lunes, 28 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 27


Si a oídas del pescadero Hernán Diáñez hubiera llegado el agravio que el viejo Rodrigo Franco había infrigido a su hija, de nada le sirviese a éste ni la protección de sus muchos camaradas y compadres, ni el talante violento de su hijo Alonso, ni la fidelidad perruna de sus esclavos, ni todas las Justicias de los Reinos de Su Majestad actuando en su favor: con uno de los instrumentos de desescamar barbos tenía garantizada el lascivo hacendado la cuchillada en el vientre.
Era el mencionado pescadero de baja talla, rechoncho y de cara abotagada por el consumo excesivo de alcohol, y sus ojos armonizaban, verdosos, claros e inexpresivos, con su oficio. Como ya hemos dicho, ganábase el sustento portando el producto del mar —y del río— hasta la Calle Real un par de veces a la semana, lugar donde lo vendía prontamente. Precisamente una de las bestias que usaba para su transporte era el asno pardo ahora embargado por el Juez Jayán en casa de su evadido yerno Haldón, asno que desde hacían unos meses había prestado al matrimonio para que sobrellevasen la preñez de Catalina.
Recordaremos a Leonorcita, encomendada por dicha Catalina a una amiga del vecindario mientras se desarrollaban los hechos protagonizados por el zorzalero. Y el abuelo pescadero era una de las pocas personas del pueblo enteradas de que, oculta con la niñita en una habitación interior de un hogar discreto, Ana de Tovar aguardaba el desenlace de los acontecimientos. Ni a la familia de Haldón ni a la de Alonso Rodriguez de Triana le faltaron nunca apoyos y solidaridad en Castilleja, ampliamente conocidos como eran y ahora por añadidura elevados en un pedestal por haberse enfrentado tan directamente al odiado clan de los Juanguren. Hasta el escribano Vizcaíno tenía en mente, a cada paso que daba y a cada minuto que vivía, que:

El domingo 27 de dicho mes de enero de 1555 bautizó Rodrigo de Cieza a Leonor, hija de Juan Martin Haldón y de Catalina Hernandez. Fueron sus compadres1 Miguel de las Casas, Juan Vizcaíno, Francisco de Aguilar y su mujer Isabel Rodriguez. (Bautismos 3, diciembre de 2008).

1.- Entiéndase: padrinos.

Y como padre reciente que era también (Juanito apenas cumplía entonces la primera semana de vida, —ver "Los Juanguren y el espadero 10", marzo de 1011—), su empatía hacia los jóvenes esposos se acrecentaba cada vez que, embelesado, contemplaba a su propio hijito.
Hernando Jayán, otro de los castillejanos felizmente bendecidos por la paternidad, desentonaba en la actitud general de simpatía hacia la causa de los prófugos como hemos visto, debido a sus intereses con el viejo Diego Ortiz. Dijimos ya del Juez de Comisión que actuó con gran honradez testificando contra el maltratador de género Luis Ortiz, otro Juanguren, a favor de su mujer Francisca de Padilla ("Los Juanguren y el espadero 19", mayo de 2011), pero sus actos, condicionados a las coyunturas y circunstancias que ahora le obligaban, diferían completamente.

¿Qué era, a estas alturas, de Juan el preso y de Alonso el carcelero, los dos desaparecidos? Hay testimonios con los que reconstruir su aventura, al menos en las primeras etapas. Alonso mantenía con Haldón, repetimos, una profunda relación de amistad, reforzada por una misma ocupación y un modus vivendi común: el de chifleros. Sabemos que el Alguacil no era menos consumado cazador de pájaros, y que la venta de éstos constituía también para él la principal fuente de ingresos, excepto cuando la siega, el verdeo o la vendimia exigían de todas las poblaciones de la comarca mano de obra urgente.
Eran las dos de la madrugada, en la neblinosa noche del domingo 3 al lunes 4 de noviembre, cuando, tras haber hablado pormenorizadamente de sus proyectos e informar a sus respectivas mujeres de ellos, Alonso acordó liberar de grilletes, cepo y cadenas al cautivo y, sigilosamente, cargados ambos con vituallas para unos días, escapar a primeras horas de la mañana siguiente. La cual se presentó opaca, tal y como había estado la atmósfera desde varias horas antes. El frío lunes no registraba gran actividad en el pueblo, y salieron a la Plaza —fantasmagorías de brumazones— y cruzando huertos y corrales —turbiedades arbóreas—, huyéndoles a las escasas más sombras que personas que transitaban entonces, alcanzaron el ahogado por la neblina Camino Real, desde el que, sin contratiempos ni encuentros inesperados —las casas permanecían cerradas en el vaho frío y húmedo— las dos sombras borrosas enfilaron tanteando con sus bastones por la hijuela hacia Tomares con la idea de, rodeando el poblado, allegar a las zonas boscosas de los márgenes del río Repudio en términos de Mairenilla, del todo propicias para ocultarse. Esperaban poder granjearse socorros de los pastores y ganaderos conocidos que transitaban por la Cañada Real de las Islas, y de los trabajadores de los molinos harineros, con los que habían tenido algún trato.
De forma que en las proximidades del mediodía —persistía el cejo blancuzco formando vórtices en el aire de plata derretida—, tras una marcha a buen paso y rodeando chozas y caseríos, avistaron las elevadas sombras de los añosos álamos que orlaban el curso del arroyo del Zorrero, corto afluente del Repudio y corriente en su cuenca, que solo tenían ir orillando hasta internarse en un inextricable enredo de matorral, carrizales, juncos, y arbustos a los pies de frondosos algarrobos, pinos y álamos. Había llovido mucho en días anteriores y era de esperar un flujo abundante de agua e incluso áreas inundadas e intransitables.
Hablaron poco durante la preparación del "campamento", y sus palabras se desvanecían en nubecillas de vaho. Al llegar la tarde, ya con el aire limpio, aunque frío, y el cielo nuboso, tenían un cobijo propiciado por cierta oquedad en un barranco de tres metros de altura labrado por la corriente, con acceso difícil desde arriba. Al otro lado del río el follaje era tal que no había que temer miradas indiscretas. Disimularon el escondrijo con ramajos, dispusieron su escaso equipo, y exploraron los alrededores para establecer un claro donde encender fuego, distanciado en lo posible de la covacha. El agua cantora brincaba entre los pedruscos verdinosos. A lo lejos, el traqueteo rítmico de la rueda hidráulica de una azuda era la única manifestación de un mundo civilizado que poco a poco se iba perdiendo en sus mentes, y aquel triste crujir, apagado y ajeno, era lo único que les conectaba con sus semejantes.
Cansados, cuando el manto de la noche quedó extendido por la cuenca, se durmieron acurrucados en el hueco, arrullados por el intenso croar de las innumerables ranas.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 26

