sábado, 5 de diciembre de 2015

Padrón 1r




Y siguen unos padrones, ciertamente confusos si se pretende con ellos localizar con alguna exactitud las viviendas de los Ortiz. Y es que, a lo que parece, en ciertos periodos una parroquia se imponía sobre la otra ganándole terreno, como en las batallas navarras se imponían los combatientes de ambos bandos. Dependiendo de qué año, algún tramo izquierdo o derecho de lo que hoy percibimos como Calle Real perteneció a Santiago. La demografía de la Calle  parece haber experimentado un descomunal crecimiento durante la primera mitad del siglo XIX, que se comprende si pensamos en una nueva composición de grandes corralones de vecinos en ella, lo cual se corresponde con los padrones, en los que aparecen en cada "compartimento" numerado en la puerta principal abierta a la Calle Real varios núcleos familiares con tres generaciones y algún que otro vecino adjunto; se puede comprobar el mismo tipo de comunidad, en forma incipiente en la de Diego de los Reyes. También lo reflejan así los libros parroquiales, que de pronto empiezan a aparecer con interminables listas de casados y en consecuencia, de nacidos en la parroquia de la Concepción.
Quizá el Señorío con sus grandes haciendas no permitió la multiplicación vecinal que se detecta en el Realengo, en donde también pudo influir el aumento de tráfico de personas y mercancías en ambos sentidos. Vemos como la calle de Abajo en ocasiones se nombra Calle Real por bajo, o Calle Real baja, y que este área cambia de parroquia, como hemos apuntado, alguna vez.


Las casas de Esteban Velasco y de Francisco Oliver están exactamente localizadas, en la Plaza; en este mapa a vista de cohete cofradiero se ofrecen ambas, además de los dominios territoriales rojos y celestes de aquellos años, según se deduce de los padrones eclesiásticos.

Las sombras negras arzobispales y las negras sombras abadengas se entrecruzaban sobre los tejados castillejiles, ante los ojos asombrados de los gatos. La unificación de las parroquias, arrebatando bienes muebles e inmuebles la una a la otra, estaba en la mente de cada cura destinado a este pueblo, bien por directrices "desde arriba" y/o, sobre todo por el negocio personal que suponía endosarse subvenciones, contribuciones a la fábrica, donaciones y limosnas, tributos, etc., mas la cobranza de derechos de administración del Sacramento Indisoluble en la unión matrimonial, de garantía de un Juicio en el Más Allá en el entierro, o de Limpieza del Tremendo Pecado Original en el bautizo; negocio y beneficios que desde siempre ha disputado cada uno de los dos curas en detrimento del otro, al abrigo y con las directrices de sus patrocinadores olivareños e hispalenses respectivamente. También contaría en esas oscuras voluntades la simplificación administrativa, que se traduce en querer trabajar menos, si vamos a ser realistas.
La Iglesia demuestra hasta nuestros días estar repleta de aves de rapiña, dispuestas a desojarse a picotazos entre ellas por una piltrafa nauseabunda, y para patentizarlo me remito simplemente a algo que ocupa a los medios de comunicación estos días: el actual escándalo del Banco del Vaticano, patentemente ligado a la industria armamentística y contra el que "El Secuaz de Videla" pregona jesuíticamente —para eso es jesuíta— luchar.



