jueves, 23 de mayo de 2013

Un Señor sin cabeza (y dos).


Los Mariníes, bereberes del grupo Zanata (o Cenete, de donde viene jinete), gobernaron el oeste del Magreb entre los siglos XIII (1195) y XV (1468). Abundan documentos en archivos italianos, aragoneses y franceses que los describen, y el mismo Ibn Jaldún elaboró sus genealogías tribales. Eran pastores nómadas, y dieron su nombre a un tipo de lana (merina*) que producían y que exportaron a Europa por mediación de mercaderes genoveses en el siglo XIV. Cuando el imperio almohade se desintegró lo sustituyeron. Se les podría catalogar como "musulmanes nuevos" porque se convirtieron al Islam tardíamente. Muy dinámicos en lo que a militarismo se refiere, se nutrieron de jinetes árabes y de peones arqueros andalusíes, y se adueñaron del Mediterráneo occidental incluyendo enclaves del sur peninsular, a la vez que los castellanos pretendían extender la Reconquista hacia el norte africano, en parte para crear una zona de seguridad frente a la amenaza árabe, en parte por puro afán imperialista. Sus soberanos dispusieron de un ejército constituido también por kurdos, negros y cristianos reclutados en Aragón, Castilla y Portugal, que recibían entre cinco y cincuenta dinares de oro al mes como salario; esta variada composición de sus fuerzas armadas debió influir en los conflictos internos que llevaron a su decadencia y desaparición.
Conocieron gran prosperidad, no desconectada del crecimiento del reino de Mali y el desarrollo del mercado del oro a través del Sáhara en el siglo XIV. Con los Mariníes se difundió el sufismo, adquiriendo una forma particular magrebí que degeneró en el morabitismo; y las ciencias históricas experimentaron un extraordinario desarrollo.
Los granadinos, acosados ya por por ejércitos del norte de la Península, les solicitaron socorro, que obtuvieron en muy variadas formas y ocasiones. Aunque cuando por desavenencias circunstanciales con los Emires de Granada los Benimerines les intentaban tomar por las armas alguna ciudad, aquellos, estableciendo alianzas contra natura, recurrían a ayuda cristiana , lo cual da idea de la complejidad de la situación. La batalla del Salado en 1340 marcó el fin de las intervenciones de los mariníes en territorio peninsular, que en ocasiones habían llegado hasta las mismas puertas de Sevilla.
Es en este contexto y año donde se sitúa la muerte de Alfonso Jofre Tenorio, crónico y tenaz entorpecedor de las mencionadas alianzas entre mariníes y granadinos, en una batalla naval en aguas del Estrecho en abril de dicho 1340 que dejó viuda a Elvira y viuda también —en cierta forma—, a lo que quiera que fuese Castilleja de la Cuesta durante aquellos años: "... fue a pelear con la armada de los moros, que eran doscientas velas; los cuales desbarataron la armada de España, mataron al Almirante que había peleado como buen caballero, y cortáronle la cabeza, y enviáronla a Ceuta al Rey Alboaçen [el rey Albohacen de Marruecos, o sea, Abú Hasan], y echaron el cuerpo en el mar, y tomaron los moros veinte galeras de los cristianos ... ". (Documentos).



* Merina. Aunque la Real Academia de la Lengua hace proceder el término del latín maiorīnus, perteneciente al o a lo mayor, en la Encyclopaedia of Islam, de Brill, se expone la referida etimología con origen en los Benimerines. También en Wikipedia (en inglés), que cita a Joan Corominas: The two proposed origins for the Spanish word merino are: It may be an adaptation to the sheep of the name of a Leonese official inspector (merino) over a merindad, who may have also inspected sheep pastures. This word is from the medieval Latin maiorinus, a steward or head official of a village, from maior, meaning "greater". It also may be from the name of a Berber tribe, the Marini (or in Castilian, Benimerines), which intervened in the Iberian peninsula during the 12th and 13th centuries.

De esta manera, de la misma forma que las aguas y las playas andaluzas recogen hoy en día los restos de los pobrecitos inmigrantes, así aconteció con los marinos de Alfonso Jofre y con él mismo. La diferencia estriba en que los de los subsaharianos de hoy están revestidos de dignidad y son muertos más respetables, porque en vez de buscar guerras y trapisondas para efectuar rapiñas, buscaban por medio del trabajo honrado el sustento para aliviar la miseria de los suyos. "Los mismos informes confirmarían también que hasta el propio hijo del almirante Alfonso Jufre se habría retirado de la contienda", dice en la nota 714 de la página 253 de La intervención de los Benimerines en la Península Ibérica, CSIC, 1992, el profesor Miguel Ángel Manzano Rodríguez, citando a las actas de los Procesos de las Antiguas Cortes y Parlamentos de Cataluña, Aragón y Valencia, VII, 110 y 111, que a su vez cita R. Thoden en Abu l-Hasan `Ali, Merinidenpolitik zwischen Nordafrika und Spanien in den Jahren 710-752 H./1310-1351, Friburgo en Bresgovia, 1973, pág. 214, nota 1. Con el gracejo que caracteriza y caracterizó a los sevillanos, no tendría precio saber lo que se dijo entonces en los corrillos ciudadanos sobre "la espantá" de este joven almirantillo que cuando se percató de que las velas que aparecían en el horizonte marino multiplicaban por mucho a las de la flota de su padre no lo pensó dos veces. En efecto, las fuerzas mariníes superaban con creces a las cristianas, a pesar de las idas y venidas del Señor de Castilleja ante el rey Alfonso XI, estante entonces en Sevilla, para conseguir más barcos. Y es que al mismo rey le era imposible tal cosa, porque los problemas internos de los aliados del monarca o enrevesadas estrategias interestatales impedían que recibiese la más mínima ayuda. Sabida esta circunstancia por Abu Hasan, aprovechó para transportar tropas magrebíes a Gibraltar, determinado a recuperar Al-Andalus, cosa que nuestro Almirante como policía del Estrecho, —y policía mal equipado, todo hay que decirlo—, tenía encomendado obstaculizar.
Sobre Abu Hasan, es muy interesante la lectura de El Musnad, escrito por Ibn Marzuq y traducido al castellano por María J. Viguera, Instituto Hispano-Arabe de Cultura, Madrid, 1977.

Para terminar, hagámonos eco de la genealogía propuesta por Sanchez Saus, quien emparenta a nuestro descabezado Almirante con Rodrigo Alonso. Antes y a modo de recordatorio repasemos la de este, que como es sabido recibió Castilleja de la Cuesta como premio de manos del rey su padre inmediatamente después de la toma de Sevilla, siendo por ello el primer Señor de nuestro pueblo.
El Nobiliario de Pedro Conde de Barcelos nombra a "D. Rodrigo Alonso, D. Aldonça Alonso, D. Teresa Alonso" como los hijos del rey Alfonso IX y de "D. Aldonça Martinez de Silva".  Señor de Aliger y de Castro del Río.  Adelantado Mayor de la frontera de Andalucía.  Gobernador de Zamora también en 1249.  Después de la conquista de Sevilla recibió Castilleja de Talavaca (sic) en Andalucía en 1249*. Casado con Inés Rodríguez de Cabrera, hija de Rodrigo Fernández de Cabrera “el Feo de Valdorna”, Señor de Cabrera y Ribera, y de su esposa Sancha Ramírez Froilaz.
En 1266 se encuentra a Rodrigo Alonso documentado por última vez en relación con Baena, aunque su vida se prolongó por lo menos dos años más. Ver M. González Jiménez, Edit. Diplomatario andaluz de Alfonso X, 332 y 385, docs. de 1266.03.20, Sevilla, y 1268.11.18, Córdoba, respectivamente.

*  Szabolcs de Vajay. "From Alfonso VIII to Alfonso X". En: Studies in Genealogy and Family History in Tribute to Charles Evans on the Occasion of his Eightieth Birthday. 366-417, 1989.