Luego incontinenti el dicho Señor Hernando Jayán fué a las casas de la morada del dicho Juan Martín Haldón, y se le secuestraron los bienes siguientes:

-Una mesa de madera, de 4 pies.
-Dos banquillos de madera, viejos.
-Una caldera mediana, y otra más pequeña.
-Un serón de palma, raído.
-Un cedazo, viejo.
-Una aldaba.
-Una espuerta de palma, grande y nueva.
-Un ovillo de hilo que tenía una onza poco más o menos.
-Unos manteles caseros, pequeños y viejos.
-Un colchoncillo de tascos1, viejo.
-Un arca de madera, vacía.
-Un paño de lienzo pintado, pequeño y viejo y roto.
-Dos candiles y una soga de pozo.
-Un cuartillo y otra medida más pequeña, y 2 embudos, uno de barro y otro de estaño, viejos, para medir vino.
-Un lebrillo blanco, pequeño.
-Unas trébedes y dos asadores.
-Un asno pardo.
-Nueve pájaros zorzales.

Todos los cuales bienes recibió en secuestro y depósito Francisco de Aguilar2, que se obligó, firmando de su nombre.

1.- Tasco. La arista, tamo, ù estopa gruessa, que dexa el lino, y cáñamo al rastrillarlos, ò espadarlos. Diccionario de Autoridades.

2.- Sobre la personalidad de Francisco de Aguilar reina cierta confusión en los protocolos que le atañen, porque si en algunos aparece como analfabeto, siendo necesario que firme por él algún testigo, en otros hace ostentación de una firma adornada de una enérgica y segura rúbrica, que denota poseer formación y cultura muy por encima de la media en aquella sociedad. Todo ello nos lleva a pensar que se trate de dos personas distintas —lo que no parece probable—, o que, fraudulentamente y con intención de servir a sus intereses coyunturales, se hace pasar por iletrado en ocasiones, para dejar las mínimas huellas documentales de sus actividades. Esta segunda posibilidad no tiene nada de extraño, pero requeriría la connivencia del escribano de turno. Ella, —advertimos—, no es contemplada por los estudiosos de la alfabetización del Siglo de Oro, los cuales basan primordialmente sus estudios, a falta de otras fuentes más fiables, en las estadísticas de firmantes, en la cuantificación de quiénes sabían firmar, ya que el indicador más general y directo es el dominio de la firma, a falta de censos que no se iniciarían hasta el siglo XIX, exactamente en el año 1835 el primero de ellos.
Un tercer caso, —que también viciaría las investigaciones aludidas—, es el de que, siendo iletrado, dispusiese de algún delegado que, subordinadamente y con autorización, usase su nombre para firmar específicos documentos.


