viernes, 23 de diciembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 31


No se esforzaron mucho los dos cuadrilleros de la Hermandad en capturar a los prófugos. Obviamente, llevaban instrucciones de Francisco de Contreras para actuar así, lo cual, al margen de las simpatías que profesaran hacia Juan Haldón y Alonso de Triana —o su complemento en odio a los Juanguren—, significaba para ellos un día de asueto, una agradable excursión a caballo por la comarca con un salario asegurado durante aquella jornada. Salieron bien pertrechados de botija de vino, chacina y pan, hacia Gines, preguntando desganadamente a conocidos y camaradas más por cubrir el expediente que por otra cosa, y cuidando de no dar cuenta a nadie de los delitos por los que buscaban a los dos hombres. Los caballistas intuían su paradero, por lo que eligieron la vecina Villa como punto de partida para, desde allí, enfilar la cómoda Cañada de los Isleños, calculando que al paso de las bestias, podrían alcanzar Mairena a media tarde, y estar de vuelta en Castilleja al anochecer.
Se cruzaron con pastores y harrieros malhumorados, embozados en sus capas para evitar la humedad del aire. Los ateridos animales expulsaban dos chorros de vapor en cada expiración, y las viñas desaparecían a pocos metros del camino, envueltas en la gasa blanquecina de la niebla.
Alguna noticia recabaron, tal y como suponían, de los transeúntes, pero no se molestaron ni tan siquiera en desviar la vista hacia las arboledas de los margenes del Repudio, percibiendo más con el pensamiento que con los ojos lo que hacían y dejaban de hacer sus paisanos emboscados. En una posada de la plaza de Mairena descansaron un rato, cuando ya la tarde clarificada devolvía la cotidianeidad del ser del sur a los aljarafeños, más hechos a las atmósferas limpias que a las extrañas y desorientadoras calimas.
Y ya noche oscura era cuando, cruzando el término de Tomares y zigzagueando por el laberíntico entramado de senderillos, cancelines, pasos e hijuelas entre huertecillos y viñas aledaño a la Calle Real, penetraron en ésta, y se dirigieron sin demora a casa del escribano para cumplir con la inevitable obligación de dar parte y constancia de los acaecimientos ocurridos en el cumplimiento de la misión que les había sido encomendada. Tenían la esperanza de que se repitiera el mandato de Francisco de Contreras al siguiente día, para embolsarse otros dos sueldos:

Y después de lo susodicho, en la Villa de Castilleja de la Cuesta en dicho día 4 días del dicho mes de noviembre y del dicho año de 1555 años, parecieron los dichos Juan Díaz y Cristóbal García, cuadrilleros de la Santa Hermandad, y juraron en forma de derecho que ellos habían andado a buscar todo el día hasta que era ya noche a los dichos Juan Martín Haldón y Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil, para los prender, y que no los han podido haber, y que han ido a Gines y Mairena y por este Alfarafe, y no han podido hallar rastro de ninguno de ellos, y que así era la verdad para el juramento que hicieron, en fé de lo cual que dicho es lo firmé de mi nombre. Juan Vizcaíno.