Veamos esa anunciada genealogía, con la que comprobaremos como "el pastel" se repartía dentro del mismo clan.
LINAJES SEVILLANOS MEDIEVALES. Rafael Sánchez Saus: Rodrigo Alonso, hijo del rey Alfonso IX de León y de Aldonza Martínez de Silva. Su hermano, Pedro Alonso, maestre de Santiago y muerto en 1226; un hijo de éste, llamado Diego Alonso, se casó con una hija (de nombre desconocido) de Ruy Tenorio.
Según Carolina Michäelis de Vasconcellos, citada por A. Ballesteros Baretta en "Alfonso X el Sabio", Barcelona, 1963, pág. 814, dice que quien casó con la hija de Ruy Tenorio fue Rodrigo Alonso o Pedro Alonso, tío y padre respectivamente de Diego Alonso, y que de uno de ellos proceden directamente los Tenorio.
Siguiendo a Sánchez Saus, Pedro Ruiz Tenorio, hijo de Diego Alonso, tuvo en su matrimonio, entre otros, a Gonzalo Pérez Tenorio, el cual engendró a Diego Alonso Tenorio, quien, casado con Aldonza Jofre de Loaysa ( hija de uno de los primeros pobladores de Sevilla, Jofre de Loaysa, poseedor de un importante repartimiento que luego pasó a su nieto —nuestro Almirante—), engendró al dicho Almirante cuya esposa Elvira Álvarez recibió Castilleja de la Cuesta en donación de la Orden de Santiago.
Dice también Sánchez Saus de Elvira Álvarez o Sánchez Velasco, también llamada doña Elvira de Ayala, señora de Alhendín y Bobadilla, hija de Sancho Sánchez de Velasco, adelantado de Castilla, y de doña Sancha García, que en 1334, a 5 de noviembre, esta señora arrendó a la Orden de Santiago los lugares de Villanueva del Ariscal y Castilleja de la Cuesta, incluida la potestad jurisdiccional, con la condición de que fuesen poblados. Sus fuentes respecto a la dueña de Castilleja son igualmente F. Pérez Embid, "El almirantazdo de Castilla hasta las capitulaciones de Santa Fe", Sevilla, 1944, pág. 115; y L. Salazar y Castro, "Historia genealógica de la casa de Silva", Madrid, 1685, primer volumen, pág. 184 (ASCENDENCIA DE DOÑA VRRACA TENORIO. TABLA GENEALOGICA. 1º.- El Rey Don Alonso IX de Leon, y Doña ALDONZA MARTINEZ DE SILVA).

Hay que añadir que al Almirante se le otorgó el señorío de Moguer, donde fundó un monasterio en el que está enterrado, junto a doña Elvira y a otros familiares. Es inexplicable como se recuperó el cuerpo decapitado, y si la cabeza fué devuelta por Abú Hasan, existiendo gran cantidad de versiones al respecto. Y añadir también que Alfonso Jofre Tenorio tuvo cinco hijos con doña Elvira. Uno de ellos, llamado Juan Jofre Tenorio Álvarez de Toledo fué comendador de la Orden de Santiago en el castillo de Estepa desde 1336 hasta 1340, el año de la muerte de su padre. Y el primogénito fué don Juan Tenorio, halconero y repostero del rey Pedro I el Cruel, entre otros títulos. El catedrático de Literatura de la Universidad de Harvad Francisco Márquez Villanueva afirma que “el personaje teatral de don Juan Tenorio que presenta Tirso de Molina en su obra El Burlador de Sevilla, y que se recoge más tarde en toda la literatura hispánica donjuanesca, está basado en el personaje histórico Juan Jofré Tenorio Álvarez de Toledo, comendador santiaguista de Estepa.

lunes, 20 de mayo de 2013

Un Señor sin cabeza (uno).


Por desgracia he extraviado las referencias concretas de cierto artículo escrito por determinada profesora, única investigadora —que a mi noticia haya llegado—, en haber reparado en una frase de media docena de palabras que, oculta a los demás ojos, completa, ilumina y redondea los años más desdibujados de la historia de Castilleja, como fueron los inmediatamente posteriores a la Reconquista desde que cayera Sevilla en 1248 hasta que el área lograra una población medianamente estable, si exceptuamos en dicho desdibujamiento los siglos árabes, de los que no conocemos prácticamente nada. Ya era público y de todos conocido que Castalla Talaçana, con la entidad urbana que tuviese, fué dada en 1334  por su propietaria entonces la Orden de Santiago a doña Elvira en encomienda de por vida, ella a la sazón esposa del Almirante Alfonso Jufre (o Jofre) Tenorio. El documento de donación, emitido en Burgos el día 5 de noviembre de dicho año, ha sido transcrito, entre otros, por Manuel González Jiménez, quien lo dió a la luz en "La repoblación de la zona de Sevilla durante el siglo XIV", Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. 3ª edición, 2001, pág. 126. Veámos de este documento el párrafo que nos interesa, amén de una línea al final, que también nos ayudará para restar sombras de la biografía de una mujer, doña Elvira, que las historias de nuestra Villa han mantenido desde siempre en el anonimato.

"Sepan quantos esta carta vieren como yo doña Elbira, muger de don Alfonso Jufre Tenorio, almirante mayor de la mar por el rey, por bien e ayuda que vos don Basco Rodrigues, maestre de la horden de la cauallería de Santiago, amo e mayordomo del ynfante don Pedro, fijo primero heredero del rey don Alfonso, me fazedes en que me dades para en todos los días de la mi vida los vuestros lugares de Villanueva y Castilleja, que son en el Axarafe, cerca de Sebilla, con todos los pechos e derechos e diezmos que vos e la dicha Horden y avedes, según los agora tiene el dicho mi marido de vuestra Horden, otorgo e conosco que yo que pueble los vasallos de los dichos lugares y que les non desafuere, e que de los dichos pechos derechos e diezmos que de los dichos lugares oviere, que dé al prior de San Marcos de León de cada año el diezmo que oviere de aver bien e cunplidamente ... ".

"Y desto son testigos rogados Fernán Sanches de Ylasta, hermano de la dicha doña Eluira, e Gongalo (sic) Ruys, hijo de don Gil ... ".

De esta forma aparece patentemente claro que el Almirante poseyó Castilleja en el periodo inmediatamente anterior al año 1334. Pero además se documenta a este Fernán Sánches, su cuñado.

(En las imagenes, el Almirante, forrado de chapa, y botellón santiaguista en la Plaza de Castilleja).























Es lugar común y archisabido que los Matamoros fueron incapaces no ya de hacer productivos sino incluso de mantener transitables la mayoría de los bienes rústicos que la realeza castellana les otorgó como premio a su colaboración en la empresa guerrera. Así los de la cruz roja —símbolo de la resistencia cristiana frente al Islam— fuéronse cargando de tantas deudas que se vieron en la necesidad de donar dichos bienes a personas con mayor creatividad y espíritu edificativo, o con más instinto empresarial, si se quiere. Con el Almirante Jufre Tenorio no hicieron, al parecer, un buen negocio, puesto que bajo su gestión tampoco el lugar levantó cabeza, convertido desde la guerra en poco menos que una selva plagada de alimañas que inesperadamente cruzaban el descuidado camino bordeado de espeso matorral que conducía desde la Vega al interior de la meseta, uno de cuyos tramos se transformaría después en la Calle Real.