En la casita de Haldón, en el centro de su patinillo, se erguía un naranjito joven de cuyas ramas nuevas ya en aquel mes de noviembre colgaban maduras dos o tres docenas de gruesas y saludables frutas. Mientras el Juez de Comisión, el escribano Juan Vizcaíno con sus notificaciones, y otros testigos recontaban los escasos bienes, el viejo Rodrigo Franco, como Pedro por su casa, salió al dicho patinillo a curiosear, y detúvose frente al arbolito, distraído. La mañana había cobrado esa luminosidad otoñal que proporciona un cielo limpio tras varios días de aguaceros, luminosidad que en el patio era acrecentada por el pulcro enjalbegado que Catalina aplicaba asiduamente a las paredes, multiplicándose en el espacio como en espejos de cristal. El cielo estaba profundamente azul y el sol de oro, en plena elevación, dejaba sus cegadores planos en el blancor de los muros. Algunas matas de rojos geranios florecían en humildes tiestos aquí y allá, alternadas con un ringlero de jaulas de cañas que abarcaba todo el perímetro, en las cuales saltaban en sus posaderos, alegres por la radiante mañana, oscuros zorzales de ojillos brillantes e inquietos, representando todas las edades. El aire fresco y sedoso estaba quieto. y el hacendado respiró a pleno pulmón la agradable atmósfera, desentendiéndose de las voces de los inspectores, que hasta él llegaban. Se ensimismó hasta el punto del sobresalto cuando apercibióse de que alguien lo observaba desde la puerta, reconociendo al volver la cabeza a la esposa del zorzalero, que, nerviosa, le clavaba una mirada preñada de miedo.
Rodrigo sonrió para tranquilizarla, adivinando que la mujer, desconfiando de todo y todos, se había asomado para vigilarle.
Durante unos momentos pasó por su mente un torbellino de ideas que intentó no dejar traslucir, y para mejor disimularlas extrajo de la vaina prendida en su cinturón, con toda la parsimonia de que fué capaz, una lujosa y antigua daga de caza, arma que siempre le acompañaba, mientras que con la mano libre agarraba una escogida naranja, girándola y arrancándola de su tallo sin perder de vista a Catalina. Lentamente, regodeándose en sus movimientos, comenzó a mondar el dulce fruto, dejando caer al suelo las irregulares cintas de cáscara. Sintió el aroma de los gajos cercenados y el zumo chorreando entre sus dedos, y de reojo se percató del rubor de la mujer, en cuyo pecho hervía la ira.
Mientras, mascando el primer trozo al tiempo que apuntaba al rostro pétreo que tenía delante con la punta del puñal, le preguntó:
—¿No me iréis a negar, señora Catalina Hernández, que sabéis a ciencia cierta adónde han ido a volar los dos pájaros y la otra pájara, por ventura? —la tenía a su merced, y pensó en aprovecharse de la situación para descargar de trabajo al Juez Hernando Jayán y a la vez demostrar a todos que los años no le habían enturbiado la sesera.
La mujer no respondió. Sabía el paradero de Ana de Tovar, pero no así el de los dos prófugos.
Las aves enjauladas revoloteaban inquietas ante la extraña presencia de Rodrigo Franco.
Masticaba produciendo chasquidos repulsivos cuando el aire de la cabidad bucal, burbujeando en las comisuras de su boca, salía expelido ruidosamente por los interticios que la carencia de piezas molares había dejado, y a la vez que intentaba sonreir con burla, con gesto pretendidamente lascivo pero que resultó, a ojos de la mujer de Haldón, de una repugnancia nauseabunda, el hacendado se relamía los bigotes canosos, dejando entrever sus casi despobladas encías, mientras el azucarado y pegajoso jugo le corría por los ralos mechones de la barba, otrora poblada y ahora semejando un erial, y unas gotas le empapaban ya la pechera del jubón de estameña morada que vestía, formando oscuros lamparones.
El viejo recordó a la esposa del Alguacil, la bella Ana de Tovar, "la otra pájara", con excitación, pero la visión de las rotundas formas de Catalina se interpuso en su mente. Era ésta, en efecto, hembra todavía joven, de formas macizas patentes bajo la basquiña oscura. Tirando a un rincón el resto de la naranja, se dirigió hacia ella, invitándola con un seco ademán a reunirse con los que, en el interior de la vivienda, acababan la inspección. Cuando Catalina le volvió la espalda el viejo, en parte para hacerle ver que estaba desamparada, en parte para someterla a humillación y en parte para sondear su voluntad concupiscentemente, a la vez que se limpiaba en la saya femenina la mano pringosa le estrujó con ansia el trasero, emitiendo una risita cascada y artificial que erizó los pelos de la nuca de su víctima.
Catalina dió unos pasos rápidos hacia el interior para desembarazarse del anciano hacendado, aunque optó por no delatarlo, al menos en aquel allí y en aquel entonces, desfavorable a todas luces para ella, reservándose la reacción para cuando las cosas, y su persona misma en primer lugar, estuviesen mas calmas y serenas.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 25

Y así, con castillos en el aire, Castilleja está en el aire. En ningún modo se muestra ni se demuestra que los datos ofrecidos hayan sido hechos para su aplicación en esta Villa. Simplemente se aplican, sin más reparos.
Los franciscanos podían estar refiriéndose a sus hermanos en general —lo más probable—, podían haber elaborado unas reglas, unos procedimientos, una guías escritas para orientación y prácticas de los fieles en general —lo más probable—, pero se interpreta, tendenciosamente, que apuntan especificamente a los habitantes de la Calle Real, aun resultando inverosímil según todos los indicios objetivos. Volvamos a la web hermandaddelacallereal.es, para acabar de cerciorarnos de ello, y comprobaremos este característico modus operandi de los historiadores castillejenses. Se dice en ella que en el siglo XVI la estación de penitencia se realizaba con un mayordomo portando la seña negra con cruz colorada, con dos hermanos con camisas negras, mas disciplinantes con túnicas blancas, mas clérigo vestido de negro, mas dos hermanos con camisas negras y cirios, mas música de cantores, mas cuatro trompetas y mas cuatro hermanos con varas verdes. Se especifican los cordones, escudos y hasta las alpargatas que debían o no debían llevar. Sin duda que este torrente de detalles fué elaborado por los franciscanos como una prescripción, como lo que "debía ser" una procesión cofradiera. Todo ello era materialmente imposible hacia la mitad del siglo XVI en el Realengo de Castilleja, por la sencilla razón de que no había suficientes vecinos, considerando que con la referencia a Paulo III los autores de la web nos sitúan en dicha mitad de siglo. Acaso desde el XVII se pudieron haber realizado desfiles de ese tipo, pero no antes.
De ninguna forma se puede mantener que se realizaron en la Calle Real procesiones de este jaez. Y no se puede mantener, además de por lo anteriormente alegado, porque no hay testimonios de personas de carne y hueso que participaran en ellas, al contrario que ocurre en la Plaza, o que ocurre en Castilleja de Guzmán, Villa ésta en la que está perfectamente documentada una procesión del día del Corpus, con nombres y apellidos (procesión, adelantemos, en la que ocurrió un percance importante con espadas por medio, y que detallaremos en esta serie de "Los Juanguren y el espadero" porque fué coetánea y porque involucró a nuestros protagonistas: Diego Ortiz de Juanguren y un amigo íntimo suyo). Son documentos como el del Corpus en Castilleja de Guzmán, o como los varios de la Cofradía de Santiago que ya hemos ofrecido a nuestros lectores y que seguiremos ofreciendo, los cualificados para dar a los hechos reales carta de tránsito por una historia de la vida religiosa de nuestro pueblo con unos mínimos visos de veracidad.
Por último, hemos de denunciar otro de los malabarismos ilusionantes de nuestros historiadores de plantilla. Durante muchos años del siglo XVI —e incluso antes y después— la ermita de Guía fué conocida como Vera Cruz. De ello ya hemos publicado algún testimonio, y el último obtenido queda transcrito de la siguiente manera:

