martes, 24 de enero de 2012

Los Juanguren y el espadero 35


Un mediodía tórrido de agosto —han pasado tres años—, la Villa aparecía muerta, envuelta en el pesado sudario de una atmósfera hirviente. Por sus calles ni un perro ni un pájaro por su cielo osaban exponerse al deletéreo calor que parecía materializarse en bloques y paredes impenetrables en las esquinas desiertas, en los polvorosos caminos de las afueras. Expectantes y desorientados, los lugareños refugiados en los rincones más habitables de sus hogares optaban por ahorrar el más pequeño movimiento e incluso por reservarse la articulación de palabras, bajo la exasperante opresión de una ley del mínimo esfuerzo que el omnipresente astro rey dictaba inclemente desde su celeste altura. Irradiante su ciego ojo de oro derramaba su castigo en silencio asfixiante y hacía aletear su fuego por los tejados buscando intersticios por los que morder cualquier manifestación de vida.

Desde Sevilla sube por la cuesta un hombre a lomos de un mulo. Acaso sera el único signo de actividad en el amplio espacio. A lo lejos las vaharadas de aire caliente lo muestran como una alucinación, una figurilla que ora se agita, ora casi desaparece, borrada por la calima bochornosa que los vapores del agua del Guadalquivir produce.
Aproximémonos: bajo su negro sombrero de amplia ala, los párpados entrecerrados para protejer los ojos de los chorreones de sudor dejan adivinar el celeste frío de éstos; tiene barba de varios días, grisácea, y aparenta unos 35 años. En su caballería lleva, entre otros atadijos, un lío de tela de paño del que sobresalen varias espadas flamantes, recién facturadas.
El hombre alcanzó la Plaza cuando el sol comenzaba su lento descenso, pero todavía solo un retazo de sombra en el lado sur le ofrecía cobijo y protección de la inclemencia. Ya estaba a salvo en el Señorío del Conde y fuera de la jurisdicción del Concejo de la capital, y únicamente le restaba esperar un par de horas para, con la frescura relativa de la tarde, presentarse ante el escribano y hacer constar oficialmente su presencia en el pueblo.
Aligeró al mulo de su carga y se sentó en un poyete recostando la espalda contra la fachada de una de las casas buscando una inexistente humedad y, tras beber largamente de su calabaza se dispuso a esperar el paso de algún transeúnte para informarse del domicilio del encargado del Registro.
Hacia las seis cruzó la Plaza una esclava mulata con un cántaro apoyado en la cadera. Bernardo le preguntó por la casa del escribano y ella, con un gesto señorial y displicente de su mano libre le señaló una de las casas y siguió su camino. El espadero todavía al alejarse le hizo otra pregunta acerca del nombre de dicho escribano, pero la mujer, joven todavía, no le contestó y continuó su marcha sin dignarse volver la cabeza.
Esperó el forastero otro rato más, pendiente de algún signo de vida en las ventanas y puerta, cerradas herméticamente, hasta que se abrió ésta y salieron de estampida dos chiquillos, corriendo hacia su territorio de juegos.
Bernardo de Oliver cargó el mulo y lo acercó, atándolo a una argolla en la pared, y llamando con discreción al antiguo aldabón de la entrada aguzó el oído. Salió un criado, y pronto el titular del Registro, Miguel de las Casas*, mostró su disposición a atenderlo. Lo hizo entrar a su gabinete y encomendó al criado que avisase, para que sirviesen de testigos, a Juan Tomé, un vecino que sabía se encontraba disponible, y en un audaz intento de diplomacia casera, a dos hombres a los que pretendía reconciliar: Diego Ortiz de Juanguren el mozo y Juan Martín Haldón**.

* Por ahora desconocemos la fecha exacta de la muerte de Juan Vizcaíno, el anterior escribano de Castilleja. Como una aproximación, recordemos la almoneda celebrada el 12 de noviembre de 1559, en la que ya sus hijos figuran como huérfanos, la cual almoneda fué efectuada por su sustituto, Miguel de las Casas ("Los Juanguren y el espadero 15", abril de 2001).
Con el fallecimiento de Diego Ortiz de Juanguren el viejo ocurre lo mismo, pero en mayo de 1557 sus herederos emprendían diligencias para repartirse la herencia ("Bocetos del siglo XVI, y 6", febrero de 2009). En "Los Juanguren y el espadero 8", marzo de 2001, describimos a Diego Ortiz el mozo como su sobrino. Ya podemos rectificar con total seguridad: era en realidad su hijo, esposo de Bernardina de Sagredo.