Tienen los hombre de armas, como si se tratara de un lastre genético, una imposibilidad hacia el trabajo que les caracteriza en toda nación y tiempo. Parece que hay una raza de personas que no solamente han nacido para destruir y arrasar sin mayor remordimiento de conciencia o alteración fisiológica, sino también y complementariamente, incompetentes para manejar con método un azadón, pongo por caso. La Orden de Santiago entonces constituye uno de los mejores ejemplos de lo antedicho, y Jufre Tenorio sin ser caballero de ella no le iba a la zaga. Preferían en todo caso pasear como pavos embuchados por la calle de Las Sierpes antes que sudar la gota gorda en los baldíos aljarafeños. Hoy se me viene a las mientes un caso de actualidad que, mutatis mutandi, refrenda letra por letra lo que escribo, y es el de la finca Las Turquillas, propiedad del Ejército español, improductiva y a la espera del especulador de turno, mientras los campesinos del Sindicato Andaluz de Trabajadores padecen el paro y los jerifaltes uniformados huelgan en los casinos hispalenses tonteando con sus telefonillos.

(En la imagen, otro al que no agradaban los hediondos braceros marinaleños).

Una alianza mortífera surge en los sistemas capitalistas entre militares y empresarios por definición, alianza que cementan los eclesiásticos y cuyo resultado es el brote del rancio nacionalismo con ínfulas imperialistas de todos conocido. Nótese el trasfondo de ello, que es ni más ni menos que la fobia hacia cualquier tipo de labor manual. Empresario absentista y señorito del centralismo fué Alfonso Jufre Tenorio desde la óptica de nuestro siglo, con el inri añadido de su estatus de guerrero, como hoy pueda serlo cualquier títere de la OTAN y de su otra cara, el complejo militar-industrial; y sin más complicaciones podemos intercambiar Las Turquillas por Castalla Talaçadar. Los libros de la historia oficial del siglo XXI, como si lo viera, dirán que el Ejército español sufrió por no encontrar colonos para sus tierras.
La tabla de salvación para todos que supuso, o supusieron que supondría, doña Elvira tenía fundamentos no en las indemostradas capacidades de ella, sino en los demostrados defectos de su marido y de los caballeros del Apóstol que acabamos de aludir.
Arguyen los ideólogos cuarteleros de todo el mundo un cansino y monótono tema ridiculizando a los movimientos pacifistas, cuando no señalándolos en un alarde de cinismo, como la verdadera causa de la desorganización de la humanidad y por ende, de las catástrofes bélicas, sobre todo por lo que tienen de laboriosos y constructivos. Para los de la lógica con el dedo en el gatillo, después de haber creado el fantasma de la patria a medida, todo aquel que no esgrima una pistola con la suficiente firmeza es un utópico despreciable. Se sienten elegidos como por la gracia divina para imponer siempre por medios violentos un patronazgo administrativo sobre la, según quieren imaginar, desorientada y caótica clase trabajadora, y a todo lo cual lo denominan "virtud castrense". No aceptan sentarse a negociar, ni permiten que otros lo hagan porque un entendimiento entre los pueblos del mundo no perjudique sus intereses y les arrastre al deleznable quehacer comunal. Intrigantes maquiavélicos, obsesos del vivir de los demás, se van perpetuando siglo tras siglo dejando un lorquiano "rastro de sangre y de lágrimas". ¿Habéis visto a algún militar en los innumerables foros antibelicistas que se organizan a diario en todos los países? Son incapaces de razonar en este sentido, a pesar de que el pacifismo es la única salida hacia el progreso y el bienestar de la humanidad.

Como no podía ser menos, el Señor de Castilleja Almirante Alfonso Jufre Tenorio fué un personaje controvertido, pero antes de referir algunas de sus "hazañas", expondré rasgos de la biografía de su mujer, como había adelantado. En El almirantazgo de Castilla hasta las capitulaciones de Santa Fé, editado por el CSIC, Florentino Pérez Embid citaba al historiador de la comarca ribereña del Tinto-Odiel Angel Ortega, O.F.M., quien en La Rábida, Historia documental y crítica, escribió: [El Almirante] estaba casado con doña Elvira Sánchez de Velasco y García, rica hembra castellana, dotada de no menos carácter, nobleza y bienes de fortuna [que su marido], señora de Alhendín y Bobadilla, hija de D. Sancho Sánchez de Velasco, adelantado de Castilla, y doña Sancha García, de la primera nobleza castellana; de cuyo matrimonio tuvo varios hijos, en quienes el rey D. Pedro I, que les había sido afecto, descargó luego su justicia o su crueldad: don García Jofre Tenorio, mayorazgo, Alguacil mayor de Sevilla, degollado, a raíz de la batalla de Nájera, 1367; doña Teresa Jofre, mujer de Alvar Díaz de Mendoza, confiscada su casa, la solariega de los Tenorio, "porque habían hablado mal del Señor rey", y cedida a las monjas de San Leandro para edificio de su monasterio, 19 de enero de 1369; doña Urraca, mujer de Arias Gómez de Silva; doña María, que casó con don Martín Fernández Portocarrero, en cuya descendencia quedó vinculado el señorío moguereño.

Otra noticia sobre doña Elvira la encontramos aquí: Silueta del Almirante de Castilla don Alfonso Jofre de Tenorio, por don Manuel de Saralegui y Medina. Madrid. Imprenta de los Hijos de M. G. Hernández, [1910?]; se lee en la pág. 42, nota 1:
Dice Salazar en los "Papeles" de su colección, que la esposa de nuestro protagonista se llamó doña Elvira Álvarez, y que se ignora su linaje; pero en una nota marginal del mismo escrito y tomado tal vez de unos curiosos documentos procedentes del que fué intendente de Marina, D. Juan de Enríquez, rectifica y dice que aquella señora se llamó doña Elvira Sánchez de Velasco, señora de Albendín e hija de Sancho Sánchez, señor de Albendín, Medina de Pomar y otras villas, y de doña Sancha, Aya y Camarera mayor de la reina doña Leonor de Aragón.
Y en la pág. 43, nota 2: Es notable la gravedad con que muchos escritores modernos citan a esta señora llamándola a secas doña Elvira, como si otra cosa no fuera necesaria por tratarse de persona harto conocida, cuando lo que realmente se conoce a las leguas es que ellos han limitado sus averiguaciones a la copia del texto de Garibay*, o de algún autor por el estilo.

*Se refiere a Esteban de Garibay (manuscrito, Antigüedad de los Almirantes de Castilla). Vemos además que la oscuridad y lo escueto del tratamiento a la Señora de Castilleja en las historias actuales de nuestro pueblo tienen un claro origen.

Nos dice Ortiz de Zúñiga que doña Elvira fué albacea de Alvaro Pelagio, escritor de su tiempo, hombre con muchos puntos en común, vínculos y afinidades con la familia de estos Señores de nuestra Villa.

domingo, 5 de mayo de 2013

El jurado (parte segunda)



El sábado día 26 de mayo, estando en Sevilla, Rodrigo de Cieza da poder al escribano Hernando de las Cuevas para que actúe como su partidor, ante los testigos Sebastián González y Hernando de Castañeda, y en dicho día el señor Teniente manda hacer la partición de los bienes. El lunes 28 nuestro escribano jura que hará bien y honestamente su encargo. Por otra parte Rodrigo de Cieza como patrón de la Capellanía apodera a Francisco González, vecino de Sevilla en la collación de San Vicente, para parecer ante el Teniente y pedir la partición entre el Jurado y su difunta mujer, y para nombrar partidor y hacer los autos y requerimientos necesarios al caso. Lo otorgó el cura en su casa en el Señorío castillejano el sábado 26 ante los testigos Sebastián González y Hernando de Castañeda, siendo el escribano Hernando de las Cuevas.

