sábado, 8 de julio de 2017

Notas varias, 2c.

Continuación de Notas varias, 2b.

Y luego, en este dicho día, mes y año susodichos, el dicho Juan de Castro, Alcalde Ordinario de esta dicha Villa, para averiguación de lo susodicho recibió juramento en forma de derecho de Francisco Vázquez (ver nota en la anterior entrada), Regidor, vecino de esta Villa, so cargo del cual prometió decir verdad de lo que supiese y fuese preguntado, y siendo preguntado por la dicha cabeza de proceso, dijo que lo que sabe es que hoy dicho día este testigo vió que vinieron al mesón de esta dicha Villa tres hombres, que uno se llama Francisco Díaz Cabezón y el otro dicen que se llama Zambrano y el otro Juan Palanquín, los cuales estaban con dos o tres mujeres en el dicho mesón, y luego vió este testigo que el dicho Francisco Díaz Cabezón salió a la calle con una cota puesta y una espada y un broquel, y los dichos Juan Palanquín y el otro Zambrano salieron a la calle con sus espadas en las manos, los cuales sabe este testigo que andan retraídos de la ciudad de Sevilla por delitos que han hecho, y así como salieron a la calle vió este testigo que estaban en la dicha calle Bernardo de Oliver hablando con este testigo, y Antón Navarro y Diego de Castro y Juan de Vega y Diego de Vega y Pedro Librero, mesonero, y otros que no conoce este testigo, y así como salieron los dichos Francisco Díaz Cabezón, Juan Palaquín y Zambrano, salieron del dicho mesón y se pararon en la calle, y el dicho Bernardo de Oliver dijo a este testigo y a otros: "aquellas tres cargas que vienen allí son de gibias", y entonces el dicho Zambrano dijo al dicho Bernardo de Oliver: "buena comida es, metérsela en el cuerpo con una escopeta de siete plomos que tengo", y el dicho Bernardo de Oliver respondió: "yo tengo un mosquete muy bueno para esa escopeta, y una espada de cinco palmos para cuando fuere menester", y el dicho Zambrano le respondió: "tráigala luego, que para luego es tarde", y estando en esto, venía Pedro de las Casas la calle abajo y allegó donde estaban los dichos Bernardo de Oliver, Francisco Díaz, Juan Palanquín y Zambrano, y como los vió alborotados que querían reñir, les dijo a todos: "señores, no hagan enojo entre ellos, porque parece muy mal de cosas de tan poco momento alborotar el pueblo", y entonces los dichos Juan Palanquín y sus compañeros se subieron la cabezada (caezada en el original) arriba diciendo que cualquiera cornudo bellaco que hubiese dicho de sus leones de sus borceguíes era un bellaco cabrón, y que luego él lo daría a entender, y el dicho Pedro de las Casas respondió entonces, diciendo que ningún hombre de los que allí estaban era hombre que dijese tal palabra, y que allí no había ningún cabrón, y que mentía en lo que decía, y luego todos tres los dichos Francisco Díaz Cabezón y Zambrano y Juan Palanquín echaron mano a sus espadas y desnudas fuera de las vainas y comenzaron a dar de cuchilladas al dicho Bernardo de Oliver, Pedro de las Casas y Diego de Castro y los demás que allí estaban, y los dichos Pedro de las Casas, Diego de Castro y los demás echaron mano a sus espadas defendiéndose de los dichos Francisco Díaz Cabezón, Juan Palanquín y  Zambrano, y luego vió este testigo cómo le dieron una estocada al dicho Bernardo de Oliver debajo de un hombro, que al parecer de este testigo le dió el dicho Francisco Díaz Cabezón, y el dicho Bernardo de Oliver comenzó a decir: "¡ay, que me ha muerto este traidor!", diciendo por el dicho Francisco Díaz Cabezón, y luego oyó decir este testigo que habían herido al dicho Pedro de las Casas en un muslo, y luego vió este testigo que en favor de los dichos Zambrano, Francisco Díaz y Juan Palanquín se puso a su lado Francisco Carbonero, riñendo contra los dichos Pedro de las Casas, Diego de Castro y Bernardo de Oliver y los demás, y este testigo y otros se metieron de por medio a meterlos en paz, y desque los tuvieron metidos en paz, vió este testigo que el dicho Francisco Díaz estaba herido en las espaldas, y otra herida como de pedrada en la cabeza, mas no vió este testigo quién lo hirió ni lo sabe, porque había mucha gente y muchas espadas, y al tiempo que este testigo miró al dicho Francisco Díaz Cabezón le vió que tenía una cota puesta, y luego, estando en la dicha pendencia, se fueron huyendo los dichos Zambrano y Juan Palanquín y Francisco Carbonero y sus amigas, y decían que llevaban, una de las dichas sus amigas, un pistolete, y que esto es lo que sabe y es la verdad para el juramento que hizo, en que se afirma y ratifica, y señalólo de una señal que acostumbra a hacer por firma, y dijo que es de edad de treinta y nueve años poco más o menos. Firmaron el Alcalde Ordinario y el escribano Hernando de las Cuevas.