Negocio puro y duro. Voy a exponer una observación personal sobre la Castilleja católica y sus indiscutibles intereses materiales, y luego arriesgaré una hipótesis sobre la que creo razonable desarrollar un detallado trabajo sociológico. Desde los tiempos de la Transición la presencia de la Religión en los espacios públicos fué disminuyendo. Raramente se veía por la calle a un cura vestido ni con clergyman, no digamos con sotana. La presencia monjil también disminuyó a ojos vista. La oposición a la Iglesia, respuesta lógica contra la que durante Franco campeó, hizo que hasta en las personas seglares el pequeño detalle de una crucecita al cuello fuera abandonado. No estaba bien visto ni siquiera persignarse al pasar ante los templos. La clásica beata fué arrinconada y, junto a su alter ego el sacerdote tradicionalista, retirados a los desvanes como si de viejas y vergonzosas imágenes se trataran. Representaban un odiado periodo, el de la dictadura militar, que a la inmensa mayoría repugnaba. Un laicismo liberador y creativo hacía que los católicos más firmes fueran, acobardados o plenos de mala conciencia, replegándose en sus expresiones hacia lo más profundo del ámbito privado. Volvía para la gente normal y corriente la saludable Era de las Catacumbas. La política oficial siguiendo el sentir general apostaba por esa tendencia liberadora, fomentándola. En el aspecto festivo de la religiosidad popular del tipo de las romerías o verbenas lo "profano" (la libertad sexual, la rebeldía ante la jerarquía parroquial, la organización y administración desde abajo, etc.) adquirió total protagonismo.
Todo fué en ese sentido mientras la economía crecía proporcionando ingresos aceptables a las masas, con los que el ciudadano medio mantenía y/o elevaba su nivel de vida. Reinaba el Estado del Bienestar, valga la redundancia.
Luego, en el "zapaterismo tardío" sobrevino la crisis económica, y cual rebaño desorientado por el aullido de los lobos la ciudadanía buscó una salida por la derecha, por donde aliviar sus angustias. El clerigicio esperaba esa oportunidad para desacreditar a la "izquierda" gobernante, señalándola como causa de los males de la recesión y el paro. La masa borreguil aceptó semejante versión y desempolvó las crucecitas para llevar al cuello, las persignaciones ostentosas, ¡los rosarios colgados del espejo retrovisor del coche!, las expresiones ya casi olvidadas de "si Dios quiere" o "gracias a Dios" o "Jesús" contestando a un estornudo, que hubieran causado risotadas abundantes en conversaciones cotidianas de otros años. Fueron arrimándose a las parroquias y obligando a sus hijos a asistir a las catequesis, más como gesto de castigo a los políticos de la crisis que como verdadera religiosidad (si es posible haberla), pero también aceptando a la Iglesia-Empresa como representante del bloque opositor, como restante opción para superar el bache de la economía. No había donde elegir.
El pueblo, ahora sumiso al Individualismo Capitalista, había echado los dados sobre el tapete, y en el momento actual los impredictibles cubitos todavía siguen rodando.

"Más dá el duro que el desnudo", decía el ciego de El Lazarillo de Tormes, y eso mismo se han dicho los parados de Castilleja. "Desnudo" el socialismo, todos esperan con las vistas fijas en el "duro" enlutado, que por ahora reparte bendiciones y lotes de comistrajos indigestos, hace tocar incesante las campanas y entre cohetes y tamborradas impide que se piense en otra salida, clásica actitud de la clerigalla, esa obsesiva presencia externa y esa brutal invasión de personas y ámbitos particulares que desintegra, antes de que se cree, la iniciativa comunal. Tienen estos vividores-manipuladores sus líneas directrices muy bien señaladas, como se comprueba, sin ir más lejos, espigando la obra de fray Ceferino Gonzalez, arzobispo de Sevilla retirado en nuestra Villa en donde se dedicó, regurgitando baba venenosa con su pluma castrante, a denigrar a muchas personalidades de la cultura universal y de infinitamente más categoría intelectual que él.
Citémosle de su obra "La Economía política y el Cristianismo", escrita en Manila en 1862 y refundida luego por su propia mano:

Cita 1ª: "...faltaba un hombre capaz de edificar. Desgraciadamente realizó esta empresa Adam Smith con sus Investigaciones sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Y decimos desgraciadamente, porque Smith es como el jefe de esa escuela semi-materialista de Economía política (se refiere a la de Verri*), que sólo ve en el hombre un capital y un productor de riquezas; escuela cuyos principios desecantes, y cuyas doctrinas egoístas tienden a hacer más desgraciada la suerte de los pobres, en vez de aliviar su infortunio; escuela, en fin, para la cual casi nada significan y en la cual para nada entran la religión y la moral."

