sábado, 31 de octubre de 2015

Padrón 1j



Al día siguiente, 13 de julio de 1827, después de una noche inquieta en un catre plagado de chinches rabiosos por el calor en la sevillana Caja de Reclutas del Regimiento de Infantería de Saboya, amaneció el cielo limpio, pero pesadumbroso presagiando bochorno. En aquella masa desorientada de muchachos arremolinados desde hora muy temprana en la explanada del patio del cuartel, los tres castillejanos pronto perdieron el contacto entre ellos*. Siguieron entonces un parco desayuno despachado en marmitas de latón que cada cual tomaba de las que se amontonaban en un rincón (un chocolate tan claro que permitía contemplar el fondo abollado de los recipientes. Antonio Jiménez Caro se ganó una cachetada tal que se le cayó el picatoste de la mano, por gracioso: se enjuagó la boca ostentosamente con el tibio brebaje y escupió el ensalivado producto en la cazuelilla); y el reparto de ropa y demás equipo, la asignación de pelotones, escuadras, compañías, los correspondientes dormitorios, todo ello entre los vozarrones de los cabos de vara, el polvo de la plaza terriza y la inclemencia del verano sobre sus cabezas. Luego desde día siguiente, llegarían la formación a pie firme bajo el sol, las carreras cargados de fusil y mochila por el campo de El Perneo**, a lo largo de las hijuelas de las huertas vegueras y de los olivarillos hasta las cárcavas aljarafeñas orientales que Francisco tan bien conocía, las estruendosas prácticas de tiro, y en el aula el aprendizaje de la elemental teoría de combate, hasta que se materializó el ansiado primer permiso de sábado a lunes. A los ojos espirituales de sus convecinos una nueva capa de aura se había añadido a sus personas, esta vez más repulsiva y alarmante, propia de quienes, máquinas de matar, reflejaban en sus pupilas los peores instintos asesinos: los institucionalizados. El ejército había vuelto a conseguir distanciar al pueblo de sus hijos, castrando a estos últimos y transformándolos en espíritus irreconocibles ante sus familias, vecinos y amigos.
El 1 de septiembre*** de 1828 Francisco ascendió a Cabo 2º por elección, llevando un año, un mes y dieciocho días en el servicio. Y el primero de mayo de 1829 ascendió a Cabo 1º. Desde el 1 de junio de 1831 figura como Sargento 2º por antigüedad.

* Los furrieles que anotaban datos, despachando con descuido a uno por uno en la interminable cola formada ante sus mesitas-escribanías estacionadas a un lado de la plaza de armas del cuartel bajo un corredor en galería, deteníanse con suma atención ante los corianos y, cuando saltaba ante sus ojos en las listas el abundante apellido autóctono Japón, murmuraban un "este no se me despinta" que no presagiaba nada bueno para su titular; y es que poco tiempo antes un natural de Coria del Río, Bartolomé Japón, apodado "El manco de Coria" por carecer de un brazo e interno en la célebre Cárcel Real de la calle Sierpes por varios graves delitos, había dado muerte a un soldado del regimiento saboyano. Sucedió que al reo, por su fama de matón, las autoridades de la prisión, según costumbre y so la promesa de algunos favores, le habían encomendado el mantenimiento del orden en el área de "los cuartos altos del rastrillo", y una noche en una discusión con otro presidiario El Manco le infirió una seria herida en el pecho, en cuyo alboroto acudieron varios militares de la guardia; fué al intentar reducirlo cuando ocurrió el hecho. Condenado Bartolomé el coriano a la última pena, garrote vil en el Prado de San Sebastián, durante tres días, "la cabeza y el brazo único del reo" (conforme a la sentencia) se expusieron en dicha Cárcel, para memoria y escarmiento.