                                            Señal del Regidor Francisco Vázquez.


Y luego, en este dicho día, mes y año susodichos, el dicho Señor Alcalde Ordinario, para averiguación de lo susodicho, recibió juramento en forma de derecho de Antón de Valencia, Regidor, vecino de esta dicha Villa, so cargo del cual prometió de decir verdad de lo que supiese y fuese preguntado, y siendo preguntado por la dicha cabeza de proceso dijo que lo que sabe este testigo es que viniendo hoy dicho día hacia la pescadería de esta dicha Villa como a las cuatro de la tarde oyó grita como que reñían, y fué corriendo y al tiempo que allegó vió este testigo que Francisco Díaz Cabezón estaba metido en casa de Andrés López, y Francisco Vázquez a la puerta deteniendo a la gente, que no entrasen dentro donde estaba el dicho Francisco Díaz, y este testigo se puso a la dicha puerta, que no entrasen dentro, porque había mucha gente así del pueblo como forastera, que no conoció quién era, mas que luego entró este testigo donde estaba el dicho Francisco Díaz y lo vió herido en las espaldas, y este testigo le preguntó, el cual le dijo que Diego de Castro, su amigo, y un hijo del escribano* lo habían herido,  y asimismo oyó decir este testigo que el dicho Francisco Díaz había herido a Bernardo de Oliver de una estocada, y que aunque hubiera muerto al dicho Francisco Díaz Cabezón, que estuviera bien muerto por haber tenido la culpa de la dicha pendencia y dado la causa de ella, y que esto es lo que sabe, y no otra cosa, y es la verdad para el juramento que hizo, en que se afirma y ratifica, y firmólo de su nombre, y que es de edad de treinta años poco más o menos.



* Se refiere a Pedro de las Casas, hijo del escribano Miguel de las Casas, difunto ya por entonces y sustituido por Hernando de las Cuevas.

Y después de lo susodicho, en el dicho día, mes y año susodichos, el dicho Alcalde Ordinario, para averiguación de lo susodicho, fué al mesón de esta dicha Villa, adonde estaba echado en una cama un hombre que se dijo llamar Francisco Díaz Cabezón, y recibió de él juramento en forma de derecho por Dios y por Santa María y por la señal de la Cruz, so cargo del cual prometió decir verdad de lo que supiese y le fuere preguntado, y habiéndolo prometido le fué preguntado diga quién lo hirió, y cómo y porqué pasó la pendencia; dijo que lo que pasa es que este declarante venía, el lunes que pasó, de la dicha ciudad de Sevilla a esta dicha Villa, y en el camino encontró a Juan Ruíz y a Zambrano, que venían a esta dicha Villa, y como los encontró y eran sus amigos se vinieron juntos al mesón de esta dicha Villa, adonde estuvieron aquella noche, y después hoy dicho día martes como a las cuatro de la tarde poco más o menos estaba este declarante hablando con Antón Navarro en la calle, y oyó que los dichos Juan Ruíz y Zambrano estaban hablando con un hombre que dicen se llama Bernardo de Oliver y Diego de Castro y con Juan de Vega, alto como de manera que reñían, sobre un cuello borceguíes (sic), y luego vió que los dichos Zambrano y Juan Ruíz echaron mano a las espadas y se comenzaron a dar cuchilladas con los dichos Diego de Castro y Juan de Vega y con otros hombres que allí estaban, entre los cuales decían estaba Pedro de las Casas y Juan Rodríguez Gordo, y todos echaron mano a sus espadas, y este declarante echó mano a la suya en favor de los dichos Juan Ruíz y Zambrano, y se comenzaron a dar todos de cuchilladas, y a este declarante le dieron un golpe en la cabeza con una daga, mas no vió quién le dió ni lo sabe, y después andando en la dicha pendencia acudió mucha gente y le tiraban muchas pedradas a este declarante mas no sabe quiénes eran, y le dieron una pedrada en la boca que le quebraron un diente, y le dieron otras pedradas en la cabeza y en un brazo, y luego vió este declarante que el dicho Diego de Castro le dió una cuchillada a este declarante en la cabeza, de que le cortó cuero y carne y le salía mucha sangre, y le dieron una estocada en las espaldas, entendido este declarante que se la dió el dicho Pedro de las Casas, aunque dicho Juan Rodríguez Gordo le tiraba muchas cuchilladas, y no sabe cual de los dichos Juan Rodríguez Gordo y Pedro de las Casas lo hirió, y que asimismo le dieron un rasguño en el lado izquierdo en el pecho, y que por llevar como llevaba este declarante cota no lo pasaron, y que cuando se comenzó la dicha pendencia este declarante había respondido, cuando vió enojados a los dichos Juan Ruíz y Zambrano, y que reñirían con los dichos Bernardo de Oliver y los demás uno a uno y dos a dos, y que este declarante no tenía enojo ninguno, sino antes había dicho al dicho Antón Navarro que ya se iba a Sevilla y que se quedase con Dios, y entonces le dieron a este declarante con la dicha daga, que no sabe quién le dió; fuéle preguntado diga y declare quién hirió al dicho Bernardo de Oliver y si lo hirió este declarante y le dió una estocada en un hombro que se lo pasó, dijo que este declarante nunca lo hirió ni sabe quién, mas que algunos le han dicho a este declarante que este declarante lo hirió, y que esto niega y no lo confiesa, y esta es la verdad de lo que pasa y no otra cosa, y es la verdad para el juramento que hizo, en que se afirma y ratifica, y dijo que no sabía escribir, y que es de edad de treinta años poco más o menos. Firmaron el Alcalde Ordinario y el escribano Hernando de las Cuevas.