* En 1771 aparecieron las Meditaciones sobre la Economía política del conde Verri. Ver http://www.eumed.net/cursecon/economistas/Verri.htm

Nota. La religión y la moral significan mucho en Economía. Que los pobres hundan sus cabezas y cierren sus bocas con el concepto de "resignación", concepto estoico corrompido por los cristianos, es condición indispensable para que los empresarios, incensados y ungidos por los curas, sigan haciendo de las suyas.

Cita 2ª: "Algunos hombres reflexivos, reconociendo las funestas consecuencias prácticas de las teorías de la escuela inglesa (la de Smith), dieron a la Economía política un carácter más humanitario, más benéfico, más fecundo y más en armonía con la dignidad del hombre, haciendo entrar en la ciencia el principio moral y el principio de beneficencia cristiana."

Nota. Si la "reflexión" de esos hombres viene de Dios, Eminentísimo don Ceferino, poco margen deja Vuestra Excelencia a la polémica.

Cita 3ª: "Una vez iniciada en la ciencia esta dirección, el principio católico se apoderó de ella, y bajo su inspiración apareció la verdadera ciencia de la Economía política, representada por la Economía político-cristiana." Resaltado en negritas mío.

Nota. ¡Sí señor! Reconozcamos en ella a la que hoy predomina en la sociedad castillejeña.

Cita 4ª: "...el cristianismo, que estimula, que aprueba y que manda el trabajo, quiere que la humanidad rica respete a la humanidad pobre... ."

Nota. Pero... Excelentísimo y Reverendísimo Monseñor: ¿no sería mejor una sola humanidad mediana, ni rica ni pobre? Claro que eso conllevaría a que todos trabajásemos por igual, cosa esta, el trabajo, irreconciliable con las privilegiadas mentes que se forman en los Seminarios. Si la doctrina de Cristo se extendiera por todo el orbe, con solo esa política económica de respeto del rico al pobre... no sé yo, no sé yo.


                               Ceferino jovenzuelo, pensando en sus cosas

En fin. Luego la emprendió con Malthus, atacándolo y defendiéndolo a la vez de una forma delirante y extrañísima. Recomiendo su lectura. Monseñor González es muy alabado por el "capillitismo alixeño" porque ordenó repartir pan entre los pobres de nuestro pueblo alguna vez, pero nunca se levantó a las tres de la madrugada para cocerlo, así que sus dádivas no eran objetivamente tan caritativas sino pura justicia social. Dejó debiendo mucho también a los pobres de Filipinas y de otras partes. Cuando en alguna ocasión el invierno del alto aljarafeño atacaba los arzobispales bronquios de fray Ceferino González la prensa nacional se hacía eco mostrando enorme preocupación y desasosiego. Un su estornudo era noticia que reportaba pingües beneficios a muchos dueños de periódicos, al parecer. Entre plumíferos andaba el juego (bastante productivo) del "hoy por mí, mañana por tí."




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Una muestra contemporánea (años 1826-27, éste último, recordemos, el de la Quinta fernandina) del sórdido maquiavelismo de "las iglesias" de nuestro pueblo es la que sigue, recién encontrada en una carpeta de notas tomadas a mano por mí hace algún tiempo, no recuerdo de qué Archivo:

