viernes, 30 de abril de 2021

Los olvidados, 12l.

 (Viene de la entrada anterior)

Vamos a documentar al siguiente hijo del masón castilllejano Eduardo Borges, Juan Borges Fe. Siendo segundo teniente de Infantería, Juan fue nombrado alumno de la Escuela Superior de Guerra, en julio de 1897. Recordemos que su hermano Eduardo era también segundo teniente de Infantería un año antes, al morir en Jicotea. También Juan participó en la Guerra de Independencia de Cuba, por lo que resultó condecorado. 

En diciembre de 1901 Juan Borges ya aparece en Sevilla como juez instructor en casos de deserción de soldados; era por entonces primer teniente del Regimiento de Infantería Granada n.º 34. 

Con el grado de capitán dirigía una Academia Cívico Militar, sita en la calle Cabeza del Rey Don Pedro nº. 23 en Sevilla, donde con plazas internas y externas se preparaban opositores a Marina, Correos, Telégrafos, etc. Se ufanaba en anuncio publicitario en el Diario de Córdoba del 21 de agosto de 1911 de la proporción de aprobados que conseguía, 32 de los 47 inscritos desde su fundación. Escribió al respecto, en colaboración con el teniente de Carabineros Sinesio Darnell Iturmendi, Pegas y Dudas de Aritmética, Álgebra, Geometría y Trigonometría, editadas en "dos gruesos volúmenes" en Sevilla en 1919.

Fue nombrado en diciembre de 1923 delegado gubernativo en Utrera, cabeza de partido judicial, en el nuevo régimen dictatorial de Primo de Rivera (1).

En Sevilla por agosto de 1937, siendo teniente coronel de Infantería jubilado y juez instructor nombrado en el expediente de juicio instruido para la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando al capitán de la guardia civil Santiago García Cortés por su actuación en la defensa del santuario de Nuestra Señora de la Cabeza en Andújar (Jaén), presentó e hizo publicar los méritos del referido Cortés.

Es presidente del Patronato de Huérfanos de Suboficiales y Asimilados del Ejército en Sevilla desde marzo de 1938. Y por mayo de 1939 presidente de la Comisión Provincial de Reincorporación de los Excombatientes al Trabajo.

Juan Borges Fe se casó con Dolores Santolino Rodríguez. Una de sus hijas fue Dolores Borges Santolino, dama enfermera de la Cruz Roja, esposa de José Durán Aguilar y fallecida en Sevilla el 26 de septiembre de 1933. Otra, Josefa Borges Santolino, casó a su hijo José Luís Romero Borges, teniente de Intendencia, con María del Pilar Monroy Salas, hija de José Monroy Benedid. La boda tuvo lugar en Sevilla el 15 de mayo de 1950.

(1) Era por entonces alcalde de Utrera Francisco Cuéllar Linares, quien recibió al delegado gubernativo Juan Borges con unas palabras a las que éste contestó:

"Espero que todos colaborarán para el mejor éxito en mi gestión confiando en hacer una España grande y honrada no siendo espectadores sino actores de esta gran obra de regeneración que supuso el 13 de septiembre de 1923 que ha de ser preferente todo lo que refiera a la enseñanza, el saneamiento y los servicios de la beneficencia, acción alimentaria haciendo observar estrictamente el cumplimiento de los mandatos que emanen del Gobierno Civil".

Juan Borges Fe diseñó la estructura del Somatén utrerano y organizó la Unión Patriótica en la localidad. Bajo su mandato, en febrero de 1924, recaló en Utrera el ilustre deportado Miguel de Unamuno. Allí pasó una noche en un hotel, camino de su destierro a Fuerteventura vía Cádiz. Tenía Unamuno en su agenda hacer un breve alto para descansar en la capital hispalense, pero sus autoridades, al conocer su llegada, le enviaron un requerimiento para que se marchara.

El teniente general José Mena Aguado durante su discurso en la Pascua Militar en 2006 en Sevilla.

El militar José María Borges Cristelly, hijo de Juan Borges Santolino y de Purificación Cristelly García y nieto de Juan Borges Fe, fue uno de firmantes de una carta de apoyo al teniente general José Mena Aguado, arrestado y destituido por su discurso del día 6 de enero de 2006 durante la Pascua Militar en Sevilla, en el cual abogó por intervenir militarmente en Cataluña para derogar el Estatut.

Otro hijo del masón castillejense, hermano de Eduardo y de Juan, fue Antonio Borges Fe. Durante la II República sería jefe de la Comandancia de la guardia civil de Sevilla, con la graduación de teniente coronel. Como sus dos hermanos, al principio de su carrera ejerció de segundo teniente de Infantería. Había sido promovido a este empleo siendo alumno de la Academia de Infantería en marzo de 1899. Le concedieron el pase a la Guardia Civil de Salamanca desde el regimiento de Infantería Gravelinas n.º 41 en enero de 1904.

"El mismo día [21 de agosto de 1918], en Álora (Málaga), se verificó la detención de una joven que había estafado buen número de valiosas joyas y ropas, que fueron rescatadas. Este servicio fue realizado por el capitán D. Antonio Borges Fe, al mando de la fuerza siguiente: sargento Francisco Zurera Jiménez, corneta José Rojas Torres y guardias Baltasar Matas Carillo, Bonifacio Villalobos Santos, Cristóbal Santaella Bernal, Agustín González Pérez y Alfonso Rivero Hernández". Revista Técnica de la Guardia Civil, octubre de 1918.

Ya capitán de la Benemérita, recibió gratificación por efectividad en agosto de 1925. Ascendido a comandante, pasó a la Comandancia de León en julio de 1927, y un mes después sustituyó a Nicolás Canalejo en el cargo de ayudante del general inspector de la Segunda Zona.
Se informó el 22 de octubre de dicho 1927 de su llegada a Santa Cruz de Tenerife desde la Península en el vapor "Reina Victoria Eugenia", acompañando al general de la guardia civil José Rivera en visita de inspección. Fue destinado a la Comandancia de Ciudad Real en abril de 1930.

"La recepción [en el ayuntamiento de Sevilla] duró cerca de dos horas y durante ellas el señor Lerroux impuso las insignias de la Encomienda de la República al teniente coronel jefe de la Comandancia de la Guardia civil don Antonio Borges Fe, por la meritísima labor desarrollada en su cargo [y por su actuación en la ciudad durante los sucesos habidos] (1). Estas insignias le han sido regaladas por la oficialidad de la Comandancia. El señor Lerroux, al imponer las insignias al citado jefe, dedicó alabanzas a la labor que ha venido realizando y al Cuerpo de la Guardia civil. El señor Borges Fe le contestó con sentidas palabras de gratitud. El jefe del Gobierno, aunque también posee la referida Encomienda, abrazó finalmente al teniente coronel". La Voz de Aragón, 18 de diciembre de 1934.

"Detención de un fugado de la cárcel y del centinela que le facilitó la evasión. Sevilla.— Esta mañana, a las nueve, ha sido capturado el preso que se fugó recientemente de la cárcel, Francisco García Gallardo, supuesto autor de la muerte del patrono maderero don Víctor Ramos Catalina, y del centinela José Muñoz Hidalgo que facilitó la evasión del preso. 
Este servicio se practicó en una finca denominada 'San Rafael', distante unos doscientos metros de la barriada de Torreblanca, donde hay un cuartel de la Guardia civil. 
Intervinieron fuerzas de este puesto, de Alcalá de Guadaira y de Sevilla, en total unos veinte hombres dirigidos personalmente por el teniente coronel jefe de la Comandancia señor Borges Fe.
En la finca 'San Rafael' habitaba el guarda, un trabajador y dos mujeres. Una vez que la finca fue rodeada, y quedaron solamente en ella el fugitivo y el centinela, se les conminó a que se entregaran sin resistencia, pues en caso contrario, la Guardia civil procedería enérgicamente. El centinela y el fugitivo salieron de la finca con los brazos en alto y se entregaron.
Lograda la captura, se practicó un registro en el chalet, encontrándose una pistola automática con nueve balas, una escopeta de dos cañones, cargada, un puñal y una hoz. Los presos fueron conducidos al cuartel de San Felipe.
También se hallaron en la terraza de la finca unos folletos de propaganda libertaria.
El guarda de la finca, Francisco Romero Vega, ha sido detenido también, por no haber sido todo lo explícito que la Guardia civil esperaba pues no quiso decir por qué y cómo llegaron los fugados a la casa de que está encargado.
Parece que los fugitivos tenían el propósito de ganar la frontera portuguesa, a través del coto de Doñana.
El individuo detenido como agente de enlace, Antonio Jiménez Castillo, lo fue con ocasión de hacer a la barriada de Torreblanca frecuentes viajes, en el camión de Alcalá de Guadaira. La Guardia civil le siguió los pasos en uno de los viajes de regreso a Sevilla y lo detuvo en unión de otro sujeto apellidado Risco, que también se cree está complicado en la evasión.
El teniente coronel jefe de la Guardia civil informó del resultado del servicio al Gobernador, y éste al Ministerio de la Gobernación, que le encargó felicitara al expresado jefe y a las fuerzas a sus órdenes por la brillantez del servicio". El Adelanto, 29 de marzo de 1935.

Antonio Borges y sus guardias lograron detener a finales de agosto de 1935 a José Muñoz Cantos, Andrés Rus y a Dolores Rosa Salado por robos continuados en la línea del ferrocarril M.Z.A. Les intervinieron varias cajas con toquillas, sedas, fardos de alpargatas y otros géneros y tejidos diversos.

(1) Se refiere a los sucesos de la Revolución de octubre de 1934, aunque el día 27 de este mes y año se informó por la prensa que el teniente coronel Borges se encontraba enfermo.


Respecto al cuarto hijo militar de Eduardo Borges Alegre, Tomás Borges Fe, muy poco es lo que he logrado averiguar, sino que, como sus hermanos, se desempeñó en el cuerpo de Infantería, ingresando en su academia de Toledo en junio del año 1900.


