sábado, 7 de enero de 2012

Los Juanguren y el espadero 32


El indio Diego de Cárdenas, como vimos (Los Juanguren y el espadero 14, abril de 2011), no hacía ascos a un rato de jolgorio, de diversión, de baile y bromas. En la posada de Juan García era el que más echaba de menos al zorzalero con la vihuela del esclavo del cura, y este día añoraba su alegría y su vitalidad desbordante. Se trataba de un hombre de cuerpo fofo, como de 45 años de edad, tatuado de jeroglíficos intrincados desde los pies al cuello y aun en mejillas y frente. Sus ojillos mongoloides brillaban de extraña felicidad, semiperdidos en las marañas de mínimas arrugas y pliegues que los bordeaban y en la fenomenal protuberancia de su nariz, con el doble puente tosco y asimétrico característico de los de su raza. En los momentos culminantes de las fiestas del mesón solía levantarse los faldones del sayo con ademanes femeniles, e imitando alguna danza de su tierra exhibía los rollizos muslos repletos de dibujos, lo que producía entre los asistentes tan sonoras carcajadas que se despertaba todo el pueblo.
Lo reconoceríamos en el solitario sorbedor de sopa del capítulo anterior; de su natural eran los dos extremos: o se entregaba sin freno a las actividades orgiásticas de los huéspedes, o permanecía sentado, la vista perdida al frente, las manos descansando sobre las rodillas, creando un aura de energía indescriptible que nadie se atrevía a alterar, excepto su jefe el posadero para encomendarle alguna tarea, mas haciendo de tripas corazón porque gustaba de verlo en estos beatíficos estados.
Su empatía con Juan Martín Haldón se fundaba en que él también tenía un cerebro de músico. Antes de que los esbirros del despiadado Emperador hispánico lo apresaran tras arrasar su aldea*, tocaba la flauta autóctona andina, la quena, en las celebraciones comunales, y entre sus más gratos recuerdos figuraban los ratos interminables hamaqueándose bajo la umbría que añosos árboles le dispensaban a la orilla de un río de anchura infinita, mientras jugueteaba con las sonoras, profundas y dulces notas del tubo de bambú.
Cuando el agobio le impelía y la circunstancia le favorecía se ocultaba en la semioscuridad de cierto desván construido sobre los angostos dormitorios, al que todos llamaban "el palomar", accediendo a él torpemente por una rudimentaria escala de travesaños de troncos que partía desde tras un pequeño portil de viciadas maderas agrietadas que al final de la galería resistía los embates del clima. Había sido, en efecto, palomar en tiempos antiguos, pero ahora apenas albergaba unos albardones olvidados, dejados en prenda por algún arriero, varias sillas inservibles y un par de cántaros quebrados. El indio Diego buscaba acomodo entre los cachivaches a la altura de un ventanuco que permitía divisar la Vega, con la ciudad en medio como un ramo de flores mustias flotando en la llanura, y en aquel rincón se le representaba todo el panorama de su río sin fín, ya muy informe en los desgastados resortes de su memoria, mientras dejaba pasar el tiempo absorto en los crujidos del sol tórrido en verano o en el redoble incesante de la lluvia en invierno.

* Perteneció Diego de Cárdenas a la cultura de Tahuantinsuyo, en pleno imperio incaico, y sus maestros y mentores fueron indios ya en plena madurez a finales del siglo XV y testigos de la arribada de los españoles de Francisco Pizarro. Por entonces la técnica de la flauta andina poseía un desarrollo considerable. El Dios Pájaro Inti proporcionó a aquellos músicos el andamiaje abstracto que requerían las inmaduras prácticas imitativas de aves selváticas, aunque fueron los cantos de éstas los originarios y principales impulsores e inspiradores de las riquísimas melodías de la quena.
Nuestro zorzalero vihuelista, como no podía ser de otra manera, apreciaba a un oyente de su sensibilidad, y lo obsequiaba con unas muy acabadas pavanas, de gran aceptación en Castilleja por otra parte ya que se decía que tal género musical había sido creado nada menos que por Hernán Cortés a su vuelta de México. La "volta" y el "salto del fuego" de las gallardas —otra danza interpretada a las cuerdas por Haldón— eran las respuestas que el indio Diego devolvía con sus bailes, lleno de agradecimiento, a su amigo y émulo de Alonso Mudarra.
(Mudarra, nacido c. 1510 y fallecido en Sevilla el 1 de abril de 1580, fué renombrado músico y un virtuoso de tal instrumento, publicando el 7 de diciembre de 1546 en la capital andaluza su obra "Tres libros de música en cifra para vihuela" con composiciones suyas y transcripciones para vihuela y vihuela y voz, que incluyen letras de Jorque Manrique, Garcilaso de la Vega y Juan Boscán. Llegó a acumular una considerable fortuna, que dispuso en su testamento repartir entre los necesitados de la ciudad).
Ni que decir tiene que nos estamos refiriendo en la narración a los aspectos de la música popular en el pueblecito aljarafeño, aunque disponemos de material para estudiar con gran detalle su relación con la música "culta", la cual, como sucede en la actualidad, caminaba por otros derroteros, estando representada por alguien ya esbozado en nuestra historia: el maestro Pedro Fernández de Castilleja ("Los Juanguren y el espadero 4", febrero de 2011). El análisis de las manifestaciones artísticas en nuestra comunidad en tiempos pasados nos proporcionará amplias perspectivas y minuciosos aspectos con los que profundizar en los interiores emocionales de sus individuos como tales y como partes de dicha comunidad. Parecen evidentes los vínculos entre la música del Perú incaico, el cronista Pedro de Cieza de León, su hermano el cura de Castilleja, el esclavo de éste y poseedor de la vihuela, Juan Martín Haldón, y Diego de Cárdenas, todos ellos señalados de alguna manera por la sombra reciente de Hernán Cortés, muerto hacía tan sólo ocho años.

Si las ideas pudieran materializarse, todo lo referido y su complementaria complejidad —la complejidad de los seres humanos— se condensaba en el aire viciado del comedor de la posada de La Plaza aquella noche del 4 de noviembre de 1555, con el indio apurando la escudilla, los tahúres ultimando el juego, y los posaderos recogiendo enseres y dando los últimos trapazos con la esperanza de espantar a los noctámbulos y poder así cerrar e irse a descansar.

No hay comentarios:

Notas varias, 3i.

Juan de Vidales, defensor de Bienes de difuntos, por los del doctor Francisco Ortiz Navarrete, difunto, en la causa con el bachiller S...