sábado, 4 de mayo de 2013

El jurado (primera parte)


Para el jurado sevillano Diego de Molina, morador en Castilleja y cuya esposa en esta Villa había fallecido a finales de 1575 dejándole en herencia unos quebraderos de cabeza que no encontraron solución, como vamos a ver, hasta mayo de 1582, este último año fué de añadidas preocupaciones. Su oficio, la juradería, — una especie de alcalde de barrio en la actualidad—, le obligaba a ejercer la consabida labor de policía en la collación que administraba (Omnium Sanctorum), en un tiempo revuelto por la combinación de la guerra en Portugal y la estancia en la ciudad y su provincia de una masa de deportados granadinos que no había hecho sino incrementarse en las últimas décadas. En el reparto de ellos, que las autoridades de la capital hicieron en 1571, organizado para diluir unas identidades chocantes y peligrosas, tocaron a las Castillejas 8 moriscos (ver En los márgenes de la Ciudad de Dios, págs. 181-182), sin contar a los esclavos. Debemos anotar que entre las posesiones que Diego disfrutaba en nuestra Castilleja de la Cuesta se contaban varios jóvenes esclavos "de los del Reino de Granada", al menos hacia el año del fallecimiento de su mujer. Cuando se habla de esclavos blancos en todos los casos se habla de moriscos. Al respecto, son de obligada —y deleitosa— lectura dos libros recientes: el referido En los márgenes de la ciudad de Dios, y Entre la cruz y el Corán, en cuyas páginas nuestro viudo es alguna que otra vez referido, batallando con el problema que en Sevilla y su tierra suponía la oprimida minoría.

La crispación que en la sociedad producía el estado de belicismo en que se hallaba inmersa, así como un principio de década, la de los ochenta, de gran carestía en lo económico, encontraba desahogo en los chivos expiatorios en que los descontentos cristianos viejos habían convertido a la comunidad morisca, la cual reaccionaba con los escasos medios violentos con que contaba, retroalimentando la crisis. En este contexto podemos situar al buey "Mahoma" como uno más, —si bien nimio, no menos revelador y definitorio—, de los detalles que en la lejanía histórica nos han llegado y nos ayudan a comprender aquellos días y a especular en los nuestros con los avíos sociológicos de que disponemos.
A título de muestra, copio de En los márgenes de la Ciudad de Dios: "bravuconadas que algunos moriscos dirigirán a los cristianos viejos, como las de ´García morisco [que] dixo: ahora os yreis todos vosotros a la guerra e nos quedaremos nosotros los moriscos con vuestras mujeres lo cual decía a los xpianos viejos que estavan alli los quales le respondieron que era un perro e que no hablase aquellas palabras...´. Archivo General de Simancas, CR, leg. 257/4, cf. B. Vincent, Les rumeurs ... pág. 166-67.

Todo lo cual a los combatientes en Portugal podía sonarles francamente desagradable y odioso, aunque no tanto a la mayoría de sus esposas, por no decir a todas, que como estaban aburridas en sus hogares verían como agua de mayo poder solazarse un poco, fuera de la monótona rutina que las estrictas reglas del orden político-religioso imponían. Ni que decir tiene que aquella moralidad utilitaria se puede trasplantar a nuestros días sin un gran esfuerzo mental. Todavía quien esto escribe recuerda en los tiempos desinhibidos de la Transición a una joven castillejense que en un local de ocio nocturno del pueblo decía reiteradamente "estar buscando a un moro con un buen mandado". Entonces, por las circunstancias políticas producidas por la muerte del Genocida, las instituciones se vieron forzadas a rebajar la represión, lo que se percibía a diario en los comportamientos.