Resulta meritorio de anotar, a efectos históricos, que ninguno de los hermanos Borges Fe que alcanzaron a vivir más allá de 1936 tuviesen problemas o contratiempos relevantes en la España de Franco por el hecho de ser hijos y nietos de masones. En principio el general fascista reprimió a los miembros de las logias con la máxima pena, y fue por mediación, influjo y presión de sectores progresistas de la Iglesia que sustituiría los fusilamientos de masones por sus encarcelamientos.
Franco fue hijo y hermano de notorios masones, y él  mismo sería rechazado por una logia, lo cual quizá explique su masofobia. Todavía en septiembre de 1975, en su último discurso, se refería al "contubernio judeo-masónico".

En plena democracia, el Ministerio del Interior se negaba a inscribir a este movimiento en el registro de asociaciones; además de que el papa emérito Benedicto XVI dijo en 2005 que la masonería "es pecado", o que su sucesor el argentino Francisco se expresó en septiembre de 2015 así: "En esta tierra [Turín, Italia] a finales del siglo XIX las condiciones para el crecimiento de los jóvenes eran pésimas. Esta región estaba llena de masones, comecuras, anticlericales y satanistas".
Presentados en España como una organización secreta y malvada, hoy en día quien esto escribe recoge opiniones en Castilleja de la Cuesta entre universitarios católicos quienes siguen relacionando a la masonería con sangrientos rituales de sacrificios humanos.

Otros datos de masones decimonónicos que de alguna manera estaban vinculados con nuestra Villa:

Aunque no vecinos de Castilleja pero sí familiares de naturales o vecinos de ella fueron Juan Varea Portillo, Miguel Delgado Brenes y Manuel Caro Díaz
El primero, abogado, nacido en Paradas el 16 de enero de 1866, que con el nombre simbólico de Makelday perteneció a la logia Invencible n.º 47 de Paradas, era familia del cura paradeño de Castilleja Antonio Pastor Portillo.
El segundo, residente en El Arahal, pertenecía a la Gran Capitán n.º 59 en el año 1894. Recordemos que los Brenes de Castilleja provienen de El Arahal.
El tercero, natural de Tomares, residente en Sevilla, casado, industrial propietario, con nombre simbólico Vulcano, ingresó en La Verdad n.º 115 en el año 1891 con 40 años de edad y fue dado de baja por falta de pago y asistencia en 1893. Los Caro constituyen una extensa y antigua familia repartida sobre todo entre Gines, Castilleja y Tomares. 

Y por último, Cristóbal Jiménez González, empleado, casado, residente en Sevilla, natural al parecer de Castilleja, solicitó afiliación en La Verdad n.º 115 en el año 1891 cuando contaba con 36 de edad.


Echando mano al Ser Supremo, al Gran Arquitecto de la Masonería, ese divinizado y sublimado ente que está en la base de los sueños de los creyentes masones, le suministraremos adecuado material onírico para que nos construya sobre el sólido terreno de la imaginación una Castilleja aérea e intangible, alzada entre las inquietas sábanas de las siestas asfixiantes veraniegas o en las madrugadas lluviosas del invierno. Morfeo aleatorio cual fantasmal alcalde administraba la ideal localidad en aquellas horas, dulces o pesadillescas. Paseábamos, nadábamos o volábamos por las calles y plazas, aunque a decir verdad los espacios urbanos no estaban delimitados estrictamente: hay interminables combinaciones, amontonadas e informes, por clasificar, de calles-plazas, plazas-calles, sobre-calles o bajo-plazas. 

Hay absurdos muros, por ejemplo, que solo parecen haber sido erigidos para elevar al cielo azul cabelleras de amarillos jaramagos o para exhibir grisáceos desconchados arenosos en los que las lagartijas rascan sus rosados vientrecillos por los bordes de desnudos ladrillos. Hay casas de fuego crepitante —y también de borbotones de humo negro—, de agua rumorosa —y de hielo traslúcido—, de cal mortuoria —y de huesos prehistóricos—, de aire perfumado —y de rosas fachadas—, de hierro magnético atrayente o repelente, de madera carbonizada. Las hay pintadas al pastel, al óleo, a plumilla, y también esbozadas simplemente, bosquejos que quedaron proyectados en atardeceres vueltos del revés. Son casas hechas de colores para los ojos, pero también hay casas hechas de ojos para los colores.

Imponentes cataratas de tejas árabes crujen levantando nubes de polvo. En las ventanas las persianas parpadean estrepitosas fragmentando la luz. Caen los balcones en cadencia muda de vaivenes como con paracaídas. Los altos aleros negros frente a frente se besan, enganchan apasionados sus uñas mohosas entre la contraluz de algarabías de palomas. 

La Calle Real, mareante, fluye con tanta insistencia y vértigo que nadie la reconoce, todos absortos en el azul y el oro que la intentan abrazar, en sus vórtices arremolinados que norias gimientes miden con sus cangilones. 
La Plaza carece de fondo, no tiene suelo, y en los paredones rocosos de su abismo pardo y ácido cuelgan, semidesprendidos, tramos de escalerillas ruinosas que se balancean removiendo la remota oscuridad que a ciertas horas cuajadas de estrellas forjadas a golpes de reloj se espesa allá abajo.

Oímos lo que dicen o cantan los edificios de nuestra Villa, cada cual con su idioma personal, solo inteligible a las almas predispuestas merced a su inocencia o a su limpieza. En su conjunto, en la suma de sus sonidos, el panorama audible del pueblo es silencioso a los oídos, porque los elementos primordiales, que son la lluvia, el viento y el sol, de tanto acariciarlo, lo han gastado. Los tres agentes que tarde o temprano reducirán el pueblo a un médano albo.

La lluvia en Castilleja es una anciana, vieja canosa con un viejo vestido gris, cargada de joyas incoloras, que arrastra calles abajo sobre piedras y adoquines las cadenas de plata que traban sus cárdenos tobillos. De cuando en cuando, de improviso, se presenta como la esperanza —vertical, lenta y luminosa— en algún penumbroso patinillo para diluir la angustia de su estrechez. O riega frondosos macetones sin dueñas, huérfanos tristes de humedad presa. O  tamborilea en los tejadillos frágiles que disimulan la vergüenza de los agonizantes.

¿Qué podría yo contar de los vientos castillejeros, sino lo que me contó mi abuela? La tradición oral —de imposible transcripción literaria— refiere ciertas cancioncillas arromanzadas que las mujeres en las casas cantaban secularmente entre fregados y duermevelas. Creo que estas melodías domésticas transportan los mismos ruidos airosos que oyera Hernán Cortés en su lecho de muerte, o los que su hospedador el jurado Rodríguez de Medina, mientras hacía la guardia, pensaba que tal enfermo ilustre oía. Pero en nuestra Villa el canto del viento ya se cantaba desde mucho antes. Al respecto escribí hace mucho un cuentecillo cabalgante sobre aire en movimiento, que transcribo íntegro:

"En aquel tiempo la Calle Real estaba bordeada de algunas más cabañas que casas, de ladrillos de barro sin cocer, malamente encalados, por cuyas rendijas anidaban arañas y lagartijas; si acaso alguna que otra edificación de porte, en la que algún viejo hidalgo consumía las últimas horas de una vida aventurera en repasar a la luz de los velones polvorientos pergaminos en invierno o en tomar el fresco al balcón, bajo las estrellas del verano.
Una tarde de las últimas de septiembre ululaba el ventarrón en los olivares aledaños a Castilleja levantando nubes de polvo rojizo de la reseca tierra, que no sabía de lluvia desde muchos meses atrás; venía el aire del oeste, con una fuerza impropia, desconocida hasta para los hombres más maduros de la localidad.
Trabajosamente deambulaban las mujeres por las desiertas callejas sujetándose los delantales, y algún hortelano tirando de un pardo mulo se dirigía al oscuro y estrecho umbral de su morada, finalizada la faena en el campo.
El atardecer era sencillamente grandioso; los amoratados nubarrones informes fijos en la lejanía impresionaban, traspasados por toda la gama imaginable del rojo, el amarillo, el cobre; diríase la última obra de un viejo pintor loco que daba de sí todas sus capacidades pictóricas como en una monumental despedida; hacia la vega sevillana columnas de blancas nubes algodonosas, de desarrollo vertical, estaban tocadas de la luz más ideal que mente humana pueda concebir. Todo era majestuosidad estática allá en las alturas al contrario que en el nivel terrestre, donde, el huracán, en desconcertante contraste, golpeaba las destartaladas chimeneas, empujando los tejados, flexionando los altivos cipreses del cementerio, agitando los enanos olivos, ahuyentando a los cerdos que hozaban en mitad de las calles, persiguiendo a las aves de corral, que afanosas buscaban escondrijo seguro, esparciendo a las bandadas de gorriones que no se arriesgaban a llegar a sus dormitorios habituales.
A la mañana siguiente el alcalde organizó, ayudado de varios alguaciles, un recuento de los vecinos de Castilleja de la Cuesta: faltaban quince, entre ellos tres niños de pecho, y una anciana de más de cien años de edad; hubo que ir a buscarlos a los llanos de Chapina, sufriendo solo, milagrosamente, apenas algunas magulladuras todos ellos". (Sin fecha).

El sol, de solemnidad ya caducada a fuerza de una rutina que lo torna irritable, macho barrendero de penumbrosidades feminoides que arrasa a diario con su cegadora escoba de oro, tostador de la ancianidad encorvada sobre las caricaturas de sus propias sombras reptantes sobre las piedras pequeñas, ayudaba a las magnas tareas arquitectónicas de los masones de Castilleja engendrando parsimoniosas y precisas curvas con su compás, dibujándolas sobre suelos, paredes y tejados. Y además hacía ver. De noche empuñaba el espejito mágico de la luna para deshacer, en ejercicio de retrogradación, su trabajo de delineante diurno, o para degollar mochuelos y búhos narcisistas dormidos en los olivos.