De esta forma terminó el revuelto y atrafagado 4 de noviembre en Castilleja de la Cuesta. Se apagaron los candiles y velones tras las ventanas y en el negro cielo, entre nubarrones pálidos, se encendieron algunas estrellas límpidas. Chimeneas con lánguidos penachos de humo, e imperceptibles resplandores rojizos en algún ventanal, denotaban aquí y allá, en las solitarias calles, al insomne o al enfermo que mantenía el brasero o el fogón avivados para enfrentarse a las silenciosas e interminables horas de la madrugada con la reconfortante sensación del calor hogareño.
Mas no todo era sosiego y paz: un foco de voces, golpes y entrechocar de jarros se dejaba sentir en el corazón del pueblo, en la Plaza pública; aunque los vecinos, ya habituados a ello, no se molestaban, para las autoridades era una preocupación aquel mesón fuente de conflictos y riñas casi diarios. Y hacia él se encaminaron Juan Díaz y Cristóbal García tras informar a Juan Vizcaíno de los resultados de su búsqueda y dejar las cabalgaduras en el corral del Concejo*. Pretendían los cuadrilleros poner el broche final a una jornada muy positiva para ellos, y de paso informarse y quedar al tanto de los acontecimientos ocurridos mientras habían estado fuera.
La taberna del mesón abría su entrada a la izquierda del portal, inmediatamente antes del patio que acogía a las monturas de los huéspedes y clientes no fijos, ya que los de esta categoría disfrutaban de derechos de establo, el cual se situaba al fondo de dicho patio. Si entramos en el comedor acompañando a los alguaciles, veremos tres o cuatro toscas mesas de madera oscura y desgastada por el uso, llenas sus tapas de inscripciones, fechas y dibujos tallados a cuchillo. El suelo es de tierra apisonada y ha sido barrido a conciencia recientemente. A la izquierda hay un ventanal que deja ver la Plaza, ahora reino de la tiniebla, y a su lado una chimenea de obra, tiznada su campana hasta el techo y en la que crepitan ardiendo tocones perfumados de poda de agrios chorreando resina oscura entre quejumbrosos chasquidos, como si de organismos vivos se tratase. Sobre la encimera mugrienta del fogón, un viejo gato dormita enroscado sin hacer ascos al hollín, y colgado encima de él, un candelero de tres brazos contribuye a iluminar el local con su trío de lenguas de fuego vacilantes. Junto al llar, el hueco de una estrecha y empinada escalera da acceso a dos piezas superiores, siniestras, adobadas de telas de araña y mal ventiladas, en las cuales media docena de catres con sucios colchones de tascos dan la remota posibilidad de recuperar fuerzas a los viajeros. Los dormitorios están encima de la cocina y de las habitaciones de los posaderos, y gracias a una galería de madera orlada por los retorcidos brazos de la consuetudinaria parra, se domina desde ellos la totalidad del patio, con su pozo central y el largo abrevadero. Mediante unas monedas, mucha discreción y a horas propicias, estaba dado a los huéspedes subir con alguna complaciente aventurera, autóctona o foránea.
Regresemos al comedor. Dos de las mesas están ocupadas por varios jóvenes cavadores extremeños, quienes tras la vendimia acuden secularmente al Aljarafe a ganarse unos jornales aderezando los viñedos para la próxima cosecha. Han terminado de cenar, y entre eructos, bromas e imprecaciones se disponen a iniciar una partida de naipes. En otra mesa un individuo de mediana edad sorbe sopa de una escudilla de barro manejando la enorme cuchara con parsimonia, hundida la cabeza en los vapores del caldo mientras que con la mano libre agarra con crispación media telera esponjosa, apretándola sobre las tablas como si temiera que alguien se la arrebate.
Las ordenanzas prohíben jugar a las cartas, pero la vigencia de la ley se puede suspender, y de hecho se suspende rutinariamente, obsequiando al alguacil con unos maravedíes o invitándole a participar —más emocionante— en alguna apuesta paralela al juego propiamente dicho. Los dos cuadrilleros se incorporan a la mesa de los extremeños y se inicia la partida.

* En el "corral del Concejo" se depositaban las caballerías, bueyes, vacas, ovejas, cabras, asnos o mulos de dueños desconocidos, acto que era conocido como "acorralar". Estos animales en ocasiones vagaban perdidos por el campo e incluso por las calles, en ocasiones eran recuperados de algún robo, y en otras eran capturados por el Guardia de las Viñas —cargo remunerado nombrado por el Concejo— y sus ayudantes cuando, en grupos más o menos grandes, hacían daño en los sembrados. Muchos de sus dueños, generalmente de Villas vecinas, eran así de despreocupados, y otros buscaban el alimento gratis aun a costa de arruinar a los campesinos. En ocasiones se introducía un hato de bestias en sembradura ajena solamente por venganza. Motivo constante de conflictos, generalmente violentos hasta la agresión sangrienta, era la invasión de una tierra por animales ajenos, y en particular las boyadas eran absolutamente devastadoras, comiendo, tronchando y arrancando a pezuñas y dientes cuanto encontraban a su paso.
Cuando el Concejo conseguía averiguar quién era el dueño del ganado acorralado, enviaba Carta Requisitoria emplazándolo a que lo recuperase, previo pago de la correspondiente multa y de las costas de su alimentación.
De no ser posible hallarlo, era frecuente que, en las épocas de carestía, los animales muriesen de desnutrición en el corral, tras enflaquecer miserablemente, porque la Justicia no podía hacerse cargo de su manutención.
En esta ocasión de los cuadrilleros de Francisco de Contreras, y en otras de estas características, la autoridad permitía el uso de algún rocín del corral que poseyese suficientes cualidades.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 30


