lunes, 20 de mayo de 2013

Un Señor sin cabeza (uno).


Por desgracia he extraviado las referencias concretas de cierto artículo escrito por determinada profesora, única investigadora —que a mi noticia haya llegado—, en haber reparado en una frase de media docena de palabras que, oculta a los demás ojos, completa, ilumina y redondea los años más desdibujados de la historia de Castilleja, como fueron los inmediatamente posteriores a la Reconquista desde que cayera Sevilla en 1248 hasta que el área lograra una población medianamente estable, si exceptuamos en dicho desdibujamiento los siglos árabes, de los que no conocemos prácticamente nada. Ya era público y de todos conocido que Castalla Talaçana, con la entidad urbana que tuviese, fué dada en 1334  por su propietaria entonces la Orden de Santiago a doña Elvira en encomienda de por vida, ella a la sazón esposa del Almirante Alfonso Jufre (o Jofre) Tenorio. El documento de donación, emitido en Burgos el día 5 de noviembre de dicho año, ha sido transcrito, entre otros, por Manuel González Jiménez, quien lo dió a la luz en "La repoblación de la zona de Sevilla durante el siglo XIV", Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla. 3ª edición, 2001, pág. 126. Veámos de este documento el párrafo que nos interesa, amén de una línea al final, que también nos ayudará para restar sombras de la biografía de una mujer, doña Elvira, que las historias de nuestra Villa han mantenido desde siempre en el anonimato.

"Sepan quantos esta carta vieren como yo doña Elbira, muger de don Alfonso Jufre Tenorio, almirante mayor de la mar por el rey, por bien e ayuda que vos don Basco Rodrigues, maestre de la horden de la cauallería de Santiago, amo e mayordomo del ynfante don Pedro, fijo primero heredero del rey don Alfonso, me fazedes en que me dades para en todos los días de la mi vida los vuestros lugares de Villanueva y Castilleja, que son en el Axarafe, cerca de Sebilla, con todos los pechos e derechos e diezmos que vos e la dicha Horden y avedes, según los agora tiene el dicho mi marido de vuestra Horden, otorgo e conosco que yo que pueble los vasallos de los dichos lugares y que les non desafuere, e que de los dichos pechos derechos e diezmos que de los dichos lugares oviere, que dé al prior de San Marcos de León de cada año el diezmo que oviere de aver bien e cunplidamente ... ".

"Y desto son testigos rogados Fernán Sanches de Ylasta, hermano de la dicha doña Eluira, e Gongalo (sic) Ruys, hijo de don Gil ... ".

De esta forma aparece patentemente claro que el Almirante poseyó Castilleja en el periodo inmediatamente anterior al año 1334. Pero además se documenta a este Fernán Sánches, su cuñado.

(En las imagenes, el Almirante, forrado de chapa, y botellón santiaguista en la Plaza de Castilleja).























Es lugar común y archisabido que los Matamoros fueron incapaces no ya de hacer productivos sino incluso de mantener transitables la mayoría de los bienes rústicos que la realeza castellana les otorgó como premio a su colaboración en la empresa guerrera. Así los de la cruz roja —símbolo de la resistencia cristiana frente al Islam— fuéronse cargando de tantas deudas que se vieron en la necesidad de donar dichos bienes a personas con mayor creatividad y espíritu edificativo, o con más instinto empresarial, si se quiere. Con el Almirante Jufre Tenorio no hicieron, al parecer, un buen negocio, puesto que bajo su gestión tampoco el lugar levantó cabeza, convertido desde la guerra en poco menos que una selva plagada de alimañas que inesperadamente cruzaban el descuidado camino bordeado de espeso matorral que conducía desde la Vega al interior de la meseta, uno de cuyos tramos se transformaría después en la Calle Real.

Tienen los hombre de armas, como si se tratara de un lastre genético, una imposibilidad hacia el trabajo que les caracteriza en toda nación y tiempo. Parece que hay una raza de personas que no solamente han nacido para destruir y arrasar sin mayor remordimiento de conciencia o alteración fisiológica, sino también y complementariamente, incompetentes para manejar con método un azadón, pongo por caso. La Orden de Santiago entonces constituye uno de los mejores ejemplos de lo antedicho, y Jufre Tenorio sin ser caballero de ella no le iba a la zaga. Preferían en todo caso pasear como pavos embuchados por la calle de Las Sierpes antes que sudar la gota gorda en los baldíos aljarafeños. Hoy se me viene a las mientes un caso de actualidad que, mutatis mutandi, refrenda letra por letra lo que escribo, y es el de la finca Las Turquillas, propiedad del Ejército español, improductiva y a la espera del especulador de turno, mientras los campesinos del Sindicato Andaluz de Trabajadores padecen el paro y los jerifaltes uniformados huelgan en los casinos hispalenses tonteando con sus telefonillos.

(En la imagen, otro al que no agradaban los hediondos braceros marinaleños).