(Habla Bermudo Leila, viejo y achacoso cura de la Concepción)."Mi Venerado Prelado y Muy Señor mío*: con fecha de 16 del que corre recibí un oficio del Cura de Santiago de esta Villa con referencia a otro del Reverendísimo Señor Abad de Olivares** en que me decía que el 17 pasaba por ésta, y que le era forzoso hablarme al paso, y así tuviese la bondad de no faltar de casa aquella mañana, a la que contesté con la misma urbanidad diciendo que no faltaría, como se verificó, y cuando esperaba al Señor Abad para saber lo que tenía que comunicarme, se me presentó un hombre que me dijo ser Escribano, y me hizo saber venía el Señor Abad a tomar posesión de la Iglesia y Parroquia de la Concepción, en virtud de Orden de la Cámara, para lo cual franquease las llaves, cuya Orden no se me manifestó; dí por respuesta no me allanaría entre tanto no hubiese orden de Vuestra Excelentísima, o del Señor Provisor de este Arzobispado, y aunque me contestó él no la necesitaba, le respondí que yo sí, y de otra manera de ningún modo lo haría; ido que fué, al poco rato se presentó el Señor Abad a la Puerta de la Iglesia Provisional, y volviendo a mi casa segunda vez el que me dijo ser Escribano acompañado del Alguacil Eclesiástico, y pidiéndome las llaves para abrir la Puerta a fin de que el Señor Abad entrase a tomar su Posesión, negadas que fueron segunda vez por mí en el interín que no se me presentase Orden de mis Prelados, y mandó dicho Señor Abad al mismo Alguacil Eclesiástico buscase un cerrajero que las abriese a la fuerza, como en efecto se verificó, siendo primero la de la Obra, y en seguida la de la Iglesia Provisional, lo que causó mucha nota a todo el vecindario y expuesto a casos funestos que sólo el mucho afecto que me profesa sujetó semejante caso, sabiendo lo muy sensible que sería para Vuestra Excelentísima hubiese semejante acaecido.
Posteriormente en la noche del mismo día recibí un Oficio firmado por José María Recacha, que copiado a la letra es el que sigue: "El Ilustrísimo y Reverendísimo Señor Abad de Olivares mi Prelado me ha dejado encargado en la Vicaría del Partido y Curato de la Parroquia de la Concepción de esta Villa, que Vd. dignamente ha servido bajo el gobierno del Señor Arzobispo de Sevilla; le he de merecer franquee Vd. y me entregue las Llaves del Sagrario y demás interiores de dicha Iglesia, y sus Libros, pues de lo contrario me veré precisado a obrar en todo con arreglo a las Órdenes que me ha dejado. Dios guarde a Vuestra Merced. Castilleja de Guzmán y noviembre 17 de 1826. Besa la Mano de Vd. José María Recacha = Señor Cura de la Concepción que fué." Contesté como anteriormente que de ningún modo lo haría sin orden de mis Prelados.
Señor, son tan malos ratos los que me están haciendo pasar que hasta ha llegado el caso de tener que fugarme de ésta para no ser atropellado, según las Órdenes, decían, había dejado el Señor Abad de que si no entregaba los libros, llaves y demás, me llevarían preso a la Torre de Olivares; yo me atemoricé en tal extremo que fuí a Sevilla, lo que puse en conocimiento de los Señores Secretario y Tesorero, los que me dijeron debía de regresarme y sufrir cuanto quisieran hacer conmigo, que después mi Prelado me defendería, donde me hallo resignado a sufrir cuanto quieran, en obsequio de Vuestra Excelentísima, confiado en que el benigno corazón de Vuestra Excelentísima no abandonará jamás a este pobre anciano, Ministro del Altar. Dios Nuestro Señor guarde a Vuestra Excelentísima los años que le desea su súbdito y Capellán. Castilleja de la Cuesta, 18 de noviembre de 1826. Besa la Mano de Vuestra Eminencia, Joaquin Bermudo y Leila."



Al margen de la carta anterior hay una nota hecha en Guillena el 22 de noviembre de 1826, por la que el Cardenal Arzobispo ordena que lo pasen a "Nuestro Tribunal de Justicia", firmada por un secretario. El 27 se pasa al Fiscal General.

* Se dirige el cura Bermudo al arzobispo de Sevilla Francisco Javier Cienfuegos Jovellanos. Sobrino del jurista, escritor y político Gaspar Melchor de Jovellanos, a cuyas obras digitalizadas enlazamos: http://bdh.bne.es/bnesearch/Search.do?text=&field1val=%22Jovellanos%2c+Gaspar+Melchor+de%22&field1Op=AND&numfields=1&exact=on&advanced=true&field1=autor&language=esEn

Un jovencísimo Alcalde del Crimen (de 24 años de edad), nacido en Gijón el 5 de enero de 1744, se encontraba repasando autos en el salón del segundo piso de la Real Audiencia de Sevilla una mañana de la primavera de 1768, a la luz prístina del gran ventanal entreabierto que le proporcionaba amplia vista sobre la animada plaza de San Francisco. 

