martes, 28 de febrero de 2012

Los Juanguren y el espadero 37c


Y después de lo susodicho, en lunes 31 de enero, el Alcalde mandó al dicho Sebastián de Contreras que dentro de 3 días acuse y ponga acusación a los dichos Francisco Ruiz y su mujer Catalina Ruiz, que él en este caso proveerá justicia.

En martes 1 de febrero ante el Alcalde pareció Sebastián de Contreras:
"Sebastián de Contreras, vecino de esta Villa de Castilleja de la Cuesta, parezco ante Vuestra Merced y acuso criminalmente a Francisco Ruiz, tabernero, y a Catalina Ruiz su mujer, vecinos otro sí de esta dicha Villa, y habiendo antecedido por premisas todas las solemnidades del derecho, digo que en uno de los días del mes de enero próximo pasado, yendo yo que fuí a casa de los sobredichos a les pedir cierto dinero que me debían de cierto resto, salvo y seguro sin hacer ni decir porqué mal ni daño recibir debiese, los sobredichos y cada uno de ellos postpuesto el temor de Dios y en menosprecio de la Justicia me injuriaron de muy graves injurias y me dijeron que mentía y que era muy bellacamente dicho lo que decía, y añadiendo delito a delito y dándose favor el uno al otro y el otro al otro, el dicho Francisco Ruiz echó mano a una espada que traía, y con ella fuera de la vaina, en la dicha su casa que es en la Plaza de esta dicha Villa, lugar público y por tal lo alego, me dió una herida cuchillada en el brazo derecho, de que me cortó cuero y carne y me salió mucha sangre, de que estoy curándome en la cama, doliente con médicos y surganos (por cirujanos), dietas y medicinas, y me cortó ciertos miembros y la canilla del dicho brazo, y quedo manco del dedo pulgar de la mano del dicho brazo1, por lo cual los sobredichos y cada uno de ellos delinquieron atroz y gravemente, y son por ello merecedores y merecen mucha pena y castigo. Por tanto, pido a Vuestra Merced que pronunciando mi relación ser verdadera, etc. etc., que por derecho deba, condene a los dichos Francisco Ruiz y Catalina Ruiz su mujer y a cada uno con todas y cualesquier penas criminales y capitales y de otra cualquier calidad que sean, que por fueros y derechos son y están establecidas contra los semejantes delincuentes, y ejecutándolas y haciéndolas ejecutar, etc. etc., pido a Vuestra Merced que les condene y apremie a que me dén y paguen treinta ducados de oro que yo he gastado y espero gastar en la cura de la dicha herida cuchillada con físicos y surganos (sic), dietas y medecinas (sic), y mas en otros cincuenta ducados que tengo en menoscabo de mi persona, por quedar como quedo manco del dicho dedo y que no puedo trabajar, y espero que trabajaré como de antes solía trabajar en mi oficio de podador y cavador, y para ello imploro el muy noble oficio de Vuestra Merced y pido todo lo que más me conviene pedir, y cumplimiento de justicia, y las costas, que protesto.

1.- El nervio interóseo antebraquial anterior —que parte de uno de los principales del brazo, el nervio mediano— nace en el codo y dá ramas al músculo flexor largo del pulgar. Si la cuchillada fué en la canilla (antebrazo) como dice Sebastián, tuvo que ser este músculo el afectado, porque los otros que producen los demás movimientos del dedo pulgar tienen origen ya en la mano propiamente dicha; aunque hay otros candidatos que también recorren el antebrazo, como son el separador largo del pulgar, o incluso los dos extensores del pulgar —el largo y el corto— menos probables éstos porque nacen en la muñeca, muy cerca ya de la mano. Considerando la preocupación expresada por el herido, en el sentido de no poder podar ni cavar, el músculo de elección es el referido flexor largo, que ocupando casi todo el largo del antebrazo se inserta en la base de la falange términal de dicho dedo, permitiendo esa articulación tan necesaria para asir con firmeza los mangos de las herramientas.



Luego el Señor Alcalde Ordinario mandó notificar a Francisco Ruiz y a su mujer, para que respondieran de la acusación dentro del término de los tres siguientes días. En dicho día el escribano Miguel de las Casas notificó de ello a los susodichos, los cuales pidieron traslado de la acusación.

El jueves 3 de febrero pareció Sebastián de Contreras ante el Señor Alcalde Ordinario para responder a la acusación que contra él hicieron Francisco Ruiz y su mujer Catalina Ruiz, diciendo que la dicha acusación es inepta, herrada, mal formada, oscura, no concluyente, defectuosa en lo sustancial y que carece de toda declaración, etc. etc., y negándola en todo y por todo lo que en ella se contiene, porque él no le dijo a la Catalina Ruiz las palabras que dice que se las dijo, y que tampoco le empece porque sería por votado a ira y en recompensa de otras más injuriosas y más graves que ella le dijo, y así se presume siendo como él es hombre honrado, pacífico, de buena vida y fama, quieto y apartado de pendencias, y en tal posesión ha sido y tenido, y acusándolos como los acusa a los dichos Francisco y Catalina Ruiz de otros mucho más graves y mayores delitos, cuales deben ser oídos hasta que [ilegible] en sus personas [ileg.] sean ejecutadas las penas y cada una de ellas en que han incurrido, y añade que los testigos que han presentado no hacen fé ni prueba alguna, por ser como son sus paniaguados, o lo eran al tiempo que el dicho Francisco Ruiz que le dió la herida cuchillada de que le tiene acusado, y los mismos que le favorecieron y ayudaron a que se la diese, por cuyo respecto yerra y no ha lugar lo que pide. Por lo tanto pide al Alcalde Ordinario que lo absuelva y dé por libre y quito de lo contenido en la acusación. Otro sí, pide que de los bienes secuestrados no les dé cosa alguna a los dichos Francisco Ruiz y Catalina, pues está probado el delito de que los acusa, y que a él le había de dar 20 ducados con que se cure y acabe de curar de la dicha herida cuchillada con dietas y medicinas y físicos y cirujanos, pues está probado que el dicho Francisco Ruiz se la ha dado con favor de la dicha Catalina Ruiz, y de los demás que estaban presentes, para lo cual asimismo implora su muy noble oficio y pide justicia y las costas. Firma, el Licenciado Sepúlveda.

El Alcalde vió la respuesta anterior y dijo que quería consultar con su asesor. El viernes 4 de febrero, habiendo visto el Alcalde el parecer de su asesor, dijo que recibe a prueba a las partes del pleito, y que en el término de 9 días conocería a los testigos de cada una. Lo cual fué notificado al dicho Sebastián de Contreras en su persona, siendo testigos Salvador Pérez, vecino de esta Villa, y Diego Ortiz, vecino de Sevilla.