El hijo de Hipnos, que tocaba a los castillejenses mortales con su enigmática flor de adormidera, y el gran arquitecto, que construyó a través del espejo las paredes de ética y las techumbres de moral de sus habitáculos, jugaban a las cartas una partida sin final ni principio. Morfeo barajó, arrojando los naipes al viento variable. El arquitecto miró su juego: una cornisa dórica, una bóveda con tambor octogonal y linterna, tres pilares de arquerías islámicas, un desgastado obelisco faraónico, un nivel de burbuja ...
Alrededor de la mesa observaban albañiles y peones durmientes sus propios sueños, sentados sobre pilas de ladrillos y cubos boca abajo, o brazos cruzados y en pie sobre inestables andamios. Algunos se agitaban, o hablaban incoherencias en alta voz (1).


(1) Yo, hace años, he ayudado a algún maestro albañil, con el grado de peón de cuarta o quinta categoría. Recuerdo haber cernido rubia arena guadalquivireña (1a), haber abierto sacos de fino cemento canario a golpes de filo de palaustre, haber mojado ladrillos de rasilla (1b) en el bidón de agua, impropia gaseosa helada.
Eran gente dura para el trabajo aquellos oficiales. Engullían de pie apenas sin masticar las tostadas con manteca de cerdo, y bebían de golpe el ardiente café con leche, fijos los ojos en los cielos rasos por terminar o en las tapias a medio levantar, las mentes puestas al completo en la siguiente labor. Ni el cáncer ni la próstata inflamada les impedían acudir al tajo antes del amanecer, con el argumento de "duele lo mismo en mi casa que aquí" o "trabajando por lo menos me entretengo y tengo la cabeza ocupada".

(1a) El Arenero, cantaor de flamenco, trianero, recibió tal sobrenombre por el oficio que ejercía, realizando tempraneros equilibrios sobre las mínimas pasarelas de las cubiertas de las barcazas que, lentamente majestuosas, transportaban por el gran río de Andalucía el húmedo y granuloso material hasta los muelles de la ciudad. En ellos era cargado en camiones para su repartición en los diversos polveros de la zona, uno de los cuales camiones manejaba otro cantaor trianero, Manuel Oliver, de quien me honro ser descendiente. Oliver de Triana, enciclopedia del cante, solía venir a Castilleja a celebrar tertulias, acompañado por el sobredicho Arenero, por el Sordillo o por Naranjito. Oliver no tomaba alcohol, pero consumía en una jornada treinta o cuarenta cafés solos, sin azúcar. Reuníanse en la antigua bodega de Perona tras la iglesia de Santiago, y entre sus espectadores se encontraban unos hermanos Reyes jovencísimos y ansiosos de aprendizaje que luego formarían el dúo de intérpretes de sevillanas Los Hermanos Reyes.



Veinticinco calabozos
tiene la cárcel de Utrera.
Veinticuatro traigo andados,
el más penoso me queda.

De mi serrana,
que vale más la peineta
de mi serrana
que la recua de mulas
de Cantillana.

¿De quién son esos machos
con tanto rumbo?
Que son de Pedro la Cambra,
van pa Bollullos.

Ése es el cante que hacía Garfias, el que yo le he escuchado a mi padre de mi alma*. Ramón el de Triana era alfarero, hacía ollas. Precisamente anteayer, yo, para mi señora, le tomo la leche a uno que fue aprendiz de Ramón el Ollero, que tiene 86 años, un tal Justo, de aquí de Triana, y ese hombre me cuenta a mí de Ramón cuarenta mil cosas con todo detalle. Y Ramón y mi padre, que en gloria esté, pues lo mismo, y Emilio el tío de Naranjito, igual. El Malido también me lo contaba a mí. Enrique, que fue otro gran aficionado también, pues también me contaba muchísimas cosas, muchas grandezas de Ramón el de Triana, que creó una escuela en Triana de cante. Ya después, claro, yo he escuchado el Gazpacho. Había un tal Moralito, también de aquí del Zurraque aquí en el Patrocinio, que cantaba por soleá también, muy cortito y muy bien, y yo me iba con Antonio Gómez Baeza, que le llaman Antoñito Baitero, que era dueño de la Casa Baitero, de la taberna Baitero, pues nos íbamos nosotros a un rinconcito a escuchar cantar a ese viejo, porque ese viejo cuando cantaba por soleá, escartimaba las tripas. Y como era tan bueno, nosotros teníamos esa afición, nosotros teníamos unos 15 años, y cuando nos decían ' mira, que en Castilleja va a cantar fulano de tal, Manuel Torre va a cantar con el Gloria', que es el día de Santiago, porque los Reyes, los carniceros de Castilleja, se lo llevaban a Manuel Torre allí, pues nosotros cogíamos una bicicleta los dos y, pum pum pum... a Castilleja, a escuchar cantar. Y si cantaban en Dos Hermanas, allá íbamos nosotros, y donde hubiera un espectáculo, allá íbamos nosotros, porque ése es íntimo amigo mío, es como un hermano mío".

"Murió el cantaor Manolo Oliver, gran conocedor de los cantes de Triana. Sevilla. S. L. A la edad de ochenta y tres años, y víctima de una cruel y rápida enfermedad, ha muerto recientemente en Sevilla Manolo Oliver, que fuera uno de los máximos exponentes de los cantes de Triana.
Conocido en el mundo del flamenco como Manolo Oliver de Triana, había nacido en este popular barrio sevillano y era hijo del Niño de Castilleja, del que aprendió, entre otros, los ecos de Silverio, y de Teresa Dorado. Gran especialista en los cantes de Triana, Manolo Oliver era considerado el cantaor por excelencia en lo que a la soleá característica de este barrio se refiere, siendo el único que hacía las múltiples modalidades que se conocen de este cante.
Su decisión de no dedicarse profesionalmente al cante ha hecho que con él desaparezcan muchas de estas modalidades del flamenco, ya que no existen más grabaciones de su cante que las realizadas en algunos programas de radio o televisión, al no haber hecho ninguna grabación en estudio.
Muy querido en su barrio, recibió de éste varios homenajes y premios en reconocimiento de su labor, viviendo hasta el final de sus días en el conocido hotel Triana, escenario de numerosas actuaciones de cante flamenco.
Su peculiar estilo hizo que tuviera muchos seguidores, como los cantaores Luis Caballero o Naranjito de Triana". ABC, 24 de agosto de 1989.


Descendientes del cantaor Manuel Oliver con ocasión de la inauguración de una plaza a su nombre en Triana.


El autor de esta historia de Castilleja con Félix Oliver Sánchez, hijo del cantaor Oliver, en Triana


Esquela mortuoria de Dolores, viuda del cantaor Oliver de Triana

* Conocido en el mundo flamenco como El Niño de Castilleja —aunque había nacido en Mairena del Aljarafe—, se llamaba Manuel Oliver Moreno. En realidad el natural de Castilleja fue su padre, —abuelo de Oliver de Triana—, llamado Florencio Oliver Palomo. Transcribo en su integridad la partida de nacimiento de Manuel Oliver Moreno, del cual me informó su descendiente (en la foto conmigo) que era pariente de la actriz y cantante de copla Antoñita Moreno —Antonia Moreno Valiente, nacida en La Puebla del Río en 1930—.

"En la Villa de Mairena del Aljarafe a trece de Mayo de de mil ochocientos setenta y seis, siendo las cinco de la tarde, ante D. Diego Prados Barrera, Juez Municipal, y D. Joaquín Rodríguez de Torres, Secretario; Compareció Florencio Oliver Palomo, natural de Castilleja de la Cuesta, partido municipal de la misma Provincia de Sevilla, casado, de treinta años de edad, trabajador del campo y domiciliado en esta Villa, calle Nueva número cuarenta, presentando, con objeto de que se inscriba en el Registro Civil un niño, y al efecto como padre del mismo declaró:
Que dicho niño nació en la casa del declarante el día once del corriente mes de Mayo, a las dos de su tarde.
Que es hijo legítimo del declarante y de su mujer Mercedes Moreno Bejarano, natural de esta Villa, partido municipal de la misma Provincia de Sevilla, casada, mayor de edad, dedicada a las ocupaciones propias de su sexo y domiciliada en el de su marido.
Que es nieto por línea paterna de Florencio Oliver Sánchez, natural de Castilleja de la Cuesta, casado, mayor de edad, trabajador del campo y domiciliado en el mismo de su naturaleza, y de María Palomo Pinto, natural de Valencina, partido judicial de la misma Provincia de Sevilla, mayor de edad, casada y domiciliada en el de su marido, y la ocupación propia de su sexo; y por línea materna de Juan Manuel Moreno Villa, natural de San Juan de Aznalfarache, partido municipal de la misma provincia de Sevilla, mayor de edad, viudo, de ejercicio calero y propietario, y de María Bejarano Lora, difunta, natural de esta Villa.
Y que al expresado niño se le había puesto por nombre Manuel.
Todo lo cual presenciaron como testigos D. José María Olivar Callado, natural de Carmona, mayor de edad y de ejercicio carpintero, domiciliado en esta Villa en la calle Nueva número tres, y D. Miguel Pérez Moreno, mayor de edad, casado y de ejercicio tendero, natural de esta Villa y domiciliado en la calle Nueva número doce.
Leída íntegramente esta acta e invitadas las personas que deben suscribirla a que la leyeran por sí mismos si así lo creían conveniente, se estampó en ella el sello del Juzgado Municipal y la firmaron el Sr. Juez, el declarante y los testigos, y de todo ello, como Secretario, certifico". 