** La enemistad entre el zorzalero y el hijo del viejo hidalgo tenía razón de ser, dado el escándalo que supuso en la pequeña comunidad la trifulca en el mesón, el maltrato en la cárcel y la fuga de Haldón y el Alguacil que acabamos de conocer. Miguel de las Casas, en los principios de su carrera con la pluma, vió la oportunidad de apuntarse un tanto que le reportara en el pueblo prestigio de componedor paternalista, pero quizá, inintencionadamente, su acción fuese la chispa que prendió la tragedia que se avecinaba.

Destierro. En la Villa de Castilleja de la Cuesta en martes 23 días del mes de agosto de 1558 años se presentó en esta Villa Bernardo de Oliver, vecino de la ciudad de Sevilla, y dijo que venía desterrado de la dicha ciudad de Sevilla por tiempo de 4 meses precisos ( obligatorios) y 8 voluntarios (convalidables con el pago de una multa), por sentencia que contra él dieron los Señores Alcaldes Mayores de la dicha ciudad. Testigos que fueron presentes, Bartolomé Moreno, Juan Martín y Juan Tomé, vecinos de esta dicha Villa, y Diego Ortiz, vecino de la ciudad de Sevilla y estante en esta dicha Villa.


Pronto estuvo el escrito ultimado, y Bernardo recibió una copia que guardó cuidadosamente en sus alforjas. Salieron a la Plaza y Juan Martín, acaso encandilado por el brillo de las hojas de las espadas, le ofreció su desinteresada ayuda aconsejándole pernoctar en la posada hasta que al día siguiente encontrase alojamiento fijo. En cambio Diego Ortiz desde el principio se había mostrado nervioso y a disgusto, y no solamente por tener que alternar con el agresor de su difunto padre, sino además por estar sintiente de que su categoría social sufría menoscabo al dedicar al desterrado —un ganapán delincuente, al fin y al cabo— aunque solo fueran los escasos minutos que duró la diligencia en casa del escribano, a la que acudió porque, excepto justificación fundada, todos los vasallos del Conde estaban obligados a servir de testigos cuando fuesen requeridos a ello por cualquier autoridad, y los notarios lo eran. Miguel de las Casas fué, como fedatario, hombre de confianza de don Pedro de Guzmán, como ya era ordinario en todos los Señoríos desde que, años atrás, los Señores acabaran con los privilegios que disfrutaban muchos Concejos de Villas, que por entonces y por disposición del Rey se reservaban la elección de escribanos.
Bernardo de Oliver era hombre previsor. Traía algunos ducados en su bolsa y sabía que sin dificultad iba a encontrar alguna casita sencilla para alquilar mientras durara su estancia en Castilleja. Además de la media docena de armas que portaba, para vender o trocar igualmente. Trabajador nato, disponía por ende de apoyo familiar para sobrellevar el castigo, por lo que no le preocupaba en exceso el futuro próximo. Ya había acordado con sus allegados en Sevilla, antes de partir a cumplir la sentencia, el envío de las herramientas y utensilios imprescindibles para ejercer el oficio durante los meses que se avecinaban: forja, fuelle y yunque en primer lugar, además de martillos, tenazas, limas, etc, que serían traídos en una recua de asnos desde la capital con toda prontitud.

Diego Ortiz de Juanguren el mozo doblaba ya la esquina del callejón que conducía a su casa cuando, por el rabillo del ojo, observó con disgusto que espadero y zorzalero penetraban en el mesón de La Plaza, éste guiando con deferencia por el brazo a aquél mientras descorría la carpeta* de la entrada. Aquella noche soñó con un gato de mirada zarca cuyas pupilas eran dos espadas aceradas, y que acercaba hacia él su cabeza amenazante hasta el punto que, dormido, se refugió bajo la almohada gimiendo de tal manera que despertó a su joven esposa Bernardina.