En Sevilla el lunes 28 de mayo de 1582, estando ante el Teniente de Asistente, los partidores Alonso de Ávila y Hernando de las Cuevas dijeron haber visto toda la documentación referida al asunto, y haber visitado todas las casas y viñas, e hicieron cargo a Diego de Molina de las siguientes cantidades:

- 18 reales de la hechura de dos retablos de imágenes de Nuestra Señora.
- 18.752 maravedíes de la plata y hechura de una fuente de plata, inventariada, que se vendió por bienes del matrimonio.
- 7.500 maravedíes de un cubilete, una taza y medio salero de plata, inventariados, que se vendieron por bienes del matrimonio.
- 127.500 maravedíes del vino que mencionó doña Isabel en su testamento, aunque el Jurado dice que lo vendió por menos al estar dañado, y dichos terceros no lo han podido averiguar.
- 75.000 maravedíes del esquilmo de aceitunas de los olivares de Pilas al morir doña Isabel, vendido por el Jurado en el año 1577.
- 9.690 maravedíes de la venta de un collarico, dos zarcillos, unas cuentas de oro, unos collares con diez extremos de oro y dos anillos de oro, el uno de perla y el otro chiquito, que todo pesó 17 pesos y 6 tomines.
- 44 reales de dos colchones llenos de lana que se vendieron.
- 9 reales de dos almohadas.
- Y saya de doña Isabel, basquiña, copa de cobre, diversas ropas y paños, arcas, sillas, un escritorio viejo y quebrado, cacharros de hierro y de barro, cucharas de plata y otros objetos, todo ello vendido por el Jurado.

Descargos:

- 64.000 maravedíes que pagó a Bartolomé de Jerez, vecino de Sevilla, según escritura ante Andrés de Toledo, escribano de Sevilla, en 1577, por concierto que con él se hizo de la fianza que él y doña Gregoria de Molina su hija habían hecho siendo viva, y Bartolomé, en favor de su yerno Francisco Baço**, de pagar a Juan Domingo de Tudela 124.410 maravedíes, por una obligación hecha ante Francisco de Soto, escribano de Sevilla, en 1574.
- 88.000 maravedíes que pagó a Francisca de la Peña, candelera, vecina de Sevilla, en nombre y como heredera de Catalina Martín "la Cabrona", viuda, difunta, vecina que fué de Castilleja de la Cuesta, por el principal de 35.000 maravedíes de un tributo que tenía sobre unas viñas suyas llamadas Las Frailas que el Jurado tiene en Castilleja de la Cuesta, en los cuales maravedíes fué condenado Diego de Molina por sentencia de la Audiencia Real de Sevilla, en razón de lo cual se obligó a pagar ante Diego Gabriel, escribano público de Sevilla, el 14 de mayo de 1578.
— 48.552 maravedíes que pagó a Hernando Beltrán, vecino de Sevilla, de resto del vino que le había vendido en 1574, y por no entregárselo fué condenado el dicho Jurado.
- 74.650 maravedíes que pagó a Andrés Serrano de Tapia, vecino de Segovia, por escritura que pasó el 14 de octubre de 1574 ante Juan de Portes, escribano de Sevilla.
- 4.148 maravedíes que pagó a Fernando Álvarez, cobrador del Santo Oficio de la Inquisición de Sevilla, que se le debía de cinco años del corrido del tributo de la viña que el Jurado tiene en esta Villa de Castilleja.
- 3.752 maravedíes que pagó a Diego Flores, vecino de Sevilla, cesionario de Giraldo, de resto que le quedó debiendo al morir doña Isabel, por obligación ante Francisco de Vera, escribano de Sevilla, el 20 de agosto de 1571.
- Gastos del funeral de doña Isabel.
- 66 reales que pagó a Cristóbal Real como marido de Bálbola de Valdés, por el servicio que ésta hizo a doña Isabel.
- 5.712 maravedíes que pagó de limosna al Beneficiado Juan Martínez, cura de la iglesia de esta Villa, por los clérigos que acompañaron al funeral, misas, cera y trigo de ofrenda.
- 88 reales que pagó a Martín Sánchez por un paño de luto para la tumba de su mujer, y por alquileres de los demás lutos.
- 1.598 maravedíes que pagó a Hernando de las Cuevas como tercero repartidor.
- 30.138 maravedíes que pagó a Rodrigo de Cieza, cura de la iglesia de Castilleja, por misas, ofrendas, acompañamiento al entierro, dobles, vestir a los pobres, cera y hábito de San Francisco, según carta de pago hecha por dicho Cieza el día 11 de noviembre de 1575.
- 55 reales que pagó por un capuz, un sayo y una caperuza de luto de bayeta que compró para sí, para el entierro.
-55.702 maravedíes que pagó de sus bienes y de los de doña Isabel, su primera mujer*, como fiador de Francisco Baço de Andrada su yerno, en que fue condenado el Jurado, y ejecutado, y los pagó en el banco de Pedro de Murga.
- 80.000 maravedíes por las ayudas a cuatro doncellas, que son Paula y Ana de Contreras, y Juana y Antona, como ordenó doña Isabel.
- 3.400 maravedíes que dió a Cieza, quien dijo que como patrón de la Obra Pía los había de menester para seguir la partición.

En total, queda alcanzado el jurado Diego de Molina por 179.230 maravedíes.

Luego se hizo la partición, apreciando las casas en Triana en la calle Larga de Santana***, con seis puertas a la calle y seis cuerpos de casas, cuatro de ellas hechas a maña de tiendas sacadas de la dicha casa principal, y en otro cuerpo vive un pastelero, y en el cuerpo principal está hecha botica, la cual casa linda con casas del canónigo Alderete, difunto, y con casas de Alonso Gómez, tratante, y con la calleja que va al río, con cargo de tributo a Antonio Corso; otra casa con tienda que sale de ella en el lugar de Pilas, que va a la Plaza, linde con casas de Alonso Barba y con casas-horno de pan cocer que es de Juan Garrido, menor, y por delante con la Calle Real, las cuales casas el Jurado vendió a Francisco Díaz de Medina, vecino de Sevilla, en 1577, y ahora las usa Marco Antonio de Alfaro; olivar, casa y molino en término de Pilas, que el monasterio de monjas de San Clemente tiene dados de por vida a doña Leonor Suárez, viuda de Cristóbal de las Cuevas, escribano de la Justicia, y que doña Leonor cedió a Diego de Molina por 650 ducados el día 4 de abril de 1568 ante el escribano Mateo de Almonacid; la hacienda en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, en el Señorío, linde a los lados con casas de Francisco de Torres y por delante con la Calle Real, con cargo de tributos a Pedro de Bustamante, a los herederos del mercader Hernán Rodríguez, y al Señorío [al Conde de Olivares] sobre el solar; las viñas susodichas; 6 ducados de tributo que paga al Jurado el vecino de Tomares Alonso Díaz, según escritura ante Tomás del Río, escribano de Tomares, del día 21 de marzo de 1568; 1.607 maravedíes de tributo que le pagan Alonso Moreno y Palomo y María del Castillo, vecinos de Salteras, según escritura ante Teodoro de Teba, escribano de Salteras, del 9 de junio de 1567; 3.080 maravedíes de tributo que le paga Pedro Librero, vecino de esta Villa de Castilleja, por escritura ante Hernando de las Cuevas del 23 de abril de 1568; 4.554 maravedíes que le pagan al año los herederos de Pedro de Valderrábano y Francisca de Trujillo su mujer, difuntos, vecinos que fueron de Sevilla, por 63.750 maravedíes que están obligados a pagarle al Jurado.
Esclavos: 45.000 maravedíes por una esclava blanca, llamada Juana, de 19 años; 37.500 maravedíes por un esclavo blanco, llamado Luis, de 20 años; 18.000 maravedíes por otra esclava de color mulata, llamada Antona, de edad (en blanco); 15.000 maravedíes por otra esclava negra, vieja, llamada María; 26.250 maravedíes  por otro esclavo, de color mulato, herrado en la cara, llamado Gaspar, de 50 años; 26.250 maravedíes por otro esclavo, llamado Juan, morisco de Granada, de 33 años; 100 ducados por otra esclava, llamada Luisa, morisca de Granada, de 50 años.
125.812 maravedíes en entierro, limosnas de misas, y otros gastos de funerales y lutos, dotes de las cuatro doncellas y lo pagado a Rodrigo de Cieza, como parece por la partición. "No entramos ni salimos ni se pone por cuerpo de hacienda un esclavo llamado Pedro que la dicha doña Isabel de Molina inventarió en su testamento y el dicho Jurado inventarió, por ser muerto el dicho esclavo y estar consumido".
Monta todo ello 2 cuentos**** y 434.437 maravedíes.
Le sacan por deuda lo llevado al matrimonio por el Jurado, lo que llevó su mujer, y el alcance al dicho Jurado, y quedan 2 cuentos y 62.707 maravedíes, a dividir en dos, una parte para Diego y otra para Isabel, menos 11.220 maravedíes para los partidores. Quedan para cada uno 1 cuento y 25.743 maravedíes.
Se adjudican al Jurado las casas en Pilas y las de esta Villa, y 29 aranzadas de viña, mas la mitad de los frutos del olivar de las monjas de San Clemente en Pilas, mas 2 esclavos, Juan y Luisa, morisca.
Se adjudican a doña Isabel los 80.000 maravedíes de su dote, y 1 cuento y 25.743,5 maravedíes de bienes multiplicados.
Se adjudican a su Patronazgo la viña de El Cañuelo en término de Camas, linde con la de Luis de Troya, con la hijuela, y con el arroyo del dicho Cañuelo, mas la mitad de la mejora del olivar de Pilas, y los tributos que pagan los susodichos en la partición, mas los 5 esclavos, mas la casa de Triana, mas lo alcanzado al Jurado, todo ello cuando fallezca éste, como queda dicho.
Los patrones que son y serán quedan obligados al saneamiento de los bienes, y el Jurado no podrá venderlos ni enajenarlos sin consentimiento de Rodrigo de Cieza o de sus sucesores.