Después de lo susodicho, el lunes 7 de febrero pareció ante el Alcalde el dicho Sebastián de Contreras y dijo que perdía y perdió la querella de los dichos Francisco Ruiz y Catalina Ruiz su mujer, por razón de la [ilegible] y la ¿gracia? que de ellos dió, y juró en forma de derecho que no la perdía por miedo ni temor, que no le [ileg.] cumplimiento de justicia, sino por cerbicio (sic) de Dios Nuestro Señor y por ruego e intercesión de buenas personas que se lo han rogado, y lo pedía por testimonio, siendo testigos Salvador Pérez y Cristóbal de Tejeda, vecinos de esta Villa, y Luis Ortiz, vecino de Sevilla.

Y luego el Señor Alcalde, en faz del dicho Francisco Ruiz, dijo que hacía e hizo cargo de cabeza de proceso contra el dicho Francisco Ruiz, y le puso por cargo y cabeza de proceso lo contenido en la gracia que le dió el dicho Sebastián de Contreras, y que mandaba y mandó que en 3 días responda y alegue su derecho.
Francisco Ruiz, preso, dijo que negaba y negó la cabeza de proceso como en ella se seguía, que alegaba contra ella, y que concluya, y concluyó.
Luego, el Alcalde dió por concluído el proceso y lo puso a prueba por 9 días. Francisco Ruiz renunció el término probatorio. El Alcalde volvió a ponerlo a prueba, Francisco renunció, y por fin se dió el proceso por concluso.

Sentencia. Visto este presente proceso. Por la culpa que por este presente proceso resulta contra el dicho Francisco Ruiz, que está preso, atento a que la parte perdió la querella y no lo quiso acusar, fallo que lo debo de condenar y condeno al destierro de esta Villa y sus términos por tiempo de 4 meses y más lo que fuere mi voluntad, y no lo quebrante sin mi licencia y mandado, el cual le mando que salga a cumplir desde el día que esta mi sentencia le fuere notificada, y más le condeno so pena de 2 reales, y en la espada con que delinquió, o en 4 reales por ella, lo que todo aplico para la Cámara de Su Señoría, y más le condeno en las costas de este proceso, cuyas tasaciones me reservo, y juzgando así pronuncio mi mandado por esta mi sentencia. Firma, Lorenzo Sánchez.
Dió y pronunció esta sentencia el Señor Lorenzo Sánchez, Alcalde Ordinario de esta dicha Villa, en lunes 14 días del mes de febrero del año de 1558, y siéndole notificada al dicho Francisco Ruiz en su persona, dijo que la consentía y la consintió, siendo testigos Bartolomé Moreno y Francisco de Aguilar, vecinos de esta dicha Villa.

Ya hemos supuesto la actividad de Francisco Ruiz durante el cumplimiento del castigo. En cuanto a Sebastián, todavía aparece como testigo —junto a otros vecinos de nuestra Villa— en una querella que durante 1575-76 llevó el Jurado Diego de Molina contra Pedro de Valderrábano y su mujer Francisca de Trujillo, ambos difuntos, por una heredad de casas, bodegas y viñas en Castilleja de Guzmán, cuya titular era Blasina de Valderrábano, hija de estos últimos y tutelada por un tal Nicolás de Morales, todos ellos vecinos de Sevilla.

Y de esta trágica manera comenzó el nefasto año en el que estamos enfrascados. Decía Voltaire en su cuento titulado El Ingenuo: "La historia no es más que una relación de crímenes y desventuras. La multitud de hombres inocentes y pacíficos desaparece siempre en estos vastos teatros. Los personajes no son más que ambiciosos perversos. Parece que la historia no safisface, igual que la tragedia no interesa cuando no está animada por las pasiones, las fechorías y los grandes infortunios. Hay que armar con un puñal a Clío1, como lo lleva Melpómene2."

1.- Fué representada como Musa de la Historia llevando en la mano un pergamino, o junto a una pila de libros. A veces con una trompeta, una guitarra o un plectro, puesto que originariamente era diosa de la música, la canción y la danza.

2.- Como Musa de la Tragedia, blande un puñal ensangrentado.

domingo, 26 de febrero de 2012

Los Juanguren y el espadero 37b


Antes de las prometidas transcripciones, vaya la de otro documento que, hallado por "serendipia" y muy oportunamente, confirma nuestra aseveración de la viudez de Isabel "la de la Plaza" y de la cesión de la fonda a los Ruiz:

Isabel Garcia, viuda de Juan Garcia, arrienda a Francisco Ruiz y a su mujer Catalina Diaz1, todos vecinos de esta Villa, unas casas que tienen su palacio y portal y pozo, con todas sus pertenencias, linde con casas de Luis Ortiz2 y con casas de Beatriz Suarez3, y por delante con la Calle y Plaza de esta Villa. La arrienda por dos años en 5 ducados de oro cada uno. Sábado 30 de octubre de 1557. Testigos, Pedro de las Casas y Salvador Perez. (La firma temblorosa, emborronada y torpe de Pedro de las Casas denota su escasa formación académica, a pesar de ser hijo de escribano).

1.- Nuevo cambio. Acaso por descuido del escribano, o porque formaba parte del nombre completo de la persona, que utilizaba indistintamente dos o tres apellidos.

2.- Creemos que, aunque a nombre de Luis, debía ser la casa de Íñigo, su hermano estante en Indias; casa habitada entonces por la esposa de este último, Luisa de Rojas (de la cual ya conocemos en detalle su vida aventurera), y que ocupaba junto al mesón y la morada de Beatríz Suárez todo el frente occidental de la Plaza de Santiago y aun el principio de la calle de las Carnicerías, hoy de Hernán Cortés.

3.- Propietaria de viñas en término de Tomares.


Y fijado este punto, procedamos al estudio de la dicha documentación:

El viernes 28 de enero1 de 1558, ante Lorenzo Sanchez, Alcalde Ordinario, pareció Sebastián de Contreras, y dijo que se querellaba criminalmente de Francisco Ruiz y de su  mujer, taberneros que viven en casa de Isabel Garcia, la de la Plaza, y de todas las demás personas que por las pesquisas parecieren culpadas, y dijo que yendo este querellante a casa de los susodichos a cobrar de ellos cierto dinero que le debían, el dicho Francisco Ruiz echó mano a una espada que tenía, y fuera de la vaina se vino para este querellante porque le pedía lo que le debía, y con ella le dio una cuchillada en el brazo derecho junto a la muñeca, de que le cortó cuero y carne y le salió mucha sangre, de lo cual está muy malo a punto de muerte, y pidió al dicho Alcalde mande proveer justicia para este caso, y juró la querella en forma de derecho.

1.- Fechada el viernes porque, recién herido y a instancias del Alcalde Ordinario acabado de llegar, fué lo que Sebastián, entre quejas por el dolor de la lesión, le manifestó en el lugar de los hechos. Mas hasta el sábado por la mañana Miguel de las Casas no pergueñó el escrito que antecede, junto a los de las declaraciones que de inmediato vamos a ver.

El Alcalde, vista la querella, dijo que dé información, y que está presto de hacer justicia.