* Al igual que los manojos de ramas colgados en ventanas y puertas, las carpetas identificaban a los establecimientos donde se expedían bebidas alcohólicas. Eran ni más ni menos que una especie de cortina a media altura, sin otra finalidad que la expuesta, de señalización. Añadamos que esta costumbre de colgar ramas en las ventanas de tabernas parece, según opiniones de ciertos etimólogos, que dió lugar a la expresión "ramera", por asociación con las prostitutas que solían ejercer su profesión en tales establecimientos.
En cuanto a la carpeta, la definición del Diccionario de Autoridades es: "Se llama también la manta, tapiz ò paño, que se pone en las puertas de las tabernas. Latín, velum aut cortina vinaria taberna pratentum", y cita a Alonso de Salas Barbadillo en "Corónas del Parnaso": "Me cohechaban los tabernéros de toda esta comarca, porque me arrimasse à la sombra de sus ramos y carpétas". Calderón de la Barca llamó a Baco "el Dios de las carpetas".

miércoles, 18 de enero de 2012

Los Juanguren y el espadero 34


Luego se origina un vacío documental de dos semanas, desde el día 5 al 21 de noviembre, en el que, por la lógica de lo que continúa, debemos imaginar a Alonso Rodriguez de Triana y a Juan Martín Haldón todavía escondidos, con toda probabilidad en el mismo refugio. Y también es de suponer que la continuación de los autos se debió a que la mujer del Alguacil, Ana de Tovar, o fué descubierta o ella misma se ofreció a declarar.