El 28 de mayo de 1582 fué notificado por el Teniente de Asistente a Francisco Hernández, apoderado de Rodrigo de Cieza, el cual aceptó la partición, igual que la aceptó Diego de Molina, siendo testigos Pedro de Esplugas y Diego Barba. Escribano, Alonso García de Arcos.
En la ciudad de Sevilla el 29 de mayo falló el Teniente, condenando a las partes a pasar por la partición y a aceptarla. En Castilleja de la Cuesta, a 30 de mayo, notificó el escribano Hernando de las Cuevas a Rodrigo de Cieza en las casas de la morada de éste, quien aceptó la sentencia, siendo testigos Simón de Valencia el viejo y Bartolomé Rodríguez de Espino, vecinos de esta Villa. El 31 de mayo se notificó al Jurado Diego de Molina, quien también la consintió.
De pedimento de dicho Molina y por mandado del Teniente, el día 6 de junio de 1582 se dió esta fé, hecha en Sevilla por el escribano Alonso García de Arcos.


* ¿Volvióse a casar el jurado Diego de Molina tras fallecer Isabel?.

** Francisco Bazo de Andrada. Abundantísimos datos sobre su familia expone Juan Gil en "Los conversos y la Inquisición sevillana", volumen III; los referimos, al menos nominalmente, porque muchos de sus componentes estaban muy vinculados con, o eran incluso vecinos de nuestra Villa. Dice el profesor Gil que Francisco de Andrada fué marido de Gregoria Vázquez de Molina, hija de Diego de Molina —nuestro Jurado— y de doña Gregoria Vázquez de Molina. Su suegro le prometió 8.000 ducados en dote en 1571, pero sólo le dió 4.000 en 1573, aunque al final llegaron a un acuerdo. Se podría sospechar que Gregoria no era muy agraciada, o que el jurado Diego de Molina tenía una faldriquera hermética, o las dos cosas a la vez.
Su hermano Fernando de Andrada fué marido de doña Leonor Dalvo, hija de Juan Sánchez Dalvo y de doña Leonor de Illescas, cuñada de Alonso de Olivares y sobrina de Fernando Sánchez Dalvo.
Otro hermano fué Alonso Bazo de Andrada. Otro Rodrigo de Andrada, que Juan Gil lo sitúa nacido en 1578, lo que nos parece error. Y por último, el célebre Andrés Fernández de Andrada, autor de la Epístola moral a Fabio, el cual pasó a México y a Potosí en compañía de don Alonso Tello. Todos los cinco, hijos de Pedro Fernández de Andrada, jurado en Sevilla que recibió de su padre más de nueve millones de maravedíes. Este afortunado Pedro Fernández "acusó al veinticuatro Juan Núñez de Illescas de haber entrado en su casa con llaves falsas y de haber estuprado a su hija doña Andrea de Andrada —hermana de nuestro Jurado— bajo promesa de que se casaría con ella. Illescas se escapó de la cárcel y trató de que se le levantara el destierro. Andrada, aterrado ante la idea de que el seductor y su hija volviesen a las andadas, protestó ante el rey del posible regreso del galán. Publicó De la naturaleza del caballo (Sevilla, 1580) y De la gineta de España (Sevilla, 1599)". Hermanos de Pedro y por tanto tíos de nuestro Jurado fueron Luis; Francisco Bazo de Andrada, marido de doña María Mexía; doña Leonor de Andrada, mujer de Alonso de Cárdenas y Guzmán, hijo de doña Beatriz de Nebreda; Alonso de la Barrera Bazo, otras veces llamado Bazo de Andrada, beneficiado del Pedroso, que dejó la sotana y se fué a Tierra Firme con una cargazón de su padre, casándose con una hermana de Juan de Chillas.
El abuelo paterno de nuestro Jurado fué Rodrigo Bazo, fiel ejecutor, marido de Inés de la Barrera, hija de Pedro de Jerez y de Leonor Fernández de Jerez. Pasó a Santo Domingo en 1538, dedicándose al tráfico de esclavos. "En 1542 cinco piezas se le murieron en la travesía a Nombre de Dios, por lo que solicitó licencia para volver a mandar otras tantas". Se concertó en 1557 con Bartolomé de Jerez y con Martín Ruiz de Marchena, vecino de Panamá, para comprar 36 piezas de esclavos (30 varones de doce a quince años, y 6 hembras, de quince a veinte) y llevarlos desde Cabo Verde hasta nombre de Dios. Y en 1561 obtuvo 800 licencias.
Hermano de éste, y por tanto tío-abuelo de nuestro Jurado fué Diego Fernández de Andrada, también dedicado al oficio de negrero. Y su tía-abuela fué doña Ana Bazo, mujer del fiel ejecutor Fernando Pérez, quien testó en 1553.
Respecto a los bisabuelos de nuestro Jurado por línea paterna, Juan Gil documenta a Leonor Fernández, mujer del licenciado Pedro Fernández (de Sevilla); al hermano de ésta, Rodrigo Bazo, marido de Ana González, padre de Alonso Bazo; a Alonso Bazo, primer marido de Elvira de la Torre, hija del mayordomo Diego de la Torre; y a otro hermano de ellos, Fernando Bazo, muerto en Valencia en 1514, marido de Beatriz Fernández, cuyos hijos fueron Ana Bazo, nacida en 1510, y Rodrigo Bazo, nacido en 1512.