La última testigo, mujer de Juan de Vega, no respondió nada a la primera tanda de preguntas, pero aporta alguna novedad en la parte segunda del interrogatorio:

Testigo, Inés Martín, mujer de Juan de Vega. Fuéle preguntado lo mismo que a las anteriores, dijo que no sabe ni vió ni ha oído cosa alguna; fuéle preguntado que quién alzó los bienes del dicho Alonso Rodriguez, Alguacil, dijo que estando esta testigo a las puertas de su casa, vió  pasar a la dicha Ana de Tovar, mujer del dicho Alguacil, de su casa a la huerta de Juan de Torres hacia la Calle Real, y que se lo ayudaba a llevar una mujer y una negra de casa de Juan de Torres, que no sabe cómo se llaman, y dos niñas hijas de esta testigo, que llaman la una Marina y la otra Catalina, y una negrilla que se llama Juana que es de doña Isabel Cataño1, y vió cómo Leonor Sanchez, mujer de Francisco Fuerte, llevaba unas botijas pequeñas de barro, de hacia casa del dicho Alguacil, y las metió en la dicha huerta, y que no sabe ni vió otra cosa, y esta es la verdad. No firmó.

1.- Cataño es el apellido correcto, y no Cazana, como por error se escribió en la declaración de Leonor Sánchez (ver capítulo anterior).

Aunque muestra voluntad de no inminscuirse en el asunto, su declaración refrenda el hecho de que a Ana de Tovar —y a su causa— la apoyaban muchas personas en Castilleja. No obstante la timidez de esta declarante, se mantiene esa especie de misterio teatral que prima en las anteriores testificaciones: "vió cómo Leonor Sanchez, mujer de Francisco Fuerte, llevaba unas botijas pequeñas de barro, de hacia casa del dicho Alguacil, y las metió en la dicha huerta".
El paso hacia la Calle Real desde la parte norte de la plaza de Santiago a través de la huerta de Juan de Torres, según se dice, complica un poco la distribución de las viviendas que habíamos esbozado, aspecto este que nos interesa particularmente, por mor de construir un plano de la población. Como base de trabajo, podríamos establecer que la dicha huerta ocupaba los terrenos traseros de la actual casa de Salinas, y/o la zona en la que hoy se asienta el Ayuntamiento.
Decíamos en el capítulo anterior que el día 4 de noviembre contempló varias iniciativas y actividades alrededor de la fuga. Una de ellas la impulsó el Alcalde de la Santa Hermandad del pueblo, cargo que este año recaía en Francisco de Contreras. Veamos cómo aquella mañana mientras Hernando Jayán interrogaba a las tres mujeres cuyas declaraciones acabamos de conocer, Contreras ponía en marcha a sus cuadrilleros:

Yo, Francisco de Contreras, Alcalde de la Santa Hermandad de esta Villa de Castilleja de la Cuesta, mando a vos Juan Díaz y Cristóbal García, cuadrilleros de la Santa Hermandad, que vayáis en seguimiento de Juan Martín Haldón el mozo donde quiera lo podrádeis haber de prender el cuerpo, y preso y a buen recaudo lo traed a la Cárcel del Concejo de esta dicha Villa, porque cumpla de derecho en razón de que estando preso en la Cárcel del Concejo de esta dicha Villa con prisiones, por muchos y graves delitos que ha cometido en esta dicha Villa en desacato de la Justicia de ella y de otras personas que ha injuriado y otros delitos que ha cometido, se fué y huyó de la Cárcel, y asimismo donde quiera que podáis haber a Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero de esta dicha Villa, le prended el cuerpo y preso y a buen recaudo lo poned en la Cárcel del Concejo de esta dicha Villa, en razón que teniendo en guarda y a su cargo como tal Alguacil Carcelero al dicho Juan Martín Haldón, lo soltó y dejó ir de la Cárcel donde estaba, y si hubiere menester favor y ayuda para la ejecución de lo contenido en este mandamiento, lo podáis pedir y demandar a cualesquier persona, conforme a las leyes de la Santa Hermandad y so las penas en ellas contenidas, y de parte de Sus Majestades y de Justicia pido y requiero, y de la mía ruego y pido por merced a todos los Señores Alcaldes de la Santa Hermandad y otros cualesquier Jueces y Justicias de todas las ciudades, villas y lugares de estos Reinos y Señoríos de Su Majestad, que prendan y manden prender los cuerpos de los dichos Juan Martín Haldón y Alonso Rodriguez de Triana o cualesquiera de ellos, y presos y a buen recaudo los manden enviar y remitir a la Cárcel del Concejo de esta dicha Villa, que a los cuadrilleros y Alguacil y gente que los trajese, yo les mandaré pagar su justo salario, y que lo así, Señores, mandar hacer harán bien y justicia, que al tanto haré yo por sus Cartas y justos ruegos en semejantes casos o en otros justicia, mediante lo cual mando a vos, los dichos mis cuadrilleros, que así hagáis y cumpláis, so pena de 2.000 maravedíes para gastos de la Hermandad. Hecha a 4 de noviembre de 1555 años.