Y después de lo susodicho, el jueves 21 de noviembre de 1555, el Señor Hernando Jayán fué a las casas de la morada del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero, y halló en ellas a la dicha Ana de Tovar, de la cual fué recibido juramento: si es casada, cómo se llama, etc. Preguntada que adónde está su marido, dijo que no lo sabe; preguntada que qué tanto tiempo ha que no ha visto al dicho su marido, dijo que desde el domingo en la noche, que pasó 15 días, que se fué de casa a medianoche, al chifle, y no ha vuelto más; fuéle preguntado que si ha sabido más del dicho su marido, dijo que no ha sabido más de él ni lo ha visto de sus ojos; fuéle preguntado que porqué se ausentó de su casa, dijo que no lo sabe; fuéle preguntado que si tenía preso a su cargo el dicho su marido, como tal Alguacil y Carcelero, a Juan Martín Haldón el mozo, dijo que sí tenía; fuéle preguntado que quién soltó de la prisión al dicho Juan Martín Haldón y le dió la llave y favor y ayuda para que se soltase, dijo que no lo sabe, mas que el lunes que se contaron 4 días de este dicho presente mes de noviembre, estando esta testigo en su casa, estando el dicho Juan Martín Haldón preso de piés en el cepo y la cadena y unos grillos de hierro, vino a casa de esta declarante Isabel Garcia, viuda mujer de Juan García, difunto, y se asentó en una banca junto al dicho Juan Haldón preso, y estuvo hablando con el dicho Juan Martín Haldón, y como entró, comenzó a decir al dicho preso: "Anda, Juan Martín Haldón, que Dios hará merced, que así como no lo debéis, os librará", y estuvieron hablando el uno con el otro, y esta declarante no entendía lo que hablaban, porque hablaban quedo, y desde a un poco que estaba en la Cárcel la dicha Isabel García, vino a la Cárcel Catalina Hernández, mujer del dicho Juan Haldón, y trajo de almorzar al dicho su marido unos zorzales, y desde a un rato que la dicha Isabel Garcia estaba allí, pidió a esta declarante que le diese una poca de sal, y esta declarante se la dió, y desde a un poco la dicha Isabel García preguntó a esta declarante qué cuya era una escalera de madera que tenía allí, y esta declarante le dijo que era de Juan Rodriguez, que vive en la Plaza, y que se la había prestado ayer domingo, y luego respondió la dicha Isabel Garcia y dijo a esta declarante que por eso se lo preguntaba, porque toda aquella mañana había estado el dicho Juan Rodriguez dando voces en la Plaza, diciendo que había más de ocho días que se la habían llevado de casa, y que nunca más se la habían vuelto, y luego la dicha Isabel Garcia dijo a esta declarante que, por su vida, que llevase la escalera al dicho Juan Rodriguez, porque otro día se la volviese a prestar, y luego la dicha Isabel Garcia se salió de esta declarante, y salida, esta declarante tomó la dicha escalera y la llevó a casa del dicho Juan Rodriguez, y cuando fué no halló al dicho Juan Rodriguez, y como puso la dicha escalera, la dicha Isabel Garcia dijo a esta declarante que entrase en la casa, que la quería hablar Ana Garcia su hija, y así esta declarante entró en casa de la dicha Ana Garcia y la habló, y se quería volver a su casa, y la dicha Isabel Garcia dijo a esta declarante que se estuviese, que luego se iría, y como dejó a esta declarante con la dicha Ana Garcia, la dicha Isabel Garcia se salió fuera de su casa y no sabe dónde fué, y esta declarante se estuvo un poco con la dicha Ana Garcia, y ya que se quería venir a su casa entró en la casa de la dicha Isabel Garcia la dicha Catalina Hernandez, mujer del dicho Juan Haldón, preso, y como topó esta declarante a la dicha Catalina Hernandez la dicha Catalina Hernandez dijo a esta declarante cómo Hernán Diáñez su padre había traído buen pescado fresco, que quería ir allí para que le diese un poco para el dicho Juan Haldón, y dijo a esta declarante que se fuesen allí, y estando en estas pláticas vino Mencía Rodriguez, mujer de Bartolomé Moreno, dando voces diciendo que corriese, que le habían soltado el dicho preso, y esta declarante vino corriendo a su casa, y cuando allegó halló que el dicho Juan Martín Haldón no estaba en las prisiones y se había ido, y estaban las prisiones sanas y la llave del candado en el dicho candado, y esto pasa y no sabe otra cosa; fuéle preguntado que si la llave que esta declarante halló en el dicho candado de la Cárcel, si era la propia del dicho candado que es de la Cárcel, dijo que no lo sabe; fuéle preguntado que quién tenía la llave de las dichas prisiones, dijo que su marido de esta declarante, y que el domingo en la noche próximo pasado, antes que se fuese el dicho Juan Haldón de la Cárcel, esta declarante vió cómo el dicho Alonso Rodriguez, marido de esta declarante, puso la dicha llave de las dichas prisiones en una arca de su palacio, y que no la vió más, ni la halló en la arca esta declarante; fuéle preguntado que si, cuando esta declarante se salió de su casa para llevar la dicha escalera, quedaba alguna persona con el dicho Juan Martín Haldón, dijo que no quedaba persona alguna mas de su mujer; fuéle preguntado que quién sospecha que soltó al dicho Juan Haldón, dijo que no sospecha sobre otra persona sino sobre su mujer, y sobre la dicha Isabel Garcia como la importunó a que llevase la dicha escalera, y como no halló en su casa al dicho Juan Rodriguez y la hizo entrarse con la dicha Ana Garcia, y desde entrada se salió la dicha Isabel Garcia y no pareció más, por esto sospecha que andaban y anduvieron engañando a esta declarante para echarla de su casa, por soltarla de la Cárcel; fuéle preguntado que si es verdad que, luego que halló ido al dicho Juan Haldón, esta declarante alzó todos los bienes que tenían ella y el dicho su marido, dijo que sí es, y que los llevó al Camino Real; fuéle preguntado que qué bienes eran los que alzó, dijo que su cama y otros bienes de ropa; fuéle preguntado que quién le ayudó a llevar los dichos bienes, dijo que unos muchachos que no se acuerda quiénes eran, con la turbación que tenía, y esta es la verdad. Y no firmó.

A estas alturas, que Ana de Tovar declare sospechar de sus dos amigas la viuda y Catalina no significa gran cosa, sino más bien que ya no tenían nada que perder. Dados los acontecimientos que relata, al Juez de Comisión no se le pasaría por alto el extraño comportamiento de las dos mujeres con respecto a Ana. Por otro lado, a ninguna de las dos dichas se le podía probar culpa alguna, según lo averiguado hasta el momento. Todo ello sigue denotando una urdimbre y una complicidad patentes, en las que, como hemos visto, parece participar incluso Hernando Jayán. Y por fin,

En 23 de noviembre de 1555 el Señor Hernando Jayán, Juez de Comisión, habiendo visto este proceso, mandó notificar al dicho Diego Ortiz, Alcalde Ordinario, que dentro de tres días primeros siguientes acuse si quiere a los dichos Juan Martín Haldón y Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil, con apercibimiento que se le hace que el término pasado, se pronunciará por no parte, y procederá contra los susodichos como hallare por justicia.


