jueves, 3 de mayo de 2012

Los Juanguren y el espadero 37o


En el Archivo Histórico Provincial de Sevilla acabo de encontrar esta mañana un documento —que será transcrito y analizado a su tiempo— citando a Juan Díaz, portugués de 60 años de edad y morador en Castilleja, como testigo en un pleito de 1573. No se pasará por alto en esta historia la coincidencia de apellido, nacionalidad y lugar de residencia, para buscar vínculos con Vasco, nuestro acusado, declarado rebelde por tercera vez y acaso presa de la saudade lusitana (por partida doble) donde quiera que estuviese, saudade que ya hacía estragos —como lo hacía el temperamento andaluz— en cada una de las respectivas sociedades en el siglo XVI, según, entre otros muchos, el testimonio de un hombre cultísimo a quien se refiere Máxime Chevalier en "Lectura y lectores en la España del siglo XVI y XVII". Ediciones Turner. Madrid. 1976: «... paralelo [entre Boscán y Garcilaso] trazado en 1593 por don Juan de Silva, conde de Portalegre, caballero de los cultos que tuvo la España de los Austrias:

"Dicen [los portugueses] que la saudade1 significa la soledad con gran pena de un sentimiento muy agudo: también dijo Boscán de la ausencia que "aviva a la memoria su sentido"; dicen que aquella palabra exprime una mezcla del cuidado muy trabado con la pena de estar solo, y no es otra cosa la soledad: "levanta su cuidado"; que también da a entender un deseo muy ardiente que los derrite: lo mismo es verse "de su bien tan apartado", "hace su desear más encendido". No dirán que lo levanto de mi cabeza, que doctor era Boscán de los más graves de esta facultad de apurar sentimientos, y tan abonado para ella como cuantos nacieron en Lisboa, y, hablando de veras, sin duda era ingenioso, y más especulativo que Garcilaso, el cual (a mi parecer) no hace menos ventaja a los enamorados en padecer penas que a los poetas en escribirlas. (Manuscrito 1.439 de la Biblioteca Nacional de Madrid, folio 2, r.v.)».