** El Abad era José María Mariscal y Rivero, natural de Jerez de la Frontera, hijo de don Andrés Mariscal y de doña María de Rivero, "con sangre de notoria hidalguía" según Oración Fúnebre que, tras su muerte (falleció el 24 de mayo de 1836), en el Cabo de Año en 1837 le dedicó en Sanlúcar la Mayor José Joaquin de Ojeda y Vilches, Examinador Sinodal de la misma Abadía entre otros títulos, y también nacido jerezano. Editada la Oración en Sevilla en dicho 37 en la imprenta de don Mariano Caro a expensas de doña Teresa Mariscal y Gallegos, prima hermana y albacea del difunto, nos cuenta en ella Vilches que, cuando el futuro Abad de Olivares disfrutaba de una prebenda que le concedió Carlos IV en la colegial de San Salvador de su Jerez natal, "vióse de repente ocupada nuestra fértil Andalucía por tropas del Caudillo del siglo (Napoleón Bonaparte) cual sobre campo de abundante mies arroja el rayo, y el granizo la preñada nube, y Jerez entonces abrumado con el peso de un ejército numeroso, sitiador de la Gaditana isla, padecía todos los males, que arrastra en pos de sí una triunfante hueste. Ya la sensatez de Mariscal y Rivero había previsto el inevitable azote, y asociándose a personas de recto pensar, detuvo, en cuanto fué dable, todo el impulso del torrente devastador, y poniendo en juego la más fina política, salvó las preciosidades de su patria, y plegándose a críticas circunstancias del momento, alivia la aflicción de sus compatricios, y pabulizando el fuego del más noble patriotismo, que a veces por muchos se propala, y tan pocos merecen poseer, pudo jactarse de haber sido un defensor del orden público durante la nacional opresión."


De esta guisa debió haber ido el "Defensor del Orden Público de Jerez de la Frontera".

 Y en otro lugar sigue el incansable Vilches: "... fueron días cuando Olivares y su colegial veneranda, y esta Ciudad de Sanlúcar, y el antiguo pueblo de Eliche, y la villa de Albaida, y ambas Castillejas se gozaron, al contar por décimo Abad de su catálogo a este Varón de bella índole, de apuesto talle, de generoso desprendimiento, afable en el trato, fino en sus maneras, noble en sus procederes, ganaron en suma un verdadero Jerezano [...] recordarán por siempre su candor, y su prudencia, y su mansedumbre, y su discreción, y más que todo su paciencia, su conformidad, sus sufrimientos... ."

Desde principios del siglo XVIII la Abadía de Olivares se empobrecía a ritmo acelerado, siendo patrón de ella el Duque de Alba. Tenían que confeccionarse las vestiduras de la sacristía con trozos de otras de más de dos siglos de antigüedad, o con las telas y fragmentos deteriorados que las patronas les daban de limosna. Se utilizaba para reparos de albañilería material de derribos. Nunca mejor dicho, la Abadía "iba de capa caída"; se suprimen raciones vacantes para ahorrar y poder así invertir en fábrica y sueldos de los ministros; habiendo quedado una de las prebendas vacantes por fallecimiento de su titular el ariscaleño don Tomás de Torres el 20 de agosto de 1717, el Duque no dió licencia para la supresión, y la ocupó en enero de 1718 don Juan García Maldonado, natural de Olivares, siguiendo siendo ocupada en nuestro año de 1826 por un sobrino del Abad Mariscal, don Antonio Rete y Mariscal, nacido en Prado del Rey ( nueva población de la Sierra de Jerez fundada por la familia Mariscal ). Juan García Maldonado fué además albacea del anterior Abad Luis Sánchez Duro de Velasco, fallecido en Albaida del Aljarafe el 6 de diciembre de 1740 a las cuatro de la tarde: "... y temiendo la muerte que es cosa natural a toda criatura no me da lugar a hacer mi testamento que en mi nombre pueda hacer y otorgar mi albacea don Juan García Maldonado...". El sucesor, don Isidro Alfonso de Cavanillas, quiso quitar a Maldonado el privilegio que tenía de cobrar sin residir en Olivares.
Fundó misas en la iglesia olivareña una Josefa Maldonado, viuda de Lucas Adame, sobre casas en la calle Labradores y otras enfrente que son bodegas y atarazana, y la misma con su tío Bartolomé Maldonado fundó también un aniversario. Isabel García Maldonado (hermana sin duda del cura de Castilleja) pagaba de tributo a la cofradía de las Ánimas 490 reales de vellón.
Hemos remarcado a Juan García Maldonado, porque durante la segunda mitad del siglo XVIII anduvo como un descosido enterrando muertos, casando machos con hembras y bautizando niños de la Calle Real Francisco García Maldonado, Vicario y Cura Beneficiado de la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, aunque muchas veces ampliaba el título añadiendo solamente "de esta Villa de Castilleja de la Cuesta", lo que, siendo verdad, era una verdad a medias, o sea, casi una mentira. Lo relevaron en 1802.