El cual mandamiento le fué leído y notificado al dicho Diego Ortiz por el escribano Juan Vizcaíno el miércoles 27 de noviembre, el cual dijo que él no quiere acusar ni pedir cosa alguna a los dichos Juan Martín Haldón y Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil, ni a ninguno de ellos1. Y así dijo, y lo pedía y pidió por testimonio, testigos que fueron presentes, Lorenzo Sanchez y Francisco Sanchez, vecinos de Sevilla.

1.- Lo que no significaba que el proceso quedara archivado. En la mayoría de estos casos, es la autoridad la que continúa con las acusaciones y los autos, hasta su conclusión, sentencia y condena. De el que nos ocupa, desconocemos su final por la falta de los últimos folios, pero los dos fugados pronto aparecen en Castilleja haciendo vida normal, como si no hubiese sucedido nada. De hecho Juan Martín Haldón nos va a servir tres años después, en 1558, de hilo conductor hasta el protagonista de esta serie de capítulos: el maestro de hacer espadas Bernardo de Oliver.

jueves, 12 de enero de 2012

Los Juanguren y el espadero 33


Queda por especular sobre la relación entre el indio de la posada y Francisca, la vieja hechicera concubina de Rodrigo Franco ("Los esclavos 5", febrero de 2009, y "Los esclavos 39", abril de 2009). Todo apunta a que entre ellos había cierta tensión, nacida de esa tendencia innata al egocentrismo que padecemos todos los seres humanos en una u otra medida. Los dos pretendían y aspiraban a representar con sus personas a la remota América en la Villa aljarafeña, pugnando por demostrar cada uno que traía la esencia más pura, que poseía la raza más aquilatada y auténtica y que era maestro de la sabiduría más completa y ancestral, lo cual —pensaban, con indudable acierto— les reportaría indudables ventajas sociales. Por tanto, una solapada enemistad teñida de envidia y recelo los hacía esquivarse e ignorarse en todas las posibles oportunidades.

Pero pasemos página y día, y despertemos con los castillejanos el martes 5 de noviembre de 1555. En la Plaza abrió el mesón antes de que la luz del sol bañara su fachada y penetrara por su ventanal. El día era frío pero luminoso bajo la bóveda despejada de un cielo impoluto, y el suegro de Juan Martín Haldón, el pescadero Diáñez, tras saltar de la cama con espíritu combativo y lleno de dinamismo se preparó para emplear el día lidiando con papeles y escribientes. Como otra pieza de aquella máquinaria que en defensa de los huidos se había puesto en marcha, tenía su cometido perfectamente proyectado desde la tarde anterior, cuando reunidos en cónclave familiares y amigos acordaron, para proseguir con las tácticas dilatorias, reclamar uno de los bienes embargados al zorzalero protestando que no era tal, que no era de su propiedad; tratábase del burro, el "asno pardo" que Hernándo Jayán había incluido entre los objetos secuestrados y que ahora según vimos estaba depositado en poder de Francisco de Aguilar ("Los Juanguren y el espadero", noviembre de 2011). De forma que a primera hora fué requerido Juan Vizcaíno para formalizar la alegación.

El martes 5 de noviembre de 1555, ante el Señor Hernando Jayán, Juez de Comisión, y el escribano Juan Vizcaíno, pareció Hernán Diáñez, vecino de esta Villa, y dijo que era así que él había dado y dió prestado a Catalina Hernandez, su hija, mujer de Juan Martín Haldón, un asno de color pardo, para que se sirviese del dicho asno, por le hacer buena obra, y ahora ha venido a su noticia que está embargado y secuestrado diciendo ser bienes del dicho Juan Martín Haldón su yerno, el cual dicho secuestro y embargo dijo no haber lugar de derecho porque, como tiene dicho, el dicho asno es suyo y no del dicho Juan Martín Haldón, de lo cual si fuese necesario se ofrece a dar información suficiente; pidió al dicho Señor Juez mande desembargar el dicho asno y se lo mande entregar, para que lo haya y tenga como cosa suya propia, y que no debe nada por el delito que cometió el dicho Juan Martín Haldón, y pidió justicia e imploró el oficio del dicho Señor Juez.

