domingo, 9 de septiembre de 2012

Los Juanguren y el espadero 41


El Licenciado Guillermo Borgoñón, en nombre de Bernardo de Oliver, ante Su Merced y los Señores Alcaldes del Crimen de la Real Chancillería de Granada, dice que habiendo estado su parte preso en la cárcel de Castilleja, lo han llevado a las casas de sus mismos contrarios1, y no dan lugar a que sea visitado por persona alguna, y aunque hasta ahora no le hubiesen hecho malos tratamientos es probable que, puesto en poder de sus mortales enemigos, lo podrían matar muy fatalmente cada y cuando quisiesen, lo cual no se debe permitir. Por lo que pide y suplica que su parte sea sacado de la casa en que se halla, y puesto en lugar seguro.

1.- En realidad la nueva casa-cárcel fué —como vemos en el capítulo anterior— alquilada por estos mismos "contrarios" (o sea, Pedro Ortiz y Bernardina) a los herederos de Cristóbal de Castro, difunto ya en 1557. Ejerció Cristóbal de albañil y dejó extensa familia. Ver "Los esclavos 75i", entrada de octubre de 2009, y "Los esclavos 75d", entrada de septiembre de dicho año.


Pedro Ortiz dice que se ve en peligro y que no puede tener en su guarda a Bernardo de Oliver. Diego Gonzalez, Alguacil de la Villa, se obliga a guardarlo por las noches, los domingos y las fiestas de guardar, corriendo la guarda de día a cargo del dicho Pedro Ortiz.
Diego debía estar hirviendo de ira e indignación; cuenta Quevedo en "El alguacil endemoniado" que fué a ver a un amigo clérigo en cierta iglesia, y lo encontró en una sala dándole voces a un hombre, alguacil de profesión, del cual decía que estaba endemoniado. Pronto, a instancias de los conjuros del clérigo, oyóse una voz cavernosa desde el interior del guardián del orden, implorando piedad y argumentando de las siguientes maneras:
"... se ha de advertir que los diablos en los alguaciles estamos por fuerza y de mala gana; por lo cual, si queréis acertar, debéis llamarme a mí demonio enaguacilado, y no a éste alguacil endemoniado..."; "... persuádete que el alguacil y nosotros todos somos de una orden, sino que los alguaciles son diablos calzados y nosotros diablos recoletos..."; "... y ten lástima de mí y sácame del cuerpo deste alguacil, que soy demonio de prendas y calidad, y perderé dempués mucho en el infierno por haber estado acá con malas compañías...".
No era Francisco de Quevedo el único hombre de letras que no simpatizaba con las fuerzas del orden público. Lope de Vega los ridiculizó con ahinco. Y se cuenta una anéctoda sobre Alejandro Dumas que, paseando por París, fué abordado por un grupo de señoras emperifolladas y con huchas en las manos; estaban haciendo una colecta para sufragar con dignidad los funerales de un policía pobre recien fallecido, y le solicitaron 25 francos "para el entierro de un alguacil" —le dijeron—, a lo que contestó el autor de Los Tres Mosqueteros: "tomen ustedes 50 y entierren a dos".
Además, el refranero hispano se ha hecho depositario y reflejo de la desconfianza y recelo que producen en el pueblo los guardias; vayan estos dos dichos como ejemplo: "diez ladrones y diez alguaciles, veinte hombres viles", y "si quieres saber quién es Gil, dale la vara de alguacil".
A propósito de sus varas, ya conocemos a lo largo de esta historia de Castilleja cómo para dichos vigilantes suponían emblema de poder, y cómo eran para la población llana casi más temidas como una espada. Quebrarle la vara en el forcejeo de una disputa o riña a uno de estos oficiales de la justicia suponía indefectiblemente hacer mérito a un duro castigo. En sus rondas por las calles de nuestra Villa, Diego Gonzalez o Bartolomé Moreno —por nombrar a los dos últimos de los que hemos documentado hechos— siempre la ostentaban aparatosamente y con no disimulado orgullo, y en las riñas y contiendas las enarbolarban en alto bien visibles, lo que significaba traer a colación toda la autoridad del Conde de Olivares y de su sombra, el propio Rey. De hecho, los vasallos estaban obligados de acudir de inmediato, dejando cualquier ocupación por importante que fuere, al grito de "¡auxilio a la vara de la justicia! o ¡favor a la vara del Rey! proferido por un alguacil en los apuros propios de su cometido. Era muy característico en los díscolos más bravucones intentar arrebatarle al atribulado servidor del orden el símbolo de su autoridad y, conseguido, sujetarlo horizontalmente por los extremos con firmeza con ambas manos, para de un seco rodillazo partirlo en dos, arrojar con desprecio los fragmentos a un lado y, encarándose con el humillado alguacil, espetarle un "¿¡qué!?" como un trallazo.