Partida de nacimiento del Niño de Castilleja y firma de su padre Florencio Oliver Palomo

Amadora Oliver Moreno, de 19 años, natural de Mairenilla la Taconera (sic), hija de Florencio y Mercedes (sic), casada con Antonio Campo Alcázar, de 23, natural de Sevilla, panadero, hijo de Juan y Rocío. Vivían en 1895 en Sevilla, en la calle Sorda n.º 8. Amadora era hermana de Manuel, tía por tanto del cantaor Oliver de Triana. La abuela Mercedes Moreno Bejarano, se agregó, ya viuda, cuando Amadora y su marido se trasladaron a la calle Jáuregui n.º 13 cuatro años después.

De entre mis Notas Genealógicas transcribo, "en bruto" y sin elaboración posterior, la siguiente:

"Oliver de Triana, nombre artístico de Manuel Oliver Dorado (1906-1994), genial soleaero y perfecto en los fandangos. Fue ladrillero de oficio y supo recrear los estilos autóctonos de su barrio. (Me dijo Ignacio Tovar el pintor, que descendía de gente de Castilleja). Confirmado: a su padre le decían 'El Niño de Castilleja' y cantaba también aunque no profesionalmente; después de seguirle la pista por la calle Alfarería en Triana, guiado por las referencias de un trianero llamado Conde que encontré en la calle del Aire de Gines. Después de visitar el patio donde nació Manuel, hoy un hotel de la Ronda con una placa de azulejos conmemorativa con su retrato, me enviaron desde un bar cercano donde iba nuestro cantaor a la barriada de Santa Ana, donde habita su hijo Félix Oliver Sánchez; no pude hablar con él, pero en la peña Sevillista que frecuenta adquirí mas pistas; me hice con su teléfono, lo llamé desde casa y quedamos para una cita, que se frustró debido a un catarro que padece. Ha sido pospuesta. Una vez en Castilleja recabé información; era desconocido hasta que al final la madre del lotero gordito me envió a un cantaor de saetas que resultó ser Luis Cabrera Cabrera, que había cantado con él en más de una ocasión; parece ser que en los años 50 se reunían los domingos en una bodega que existía en la barriada de Los Arcos Manuel Oliver, Luis Cabrera, el Arenero y uno 'sin cejas ni pestañas' también de Triana, además de Miguel el de Reyita ( hermano de Esteban Rosales ) que era un gran aficionado. Hacían caldereta y juerga. Dice Miguel el de los hermanos Reyes que Manolo Oliver no bebía nunca alcohol, pero que se tomaba una docena de cafés en una mañana. Luis Cabrera es primo hermano del auxiliar del Canela, que tiene un hijo de profesor en Brasil; nació en la calle del Convento, en la casa más abajo de la del primo Pepito, que se conserva todavía y donde se organizaba hasta hace pocos meses el juego de cartas; a los pocos años pasaron toda la familia a San Nicolás del Puerto donde su padre, a las órdenes de D. Manuel Salinas, que poseía allí fincas e intereses con una compañía minera, actuó de guarda de campo, con su caballo, para vigilar los robos de corcho o de leña. Volvieron a Castilleja justo después de la guerra, pero por pocos meses, para salir a otro pueblo de la provincia de Sevilla, Constantina, y ocho años después ya se asentaron en Castilleja. El abuelo de Luis Cabrera era boyero, y con varias yuntas se ganaba la vida labrando tierras. Me contó su nieto que le decían 'el Jorobado', porque se cayó de una carreta y quedó con la espalda torcida; parece que estuvo en Cuba cuando la guerra y dice su nieto que tuvo allí varios hijos. Fue Luis Cabrera ganador 6 veces durante los primeros años 50 del concurso de saetas de Radio Sevilla y en el último tuvo que competir con una muchachita familia de Antonio Mairena (que era parte del jurado, junto a Pepe Pinto, el Pali, la Niña de los Peines); le dieron el premio a ella, injustamente a todas luces. Luis Cabrera tiene amplia discografía; la tarde de nuestra entrevista en su casa me cantó una saeta que le cantaba su madre, otra saetera importante, Carmen Cabrera Oliver, hija de Luis Cabrera Sánchez y de Rosario Oliver Chávez [por tanto familia también de Oliver de Triana]. La saeta tiene un verso un poco manoseado: 'moraíto como un lirio', cantado por el Camarón creo que en una soleá. Murió Carmen Cabrera a finales de los 70 y sus saetas junto con las de su hijo pueden oírse todavía, 2005, tanto en radio como en televisión.
 El 25 de febrero de 2005 entablé contacto con Félix. En junio encontré en el padrón a toda su familia ( ver Padrón 1935, Sevilla ); fui a una tienda de discografía antigua en la calle Castilla que Félix me había recomendado para recabar información, pero hasta octubre no se reúne la peña flamenca local; después encontré a un hombre, natural de Villanueva del Ariscal, en la iglesia del Cachorro, que me señaló el lugar donde vivían, un tejar que hoy es una nueva barriada, aledaña a la Ronda".

El padrón sevillano de 1935 al que me refiero en la anterior Nota es el que sigue:

Senda del Pino (Triana). ( Choza ):

—Manuel Oliver Moreno, nacido en 1875 en Mairena del Aljarafe, albañil, 40 años de residencia en Sevilla; esposa, Teresa Dorado Marín, nacida en 1878, en Sevilla. Hijos: Florencio Oliver Dorado, nacido en Sevilla en 1909, soltero, analfabeto, jornalero; Antonio Oliver Dorado, nacido en 1914, ídem; Mercedes Oliver Dorado, nacida en 1912, ídem, sus labores; Manuel Oliver Dorado, nacido en Sevilla en 1916, soltero, analfabeto, jornalero —el cantaor—; Carmen Oliver Dorado, nacida en Sevilla en 1923, analfabeta; y Joaquín Oliver Dorado, nacido en Sevilla en 1925, colegial.

—Antonio Dorado Marín, nacido en Sevilla en 1889, viudo, trabajador del muelle. Hijos: Antonio Dorado Quesada, nacido en Sevilla en 1917, soltero, estudiante; Álvaro Dorado Quesada, nacido en Villanueva del Río en 1922, soltero, analfabeto, aprendiz de mecánica; Roberto Dorado Quesada, nacido en Villanueva del Río en 1923, colegial; Guillermo Dorado Quesada nacido en Villanueva del Río en 1925, colegial; Carlos Dorado Quesada, nacido en Villanueva del Río en 1926, colegial; Rosario Dorado Quesada, nacida en Sevilla en 1930, colegiala.

Álvaro y Roberto Dorado Quesada, primos hermanos del cantaor, alcanzaron preeminencia en la capital andaluza: el primero siguió la carrera eclesiástica y llegó a ser coadjutor de la parroquia de Los Remedios y director del Colegio Mayor Universitario Santa María de los Remedios. El segundo perteneció a la Junta de Gobierno de la cofradía de Jesús Nazareno y María de la O, y fue miembro del comité ejecutivo del IV Concurso Nacional de Razas Caninas celebrado en Sevilla en 1973. Periodista durante más de medio siglo, era el socio número 46 de la Asociación de la Prensa de Sevilla. Falleció en el año 2012 a los 89 años de edad.

 "Un muerto y tres heridos de una misma familia en accidente de circulación. A las nueve de la noche del viernes, cuando se dirigía a Villanueva del Río y Minas, en unión de su esposa e hijo y de una prima suya, a seis kilómetros de dicha población, por causas que se desconocen, se salió de la carretera el turismo conducido por nuestro querido compañero en la radio don Roberto Dorado Quesada, dando la vuelta de campana y saliendo despedidos del vehículo los cuatro ocupantes. La esposa del señor Dorado, doña Isabel Vázquez Huertas, que afortunadamente sólo sufrió heridas de carácter leve en ambas rodillas, creyendo que su hijo se encontraba aprisionado debajo del coche trabajó denodadamente, hasta conseguir darle la vuelta, comprobando que el pequeño no se encontraba allí, y sí, al igual que el resto de sus familiares, arrojado en la cuneta. Colocada en el centro de la carretera pidió auxilio a unos viajeros que pasaban por el lugar del suceso, quienes trasladaron al matrimonio y al niño al hospital de Villanueva del Río y Minas, mientras doña Josefa Quesada Ramírez, de cuarenta y ocho años de edad, que resultó muerta en el acto, era trasladada al mismo centro en otro coche. Después de recibir asistencia de primera intención, los heridos fueron trasladados al Centro de Traumatología, donde don Roberto Dorado quedó internado. Sufre fractura del cráneo, habiendo recibido treinta y tres puntos en la cabeza. Su estado es grave. su hijo, Roberto Dorado Vázquez, sufre fractura de clavícula y traumatismo craneal, de carácter reservado, habiendo quedado también internado en dicho centro. Su esposa, doña Isabel Vázquez Huertas, sólo sufre lesiones de carácter leve.
Ayer tarde se verificó en Villanueva del Río y Minas el entierro de la víctima de este desgraciado suceso, constituyendo el acto una sentida manifestación de pesar, ya que los señores de Dorado Quesada son muy conocidos y estimados en dicha población". ABC, 18 de abril de 1971.

En choza adjunta a las de los Oliver Dorado y los Dorado Quesada en la Senda del Pino vive una castillejana en el referido año de 1935:

—Justo Rodríguez Miranda, nacido en Valladolid en 1880, casado, jornalero, 50 años de residencia en Sevilla; esposa, Consuelo Luque Ramos, nacida en Castilleja de la Cuesta en 1882, analfabeta, 50 años de residencia en Sevilla. Hijos: Julia Rodríguez Luque, nacida en Sevilla en 1912, soltera, analfabeta; José Rodríguez Luque, nacido en Sevilla en 1914, soltero, jornalero; Justo Rodríguez Luque, nacido en Sevilla en 1917, soltero, analfabeto, jornalero; y Concepción Rodríguez Luque, nacida en Sevilla en 1922, colegiala.