Sepan cuántos esta Carta vieren cómo yo, Diego Mexía, vecino que soy de la ciudad de Sevilla en la collación de Santa María, y morador en el Heredamiento que está cerca de la Vera Cruz, término del lugar de Camas, otorgo y conozco de que debo dar y pagar a vos, Juan de Villalobos, vecino de la dicha ciudad de Sevilla en la collación de San Salvador, que estádes ausente, como si fuéredes presente, o a quién vuestro poder para ello hubiere, cuatro ducados y medio, los cuales son por razón de la renta de un pedazo de viña que me arrendásteis por este año de sesenta y nueve años, horro de todos derechos de alcábala y diezmo que los pague yo, que el dicho pedazo de viña es en término del dicho lugar de Camas junto a las casas de mi Heredamiento que tengo en dicho término, que lindan con callejón que va al dicho lugar de Camas, los cuales dichos cuatro ducados y medio prometo pagaros en la ciudad de Sevilla... etc., etc., etc.
Hecha la Carta en la Villa de Castilleja de la Cuesta en el Señorío de ella, estando en las casas de mí, el escribano público yusodicho, martes dieciséis días del mes de agosto, año de mil y quinientos y sesenta y nueve, siendo testigos Francisco Vázquez, vecino de esta dicha Villa, y Alonso Martín, vecino de Sevilla y estante en esta Villa.

Resulta muy tentador, para dibujar una Calle Real rebosando de fervientes fieles, traspasar a la cofradía de dicha calle, como relleno, todo lo que aparece referente a la ermita, aprovechando hasta la denominación con la cual era ésta conocida.
Para colmo de la audacia, situar a Hernán Cortés como devoto fiel de la referida iglesia de la Inmaculada es otro de los flagrantes sinsentidos publicados hasta la fecha, sinsentido que por cierto resulta contraproducente además, habida cuenta del vergonzoso pasado del Conquistador.
En definitivas cuentas: la importación de teorías, prescripciones y observaciones generales para reconvertirlas y desfigurarlas en hechos concretos y en prácticas autóctonas y específicas es la cómoda manera con la que muchos falsos historiadores locales pretenden alcanzar reconocimiento, fama y gloria, según queda expuesto.
Aderezado todo ello con la alucinante ensalada de escritos teológicos de sus "líderes espirituales" dirigidos desde el Estado Vaticano, con la aberración de andanadas de cohetes a las tres de la madrugada a la mínima ocasión, con muchachotes sopladores de estridentes trompetas y aporreadores de sonoros tambores cada dos por tres, con unos cacareados actos de caridad que son, con la complicidad del gobierno político de turno, chantaje inhumano a los desfavorecidos para obtener de ellos la resignación total, y con otras muchas "manifestaciones cristianas", todo lo cual guía a Castilleja de la Cuesta por el camino de ser, (o de seguir siendo) una ciudad-manicomio. Aquí se cumple, aunque en su sentido más negativo, el hecho científico e irrefutable de que Jesucristo proviene del mono.

Olvidémonos, pues, de los arcos de la Plaza, de las mezquitas, de la Cofradía de la Calle Real y de su Hospital, y volvamos a la casa del Carcelero Alonso Rodriguez de Triana, con su olor a ser humano, su humedad fría, su luz azulenca, sus gemidos de preso torturado todavía resonantes en el triste habitáculo donde el Alcalde Ordinario Diego Ortiz y su familiar golpearon con saña a un hombre encadenado. Esto sí es real.
Ávido y urgido, decíamos, Hernando Jayán por acumular bienes garantes, se dirigió seguidamente con su cohorte de escribano y testigos a la morada de Juan Martín Haldón, con la intención de continuar con los embargos.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 24

Nos hemos referido en el capítulo anterior a los arcos de la Plaza, como ampliación del ejemplo de falaz tratamiento histórico que se perpetra en el asunto de la capilla de la Calle Real por parte de la "intelligentzia" local. En base a lo que nos narran los protocolos notariales, el mismo razonamiento puede aplicarse a dichos arcos, puesto que están tan ausentes de los protocolos notariales como la iglesia; y como no menos lo está la cofradía.
Siendo como es de pura necesidad que durante más de cincuenta años (los de la primera mitad del siglo XVI abarcados hasta hoy en nuestras investigaciones), estén documentados siquiera tangencialmente tanto los arcos como la iglesia y cofradía en fuentes tan exahustivas como son los protocolos, al no estarlo cualesquier hipótesis sobre sus existencias adolece de falta de realidad. Veamos cuáles son las fuentes en que se basa la "historia oficial" castillejana; un intento de documentar los arcos ha sido hecho recientemente por Juan Prieto Gordillo en "La Villa de Castilleja de la Cuesta. Calles históricas", pág. 122, Ateneo de Castilleja de la Cuesta, 2009, de la siguiente forma:

