lunes, 28 de noviembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 27


Si a oídas del pescadero Hernán Diáñez hubiera llegado el agravio que el viejo Rodrigo Franco había infrigido a su hija, de nada le sirviese a éste ni la protección de sus muchos camaradas y compadres, ni el talante violento de su hijo Alonso, ni la fidelidad perruna de sus esclavos, ni todas las Justicias de los Reinos de Su Majestad actuando en su favor: con uno de los instrumentos de desescamar barbos tenía garantizada el lascivo hacendado la cuchillada en el vientre.
Era el mencionado pescadero de baja talla, rechoncho y de cara abotagada por el consumo excesivo de alcohol, y sus ojos armonizaban, verdosos, claros e inexpresivos, con su oficio. Como ya hemos dicho, ganábase el sustento portando el producto del mar —y del río— hasta la Calle Real un par de veces a la semana, lugar donde lo vendía prontamente. Precisamente una de las bestias que usaba para su transporte era el asno pardo ahora embargado por el Juez Jayán en casa de su evadido yerno Haldón, asno que desde hacían unos meses había prestado al matrimonio para que sobrellevasen la preñez de Catalina.
Recordaremos a Leonorcita, encomendada por dicha Catalina a una amiga del vecindario mientras se desarrollaban los hechos protagonizados por el zorzalero. Y el abuelo pescadero era una de las pocas personas del pueblo enteradas de que, oculta con la niñita en una habitación interior de un hogar discreto, Ana de Tovar aguardaba el desenlace de los acontecimientos. Ni a la familia de Haldón ni a la de Alonso Rodriguez de Triana le faltaron nunca apoyos y solidaridad en Castilleja, ampliamente conocidos como eran y ahora por añadidura elevados en un pedestal por haberse enfrentado tan directamente al odiado clan de los Juanguren. Hasta el escribano Vizcaíno tenía en mente, a cada paso que daba y a cada minuto que vivía, que:

El domingo 27 de dicho mes de enero de 1555 bautizó Rodrigo de Cieza a Leonor, hija de Juan Martin Haldón y de Catalina Hernandez. Fueron sus compadres1 Miguel de las Casas, Juan Vizcaíno, Francisco de Aguilar y su mujer Isabel Rodriguez. (Bautismos 3, diciembre de 2008).

1.- Entiéndase: padrinos.

Y como padre reciente que era también (Juanito apenas cumplía entonces la primera semana de vida, —ver "Los Juanguren y el espadero 10", marzo de 1011—), su empatía hacia los jóvenes esposos se acrecentaba cada vez que, embelesado, contemplaba a su propio hijito.
Hernando Jayán, otro de los castillejanos felizmente bendecidos por la paternidad, desentonaba en la actitud general de simpatía hacia la causa de los prófugos como hemos visto, debido a sus intereses con el viejo Diego Ortiz. Dijimos ya del Juez de Comisión que actuó con gran honradez testificando contra el maltratador de género Luis Ortiz, otro Juanguren, a favor de su mujer Francisca de Padilla ("Los Juanguren y el espadero 19", mayo de 2011), pero sus actos, condicionados a las coyunturas y circunstancias que ahora le obligaban, diferían completamente.

¿Qué era, a estas alturas, de Juan el preso y de Alonso el carcelero, los dos desaparecidos? Hay testimonios con los que reconstruir su aventura, al menos en las primeras etapas. Alonso mantenía con Haldón, repetimos, una profunda relación de amistad, reforzada por una misma ocupación y un modus vivendi común: el de chifleros. Sabemos que el Alguacil no era menos consumado cazador de pájaros, y que la venta de éstos constituía también para él la principal fuente de ingresos, excepto cuando la siega, el verdeo o la vendimia exigían de todas las poblaciones de la comarca mano de obra urgente.
Eran las dos de la madrugada, en la neblinosa noche del domingo 3 al lunes 4 de noviembre, cuando, tras haber hablado pormenorizadamente de sus proyectos e informar a sus respectivas mujeres de ellos, Alonso acordó liberar de grilletes, cepo y cadenas al cautivo y, sigilosamente, cargados ambos con vituallas para unos días, escapar a primeras horas de la mañana siguiente. La cual se presentó opaca, tal y como había estado la atmósfera desde varias horas antes. El frío lunes no registraba gran actividad en el pueblo, y salieron a la Plaza —fantasmagorías de brumazones— y cruzando huertos y corrales —turbiedades arbóreas—, huyéndoles a las escasas más sombras que personas que transitaban entonces, alcanzaron el ahogado por la neblina Camino Real, desde el que, sin contratiempos ni encuentros inesperados —las casas permanecían cerradas en el vaho frío y húmedo— las dos sombras borrosas enfilaron tanteando con sus bastones por la hijuela hacia Tomares con la idea de, rodeando el poblado, allegar a las zonas boscosas de los márgenes del río Repudio en términos de Mairenilla, del todo propicias para ocultarse. Esperaban poder granjearse socorros de los pastores y ganaderos conocidos que transitaban por la Cañada Real de las Islas, y de los trabajadores de los molinos harineros, con los que habían tenido algún trato.
De forma que en las proximidades del mediodía —persistía el cejo blancuzco formando vórtices en el aire de plata derretida—, tras una marcha a buen paso y rodeando chozas y caseríos, avistaron las elevadas sombras de los añosos álamos que orlaban el curso del arroyo del Zorrero, corto afluente del Repudio y corriente en su cuenca, que solo tenían ir orillando hasta internarse en un inextricable enredo de matorral, carrizales, juncos, y arbustos a los pies de frondosos algarrobos, pinos y álamos. Había llovido mucho en días anteriores y era de esperar un flujo abundante de agua e incluso áreas inundadas e intransitables.
Hablaron poco durante la preparación del "campamento", y sus palabras se desvanecían en nubecillas de vaho. Al llegar la tarde, ya con el aire limpio, aunque frío, y el cielo nuboso, tenían un cobijo propiciado por cierta oquedad en un barranco de tres metros de altura labrado por la corriente, con acceso difícil desde arriba. Al otro lado del río el follaje era tal que no había que temer miradas indiscretas. Disimularon el escondrijo con ramajos, dispusieron su escaso equipo, y exploraron los alrededores para establecer un claro donde encender fuego, distanciado en lo posible de la covacha. El agua cantora brincaba entre los pedruscos verdinosos. A lo lejos, el traqueteo rítmico de la rueda hidráulica de una azuda era la única manifestación de un mundo civilizado que poco a poco se iba perdiendo en sus mentes, y aquel triste crujir, apagado y ajeno, era lo único que les conectaba con sus semejantes.
Cansados, cuando el manto de la noche quedó extendido por la cuenca, se durmieron acurrucados en el hueco, arrullados por el intenso croar de las innumerables ranas.

No hay comentarios:

Notas varias, 2v.

Por mediación de las visitas anuales efectuadas por las máximas autoridades religiosas de la provincia para supervisar el estado y buen gob...