miércoles, 7 de marzo de 2012

Los Juanguren y el espadero 37d


Pero dejemos a la metamorfoseada Clío con su terrorífica daga voltaireana, y veámosla ahora con su aspecto usual de hermosa mujer, bella y digna hasta la perfección, tal y como lo son la Historia y los hechos del pasado. Que son perfectos porque son completos, si consideramos el mal y la fealdad como carencias. Así, el pasado es perfecto —en tanto que terminado— puesto que ya ni le falta, ni le puede faltar nada.
De esta forma la hija de Zeus se nos presenta ofreciendo a nuestra vista con su mano blanca y firme un legajo, de los muchos que obran entre sus atributos; está escrito en el Señorío de Castilleja de la Cuesta y lleva fecha del 12 de mayo de 1558.
Entonces, Paula, la hija de Sebastián de Contreras con dos meses de edad, era llevada y traída por su orgulloso padre de casa en casa y de calle en calle, exhibida entre encajes y lazos a propios y extraños, el autor de sus días seguido por la mayor, la de las sardinas del mesón, quien con sus trece años escasos ya estaba autorizada a llevar en brazos, tambien, a su hermanita. Hubiérase dicho una perrilla celosa, la vista clavada en la espalda de su progenitor, pisándole los talones, degustando la amargura del segundo puesto en disfrutar la atención y los cuidados familiares.
Su nueva hija operó en Sebastián un cambio fundamental. Ahora se sentía, más que completo, importante; hacía por el Estado más que muchos habían hecho y llegarían nunca a hacer, y su contribución —pensaba— debía ser tenida en cuenta. Merced a su trabajo había dado al Conde dos vasallos que, si bien del sexo inferior, con su potencial reproductivo aseguraban el porvenir del Señorío, la continuación del reino, la permanencia de la vida y la prolongación del mundo. Todo ello sólo se debía a su esfuerzo personal, a las horas y horas manejando el azadón, rompiendo la costra de la ingrata tierra centenares de metros a diario, incansable, rítmico bajo el sol o el aguacero, con vientos o nieblas, con ilusión o desesperanza; y ahora podía ofrendar el fruto de su esfuerzo a don Pedro de Guzmán, a su Alcalde Mayor, al Concejo, a toda la comunidad, y hasta ¡qué diantre! al mismo rey Felipe II y a toda su Corte en pleno, y decirles, levantando los brazos gratamente cargados: ¡mirad! ¡esto me debéis! ¡agradecédmelo siempre!
Y miraba por encima del hombro, sintiendo algo parecido al desprecio, a sus convecinos con menos o ningún retoño. A sus ojos hubo quien se empequeñeció con especial relevancia: Rodrigo de Cieza, el cura de la Iglesia de Santiago, por quien antes había sentido un respeto patente e insuperable, Sebastián ahora lo percibía como alguien improductivo e insignificante, alguien que, pese al espiritualmente arrasador despliegue de ideologías y ceremonias que protagonizaba como cabeza y guía del catolicismo castillejense, pasaría por la vida sin dejar rastro, convertido tras su muerte en un deleznable montón de detritus y basura en el cementerio, y en ceros estériles y miserables en los libros de contabilidad del Estado de Olivares.
Así que él, con su nueva hija Paulita en brazos de portal en portal, valía mucho más, tenía que valer bajo cualquier concepto. Era un forjador de la historia y como tal pasaría a la posteridad. Sobre sus hombros se erguía una parte de Castilleja de la Cuesta.
Su dedo pulgar había quedado inútil, tan inútil, —divagaba mientras lo sentía inerme en su mano izquierda—, como don Rodrigo. Pronto en el círculo de sus amigotes se hizo cotidiana una broma: "Señor Sebastián, no os preocupéis de vuestro dedo de arriba. El importante es el de abajo". Por añadidura, después de la cicatrización del tajo que le propinó el mesonero, cuya basta costura rojiza llena de rebordes le quedó como un mal recuerdo, Sebastián había adquirido un gesto de origen nervioso, que consistía en masajearse con la mano izquierda el insensible dedo muerto, los brazos apoyados en las rodillas cuando sentado y cuando en pié, tras la espalda.
En esa actitud, preocupado y ansioso, lo encontramos la noche del alumbramiento de Paula, con la casa llena de vecinas afanosas portando paños y palanganas, calentando agua y arrimando candiles, o aconsejando en baja voz viejas fórmulas aprendidas de las abuelas. Casi se irritó la piel, tal era la frecuencia y fuerza del manutigio que se aplicaba, olvidado de sí mientras los gritos de su mujer llenaban la noche.
A Catalina Hernández la atendieron dos parteras, una de ellas aprendiza. Las demás asistentes, como buitres sombríos revoloteando de habitación en habitación esperaban lo que era tan frecuente y ordinario en aquella época como lo es el calor en verano: la muerte de la madre, del niño, o de ambos. De esta forma, la ceremonia del parto, más que un acontecimiento de vida y renovación, era un rito de muerte y acabamiento. Sebastián de Contreras así lo tenía asimilado también.
La comadrona le introdujo a Catalina las dos manos en cuanto pudo palpar la cabeza del nuevo ser, rodeándola con sus dedos, procurando no rasgar las delicadas paredes del canal de parto de su madre con las uñas. Era difícil llegar hasta el cuello del feto, en donde los entrantes de la mandíbula y la nuca le hubieran ofrecido asideros bastantes como para poder tirar del cuerpecillo, ahorrando a la pobre parturienta un doloroso y agotador esfuerzo. Arreciaban los gritos de ésta, y la cabecita resbalaba una y otra vez de entre los empapados dedos de la matrona, arrancándole, por lo baldío de sus intentos, imprecaciones rayanas en la blasfemia. Pasaron angustiosos momentos. En última instancia, la partera recurrió a una solución de urgencia que podía haber costado la vida del ser naciente: introdujo el dedo índice de la mano izquierda en la misma boca de la criatura a modo de gancho, y sobre esta base fué, ayudándose en el giro con la otra mano sobre la nuca, haciéndolo avanzar hacia la luz, trayéndolo al exterior, y ultimando de tan anómala manera uno de los partos más difíciles de los muchos que había atendido, según declaró la buena mujer, sudorosa y temblando, al terminar.
Obligado por el machismo imperante, en el capítulo XV, "De los compañones (testículos) de la mujer", de su Historia de la Composición del Cuerpo Humano, hace notar el médico palentino Juan Valverde de Hamusco (1525-1588): "Yo quisiera con mi honrra poder dexar este capitulo, porque las mujeres no se hizieran mas sobervias de lo que son, sabiendo que tambien ellas tienen compañones como los hombres, y que no solamente susfren en el trabajo de mantener la criatura dentro de sus cuerpos, como se mantiene qualquier otra semiente enla tierra, pero que tambien ponen su parte, y no menos fertil que la delos hombres pues no les faltan los miembros en que ella se faze, empero forçado de la historia mesma no e podido hazer de otra cosa." En pura contradicción, nótese que su espíritu científico "forçado por la historia mesma", también le obliga a reconocer un hecho real, que equipara a los dos sexos.
Valga esta cita para aumentar nuestro conocimiento de las relaciones hombre-mujer en aquella época.