El Señor Juez dijo que le dé información y que está presto de hacer justicia.


En dicho día martes 5 de noviembre, ante el dicho Señor Juez Hernando Jayán, el dicho Hernán Diáñez trajo y presentó dos testigos, que declararon secreta y apartadamente lo siguiente:


Testigo, Francisco de Aguilar1, trabajador. Conoce a Hernán Diáñez de más de 10 años, y tiene noticia del dicho asno pardo y sabe que es de él, porque se lo ha visto tener y poseer de más de diez meses a esta parte. Firmó de su nombre, y que es de edad de cuarenta años.


Testigo, Isabel Sanchez, mujer de Diego Hernandez 2. Conoce a Hernán Diáñez de más de ocho años a esta parte, y tiene noticia del dicho asno pardo y sabe que es de él, porque se lo ha visto tener y poseer desde mayo próximo pasado. Tiene diecinueve años de edad, poco más o menos.


Y luego, vista la información por el dicho Señor Juez, dijo que mandaba y mandó remover y removió el dicho depósito del dicho asno del poder del dicho Francisco de Aguilar, y lo puso y depositó en poder del dicho Hernan Diáñez, el cual lo recibió y se obligó de lo dar cada vez y cuando que pareciere tener otra persona cualquier mejor de derecho al dicho asno. Obligó a ello su persona y bienes. Testigo, el dicho Francisco de Aguilar.


1.- Justamente el depositario del asno.

2.- Podemos saber más de Isabel Sánchez y de su relación con Ana de Tovar en "Los esclavos 14", febrero de 2009. Fueron Isabel y Diego pareja extraordinariamente prolífica, a juzgar por las partidas de bautismo, entre las que llama la atención esta por la aparentemente elevada prosapia de uno de los padrinos:
En domingo 3 de agosto de 1561 don Rodrigo de Cieza bautizó a Ana, hija de Diego Hernandez y de Isabel Sanchez. Padrinos, el señor don Juan de Santoño, Señor de Villafruela, y Lesmes de Palencia y su mujer Ana de Morales, y doña Francisca de Morales, todos vecinos de Sevilla. ("Bautismos 8", diciembre de 2008).


Pero el Juez de Comisión se "olió la tostada", y en su empeño —ya referido— de garantizarse valores para enfrentar posibles y probables sanciones por parte del Conde de Olivares, apretó al pescadero con sutilidad, comprometiéndolo de tal forma que éste tuvo que confesar un pequeño detalle:

Luego el dicho Hernando Jayán, Juez de Comisión, recibió juramento del dicho Hernán Díaz (sic) y le fué preguntado si sabe de algunos bienes del dicho Juan Martín Haldón el mozo, su yerno, el cual dijo y declaró que es verdad que él tiene un ducado del dicho Juan Martín Haldón, y que no tiene ni sabe de otros bienes algunos del dicho Juan Martín Haldón su yerno. Y no lo firmó.

Y luego el dicho Señor Juez de Comisión mandó que trajese ante sí los dichos once reales (un ducado eran 11 reales) que así tiene en su poder, del dicho Juan Martín Haldón su yerno, para que se pongan en secuestro en poder de persona llana y abonada, para que los tenga en dicho secuestro para de que se paguen las costas. Hernán Diáñez los trajo, y quedaron en poder del dicho Juez de Comisión.


Y para terminar, un curioso apunte de Vizcaíno, que sin tenerlas todas consigo dado lo enmarañado del asunto, cuidó muy mucho de estar al día en lo que al cobro de sus honorarios se refiere; así que aprovechando ese ducado que parecía llovido del cielo, pensó que al Juez en puridad no pertenecía y lo convenció de usarlo para ajustar las cuentas de su trabajo:

Doy fé que de los dichos once reales se han gastado y pagado lo siguiente:


Primeramente me dió, a mí el dicho escribano público, el dicho Señor Juez, dos reales para en cuenta de lo que montan mis derechos.
Item, se dieron al Licenciado Salamanca, por un parecer que dió, que está en este proceso, cuatro reales.