Por lo poco que conocemos de las varas de las justicias castillejanas, sabemos que eran de madera común y tenían tallados en un extremo el escudo del Estado de Olivares y una cruz cristiana; no tenían ninguna semejanza, toscas y rudimentarias como solían ser, con las lujosas varas de plata que en las ceremonias de los concejos de las comunidades ricas se entregaban a los dignatarios, o con las fastuosas que agitan los jefes de los batallones en los desfiles conmemorativos, o con las refulgentes que portan los  dirigentes cofrades en las hermandades religiosas, pero a efectos prácticos cumplían similares funciones: sobre ellas se juraba en ocasiones urgentes, por ejemplo, poniendo la mano en la cruz
A propósito de "cruz", es el momento de examinar la entrada "vara" en el "Diccionario de símbolos", de Juan-Eduardo Cirlot: "En realidad toda vara es un vector (segmento dotado de dirección, longitud y sentido) siendo estos elementos que lo constituyen, o los símbolos adicionales, si los hay, en su terminación [en nuestro caso, el escudo de Olivares y la cruz son símbolos adicionales] los que refuerzan o determinan el sentido simbólico. La vara, en sí, como el bastón y el cetro, es símbolo de poder. La lanza, el asta pura (lanza sin hierro que se daba como premio en el ejército romano), el signum [sīgnum, señal, signo; marca, impronta, huella], el caduceo, el tirso, el tridente, e incluso la antorcha son formas derivadas de la vara o relacionadas con ella."
Al respecto de la voz "cruz" en el referido Diccionario cita Cirlot al eminente psicoanalista Jung, el que pensaba que "en algunas tradiciones en que aparece la cruz como símbolo del fuego y del sufrimiento existencial, puede deberse a que sus dos maderos se relacionan, en su origen, con los empleados para producir la llama, a los que se considera por los primitivos como masculino y femenino". Nada más claro: el hombre prehistórico para hacer fuego mantenía fijo con una mano un trozo de madera (extático, femenino) mientras que lo frotaba con el otro trozo (el pene dinámico), y así la obtención de la llama equivaldría al orgasmo, a la iluminación, al calor. Nótese como en la imaginería cristiana abundan las superposiciones de los dos maderos cruzados del sacrificio de Jesús —el referido "sufrimiento existencial" de Jung— con un corazón inflamado (¡de amor!), con unos rayos, con un resplandor, etc. Los avispados embaucadores que desde sus púlpitos y sus medios de comunicación pretenden la remodelación de las conciencias según sus propias y patentes neurosis han sido calificados con total acierto como "los asesinos de Eros", el poderoso dios griego, "una de las fuerzas primordiales que dominaban el mundo antes del nacimiento de los inmortales y de la aparición de los hombres. Su poder se extendía no sólo a los seres, sino también a los vegetales, los minerales, los líquidos, los fluidos, en suma a todo lo existente. Eros une, mezcla, agrupa. Posee la atractiva virtud que incita a las cosas a unirse y a crear vida. No hay que confundirlo con Cupido, dios romano, o bien con el Amor, a pesar de que la época clásica y los poetas lo convirtieran en un auxiliar del Amor, en un hijo de Hermes y de Afrodita, o los artistas lo representaran como un niño alado que atraviesa con sus flechas el corazón de los hombres o enciende en sus almas el fuego de la pasión". (Del Diccionario de mitología griega y romana. Joël Schmidt. Larousse, 1993).
Y en este punto convendría cerrar la divagación volviendo al quevedesco alguacil endemoniado en las feroces manos del clerigo exhorcista, que en el fondo, y sátiras aparte, retrata una flagrante castración espiritual. Es muy realista imaginarse a nuestros alguaciles en la intimidad del hogar al abrigo de ojos inquisitoriales bromear con sus esposas levantándoles los faldellines con la vara —endemoniados, diría don Rodrigo de Cieza, cura de la iglesia de Santiago—, mas ya lo expresó con rotundidad el historiador romano Salustio (Amiternum 1 de octubre de 86 a.C. - Roma 13 de mayo de 34 a.C.): "el mundo es un objeto simbólico".