Cuando Sebastián de Contreras mostraba a vecinos y amigos a Paulita, dormitando entre regurgitaciones y eructos tras nutrirse de la blanca y enorme teta de su madre, un hombre saltaba a la actualidad de la Villa, ocupando lugar prominente en mentes y en conversaciones, convertido en asunto público por un hecho luctoso que ensombreció hasta al exultante "manco de un dedo".

Era conocido este individuo como Vasco Díaz y procedía de Portugal. Aunque hasta 1581 no se sustanció la Unión Ibérica reconociendo a Felipe II como rey de Portugal y de su extenso imperio, los lusitanos que por cualquier causa habían emigrado a España disfrutaban de una posición privilegiada en lo que atañe a ser objetos de xenofobia por parte de la población autóctona, estando así muy alejados y relativamente a salvo del rechazo que suscitaban los musulmanes, los gitanos o los negros africanos; esto se cumplía también en nuestra Villa, en donde a la media docena de los asentados de esa nacionalidad que antes y en 1558 aquí vivían se les consideraba y respetaba en un grado bastante aceptable. Casi todos estaban desposados con alixareñas y con ellas habían formado familias estables. En cuanto a nuestra circunstancia concreta en relación a los portugueses, además de lo ya dicho recordemos que el puesto de médico de cámara del rey Juan III el Piadoso fué desempeñado por un hermano del hacendado castillejano Rodrigo Franco, llamado igual que el siniestro general genocida que destruyó nuestro país durante la segunda mitad del siglo XX: Francisco Franco ("Los esclavos 40", abril de 2009).
Era Vasco padre de un niño de un año* cuando aconteció lo que vamos a referir, que supuso para él el revés más serio de su vida, de lo cual ya dimos anticipo en "Los esclavos 75i", octubre de 2009, donde se tratan además las peripecias de otro portugués-castillejano, Hernán Domínguez; ambos lusitanos, como vimos con Hernan y veremos con Vasco, eran proclives a enarbolar una lanza para ensartar de lado a lado a quien se les pusiera delante, por cualquier nimiedad.

*  En domingo 6 de noviembre de 1557 bautizó Rodrigo de Cieza a Vasco, hijo de Vasco Diaz y de Juana Rodriguez. Fueron sus compadres Cristobal de Tejeda y su mujer Catalina Sanchez, y Leonor Marquez y Diego Felipe.

También aparece asociado nuestro portugués a asuntos de la familia Rodriguez Farfán un año antes del de su paternidad:

Gonzalo Rodriguez Farfán, vecino de Triana, guarda y collación de Sevilla, en nombre y voz de sus nietos, menores hijos de Cosme Rodriguez Farfán1, su hijo difunto, tiene casa con bodega y lagar en esta Villa, así como algunas viñas, y se obliga a pagar alcábala del vino al Conde de Olivares, por ciertos años; 3 blancas por cada arroba, desde la cosecha de 1554, a pagar en la entrada de dicho vino por el puente de Triana; miércoles 25 de noviembre de 1556; testigos, Juan Sanchez Vanegas, Pedro Lopez y Vasco Diaz
El mismo Gonzalo Rodriguez Farfán, en nombre de Diego Agustín, menor hijo de Agustín de ¿Gonzaga?, difunto, igualmente con casa con bodega, lagar, huertas y corrales y con viñas en esta Villa se obliga a pagar dicha alcábala por los dichos años; viernes 27 de noviembre de 1556; testigos, Juan Sanchez Vanegas y Vasco Diaz.

1.- Del Almirante Cosme Rodriguez Farfán, naufragado con su flota en las costas de Zahara de los Atunes, ya conocemos infinidad de datos, en "Los esclavos 82z" de diciembre de 2010, o en "Los esclavos 83"de enero de 2011.

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