Seguimos con la "Feliz Navidad" que propinaron desde Olivares al viejo cura de la Calle Real. El 28 de noviembre de dicho 1826 vió la exposición de don Joaquin Bermudo el Fiscal General del Arzobispado, Doctor Juan Vaquerizo*, a cuyo tribunal se había pasado por decreto del Arzobispo; dice que le parecen muy ajenos de la ilustración y prudencia que se debe suponer en el Muy Ilustre Señor Abad de Olivares los hechos que se refieren... escandalizando sin necesidad al pueblo de Castilleja, arrogándose la facultad de ponerse por sí mismo y a la fuerza en posesión de lo que aun legítimamente le perteneciera, intentando tener a su obediencia súbditos extraños sin Orden de sus Prelados; sin embargo, para apurar la verdad, dictamina el Fiscal que el Arzobispo envíe Oficio al Abad, insertando la exposición del Cura, y expresándole que si alguna cosa tuviese que reclamar se sirva hacerlo directamente de esta Jurisdicción o de Su Eminencia, que obrará con la buena armonía que corresponde. Dicta también el Fiscal que se hagan justificaciones de los hechos por un Comisionado de la confianza del Arzobispo. Sin embargo, acaba dejándo a éste (dicho Arzobispo) que resuelva lo más justo.

*  "...el señor don Juan Baquerizo y Peña , canónigo de esta santa iglesia [Sevilla], se levantó el domingo á la hora de costumbre dijo misa en su oratorio privado, dio gracias, y al levantarse, para tomar el desayuno, fué á coger un pañuelo que se le cayó, y al hacer ese movimiento, lo atacó una apoplejía fulminante que á las dos horas le habia arrebatado la vida." Ver su biografía en http://portal.uc3m.es/portal/page/portal/instituto_figuerola/programas/phu/diccionariodecatedraticos/lcatedraticos/baquerizo                         
por donde sabemos que también metió cuchara en política: "Año 1843. De los notables que fomentan la sublevación contra Baldomero Espartero, don Juan Baquerizo y Peña participa en la formación de la Junta provisional del gobierno de Sevilla."

Auto. Don Luis Gonzaga Colón, abogado de los Reales Consejos, Racionero de la Catedral, Provisor y Vicario General de Sevilla y su Arzobispado*, manda que se dirija al Abad el Oficio y testimonio que pide el Fiscal. El día 29 se le notifica al Fiscal don Juan Vaquerizo el auto anterior, por el Notario Mayor Antonio de Olaerrota**.
El 1º de diciembre don Luis Gonzaga Colón admite también la Justificación de los hechos pedida por el Fiscal, quien también queda notificado de ello este mismo día.