Y la parte del maltrecho Diego Ortiz de Juanguren obtenía directamente del Conde de Olivares, recordemos que albergado aquellos días en el Alcázar sevillano, una Carta Requisitoria para reforzar los resortes judiciales, apretando a Hernando Jayán en el cumplimiento de sus obligaciones como Juez de Comisión. Denota este movimiento una desconfianza manifiesta de la familia hidalga hacia la justicia ordinaria de la Villa:

Hernando Jayán, mi vasallo de mi Villa de Castilleja de la Cuesta, sabed que Diego Ortiz, Alcalde de esa mi Villa, me hizo publicación que, teniendo preso a Juan Haldón, vecino de esa Villa, por comisión mía, en la Cárcel Pública de ella, estando con muy buenas prisiones de grillos y cadenado y al cepo, se fue de la dicha prisión, quedando todas las prisiones sanas, donde parece claro que lo sacaron de ellas, porque era imposible poderse ir de otra manera, y que la ropa del Alguacil y del dicho Haldón la han llevado y escondido, y porque esto es digno de punición y castigo, y para saber quién lo hizo y los que fueron en ello además del Alguacil, conviene hacer información, o si no yo os mando que luego la hagáis, y prendáis a los culpados y les secuestréis los bienes, y podáis contra ellos y contra sus bienes por todo pagar de justicia, condenándoles en las penas que halláreis por derechos civiles y criminales, con consejo de letrado, y hacedlos tener presos a buen recaudo y no déis sueltos ni en fiado, y mirad que me habéis de dar cuenta ... lo cual todo y para cada una cosa de lo que dicho es os doy mi poder cumplido, con sus incidencias y dependencias y anexidades y conexidades, hecho en Sevilla a 4 de noviembre de 1555.

El lunes 4 de noviembre de 1555 ante el Alcalde Ordinario y Juez de Comisión Hernando Jayán, y el escribano público Juan Vizcaíno, pareció el Señor Diego Ortiz*, y presentó la Provisión del Muy Ilustre Señor Don Pedro de Guzmán arriba contenida, y pidió que la obedezca y cumpla, y Hernando Jayán la aceptó, y dijo que está presto a hacer justicia.

* Aunque se muestra su nombre como fórmula burocrática usual, en realidad quien presentó la Provisión fue algún apoderado, con toda seguridad el mismo que viajó a Sevilla a por ella, inmediatamente tras conocer la fuga de Juan Martín Haldón.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 29


Por la siguiente declaración, la de Leonor Sánchez, queda confirmado que Bartolomé Hernández era hermano del Alguacil Alonso. Un punto aclarado, pero hay otro que añade más confusión a la identidad de esta persona, y es que ahora aparece su mujer como Juana Sánchez. No obstante, lo que apuntábamos en el capítulo anterior respecto a Gonzalez/García vale también para Sánchez (ver infra), otro apellido común que se representaba con un signo muy parecido a los anteriores. Estudiemos la referida declaración antes de aventurar una hipótesis sobre el apellido — o cuál de los tres diferentes apellidos— de la mujer de Bartolomé.