*** Calle Larga de Santa Ana, hoy calle Pureza. Parece inexacto lo que dice Collantes de Terán en su callejero al afirmar que se la denominó así ya en el siglo XVIII. Antes en el XVI se conocía como Ancha de Santa Ana según este autor. Desde el siglo XV es bautizada como Santa Ana por la renombrada iglesia del mismo nombre, cuya construcción en el XIII influyó en el trazado de dicha calle. En tiempos de doña Isabel de Molina funcionaba en ella la Universidad de Mareantes, trasladada a San Telmo en 1773. El solar lo ocupa hoy la Casa de las Columnas, construida en 1780. También conoció doña Isabel allí el convento del Espíritu Santo, hecho en 1565, cuyo edificio fué sustituido en el siglo XIX por el colegio de Cristo Rey. Asimismo fueron vecinos de la mujer del Jurado Molina los inquisidores que residían en la denominada Casa de la Inquisición.
Precisamente la iglesia de Santa Ana y en concreto su hospital llamado de Santa Catalina fué en la década desde 1580 uno de los "lugares de culto" o centros de evangelización destinados a la catequización de la población morisca deportada, centro al que acudían 1026 moriscos, o sea, la mitad de los concentrados en Triana según Michel Boeglin (Entre la Cruz y el Corán, pág. 47). Fué en este hospital donde se instaló a muchos de ellos gracias a la mediación de los jesuitas, después de que una horda de sevillanos acometiera a varios deportados y procurara echarlos al Guadalquivir (ibidem, pág. 31).

Sin duda que este asunto es más complejo de lo que parece a primera vista, como bien ha demostrado José María Delgado Gallego en Maurofilia y maurofobia, ¿dos caras de la misma moneda?, cuyo primer párrafo reproducimos:
El fenómeno de la literatura "maurófila" del siglo XVI continúa suscitando sorpresa y a la vez emplaza a los historiadores a emitir explicaciones coherentes sobre ella. Recurrente y tópicamente calificada de "pesadilla" de nuestras letras, la literatura maurófila se ha mantenido como enigma al coincidir, cronológicamente, con las mayores represiones contra los moriscos. Abarcando en verdad todos los géneros literarios (romances, lírica tradicional, novelas, obras dramáticas, poemas épicos), la exaltación caballeresca del moro antiguo, ennoblecido con todas las virtudes a excepción de las derivadas de profesar la religión "verdadera", contrastaba con el trato dado a los moriscos de carne y hueso a los que se prohibía el ejercicio de su propia identidad cultural, y aún todavía con la opinión común entre los cristianos viejos acerca de ellos, menospreciados y ridiculizados cuando no odiados abiertamente.
Ejemplos de maurofilia nos da Cervantes a lo largo de toda su obra, y en el Guzmán de Alfarache insertó Mateo Alemán una novelita titulada Ozmin y Daraja ambientada en Sevilla, cuyo protagonista es paradigma del árabe pletórico de valores nobles.

**** Cuento. El número que se produce por la multiplicación de cien mil por diez: y se escribe con la unidad y seis ceros. Es lo mismo que millón. (Diccionario de Autoridades).

sábado, 4 de mayo de 2013

El jurado (primera parte)


Para el jurado sevillano Diego de Molina, morador en Castilleja y cuya esposa en esta Villa había fallecido a finales de 1575 dejándole en herencia unos quebraderos de cabeza que no encontraron solución, como vamos a ver, hasta mayo de 1582, este último año fué de añadidas preocupaciones. Su oficio, la juradería, — una especie de alcalde de barrio en la actualidad—, le obligaba a ejercer la consabida labor de policía en la collación que administraba (Omnium Sanctorum), en un tiempo revuelto por la combinación de la guerra en Portugal y la estancia en la ciudad y su provincia de una masa de deportados granadinos que no había hecho sino incrementarse en las últimas décadas. En el reparto de ellos, que las autoridades de la capital hicieron en 1571, organizado para diluir unas identidades chocantes y peligrosas, tocaron a las Castillejas 8 moriscos (ver En los márgenes de la Ciudad de Dios, págs. 181-182), sin contar a los esclavos. Debemos anotar que entre las posesiones que Diego disfrutaba en nuestra Castilleja de la Cuesta se contaban varios jóvenes esclavos "de los del Reino de Granada", al menos hacia el año del fallecimiento de su mujer. Cuando se habla de esclavos blancos en todos los casos se habla de moriscos. Al respecto, son de obligada —y deleitosa— lectura dos libros recientes: el referido En los márgenes de la ciudad de Dios, y Entre la cruz y el Corán, en cuyas páginas nuestro viudo es alguna que otra vez referido, batallando con el problema que en Sevilla y su tierra suponía la oprimida minoría.

La crispación que en la sociedad producía el estado de belicismo en que se hallaba inmersa, así como un principio de década, la de los ochenta, de gran carestía en lo económico, encontraba desahogo en los chivos expiatorios en que los descontentos cristianos viejos habían convertido a la comunidad morisca, la cual reaccionaba con los escasos medios violentos con que contaba, retroalimentando la crisis. En este contexto podemos situar al buey "Mahoma" como uno más, —si bien nimio, no menos revelador y definitorio—, de los detalles que en la lejanía histórica nos han llegado y nos ayudan a comprender aquellos días y a especular en los nuestros con los avíos sociológicos de que disponemos.
A título de muestra, copio de En los márgenes de la Ciudad de Dios: "bravuconadas que algunos moriscos dirigirán a los cristianos viejos, como las de ´García morisco [que] dixo: ahora os yreis todos vosotros a la guerra e nos quedaremos nosotros los moriscos con vuestras mujeres lo cual decía a los xpianos viejos que estavan alli los quales le respondieron que era un perro e que no hablase aquellas palabras...´. Archivo General de Simancas, CR, leg. 257/4, cf. B. Vincent, Les rumeurs ... pág. 166-67.

Todo lo cual a los combatientes en Portugal podía sonarles francamente desagradable y odioso, aunque no tanto a la mayoría de sus esposas, por no decir a todas, que como estaban aburridas en sus hogares verían como agua de mayo poder solazarse un poco, fuera de la monótona rutina que las estrictas reglas del orden político-religioso imponían. Ni que decir tiene que aquella moralidad utilitaria se puede trasplantar a nuestros días sin un gran esfuerzo mental. Todavía quien esto escribe recuerda en los tiempos desinhibidos de la Transición a una joven castillejense que en un local de ocio nocturno del pueblo decía reiteradamente "estar buscando a un moro con un buen mandado". Entonces, por las circunstancias políticas producidas por la muerte del Genocida, las instituciones se vieron forzadas a rebajar la represión, lo que se percibía a diario en los comportamientos.

En el siguiente documento, que en parte transcribimos al pie de la letra y en parte extractamos, se revelan aspectos generales de la vida en Castilleja durante la guerra con los portugueses, y en concreto algunos que atañen al mundo morisco, apasionante para cualquier andaluz con sentido de su pasado y sensibilidad hacia su historia.
Es de señalar con cuánta facilidad se extiende en los ámbitos académicos más "prestigiosos" una ideología carente de toda sustancia, como es la de que la herencia genética de la época musulmana fue borrada y arrancada de raíz del territorio peninsular, partiendo, para consolidarla en pro de afanes españolistas, de una documentación tan escasa como poco fiable, que son los censos y padrones moriscos de aquellos años. Paralelismo semejante encontramos a escala local cuando, como ocurre en nuestro pueblo, en base a un morabito y a una torrecilla supuestamente almohade se quiere erigir aquí por el idiotismo histórico oficial una Meca que ensombrezca a la misma Córdoba califal, con la única finalidad no de reconocer a una civilización extraordinaria como fue la musulmana, sino presentar como doblemente heroico a cierta fantástica comunidad, UN IMPORTANTE NÚCLEO DE HABITANTES MOZÁRABES, que resistió los siglos de dominación sarracena conservando los valores cristianos para ofrendarlos al Rey Santo en 1248 como si fueran puras reliquias, quesos curados o botellas de vino añejo. Y es que tratan burdamente de satisfacer el ego de cuanto costalero, comulganta, cirial, misticona, beatuca, trompetista, santiguadora, capillita, cohetero, reverente, tamboril, pío o rociero conforma la cultura tradicional, la buena, la iluminada, la verdadera. De esta manera y salvado el oprobioso periodo impuesto por la morisma, esta cristiandad vieja del pueblo conecta directamente con la visigótica y si me apuran, desciende de los primeros seguidores de Cristo que perecían en los circos, sus carnes inmaculadas despedazadas a dentelladas y zarpazos por los apestosos leones de Roma. Hoy, pasadas de moda las húmedas catacumbas, disponen de chiringuitos cerveceros donde humedecerse practicando los ágapes de convivencia.
Pero ya vale de circunloquios. He aquí el documento prometido:

Diego de Molina, jurado vecino de Sevilla y viudo de doña Isabel de Molina, por una parte; y Rodrigo de Cieza —cura de la iglesia de Santiago—, patrón de la Obra Pía que deja doña Isabel, por otra, ambos ante Alonso García de Arcos, escribano de la Audiencia Real de Sevilla y del Juzgado del Ilustrísimo Señor Licenciado Paulo de Torres, Teniente de Asistente de dicha ciudad, sobre la partición de los bienes que dejó doña Isabel al morir.