* En el Archivo Histórico Nacional, pidiendo más mamandurria hay una "Solicitud de Luis Gonzaga Colón, vecino de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) y abogado de la Audiencia de Sevilla, sobre que se le incorpore con los de los Reales Consejos."
 https://www.archivesportaleurope.net/ead-display/-/ead/pl/aicode/ES-28079-AHN9/type/fa/id/ES-AHN-28079-UD-172315/unitid/ES-AHN-28079-UD-172315+-+ES-AHN-28079-UD-1572641/page/973#sthash.Ef0l9AP5.dpuf

** Juan Antonio, para ser más exactos. Vivía en el Arquillo de la Plata, nº 1. Con su "Amo" el Arzobispo Cienfuegos y otras personalidades fué suscriptor benéfico del Bosquejo de Itálica o apuntes que juntaba para su Historia don Justino Matute y Gaviria. Editado en Sevilla en 1827. Por entonces los condes de Lebrija andaban "recolectando" por término de Santiponce los objetos que hoy adornan su palacio de la sevillana calle Cuna. Contaba hace poco uno de sus herederos, habitante del dicho palacio, que le reñían porque de niño paseaba con su triciclo de ruedas de hierro por encima de los mosaicos itálicos del Dios Baco. Esta referencia al Condado de Lebrija viene a cuento por lo que pronto se verá, si les acompaña a ustedes la paciencia.

(Volvemos con Bermudo. Se llevó a cabo la Justificación, citando a los testigos siguientes, que declararon bajo juramento):

Testigo, don Antonio Vanderleye*: en Sevilla 5 de diciembre de 1826, presentado por el Fiscal y ante el doctor don Luis Gonzaga Colón declaró Antonio Vanderley, de la collación de la Concepción, sacristán de dicha Parroquia y Maestro de Primeras Letras, presente el Notario Mayor Antonio de Olaerrota; se le leyó la exposición de don Joaquin Bermudo; dijo que por razón de su ministerio acude frecuentemente a casa de Bermudo; el día 17 de noviembre fué como de costumbre y vió que el Cura estaba hablando en la puerta de su casa con un hombre que, según pudo comprender, era enviado del Señor Abad; varias veces negóse el Cura a darle las llaves, hasta que su Amo el Arzobispo no lo autorizara; se marchó el hombre y volvió al poco rato con el Alguacil Eclesiástico, exigiendo la entrega de las llaves y amenazándolo con descerrajar la puerta de la Iglesia si no las daba; el Cura contestaba "que no se causasen"; se retiraron Escribano y Alguacil a la casa donde se hallaba el Señor Abad, que era en la misma Calle Real, donde vive el cura Bermudo, enfrente de la Iglesia; el testigo lo vió todo desde la ventana de la casa del Cura; el Alguacil fué en busca del herrero, que vive en la misma Calle; se vino con él adonde estaba el Abad; en seguida se oyeron golpes como de estar descerrajando puertas, y asomándose a la ventana observó que, en efecto, se habían abierto las puertas de la Iglesia; vió entrar gente en ella, y al poco salir al Abad, que se dirigió a las casas de su apeadero, que eran las del Sangrador del pueblo; después lo vió pasar en su coche, para Olivares, con una señora que oyó decir por la noche que era su sobrina; aquella noche observó el testigo alguna conmoción en el pueblo; se decía que si el Cura no entregaba al Encargado don José María Recacha los libros y demás cosas de la Iglesia, lo llevarían preso a la Torre de Sanlúcar, por lo que el testigo se reunió con Juan Cabrera y Francisco Núñez, y tomaron la resolución de sacarlo de su casa, hacia las tres o las cuatro de la madrugada, llevándolo al sitio de la Huerta de la Torrecilla, inmediato al barrio de Triana; ahora se acuerda que Bermudo no estaba en su casa, sino en la de un conocido, temeroso de que fueran a buscarlo; fué desde este escondite de donde lo llevaron a Triana. En la siguiente noche del día 18, estando el testigo en la casa del Cura, donde había quedado su sobrina doña María Francisca, entró don Jose María Recacha, tomó asiento, y al poco rato le pidió a doña María le entregase todas las alhajas, libros, papeles y demás pertenencias de la Iglesia; ella respondió que no podía si no lo autorizaba su tío; él la amenazó con registrar la casa; ella siguió oponiéndose, y él entró en el cuarto habitación de uso del Cura, con don Manuel Hinestrosa, escribano de Castilleja del que venía acompañado, y abriendo una cortina vieron la cruz de plata que servía en la Iglesia, con otras alhajas del propio metal, las cuales le dijo Hinestrosa al testigo que se las fuese mentando para inventariarlas, como lo hizo con la ropa blanca, ornamentos y otros efectos, y evacuada esta diligencia lo recogieron todo y se retiraron, y al otro día el mismo Hinestrosa llevó a doña María un recibo o resguardo de lo que habían recogido. El testigo tiene 65 años de edad. Firmó, con Colón y Olaerrota.



