viernes, 11 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 21

Conocido que es ya, de esta manera, Luis Ortiz, ¿sobrino-nieto? de Diego Ortiz de Juanguren el viejo, volvamos la vista hacia el zorzalero preso y hacia sus allegados, a fin de saber de la conclusión de sus peripecias.
Recordemos que el 30 de octubre de 1555, víspera del Día de los Difuntos, habíamos dejado a Haldón en la Cárcel del Concejo, y a sus parientes y amigos batallando con los autos y requisitorias entre el Alcázar de Sevilla, morada de don Pedro de Guzmán, y el domicilio castillejense de Hernando Jayán, Juez de Comisión que entendía del caso.
Tras todo el ajetreo y alteración de rutinas que conllevan los días festivos sin solución de continuidad, esperaba una mayúscula sorpresa a Jayán, al escribano Juan Vizcaíno, al Alcalde maltrecho Diego Ortiz y, en suma, a todo el pueblo, que todo él permanecía atento y pendiente del desarrollo de los acontecimientos. El lunes 4 de noviembre Jayán se hizo acompañar de Vizcaíno para hacer una inspección del calabozo en casa de Alonso Rodriguez de Triana y revisar los grilletes, candados y cadenas que sujetaban a Juan Haldón. Esta es el acta de lo descubierto aquella mañana:

Y después de lo susodicho, en lunes 4 de noviembre de 1555 a horas de las diez horas antes del mediodía, el Señor Hernando Jayán, Juez de Comisión susodicho, en presencia del escribano Juan Vizcaíno, fue a las casas de la morada de Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero de esta dicha Villa, a visitar la Cárcel y a Juan Martín Haldón, que tenía preso en la dicha Cárcel por mando del Muy Ilustre Señor Don Pedro de Guzmán a pedimento del Señor Diego Ortiz, Alcalde Ordinario de esta Villa, y cuando entramos en la Cárcel halló que el dicho Juan Martín Haldón, que estaba preso y lo tenía el dicho Alonso Rodriguez, Alguacil, a su cargo, no estaba preso, antes hallamos la cadena y el cepo y grillos y chavetas y todas las prisiones que tenía el dicho Juan Martín Haldón sanas y no quebradas, y la llave del dicho candado con que tenía cerradas las prisiones, metida en la chapa del dicho candado, por donde consta y parece que fué suelto a mano y adrede el dicho Juan Haldón de la prisión en que está. Testigos que fueron presentes, Rodrigo Franco, vecino de Sevilla y morador en esta Villa1, y Diego Gonzalo, vecino de esta Villa.

1.- Rodrigo Franco, otro belicoso hacendado en Castilleja. Desde "Los esclavos 11", entrada de febrero de 2009, encontraremos abundantes noticias sobre su vida y hechos.

Hernando Jayán sintió, casi físicamente, tras un golpe en el pecho, un inesperado y negro nubarrón sobre sí, que apagaba los colores y desvanecía en el interior de su espíritu proyectos, esperanzas e ilusiones. Aquel nubarrón tenía dos caras, dos rostros de miradas acusadoras y amenazantes, que eran el del Conde don Pedro uno y el de Diego Ortiz de Juanguren el otro. Palideció, fija la vista en el cepo desencajado y en los grilletes abiertos, volvióse con rayos iracundos en los ojos hacia los otros dos rostros de la esposa del carcelero Catalina Hernández y de su acompañante, una decrépita anciana vecina, quienes cogidas del brazo y mudas parecían estatuas enmarcadas en la puerta y, sin decir palabra tampoco, giró de nuevo la cabeza hacia el aposento, iluminado por una dulce luz azulenca que desde el hueco de la ventana perfilaba los objetos tristes y oscuros de aquel rincón de sufrimiento. Reparó entonces en la llave del candado, cuyo reluciente aro brillaba ante él, sobresaliendo del ojo de la cerradura.
Desvergüenza insultante —pensó irritado— el ni tan siquiera haberse molestado en ocultar pistas, como si quisieran sugerirle con ello cuánto despreciaban a su persona y a la justicia que representaba. Tras sí, el hacendado Rodrigo Franco disimulaba una sonrisa mordaz, y Juan Vizcaíno, filosóficamente, dejaba a sus pensamientos elucubrar sobre la implicación de las dos silenciosas mujeres en la fuga, mentalmente alejado de allí en divagaciones sobre el amor y la amistad.
Ni el Alguacil ni su esposa se encontraban en la casa, pero antes de enredarse en averiguaciones que ya de antemano suponían infructuosas, —sólo había que observar la actitud de la mujer del fugado y de su compañera— los oficiales optaron por efectuar otras diligencias.

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Notas varias, 2v.

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