Testigo, el dicho Francisco Diaz, trabajador natural de la Villa de Fregenal, testigo recibido en esta razón, habiendo jurado según derecho y siéndole preguntado, dijo que estando este testigo y otros sus compañeros cenando en las casas de la morada del dicho Francisco Ruiz, que habían venido de trabajar, vio entrar a una mujer y trabar palabras con Catalina Ruiz, mujer del dicho Francisco Ruiz, sobre un cuarto de sardinas, y luego vio que la dicha mujer se salió, y de ahí a un poco vio entrar a un hombre, que oyó que se decía Contreras, con un capote vestido y una espada debajo del brazo, y vio que se trababa a palabras con la dicha Catalina Ruiz, mujer del dicho Francisco Ruiz, y que las cuales palabras le dijo muchas veces que mentía como sucia bellaca, y en esto vio este testigo entrar al dicho Francisco Ruiz, marido de la dicha Catalina Ruiz, con una espada debajo del brazo, y como entró oyó decir al dicho Francisco Ruiz que era muy ruin mediante hablado aquéllo, y como dijo esto el dicho Francisco Ruiz, luego este testigo vio echar mano a las espadas entrambos a dos, y vio que se dieron algunas cuchilladas con las espadas fuera de las vainas, y en esto estando oyó al dicho Contreras que estaba herido en un brazo, y esto es lo que sabe de lo contenido en la pregunta, y no otra cosa, y dijo que es de edad de [ilegible] años, y  no lo firmó porque no sabía.

Testigo, Bartolomé Dominguez, trabajador vecino del lugar de El Cañaveral, testigo recibido en esta razón, habiendo jurado según derecho y siéndole preguntado por lo contenido en la querella dijo que estando este testigo cenando en la posada del dicho Francisco Ruiz, vio entrar a un hombre con un capote y una espada debajo del brazo, que oyó decir que se decía Contreras, y como entró, vio este testigo que dijo el dicho Contreras a Catalina Ruiz, mujer del dicho Francisco Ruiz: "Señora, mira que dejó acá mi hija un cuarto", y vio que respondió la dicha Catalina Ruiz: "Señor, a vuestra hija lo dí", y vio este testigo que respondió el dicho Contreras y dijo: "¿para qué lo quería mi hija? ¿quería para darlo a algún rufián?", y en esto vio que le dijo algunas veces el dicho Contreras a la dicha Catalina Ruiz que "mentía como ruin mujer"1, y en esto vio este testigo entrar al dicho Francisco Ruiz, marido de la dicha Catalina Ruiz, con una espada debajo del sobaco, y como entró vio que dijo: "mira como habláis, que habláis mal en mi casa, porque esas palabras no se han de decir en mi casa", y en esto vio que ambos juntos echaron mano a las espadas y con ellas fuera de las vainas se dieron de cuchilladas, y andándose dando oyó decir este testigo al dicho Contreras: "¡Ay, que estoy herido! ¡que me ha dado una cuchillada!", y esto sabe para el juramento que hizo, y dijo que es de edad de 24 años poco más o menos, y dijo que no sabía escribir.

1.- ¿Sería Sebastián de Contreras consciente del juego de palabras "Ruiz/ruín"?

Testigo, Juan Diaz, trabajador vecino de la Villa de Fregenal, testigo recibido en esta razón, habiendo jurado según derecho y siéndole preguntado dijo que estando este testigo senando (sic) en la posada del dicho Francisco Ruiz, vio entrar en la dicha casa a una mujer que oyó decir que era la mujer de Sebastián de Contreras, y como entró, oyó decir este testigo a la dicha mujer del dicho Contreras a la mujer del dicho Francisco Ruiz: "¿Vos distes cuatro maravedíes de sardinas a mi hija?", y vio este testigo decir a la mujer del dicho Francisco Ruiz: "Sí dí", y luego tornó a responder la dicha mujer del dicho Contreras y dijo: "No distes", y luego vió que se fue, e ida, vio venir este testigo al dicho Contreras su marido, y así como entró vio este testigo que dijo: "¿Vos distes cuatro maravedíes de sardinas a mi hija? ¿llevábalas para algún rufián?", y vio que respondió la dicha Catalina Ruiz y dijo: "Yo se las dí, más no sé nada", y luego oyó decir este testigo al dicho Contreras: "mentís como bellaca", y en esto vio este testigo entrar al dicho Francisco Ruiz y decir al dicho Contreras que "no era aquello bien dicho", y en esto vio este testigo echar mano a las espadas a los dichos Contreras y Francisco Ruiz, y vio que con ellas fuera de las vainas se dieron de cuchilladas, y andándose dando oyó decir este testigo al dicho Contreras: "¡Oh, cómo me habéis herido!", y esto sabe y no otra cosa para el juramento que hizo, que es de edad de 27 años poco más o menos, y dijo que no sabía escribir.

Testigo, Sancho García, trabajador, vecino y natural de la Villa de El Montijo1, que es en tierra de Mérida, testigo recibido en esta razón, habiendo jurado y siéndole preguntado por lo contenido en la querella, dijo que estando este testigo y otros sus compañeros senando (sic) en la posada de Francisco Ruiz y su mujer, y estando senando como dicho tiene vio entrar este testigo a una mujer y dijo de sí: "Catalina Ruiz, ¿porqué decís que distes cuatro maravedíes de sardinas a mi hija?", y la dicha Catalina Ruiz respondió y dijo: "es verdad que yo se las dí", y en esto se salió la dicha mujer, y luego vio entrar a un hombre que oyó decir que se llamaba Contreras, con un capote y una espada debajo del brazo, y así como entró, dijo: "Bellaca Catalina Ruiz, ¿cómo decís que llevó mi hija cuatro maravedíes de sardinas? ¿llevábalas para algún rufián?", y vio que respondió la dicha Catalina Ruiz y dijo: "por cierto que es verdad que se las dí", y vio este testigo que dijo el dicho Contreras que "mentía como bellaca", y en esto vio este testigo entrar al dicho Francisco Ruiz, marido de la dicha Catalina Ruiz, con una espada debajo del brazo, y dijo: " mira, Contreras, que habláis mal", y entonces vio que echaron mano ambos a dos a las espadas, y fuera de las vainas se dieron de cuchilladas, y dándose, oyó decir este testigo al dicho Contreras: "herido estoy, vos me habéis herido", y esto sabe de lo contenido en esta querella y no otra cosa para el juramento que hizo, y dijo que es de edad de 18 años poco más o menos, y no lo firmó.

1.- El Montijo, entre Mérida y Badajóz, a cinco kilómetros del margen derecho del Guadiana, también estuvo administrado por la Orden de Santiago, aunque ya en este año de 1558 pertenecía como Señorío a Alonso Portocarrero, III Marqués de Villanueva del Fresno.