Sobre ese terrible invento del garrote, tan hispano, hay que saber que "cuando el tornillo del garrote presionaba el cuello por detrás, estas cervicales se dislocaban y al perder su alineación normal con el cráneo empujaban la médula espinal hacia adelante y permitían también que el bulbo raquídeo (que es la zona que se continua con la médula) y parte del cerebelo salieran del cráneo a través del foramen magno. En el paso por el foramen, estas estructuras quedaban enclavadas produciendo daños irreversibles en el bulbo raquídeo, donde se encuentran los centros respiratorios y los que controlan el estado de vigilia y el tono muscular; así que lo que realmente conseguía el garrote era inducir un coma cerebral con parada respiratoria, que causaba la muerte instantánea del reo." Ver http://neuronasenlatadas.blogspot.com.es/2011/11/garrote-vil.html



Sobre el apellido Japón,
http://www.canela.org.es/cuadernoscanela/canelapdf/cc8gallego.pdf


                 Corianos en la actualidad. Observénse los rasgos orientales.


** Plaza de Armas, antes conocida como El Perneo. "La amplia zona sin urbanizar situada extramuros entre las puertas de Triana y Real y nombrada por Ribera desde fines de la Edad Media, se conocía a lo largo del siglo XIX como plaza de Armas, Campo de Bailén, Campo de Paradas y Campo de Marte, por ser lugar destinado a las maniobras y paradas del ejército; y también Perneo, por un mercado de cerdos allí celebrado. Algún punto se llamó Muladar, en evidente alusión a la insalubridad del sitio, lindante con el río y tal vez vertedero público. En la época tuvieron allí lugar las ejecuciones de reos civiles y políticos." (Diccionario histórico de las calles de Sevilla. Antonio Collantes de Teran Sánchez.)

*** Doce días después del nombramiento como Cabo Segundo a Francisco, se fijaron edictos declarando epidemia de fiebre amarilla procedente de Gibraltar, en donde había habido brotes en agosto. Se usó al Regimiento para establecer cordones sanitarios, controlando el tránsito de personas. En estos casos se solía concentrar a los sospechosos en cortijos abandonados o casas de campo para pasar cuarentena, suministrándoles modo de sustentarse a cuenta del Estado, y recibiendo al final del aislamiento un salvoconducto que, declarándolos "limpios", les permitía continuar sus viajes. Hay noticias de que el contrabando con Gibraltar, al que no eran ajenos algunos castillejanos como veremos, se redujo a mínimos durante aquellos meses.

Capitán General de Andalucía y Presidente de la Real Audiencia de Sevilla en los tiempos de reclutas de los tres de Castilleja fue don Vicente Quesada.
Hombre amante del orden, justo y rigurosamente imparcial, castigaba toda clase de violencia que no proviniese de la "Autoridad Establecida", reprimiendo en la capital andaluza con firmeza las cotidianas venganzas entre partidos y protegiendo quijotescamente a los perdedores de las iras de los victoriosos. Se dice que salía de noche sólo, a hacer rondas. En la provincia cercenó el incipiente brote carlista que tenía su origen en el nordeste peninsular, a cuyo cabecilla el teniente Diego Limón (apaleador y verdugo de liberales) advirtió caballerosamente tras invitarlo a un almuerzo en su propio despacho en la calle Ancha de la Laguna, ante la cual advertencia Limón negó con cobardía cualquier deslealtad, respecto a secundar el grito de Cataluña; a pesar de ello, informes policiales advirtieron a Quesada de que el teniente seguía en sus trece, habiendo sido visto disfrazado de arriero en las proximidades de la Puebla de Cazalla con otros ocho hombres, por lo que se le persiguió y apresó en Morón el 17 de septiembre (estamos en el año de la Quinta, 1827), y fué pasado por las armas cuatro días después, el viernes 21; en tal día en la susodicha Cárcel Real, adonde llegó a las dos de la tarde cubierto con capucha, a lomos de un burro y rodeado de migueletes, se le puso en capilla, y tres horas después, a las cinco, en la playa fluvial del barrio de Los Humeros —frente al monasterio de Santa María de las Cuevas, Guadalquivir mediante— el pelotón de fusilamiento acabó con su estrambótico sueño de Dios, Patria y Rey.
Nació el Capitán General Quesada en La Habana en 1782 y murió linchado por una turba en la calle Hortaleza de Madrid, el 15 de agosto de 1836. Fué en Sevilla contemporáneo del Asistente Arjona.

Paisaje de Puebla de Cazalla, con restos de su castillo en la loma. Escenario de las reuniones clandestinas del teniente Limón.





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