sábado, 7 de noviembre de 2015

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Moría Fernando VII. Yace en la cripta real del monasterio del Escorial. A quien esto escribe le interesa más el "Carnerillo" junto a la iglesia de Santiago de Castalla Talaçana, —como llamaron al pueblo de nuestros desvelos los sicarios del antiguo rey Fernando III—. No obstante, se añade el plano de Wikipedia que sigue, por si algún castillejano de excursión cultural con el IMSERSO recala en aquel pudridero repugnante y quiere buscar a alguien en concreto. Ya sabe: móvil en ristre, que ahí están todos los fiambres a la carta.



Desde el principio y tras el sobredicho período de instrucción, hasta 1833, Francisco Oliver López anduvo "en guarniciones* y marchas, habiendo pertenecido en el último año (el dicho 33) al Ejército de Observación de la Frontera de Portugal"**, con lo que tuvo múltiples oportunidades de volver a Castilleja tanto desde Extremadura como por el Camino Real a Huelva y Ayamonte, ya como un "fogueado" Sargento 2º.

* El de guarniciones era un servicio de prácticamente completa inactividad.

** En este 1833 con motivo de la guerra civil lusa el Ejército de Observación estaba situado en la frontera entre Extremadura y el país vecino. La muerte de Juan VI de Portugal (asesinado con arsénico según se demostró en su exhumación en el año 2000), a la que siguió la guerra civil entre los partidarios de don Miguel y doña María de la Gloria, obligó a enviar y mantener un ejército en la frontera portuguesa. Su jefe fue el militar de origen irlandés General Pedro Sarsfield, primeramente en 1827 y luego desde 1833, en cuyo mes de octubre envió una carta de condolencia a la recién enviudada Reina Regente; recibió contestación el 12 del mismo mes con Real Orden de hacerse cargo de Vizcaya y Alava para sofocar sus "sublevaciones criminales". Ya sabemos que, a su vez, el Sargento Oliver pasó en dicho octubre desde Extremadura a combatir a las partidas carlistas aragonesas.
Fué asesinado el 25 de agosto de 1837 el General Sarsfield por sus propios hombres y su cuerpo arrastrado por las calles de Pamplona; se cree que los atrasos de pagos a "los peseteros" que constituían su tropa (soldados isabelinos mercenarios así llamados con desprecio por los carlistas, porque cobraban una peseta) y la radicalidad de los oficiales liberales que los mandaban, originaron el motin que llevó a su linchamiento.

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Un agradabilísimo paseo hacia el norte, más allá de la Hijuela de la Gitana y ya en término de Camas, aprovechando el corto permiso de fin de semana, compensaba todos los malos tragos sufridos en los desangelados servicios de frontera.

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Y desde principios del mes de octubre (un par de días antes — el 29 de septiembre— había muerto en Madrid el Rey Felón, según queda dicho) conoció a fondo la crudeza de la guerra en persecución de las facciones de los disidentes cuasibandoleros de Aragón, empleándose en ello durante los terribles meses invernales de aquella región que padecieron especialmente los sureños*. Del sur eran los soldados bajo su mando, por cierta política proveída desde Madrid por la que se instaba a las autoridades militares a encuadrar a los hombres del mismo origen en las mismas formaciones, para hacerles más llevadero el rigor de la contienda.

* Ya tenían algún anticipo. A eso de las siete de la mañana del martes 11 de enero de 1820 empezó a caer nieve sobre El Aljarafe, cubriendo de un espeso manto blanco campos, calles, plazas, patios y tejados. Por la noche arreció la nevada hasta que la lluvia del día siguiente atemperó la inclemente atmósfera. Niños entonces los futuros quintos, supuso el insólito fenómeno algo así como la vacuna frente a la gravísima enfermedad, valga la metáfora, que significaba para los andaluces occidentales el invierno de Aragón.


En ocasiones como esta, típica escena turolense de aquel año, los aljarafeños echaban de menos los ratitos pasados en su tierra.