* Los Vanderleye, una familia históricamente ligada a oficios en las dos parroquias. Era Vanderleye alto, calvo y de piel blanca como la leche, la cual junto a sus largos miembros dábale un extraño aire feminoide.
El 29 de octubre de 1744 Juan Vanderleye, que ejercía de Sochantre y Sacristán Mayor en las iglesias de Santiago y de la Inmaculada y tenía los bienes y alhajas de ambas a su cargo, inventariados por orden del Reverendísimo Señor Isidro Alfonso de Cavanillas, Abad Mayor de Olivares, que había mandado también "afianzarlos", o sea, dar fianzas sobre dichos bienes, se obliga a hacerlo ante los Mayordomos. Son sus fiadores los castillejanos Juan Ortíz el Mayor y Cristóbal Jiménez; Juan hipoteca a ello unas casas en la Calle Real, linde por un lado con casas de Juan Pacheco y por el otro con casas de Sebastián Rodríguez; y Cristóbal hipoteca dos aranzadas de viña en el pago de Los Arenalejos (hoy ocupado por Aldi, Burguer King, etc), linde con viñas de Francisco Álvarez.
El Abad Isidro Alfonso de Cabanillas, propuesto al papa como tal por la duquesa de Alba, fué el que dejó a Maldonado casi con una mano delante y otra atrás (ver supra).
Nótese que el fiador de Vanderleye Juan Ortiz el Mayor era vecino de Sebastián Rodríguez. Podemos desgranar el rosario de casas en este tramo de la Calle Real con el siguiente documento: Sebastián Rodríguez y Juana Cabrera su mujer, vecinos de la collación de la Concepción, con Cristóbal Martin Guerra como su fiador y principal pagador, vecino de la misma collación, dicen que tienen rematadas las rentas del vino en esta Villa, y en la de Castilleja de Guzmán las de los frutos y cosechas de cereal ¿sin incluir? (lectura dudosa) las que deba pagar el Colegio de San Hermenegildo, cuya propiedad pertenece a la duquesa de Olivares. El dicho remate fué hecho por precio de 725 reales. Se obligan a pagar al Mayordomo dichas sumas (415 r. por las rentas de Castilleja de Guzmán y 310 por las de esta Villa) en dos pagas: una en Navidad del presente año y otra por Carnestolendas del que viene. Hipotecan sus casas de morada en la Calle Real, linde con casas de Juan Ortiz y con casas de Cristóbal García, y tres aranzadas de viña en Gines, en el pago de la Cruz de la Margen (pago limítrofe con el término de Castilleja al este —mediante el callejón de Romero Murube— y con la carretera a Huelva al sur), linde con viñas de Juan de Santiago, de Pedro Márquez y de don Francisco Álvares (las tres en lo que hoy es el Poblado de Rozas), y media aranzada de viña en Los Arenalejos (ver supra, primer párrafo de esta nota) linde con viñas de Domingo Rodríguez y de José de la Rosa, y tres aranzadas de tierra calma en El Valle (hoy Airesur e Ikea), linde con tierras de José Cabrera, todo ello con ciertos tributos.
Por lo tanto ya tenemos cuatro cuentas seguidas del metafórico rosario: casa de Juan Pacheco, casa de Juan Ortiz el Mayor, casa de Sebastián Rodríguez y de Juana Cabrera su mujer, y casa de Cristóbal García.

Seguimos en la próxima entrada.

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