Y después de lo susodicho, en sábado 29 de enero de 1558, estando el Alcalde Lorenzo Sanchez en la Cárcel del Concejo de esta Villa, tomó y recibió juramento en forma de derecho de Francisco Ruiz, que estaba preso, y le fueron hechas las preguntas siguientes: fuéle preguntado cómo se llama, dijo que Francisco Ruiz; fuéle preguntado que de dónde es vecino, dijo que de esta Villa; fuéle preguntado qué oficio tiene, dijo que tratante que dá de comer y acoje gente en su casa; preguntado si es casado, dijo que sí; preguntado que con quién es casado, dijo que con Catalina Ruiz; preguntado si ayer viernes, que se contaron 28 días del presente mes de enero, por la noche, este declarante, porque entró Sebatián de Contreras, vecino de esta Villa, en su casa a cobrar cierto dinero, este declarante con una espada fuera de la vaina le dio una herida cuchillada en el brazo derecho que le cortó cuero y carne y le salió mucha sangre, dijo que lo que pasa es que entrando este declarante en su casa, y halló al dicho Sebastián Contreras que estaba deshonrando a su mujer, y dijo este declarante: "¿Qué es esto?", y como dijo esto, vio que el dicho Sebastián de Contreras se hizo afuera y echó mano a una espada para este declarante, y como esto vio, este declarante echó mano a la suya, y con ellas fuera de las vainas se dieron de cuchilladas; preguntado si hirió al dicho Sebastián de Contreras, dijo que no lo sabe, salvo que después que prendieron al declarante vio herido al dicho Contreras en un brazo derecho, junto a la muñeca, y que esto sabe para el juramento que hizo, y dijo que es de edad de 26 años poco más o menos, y no lo firmó.

sábado, 25 de febrero de 2012

Los Juanguren y el espadero 37a


1558 fué un año que vió, además del tránsito al otro barrio del Emperador Carlos V el 21 de septiembre en Yuste, en Castilleja de la Cuesta una serie de hechos luctuosos, funestos, paralelos al de la muerte de Diego Ortiz a manos de Bernardo de Oliver. Que estos acontecimientos influyeron unos en otros y todos en el general desarrollo de la vida social del pueblo está fuera de toda duda. Otra cosa es dilucidar las complejísimas vinculaciones, los oscuros refuerzos, las misteriosas causas, las veladas etiologías que relacionan a sus actores y protagonistas, tarea titánica encomendada a unas ciencias sociológicas que, aún hoy, con los extraordinarios adelantos investigativos, distan mucho de lograr describir, someramente siquiera. Porque el ser humano sigue siendo el enigma que siempre ha sido, y en su perspectiva de animal comunitario, enigma elevado a la máxima potencia. Y parece como si —para desesperación de investigadores— la acumulación de datos históricos no hiciese más que aumentar y oscurecer esta problemática, en vez de disminuirla y aclararla.
Cuando en aquel verano el espadero arribó a la Villa, coincidió con un alixareño que, a su vez, recién regresaba de cumplir otra deportación por el mismo montante de meses: cuatro. Dándose la circunstancia de que este último, llamado Francisco Ruiz, actuaba como mesonero en nuestra ya conocidísima fonda de la Plaza, tuvieron ocasión los dos hombres de comunicarse y compartir experiencias, habida cuenta de que Bernardo era asiduo visitante del referido local, al cual acudía normalmente en compañía de su nuevo amigo el pajarero Juan Martín Haldón.
Francisco Ruiz estaba casado con Catalina Ruiz, y hacía poco tiempo que la pareja se había hecho cargo de la servidumbre de la hospedería. Recordemos que cuando tuvo lugar el lance entre el viejo hidalgo Diego Ortiz y el zorzalero, tal menester lo desempeñaba el matrimonio formado por Juan García e Isabel García, pero ya en este año que nos ocupa emerge esta Isabel como viuda, imaginándonos que, falta de fuerzas, se vió obligada a contratar a auxiliares para llevar adelante el negocio; de ahí que surgan ahora en nuestra historia los Ruiz, Francisco y Catalina.
Isabel "la de la Plaza" —como era conocida por el vecindario— seguía habitando la amplia casa como administradora, ejerciendo labores de supervisión.
Prontamente estuvo enterado Bernardo de Oliver del motivo del ostracismo de Francisco Ruiz, acaso referido por él mismo en las largas veladas alrededor de la mesa de juego. El origen del castigo se dió una desapacible noche de invierno, con ráfagas de furiosa lluvia golpeando el ventanal del establecimiento. Aquel viernes 28 de enero, a la hora de la cena, la joven hija de Sebastián de Contreras*, envuelta en gruesa toca y jadeante por la carrera bajo el aguacero, se presentó en el comedor del mesón requiriendo a la cocinera Catalina unas sardinas de parte de su madre, para cenar. Al parecer hubo un malentendido, no sabemos si en el cambio que recibió la muchacha tras abonar el pescado, o si jugó parte principal en él cierta cantidad de maravedíes que, de antiguo, Contreras adeudaba a los mesoneros. Lo cierto y verdad es que la chica volvió a su casa quejosa y contrariada hasta tal punto que su madre, ni corta ni perezosa, sin informar a Sebastián y desafiando el mal tiempo, tomó la resolución de ir a pedir explicaciones a la Ruiz.
Volvió con el rabo entre las piernas, valga la expresión, y no menos frustrada que había vuelto su hija. Presa de un ataque de nervios, vociferaba la mujer de habitación en habitación, hasta tal punto que el cabeza de familia, armándose de la espada y revuelto con la capa, acudió a la posada con ánimo de exigir explicaciones de aquel desaguisado cometido sobre la persona inocente de su queridísima niña, luego sobre su esposa, y por ende, sobre lo más delicado de su propio honor. Catalina Ruiz se enfrentó al torbellino airado que apareció bramando en la fonda con mucha entereza, sin perder las formas y con la laudable intención de calmar los ánimos y evitar, sobre todo, que las voces llegaran a oídos de su marido, quien dormitaba en una alcoba continua tendido a lo largo de la humilde cama matrimonial.
El indignado padre, a pesar de ello, no pudo ni quiso reprimir los insultos ni controlar el lenguaje, dejando de piedra a cuantos cenaban pacíficamente en las mesas dispuestas alrededor de la chimenea. La cocinera razonó lo que pudo, en la escasa medida en que la arrolladora ira de Sebastián se lo permitía, pero ello no obstó a que Francisco Ruiz, apercibido del escándalo, saltara del lecho y, echándo mano a su acero, colgado a la cabecera, saliera al salón dispuesto a defender hasta con su vida a la amada compañera. Cayeron al suelo algunas sillas cuando el miedo hizo que los comensales se enderezaran automáticamente, apartándose del terreno de lucha a lugares más seguros; de inmediato llovieron los mandobles y puntazos con la misma violencia que llovían las aguas fuera, en el ágora pleno de negrura, y al poco del frenético baile Contreras dió un grito inclinándose y soltando su arma. Todos advirtieron que su antebrazo derecho comenzaba a impregnarse de roja sangre, ante lo cual interrumpióse el combate. Era la señal de la transgresión, del rebasamiento de la línea que marcaba el espacio de una disputa íntima, de una riña doméstica de sencilla solución. La aparición de sangre traía sobre las cabezas de todos los presentes, sin remisión, todo el pesado e ineludible aparato de la justicia.
Que no tardó en hacer acto de presencia. Malhumorado por lo intempestivo de la hora y por la inclemencia meteorológica, el Alcalde Ordinario Lorenzo Sánchez dispuso el encarcelamiento del posadero, e instó a todos los presentes a prestar declaración el siguiente día a primera hora. A Sebastián se le hizo una cura casera para cortarle la abundante hemorragia —todavía no figuraba en el pueblo un médico fijo—, tras la cual, todos se fueron a dormir.