Con 16 años de edad Teresa Dorado vivía en la calle Castilla n.º 175 (año 1898), con sus hermanos Joaquín, de 21 años de edad y libre del servicio militar por impedido, y Carmen, de 3 años de edad, y sus padres Manuel Dorado González, nacido en Cantillana (Sevilla), jornalero, y Carmen Marín Vázquez, nacida en Sevilla. Mas la abuela materna, Carmen Vázquez Prieto, de 65 años de edad, natural de Sevilla. Luego la familia aumentaría con más hijos.

En esta casa número 175 de la sevillana calle Castilla vuelve a aparecer en el padrón de 1940 el vallisoletano Justo Rodríguez Miranda casado con la castillejana Consuelo Luque Ramos, y su familia:

nº 175.- Justo Rodríguez Miranda, 59 años, casado, alfarero, n. de Valladolid, 48 años en Sevilla; Consuelo Luque Ramos, 58 años, S/C, n. de Castilleja de la Cta., 49 años en Sevilla; HIJOS: Julia, 29 años, S/C, n. de Sevilla; Justo, 21 años, soldado, n. de Sevilla; Concepción, 18 años, S/C, n. de Sevilla.

Recordemos que, entonces, en el número 127, vivía la familia del alcalde de Castilleja Juan Sánchez Mesa, asesinado por los esbirros de Queipo de Llano:

nº 127.- Ildefonsa Rodríguez Pérez, 30 años, viuda, S/C, n. de Castilleja de la Cta., 4 años en Sevilla; HIJOS: Ángeles Sánchez Rodríguez, 9 años, colegiala, n. de Castilleja de la Cta., 4 años en Sevilla; Ana S. R., 7 años, ídem; Victoria, 6 años, ídem; Juana, 4 años, ídem.
—Ángeles Pérez Rodríguez, 60 años, viuda, tortería, n. de Valencina, 4 años en Sevilla; Victoria Rodríguez Pérez, 34 años, soltera, S/C, n. de Castilleja de la Cta., 4 años en Sevilla. (Ver Padrón 1z. Enero de 2016).


La madre del cantaor Oliver de Triana falleció en Sevilla en 1966

Acabamos de ver más arriba que el abuelo materno del cantaor Manuel Oliver de Triana, Manuel Dorado González, nació en Cantillana (Sevilla), lo cual explicaría que en el repertorio de dicho cantaor figurase la soleá

De mi serrana,
que vale más la peineta
de mi serrana
que la recua de mulas
de Cantillana.

o al menos que la ejecutara con especial dedicación. De los padres de este Dorado de Cantillana, que debió nacer en la segunda mitad de la década de los años 50 del siglo XIX, hemos de anotar que vivieron en toda su plenitud los hechos protagonizados por el bandolero Andrés López Muñoz, natural de aquella localidad. Conocido como El Barquero de Cantillana, de Andrés López (1819-1849) se dice que asolaba el Camino Real entre Sevilla y Huelva asaltando diligencias. También hay noticias de que en un enfrentamiento entre su partida y la guardia civil en su localidad natal hirió, entre otros, a un número llamado Cristóbal Dorado. El Barquero fue la fuente de inspiración del personaje novelesco Curro Jiménez.

(1b) Por millares los entregaba Josele con su carro basculante tirado de mulo y burro, descargándolos a pie de obra. De la familia Calderón*, hoy sus descendientes continúan con el negocio. Josele, sombrío y austero bajo una mascota raída, manejaba a sus animales de tiro con maestría de domador circense: "¡Echa atrás, echa atrás...! ¡Quietooo ahí...!". polverojosele.es

* "En Castilleja Enrique Calderón regentaba un negocio de venta y distribución de materiales de la construcción, y en el 36 cedió a los militares el camión que usaba para el repartimiento de ladrillos, arena, cal, etc. Nunca volvió a saber del vehículo, pero al final de la guerra los franquistas le resarcieron con otro, un pesado armatoste soviético capturado a los republicanos, con algún orificio que otro de balazos, que se hizo emblemático en nuestra Villa". Historia de los apellidos, 4. Abril de 2019.

(Continúa en la entrada siguiente)

lunes, 19 de abril de 2021

Los olvidados, 12k.

(Viene de la entrada anterior)


Decíamos en la entrega anterior que los cuatro hijos de Eduardo Borges Alegre siguieron carreras militares. Uno de ellos, Eduardo Borges Fe, tuvo la peor suerte, ya que murió a manos de un independentista cubano, al hundirle, en una refriega, el machete en el pecho. Había Borges comenzado sus estudios siguiendo la profesión de su abuelo Antonio Borges —consta su expediente académico como alumno de la Facultad de Farmacia de la madrileña Universidad Central, formado entre 1889 y 1890—, pero después optó por ingresar en el ejército, y fue destinado a la mayor de las Antillas en un año, 1896, muy crudo en lo que a la guerra ultramarina se refiere. 
Curiosamente, fue en este mismo año de su muerte cuando su padre publicó el Compendio de Agricultura (ver la entrada anterior).


El primer batallón del Regimiento de Infantería de San Quintín n.º 47 al que pertenecía Eduardo Borges estaba de guarnición en el castillo de Figueras y se trasladó a Barcelona a efectos de embarque en su puerto, hacia el Caribe, en noviembre de 1895, con sus trajes de ralladillo, guayaberas, manta y macuto a la la espalda, y sin armas. Se pusieron en marcha en trenes militares hacia la Ciudad Condal a las cinco y media de la mañana, entre antorchas y luces de bengalas en homenaje vecinal a modo de despedida, y al llegar ya clareando el día 22 fueron recibidos en la capital por una multitud que les obsequió con aplausos, vivas y lluvias de flores, con calles abarrotadas y balcones cuajados de espectadores. Habían sido convocados por medio de carteles fijados en las paredes. Tras un breve descanso cada soldado, cabo y sargento recibió tabaco y dinero —una peseta, una y media, y dos— de donaciones, repartidos por los mandos; se hicieron pequeños grupos entre los expedicionarios, con cantantes y tocadores de guitarra espontáneos, bailando y haciendo por no pensar en las contingencias de los próximos meses ni en la suerte de la guerra que les esperaba. Se permitió la entrada en el cuartel que los recibió a mucha gente, sobre todo familiares. A las diez y media llegó al muelle el San Quintín, entre escenas de júbilo y de tristeza a partes iguales, músicas y entusiasmo. Allí les esperaban los estudiantes de la Universidad y escuelas especiales, agrupados bajo una bandera nacional y con los estandartes de las facultades; los miembros de asociaciones de voluntarios catalanes con las clásicas barretinas; excombatientes de África y Cuba; periodistas de todo el país; coros cantores; autoridades civiles y militares; y los piquetes de la guarnición. Entre las autoridades y en cabeza, el general Weyler y el general Joaquín Ahumada.


Por fin, con interpretaciones de bandas militares, vivas al rey, al ejército y a España y bullicio generalizado, el vapor Santiago levó anclas y se dispuso a salir hacia Cádiz entre multitud de vaporcillos y embarcaciones engalanadas con banderas y gallardetes y lanchas atestadas de personas que agitaban pañuelos y tiraban a la cubierta del Santiago puros y cigarrillos. El día era hermoso de luz y cielo limpio, y el estado de la mar magnífico.


Barcelona, Noviembre de 1895. Guerra de Cuba. Embarque de los batallones Navarra y San Quintín en el muelle de la Riba de Barcelona. En dicho día 22 salieron otros batallones desde Palma, Cartagena, Cádiz o La Coruña.

El día 8 de diciembre por la mañana, tras tocar en Cádiz y Puerto Rico, arribaron a La Habana. El día 12 de diciembre el batallón partió en tren hacia Las Villas, desde donde llegaron noticias poco después de que mantuvo un encontronazo con los insurrectos.

"Las tropas mambisas estaban compuestas por cubanos de todas las clases sociales, desde esclavos, negros y mulatos libres, hasta terratenientes como Carlos Manuel de Céspedes, conocido como el Padre de la Nación Cubana. Cabe destacar la participación en la guerra de independencia de Cuba de oficiales y soldados de otros países, como Henry Reeve, conocido como El Inglesito, el polaco Carlos Roloff, el peruano Leoncio Prado Gutiérrez y el dominicano Máximo Gómez. A este último, conocido como el Generalísimo se le considera autor de la primera carga al machete del Ejército Libertador cubano, que se convertiría en una de las tácticas principales de los mambises. También llegó a ser propuesto para candidato a la Presidencia de la República, lo cual no aceptó. Otros conocidos jefes mambises fueron los generales Antonio Maceo, quien se destacó por su valentía y talento militar, así como por su protagonismo en la Protesta de Baraguá y Guillermo Moncada el llamado Gigante de ébano". Wikipedia.

Desde unas semanas antes de la muerte de Eduardo Borges Fe había fuertes enfrentamientos en la provincia de Santa Clara y en ella en la zona de Jicotea (1). En la llamada Guerra de Independencia de Cuba o Guerra de 1895 —y también, por José Martí, "Guerra Necesaria"—, iniciada el 24 de febrero con el "Grito de Baire" y finalizada con la intervención estadounidense en agosto de 1898, hubo una estrategia por parte de los mambises de extensión del conflicto, desde octubre del referido año de comienzo de la confrontación hasta enero de 1896, que obligó al gobierno español a diseminar sus tropas para cubrir los innumerables puntos conflictivos que en toda la Isla habían ido surgiendo, diseminación debilitadora que favoreció los "ataques relámpagos" de los rebeldes, a caballo y armados de machetes, que se cebaron con destacamentos casi nunca mayores de 50 individuos, aislados en perdidas poblaciones selváticas y serranas.