Diego presentó demanda el viernes 25 de mayo de 1582, exhibiendo el testamento por el que su mujer lo dejó como usufructuario de por vida de todos sus bienes. Doña Isabel dejó por heredera de ellos —una vez que hubiera fallecido su marido— a una Obra Pía, y a Rodrigo Márquez y Rodrigo de Cieza como sus patrones. Fallecido el primero, correspondió a Cieza el patronazgo integral.
El viudo Diego quiere, para hacer la partición, nombrar de partidor a Alonso de Ávila, vecino de Sevilla, y solicita al Teniente que mande al cura de Castilleja nombrar al suyo.

Doña Isabel, vecina de la collación de Santa Ana en Triana, otorgó su testamento viviendo en el Señorío de Castilleja, ya enferma. Pidió que la enterraran en la iglesia, monasterio u hospital que decidiesen sus albaceas. Encargó abundantes misas en la iglesia de Santiago por su ánima, y por la de su hija difunta doña Gregoria un treintanario de ellas en dicha iglesia, además de otras por las ánimas de las personas con las que Gregoria tuviese algún cargo. Dió tres reales para la cera de la mencionada iglesia y encargó hábito de San Francisco como mortaja, y que la acompañaran en el último viaje los clérigos que decidiesen sus albaceas. Manda que "el día de mi enterramiento vistan cuatro pobres de ropas pardas o blancas y con sus camisas y zapatos y caperuzas nuevas, con sus sayos del mismo paño que se vistieren los dichos pobres, porque rueguen a Dios por mi ánima."
Deja a la fábrica de la iglesia de Santiago —para cuando fallezca el Jurado— una aranzada de viña en Camas, al pago de El Cañuelo, linde con viñas del jurado Luis de Troya y con viñas de Bartolomé de Pineda, y por la cabezada con el camino que va a Camas. Y el único requisito que establece es la licencia del Vicario de Villanueva, sin estar obligado el mayordomo que fuere a pedir licencia de Su Santidad ni del Consejo de Órdenes ni a otro ningún perlado, a condición de que se canten por su ánima fiestas perpetuas, las cuales han de ponerse en la tabla de las fiestas de la iglesia.
Ahorra y liberta de toda sujeción y cautiverio desde que fallezca a Juana, de color blanca, hija de Catalina*, su esclava difunta, y a Antona, hermana de Juana e hija de Catalina, de color mulata; y porque la mitad de las dichas esclavas era suya y la otra mitad de su marido el Jurado, manda que la parte que cabe a ella se cuente entre sus bienes, y la de su marido también; y les da para ayuda a sus casamientos 20.000 maravedíes a cada una, que se les den si se casan o toman estado de beatas honestas o religiosas; y si muriere una antes, para la otra; y si murieren las dos sin casarse o tomar los dichos estados, que sea el dinero para una capellanía de doncellas que declarará, y mientras se casan, quede en depósito del Jurado; y mientras llega la edad de tomar estado, que sus albaceas las pongan a servir y a tomar buenas costumbres.

(En la imagen, retrato de un morisco,
por Velazquez. Wikipedia).

Declara que por cuanto Luis, de color mulato, hermano de las dichas, la mitad de él es suya y la otra de su marido, y ella quiere ahorrarlo también, que quede todo en sus bienes, pagando a su marido su parte, y por la presente lo ahorra, contando con que aprenda un oficio, y si el Jurado quiere servirse de él, que le pague el sueldo que mereciere, pero que no obliguen en nada al dicho Luis, como libre y ahorrado.
Dice que por cuanto Gaspar, su esclavo de color mulato, herrado en la cara con una S y un clavo, la mitad también es de su marido, que se haga lo que con el anterior, contando con que sirva al dicho su marido hasta que éste muera, y que lo ahorre entonces.
Asimismo ahorra a María y a Pedro, sus esclavos de color negro.
Manda que se den de sus bienes a Paula y a Juana, hijas de Sebastián de Contreras y de Paula Rodríguez**, 20.000 maravedíes a cada una, para ayuda a sus  casamientos, con las mismas condiciones que a las dos esclavas susodichas.
Declara que al casarse con el Jurado llevó en dote 80.000 maravedíes y que otorgó carta de dote ante quien no se acuerda: manda que se le cobren; por contra, su marido llevó 300 ducados: manda que se le paguen. Todo lo demás que posee son bienes multiplicados durante el matrimonio. En inventario incluído en el referido testamento declara: unas casas en Triana, que hicieron ellos para alquilar, linde con casas de Maldonado y con calle de la Cruz, que sale al río; unas casas principales en Castilleja de la Cuesta con su bodega, lagar y vasija, linde con casas de Francisco de Torres y con la Calle por delante; la dicha viña en El Cañuelo; otra viña de dos aranzadas y cuarta en el pago de Cuesta de la Encina, Camas, linde con viñas de Diego Martínez y con el callejón que va a la Veracruz; otra viña de trece aranzadas al pago de Torreblanca, dividida en tres partes, linde entre otros con olivares de la Inquisición; nueve aranzadas de viña y tierra calma en el pago de Torrequemada, y otras ocho aranzadas de lo mismo en dicho lugar; 160 ducados de principal y 12 de tributo anual por ellos, que le paga Valderrábanos, y otro tributo que le paga Pedro Librero, y otro Alonso Díaz, todos sobre viñas; 1.500 arrobas de vino de la cosecha de 1575; y otros bienes muebles que declarará su marido.
Manda instituir una Capellanía de Misas, a ocho cada mes, que se digan en la iglesia, monasterio u hospital que digan sus albaceas, y que ellos destinen el dinero necesario al efecto, y si sobrare algo, que sea para ornamentos y para que se case una huérfana, o dos, o más. Nombra por capellán al cura de la parroquia donde se dijere la Capellanía, o al prior.
Nombra por usufructuario de todos sus bienes a su marido Diego de Molina, para que después de su fallecimiento goze de todos sus frutos y rentas, contando con que haga inventario y de cuenta de todo.
Nombra por sus albaceas a Rodrigo de Cieza, cura de la iglesia de Santiago, y a Rodrigo Márquez, vecino de Sevilla. Y como heredera, a dicha Capellanía, a sus huérfanas, y a su propia alma. Y cuando sus albaceas fallecieren, que dejen de capellán al cura más antiguo de la parroquia de la dicha Capellanía.
Dado en el Señorío de esta Villa, en casa de la otorgante, domingo 9 de octubre de 1575. Testigos, Pedro Ochoa de la Rea, Juan Pérez, Rodrigo de Cieza, Diego de la Peña y Juan Naranjo. No firmó por no saber hacerlo. Escribano, Hernando de las Cuevas.

* La difunta Catalina tuvo, como vemos, hijos de dos tonalidades de piel, aunque con toda seguridad eran todos moriscos. Sobre estos esclavos veremos más detalles en la próxima entrada.