En el siguiente documento, que en parte transcribimos al pie de la letra y en parte extractamos, se revelan aspectos generales de la vida en Castilleja durante la guerra con los portugueses, y en concreto algunos que atañen al mundo morisco, apasionante para cualquier andaluz con sentido de su pasado y sensibilidad hacia su historia.
Es de señalar con cuánta facilidad se extiende en los ámbitos académicos más "prestigiosos" una ideología carente de toda sustancia, como es la de que la herencia genética de la época musulmana fue borrada y arrancada de raíz del territorio peninsular, partiendo, para consolidarla en pro de afanes españolistas, de una documentación tan escasa como poco fiable, que son los censos y padrones moriscos de aquellos años. Paralelismo semejante encontramos a escala local cuando, como ocurre en nuestro pueblo, en base a un morabito y a una torrecilla supuestamente almohade se quiere erigir aquí por el idiotismo histórico oficial una Meca que ensombrezca a la misma Córdoba califal, con la única finalidad no de reconocer a una civilización extraordinaria como fue la musulmana, sino presentar como doblemente heroico a cierta fantástica comunidad, UN IMPORTANTE NÚCLEO DE HABITANTES MOZÁRABES, que resistió los siglos de dominación sarracena conservando los valores cristianos para ofrendarlos al Rey Santo en 1248 como si fueran puras reliquias, quesos curados o botellas de vino añejo. Y es que tratan burdamente de satisfacer el ego de cuanto costalero, comulganta, cirial, misticona, beatuca, trompetista, santiguadora, capillita, cohetero, reverente, tamboril, pío o rociero conforma la cultura tradicional, la buena, la iluminada, la verdadera. De esta manera y salvado el oprobioso periodo impuesto por la morisma, esta cristiandad vieja del pueblo conecta directamente con la visigótica y si me apuran, desciende de los primeros seguidores de Cristo que perecían en los circos, sus carnes inmaculadas despedazadas a dentelladas y zarpazos por los apestosos leones de Roma. Hoy, pasadas de moda las húmedas catacumbas, disponen de chiringuitos cerveceros donde humedecerse practicando los ágapes de convivencia.
Pero ya vale de circunloquios. He aquí el documento prometido:

Diego de Molina, jurado vecino de Sevilla y viudo de doña Isabel de Molina, por una parte; y Rodrigo de Cieza —cura de la iglesia de Santiago—, patrón de la Obra Pía que deja doña Isabel, por otra, ambos ante Alonso García de Arcos, escribano de la Audiencia Real de Sevilla y del Juzgado del Ilustrísimo Señor Licenciado Paulo de Torres, Teniente de Asistente de dicha ciudad, sobre la partición de los bienes que dejó doña Isabel al morir.

Diego presentó demanda el viernes 25 de mayo de 1582, exhibiendo el testamento por el que su mujer lo dejó como usufructuario de por vida de todos sus bienes. Doña Isabel dejó por heredera de ellos —una vez que hubiera fallecido su marido— a una Obra Pía, y a Rodrigo Márquez y Rodrigo de Cieza como sus patrones. Fallecido el primero, correspondió a Cieza el patronazgo integral.
El viudo Diego quiere, para hacer la partición, nombrar de partidor a Alonso de Ávila, vecino de Sevilla, y solicita al Teniente que mande al cura de Castilleja nombrar al suyo.

Doña Isabel, vecina de la collación de Santa Ana en Triana, otorgó su testamento viviendo en el Señorío de Castilleja, ya enferma. Pidió que la enterraran en la iglesia, monasterio u hospital que decidiesen sus albaceas. Encargó abundantes misas en la iglesia de Santiago por su ánima, y por la de su hija difunta doña Gregoria un treintanario de ellas en dicha iglesia, además de otras por las ánimas de las personas con las que Gregoria tuviese algún cargo. Dió tres reales para la cera de la mencionada iglesia y encargó hábito de San Francisco como mortaja, y que la acompañaran en el último viaje los clérigos que decidiesen sus albaceas. Manda que "el día de mi enterramiento vistan cuatro pobres de ropas pardas o blancas y con sus camisas y zapatos y caperuzas nuevas, con sus sayos del mismo paño que se vistieren los dichos pobres, porque rueguen a Dios por mi ánima."
Deja a la fábrica de la iglesia de Santiago —para cuando fallezca el Jurado— una aranzada de viña en Camas, al pago de El Cañuelo, linde con viñas del jurado Luis de Troya y con viñas de Bartolomé de Pineda, y por la cabezada con el camino que va a Camas. Y el único requisito que establece es la licencia del Vicario de Villanueva, sin estar obligado el mayordomo que fuere a pedir licencia de Su Santidad ni del Consejo de Órdenes ni a otro ningún perlado, a condición de que se canten por su ánima fiestas perpetuas, las cuales han de ponerse en la tabla de las fiestas de la iglesia.
Ahorra y liberta de toda sujeción y cautiverio desde que fallezca a Juana, de color blanca, hija de Catalina*, su esclava difunta, y a Antona, hermana de Juana e hija de Catalina, de color mulata; y porque la mitad de las dichas esclavas era suya y la otra mitad de su marido el Jurado, manda que la parte que cabe a ella se cuente entre sus bienes, y la de su marido también; y les da para ayuda a sus casamientos 20.000 maravedíes a cada una, que se les den si se casan o toman estado de beatas honestas o religiosas; y si muriere una antes, para la otra; y si murieren las dos sin casarse o tomar los dichos estados, que sea el dinero para una capellanía de doncellas que declarará, y mientras se casan, quede en depósito del Jurado; y mientras llega la edad de tomar estado, que sus albaceas las pongan a servir y a tomar buenas costumbres.