(1) El 11 de diciembre de 1895 el tren de mercancías procedente de Santa Clara no llegó a La Habana porque los independentistas, creyendo que llevaba soldados españoles, lo hicieron descarrilar antes de llegar a la estación de Jicotea, levantando un raíl, por cuya causa murieron el maquinista y el fogonero y el convoy sufrió graves averías. En la capital se supo la noticia muy tarde por estar cortadas las líneas telegráficas. Informó la prensa de tres días después, el 14 de diciembre, que en las cercanías de Jicotea fueron apresados algunos soldados españoles por un crecido número de insurrectos, que se apoderaron de sus armas.

"El día 20 del actual (sic) estuvo a pique de costar la vida al bizarro general Suárez Valdés uno de los muchos hechos propios de vándalos a que nos tienen acostumbrados los mambíses. Subía dicho general en un tren especial en dirección a Santa Clara, acompañado de su Estado Mayor y escolta compuesta de 25 hombres de San Marcial, al mando de un teniente, y ocho guardias civiles, cuando al llegar a una alcantarilla que existe entre las estaciones de Esperanza y Jicotea, próximamente a la una de la tarde, estalló una bomba de dinamita colocada por la partida de Bermúdez, que hizo volar los raíles de la línea, destrozando el carro blindado y cuatro casillas más, y dejó colgado de un lado del puente un coche de tercera. Como consecuencia de esto fueron heridos graves dos soldados de la escolta, y recibieron contusiones 12 de los demás, saliendo ileso el general. En los momentos del descarrilamiento, el enemigo, que se hallaba emboscado, hizo varias descargas, que fueron contestadas por los del tren, los que, a pesar del peligro, no perdieron la serenidad. En seguida el general dispuso el desembarco de los 14 caballos que venían en el tren, y dejando parte de la fuerza al cuidado de los heridos y del tren, se dirigió a la Esperanza sin otra novedad". El Correo Español, 19 de diciembre de 1895.

Este mismo periódico, El Correo Español, junto a La Dinastía, La Época, El Imparcial o El Movimiento Católico informarían después de la acción de los mambises en Jicotea que costó la vida al hijo del licenciado castillejense, y que es de suponer que fueran leídos ávidamente en nuestra Villa.


A las órdenes de los generales Antonio Maceo (1845-1896) y Máximo Gómez (1836-1905), los insurrectos habían levantado o removido más de 11 kilómetros de vía férrea entre La Esperanza y Jicotea para impedir que llegasen suministros y víveres a La Habana desde las fructíferas provincias del Oriente. 
Una sección de 47 soldados del batallón de Infantería San Quintín, al mando del segundo teniente Eduardo Borges, fue enviada a Jicotea y encomendada a proteger a los obreros encargados de recomponer los destrozos en la red ferroviaria que los independentistas habían ocasionados por medio de dinamita aplicada en alcantarillas, puentes y terraplenes. El viernes comenzaron las reparaciones de la vía. El teniente Borges, mientras los operarios trabajaban, fue colocando a sus escasas fuerzas en las posiciones más estratégicas que encontró. El sábado algunos grupos de rebeldes hicieron acto de presencia, pero al ver que las cuadrillas de obreros estaban bajo la protección de los militares, pasaron de largo. Mas en la madrugada del domingo día 3, una numerosa partida de más de 400 mambises, mandada por el coronel del Ejército Libertador Antonio Núñez (1a), cayó sobre el campamento a sangre y fuego. Allí quedaron muertos 14 soldados, un sargento y el teniente Eduardo Borges Fe, mas otros cinco de ellos heridos, y el resto prisionero o desaparecido en descontrolada huida por los frondosos boscajes de la manigua (1b). Hasta un par de días después —el 4 de febrero llegó la noticia a La Habana— las fuerzas de auxilio enviadas no pudieron recoger a los muertos y heridos.


"La Cruz Roja en el campo de batalla",  ilustración de Crónica de la guerra de Cuba. Rafael Guerrero. Barcelona, 1895.

(1a) El coronel Antonio Núñez Martínez "nació en la provincia de Pinar del Río. Hermano del coronel Vicente Núñez Martínez. Se unió al contingente invasor el 13 de diciembre de 1895, bajo el mando del mayor general Máximo Gómez, en El Quirro, Las Villas. Fue práctico y explorador de la columna en su avance hacia occidente. El 3 de enero de 1896 tomó el pueblo de Guara, en La Habana, sin encontrar apenas resistencia. Participó en la primera etapa de la Campaña de La Lanzadera, bajo las ór­denes de Gómez, hasta que regresó a la provincia de Las Villas sin autorización. Allí atacó a una sección del batallón español San Quintín, que custodiaba la repara­ción de la vía férrea de Esperanza a Jicotea, ocasionándole 21 bajas. Nueve días más tarde tuvo otro encuentro con el enemigo en Cinco Palmas de Mordazo. Poco antes del combate de La Olayita, el 29 de febrero de 1896, se encontró con el general de brigada Ángel Guerra, quien estaba en su bús­queda para conducirlo a la presencia del mayor general Antonio Maceo por considerársele un desertor. En la marcha hacia occidente se encuentran con Gómez, quien lo reprimió por su mala conducta y por poseer pocas dotes de mando. Dos días más tarde fue presentado ante Maceo. El 15 de marzo de 1896 cruzó la trocha de Mariel a Majana acompañando a Maceo, quien daba inicio a su segunda Campaña en Pinar del Río. En el verano de 1896 estuvo operando por la zona de San Cristóbal. El 25 de agosto de 1896 se incorporó a la pequeña columna que acompañó a Maceo en su marcha hacia el extremo occidental de la provincia de Pinar del Río en busca de la expedición del entonces general de brigada Rius Rivera. El 24 de septiembre de 1896 resultó herido en el combate de Montezuelo. Posteriormen­te, Núñez regresó a Las Villas para curarse una herida y allí murió macheteado por una guerrilla, el 10 de abril de 1898". EcuRed.cu

(1b) Tras atar a los prisioneros, posesionarse de algunos caballos y arramblar con máuseres, pistolas, cantimploras, botas, guayaberas, carteras y petacas, que cargaron en confuso revoltijo en las angarillas de un mulillo joven y ágil a efectos de posterior clasificación y repartición, los hombres de Antonio Núñez, —algunos de los cuales levemente heridos por rozadura de bala—, abandonaron el escenario de la confrontación alejándose prestamente de la vía férrea, sobre la que agonizaban desangrándose varios soldados españoles entre los 16 cadáveres, macheteados sin piedad. 
Los insurrectos se sentían a salvo porque las líneas telegráficas estaban cortadas y era imposible sufrir represalias al menos durante el siguiente par de días: para entonces ya estarían operando en otras regiones a muchos kilómetros de allí.
La partida desapareció en la espesa manigua en dirección a un encajonado tramo del lecho del arroyo Jicotea, cuyos barrancos le ofrecían la seguridad de no ser descubierta. El coronel Núñez dio a su tropa un cuarto de hora para abrevar las monturas, asearse, recomponer los equipos individuales, etc. Muchos de aquellos valientes mambises llevaban manos, ropas y calzado manchados de sangre, e incluso salpicaduras del rojo y viscoso líquido en sus curtidos rostros. Limpios los machetes y atalajes y después de unos tragos de ron y un cigarro, emprendieron hacia arriba el curso pedregoso del cantarino riachuelo, con la intención en mente de celebrar prontamente un guateque en determinado predio, donde les esperarían los afectuosos abrazos del fiel campesinado, el banquete, el baile, la música y por fin, un merecido descanso. 
Durante toda la tarde, sombría, fuertes chaparrones habían descargado desde los grises nubarrones que se apelotonaban en el cielo cubano, produciendo un dulce fragor rumoroso sobre las verdes hojas de la vegetación, pero al final unos desgarrones de deshilachados bordes permitieron a los mambises contemplar trozos del azul en la alturas.
Infinitas aves en número iniciaron su alegre sinfonía. Como conmovidos por la belleza que les rodeaba, los caballos parecían vacilar delicadamente antes de romper con sus cascos los cristalinos espejos de plata de los charcos del camino, en los que se reflejaban puros los majestuosos rayos de luz dorada que descendían solemnes desde los rompimientos nubosos. 
Con absortos ojos de almíbar los cuadrúpedos, extasiados en una figurada autocontemplación, atisbaban el grato recogimiento de los establos que en la meta final los esperaban, cuando un viento amigo dispersó los restos de nubes y una noche enorme, tachonada con miríadas de vívidas luminarias, se espesó, prometedora, sobre la columna del coronel rebelde.

La fiesta solía celebrarse a 30 kilómetros de Jicotea, en un ingenio azucarero llamado La Olayita, en las afueras de la población de Sagua La Grande. Contaba en una entrevista del año 1968 el combatiente y decimista mambí Toribio Mestre los detalles de su participación en dos controversias (competiciones de canto improvisado) celebradas el 26 y el 27 de febrero de 1896 en dos campamentos cerca de Sagua La Grande. A la primera asistieron más de 1.000 hombres, y a la segunda, que tuvo lugar en el punto referido de La Olayita hasta ya entrada la madrugada del día 28, se unieron los de los coroneles Cayito Álvarez, Francisco Pérez y Antonio Núñez, —llegados estos últimos de la refriega de Jicotea—, aumentando los espectadores a 2.000: "Yo nunca volvía a cantar la décima ante tantas personas, todas calladas, observando". En el guateque de La Olayita resultaría vencedor, por sus extraordinarias dotes de improvisación de versos, agilidad mental y resistencia física y psicológica —soportó largas horas de pie y sin interrupción—, Juan Ruperto Limendoux. Narró la jornada festiva René Batista Moreno en Limendoux, leyenda y realidad. Editorial Capiro, Santa Clara (Cuba), 2009.