Testigo. En la Villa de Castilleja de la Cuesta en 6 días de dicho mes de marzo, el dicho Alcalde Ordinario, para averiguación de lo susodicho recibió juramento en forma de derecho de Francisco Gutiérrez, vecino de la ciudad de Sevilla en la collación de San Isidro, so cargo del cual prometió decir verdad de lo que supiese y le fuese preguntado, y siendo preguntado por la dicha cabeza de proceso dijo que lo que sabe es que estando este testigo en la pescadería de esta dicha Villa el martes que pasó que se contaron dos días de este presente mes de marzo como a las cuatro de la tarde poco más o menos, vió que Francisco Díaz y Juan Palanquín, que por otro nombre se dice Juan Ruíz, y Zambrano, estaban todos tres juntos en una rueda (¿una piedra de molino?) en la calle junto al mesón de esta dicha Villa con sus espadas, y el dicho Francisco Díaz con un broquel, y apartados de ellos estaban parados hablando Bernardo de Oliver y Antón Navarro y Diego de Castro y Pedro de las Casas y Juan Rodríguez Gordo, hijo de Francisco Rodríguez Gordo, y otros hombres que no se acuerda quién eran, y este testigo se allegó a la rueda donde estaban los que dicho tiene, y estando así parados, el dicho Juan Palanquín dijo a los que allí estaban: "cualquiera que dijere de mi cuello y de mis borceguíes es un cabrón cornudo y miente", y el dicho Pedro de las Casas dijo entonces: "el que dijere que yo lo he dicho miente y es un cabrón", y echó mano a su espada y le dió con ella en el sombrero al dicho Francisco Díaz, y según oyó decir este testigo a otras personas que el dicho Francisco Díaz había dicho venía a reñir y reñiría uno a uno y dos a dos, que a eso había venido a esta Villa, y luego el dicho Francisco Díaz echó mano a la espada y desnuda fuera de la vaina le dió una estocada al dicho Bernardo de Oliver, y le dió en los pechos junto al hombro, y luego el dicho Bernardo de Oliver dió voces diciendo: "¡ay, que me han muerto!", y como los dichos Pedro de las Casas y Diego de Castro y Juan Rodríguez Gordo y Antón Navarro y Juan de Vega y otros que allí estaban y otros que no se acuerda sus nombres, vieron que el dicho Bernardo de Oliver daba voces que lo habían muerto, echaron mano a las espadas, y los dichos Juan Ruíz Palanquín y Zambrano y Francisco Carbonero echaron mano a sus espadas y se pusieron al lado del dicho Francisco Díaz, y se comenzaron a dar de cuchilladas los unos con los otros, y así dándose de cuchilladas estuvieron un rato hasta que los metieron en paz, porque los dichos Juan Ruíz Palanquín y Zambrano y Francisco Carbonero echaron a huir, y luego vió este testigo que el dicho Francisco Díaz estaba herido en las espaldas, mas no vió este testigo quién lo hirió (sigue una línea ilegible por rotura) al dicho Francisco Díaz fué a ver este testigo, y el dicho Francisco Díaz dijo que de ninguno del pueblo se quejaba, aunque lo mataran, sino de su amigo que había cenado con él, que lo había herido, y que este testigo no sabe quién era el amigo del dicho Francisco Díaz, y que esto es lo que sabe y no otra cosa, y es la verdad para el juramento que hizo, en que se afirma y ratifica, y firmó de su nombre, y que es de edad de treinta y tres años poco más o menos. Firmaron también el Alcalde Ordinario y el escribano Hernando de las Cuevas.