... La tercera realización arquitectónica —la primera fué según dicho autor, el "levantamiento de la mezquita-fortaleza" (¡¡¿?!!), y la segunda, la construcción de la Iglesia de Santiago—, llevada a cabo en la Villa una vez asentada la Orden Militar de Santiago, consistió en el levantamiento de cuatro arcos, como muestra del dominio territorial tal y "como acostumbraban señalar sus territorios las Ordenes Militares...".
El entrecomillado es cita, —excesivamente escueta, añado, y única además en la extensísima y autorizada historiografía sobre las Órdenes— de un legajo, el nº 52, sin fecha, de la Sección de Castilleja de la Cuesta en el Archivo Parroquial de Olivares. Más insustancial, imposible.

Probablemente los arcos sean, en verdad, realización de las fantasías historicistas de algún edil cateto que en tiempos decimonónicos pretendió rendir pleitesía al Ejército salvador de la Patria y Garante de los Valores Monárquicos, y su legado ha sido hoy recogido por eruditos de la misma ralea; yo mismo recuerdo todavía la hechura y cochura de los ladrillos originales, y no me parecieron muy antiguos, pero no perdamos la paciencia; tiempo al tiempo, que el Archivo Histórico Provincial guarda las respuestas que sólo surgirán con un trabajo de investigación serio, objetivo y metódico.

Pero dejemos a Matamoros, para echar un vistazo a lo realengo. En la web oficial hermandaddelacallereal.es, en la sección de Historia, se adjudica sin mayor detenimiento el origen del núcleo de población, hermano del de Santiago, a una alquería árabe con su consuetudinaria mezquita, que Fernando III reacondicionó luego como capilla particular mientras esperaba que sus sitiados enemigos, los sevillanos, se rindiesen. Esta musulmanía de muchos pseudohistoriadores aljarafeños, que tiene su principal estribo en repartir alquerías árabes con la misma agilidad que los tahúres reparten naipes, queda en entredicho si, habida cuenta de la patente falta de documentación, atendemos sin otro remedio, porque no lo hay, a los registros arqueológicos; y de éstos, la Calle Real brilla por sus ausencias. El arzobispo Gonzalo de Mena, según dicha web, otorga la administración de esta mezquita-capilla surrealista a los franciscanos, y ya tenemos así el cambio de vía sin guardaagujas con el que el sentido cristiano de la Historia Trascendente, de esta burda manera queda conectado con el pasado remoto, incluyendo el Diluvio Universal y, cómo no, la Creación ex-nihilo.
Dícese en el "Boletín Informativo de la Pontificia, Real e Ilustre Hermandad Sacramental de la Inmaculada Concepción y Cofradía de Nazarenos de la Santísima Vera Cruz y Sangre de Jesucristo, Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y María Santísima de los Dolores" (sic), número 16 de marzo de 1990, pág. 12, artículo "La Inmaculada Concepción y Castilleja de la Cuesta II", cuyo autor es Antonio Rodriguez Navarro, intentando cubrir las escandalosas desnudeces de la historia de la Villa, que el 9 de junio de 1478 se fundó la referida corporación, para lo cual únicamente dispone de una fuente secundaria de bien entrado el siglo XVII, sita en el legado 85 del Archivo del Palacio Arzobispal de Sevilla, donde se contienen las reglas emitidas el 28 de marzo de 1624*. En definitivas cuentas, en una oscura referencia de 1624 a unas reglas de 1478, adjudicándoselas por arte de birlibirloque a la Calle Real se basa toda la orgullosa solera de la Cofradía de la Vera Cruz (o verdadera cruz donde Cristo estuvo crucificado); y también en que los franciscanos impulsaban la creación de hermandades con la advocación de la Inmaculada, como este mismo articulista del boletín cofrade asevera citando a José Sánchez Herrero en "Las Cofradías de Sevilla, historia, antropología, arte", 1985**.

* “nuestros hermanos antiguos en nueve dias de el mes de Junio Año de el nacimiento de Ntro Señor Jesucristo de Mill equatrocientos y setenta eocho Años. Instituyeron y hordenaron q ubiesse Cofradia y hermandad a honrra y reverencia de la Sanctissima vera Cruz y sangre de Jessuchisto” (web hermandaddelacallereal.es).

** Mas para este viaje no hacen falta alforjas, puesto que nunca Sanchez Herrero menciona a nuestra Villa ni por asomo, sino que trata el tema en toda su generalidad. Dice el profesor José Sanchez Herrero en la cita de referencia, con cierta explicable ironía, que no pretende determinar la fecha exacta de la fundación de cada cofradía, para que de una vez quede resuelto ese "gran problema", que algunos tienen planteado, de saber cuál es la más antigua y, por ello, la reina de las cofradías y cuál es la más joven y, por ello, la menos importante. "Gran problema" para muchos juntaletras silvestres, como todo el mundo sabe. El autor de estos capítulos de historia alixareña recuerda la letrilla lorquiana cantada por la magistral Teresa Berganza:

Una vieja vale un real
y una muchacha dos cuartos;
y yo, como soy tan pobre,
me voy con lo más barato.