Aunque, a fin de contextualizar, debíamos haber elaborado en entrada anterior la nota que sigue, lo vamos a hacer ahora en este 1833-34 porque "más vale tarde que nunca" y porque es conveniente y saludable regresar a nuestra villa de vez en cuando y no perdernos por regiones remotas, gélidas y desconocidas. Al "pacifista" escribano Esteban Velasco, que una vez libre de la Quinta merced a su estratagema de encogerse cual gusano casó con la castillejana María de las Mercedes Pacheco, muriósele una hija párvula el 25 de noviembre de 1832, la que fue enterrada en el porche de la iglesia de Santiago: la niñita se llamaba María Josefa. Un mes antes, el 18 de octubre, fué enterrado ahí mismo o poco más o menos el cadáver de la viuda Isabel Cabrera, anciana que no requirió los servicios del dicho escribano Velasco para otorgar su testamento, porque no poseía nada, de pobre que era; fué en sus últimos años viuda de Juan Oliver Rosa, lo cual se relaciona directamente con uno de los reclutas de Saboya, el mozo apellidado Oliver Cabrera.
También el Fiel de Hechos Ynestrosa, personaje protagonista del Sorteo y omnipresente en los documentos que lo recuerdan puesto que era él mismo quien los escribía de su pluma y letra, cargó con su cruz un año después de aquel trabajo, cuando Ana María, su hijita con doña María Manuela Cansino, murió: era el 4 de noviembre de 1828. Otra mujer en directísima relación (como que era su madre) con otro de los quintos, Jiménez Caro, María Josefa, murió el año anterior a la Quinta, el 20 de mayo de 1826, y fué sepultada el 21 en Santiago, dejando con ello viudo a Andrés Jiménez, y también sin testar por la misma causa: no tener nada que repartir; como se ve , ya constaba como difunta en las diligencias del Cupo.
Y aprovechando que estamos de entierro, para ahorrar cambiarnos el luto riguroso por indumentaria más alegre, adelantemos un tiempo: en 1836, el 27 de septiembre, pasó al más allá Juan de Oliver Cabrera, viudo en segundas nupcias de María Flora López, o sea, viudo al cuadrado; recordemos que un Oliver Cabrera salió con la papeleta de "Soldado" nueve años antes; bien podría ser hijo o nieto del difunto, ya lo veremos.
Vamos adelante, hasta cuando nuestro militar protagonista, pasada toda la primera guerra carlista, andaba en Ultramar en la paradisíaca —para algunos pocos— Isla del azúcar. Fué el 7 de septiembre de 1844 cuando el chiquillo de cinco años de edad Gregorio Oliver Pacheco murió de una calentura maligna, siendo enterrado en Santiago; era sobrino del Capitán Oliver, de guarnición en Puerto Rico, adonde una carta peninsular podía tardar en llegar 30 días, incluso 45; Gregorio fué hijo de mis tatarabuelos José Oliver López y María Manuela Pacheco (nótese que por Pacheco los Oliver son parientes del escribano Esteban Velasco, casado con una Pacheco como acabamos de decir); testigos del entierro del pequeño Gregorio fueron don Juan de Chávez Ortiz, maestro de sangrador, y José de la Rosa, del campo, todos naturales de esta Villa.
Veamos el siguiente extracto de partida de defunción: Entierro en Santiago de Francisco de Paula Oliver Cabrera, viudo de 74 años, hijo de Juan de los Santos Oliver y de Isabel Cabrera. Inflamación de orina. Testigos, Gabriel Ortiz, Alcalde Constitucional, y Esteban Velasco, Secretario del Ayuntamiento. Murió el 30 y fué enterrado el 31 de julio de 1846. Próximamente desliaremos los parentescos que sugieren estos apellidos con los tres soldados.
Y por último, enlazando con entrada pasada, por este otro registro se aclara el origen del apellido Colorado, poco frecuente en Castilleja como ya apuntamos, pero todavía patente en nuestros días en la localidad de su procedencia: José Colorado, natural de Tocina, casado, 60 años, herrero, hijo de Lucas Colorado, herrero, y de Petronila Romero, naturales de Tocina. Murió de enfermedad crónica, y no testó por ser pobre. Muerto y enterrado el 26 de julio de 1849, testigos Francisco Barquero y Antonio de Oliver.

Y tras este pesadumbroso recorrido al cementerio, en próxima anotación daremos cuenta y razón de datos más regocijantes y felices, cuales son los de matrimonios y nacimientos acontecidos en aquellos años decimonónicos de referencia.


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