Y luego, en este día, mes y año susodichos, el dicho Alcalde Ordinario, para averiguación de lo susodicho, recibió juramento en forma debida de derecho debido de Gerónimo de Alcántara*, reconero (¿recovero?), vecino de la ciudad de Sevilla en la collación de San Isidro, so cargo del cual prometió decir verdad de lo que supiese y fuese preguntado, y siendo preguntado por la dicha cabeza de proceso dijo que lo que de este caso sabe es que estando este testigo a la puerta del mesón de esta dicha Villa el martes que pasó que se contaron dos días de este presente mes de marzo, como a las cuatro de la tarde poco más o menos, y vió que estaban en la calle, frontero al dicho mesón, Francisco Díaz Cabezón y Juan Ruíz Palanquín y Zambrano, y estaban en la calle parados muchos vecinos de esta Villa que no se acuerda quiénes eran, los cuales estaban quietos y pacíficos, y estando así pacíficos el dicho Juan Ruíz Palanquín dijo a los del pueblo que estaban allí: "quien dijere de mi cuello y borceguíes es un bellaco cornudo cabrón y miente", y el dicho Francisco Díaz dijo que si tenían ganas de reñir, saliesen uno a uno y dos a dos, que él reñiría con todos, y este testigo como vió que querían reñir entró en el mesón a tomar una espada para meterlos en paz, y cuando quiso salir el huésped había cerrado la puerta y no lo dejaron salir, y después que abrieron y salió este testigo, estaba la dicha pendencia acabada, y vió que el dicho Francisco Díaz estaba herido mas no vió este testigo quién lo hirió ni lo ha oído decir, y que esto es lo que sabe y es la verdad para el juramento que hizo, en que se afirma y ratifica, y firmó de su nombre, y que es de edad de más de cuarenta y siete años. Firmaron además el Alcalde Ordinario y el escribano Hernando de las Cuevas.

* La firma de Gerónimo de Alcántara está en la foto siguiente, como otro testigo que fué de este último documento.


En la Villa de Castilleja de la Cuesta en 10 días del mes de marzo de 1599 ante mí, Hernando de las Cuevas, escribano público y del Concejo de esta dicha Villa, y testigos que a ello fueron presentes, y ante Juan de Castro, Alcalde Ordinario de esta dicha Villa, pareció Francisco Díaz Cabezón, vecino de Sevilla en Triana, y dijo que por cuanto el martes que pasó, que se contaron dos días de este presente mes de marzo, había reñido en esta dicha Villa con Pedro de las Casas y Diego de Castro y otros vecinos de esta dicha Villa, y en la dicha pendencia le habían dado una herida estocada en las espaldas y tres heridas en la cabeza, y hecho otros malos tratamientos, y porque de las dichas heridas estaba sano y fuera de todo peligro y es amigo de los dichos Pedro de las Casas y Diego de Castro y demás personas de la dicha pendencia, por tanto por esta presente carta por aquella cual forma que mejor haya lugar de derecho perdonaba y perdonó a los dichos Pedro de las Casas y Diego de Castro y demás personas que se hallaron en la dicha pendencia, y se obligó de no les pedir ni demandar cosa alguna en razón de las dichas heridas que le fueron dadas, y pidió a las Justicias de Su Majestad que den perdones a los dichos Pedro de las Casas y Diego de Castro y demás personas de la dicha pendencia, y le remitan su justicia, y juró por Dios Nuestro Señor que este perdón no lo hace de malicia ni por miedo ni temor de no alcanzar justicia, sino por servicio de Dios Nuestro Señor y ruegos de buenas personas que se lo han rogado, y para la fuerza de ello obliga su persona y bienes, y no lo firmó por no saber escribir. Testigos, Gerónimo de Alcántara, Francisco Gutiérrez, Cristóbal Rodríguez, Pedro Martín, Juan Martín, vecinos y estantes en esta dicha Villa, y yo el dicho escribano doy fé que conozco al dicho otorgantes.




En su reflejo en los protocolos del escribano Hernando, al menos en los que se han conservado, la historia termina así. Es interesante notar que en esta carta de perdón otorgado por Cabezón a los castillejenses no consta Bernardo de Oliver aun siendo el más damnificado de todos los que participaron en la riña. Esto podría indicar que el hijo del espadero no aceptó la reconciliación y había incoado pleito contra él, que por entonces se estaría desarrollando, o bien en Castilleja, o quizá en Sevilla e incluso en la Real Chancillería de Granada.



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Notas varias, 2o.

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