Terminemos. Despeja el profesor, con autoridad: "Un pequeño problema debemos resolver de entrada ¿Cofradía o Hermandades? La designación medieval más usada en todo tipo de documentos: estatutos, sínodos, bulas papales, etc., es la de cofradías."
No les hubiera venido mal a los de la Vera-Cruz seguirlo al pié de la letra, y así ahorrarnos a los llanos contribuyentes rimbombancias que pregonan justamente lo contrario de lo que, con extrema vanidad, pretenden pregonar.

"Cofrade", por fin, que en origen significaba "hermano", es una palabra que ha sido usada con amplitud en el tiempo y en el espacio, porque figura en idiomas antiquísimos como el sánscrito, el avéstico y el persa antiguo, y en el armenio, el irlandés antiguo, el galés, el córnico, el bretón, el alto alemán antiguo, el gótico, el anglosajón, el escandinavo antiguo, el prusiano y el ruso, siempre con la misma forma y raíz; está íntimamente emparentado con "fratría" (miembro de una confraternidad), y con "fraile". Comparando con el castellano "hermano", el actual "brother" ("hermano" en inglés) ha conservado mucha más pureza morfológica.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 23

Un inciso antes de intentar aclarar el asunto de los dos hospitales y de la fantasmal Cofradía de la Calle Real: el hecho de que el encargado de la cárcel poseyera dos domicilios cobra fuerza atendiendo a lo que pudo heredar de su padre:

Convocados todos ellos en la Plaza —la mitad de la ceremonia hubo de efectuarse en el interior de la Iglesia de Santiago, debido al mal tiempo— Ochoa de Isázaga recibió de Alonso de Esquivel, entonces Comendador de la Orden en nuestra Villa, el libro donde estaban registrados todos los propietarios, y el Comisionado procedió a repartir las Cartas de tributos. Cuando le tocó el turno a Alonso Rodriguez de Triana (recuérdese: padre del Carcelero) declaró ser dueño de una aranzada y media de viñas (que le supuso 57 maravedíes de tributo) y de una casa y dos tercios de otra (con 20 maravedíes). (Nota al pie de "Los Juanguren y el espadero 10", entrada de marzo de 2011).
Cuadra todo ello casi con total exactitud con lo embargado por Hernando Jayán: dos casas y una viña.

Lo que se afirma en este referido capítulo sobre que desde la casa de Alonso y Ana se divisaba la Plaza puede mantenerse en base a que la configuración del referido reducto distaba mucho de la que posee en la actualidad. Añádase que los característicos arcos no existían por aquel entonces, —sobre lo cual nos referiremos de inmediato—. De esta forma, desde el comienzo de la calle de los Jayanes (o de Enmedio) podía verse en toda su extensión el ágora santiaguista.
Y ahora repasemos lo publicado sobre la religiosidad en la Castilleja tomareña, incluyendo sus manifestaciones tanto corporativas (hermandad, cofradía, etc.) como materiales (ermita, iglesia, etc.), no menos evanescentes y ausentes durante el XVI de nuestros desvelos que el mencionado segundo hospital. Aunque son numerosos los protocolos notariales que se refieren a vecinos de la Calle Real en actividades de compra-ventas, testamentos y poderes, litigios y pleitos, deslindes, inventarios, donaciones, etc., con todos los detalles que nos brindan los ya transcritos y los por transcribir en esta Historia de Castilleja, en ningún lugar ni momento se menciona ninguna clase de Cofradía o Hermandad que no fuera la asentada en la Iglesia de Santiago, lo cual es de por sí meridianamente explícito: o no existió actividad religiosa en la Calle Real, o estaba reducida a su mínima expresión (puramente formal y burocrática, desde sus lejanos y desentendidos administradores de la Orden de San Francisco en San Juan de Aznalfarache). Tampoco hay referencias a ninguna ermita, capilla o iglesia, ni directas ni indirectas, por lo que concluímos que la supuesta capilla, o estaba en desuso, ruinosa o reconvertida durante la mayor parte del siglo XVI, o no existía de ninguna forma físicamente.
En lo que toca a los registros de bautismos, casamientos y defunciones, son igualmente inexistentes en otro lugar que no fuera en la iglesia de la Plaza. De hecho, vecinos de la Calle Real, o sea, sometidos a la jurisdicción de Tomares, como es por ejemplo Juan Sanchez Delgado, por nombrar a uno de los más influyentes durante el XVI, formaba parte como Diputado cofrade en la parroquia de Santiago.
¿Qué decir de los enterramientos? ¿Se inhumaba la gente de la Calle Real en ella, en Tomares o en la iglesia de la Plaza? La incalificable dejadez de la ristra de clérigos encargados del archivo parroquial desde que se formó hasta la fecha, más dedicados a fomentar entre el populacho la religiosidad esperpéntica, ostentosa y vacua que caracteriza a nuestra población, en lugar de velar por ese tesoro documental que albergan los húmedos y pútridos desvanes de los templos, ha producido una laguna insalvable ya para los investigadores que nos interesamos en descubrir identidades pretéritas, base y cimiento de las actuales, que tanto preocupan a muchos castillejanos, desorientados como cangrejos en una palangana. Los libros de registros de defunciones y matrimonios anteriores al siglo XVII han desaparecido, robados acaso, o, como apuntaba con sorna de azacán un cura de Castilleja precisamente, en tertulia de sacristía (del cual omitiremos el nombre), usados como papel higiénico.
En la época de nuestro estudio ejercía oficialmente en Tomares un escribano llamado Tomás del Río, hombre corrupto donde los haya, dicho sea de paso, capaz de, por un puñado de maravedíes, falsificar el testamento de un desgraciado moribundo al mismo pié de su cama. Ya lo conoceremos. Pues bien, a la espera de repasar la escasa documentación que dejó su Oficio, dejamos sentado como hipótesis que la Calle Real no era en la práctica nada independiente del Señorío de don Pedro de Guzmán, ni lo fué bajo la dominación de los caballeros de Santiago, y que lo único digno de resaltar en cuanto a hecho diferencial fueron los rifirrafes producidos por cuestiones de cobros de alcábalas sobre ventas de productos de primera necesidad en uno u otro territorio, alcábalas que se disputaban entre el Conde de Guzmán por una parte, y los Alcaldes de Sevilla con sus aliados —uña y carne en cuanto al saqueo de la tierra metropolitana— los Arzobispos, por la otra.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 22

