martes, 24 de enero de 2012

Los Juanguren y el espadero 35


Un mediodía tórrido de agosto —han pasado tres años—, la Villa aparecía muerta, envuelta en el pesado sudario de una atmósfera hirviente. Por sus calles ni un perro ni un pájaro por su cielo osaban exponerse al deletéreo calor que parecía materializarse en bloques y paredes impenetrables en las esquinas desiertas, en los polvorosos caminos de las afueras. Expectantes y desorientados, los lugareños refugiados en los rincones más habitables de sus hogares optaban por ahorrar el más pequeño movimiento e incluso por reservarse la articulación de palabras, bajo la exasperante opresión de una ley del mínimo esfuerzo que el omnipresente astro rey dictaba inclemente desde su celeste altura. Irradiante su ciego ojo de oro derramaba su castigo en silencio asfixiante y hacía aletear su fuego por los tejados buscando intersticios por los que morder cualquier manifestación de vida.

Desde Sevilla sube por la cuesta un hombre a lomos de un mulo. Acaso sera el único signo de actividad en el amplio espacio. A lo lejos las vaharadas de aire caliente lo muestran como una alucinación, una figurilla que ora se agita, ora casi desaparece, borrada por la calima bochornosa que los vapores del agua del Guadalquivir produce.
Aproximémonos: bajo su negro sombrero de amplia ala, los párpados entrecerrados para protejer los ojos de los chorreones de sudor dejan adivinar el celeste frío de éstos; tiene barba de varios días, grisácea, y aparenta unos 35 años. En su caballería lleva, entre otros atadijos, un lío de tela de paño del que sobresalen varias espadas flamantes, recién facturadas.
El hombre alcanzó la Plaza cuando el sol comenzaba su lento descenso, pero todavía solo un retazo de sombra en el lado sur le ofrecía cobijo y protección de la inclemencia. Ya estaba a salvo en el Señorío del Conde y fuera de la jurisdicción del Concejo de la capital, y únicamente le restaba esperar un par de horas para, con la frescura relativa de la tarde, presentarse ante el escribano y hacer constar oficialmente su presencia en el pueblo.
Aligeró al mulo de su carga y se sentó en un poyete recostando la espalda contra la fachada de una de las casas buscando una inexistente humedad y, tras beber largamente de su calabaza se dispuso a esperar el paso de algún transeúnte para informarse del domicilio del encargado del Registro.
Hacia las seis cruzó la Plaza una esclava mulata con un cántaro apoyado en la cadera. Bernardo le preguntó por la casa del escribano y ella, con un gesto señorial y displicente de su mano libre le señaló una de las casas y siguió su camino. El espadero todavía al alejarse le hizo otra pregunta acerca del nombre de dicho escribano, pero la mujer, joven todavía, no le contestó y continuó su marcha sin dignarse volver la cabeza.
Esperó el forastero otro rato más, pendiente de algún signo de vida en las ventanas y puerta, cerradas herméticamente, hasta que se abrió ésta y salieron de estampida dos chiquillos, corriendo hacia su territorio de juegos.
Bernardo de Oliver cargó el mulo y lo acercó, atándolo a una argolla en la pared, y llamando con discreción al antiguo aldabón de la entrada aguzó el oído. Salió un criado, y pronto el titular del Registro, Miguel de las Casas*, mostró su disposición a atenderlo. Lo hizo entrar a su gabinete y encomendó al criado que avisase, para que sirviesen de testigos, a Juan Tomé, un vecino que sabía se encontraba disponible, y en un audaz intento de diplomacia casera, a dos hombres a los que pretendía reconciliar: Diego Ortiz de Juanguren el mozo y Juan Martín Haldón**.

* Por ahora desconocemos la fecha exacta de la muerte de Juan Vizcaíno, el anterior escribano de Castilleja. Como una aproximación, recordemos la almoneda celebrada el 12 de noviembre de 1559, en la que ya sus hijos figuran como huérfanos, la cual almoneda fué efectuada por su sustituto, Miguel de las Casas ("Los Juanguren y el espadero 15", abril de 2001).
Con el fallecimiento de Diego Ortiz de Juanguren el viejo ocurre lo mismo, pero en mayo de 1557 sus herederos emprendían diligencias para repartirse la herencia ("Bocetos del siglo XVI, y 6", febrero de 2009). En "Los Juanguren y el espadero 8", marzo de 2001, describimos a Diego Ortiz el mozo como su sobrino. Ya podemos rectificar con total seguridad: era en realidad su hijo, esposo de Bernardina de Sagredo.

