domingo, 27 de junio de 2010

Los esclavos 82u

Mas y en referencia a lo que apuntamos en la nota tercera de "Los esclavos 82m", —entrada de abril de 2010— sobre una drástica reforma sufrida por la nao allende los mares, aparece una ramificación de estos enfrentamientos de Cifontes, en la que se especifica más sobre este asunto y desde la que podemos observar aspectos sumamente interesantes de la vida cartagenera, aspectos marcados por una formidable e inquietante sombra: la de don Pedro de Heredia.

En la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla martes cinco días del mes de agosto año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil y quinientos y treinta y nueve años ante los Señores Jueces el Contable Diego de Zárate y el Licenciado Alonso Perez de Castroverde, Teniente, y Guillermo de Guzmán, Teniente de Tesorero, Jueces y Oficiales de Sus Majestades de la Casa de la Contratación de las Indias del mar Océano que residen en esta ciudad de Sevilla, y en presencia de mi Juan Gutiérrez Calderón, escribano de Sus Majestades y su notario público en todos sus reinos y señoríos, y escribano que soy en el oficio y audiencia de los dichos Señores Jueces en la dicha Casa, pareció Bartolomé Lopez, vecino de esta ciudad, y presentó un escrito el cual es el que se sigue:

Magníficos Señores:
Antonio del Castillo, en nombre de Bartolomé Lopez y de Juana Rodriguez, heredera de Sebastián Rodriguez Pavón1, demando ante Vuestras Mercedes a Pedro de Heredia, Gobernador que se decía ser de la provincia y puesto de Cartagena, y digo que mis partes y el dicho Sebastián Rodriguez Pavón en su vida tenían y poseían las dos partes de un navío que había nombre Santa María la Blanca, y la otra parte era de Pedro de Cifontes, y dióse comisión al dicho Pavón para que fuese de maestre y capitán de toda la dicha nao y cobrase todos los fletes y procedidos de ella para que, vuelto a esta ciudad, a cada uno proveyese su tercia parte, y estando en el puerto de Cartagena, el dicho Pedro de Heredia contra voluntad del dicho Pavón se entró y tomó la dicha nao2 y la desentabló y deshizo la puente de ella para la cargar y cargó de caballos en que podían ir treinta caballos poco mas o menos y otra mucha gente y provisión y así cargada la hizo llevar y llevó al puerto del Zenú (y río Sinú) que es en la dicha provincia cincuenta leguas de costa poco más o menos que por cuyo flete justa y nominal estimación mereció y podía merecer seiscientos ducados de oro poco más o menos de que a mis partes vienen y pertenecen las dos partes que montan cuatrocientos ducados, y además de esto el daño y menoscabo que vino al dicho navío por haber desbaratado de sus tablas y puentes que vino de daño y menoscabo otros trescientos ducados de que a mis partes pertenecieron los doscientos de sus dos partes, de que hasta ahora el dicho Pedro de Heredia no ha dado ni pagado cosa alguna, así de los fletes como del menoscabo, lo cual es obligado a dar y pagar al dicho Bartolomé Lopez y a la dicha Juana Rodriguez como heredera del dicho Sebastián Rodriguez Pavón. Por tanto pido a Vuestras Mercedes reciban juramento del dicho Pedro de Heredia, y le manden que declare conforme a la relación de esta mi demanda y si es verdad que tomó e hizo tomar la dicha nao y cargar de caballos y gente y munición y vituallas, y así cargada la hizo llevar al dicho puerto del Zenú y la desentabló y desaparejó mucha parte de ella y le quitó la puente para efecto de meter los dichos caballos y así declarado le ordenen a que de y pague a los dichos mis partes los dichos seiscientos ducados del flete y menoscabo de la dicha nao, y porque él no es vecino ni arraigado en esta ciudad y puede irse y ausentarse de ella como es notorio públicamente de no arraigado, de fianzas, donde no le manden prender y tener a buen recaudo preso hasta tanto que las dé, y sobre todo pido justicia y costas e imploro sus magníficos oficios.

1.- Nótese la facilidad con que, según los intereses que más les acuciaban, se aliaban o enfrentaban las partes; el mismo Bartolomé López que había demandado a Sebastián Rodriguez ahora coopera con su heredera para, juntos, luchar contra el Gobernador de Cartagena.

2.- Todo el ardor y brío del temperamental y colérico Sebastián Rodriguez Pavón se apagó y esfumó cuando, tras una noche báquica en el puerto cartagenero con sus acólitos, con abundante bebida, música, baile y mulatas complacientes, le despertó de la resaca entre los toneles y fardos un grupo de personajes encabezado por un figurón imponente, el cual con vozarrón atronador le instaba a entregarle ipso facto la "Santa María", que ajena a las pasiones humanas apaciblemente cabeceaba en el muelle mecida por la suave ventolina boreal y acariciada por los primeros rayos del sol naciente que un festón espeso de palmeras y neblina con dulce esplendor dejaba filtrar. El hombre que así se dirigía a él, aunque portador de un atuendo austero, irradiaba autoridad y poderío, pero era su cara, ahora plenamente iluminada por el astro rey, lo que a Sebastián dejó enmudecido: en el lugar del consuetudinario apéndice nasal exhibía un monstruoso e informe pegotón de carne amoratada rodeado de abultadas ramificaciones venosas que hinchaban parte del labio superior y daban a sus ojos, sombreándolos, un efecto entre aterrador y repulsivo.
Aquel hombre era el fundador de la ciudad de Cartagena de Indias y su gobernador. Madrileño de nacimiento y reñidor en su mocedad, de la Biblioteca Luis Ángel Arango (disponible en Internet) extraemos un párrafo que aclara el origen y causa de su aspecto facial:

El conquistador don Pedro de Heredia era oriundo de Madrid, de nacimiento hidalgo y de genio atrevido y pendenciero; galán de capa y espada, tipo de los héroes de Lope de Vega, y de Calderón. Andaba siempre de la seca á la meca (sic), á caza de aventuras y metido en toda riña y alboroto que ocurriese en su ciudad natal. Yendo una noche por una encrucijada de las que entonces se encontraban en las calles de Madrid, no se sabe por que motivo (que él, sin duda, no dijo nunca) le atacaron con espada en mano seis caballeros. Sin arrendarse ni echar pié atrás, tiró el madrileño de su tizona y se defendió con tanto brío que puso en derrota á sus agresores, pero tuvo la desgracia de dejar la nariz en el campo, como trofeo bélico. En vano procuraron los más afamados cirujanos formarle la facción nueva con el molledo de su propio brazo, pues siempre le quedó defectuosa; y según asegura el cronista Castellanos, que le conoció íntimamente, tenía la nariz amoratada y contrahecha, lo cual afeaba su rostro, bien que sus demás facciones eran de buen corte y parecer.
Cuentan que, para que se juntasen las carnes, mandaron los médicos que se estuviera quieto y sin moverse durante más de dos meses, al cabo de los cuales pudo volver á presentarse en el mundo. Pero mientras que sufría de aquella manera incómoda y cruel, don Pedro había acariciado la idea de vengarse de sus enemigos á todo trance, y no bien pudo salir de su aposento, buscó á los que tan mal hablan tratado su rostro, é inspirado por la pasión del odio y la venganza logró matar en duelo singular á tres de sus enemigos; y no mató á todos los seis, por no haber podido hallarles.

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Los olvidados, 12q.

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