Lo primero y más urgente para el Juez de Comisión era asegurarse las espaldas con bienes materiales, tangibles y monetizables, con los que hacer frente a probables penalizaciones por su negligencia. Porque los daños psíquicos el tiempo y los vericuetos de la razón los arreglaban de una manera u otra, pero una fuerte multa era algo irrecuperable y la faldriquera conservaba por siempre jamás el estrago. Por lo tanto se dispuso a cubrir a modo completo las futuras indemnizaciones que le fueran exigidas, embargando a diestro y siniestro todo lo embargable. Y empezó allí mismo, en la casa de Alonso Rodriguez de Triana, cuyos dueños parecían haberse volatilizado.

Y luego el dicho Señor Juez buscó por la casa del dicho Alguacil qué bienes había en casa para los secuestrar, y no se hallaron sino los bienes siguientes:

-Una arquilla de madera pequeña sin llave, vacía.
-Un banco de madera, de cama, sin pies.
-Una silla de costillas.
-Una almohada vieja.
-Un costal de lana donde parecía que estaba echado el dicho Juan Martín Haldón.
-Una tinaja de 4 arrobas poco más o menos, llena de vino, y otra tinaja vacía, del mismo porte.
-Un lebrillo verde, grande, de amasar, y quebrado.

Todos los cuales dichos bienes el dicho Señor Juez dejó de manifiesto en poder de Juana García, mujer de Bartolomé Hernandez, vecino de esta Villa.
Luego el dicho Señor Juez hizo secuestro por bienes del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero, de una tinaja de vino de 30 arrobas poco más o menos, que está en la bodega del dicho Señor Hernando Jayán1, y asimismo secuestró las casas de su morada, que son en esta dicha Villa, linde por una parte con casas de Bartolomé Hernandez y de la otra parte con el Hospital de esta dicha Villa, y por delante la calle2. Y asimismo secuestró y hubo por secuestrado un pedazo de viña que el dicho Alonso Rodriguez de Triana tiene en término de esta dicha Villa, en que diz que hay media aranzada poco más o menos, que alindan de una parte con viñas del dicho Señor Hernando Jayán y de la otra parte con viñas de (en blanco).
El dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero, ni Ana de Tovar su mujer, no se hallaron en su casa, sino hamos (sic) la dicha casa abierta y no nadie dentro de ella. Testigos que fueron presentes los dichos Rodrigo Franco y Diego Gonzalo.

1.- Era costumbre que, entre conocidos, quien tuviera espacio de sobra en su bodega cediera desinteresadamente una parte de él a quien, poseyendo alguna tinaja de vino, no dispusiera de lugar donde almacenarla. Las tinajas foráneas se marcaban con alguna letra o señal. De la bodega de Hernando Jayán, situada en el corral de su casa a la banda del Hospital aledaño que él mismo patrocinaba, conocemos muchos detalles.

2.- Por esta otra información se nos ofrecen más elementos para formar el rompecabezas que, a partir de los documentos manuscritos y dada la carencia de planos de la época, es la topografía del pueblo. Dado que el Hospital lindaba con la casa del Juez Jayán por un lado, y por el otro con, según se dice aquí, la casa del Alguacil Rodriguez de Triana, que a su vez lindaba por la parte opuesta con la casa de Bartolomé Hernández, y sabiendo que tenía que encontrarse el conjunto de los cuatro edificios al principio de la actual calle de Enmedio (que llegaría a llamarse calle de los Jayanes, por el apellido de Hernando y sus descendientes) junto a la Plaza, este sector de las construcciones en la población hacia la mitad del siglo XVI que estamos estudiando no debía arrojar mayor complicación: Hernando Jayán-Hospital-Alonso Rodriguez de Triana-Bartolomé Hernández. Los dos primeros sitios no ofrecen duda alguna. Y de Bartolomé Hernández, ahora depositario vía su mujer Juana García —ver supra— de los bienes confiscados al Carcelero, es bien poco lo que conocemos.
La complicación surge cuando se documenta al Alguacil y a su bella esposa Ana viviendo en la Calle Real, como ocurre en "Los esclavos 14", (febrero de 2009), dos años después del de la fuga del zorzalero que tratamos. Además, como se reafirma de inmediato en el próximo capítulo, Ana se había marchado el día de la dicha fuga a "su casa de la Calle Real". Siendo así, ¿cual sería este otro Hospital de referencia? ¿Un lugar enigmático dependiente de una supuesta Cofradía callerealenga? Y lo tildamos de enigmático porque en una sola referencia, indirecta y oscura, lo hemos encontrado en el minucioso escrutinio que venimos realizando de la detalladísima documentación castillejana del siglo XVI, escrutinio que hoy por hoy alcanza hasta 1569. De forma que es arriesgado siquiera suponer que había dos hospitales en el pueblo.
Consideraremos ahora, en el siguiente capítulo, la Cofradía a la cual parece asociado, teniendo en cuenta también que un "hospital" en aquellos tiempos podía ser un simple cuartucho de suelo terrizo, sin ventanas, con un hueco a la calle a modo de puerta y unas cuantas esteras infectadas de parásitos en las que los miserables enfermos que recalaban en él intentaban pasar la noche acostados.
Del hospital de Hernando Jayán narraremos prontamente un episodio ciertamente siniestro y trágico, adelantando que la "cena" que se dió a uno de sus acogidos fué un huevo duro.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 21