** Alguna confusión existe con la esposa de Sebastián, que aparece como Paula Rodríguez, Catalina Rodríguez, Paula de Contreras o Catalina de Contreras.

sábado, 16 de marzo de 2013

Paréntesis dos

Nacida en Jayena o Tabernas —dos posibles lecturas de una palabra dudosa en el documento que vamos a describir—, en el Reino de Granada, hacia 1541, María de Rosas tenía "un lunar pequeño encima de la boca junto a la nariz al lado izquierdo". 

Cuando Castilleja de la Cuesta sufría la ominosa presencia de las tropas filipinas que marchaban a, o regresaban de, la guerra contra Portugal, obligando la soldadesca con sus escándalos a muchos vecinos a cerrar sus casas e irse a otro lugar para no soportar, aunque fueran pocos días, a unos huéspedes tan extremadamente gravosos, María de Rosas, ya con una hija de trece años llamada Leonor, "con una señal de descalabradura encima de la ceja izquierda, los ojos grandes", figura en nuestro pueblo como esclava morisca de cierta viuda vecina de Sevilla en la collación de San Lorenzo y con casa de morada en el Señorío castillejano. El cuadro familiar está enriquecido con algunos hijos menores de edad —no sabemos cuántos— cuya curaduría y tutela adquirió la señora ante el escribano público hispalense Juan de Portes en 1573, al enviudar de un tal Lope de Encalada ("tutela discernida ante el escribano"). 

Un sencillo cálculo nos permite comprobar que el hijo/a mayor podría tener la edad de la joven Leonor. Debió ser aquel, insistimos, un hogar animado. Y más si imaginamos a algún tosco boyero, islamófobo por inercia, dedicado a molestar a las esclavas granadinas dando voces desabridas al buey "Mahoma" al paso por la calle (ver al respecto la entrada anterior), aunque en la época, 1581, para los labriegos y azacanes aljarafeños el enemigo a demonizar no era el árabe, sino el luso.

La viuda dueña y señora de vidas y hacienda debió estar inmersa en la batería hipócrita propia de su condición, según expresa la carta de libertad que otorgó el 12 de agosto del referido 1581 en favor de sus dos siervas. Nótese seguidamente cómo en éste —y en semejantes documentos— se trasluce la mala conciencia y el sentido de culpa que embargaban a cuantos chupacirios y tragasantos poseían esclavos, pese al disfraz tan manoseado de "ganado en buena guerra" con el que se pretendía justificar algo que, en el fondo, todos reconocían injusto. Quizá el original mensaje de hermandad e igualdad propugnado siglos antes por Cristo ejercía su efecto en el fondo, y forzaba a personas como éstas a manifestarlo, aunque tan falsa y chapuceramente como vamos a ver.


Ni los abundantes tratadistas y eruditos de aquel tiempo, que teorizaban sobre la inferioridad de tal o cual raza, lograron justificar, ante ellos mismos o ante su "clientela", la legitimidad de subyugar a un semejante hasta tales extremos. De esta manera, doña María de las Eras expresa que las ahorra, primero, " principalmente por amor de Dios Nuestro Señor"; segundo, "por buenos servicios que me habéis hecho"; y tercero y clave en la motivación nuclear del supuesto desprendimiento altruista, "porque por razón de la dicha ahorría y libertad de vos la dicha María de Rosas me dáis y pagáis ciento y quince ducados". Esto lo explica todo. Pero la interesada viuda tiene todavía un detalle de generosidad de puertas afuera: "porque en lo que toca a la dicha ahorría de vos la dicha Leonor su hija yo no llevo precio ninguno".
Y es que la señora sigue al pié de la letra aquello de ´A Dios rogando y con el mazo dando´, pero, como siempre en tales casos, suena más el tintineo de los ducados que los ruegos en nombre de Dios Nuestro Señor, por muy a voces que se eleven.

Y bien. Las moriscas madre e hija quedaron libres y horras y no cautivas para siempre jamás desde el día de la fecha de la carta, "pudiendo ir a cualquier parte y lugar y hacer de sus personas y bienes su voluntad sin que nadie pueda ponerles impedimento alguno".

El último párrafo del documento nos depara una sorpresa mayúscula: "Los cuales dichos ciento quince ducados me dá y paga Alonso de Jaén, morisco libre, por vos y en vuestro nombre [de María de Rosas] en reales de contado, y son en mi poder, de que soy contenta y pagada a mi voluntad". Resulta que uno de los testigos, del que reproducimos la firma, es el beneficiado de la Iglesia de San Isidro en Sevilla Alonso de Jaén. Parece improbable una coincidencia de nombres, considerando también que existieron muchos canónigos conversos, tanto de origen musulmán como judío. Pero llama la atención lo explícito de la referencia al pagador de los 115 ducados, si se trata de la misma persona que el beneficiado. 

Futuras investigaciones nos podrán llevar a perfilar más a este morisco libre dedicado a la encomiable tarea de manumisión de esclavas.

Las mujeres en edad reproductiva eran especialmente codiciadas por los explotadores de esclavos sin escrúpulos. Significaban la continuidad por generaciones y generaciones de aquella inhumana relación entre amos y siervos, puesto que los hijos de las esclavas nacían con el estigma de ser propiedad del dueño de sus madres. En gran parte, los aristócratas y nobles hispanos eran los mayores usufructuarios de la situación, y de ahí que protestaran con energía cuando desde la Monarquía se ponía en peligro tal estado social.


Un ejemplo entre millares: en el Archivo Histórico Nacional se conserva la documentación de los trámites que Rodrigo Ponce de León, III duque de Arcos, llevó a cabo para eximir de la expulsión de los moriscos decretada a los esclavos que tenía en Marchena y a los que se habían casado con cristianos viejos. Alejo de Marimón, juez de la Comisión de la Expulsión de los Moriscos, declaró en Sevilla el 13 de diciembre de 1611 no incluidos en el Bando a estos moriscos marcheneros del duque de Arcos, ni a sus mujeres, hijos y nietos. En la imagen pueden leerse varios nombres de los eximidos: Rafael de Valenzuela e Isabel Hernandez su mujer; María de Valenzuela, mujer de Ambrosio Cañete; Luis de Valenzuela, casado con Isabel Muñoz; y a Águeda, Isabel, Beatríz, Bernardino y Juan, y por sus nietos a María, Isabel y Beatríz, hijas de Ambrosio; y Rafael, Marcos y María, hijos de Valenzuela; y a Marcos Muñoz y Aldonza Muñoz, su mujer, y a Isabel Muñoz,  hijos de Luis de Valenzuela; y a Diego, Juan, María, Alonso, Pedro y Francisco, y asimismo a Andrés Gallego y a Francisco Toledano su hijo; y a Andrés, Diego y Beatríz, y Andrés de Ávila y Lucía de Madrid su mujer, y Francisco su hijo; a Isabel Concepción, casada con Francisco López y a otra Lucía de Madrid  casada con Domingo de Salazar, y a Juan e Isabel, sus hijos.


jueves, 7 de marzo de 2013

Un paréntesis


Ha llamado mi atención, en estos días de conflictos con los musulmanes a causa del desprecio u odio que muchos occidentales muestran hacia sus creencias religiosas, un documento del Archivo Provincial que da constancia de cierta compra que a un tal Señor Don Alonso Ortiz de Leiva hicieron de mancomún dos matrimonios castillejanos, formados por Hernando de Castro con Marina Alonso y por Francisco Rodriguez con Catalina Sánchez. Le adquirieron ocho bueyes de arada el 29 de julio de 1581 por un precio de 245 ducados, y el documento en cuestión, como era costumbre, registra los nombres de cada uno de ellos: Ballestero, Mercader, Peinado, León, Bragado, Genovés, Criado y... Mahoma.



Notas varias, 2o.

De entre los personajes destacados en los documentos sobre Francisco de Vilches, figuran: — El  Teniente de Pagador de las Armadas Reale...