Una alianza mortífera surge en los sistemas capitalistas entre militares y empresarios por definición, alianza que cementan los eclesiásticos y cuyo resultado es el brote del rancio nacionalismo con ínfulas imperialistas de todos conocido. Nótese el trasfondo de ello, que es ni más ni menos que la fobia hacia cualquier tipo de labor manual. Empresario absentista y señorito del centralismo fué Alfonso Jufre Tenorio desde la óptica de nuestro siglo, con el inri añadido de su estatus de guerrero, como hoy pueda serlo cualquier títere de la OTAN y de su otra cara, el complejo militar-industrial; y sin más complicaciones podemos intercambiar Las Turquillas por Castalla Talaçadar. Los libros de la historia oficial del siglo XXI, como si lo viera, dirán que el Ejército español sufrió por no encontrar colonos para sus tierras.
La tabla de salvación para todos que supuso, o supusieron que supondría, doña Elvira tenía fundamentos no en las indemostradas capacidades de ella, sino en los demostrados defectos de su marido y de los caballeros del Apóstol que acabamos de aludir.
Arguyen los ideólogos cuarteleros de todo el mundo un cansino y monótono tema ridiculizando a los movimientos pacifistas, cuando no señalándolos en un alarde de cinismo, como la verdadera causa de la desorganización de la humanidad y por ende, de las catástrofes bélicas, sobre todo por lo que tienen de laboriosos y constructivos. Para los de la lógica con el dedo en el gatillo, después de haber creado el fantasma de la patria a medida, todo aquel que no esgrima una pistola con la suficiente firmeza es un utópico despreciable. Se sienten elegidos como por la gracia divina para imponer siempre por medios violentos un patronazgo administrativo sobre la, según quieren imaginar, desorientada y caótica clase trabajadora, y a todo lo cual lo denominan "virtud castrense". No aceptan sentarse a negociar, ni permiten que otros lo hagan porque un entendimiento entre los pueblos del mundo no perjudique sus intereses y les arrastre al deleznable quehacer comunal. Intrigantes maquiavélicos, obsesos del vivir de los demás, se van perpetuando siglo tras siglo dejando un lorquiano "rastro de sangre y de lágrimas". ¿Habéis visto a algún militar en los innumerables foros antibelicistas que se organizan a diario en todos los países? Son incapaces de razonar en este sentido, a pesar de que el pacifismo es la única salida hacia el progreso y el bienestar de la humanidad.

Como no podía ser menos, el Señor de Castilleja Almirante Alfonso Jufre Tenorio fué un personaje controvertido, pero antes de referir algunas de sus "hazañas", expondré rasgos de la biografía de su mujer, como había adelantado. En El almirantazgo de Castilla hasta las capitulaciones de Santa Fé, editado por el CSIC, Florentino Pérez Embid citaba al historiador de la comarca ribereña del Tinto-Odiel Angel Ortega, O.F.M., quien en La Rábida, Historia documental y crítica, escribió: [El Almirante] estaba casado con doña Elvira Sánchez de Velasco y García, rica hembra castellana, dotada de no menos carácter, nobleza y bienes de fortuna [que su marido], señora de Alhendín y Bobadilla, hija de D. Sancho Sánchez de Velasco, adelantado de Castilla, y doña Sancha García, de la primera nobleza castellana; de cuyo matrimonio tuvo varios hijos, en quienes el rey D. Pedro I, que les había sido afecto, descargó luego su justicia o su crueldad: don García Jofre Tenorio, mayorazgo, Alguacil mayor de Sevilla, degollado, a raíz de la batalla de Nájera, 1367; doña Teresa Jofre, mujer de Alvar Díaz de Mendoza, confiscada su casa, la solariega de los Tenorio, "porque habían hablado mal del Señor rey", y cedida a las monjas de San Leandro para edificio de su monasterio, 19 de enero de 1369; doña Urraca, mujer de Arias Gómez de Silva; doña María, que casó con don Martín Fernández Portocarrero, en cuya descendencia quedó vinculado el señorío moguereño.

Otra noticia sobre doña Elvira la encontramos aquí: Silueta del Almirante de Castilla don Alfonso Jofre de Tenorio, por don Manuel de Saralegui y Medina. Madrid. Imprenta de los Hijos de M. G. Hernández, [1910?]; se lee en la pág. 42, nota 1:
Dice Salazar en los "Papeles" de su colección, que la esposa de nuestro protagonista se llamó doña Elvira Álvarez, y que se ignora su linaje; pero en una nota marginal del mismo escrito y tomado tal vez de unos curiosos documentos procedentes del que fué intendente de Marina, D. Juan de Enríquez, rectifica y dice que aquella señora se llamó doña Elvira Sánchez de Velasco, señora de Albendín e hija de Sancho Sánchez, señor de Albendín, Medina de Pomar y otras villas, y de doña Sancha, Aya y Camarera mayor de la reina doña Leonor de Aragón.
Y en la pág. 43, nota 2: Es notable la gravedad con que muchos escritores modernos citan a esta señora llamándola a secas doña Elvira, como si otra cosa no fuera necesaria por tratarse de persona harto conocida, cuando lo que realmente se conoce a las leguas es que ellos han limitado sus averiguaciones a la copia del texto de Garibay*, o de algún autor por el estilo.

*Se refiere a Esteban de Garibay (manuscrito, Antigüedad de los Almirantes de Castilla). Vemos además que la oscuridad y lo escueto del tratamiento a la Señora de Castilleja en las historias actuales de nuestro pueblo tienen un claro origen.

Nos dice Ortiz de Zúñiga que doña Elvira fué albacea de Alvaro Pelagio, escritor de su tiempo, hombre con muchos puntos en común, vínculos y afinidades con la familia de estos Señores de nuestra Villa.

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