Testigo, Leonor Sánchez, mujer de Francisco Fuerte, vecina de esta Villa. Preguntada que si sabe quién soltó al dicho Juan Martín Haldón de la prisión en que estaba, o le dió la llave o favor y ayuda para que se soltase, dijo que so cargo del dicho juramento no lo sabe, ni sabe otra cosa mas que estando esta testigo a su puerta puede haber tres o cuatro horas, que es junto a casa del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil de esta dicha Villa, vió cómo se paró a la puerta Juana Sánchez, mujer de Bartolomé Hernandez, hermano del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil, y dando voces preguntó a esta testigo que si había visto a Ana de Tovar, mujer del dicho Alguacil, que no estaba en la Carcel el dicho Juan Martín Haldón, y esta testigo fué corriendo la calle abajo hacia casa de Bartolomé Moreno, y preguntó a Mencía Rodriguez su mujer, que si había visto a la dicha Ana de Tovar, mujer del dicho Alonso Rodriguez de Triana, y la dicha Mencía Rodriguez fué a buscar a la dicha Ana de Tovar, y desde a un poco vinieron entrambas, y esta testigo se vino con la dicha Ana de Tovar a su casa, y cuando entraron hallaron que el dicho Juan Martín Haldón no estaba preso y se había ido, y vió cómo estaban la cadena y cepo y todas las prisiones sanas, y vió cómo estaba la llave del candado de la Cárcel metida en dicho candado y todo sano, y esta testigo se asomó a la huerta del Señor Hernando Jayán*, que linda con el corral de las casas de la morada del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil, y vió en la dicha huerta los grillos y el martillo de la Carcel, y lo trajo a la Cárcel, que no sabe otra cosa; fuéle preguntado quién alzó el hato del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil, dijo que como vino la dicha Ana de Tovar su mujer, y halló que se había huído de la Cárcel el dicho Juan Martín Haldón, llevó todo el hato que tenían a la Calle Real, y lo metió por la huerta de Juan de Torres; fuéle preguntado que quién le ayudó a pasar el dicho hato a la dicha Ana de Tovar, dijo que una mujer y una negra de casa del dicho Juan de Torres, que no sabe cómo se llaman, y una negrilla de doña Isabel de Cazana (sic) que se dice Juana, y dos niñas de Juan de Vega, que la llaman la una Marina y la otra Catalina, y que no sabe otra cosa; fuéle preguntado que si ha visto esta mañana venir a la Cárcel a la mujer del dicho Juan Haldón o a otra persona alguna, dijo que esta mañana se paró por encima de la pared del corral de las casas de la morada de esta testigo, que lindan con el corral del dicho Alonso Rodriguez, Alguacil*, y llamó a la dicha Ana de Tovar para que le diese una poca de leña, y que oyó hablar en la Cárcel a Catalina Hernandez, mujer del dicho Juan Martín Haldón, y que no sabe otra cosa, mas que oyó decir esta testigo a la dicha Ana de Tovar que había venido esta mañana a la Cárcel Isabel García, viuda vecina de esta Villa, y le había pedido un poco de sal, y que se lo había dado y que después que se lo dió se asentó (sic) la dicha Isabel García, y como se asentó, que le preguntó qué cuya era una escalera que estaba allí, y que le había dicho que era del Viejo de la Plaza, y que como le dijo que era del Viejo, que le dijo: "pues qué, porque no se la llevaba, que había estado dando voces esta mañana por la dicha escalera", y se la había llevado y que se había ido con ella la dicha Isabel García, y que cuando allegaron a la Plaza no halló al dicho Viejo en su casa, y que como no lo halló, le dijo la dicha Isabel García que no dejase la dicha escalera en su casa, y que la había dejado en casa de la dicha Isabel García, y como la dejó se venía, y ya que se venía la dicha Isabel García le dijo que entrase, y vería a su hija Ana García que estaba mal, y entró y estuvo un poco con la dicha Isabel García y Ana García su hija, y cuando salió topó a la puerta de la calle a Catalina Hernandez, mujer del dicho Juan Haldón, y le había dicho que había pescado en la Calle Real, y que se había ido con ella a la Calle Real, y que, entretanto, que se había ido el dicho Juan Haldón, y que esta es la verdad. No firmó.**