Esta deducción del escribano de Castilleja, que parece dictada por la premura de una necesidad precaria, contradice en cierta forma lo expuesto por la profesora María Luisa Pardo Rodríguez en "Señores y escribanos. El notariado andaluz entre los siglos XIV y XVI", Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, año 2002, pág. 109:

"El salario y las retribuciones del escribano del concejo. Al igual que el escribano público, el profesional de la escritura que realizaba su trabajo en el ámbito concejil recibía una determinada cantidad de dinero por el desempeño de su cargo. La diferencia entre unos y otros estribaba en el hecho de que el formar parte del organigrama funcional del concejo llevaba aparejado recibir una cantidad de dinero fija, que con carácter anual percibía al igual que cualquier regidor más de la corporación. El salario, o usando el término de la época, la quitación, derivaba de un organismo público, el regimiento, y no de los potenciales clientes que en el ejercicio libre del oficio pudiera tener".

Y en otro párrafo de dicha página:

"Además de percibir su quitación anual, el escribano de concejo de las villas y lugares de señorío de Andalucía cobraba una serie de derechos, que de manera puntual recibía por la confección de documentos que atañían a las rentas concejiles, o bien se trataba de escrituras que tenían que pasar necesariamente por él referidas a múltiples aspectos del gobierno local. Y aunque no tenemos noticias de abusos crematísticos por parte de estos profesionales de la escritura, sí podríamos aventurar su existencia, ya que los señores intentaron corregir las posibles desviaciones a la norma y usaron el marco real de referencia, el arancel para escribanos de concejo dictado por los Reyes Católicos en Alcalá de Henares, de 1503, para regular este asunto".

Quizá el cobro de los dos reales fuera un "abuso crematístico" de Juan Vizcaíno.

sábado, 7 de enero de 2012

Los Juanguren y el espadero 32


El indio Diego de Cárdenas, como vimos (Los Juanguren y el espadero 14, abril de 2011), no hacía ascos a un rato de jolgorio, de diversión, de baile y bromas. En la posada de Juan García era el que más echaba de menos al zorzalero con la vihuela del esclavo del cura, y este día añoraba su alegría y su vitalidad desbordante. Se trataba de un hombre de cuerpo fofo, como de 45 años de edad, tatuado de jeroglíficos intrincados desde los pies al cuello y aun en mejillas y frente. Sus ojillos mongoloides brillaban de extraña felicidad, semiperdidos en las marañas de mínimas arrugas y pliegues que los bordeaban y en la fenomenal protuberancia de su nariz, con el doble puente tosco y asimétrico característico de los de su raza. En los momentos culminantes de las fiestas del mesón solía levantarse los faldones del sayo con ademanes femeniles, e imitando alguna danza de su tierra exhibía los rollizos muslos repletos de dibujos, lo que producía entre los asistentes tan sonoras carcajadas que se despertaba todo el pueblo.
Lo reconoceríamos en el solitario sorbedor de sopa del capítulo anterior; de su natural eran los dos extremos: o se entregaba sin freno a las actividades orgiásticas de los huéspedes, o permanecía sentado, la vista perdida al frente, las manos descansando sobre las rodillas, creando un aura de energía indescriptible que nadie se atrevía a alterar, excepto su jefe el posadero para encomendarle alguna tarea, mas haciendo de tripas corazón porque gustaba de verlo en estos beatíficos estados.
Su empatía con Juan Martín Haldón se fundaba en que él también tenía un cerebro de músico. Antes de que los esbirros del despiadado Emperador hispánico lo apresaran tras arrasar su aldea*, tocaba la flauta autóctona andina, la quena, en las celebraciones comunales, y entre sus más gratos recuerdos figuraban los ratos interminables hamaqueándose bajo la umbría que añosos árboles le dispensaban a la orilla de un río de anchura infinita, mientras jugueteaba con las sonoras, profundas y dulces notas del tubo de bambú.
Cuando el agobio le impelía y la circunstancia le favorecía se ocultaba en la semioscuridad de cierto desván construido sobre los angostos dormitorios, al que todos llamaban "el palomar", accediendo a él torpemente por una rudimentaria escala de travesaños de troncos que partía desde tras un pequeño portil de viciadas maderas agrietadas que al final de la galería resistía los embates del clima. Había sido, en efecto, palomar en tiempos antiguos, pero ahora apenas albergaba unos albardones olvidados, dejados en prenda por algún arriero, varias sillas inservibles y un par de cántaros quebrados. El indio Diego buscaba acomodo entre los cachivaches a la altura de un ventanuco que permitía divisar la Vega, con la ciudad en medio como un ramo de flores mustias flotando en la llanura, y en aquel rincón se le representaba todo el panorama de su río sin fín, ya muy informe en los desgastados resortes de su memoria, mientras dejaba pasar el tiempo absorto en los crujidos del sol tórrido en verano o en el redoble incesante de la lluvia en invierno.