** La enemistad entre el zorzalero y el hijo del viejo hidalgo tenía razón de ser, dado el escándalo que supuso en la pequeña comunidad la trifulca en el mesón, el maltrato en la cárcel y la fuga de Haldón y el Alguacil que acabamos de conocer. Miguel de las Casas, en los principios de su carrera con la pluma, vió la oportunidad de apuntarse un tanto que le reportara en el pueblo prestigio de componedor paternalista, pero quizá, inintencionadamente, su acción fuese la chispa que prendió la tragedia que se avecinaba.

Destierro. En la Villa de Castilleja de la Cuesta en martes 23 días del mes de agosto de 1558 años se presentó en esta Villa Bernardo de Oliver, vecino de la ciudad de Sevilla, y dijo que venía desterrado de la dicha ciudad de Sevilla por tiempo de 4 meses precisos ( obligatorios) y 8 voluntarios (convalidables con el pago de una multa), por sentencia que contra él dieron los Señores Alcaldes Mayores de la dicha ciudad. Testigos que fueron presentes, Bartolomé Moreno, Juan Martín y Juan Tomé, vecinos de esta dicha Villa, y Diego Ortiz, vecino de la ciudad de Sevilla y estante en esta dicha Villa.


Pronto estuvo el escrito ultimado, y Bernardo recibió una copia que guardó cuidadosamente en sus alforjas. Salieron a la Plaza y Juan Martín, acaso encandilado por el brillo de las hojas de las espadas, le ofreció su desinteresada ayuda aconsejándole pernoctar en la posada hasta que al día siguiente encontrase alojamiento fijo. En cambio Diego Ortiz desde el principio se había mostrado nervioso y a disgusto, y no solamente por tener que alternar con el agresor de su difunto padre, sino además por estar sintiente de que su categoría social sufría menoscabo al dedicar al desterrado —un ganapán delincuente, al fin y al cabo— aunque solo fueran los escasos minutos que duró la diligencia en casa del escribano, a la que acudió porque, excepto justificación fundada, todos los vasallos del Conde estaban obligados a servir de testigos cuando fuesen requeridos a ello por cualquier autoridad, y los notarios lo eran. Miguel de las Casas fué, como fedatario, hombre de confianza de don Pedro de Guzmán, como ya era ordinario en todos los Señoríos desde que, años atrás, los Señores acabaran con los privilegios que disfrutaban muchos Concejos de Villas, que por entonces y por disposición del Rey se reservaban la elección de escribanos.
Bernardo de Oliver era hombre previsor. Traía algunos ducados en su bolsa y sabía que sin dificultad iba a encontrar alguna casita sencilla para alquilar mientras durara su estancia en Castilleja. Además de la media docena de armas que portaba, para vender o trocar igualmente. Trabajador nato, disponía por ende de apoyo familiar para sobrellevar el castigo, por lo que no le preocupaba en exceso el futuro próximo. Ya había acordado con sus allegados en Sevilla, antes de partir a cumplir la sentencia, el envío de las herramientas y utensilios imprescindibles para ejercer el oficio durante los meses que se avecinaban: forja, fuelle y yunque en primer lugar, además de martillos, tenazas, limas, etc, que serían traídos en una recua de asnos desde la capital con toda prontitud.

Diego Ortiz de Juanguren el mozo doblaba ya la esquina del callejón que conducía a su casa cuando, por el rabillo del ojo, observó con disgusto que espadero y zorzalero penetraban en el mesón de La Plaza, éste guiando con deferencia por el brazo a aquél mientras descorría la carpeta* de la entrada. Aquella noche soñó con un gato de mirada zarca cuyas pupilas eran dos espadas aceradas, y que acercaba hacia él su cabeza amenazante hasta el punto que, dormido, se refugió bajo la almohada gimiendo de tal manera que despertó a su joven esposa Bernardina.

* Al igual que los manojos de ramas colgados en ventanas y puertas, las carpetas identificaban a los establecimientos donde se expedían bebidas alcohólicas. Eran ni más ni menos que una especie de cortina a media altura, sin otra finalidad que la expuesta, de señalización. Añadamos que esta costumbre de colgar ramas en las ventanas de tabernas parece, según opiniones de ciertos etimólogos, que dió lugar a la expresión "ramera", por asociación con las prostitutas que solían ejercer su profesión en tales establecimientos.
En cuanto a la carpeta, la definición del Diccionario de Autoridades es: "Se llama también la manta, tapiz ò paño, que se pone en las puertas de las tabernas. Latín, velum aut cortina vinaria taberna pratentum", y cita a Alonso de Salas Barbadillo en "Corónas del Parnaso": "Me cohechaban los tabernéros de toda esta comarca, porque me arrimasse à la sombra de sus ramos y carpétas". Calderón de la Barca llamó a Baco "el Dios de las carpetas".

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