* Siendo así y como ya hemos visto que la casa de Hernando Jayán lindaba con el Hospital, éste con la casa de Alonso Rodriguez de Triana y ésta con la casa de su hermano Bartolomé Hernández, hay que deducir que había al principio de la calle de Los Jayanes (hoy calle de Enmedio) un conjunto de viviendas. Es posible que esta casa de la declarante tuviera su fachada hacia lo que hoy es la calle de Lepanto y que fué, hasta el siglo XIX, un espacio abierto conocido como Plaza de la Zarza, conectado con la de Santiago. Otra posibilidad es que dicha casa de Leonor y Francisco Fuerte perteneciera a otra calle, suponemos que apenas sin dibujar entonces, y que hoy está materializada como calle Príncipe de Asturias, con lo cual el fondo de su corral lindaría con el del corral de la casa del Alguacil en la calle de Enmedio en parte, y con el del corral de Hernando Jayán en la misma calle, como declara.

** Nótese como los personajes citados parecen actuar como si representaran una extraña comedia con sombras que van y vienen: la mujer de Bartolomé, cuñada política de la del Alguacil, pregunta por ésta a la testigo, la cual a su vez pregunta a Mencía, la cual busca a Ana de Tovar y la trae al escenario de los hechos. La viuda Isabel García es descrita con todos los tintes de la intriga, como una anciana empeñada en alejar a Ana de Tovar distrayéndola de su labor de vigilancia, para propiciar la fuga de Haldón, o al menos es lo que aparentemente intentan hacer creer las testigos al Juez de Comisión, porque el hecho indubitable es que el Alguacil fué cómplice y su mujer Ana no tenía por menos que estar al tanto de sus intenciones de marcharse con el zorzalero, siendo así, por tanto, tan cómplice como él. La viuda Isabel García a su vez introduce a otro personaje tan borroso e irreal como ella misma: El Viejo de la Plaza, que grita a horas tempranas quejándose porque no le han devuelto su escalera; y a su propia hija Ana García, enferma en cama, idóneo pretexto para retardar la vuelta de Ana de Tovar a la prisión. Todo un enrevesado montaje, expresado en forma tan prolija que resulta increíble que el escribano lo recogiera tan al detalle como lo recogió, y con el que irremediablemente dejarían a Hernándo Jayán en extremo confundido.


Para terminar el capítulo y continuando con —sospechamos— los intentos por parte de todos de engarbullar al Juez de Comisión, la documentación nos induce a incluir en estos intentos nada menos que al propio escribano Juan Vizcaíno. A esta hipótesis nos referíamos al principio; de esta forma quedaría explicado el uso de tres apellidos para la mujer de Bartolomé Hernández so pretexto de que sus abreviaturas eran parecidas, a fin de embrollar más los autos. Nada de extraño, habidos los vínculos sentimentales que ya conocemos entre Vizcaíno y Juan Martín Haldón ("Los Juanguren y el espadero 27").
Otra incógnica cuya resolución positiva abundaría en favor de lo expuesto es la de que Juan Vizcaíno y Bartolomé Hernández Vizcaíno estuviesen emparentados, con lo cual el escribano también lo estaría con el Alguacil en el mismo grado. Los protocolos pendientes de estudio guardan la respuesta.
Añadiremos, concluyendo, que la actividad en este 4 de noviembre de 1555 tenía otros aspectos paralelos, otras caras colaterales y otros desenvolvimientos dobles, que vamos a ir viendo. Se había puesto en marcha una maquinaria tan compleja, que en un pueblo tan pequeño debió significar que todas las mentes de sus habitantes estaban elucubrando sin interrupción alrededor del mismo asunto.