* Sebastián de Contreras fué Alguacil el año anterior, 1557, actuando en el conflicto entre los Franco y el Alcalde Ordinario Juan de Vega ("Los esclavos 24 y 25", marzo de 2009). Y el siguiente año, 1559, fué Regidor en el Concejo. Importante es destacar que su esposa estaba en avanzado estado de gestación cuando fué a defender a su hija al mesón por el asunto de las sardinas, lo que en parte explicaría el talante reconciliador de la mesonera:
En lunes 7 de marzo de 1558 bautizó Rodrigo de Cieza a Paula, hija de Sebastian de Contreras y de Catalina de Contreras. Fueron sus compadres Diego Ortiz [de Juanguren], Francisco de Contreras Alcalde [desconocemos por ahora si tenía parentesco con Sebastián] y don Pedro Ponce de León. 
Quizá a la preñez se debió la desaforada reacción que tuvo aquella noche, cuando le faltaba solamente algo más de un mes para dar a luz.
Pero hay más, en un pleito contra un tal Cristóbal Miño por hurto de ropas en el pueblo del que daremos cuenta, por que el sabemos que "El miércoles día 4 de mayo de 1558 [un mes después de traer al mundo a Paula] el denunciante presentó por testigo a Catalina de Contreras, mujer de Sebastián de Contreras, la cual dijo que lo que sabe es que estando en la casa de Leonor de Valencia dijo esta testigo: " cuidad, que me parece que la ¿chaqueta? que trae Cristóbal Miño al paño de la saya que me faltó", y que lo que más le preguntan no lo sabe, por el juramento que tiene, y dijo que es de edad de 30 años poco más o menos y que no le tocan las generales; no lo firmó. Testigos, Francisco de Aguilar y Miguel de las Casas.
Luego vinieron más hijos: En domingo 1 de junio de 1561 bautizó don Rodrigo a Isabel, hija de Sebastian de Contreras y de Catalina Hernandez [otro apellido, pero la misma persona]. Padrinos, el señor Diego de Molina, Fiel y Ejecutor, y su mujer Isabel de Molina y su hija doña Gregoria, y Pedro de Valderrábano, todos vecinos de Sevilla. En domingo 10 de febrero de 1566 bautizó Balboa a Sebastian, hijo de Sebastian de Contreras y de Catalina de Contreras. Padrinos, Juan ¿Hernandez? y Beatriz Paez, vecinos de Sevilla.

El sábado 29 bien temprano —había llovido sin solución de continuidad durante toda la noche y seguía lloviendo con más o menos fuerza— el Alcalde Ordinario tomó declaración en la Cárcel al posadero preso. El martes 1º de febrero Sebastián de Contreras presentó en forma la acusación, expresando que el dedo pulgar correspondiente a la mano del brazo herido le había quedado paralizado hasta el punto de temer no poder desempeñar su oficio —era podador—; pidió 30 ducados a cuenta del dinero que se había gastado y se iba a gastar en dietas y medicinas y en honorarios a médicos y cirujanos, mas otros 50 en conceptos que hoy se denominarían daños morales e indemnización por la pérdida de jornales. Pero luego —la mejor defensa es el ataque— hubo de defenderse de la acusación que, a su vez, los Ruiz le habían puesto, hasta que el lunes 7 de febrero "perdió la querella", expresión que como vimos en ocasiones anteriores significaba que perdonaba a sus agresores, merced a ciertas compensaciones que de ellos había recibido. Ya sabemos también que, a pesar de las pérdidas de querellas, los pleitos continuaban, llevados implacablemente por las Justicias hasta sus conclusiones y dictados de sentencia, por lo que apenas significaba nada el hecho de recibir un perdón, puesto que la Autoridad nunca lo otorgaba. En efecto, el Alcalde Ordinario Lorenzo Sánchez siguió con los autos y dictó sentencia el lunes 14 de aquel lluvioso mes de febrero, y por ella Francisco Ruiz se vió obligado a abandonar el territorio castillejano del Conde don Pedro de Guzmán durante 4 meses.
Apliquémosle lo que sobre destierros y justicia comentábamos en el capítulo anterior, y podremos con todas las de la ley imaginarlo desempeñando una vida casi normal en las faenas del mesón, mientras Lorenzo Sánchez hacía la vista gorda. Aunque en este caso específico, dada la proximidad vecinal de víctima y sus partes y victimario y las suyas, ejerciendo presión durante las veinticuatro horas del día aquéllos sobre éstos, es probable también que el espadachín Francisco no osara mostrarse mucho en público por la Villa, incluída su Calle Real, hasta cumplir lo mandado por el Alcalde y aplacar, si no en el fondo sí en la forma, el perjuicio causado a su paisano.

En el próximo capítulo transcribiremos con la fidelidad acostumbrada toda la documentación que obra al respecto, trabajo no estéril porque nos permite estudiar y comentar detalles y descripciones, giros del vocabulario, expresiones realistas —en tanto que proferidas por los protagonistas, en la mayoría de las ocasiones todavía sometidos al estrés emocional de las escabrosas escenas—, y otros muchos aspectos que sólo las "fotografías literales" que elaboraban los escribanos frente a los testigos pueden proporcionar.

jueves, 23 de febrero de 2012

Los Juanguren y el espadero 37


Permítasenos, antes de continuar, un apunte de la mano de un profesor de Salamanca, mediante el cual sabremos más de las condiciones de vida de nuestro maestro armero:

"Por cuanto se refiere al cumplimiento de los castigos, se observa en las justicias cierta despreocupación y pérdida de control sobre la materia. Los desterrados podían volver clandestinamente, pues los jueces se conformaban con la certificación de haber salido a cumplir la sentencia, y de hecho ignoraban el lugar donde se encontraba el condenado". José Luis de las Heras Santos. LOS GALEOTES DE LOS AUSTRIAS: LA PENALIDAD AL SERVICIO DE LA ARMADA. Universidad de Salamanca.