En la fotografía, canturía en el Ejército Libertador. "En las noches de los campamentos mambises de la Guerra Necesaria (1895-1898) no todo era tensión y silencio. A pesar de las largas jornadas de combate y del hambre acumulada de varios días, durante las horas de ocio, oficiales y soldados del Ejército Libertador trocaban las armas por guitarras, laúdes, güiros y tiples, y hacían sonar el punto guajiro en la manigua.
En esas horas —según el investigador cubano Dr. Jaddiel Díaz Frene en su tesis doctoral La guitarra, la imprenta y la memoria. Una historia de Cuba desde la cultura popular (1895-1902)— era común que los combatientes, muchas veces descalzos y con las ropas raídas, se sentaran a la luz de una hoguera para intercambiar las décimas que se sabían de memoria o improvisaban.
'El fuego, a la vez que espantaba los mosquitos, iluminaba un escenario que podía ser distinto en cada jornada: una montaña, una casa abandonada, una arboleda', describe el investigador.
En esas estrofas se narraban incontables asuntos:  'los pormenores  de  una  batalla  reciente,  los gloriosos sucesos de la Guerra de los Diez Años, los asesinatos perpetrados por una guerrilla (colonialistas cubanos que combatían al Ejército Libertador), la retirada de una columna española, la nostalgia por la amada, el dolor de la madre ausente, la proeza de un general mambí y la historia de un soldado desconocido' ". Granma.cu.


Juan Ruperto Delgado Limendoux

En estas competiciones de versos improvisados se solía aludir, vemos, a las más recientes victorias sobre las tropas españolistas. Por desgracia escasean los documentos escritos que testimonien respecto a los temas tratados, y las fuentes orales son del todo confusas en cuanto a formas y contenido de los versos, y fechas y localizaciones de las canturías, mas yo no dudo de que los mambises Limendoux, Mestre o sus compañeros cantores hicieran alguna mención a lo acontecido antes en la vía férrea entre Jicotea y La Esperanza, e incluso rememoraran en sus melódicas creaciones en concreto la muerte del hijo del masón castillejense, el segundo teniente Eduardo Borges. Añado algunas muestras de lo que se podría haber cantado en el campamento de La Olayita:

Yo soy el punto cubano
que en la manigua vivía
cuando el mambí se batía
con el machete en la mano.
Tengo un poder soberano
que me lo dio la sabana
de cantarle a la mañana
brindándole mi saludo
a la palma, al escudo
y a mi bandera cubana.

Una canaria en Martí
Nos dio un genio visionario
Y del cuchillo canario
Salió el machete mambí.
Se unieron trigo y maní,
aguardiente y vino de uva,
y por tanto amor que incuba
esta unión de corazones
no son siete los montones:
son ocho, contando a Cuba.

Llámese como en la actualidad "ayuda humanitaria", o como hace pocas décadas "apoyo a la democracia", o como en el siglo XIX "exportación del progreso", las intervenciones de los ejércitos colonialistas de los países avanzados sobre los retrasados tienen la característica común de su crueldad hacia los explotados y oprimidos habitantes de sus presas. La presa de España era Cuba en los años que tratamos, y en la masacre de La Olayita se demostró una vez más lo antedicho.

Apenas las tropas del coronel Antonio Núñez y sus compañeros dejaron el ingenio azucarero tras el guateque, la infantería colonialista española y sus compinches y matones criollos se presentaron en el lugar, dispuestos a ejecutar una venganza infame tras las últimas derrotas sufridas, entre las que se contaba la de Jicotea que costó la vida a Eduardo Borges. Los militares hispanos se cebaron en los 23 campesinos de la plantación, en sus familias y en los empleados. El administrador del centro azucarero era un francés, Braulio Duarte, y el propietario era Domingo Bertharte.
De los horrendos hechos en el ingenio informó pocas semanas después un periodista estadounidense, Grover Flint (1867-1909), en su libro Marching with Gomez, editado el mismo año de 1896 por Lamson, Wolffe and Company. Ilustrado con unos expresivos dibujos de su autoría, Flint dedica el capitulo X, titulado Typical Atrocities. The Olayita Massacre, a este criminal hecho. Refiere que el día 2 de mayo al atardecer, yendo con las fuerzas del comandante insurrecto Manolo Menéndez pasaron por un villorrio de media docena de casas y algunas chozas, y al ser reconocidos por los campesinos que lo habitaban se acercaron, contándoles con gran excitación la siguiente historia:

"The Spanish guerrilleros of Las Rodas had passed there that morning, and, finding no insurgents to fight, they halted before the house of Desiderio Vida, a man of thirty, who supported his mother, his wife and children, by his labor as a small farmer. The captain of the guerrilla entered the house with three of his men and addressed Vida, in the presence of his family, with abuse and profanity.
'Thou art a Mambi. Come, scoundrel, tell us what thou knowest of the Mambis'.
Vida protested that he knew nothing. Calling him a traitor, a shameless one and a nañigo, they dragged him from his house and took up their march, leading him, with his arms tied above the elbows, off among the canefields until he was lost to sight of his home. The neighbors dared not follow, and there were no witnesses of the murder.
Desiderio Vida was led from the roadside into a little arroyo or gully. Here he was cut down, and his body was left, to be found by his neighbors, after the departure of the guerrilla. 'We will bury him', said Menendez; 'you shall see how they mutilate our people' ".

Grover Flint vio el lugar donde fue asesinado Desiderio, las altas hierbas aplastadas y cubiertas de sangre seca: "the hollow in the tall grass, and the blood that stained the plants as thickly as when you have slaughtered a bullock". El viejo sombrero del campesino se encontraba allí tirado, con un corte de machete de más de una pulgada en la parte superior, y el periodista supone que el machetazo debió haberle golpeado en el hombro. Los labriegos contaban que el cadáver no tenía menos de una docena de heridas cuando lo encontraron, con el brazo izquierdo casi separado del cuerpo.


"One of the peasants who told me the circumstances in the Vida case, had an American wife, a red-headed New England woman, who threw up her hands and cried, in English, 'For Heaven's sake, don't tell our names! —they'll kill us all— they'll kill us all —they'll kill us all' ".

El administrador francés se encontraba en el dormitorio del piso superior de su casa y, envolviéndose con una bandera de su país en seña de neutralidad, dio media vuelta en la cama e intentó seguir durmiendo. Los soldados invadieron la casa derribando puertas, y sacando a Duarte en pijama hasta el porche, lo cortaron en pedazos con sus machetes: "The flag of France was soaked in blood".
Luego arrastraron fuera de sus viviendas a los obreros, a sus mujeres y a sus hijos mayores y pequeños y los asesinaron de la misma brutal manera.

Prendieron fuego al ingenio y a las construcciones y casas alrededor, a los almacenes y a las chozas de los trabajadores negros, y arrojaron a las llamas los cuerpos de las víctimas, algunas de ellas vivas todavía. Solamente escapó un chino, un coolie que logró alcanzar un bosquecillo cercano, con seis agujeros de balas de máuser en su cuerpo.

El día 6 de dicho mes de mayo volvió el periodista Flint a los campos de la masacre, acompañando a la caballería del coronel Robau y del comandante Saienz, aunque no pudo dedicar a la investigación de los restos humanos mas que media hora. Todos los edificios estaban convertido en ceniza y en el ingenio en sí se amontonaban maderas carbonizadas y una masa de ennegrecida maquinaria. Debajo del gran volante del molino de caña encontró siete cadáveres calcinados, y entre ellos una mujer negra con su hijito en brazos, el vestido quemado y los huesos visibles en las partes del cuerpo que habían sido expuestas a las llamas. El del niño estaba casi desintegrado. Le dijeron al investigador que había otros cuerpos en la parte central de la nave, entre ellos los de dos mujeres y dos muchachas, pero no tuvo tiempo de verlos. Sobre el ingenio existía una dependencia con grandes calderas de hervir azúcar y un pequeño horno de cocer pan, y allí encontró el cuerpo de otro coolie chino empleado en la fábrica, perfectamente conservado en estado de momificación por efecto del calor. Flint lo examinó cuidadosamente observando las heridas de machete en la espalda y las piernas: "The body was writhed in intense agony, and the face fixed in an expression of extreme horror. Parts of the clothing, a loose linen coat and trousers, were singed, and there was every indication that the man had been locked in, and forced to die from the heat of the burning ingenio above. The flesh had become parchment, and each muscle and line of facial expression, drawn by suffering, was intensified by the shrinkage of the flesh".
En un pasillo encontró otro hombre chino, con una hendedura de machete en la parte trasera de la cabeza, que debió haber muerto en las mismas condiciones que el anterior a juzgar por la contorsión de su cuerpo.



En el cañaveral próximo descubrió otro cadáver, el de un trabajador que había intentado escapar. Tenía la cabeza cortada y en sus prendas señales de machetazos ribeteados de costras de sangre seca. Le faltaban el sombrero y los zapatos, y el periodista pensó que se los habrían quitado los españoles o sus propios empobrecidos vecinos. Luego pudo ver las cercanas sepulturas del francés Duarte y de su secretario, mandados enterrar por un oficial español, y le informaron de que un hermano del primero había denunciado el caso en el consulado de Francia.