1.- "Dulce palabra de perfiles ambiguos" la llamó Pablo Neruda.
Pero dejemos esta digresión, para entrar en otra mayor: recuerda quien esto escribe el primer portugués que apareció en su vida.
Siendo muy niño venía a su arrabal, denominado "La Barriada", tres o cuatro veces a la semana después de recorrer todo el pueblo, un basurero municipal al que todos conocían así, como "El Portugués"; hombre que desde aquella perspectiva infantil parecía fantasma ceniciento, gigante de cara borrosa acaso ciego bajo el roto sombrero de paja trenzada —apariencia para nosotros porque quizá de puro miedo no nos atrevíamos a fijar la vista en él—, y desde luego de talante mudo, conduciendo un mastodóntico carro destartalado de descentradas ruedas de radio infinito, con abultados serones de esparto pringoso a modo de vientres colgantes en los bajos, artefacto maloliente desplazado por un mulo siniestro y no menos grande, orlado de moscas. Una cansina y mínima jauría de perros astrosos y moribundos no le faltaba nunca como compañía. El deprimente conjunto subía penosamente la calle deteniéndose en cada puerta, donde esperaban puntuales los recipientes improvisados de cada familia, —cubos de hojalata medio desfondados, oxidados latones de aceite—, rebosando restos de achicoria, cascarones de huevos y recortes de corteza de melón, los cuales El Portugués silencioso y estoico elevaba con sus brazos barrosos por encima del tablazón de su vehículo y tras su vaciado volvíalos a dejar en el suelo, como una señal para que la oscura bestia arrancara hasta la próxima casa. El basurero, estribándose en el cubo de la rueda con su alpargata mugrienta, inspeccionaba a veces el interior de la caja.
El vertedero donde volcaba su contenido era el paraíso de la pandilla de La Barriada. Terreno que, si se terciaba, disputábamos con otras hordas de harrapiezos que incursionaban desde Castilleja o desde Gines, y a las que ahuyentábamos con granizadas de piedras, puesto que el amontonamiento de detritus nos pertenecía por derecho. Este sagrado lugar, que nos surtía de insólitos utensilios, de mágicos juguetes y de inimaginables objetos, y al que llamábamos "La Basura", situado en terreno ginecino pero limitando al Este con el término alixareño, hoy está ocupado por viviendas, garajes, chalés y una altísima torre de telefonía móvil que es la pesadilla de aquel vecindario. Entonces llamábase el paraje La Era, tierra de sembradura que familiares de Pilar Tovar, abuela paterna de quien esto escribe, alquilaban a su dueño para labrar en ella y criar habas, melones, tomates o lechugas con cuya venta sustentarse. Apuntemos para no perdernos que dicho terreno perteneció en el siglo XVI a la familia de la mujer de Lorenzo Sánchez, Ana de Orihuela. La Era en el siglo XX poseía un pozo de agua fresquísima a la sombra de un melocotonero, donde tras una caminata por el campo se podía saciar la sed, y un cobertizo de palma donde, a su sombra acogedora, se podía igualmente descansar sentado charlando con los agricultores; rodeaba La Era por todas partes a La Basura, —que le servía de fuente de abono—, excepto por la antigua Hijuela de la Gitana que partía los términos de las dos poblaciones y que hoy se conoce por calle de Joaquín Romero Murube, gestionada por el Ayuntamiento de Gines.
Cuando a los chiquillos el tedio nos abrumaba aburridos en cualquier rincón de La Barriada siempre alguien recordaba la gran opción de divertimento y a voz en grito proponía: "¿Vamos a buscar a La Basura?", y entre exclamaciones alegres de asentimiento corríamos los cuatro o cinco habituales hacia el lugar, dispuestos a escarbar con lo que primero se presentase a mano —un palo, un trozo de teja—, o a pié, —la pura sandalia o botín— en aquella cordillera pestilente y negruzca, con más valor para nosotros que Potosí. Los soldaditos de plástico eran piezas codiciadísimas. Los viejos tebeos. Juguetes o cosas susceptibles de ser convertidas en juguetes. Piezas metálicas que ejercían atractivo por cualquier peculiaridad. Adornos de todo tipo, cucharas, tijeras, pelucas, pequeños electrodomésticos, y ¡oh, regalo de los dioses! ¡un minúsculo motorcito eléctrico, del tamaño de media nuez, arrancado a un cochecito roto, probado in situ con una vieja pila de petaca semiagotada, ronroneando a la perfección, con la deliciosa cosquilla de sus vibraciones en nuestros cochambrosos deditos!
Había que vigilar de vez en cuando por si aparecía la sombra de El Portugués con su fantasmagórico carro, su mulo y sus perros mortecinos.
Mi especialidad eran las medicinas deshechadas, los cuentagotas viejos, las jeringas obsoletas, los folletos, radiografías y revistas médicas con sus mórbidas fotos en blanco y negro y en color, todo lo que los enfermos de Castilleja y los profesionales de la sanidad de dicha Villa tiraban al cubo de los desperdicios con completa despreocupación.
Con los medicamentos se elaboraba lo que denominábamos "La Cuchilina": cuando hacía ya rato que el sol tras el lejano caserío de Gines se había ocultado —las tardes volaban en La Basura— y la noche se presentaba, enorme y prometedora sobre el campo y sobre nosotros, unos preparábamos combustible de leña para hacer una fogata en algún sitio discreto del olivar, y otros buscaban un viejo caldero, una palangana metálica o una olla, donde preparábamos una suerte de poción mágica con los contenidos de las botellas de antitusivos, de matadolores y de reconstituyentes, con las cremas y pomadas de tubos y frascos, con las multiformes y multicolores píldoras de las cajas caducadas, con los extraños líquidos de las ampollas, con los polvos varios de los botes; veíamos el menjunge hervir en silencio, todos en círculo expectante alrededor del fuego, a la espera acaso del surgimiento, entre las vaharadas olorosas del cocimiento, de un mago oriental que nos satisficiese tres deseos. Al no cumplirse nada sobrenatural y ya cansados de la inacción, solíamos orinarnos todos a un tiempo en La Cuchilina borbolleante y tras ello la volcábamos de una patada en las brasas, para volver de inmediato cada mochuelo a su olivo en busca de la riña maternal, surtida con alpargatazos o golpes de caña de escoba, por llegar tan tarde a casa. Nuestros padres no permitían en modo alguno que almacenásemos los tesoros en el hogar; "allí van a coger algo malo cualquier día", repetían como cantilena, pero no encontraban forma de sujetarnos.
Los deshechos de los galenos que recuperábamos en La Basura daban más juego. Se ejecutaba en "El Laboratorio", consistente en una amplia cabaña de paredes y techo de ramajos, con su suelo limpio de hierba, construída en lo más profundo del olivar más inculto y abandonado, al abrigo de la mayor espesura de matorral, cardos y varetones, apoyada en el tronco y brazos de algún añoso aceituno. En semejante lugar hacíamos "Los Experimentos". Para ello una sección de cazadores capturaba salamanquesas y lagartijas, sapos y ranas bastantes; dispuestos en estanterías, mesas y cajas, esperaban a los otrora libres organismos el instrumental —esencialmente jeringas, bisturíes y tijeras— y los materiales —pastillas molidas y aceites, ungüentos y liquidos—, con los cuales serían llevadas a cabo las actuaciones de los pequeños científicos. Retorcíanse boqueando los animalitos con los efectos de la inoculación o ingurgitación de aquellas desconocidas sustancias, emitiendo en ocasiones audibles estertores.
Nada hay nuevo bajo el sol. El autor de estas líneas ha leído hace poco ciertos escritos de un médico del Siglo de Oro que no puede citar por fallo de la memoria, que se congratulaba de que los niños de su pueblo sacaban los ojos a los grajos, porque ello demostraba la curiosidad innata de la humanidad hacia la Naturaleza.
Ya casi nadie recuerda La Era (que identificamos con el dieciochesco Pago del Pino Franco; ver "Las Escaleras III", junio de 2008), o La Basura. Los arrendadores de aquella suerte, en tiempos de mi niñez, fueron los últimos en usar arado del tipo romano, de cuchilla, tirado por mulos. Era maravilloso ver como la brillante hoja curva hendía la roja tierra levantando una suave polvareda al abrir los perfectos surcos, movida por dos mulos enfilados, muy desiguales los animales: el uncido a los varales de la estructura del arado, mucho más potente porque llevaba el peso del esfuerzo, mas el delantero, por no trabajar tanto era el que se ganaba el grueso de los trallazos. Así o con bueyes y con la misma paciencia se ararían en el XVI, y desde luego en el XVIII, las tierras de los Orihuela que luego abonarían los esfuerzos de El Portugués.

No hay comentarios:

Notas varias, 3h.

El historiador alza y engrosa su constructo con base en el esqueleto documental, y lo efectúa un poco —o bastante— para sí mismo, para su c...