Y es que, como también pone de manifiesto Luis Benítez Carrasco en su obra "Apuntes para la historia de la justicia en Andalucía Occidental en el Siglo de Oro":

"... la unidad jurisdiccional no existía ... Convivían unas jurisdicciones con las otras, lo que dió lugar a muchos roces". Y relaciona a la de los "Contadores Mayores del Reino", la del "Honrado Consejo de la Mesta", la de los "Monederos de la Ceca o Casa de la Moneda", a la universitaria, a la de los "Hidalgos", a la de las "Galeras Reales" (en el Puerto de Santa María pero con tribunales en Sevilla), a la del Santo Tribunal de la Inquisición, a la justicia eclesiástica, a la de los "Señores de Vasallos", etc., todo lo cual hacía que "en aquellos tiempos dichosos, la justicia de Castilla y la de todas partes era una burla sangrienta de lo que su augusto nombre debe significar", citando a Gregorio Marañón en "Antonio Pérez", o que "en la metrópoli andaluza había muy poca justicia, mientras al contrario, eran harto numerosos los que la administraban, vendían, alquilaban, exprimían, la trocaban en favores y la escarnecían, como que gran número de ellos (alguaciles auténticos y algún que otro fingido), pululaban por calles y plazas, tabernas y bodegas, claro que para dar cima a empresas non sanctas, citando a Francisco Rodriguez Marín en su prólogo a "Rinconete y Cortadillo", la célebre novela de Cervantes.

La picaresca —en su sentido más realista y crudo, o sea, el de la delincuencia más descarnada e inhumana— que propiciaba esta situación, también, como es natural, alcanzaba al gremio de los espaderos:

RUBIO (JUAN BAUTISTA). Espadero. Memorial dirigido al Cabildo de la Ciudad en ¿1562? quejándose del nombramiento que los diputados de dicho Cabildo habían hecho en favor de Juan Salas, para veedor del oficio.- Tom. I. Escrib. de Cab.º - Siglo XVI. Letra H. Arch. Mun.
En 1574 fué fiador de la Carta de exámen del espadero Juan Palacios de la Tasa.
Como veedor del gremio dirigió un memorial sin fecha a la Ciudad, quejándose del nombramiento que los diputados del Cabildo habían hecho para veedores en favor de Juan Gil y Pedro Sánchez, por no incurrir en ellos los requisitos exigidos por las Ordenanzas, pues el Sánchez no era hábil ni suficiente para usar su oficio, pues debió ser aprobado en su exámen al favor de sus amigos. Además acostumbraba ir a las Gradas a vender espadas "que son quebradas y sin marcar y para venderlas lleva consigo amigos que hacen pujas falsas, así las que él vende como las que vende por pregonero y tiene a los pujadores gratos (sic) para que pujen las dichas espadas, lo cual es gran daño. También acostumbra al ir a vender sus espadas, que se torna y riñe con los pregoneros a cuchilladas y les haze y persuade que vendan las espadas primero que las de otros oficiales y riñó con el veedor que fué el año 61 y lo sacó al campo porque no le marcaba las espadas como él quería." Además compraba muchos balones de espadas, lo cual no puede hacer sin dar parte a otros oficiales, y si nó siendo veedor hace esto, con más facilidad lo hará, al ejercer el cargo de veedor que es de gran confianza. Opúsose asimismo al nombramiento de veedor de Juan de Cazalla, por haber sido sentenciado en un proceso a la inhabilitación para ejercer el cargo.- Colec. Varios antiguos. Menestrales. Arch. Mun. José Gestoso. Pág. 260. ESP. Tomo I. Ensayo de un diccionario de los artífices que florecieron en Sevilla: desde el siglo XIII al XVIII inclusive.

De semejante "maremagnun" fué desterrado Bernardo de Oliver. Comparado con él, nuestra pequeña Villa era un paraíso de paz, un balcón a salvo en el que se podía filosofar observando en la distancia el escenario, en el cual se representaba El Mal, la tenebrosa comedia del encanallamiento humano, cuyos actores eran "gentes de cien naciones".
Hablábamos de su casi inmediata adaptación. Otro testimonio de algo menos de dos meses desde su llegada nos lo muestra bregando por "gangas" en lo más parecido a un mercadillo en rebajas de nuestros días: una almoneda en la Plaza de Santiago (documento que transcribimos íntegro en "Los esclavos 75j", octubre 2009, pero que por su interés volvemos a reproducir):

El domingo 2 de octubre estando en la Plaza ante Miguel de las Casas y Alonso Martin, pregonero del lugar de Bormujos y mucha gente, a pedimento de Pedro de Castellanos, escribano público de Sevilla, en nombre y voz de Diego Martin el mozo, que está en las Indias, hijo y heredero de Diego Martin Bermejo y de Beatriz Martin de Baena su mujer, difuntos, y de Juan de Vega en nombre y voz de María Gómez y Leonor y Beatriz, menores hijas de Hernán Martin Bermejo y nietas y herederas de los dichos Diego Martin Bermejo y Beatriz Martin de Baena, el dicho Juan de Vega como tutor y curador de las tres menores, y a pedimento también del dicho Miguel de las Casas en nombre de Leonor Martin de Baena su mujer1, hija y heredera de los susodichos, se vendieron en almoneda ciertos bienes que quedaron de los susodichos: Hernán Dominguez se llevó dos lanzas viejas por un real y un cuartillo; el mismo, unas tobajas de lienzo de lino, raídas, por 46 maravedíes; Ana de Ojeda, viuda vecina de Sevilla, otras tobajas por un real; Juan de Vega, una tobaja de lino casero ... con ... azulados raída, en 2 maravedíes y medio; el mismo, una ... de cobre viejo en 2 reales; el mismo, un paño de rostro labrado de ... y raído, en 6 reales y medio; Simón de Valencia, un jugón de tafetán picado, viejo y roto, por 2 reales y un cuartillo; Bernardo de Oliver, una tobaja 2 labrada de seda azul raída y con sus cabos, 61 maravedíes; Beatriz ..., viuda, un arca de madera vieja con su cerradura y llave, por 7 reales y un cuartillo; Martin Ramos, un candelero de azófar viejo en 55 maravedíes; Hernán Dominguez, un paño de rostro labrado de negro muy viejo, un real y cuartillo; Isabel Sanchez, mujer de Antón Navarro, unos manteles de lienzo casero en 3 reales y medio y un cuartillo; Simón de Valencia, unas artes de lienzo con unas tiras coloradas raídas, por 12 maravedíes; Bernardo de Oliver, 4 pañuelos de mesa raídos, los 3 alemanes y el otro casero, por 2 reales; Simón de Valencia, un paño de rostro labrado de colorado viejo, en 44 maravedíes; Andrés Hernandez Vizcaíno, un bonete negro raído, un real y medio. Y los pedidores lo pidieron por testimonio, etc. Testigos, Hernando Jayán, Diego Ortiz y Gerónimo Rodriguez, vecinos de Sevilla y moradores en esta Villa, y Antón Navarro, Simón de Valencia y Salvador Perez, vecinos de esta Villa.