También dijo: "Difícil es templar en el poder a los que por ambición simularon ser honrados". Lo que es aplicable a Rodrigo de Cieza y a sus secuaces que han sido, son y serán.

martes, 4 de septiembre de 2012

Los Juanguren y el espadero 40


Pedro Ortiz de Juanguren, representante de la viuda Bernardina de Sagredo, —homónima del agresor de su marido—, alega que los testigos del capítulo anterior le tienen mala voluntad, y que declararon apasionadamente e incurrieron en falso testimonio.

De esta siguiente anotación en los autos, abstrusa y plagada de palabras ilegibles, no podemos deducir si Simón de Valencia estaba también preso y por consiguiente en compañía de Bernardo de Oliver, —a no ser que su arresto fuera domiciliario—, o si estaba constituído por depositario de los bienes del espadero. O si en cambio lo era Miguel de las Casas.

En lunes 30 de enero de 1559, ante Miguel de las Casas, el depositario de los bienes del preso, Simón de Valencia, entregó a Benito Macías, ... Ana de Valladares ... ... . Testigos, Hernando Jayán, vecino de Sevilla y morador en esta Villa, y Salvador Perez, escribiente.

Mas en ningún caso en los pormenorizados documentos que siguen, referidos a la prisión de Bernardo durante varios meses, se hace referencia a Simón.

Seguidamente nos encontramos con una sentencia que revoca otra anterior de menor autoridad; de esta última no hay rastro documental.

Sentencia:  Hallo que Pedro Sanchez [Vanegas], Alcalde Ordinario que de este pleito ... , que la sentencia que en él dió juzgó mal, revoco su sentencia y haciendo justicia por la culpa que por este proceso resulta contra el dicho Bernardo de Oliver, que lo debo de condenar y condeno a que de la cárcel donde está sea sacado caballero en una bestia de albarda, pies y manos atados, desnudo hasta la cinta, con voz de pregonero que manifieste su delito, y por las calles acostumbradas de esta Villa le sean dados doscientos azotes, ... le condeno a destierro de esta Villa y su término perpetuamente, el que dicho destierro salga a cumplir luego que fuese suelto de la cárcel, y no lo quebrante so pena de cumplir diez años sirviendo en las galeras de Su Majestad, por galeote al remo sin sueldo, y en las costas de este proceso, la tasación de las cuales en mí reservo, y juzgado así, lo promulgo. El Licenciado Diego de General.

El martes 4 de abril de 1559, por mano de Miguel de las Casas, le fue notificada la anterior sentencia a Bernardo de Oliver, en la Cárcel Pública de Castilleja de la Cuesta.

Sentencia firmada por un licenciado, pero que debió ser dictada por el Alcalde Mayor, hombre inflexible del que ya sabemos que sin ninguna misericordia mandó clavar la mano de Vasco Díaz en el rollo de la Plaza. Pero esta sentencia de azotes a Oliver no se ejecutó de ninguna manera, porque como comprobamos de inmediato, un mes después el maestro de hacer espadas seguía detenido en la casa-cárcel del Alguacil Diego Gonzalez, si bien tan extraordinariamente supervisado que es el mismo Alcalde Mayor quien inspecciona el cepo, los grillos y la cadena que lo inmovilizan.