Conocido que es ya, de esta manera, Luis Ortiz, ¿sobrino-nieto? de Diego Ortiz de Juanguren el viejo, volvamos la vista hacia el zorzalero preso y hacia sus allegados, a fin de saber de la conclusión de sus peripecias.
Recordemos que el 30 de octubre de 1555, víspera del Día de los Difuntos, habíamos dejado a Haldón en la Cárcel del Concejo, y a sus parientes y amigos batallando con los autos y requisitorias entre el Alcázar de Sevilla, morada de don Pedro de Guzmán, y el domicilio castillejense de Hernando Jayán, Juez de Comisión que entendía del caso.
Tras todo el ajetreo y alteración de rutinas que conllevan los días festivos sin solución de continuidad, esperaba una mayúscula sorpresa a Jayán, al escribano Juan Vizcaíno, al Alcalde maltrecho Diego Ortiz y, en suma, a todo el pueblo, que todo él permanecía atento y pendiente del desarrollo de los acontecimientos. El lunes 4 de noviembre Jayán se hizo acompañar de Vizcaíno para hacer una inspección del calabozo en casa de Alonso Rodriguez de Triana y revisar los grilletes, candados y cadenas que sujetaban a Juan Haldón. Esta es el acta de lo descubierto aquella mañana:

Y después de lo susodicho, en lunes 4 de noviembre de 1555 a horas de las diez horas antes del mediodía, el Señor Hernando Jayán, Juez de Comisión susodicho, en presencia del escribano Juan Vizcaíno, fue a las casas de la morada de Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero de esta dicha Villa, a visitar la Cárcel y a Juan Martín Haldón, que tenía preso en la dicha Cárcel por mando del Muy Ilustre Señor Don Pedro de Guzmán a pedimento del Señor Diego Ortiz, Alcalde Ordinario de esta Villa, y cuando entramos en la Cárcel halló que el dicho Juan Martín Haldón, que estaba preso y lo tenía el dicho Alonso Rodriguez, Alguacil, a su cargo, no estaba preso, antes hallamos la cadena y el cepo y grillos y chavetas y todas las prisiones que tenía el dicho Juan Martín Haldón sanas y no quebradas, y la llave del dicho candado con que tenía cerradas las prisiones, metida en la chapa del dicho candado, por donde consta y parece que fué suelto a mano y adrede el dicho Juan Haldón de la prisión en que está. Testigos que fueron presentes, Rodrigo Franco, vecino de Sevilla y morador en esta Villa1, y Diego Gonzalo, vecino de esta Villa.

1.- Rodrigo Franco, otro belicoso hacendado en Castilleja. Desde "Los esclavos 11", entrada de febrero de 2009, encontraremos abundantes noticias sobre su vida y hechos.

Hernando Jayán sintió, casi físicamente, tras un golpe en el pecho, un inesperado y negro nubarrón sobre sí, que apagaba los colores y desvanecía en el interior de su espíritu proyectos, esperanzas e ilusiones. Aquel nubarrón tenía dos caras, dos rostros de miradas acusadoras y amenazantes, que eran el del Conde don Pedro uno y el de Diego Ortiz de Juanguren el otro. Palideció, fija la vista en el cepo desencajado y en los grilletes abiertos, volvióse con rayos iracundos en los ojos hacia los otros dos rostros de la esposa del carcelero Catalina Hernández y de su acompañante, una decrépita anciana vecina, quienes cogidas del brazo y mudas parecían estatuas enmarcadas en la puerta y, sin decir palabra tampoco, giró de nuevo la cabeza hacia el aposento, iluminado por una dulce luz azulenca que desde el hueco de la ventana perfilaba los objetos tristes y oscuros de aquel rincón de sufrimiento. Reparó entonces en la llave del candado, cuyo reluciente aro brillaba ante él, sobresaliendo del ojo de la cerradura.
Desvergüenza insultante —pensó irritado— el ni tan siquiera haberse molestado en ocultar pistas, como si quisieran sugerirle con ello cuánto despreciaban a su persona y a la justicia que representaba. Tras sí, el hacendado Rodrigo Franco disimulaba una sonrisa mordaz, y Juan Vizcaíno, filosóficamente, dejaba a sus pensamientos elucubrar sobre la implicación de las dos silenciosas mujeres en la fuga, mentalmente alejado de allí en divagaciones sobre el amor y la amistad.
Ni el Alguacil ni su esposa se encontraban en la casa, pero antes de enredarse en averiguaciones que ya de antemano suponían infructuosas, —sólo había que observar la actitud de la mujer del fugado y de su compañera— los oficiales optaron por efectuar otras diligencias.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...