lunes, 21 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 25

Y así, con castillos en el aire, Castilleja está en el aire. En ningún modo se muestra ni se demuestra que los datos ofrecidos hayan sido hechos para su aplicación en esta Villa. Simplemente se aplican, sin más reparos.
Los franciscanos podían estar refiriéndose a sus hermanos en general —lo más probable—, podían haber elaborado unas reglas, unos procedimientos, una guías escritas para orientación y prácticas de los fieles en general —lo más probable—, pero se interpreta, tendenciosamente, que apuntan especificamente a los habitantes de la Calle Real, aun resultando inverosímil según todos los indicios objetivos. Volvamos a la web hermandaddelacallereal.es, para acabar de cerciorarnos de ello, y comprobaremos este característico modus operandi de los historiadores castillejenses. Se dice en ella que en el siglo XVI la estación de penitencia se realizaba con un mayordomo portando la seña negra con cruz colorada, con dos hermanos con camisas negras, mas disciplinantes con túnicas blancas, mas clérigo vestido de negro, mas dos hermanos con camisas negras y cirios, mas música de cantores, mas cuatro trompetas y mas cuatro hermanos con varas verdes. Se especifican los cordones, escudos y hasta las alpargatas que debían o no debían llevar. Sin duda que este torrente de detalles fué elaborado por los franciscanos como una prescripción, como lo que "debía ser" una procesión cofradiera. Todo ello era materialmente imposible hacia la mitad del siglo XVI en el Realengo de Castilleja, por la sencilla razón de que no había suficientes vecinos, considerando que con la referencia a Paulo III los autores de la web nos sitúan en dicha mitad de siglo. Acaso desde el XVII se pudieron haber realizado desfiles de ese tipo, pero no antes.
De ninguna forma se puede mantener que se realizaron en la Calle Real procesiones de este jaez. Y no se puede mantener, además de por lo anteriormente alegado, porque no hay testimonios de personas de carne y hueso que participaran en ellas, al contrario que ocurre en la Plaza, o que ocurre en Castilleja de Guzmán, Villa ésta en la que está perfectamente documentada una procesión del día del Corpus, con nombres y apellidos (procesión, adelantemos, en la que ocurrió un percance importante con espadas por medio, y que detallaremos en esta serie de "Los Juanguren y el espadero" porque fué coetánea y porque involucró a nuestros protagonistas: Diego Ortiz de Juanguren y un amigo íntimo suyo). Son documentos como el del Corpus en Castilleja de Guzmán, o como los varios de la Cofradía de Santiago que ya hemos ofrecido a nuestros lectores y que seguiremos ofreciendo, los cualificados para dar a los hechos reales carta de tránsito por una historia de la vida religiosa de nuestro pueblo con unos mínimos visos de veracidad.
Por último, hemos de denunciar otro de los malabarismos ilusionantes de nuestros historiadores de plantilla. Durante muchos años del siglo XVI —e incluso antes y después— la ermita de Guía fué conocida como Vera Cruz. De ello ya hemos publicado algún testimonio, y el último obtenido queda transcrito de la siguiente manera:

Sepan cuántos esta Carta vieren cómo yo, Diego Mexía, vecino que soy de la ciudad de Sevilla en la collación de Santa María, y morador en el Heredamiento que está cerca de la Vera Cruz, término del lugar de Camas, otorgo y conozco de que debo dar y pagar a vos, Juan de Villalobos, vecino de la dicha ciudad de Sevilla en la collación de San Salvador, que estádes ausente, como si fuéredes presente, o a quién vuestro poder para ello hubiere, cuatro ducados y medio, los cuales son por razón de la renta de un pedazo de viña que me arrendásteis por este año de sesenta y nueve años, horro de todos derechos de alcábala y diezmo que los pague yo, que el dicho pedazo de viña es en término del dicho lugar de Camas junto a las casas de mi Heredamiento que tengo en dicho término, que lindan con callejón que va al dicho lugar de Camas, los cuales dichos cuatro ducados y medio prometo pagaros en la ciudad de Sevilla... etc., etc., etc.
Hecha la Carta en la Villa de Castilleja de la Cuesta en el Señorío de ella, estando en las casas de mí, el escribano público yusodicho, martes dieciséis días del mes de agosto, año de mil y quinientos y sesenta y nueve, siendo testigos Francisco Vázquez, vecino de esta dicha Villa, y Alonso Martín, vecino de Sevilla y estante en esta Villa.

Resulta muy tentador, para dibujar una Calle Real rebosando de fervientes fieles, traspasar a la cofradía de dicha calle, como relleno, todo lo que aparece referente a la ermita, aprovechando hasta la denominación con la cual era ésta conocida.
Para colmo de la audacia, situar a Hernán Cortés como devoto fiel de la referida iglesia de la Inmaculada es otro de los flagrantes sinsentidos publicados hasta la fecha, sinsentido que por cierto resulta contraproducente además, habida cuenta del vergonzoso pasado del Conquistador.
En definitivas cuentas: la importación de teorías, prescripciones y observaciones generales para reconvertirlas y desfigurarlas en hechos concretos y en prácticas autóctonas y específicas es la cómoda manera con la que muchos falsos historiadores locales pretenden alcanzar reconocimiento, fama y gloria, según queda expuesto.
Aderezado todo ello con la alucinante ensalada de escritos teológicos de sus "líderes espirituales" dirigidos desde el Estado Vaticano, con la aberración de andanadas de cohetes a las tres de la madrugada a la mínima ocasión, con muchachotes sopladores de estridentes trompetas y aporreadores de sonoros tambores cada dos por tres, con unos cacareados actos de caridad que son, con la complicidad del gobierno político de turno, chantaje inhumano a los desfavorecidos para obtener de ellos la resignación total, y con otras muchas "manifestaciones cristianas", todo lo cual guía a Castilleja de la Cuesta por el camino de ser, (o de seguir siendo) una ciudad-manicomio. Aquí se cumple, aunque en su sentido más negativo, el hecho científico e irrefutable de que Jesucristo proviene del mono.

Olvidémonos, pues, de los arcos de la Plaza, de las mezquitas, de la Cofradía de la Calle Real y de su Hospital, y volvamos a la casa del Carcelero Alonso Rodriguez de Triana, con su olor a ser humano, su humedad fría, su luz azulenca, sus gemidos de preso torturado todavía resonantes en el triste habitáculo donde el Alcalde Ordinario Diego Ortiz y su familiar golpearon con saña a un hombre encadenado. Esto sí es real.
Ávido y urgido, decíamos, Hernando Jayán por acumular bienes garantes, se dirigió seguidamente con su cohorte de escribano y testigos a la morada de Juan Martín Haldón, con la intención de continuar con los embargos.

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