su curador, y por dolo y fraude que había dado causa al contrato, Melchor no era obligado a pagar nada, ni tampoco lo es su parte la heredera, antes las partes contrarias eran obligadas a volver y restituir las dos tercias partes de los 4.500 ducados y por ellos las dos tercias partes del dicho juro, con mas las dos tercias partes de los réditos que han corrido y corren, que no lo habían querido ni querían haber aunque habían sido; por ende pedía al dicho Alcalde cumplimiento de justicia, y que diese por ninguna la escritura de capitulación y concierto, y que le restituyan dicho dinero; y además de aquello el dicho Melchor de Espinosa había dejado y mandado a la dicha Beatriz su esposa el tercio de sus bienes, los cuales tiene adjudicado por sentencia ejecutoria la demandante su madre.

El Alcalde de la Chancillería mandó dar traslado de la querella al licenciado Alonso Salado de Rivadeneira y sus consortes, y que respondieran en cierto término, y en julio de 1572 pareció Juan de Ontiveros en nombre de dicho licenciado Alonso y consortes, el cual alega sobre la validación de la capitulación matrimonial. Sigue un tenso tira y afloja entre las dos partes, ante el Alcalde Licenciado Gaspar Escudero, de la Audiencia de la Chancillería de Valladolid, quien emitió sentencia, luego revocada por otra autoridad judicial superior, contestada la revocación por la parte agraviada, vuelta a empezar, y en esa tesitura de acciones y reacciones continúa una veintena de folios de apretadas líneas que nos excusamos de transcribir.
De todo ello, y de otra documentación al respecto que se encuentra en el Archivo General de Simancas, como es la "Ejecutoria del pleito litigado por María de Grajal, viuda de Francisco Rodríguez, vecina de Medina de Rioseco (Valladolid), con Juan de Espinosa Villarroel, como curador de Violante y Leonor de Rivadeneira, y Hernando y Gaspar de Rivadeneira, hijos y herederos de Alonso de Torres Salado, vecino que fue de Sevilla, y Ana de Rivadeneira, mujer de Juan de Espinosa Villarroel, todos de la misma vecindad, sobre que le paguen 4.000 ducados que el difunto debía a Alonso de Melgar el Mozo, de quien era heredera", el "Juro a favor de Juan Salado de Rivadeneira de 49.745 maravedís, que incluye: cita del testamento de Luis Salado Rivadeneira; cláusulas del testamento de Beatriz Rivadeneira; escritura de transación otorgada por los interesados en la partición de los bienes fincables de Beatriz Rivadeneira; Ejecutoria expedida a favor de Francisca Padilla Alonso Rivadeneira y Juan Espinosa; partición de los bienes de Juan Salado Rivadeneira y Beatriz Porras Osorio y Leonor Daza, y adjudicación de los mismos a favor de Alonso y Luis Rivadeneira; y testamento de Alonso Rivadeneira", y el "Juro a favor de Francisca de Padilla de 19.409 maravedís, que incluye el testamento de Francisca de Padilla dejando por herederos universales a Gonzalo de Padilla y fray Juan Ortiz de Padilla", y el "Juro a favor de Francisca Padilla de 112.500 maravedís, que incluye el testamento y codicilo de Gonzalo Ortiz Padilla fundando capellanía", podríamos construir con todo detalle la genealogía del segundo matrimonio ¿o simple emparejamiento? de doña Francisca de Padilla, con sus complejas derivaciones parentales. Mas esta construcción nos alejaría del objeto de nuestra investigación, que es la historia de Castilleja. Por lo tanto, dejaremos abierta esta puerta vallisoletana, a la espera de que en un futuro, probablemente alguno de sus personajes reaparezca, de nuevo vinculado a dicha historia castillejense.
En definitivas cuentas, hallamos a una Francisca de Padilla plena de vivencias, rodeada de hijos, acaso de nietos, y con mucho que recordar tanto en Ultramar como otra vez en la península ibérica.
Anotemos para concluir que existe en Salamanca otro "Juro a favor de Juan Fernández de Espinosa, tesorero general de Su Majestad, de 11.884 maravedís, que incluye el testamento de don Alonso de Torres Salado", y recordemos que este Alonso de Torres Salado fué tío y tutor de Melchor, uno de los hijos naturales de doña Francisca, obligado a casarse con su prima Beatriz de Rivadeneira.
El Tesorero General de Su Majestad Juan Fernández de Espinosa también, en algún grado, formaba parte de la intrincada familia. Fué hombre, por su cargo, agobiado con pleitos y demandas, y manejaba envíos de hasta 300 esclavos negros, con destino en un caso concreto a La Habana.

2 comentarios:

Luis Salcedo dijo...

Aprovecho la oportunidad para saludarlo y a su vez, invitarlo a ver mi blog dedicado a mostrar la riqueza cultural del Perú mediante fotos comentadas, modelos tridimensionales en imágenes y videos, artículos y más. La dirección es:

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Antonio dijo...

Saludos cordiales, Luis. Veo su completísimo blog con agrado y curiosidad.

Le felicito por él. Hasta pronto.

Notas varias, 3i.

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