(En la imagen, retrato de un morisco,
por Velazquez. Wikipedia).

Declara que por cuanto Luis, de color mulato, hermano de las dichas, la mitad de él es suya y la otra de su marido, y ella quiere ahorrarlo también, que quede todo en sus bienes, pagando a su marido su parte, y por la presente lo ahorra, contando con que aprenda un oficio, y si el Jurado quiere servirse de él, que le pague el sueldo que mereciere, pero que no obliguen en nada al dicho Luis, como libre y ahorrado.
Dice que por cuanto Gaspar, su esclavo de color mulato, herrado en la cara con una S y un clavo, la mitad también es de su marido, que se haga lo que con el anterior, contando con que sirva al dicho su marido hasta que éste muera, y que lo ahorre entonces.
Asimismo ahorra a María y a Pedro, sus esclavos de color negro.
Manda que se den de sus bienes a Paula y a Juana, hijas de Sebastián de Contreras y de Paula Rodríguez**, 20.000 maravedíes a cada una, para ayuda a sus  casamientos, con las mismas condiciones que a las dos esclavas susodichas.
Declara que al casarse con el Jurado llevó en dote 80.000 maravedíes y que otorgó carta de dote ante quien no se acuerda: manda que se le cobren; por contra, su marido llevó 300 ducados: manda que se le paguen. Todo lo demás que posee son bienes multiplicados durante el matrimonio. En inventario incluído en el referido testamento declara: unas casas en Triana, que hicieron ellos para alquilar, linde con casas de Maldonado y con calle de la Cruz, que sale al río; unas casas principales en Castilleja de la Cuesta con su bodega, lagar y vasija, linde con casas de Francisco de Torres y con la Calle por delante; la dicha viña en El Cañuelo; otra viña de dos aranzadas y cuarta en el pago de Cuesta de la Encina, Camas, linde con viñas de Diego Martínez y con el callejón que va a la Veracruz; otra viña de trece aranzadas al pago de Torreblanca, dividida en tres partes, linde entre otros con olivares de la Inquisición; nueve aranzadas de viña y tierra calma en el pago de Torrequemada, y otras ocho aranzadas de lo mismo en dicho lugar; 160 ducados de principal y 12 de tributo anual por ellos, que le paga Valderrábanos, y otro tributo que le paga Pedro Librero, y otro Alonso Díaz, todos sobre viñas; 1.500 arrobas de vino de la cosecha de 1575; y otros bienes muebles que declarará su marido.
Manda instituir una Capellanía de Misas, a ocho cada mes, que se digan en la iglesia, monasterio u hospital que digan sus albaceas, y que ellos destinen el dinero necesario al efecto, y si sobrare algo, que sea para ornamentos y para que se case una huérfana, o dos, o más. Nombra por capellán al cura de la parroquia donde se dijere la Capellanía, o al prior.
Nombra por usufructuario de todos sus bienes a su marido Diego de Molina, para que después de su fallecimiento goze de todos sus frutos y rentas, contando con que haga inventario y de cuenta de todo.
Nombra por sus albaceas a Rodrigo de Cieza, cura de la iglesia de Santiago, y a Rodrigo Márquez, vecino de Sevilla. Y como heredera, a dicha Capellanía, a sus huérfanas, y a su propia alma. Y cuando sus albaceas fallecieren, que dejen de capellán al cura más antiguo de la parroquia de la dicha Capellanía.
Dado en el Señorío de esta Villa, en casa de la otorgante, domingo 9 de octubre de 1575. Testigos, Pedro Ochoa de la Rea, Juan Pérez, Rodrigo de Cieza, Diego de la Peña y Juan Naranjo. No firmó por no saber hacerlo. Escribano, Hernando de las Cuevas.

* La difunta Catalina tuvo, como vemos, hijos de dos tonalidades de piel, aunque con toda seguridad eran todos moriscos. Sobre estos esclavos veremos más detalles en la próxima entrada.

** Alguna confusión existe con la esposa de Sebastián, que aparece como Paula Rodríguez, Catalina Rodríguez, Paula de Contreras o Catalina de Contreras.

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Notas varias, 2v.

Por mediación de las visitas anuales efectuadas por las máximas autoridades religiosas de la provincia para supervisar el estado y buen gob...