sábado, 16 de marzo de 2013

Paréntesis dos

Nacida en Jayena o Tabernas —dos posibles lecturas de una palabra dudosa en el documento que vamos a describir—, en el Reino de Granada, hacia 1541, María de Rosas tenía "un lunar pequeño encima de la boca junto a la nariz al lado izquierdo". 

Cuando Castilleja de la Cuesta sufría la ominosa presencia de las tropas filipinas que marchaban a, o regresaban de, la guerra contra Portugal, obligando la soldadesca con sus escándalos a muchos vecinos a cerrar sus casas e irse a otro lugar para no soportar, aunque fueran pocos días, a unos huéspedes tan extremadamente gravosos, María de Rosas, ya con una hija de trece años llamada Leonor, "con una señal de descalabradura encima de la ceja izquierda, los ojos grandes", figura en nuestro pueblo como esclava morisca de cierta viuda vecina de Sevilla en la collación de San Lorenzo y con casa de morada en el Señorío castillejano. El cuadro familiar está enriquecido con algunos hijos menores de edad —no sabemos cuántos— cuya curaduría y tutela adquirió la señora ante el escribano público hispalense Juan de Portes en 1573, al enviudar de un tal Lope de Encalada ("tutela discernida ante el escribano"). 

Un sencillo cálculo nos permite comprobar que el hijo/a mayor podría tener la edad de la joven Leonor. Debió ser aquel, insistimos, un hogar animado. Y más si imaginamos a algún tosco boyero, islamófobo por inercia, dedicado a molestar a las esclavas granadinas dando voces desabridas al buey "Mahoma" al paso por la calle (ver al respecto la entrada anterior), aunque en la época, 1581, para los labriegos y azacanes aljarafeños el enemigo a demonizar no era el árabe, sino el luso.

La viuda dueña y señora de vidas y hacienda debió estar inmersa en la batería hipócrita propia de su condición, según expresa la carta de libertad que otorgó el 12 de agosto del referido 1581 en favor de sus dos siervas. Nótese seguidamente cómo en éste —y en semejantes documentos— se trasluce la mala conciencia y el sentido de culpa que embargaban a cuantos chupacirios y tragasantos poseían esclavos, pese al disfraz tan manoseado de "ganado en buena guerra" con el que se pretendía justificar algo que, en el fondo, todos reconocían injusto. Quizá el original mensaje de hermandad e igualdad propugnado siglos antes por Cristo ejercía su efecto en el fondo, y forzaba a personas como éstas a manifestarlo, aunque tan falsa y chapuceramente como vamos a ver.


Ni los abundantes tratadistas y eruditos de aquel tiempo, que teorizaban sobre la inferioridad de tal o cual raza, lograron justificar, ante ellos mismos o ante su "clientela", la legitimidad de subyugar a un semejante hasta tales extremos. De esta manera, doña María de las Eras expresa que las ahorra, primero, " principalmente por amor de Dios Nuestro Señor"; segundo, "por buenos servicios que me habéis hecho"; y tercero y clave en la motivación nuclear del supuesto desprendimiento altruista, "porque por razón de la dicha ahorría y libertad de vos la dicha María de Rosas me dáis y pagáis ciento y quince ducados". Esto lo explica todo. Pero la interesada viuda tiene todavía un detalle de generosidad de puertas afuera: "porque en lo que toca a la dicha ahorría de vos la dicha Leonor su hija yo no llevo precio ninguno".
Y es que la señora sigue al pié de la letra aquello de ´A Dios rogando y con el mazo dando´, pero, como siempre en tales casos, suena más el tintineo de los ducados que los ruegos en nombre de Dios Nuestro Señor, por muy a voces que se eleven.

Y bien. Las moriscas madre e hija quedaron libres y horras y no cautivas para siempre jamás desde el día de la fecha de la carta, "pudiendo ir a cualquier parte y lugar y hacer de sus personas y bienes su voluntad sin que nadie pueda ponerles impedimento alguno".

El último párrafo del documento nos depara una sorpresa mayúscula: "Los cuales dichos ciento quince ducados me dá y paga Alonso de Jaén, morisco libre, por vos y en vuestro nombre [de María de Rosas] en reales de contado, y son en mi poder, de que soy contenta y pagada a mi voluntad". Resulta que uno de los testigos, del que reproducimos la firma, es el beneficiado de la Iglesia de San Isidro en Sevilla Alonso de Jaén. Parece improbable una coincidencia de nombres, considerando también que existieron muchos canónigos conversos, tanto de origen musulmán como judío. Pero llama la atención lo explícito de la referencia al pagador de los 115 ducados, si se trata de la misma persona que el beneficiado. 

Futuras investigaciones nos podrán llevar a perfilar más a este morisco libre dedicado a la encomiable tarea de manumisión de esclavas.

Las mujeres en edad reproductiva eran especialmente codiciadas por los explotadores de esclavos sin escrúpulos. Significaban la continuidad por generaciones y generaciones de aquella inhumana relación entre amos y siervos, puesto que los hijos de las esclavas nacían con el estigma de ser propiedad del dueño de sus madres. En gran parte, los aristócratas y nobles hispanos eran los mayores usufructuarios de la situación, y de ahí que protestaran con energía cuando desde la Monarquía se ponía en peligro tal estado social.


Un ejemplo entre millares: en el Archivo Histórico Nacional se conserva la documentación de los trámites que Rodrigo Ponce de León, III duque de Arcos, llevó a cabo para eximir de la expulsión de los moriscos decretada a los esclavos que tenía en Marchena y a los que se habían casado con cristianos viejos. Alejo de Marimón, juez de la Comisión de la Expulsión de los Moriscos, declaró en Sevilla el 13 de diciembre de 1611 no incluidos en el Bando a estos moriscos marcheneros del duque de Arcos, ni a sus mujeres, hijos y nietos. En la imagen pueden leerse varios nombres de los eximidos: Rafael de Valenzuela e Isabel Hernandez su mujer; María de Valenzuela, mujer de Ambrosio Cañete; Luis de Valenzuela, casado con Isabel Muñoz; y a Águeda, Isabel, Beatríz, Bernardino y Juan, y por sus nietos a María, Isabel y Beatríz, hijas de Ambrosio; y Rafael, Marcos y María, hijos de Valenzuela; y a Marcos Muñoz y Aldonza Muñoz, su mujer, y a Isabel Muñoz,  hijos de Luis de Valenzuela; y a Diego, Juan, María, Alonso, Pedro y Francisco, y asimismo a Andrés Gallego y a Francisco Toledano su hijo; y a Andrés, Diego y Beatríz, y Andrés de Ávila y Lucía de Madrid su mujer, y Francisco su hijo; a Isabel Concepción, casada con Francisco López y a otra Lucía de Madrid  casada con Domingo de Salazar, y a Juan e Isabel, sus hijos.


jueves, 7 de marzo de 2013

Un paréntesis


Ha llamado mi atención, en estos días de conflictos con los musulmanes a causa del desprecio u odio que muchos occidentales muestran hacia sus creencias religiosas, un documento del Archivo Provincial que da constancia de cierta compra que a un tal Señor Don Alonso Ortiz de Leiva hicieron de mancomún dos matrimonios castillejanos, formados por Hernando de Castro con Marina Alonso y por Francisco Rodriguez con Catalina Sánchez. Le adquirieron ocho bueyes de arada el 29 de julio de 1581 por un precio de 245 ducados, y el documento en cuestión, como era costumbre, registra los nombres de cada uno de ellos: Ballestero, Mercader, Peinado, León, Bragado, Genovés, Criado y... Mahoma.



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