martes, 13 de diciembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 28


Recalquemos una consideración de extrema importancia en Historia. Que la capacidad de la escritura como herramienta para expresar las complejidades de los actos de los hombres y de las sociedades es mínima, se comprende y acepta por todos, aunque no se proponga abiertamente como dogma indestructible. Así, cualesquier utilización de dicha escritura debe tener en cuenta que propiciará la emergencia de la punta del iceberg de los acontecimientos pasados, pero no más, y que la gran masa restante de ellos permanecerá oculta. Lo cual alimenta posiciones simplistas, que por medio de fórmulas manidas pretenden ofrecer resultados que no dejan de ser falaces por eso mismo, por simples. Muchos investigadores, si no todos, se ven compelidos a aportar frutos, ya sea por coacción de las instituciones a las que pertenecen, ya sea por puro amor propio, por mantenimiento de estatus o por orgullo mal entendido.
El ejemplo mas ubicuo de posición simplista lo tenemos en la extendidísima aserción de que "el hombre del Siglo de Oro era profundamente religioso". Con tal fórmula expeditiva se pretende solucionar todos los enigmas que el alma humana pretérita presenta, y por ende, parecer y aparecer clarividente, cuando en el fondo tal afirmación demuestra un completo fracaso interpretativo.
Porque delegar de un plumazo, en un supuesto Supremo Hacedor, todos los pensamientos, emociones, resortes, vericuetos, motivaciones, impulsos, actos, hechos e ideas de nuestros antecesores es eso a la postre: la confesión de la propia impotencia, el "eso viene de Arriba", el "Dios proveerá", etc.
Sin pretender agotar, ni mucho menos, esta problemática que entronca con la relación entre realidad y escritura, mas de tinte filosófico, recordaremos a la profesora portuguesa Rita Marquilhas en su aporte al Simposio Internacional "Escribir y leer en el siglo de Cervantes", celebrado en Alcalá de Henares del 17 al 20 de noviembre de 1997 y organizado por el Centro de Estudios Cervantinos y la Universidad de Alcalá. En su ponencia titulada "Orientación mágica del texto escrito" apuntó certeramente, exhortando a que "... intentemos conceder a las sociedades de las épocas que nos precedieron el derecho a ser tan complejas como lo son en la actualidad las nuestras". Pero reconocer a priori la complejidad de las nuestras implicaría, para muchos eruditos, apearse de sus pedestales académicos desde donde alardean de intérpretes de los arcanos; siendo así que lo único que engendran es frustración, porque propician la continuidad de la aberración que nosotros, con nuestros reduccionismos, sometemos a nuestros antepasados. Los historiadores del futuro, según este modo, no verán en la sociedad de los siglos XX y XXI mas que a los energúmenos consumistas que envenenaron agua, tierra y aire y que fueron artífices de las guerras más cruentas que se conocen, de la misma manera y correspondencia que nosotros vemos, en los tiempos de Carlos V, a labriegos ignorantes, clérigos obcecados, burgueses cerriles y militares despiadados.
Valga todo lo dicho como aproximación al intento de responder a la pregunta ¿cómo leer historia?.
Los escribanos de Castilleja que hemos venido conociendo, Bernardo de Ulloa, Juan Vizcaíno, Miguel de las Casas, Hernando de las Cuevas, ameritan que se les considere desde esta óptica amplia. Concedámosles que trabajaron con todas las reservas y sin pretender en modo alguno reflejar como espejos perfectos los acontecimientos físicos y mentales que en sus vidas se les presentaron.
Y como hemos tocado el tema religioso y, por alusión, el mágico, admitamos con generosidad que las creencias supersticiosas que la historia académica endilga a aquéllos está hecha de la misma materia que las creencias religiosas que hoy en día —¿se endilga?— mueven a pueblos enteros en la faz de la tierra: igual de psicóticos, indiferentes, reflexivos, masoquistas, estetas, hipócritas, fanáticos, emotivos, prácticos, analíticos, superficiales que nosotros, fueron ellos ante los asuntos sobrenaturales.
Con estas consideraciones, volvamos la vista a un Hernando Jayán afanoso como cazador acosado.

Y después de lo susodicho (recuérdese que estamos en el lunes 4 de noviembre de 1555, aproximadamente a mediodía), en dicho día, mes y año el dicho Señor Hernando Jayán, Juez de Comisión, hizo por la dicha razón la información de testigos siguientes:

Testigo, Juana Gonzalez, mujer de Bartolomé Hernandez*, trabajador. Siendo preguntada que si sabe o vió quién soltó al dicho Juan Haldón de la Cárcel y le quitó las prisiones y le dió la llave, dijo que so cargo de su juramento no vió ni sabe cosa alguna; fuéle preguntado que si ha visto que la mujer del dicho Juan Haldón u otra persona alguna entrase hoy dicho día en la Cárcel, dijo que esta testigo entró esta mañana en la Cárcel y vió cómo estaba almorzando (sic) el dicho Juan Martín Haldón preso, y estaba allí con él Catalina Hernández, mujer del dicho Juan Martín Haldón, e Isabel García, viuda vecina de esta Villa, y Ana de Tovar, mujer del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero, y desde a un poco vió esta testigo cómo salió de la Cárcel la dicha Ana de Tovar, mujer del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil, y llevaba una escalera de madera en el hombro, y esta testigo le preguntó que adónde llevaba la escalera, y le dijo que la llevaba a casa del Viejo de la Plaza, y que no vió si salieron las dichas Isabel Garcia y Catalina Hernández tras de la dicha Ana de Tovar, o si se quedaron en la Cárcel, y luego esta testigo se salió de su casa y se fue al Camino Real, a comprar una col, y vino y guisó la olla, y en esto pasó buen rato, y desde a un buen rato vino a casa de esta testigo María, hija de Catalina López, viuda, niña y nieta de esta testigo, y estuvo un poco con esta testigo, y desde a un poco la dicha niña entró en el palacio del dicho Alonso Rodriguez donde estaba preso el dicho Juan Martín Haldón, y salió y dijo: "Señora, no está aquí Juan Martín Haldón preso, sino su cama no más", y como esta testigo oyó decir a la dicha niña que no estaba en la Cárcel el dicho Juan Haldón, entró en el dicho palacio y vió cómo no estaba preso el dicho Juan Haldón, y vió que estaban allí las prisiones y las llaves metidas en el candado, y vió cómo estaban sanas las prisiones, y no halló en casa del dicho Alonso Rodriguez, Alguacil, persona alguna, y luego esta testigo salió a la puerta de la calle, y dijo a Leonor Sanchez, mujer de Francisco Fuerte, que no estaba en la Cárcel el dicho Juan Haldón, y que si había visto a Ana de Tovar, mujer del dicho Alguacil, y la dicha Leonor Sanchez fué la calle abajo a llamar a la dicha Ana de Tovar, mujer del dicho Alonso Rodriguez, Alguacil, y luego desde a un poco vió cómo vino la dicha Ana de Tovar dando voces y llorando, y que no sabe otra cosa; fuéle preguntado quién alzó el hato del dicho Alguacil y lo sacó de su casa, dijo que como la dicha Ana de Tovar** halló cuando vino que era ido el preso, comenzó a pasar el hato que tenía en su palacio a la Calle Real, por la huerta de Juan de Torres; fuéle preguntado que quién le ayudaba a pasar el dicho hato, dijo que unos niños, dos niñas de Juan de Vega que le llaman la una Marina y la otra Catalina, y una negrilla de doña Isabel Cataño que se dice Juana, y otros muchachos que no miró quien eran, y que no vió otra cosa, y esta es la verdad. No firmó.

* Juana Gonzalez y Bartolomé Hernández ofrecen cierta dificultad de identificación a estas alturas. En "Los Juanguren y el espadero 22", noviembre de 2011, Bartolomé Hernández y Juana García, vecinos del Alguacil, quedaron como depositarios de los bienes embargados a éste. Los escribanos solían abreviar los apellidos más comunes con un garabato parecido a una letra mayúscula que, en el caso de Gonzalez y García, es similar. Muy probablemente las dos Juanas sean una persona, antes receptora de los bienes y ahora llamada a testificar. En cuanto a Bartolomé Hernández su marido, otro Bartolomé Hernández figura en las crónicas del pueblo de estos años, de segundo apellido Vizcaíno y casado con una tal María "La Rubia". Si es el mismo, viudo y vuelto a casar, sólo los próximos documentos a transcribir nos lo aclararán. Pero lo más importante es que, como vamos a ver de inmediato, este Bartolomé Hernández marido de Juana Gonzalez/García, es nombrado para nuestra sorpresa como hermano del Alguacil Alonso Rodriguez de Triana. Lo cual explicaría que vivieran en vecindad en casas aledañas.

** Después de este presuroso salvar del embargo todo lo que pudiese, Ana de Tovar se escondió, como ya hemos referido, huyéndo al interrogatorio de Hernando Jayán.
Es un vertiginoso caleidoscopio de idas y venidas lo que nos narran esta testigo y los siguientes, pero todo sugiere que los allegados de los prófugos, testigos incluídos, no pretendían otra cosa que confundir y desorientar a las autoridades para proteger a los ocultos en el río Repudio de un castigo que, con un poco de suerte a favor del acusador Juanguren, podía consistir incluso en varios años encadenado a un remo en las galeras del rey.

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