1.- Hija de Diego Martín Bermejo, como vemos, era Leonor Martín de Baena, segunda esposa del escribano Miguel de las Casas, con el que no tuvo hijos. Los hijos de Miguel en su primer matrimonio —con Elvira Sánchez— fueron Juana de las Casas, Pedro de las Casas y Francisca de las Casas. Esta última se casaría con el escribano sucesor de su padre, Hernando de las Cuevas, demostrando así la endogamia que imperaba en el oficio de la péndola. De Hernado, hijo de Francisco García de las Cuevas y de Juana de Montemayor, hemos de decir que emparentaba por medio de un matrimonio De la Cueva-De las Cuevas con el archicelebrado poeta coetáneo Juan de la Cueva. La saga de los escribanos De las Cuevas llegó hasta el siglo XVIII (ver "Los caldereros franceses VIII, julio de 2008).

2.- TOBAJA ò TOBALLA, lo mismo que Toaja, o Toalla (Diccionario de Autoridades).

Una semana después de adquirir de los bienes de los Martín Bermejo lo dicho, Bernardo se compromete mediante contrato a seguir produciendo tizonas, lo cual certifica definitivamente la normalidad con que se desenvolvía.

Bernardo de Oliver, vecino al presente en esta Villa, otorga todo su poder cumplido a Garicabe Vizcaíno, cantero1 vecino de Sevilla, ausente, para que en su nombre venda a las personas que quisiere y por el precio o los precios de maravedíes y otras cosas que le pareciere, todas las espadas que le enviare, en ellas escrito y asentado su nombre2, y los maravedíes y otras cosas que recibiere por ellas los pueda recibir y dar sus cartas de pago y vales de finiquito. Domingo, 9 de octubre de 1558. No sabe escribir. Testigos, Salvador Perez y Alonso Delgado, vecinos de esta Villa.

1.- No entendemos la relación entre un cantero y el comercio de armas. Quizá de parentesco o amistad con el desterrado, o quizá un caso de pluriempleo.

2.- Ya nos referimos en una ocasión a las marcas de los espaderos, que son estudiadas hoy en día con pasión por los expertos y coleccionistas. Una forma estilizada de perro o animal similar, punzonada y rellena de cobre, era la marca del espadero Julián del Rey, llamado también Julián el Moro, armero hispanoárabe del siglo XV cristianizado bajo el padrinazgo de Fernando el Católico. Las espadas del "perrillo" adquirieron gran fama durante los siglos XVI y XVII, y sus posibles imitadores han sido estudiados por J. J. Rodriguez Lorente en "La marca del perrillo del espadero español Julián del Rey". A veces un mismo espadero poseía y utilizaba varias marcas, abundando entre ellas formas muy similares a las que exhiben los actuales ganaderos de reses bravas. Daban los espaderos gran importancia a sus marcas, señalando que las poseían "por carta executoria e provision reales", como hacía grabar Juan de Vidaguren en las suyas, según cuenta Germán Dueñas Beraiz en "LA PRODUCCIÓN DE ARMAS BLANCAS EN BILBAO DURANTE EL SIGLO XVI", quien dice además que "se producían fraudes gracias a que algunos espaderos falsificaban, contrahacían, las marcas de otros espaderos de la ciudad; utilizaban las de otros de más renombre, el uno toma la muesca del otro; o simplemente le quitaban a la espada una marca y le colocaban otra, mudaban las marcas", hasta el punto que se obligó a registrarlas en un libro del Concejo, al lado del nombre del espadero.
En museos toledanos se exponen troqueles con las marcas de los afamados armeros de la ciudad, cuya actividad está documentada en tiempos anteriores a la Era cristiana.

Para terminar, una anécdota curiosa. En el derribo de una antigua casa de la Calle Real fué testigo quien esto escribe, entonces un niño, de cuando los albañiles extrajeron de un muro lo que parecía ser argolla de alambre de tendedero de ropa, —de hecho ese uso había tenido durante muchos años— pero que resultó ser el guardamano de una espada rota, que alguien de espíritu práctico había cementado entre los ladrillos para servir de enganche al dicho alambre. Faltándole la mitad de la hoja, pasó a ser juguete predilecto de chiquillos de ilimitadas fantasías guerreras.

martes, 14 de febrero de 2012

Los Juanguren y el espadero 36


Al poco tiempo el espadero estaba adaptado a su nueva circunstancia vital. Hombre a quien encantaban los niños, no dudaba en perder media hora de su tiempo, dejando el martillo y la tenaza, para satisfacer los deseos de algunos pequeños, como era el pasear a lomos del mulo. Con sus poderosos brazos elevaba uno por uno hasta a media docena de chicuelos encima del sólido espinazo de la bestia, y con gran delicadeza los llevaba y traía dándoles una vuelta por la Plaza entre las sonrisas de las abuelas que, asomadas a los umbrales de sus casas y apantallándose los gastados ojos con la mano, los veían pasar con gestos de satisfacción.



Era Bernardo de Oliver hombre de cierto atractivo para las mujeres, aunque no se sabe de que estuviera casado. Que llegó muy pronto a hacer vida normal en Castilleja lo demuestra el siguiente documento, que denota una continuación integral en su oficio ya solamente un mes después de su llegada al pueblo.

Concierto. Bernardo de Oliver, maestro de hacer espadas, vecino de Sevilla en la collación de Santa María y morador en esta Villa, y Lucas Romero, maestro de amolar espadas1, vecino de Sevilla en dicha collación y estante en esta Villa, dicen que por cuanto tienen cierto concierto de tal manera que Bernardo se ha obligado a darle a Lucas desde hoy hasta quince días siguientes una espada forzada hecha a su costa (de Bernardo) para que se la amole con unas piedras de amolar espadas, por precio cada una espada que le amole de dos reales de plata, y pasados los quince días en adelante hasta un año cumplido se obliga a darle dos espadas forzadas para lo mismo, que le dará por cada dos espadas cuatro reales de plata, y que si algún día de los quince faltare Bernardo de darle una espada forzada que Lucas dé y pague los dichos dos reales por cada un día (en resumen, que pagará a Lucas lo mismo en el caso de que no le lleve espadas). Y asimismo emplaza a Lucas para que se las amole o pagarle los dos reales en quince días o los cuatro hasta el año. Y para cumplir lo acordado, ambos dan poder a los Jueces y Justicias, etc., y obligan a ello sus personas y bienes, etc. Domingo, 25 de septiembre de 1558, en las casas de Miguel de las Casas. Testigos, Salvador Perez (auxiliar del anterior escribano y autor de la crónica oficiosa de la Villa), Pedro de las Casas (hijo del escribano Miguel) y Diego Martin (abrev. Dº, quizá Jº, por Juan Martín Haldón, el zorzalero). No firmó por no saber escribir. Miguel de las Casas, escribano del Concejo.