En la Villa de Castilleja de la Cuesta en martes 16 de mayo de 1559, Diego Lopez de Herrera, Alcalde Mayor de esta dicha Villa, visitando la Cárcel de ella visitó las prisiones del dicho Bernardo de Oliver, que está preso ... , que tenía puestos dos grillos cada uno en su pie, y sus chavetas remachadas en ambos pies, y un cepo y una cadena pasada por ambos peales de los dichos grillos y metida por un agujero, y al cabo de ella echado un candado con su llave dentro del aposento de Diego Gonzalez, Alguacil, al cual le ... que tenga preso en las dichas prisiones como ahora está, sin soltarle de ninguna de ellas ... y tenga muy buen ... y recaudo permanezca ... el que el dicho preso esté seguro en la dicha prisión so pena de 20.000 ... a la Cámara de Su Majestad, del que mi señor de ... de las penas que caen los alguaciles y carceleros que ... los presos de los jueces y se van por su ... guarda ... ; el cual dijo que era trabajador y no tiene bienes de que sustentar él y su mujer ... de los jornales que gana por su persona y que ... la de ir ahora a segar, que pide y suplica a Su Merced y si es necesario ... acatamiento ... obligadamente a Pedro Ortiz en su persona, que asiste en nombre de la mujer e hijos de Diego Ortiz, difunto, a acusar al dicho Bernardo de Oliver, que le pague sus jornales, y que está presto, de pagándoselos, de guardarle cumplidamente y que le pongan personas que lo guarden. Pidió y suplicó ante Juan ... , Juan Sanchez Delgado y Bartolome de Alfaro, vecinos de Sevilla, y Juan Vega, vecino de esta Villa.

Por el final reconocemos el lugar común de los míseros alguaciles del pueblo, sin sueldo para suplir la falta de ingresos que su obligatoria ocupación les imponía. En este caso Diego Gonzalez sugiere que sea la acusación quien le pague un sueldo, lo que indica que no tenía ni remotas esperanzas de que se lo pagara la administración de la Villa. Acto seguido la parte de Bernardina se niega rotundamente a ello, aseverando que los gastos han de correr a costa de la Justicia, o ¡del propio preso! Adivinamos en este asunto un a modo de preludio de la amenaza que en nuestro siglo se cierne sobre la gestión de las instituciones penitenciarias: su privatización, su venta a empresas particulares, que conlleva a convertirlas en puro negocio.

Pedro Ortiz, ... en el pleito con Bernardo de Oliver, maestro de hacer espadas ... , en cuanto el auto es contra mis menores ... el Alguacil es obligado a guardarlo de día y de noche, y si es pobre han de poner en el dicho oficio persona suficiente y rica ... y esto no ha de ser a costa de mis partes, sino a costa del preso o de la Justicia. Por tanto pido a Vuestra Merced anule o revoque lo que tiene proveído. Firma el Doctor Gonzalo de Zúñiga1

1.- Gonzalo de Zúñiga se comprometió a editar en Madrid los libros de la historia del Perú en poder de don Rodrigo de Cieza; ver "Rodrigo de Cieza 17", enero de 2009.

Por fin el Alcalde Mayor obliga a Pedro Ortiz a hacerse cargo del preso.