* Perteneció Diego de Cárdenas a la cultura de Tahuantinsuyo, en pleno imperio incaico, y sus maestros y mentores fueron indios ya en plena madurez a finales del siglo XV y testigos de la arribada de los españoles de Francisco Pizarro. Por entonces la técnica de la flauta andina poseía un desarrollo considerable. El Dios Pájaro Inti proporcionó a aquellos músicos el andamiaje abstracto que requerían las inmaduras prácticas imitativas de aves selváticas, aunque fueron los cantos de éstas los originarios y principales impulsores e inspiradores de las riquísimas melodías de la quena.
Nuestro zorzalero vihuelista, como no podía ser de otra manera, apreciaba a un oyente de su sensibilidad, y lo obsequiaba con unas muy acabadas pavanas, de gran aceptación en Castilleja por otra parte ya que se decía que tal género musical había sido creado nada menos que por Hernán Cortés a su vuelta de México. La "volta" y el "salto del fuego" de las gallardas —otra danza interpretada a las cuerdas por Haldón— eran las respuestas que el indio Diego devolvía con sus bailes, lleno de agradecimiento, a su amigo y émulo de Alonso Mudarra.
(Mudarra, nacido c. 1510 y fallecido en Sevilla el 1 de abril de 1580, fué renombrado músico y un virtuoso de tal instrumento, publicando el 7 de diciembre de 1546 en la capital andaluza su obra "Tres libros de música en cifra para vihuela" con composiciones suyas y transcripciones para vihuela y vihuela y voz, que incluyen letras de Jorque Manrique, Garcilaso de la Vega y Juan Boscán. Llegó a acumular una considerable fortuna, que dispuso en su testamento repartir entre los necesitados de la ciudad).
Ni que decir tiene que nos estamos refiriendo en la narración a los aspectos de la música popular en el pueblecito aljarafeño, aunque disponemos de material para estudiar con gran detalle su relación con la música "culta", la cual, como sucede en la actualidad, caminaba por otros derroteros, estando representada por alguien ya esbozado en nuestra historia: el maestro Pedro Fernández de Castilleja ("Los Juanguren y el espadero 4", febrero de 2011). El análisis de las manifestaciones artísticas en nuestra comunidad en tiempos pasados nos proporcionará amplias perspectivas y minuciosos aspectos con los que profundizar en los interiores emocionales de sus individuos como tales y como partes de dicha comunidad. Parecen evidentes los vínculos entre la música del Perú incaico, el cronista Pedro de Cieza de León, su hermano el cura de Castilleja, el esclavo de éste y poseedor de la vihuela, Juan Martín Haldón, y Diego de Cárdenas, todos ellos señalados de alguna manera por la sombra reciente de Hernán Cortés, muerto hacía tan sólo ocho años.

Si las ideas pudieran materializarse, todo lo referido y su complementaria complejidad —la complejidad de los seres humanos— se condensaba en el aire viciado del comedor de la posada de La Plaza aquella noche del 4 de noviembre de 1555, con el indio apurando la escudilla, los tahúres ultimando el juego, y los posaderos recogiendo enseres y dando los últimos trapazos con la esperanza de espantar a los noctámbulos y poder así cerrar e irse a descansar.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...