1.- Amolar, alisar, pulir, afilar, abrillantar. La producción de un instrumento tan importante en la época como era la espada exigía una especialización para cada una de las labores. Bernardo se limitaría, a partir de una pletina en bruto, a forjar la hoja y a labrar la espiga donde iría encajado el puño, templando el acero y dándole las características de su particular y secreto saber; no había dos espaderos iguales en ese sentido. Luego intervenían los amoladores, los ensambladores de empuñaduras, los constructores de vainas y los talabarteros. En los talleres de los maestros de amolar existía menos personalismo que en las forjas de los espaderos. No había espacio para la creatividad. Eran recintos situados en sótanos o en zonas bajas, casi siempre en las proximidades de una corriente de agua suficiente como para mantener lleno el depósito, cuyo líquido proporcionaba en cascada la fuerza motriz requerida para hacer girar las ruedas hidráulicas. Hay que suponerlos insalubres, rezumando humedad, faltos de luz y ventilación y extremadamente ruidosos, con los chirridos del roce de las muelas de piedra arenisca contra las hojas de acero. En un mismo eje principal podían funcionar hasta seis muelas, con sus correspondientes puestos de trabajo. Sobre estas piedras giradoras se vertía un chorrito de agua para propiciar el desbastado refrigerando los elementos, lo cual originaba un encharcamiento que sumado a las filtraciones de muros obligaban a los operarios a utilizar botas impermeables de baqueta. El acicalado — o sea, pulido o abrillantado— se conseguía adhiriendo con cola a otro tipo de ruedas de sauce o nogal polvo fino de material abrasivo, obtenido machacando el esmeril en piedra en morteros de mano de hierro colado.
Lo que dice don Mariano Gambín García en referencia a los molinos de caña de azúcar en las Islas Canarias es aplicable a talleres como el del sevillano maestro de amolar Lucas Romero, socio de nuestro armero Oliver:

"El molino [del ingenio de azúcar] consistía en una gran rueda movida por agua a presión... . El agua llegaba al molino desde su fuente a través de acequias o canales de manpostería y de madera, y se almacenaba en un albercón o cubo colocado en zona de máxima pendiente, desde donde se precipitaba hacia la rueda del molino, haciéndola girar con su fuerza. Esta rueda tenía unas palas cuyo giro, transmitido por ejes de madera reforzados con hierro y cobre, movía una piedra circular... ". Revista de Historia Canaria, nº 190, año 2008, pág. 73. Universidad de La Laguna.

Mas nosotros aprovecharemos este eventual desplazamiento a las Islas Afortunadas para ir esbozando las genealogías de dos personajes castillejanos relevantes: Miguel de las Casas y Hernando Jayán. Tenían en común orígenes, o antepasados directos, en las Islas. En concreto, el padre de Miguel ostentó en el archipiélago funciones burocráticas de cierta entidad, habiéndose visto envuelto en conflictos con el Santo Oficio de la Inquisición isleña por actividades judaizantes. Al igual que el padre de Hernando Jayán, también señalado por el dicho Tribunal por idénticos motivos. Es lugar común y sabido que muchos perseguidos por la Inquisición en Andalucía, cuyas actividades opresoras estuvieron en pleno auge en nuestra región a principios del siglo XVI, optaron por huir emigrando a las Islas, donde por aquel entonces el deshumanizado Tribunal todavía no estaba completamente implantado. Desarrollaremos en un futuro próximo las historias insulares referidas, considerando desde ahora que Miguel y Hernando en Castilleja debían tener una relación concreta, habida cuenta del lazo que unió a sus predecesores.



De manera que ya tenemos a Bernardo de Oliver en pleno ejercicio de la actividad que le proporcionaba su sustento. Había alquilado una casita en la divisoria del Señorío del Conde don Pedro con la Calle Real, probablemente en la calle de las Carnicerías (hoy calle de Hernán Cortés), o mas abajo hacia los terrenos que luego ocuparía el convento de los franciscanos. Contrató a un muchacho que le sirviera al fuelle e hizo traer desde la collación de Santa María la Mayor en Sevilla, su lugar de residencia y trabajo, todos los aparatos y herramientas necesarios, cargados en un carretón bueyero. Su nuevo amigo Haldón le auxilió en manera muy precisa y completa para llevar a cabo las diligencias respecto a la instalación del taller en su nueva ubicación, acompañando a la galera en su lento desplazamiento y llevándole sus espadas al taller de amolar, entre otros desinteresados servicios. Entonces la Calle Real ofrecía un aspecto muy diferente del que conocemos ahora; entorpecían el tránsito agudas aunque cortas cuestas, apenas aliviadas por algún rellano (a la altura de la Iglesia de la Inmaculada o en la salida hacia Gines) en los que, a modo de descansaderos, las monturas, las bestias de tiro o los porteadores de andas y literas podían recobrar el resuello.

Hasta al menos el siglo XVIII no se acometió el allanamiento, a pico y pala, que nivelaría el trayecto, salvando las jorobas, hondonadas y elevaciones del terreno que convertían el Camino Real en un tobogán a su paso por el centro del pueblo. Desde entonces se ofreció el panorama de la capital y la Vega ya desde la entrada occidental tal como lo disfrutamos ahora, puesto que antes quedaba ocultada ora sí y ora no por los badenes descritos. Producto de dicha nivelación dieciochesca fueron los acantilados a un lado y otro de la Calle, patentes especialmente a su entrada y salida y conocidos por la denominación popular de "Barranquillas" durante los siglos XIX y XX. Muchos vecinos de la noche a la mañana se encontraron precipicios a la puerta de sus casas merced a la labor de los topógrafos del Siglo de las Luces. El autor de esta historia recuerda en su niñez el vértigo que le ocasionaba aquellas alturas, ornadas de hierbajos y cicatrices de senderillos de cabras (todavía la Calle era cañada mañanera y vespertina de interminables rebaños de cabras, ovejas y vacas que iban o venían de pastar). El desmonte y Las Barranquillas impidieron la comunicación que, cuando estaban al mismo nivel, se daba entre las casas y haciendas de una y otra hilera. Para acceder a la carretera los vecinos labraban rudimentarios y empinadísimos escalones desde las puertas de sus domicilios, escaleritas angustiosas ribeteadas de macizos de geranios y romero entre los que discurrían los canalillos de aguas residuales que desde los hogares se precipitaban en las cunetas. Conocimos un caso concreto de una víctima de estas deleznables faltas de higiene: cuando niño resbaló junto a una barbería cuyo titular vertía las bacinillas al barranco, y se hirió en la frente con una piedra del sucio arroyo. No consiguieron los médicos detener la infección y después de varias operaciones le quedó el rostro totalmente deformado ya durante toda su vida.
De esta forma, esa Calle Real que alguien ha denominado metafóricamente como "El Río" distaba mucho de serlo en anterioridad al Siglo de las Luces, cuando no ofrecía, ni muchísimo menos, el aspecto de vaguada o canal que hoy muestra. Varias calles "afluentes" también fueron talladas artificialmente buscando sus nivelaciones sobre todo en los tramos inferiores, como son las actuales Doctor Fleming, García Babio o Diego de los Reyes en su extremo occidental.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...