En Castilleja de la Cuesta en sábado 26 de mayo de 1559, ante el señor Hernando Jayán, Alcalde Ordinario, y Miguel de las Casas, compareció Pedro Ortiz, al cual se le presentó un escrito de mandamiento del señor Diego Lopez de Herrera, Alcalde Mayor de esta Villa. 
Por dicho escrito Hernando Jayán ordena a Pedro Ortiz que busque una casa lo suficientemente adecuada como para que pueda estar seguro el preso, ordenándole además que corra con los gastos de alquiler de dicha casa, y con los salarios de las personas encargadas de vigilar al maestro espadero. Pedro, como hemos visto, se resiste, pero tras ser instado dos veces por el Alcalde Mayor, se ve obligado a presentar casa habilitada como prisión, que resulta ser la de los herederos del difunto Cristóbal de Castro. El ¿28? de mayo es trasladado Bernardo de Oliver a la nueva cárcel, cargado con todas sus prisiones y a costa y riesgo de Pedro Ortiz, que aparentaba sentirse en extremo agraviado. El traslado, efectuado con la máxima teatralidad, tuvo lugar entre tan extremas como innecesarias medidas de seguridad, con Hernardo Jayán acompañado de mucha gente del pueblo, escribano y escribiente, Alcalde Mayor y una docena de chiquillos silenciosos y asombrados ante tamaño espectáculo.

El Alcalde Mayor le echó los pies ambos y un cepo y con sus peales a los pies y con dos cadenas ... dos peales con sus chavetas por el cepo y por un agujero de una pared y con un cadenado (sic) con su llave a ambas cadenas, y dos grillos a cada pie su grillo, y no se le echaron más prisiones porque el Alguacil de esta Villa no tiene otras, habiéndole echado todas las dichas prisiones. Mandó el señor Alcalde a Isabel Garcia, mujer de Diego Gonzalez , que tenga las llaves en su poder como se las tenía, hasta que el señor Alcalde Mayor mandara otra cosa, y mandó a Pedro Ortiz que ni él, ni su mujer, ni ningún pariente del difunto Diego Ortiz vivan en dicha casa1. Y así, Pedro se da por entregado del preso, firmando la escritura de recibimiento ante los testigos Salvador Perez, Diego de Vega, Pedro Sanchez Vanegas, Bartolome ... y Juan de Vega.
Luego, el dicho escribano y el Alcalde, asistidos por una mujer llamada Catalina Lopez, le cataron al preso las ropas de su cuerpo y un calzoncillo muy viejo que tenía2, para ver si tenía alguna otra cosa, y no le hallaron nada. 

1.- Para evitar situaciones que favorecieran la venganza y el tomarse la justicia por su mano. Recordemos cómo el viejo Diego Ortiz de Juanguren vapuleó al zorzalero Haldón estando ya sujeto al cepo. Con el mandamiento parece apuntarse directamente a la viuda Bernardina de Sagredo, cuyo trauma debía potenciarse con el embarazo que soportaba, un futuro hijo que era recuerdo constante de su difunto marido.

2.- Era prenda interior, propicia para ocultar objetos si se le cosía un bolsillo falso, por ejemplo. De los calzoncillos nos dice el Diccionario de Autoridades que "Son los calzónes de lienzo anchos, que se trahen debaxo de los otros calzónes: no porque sean menores, sino porque no tiene entretelas, ni otra cosa mas que las costúras. Del latín Intima femoralia" (Intima: las partes interiores, íntimo, recóndito, que está en el fondo, y femoralia: fémur, hueso del muslo).
Por esta fuente sabemos que en 1680 costaba lavar cada par de calzoncillos 6 maravedíes; en la cata a los calzoncillos de Bernardo de Oliver no se encontró nada, excepto lo usual en aquellos tiempos: parásitos abundantes y todo tipo de gérmenes.
Los calzones mencionados en el Diccionario son confundidos muchas veces con los zaragüeyes, porque ambas prendas eran usadas por las clases más desfavorecidas, esclavos incluidos. Sobre los calzones, derivado de "calza" y vestidos encima de nuestro calzoncillo, nos ilustra la profesora Carmen Bernis en "Indumentaria española en tiempos de Carlos V", Madrid, 1962: "... eran de hechura mucho más sencilla [que las calzas], pues ni se amoldaban a la forma de las piernas ni se complicaban con cuchilladas y forros. Por ser prenda de menos categoría que las calzas, aparece en los textos formando parte del traje de pastores, labradores, marineros, etc. Había calzones largos parecidos a los pantalones actuales y calzones cortos hasta la rodilla. Según inventarios diversos, los calzones se hacían de paño, de grana, de cuero, de estameña y de lienzo.

Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...