¿Qué fue de los soldados de Eduardo Borges Fe apresados por los mambises? Catorce años después, en el Heraldo Militar del 4 de junio de 1910, con el título de Efemérides Gloriosas, Luis G. P. de Trasmiera cuenta —con un exageradísimo estilo en tono encomiástico, ridículamente patriotero— lo que subtitula Acción de Cucho Dos Amigos:

"Entre las heroicas acciones que el soldado español sostuvo con los separatistas cubanos, merece especial mención la que lleva por título esta efeméride, este recuerdo que ha permanecido sumido en la más grande oscuridad contemporánea; porque sabido es que todo cuanto se refiera a remembranzas patrias, cae en el insondable abismo de las cosas inútiles para los que la política y la diversión son los artículos de primera necesidad.
La heroica acción de Cucho Dos Amigos (2 de febrero de 1896) ocupa lugar preeminente en el Libro de Oro de la Historia, y yo, el más humilde, pero también el más fervoroso amante de las glorias seculares del simpar Ejército español, voy a narrarla conforme a mi modestísima pluma, que muchas veces no sabe expresar lo que siente el ser patriótico que integra.
Guarnecían el poblado La Esperanza seis soldados del primer batallón de San Quintín y 35 del de Soria, a las órdenes del segundo teniente del último de los citados Cuerpos, D. Eduardo Borges Fe, y habiendo destrozado  los insurrectos la línea férrea de Cárdenas a Santa Clara, en el trayecto comprendido entre las estaciones de Jicotea y La Esperanza, recibieron órdenes telegráficas de recomponerla a la mayor brevedad, pues era el punto donde se iba a organizar una columna.
Regresaba al poblado la pequeña fuerza, después de cumplida activamente la misión confiada, cuando, al llegar a las inmediaciones, oye repetidos toques de corneta, como si realmente fuesen emitidos por algún batallón en operaciones, al percibirse el sonido reglamentario de la contraseña.
Creyendo los 41 soldados que la fuerza que quería hacer notar su presencia era española, siguieron su camino; pero desgraciadamente cayeron en las redes que les tendió el supuesto amigo, y al avanzar unos cuantos pasos, los insurrectos, en número de 500 hombres, capitaneados por el cabecilla Núñez, hallábanse ocultos entre la espesa manigua, y siguiendo su acostumbrada táctica, aquellos 500 hombres, embriagados por la descontada victoria que les proporcionaba su superioridad numérica, abalánzanse al machete con salvaje ímpetu sobre tan inferiores fuerzas españolas, cual el tigre que espera en acecho y se dirige furioso y encolerizado sobre la débil presa cuando es seguro su triunfo.
Los soldados españoles, sorprendidos por la súbita aparición de tantos enemigos, retroceden unos metros; agrúpanse alrededor del jefe que los mandaba, y con el fuego primero, y después con las puntas de sus bayonetas, hacen frente por el momento a tan abrumador número de insurrectos, conteniéndolos repetidas veces en las cargas que daban al machete, acompañadas del loco entusiasmo que acrecienta la fuerza muscular del combatiente.
La fuerza material rinde a las debilidades de la carne; mas no por verse envueltos y vencidos nuestros 42 héroes enflaquecieron en esta lucha tan desigual y homérica, sino que por bastante tiempo hicieron sentir al enemigo el temple heroico del soldado español.
En esta pelea inimitable, en la que la bayoneta ensangrentada de nuestros soldados, esgrimida por hercúleo brazo, se cruzaba con los afilados machetes de los insurrectos, tratando de obtener la supremacía de la sangre enemiga, un traidor cubano hiende su arma en el pecho del segundo teniente Borges Fe, alma de aquella espartana acción, cayendo gravemente herido y regando con su sangre generosa y esforzada aquellas tierras, en donde tantos cuerpos duermen en los altos umbrales de la gloria el sueño eterno e imperecedero de los héroes.
Fuera de combate el motor que sostenía aquella máquina de hierro, y sufriendo igual suerte varios soldados, el sargento, cabo y demás individuos de tropa que aún sobrevivían a tan memorable jornada, fieles al juramento prestado a las Banderas de la Patria, juraron que mientras tuviesen un cartucho y átomo de vida, no abandonarían al cuerpo, ya inerte, del bravo oficial, que continuaba en su desconsoladora agonía, animando con la voz a los extenuados defensores de su desangrado y macilento ser.
La voz del corazón no hallaba eco en el alma de aquellos tigres humanos; antes bien, pusieron remate a triunfo tan mezquino, macheteando con la ferocidad de la bestia a los que no habían podido escapar de tan desigual e imponente pelea.
No acabó con esto tan épica jornada. El epílogo más brillante de esta acción le llevó a cabo el valeroso soldado del 47 de línea, Luis Esteban San Agustín, que viendo que a sus compañeros, que tan bizarramente se defendían, los insurrectos iban dando muerte, decidió morir también; pero no sin antes vender cara su vida. En efecto, aprovecha un terraplén que limitaba con la línea férrea, y haciendo de él una defensa, hinca la rodilla en tierra, cual el héroe griego Alcibíades, y espera tranquilo y sereno a los que pretendían machetearle, no sin aprovisionarse antes de bastantes municiones.
Acércansele varios insurrectos y le intiman la rendición, a la que contesta el valeroso San Agustín con un certero disparo que causa la muerte a uno de ellos.
El abanderado de la partida, creyendo malamente que sus galones imponían respeto a aquel denodado soldado, dirígese hacia él, con marcado intento de matarle; pero caro le costó su atrevimiento; un balazo en la cabeza e hizo inclinarse, ya muerto, sobre el borren delantero de su montura.
Repetidas veces avanzan varios insurrectos sobre él, aunque atemorizados por la lección que les daba los que caían muertos o gravemente heridos, y en esta tesitura mantiénese nuestro héroe, haciéndoles ocho muertos e igual número de heridos, hasta que, agotadas las municiones, tuvo que hacer uso de la bayoneta, al echársele encima un enjambre de enemigos.
Viendo el cabecilla Núñez este duelo tan heroico, en el que no cejaba ni por un instante el intrépido soldado, aun cuando estaba aniquilado por el número de los insurrectos, ordenó que le condujesen a su presencia, lo que fue efectuado sin causarle el menor daño.
Después de ser interrogado, trataron de atraérsele a su causa prometiéndole hacerle capitán y jefe de la escolta de la partida, dándole a conocer que, en vista de su buena puntería, su única misión sería disparar sobre los oficiales de las columnas del Ejército español. Por las venas de aquel soldado corría sangre española, cuyos hervores se caldearon en el amor y defensa de su Patria, cuyo compromiso estampó con un beso amoroso en los pliegues de la bandera de su regimiento; a su mente afluye el escalofrío patriótico que inundaba su cuerpo de infinita emoción espiritual, y en medio de aquel escenario abrumador, circunvalado por la numerosa partida insurrecta, responde a la invitación antipatriótica que se le dirigía con la entereza y decisión de un excelso héroe, estas palabras, dignas de ser inmortalizadas por el artista en el bronce y en el granito: 'Soy soldado español, he venido a esta ingrata isla a defender a mi Patria, y en cuantas ocasiones se me presenten como ésta, la defenderé hasta morir; de modo que, si quieren matarme, háganlo, que nunca aceptaré esas infames proposiciones'. Las últimas palabras de esta catoniana respuesta las pronunció altamente emocionado, pues que hacia abstracción completa de su vida, que iba a entregar en holocausto de la Patria, a viles asesinos. Su rostro imperturbable descubría el arrojo y el heroísmo con que peleó en este incomparable combate.
Tal influjo produjo en el ánimo del cabecilla Núñez esta patriótica contestación, que en un arranque hermoso de admiración hacia el héroe, ordenó que, en unión de los que quedaron prisioneros, entregasen al soldado Luis Esteban San Agustín a las fuerzas del Ejército, que tardíamente llegaron en socorro de aquel puñado de valientes, no sin acompañar una carta en que detalladamente relataba el hecho realizado por tan intrépido soldado, a quien recompensaba con la vida, y merced a la cual puede ofrecerse este simpático hecho como digno de imitación.
¡¡ Que estos mal hilvanados renglones sea el tributo de mi admiración que lleve el eco de tan hermosísimo hecho a las montañas que circundan la ciudad de Huesca, en cuyas plantas se asienta el héroe de Cucho Dos Amigos, en donde vive con el sudor de su frente y las 'siete pesetas con cincuenta céntimos' con que el Estado premió tan 'espléndidamente' su arresto heroico !!.

El segundo teniente Eduardo Borges Fe no había caído en el olvido:

"Capitanía General de Cataluña. Estado Mayor. Hay un membrete que dice: 'Capitanía General de Castilla la Nueva.— Estado Mayor.— Orden general del día 22 de Junio de 1903 en Madrid.— D. José Villar y Villate, Coronel del Cuerpo de Estado Mayor del Ejército, se halla instruyendo, por disposición del Excmo. Sr. Capitán General y cumplimentando una Real orden de 16 del actual, el proceso prevenido en la ley de 18 de Mayo de 1862 a favor del segundo Teniente de Infantería fallecido D. Eduardo Borges Fe para optar  a la cruz de San Fernando por el mérito que contrajo en la acción que tuvo lugar entre Jicotea y Esperanza (Cuba), el día 2 de Febrero de 1896.— Si algún individuo de la misma clase o superior a la del interesado tuviere que exponer en favor o en contra del derecho que cree asistirle, podrá hacerlo presentándose a dicho Sr. Juez por escrito, bajo su palabra de honor, o según corresponda a su clase, dentro del término preciso de treinta días, contados desde la fecha. —Lo que de orden de S. E. se hace saber en la general de este día para conocimiento y cumplimiento, —Rubricado.—El General Jefe de Estado Mayor.— Máximo Ramos.—Rubricado.—Hay un sello de dice: —Capitanía General de Castilla la Nueva.—Estado Mayor.—Es copia.—El General Jefe de Estado Mayor, Juan D. Zamora'.
Tarragona, 4 de Julio de 1903.— Lo que de orden de S. E. se comunica en la de la plaza de hoy para su publicidad y efectos.—El Teniente Coronel de Estado Mayor, Juan Cantón-Salazar.—Comunicada.—El Capitán Sargento Mayor, Isidoro Domínguez". Boletín Oficial de la Provincia de Tarragona, 7 de julio de 1903.

Y ya tan tarde como durante la Segunda República, se le recordó en el sevillano cuartel de Granada con un homenaje el 16 de julio de 1935.

No nos marcharemos de Sagua la Grande, en cuyo término se encontraba La Olayita como queda dicho, sin mencionar a uno de sus hijos más conocidos y admirados por la miserable, atrasada y triste España de los años 40 del siglo pasado, y por la —como española—, no menos triste, atrasada y miserable Castilleja de la Cuesta. Me refiero al cantante sagüero Antonio Machín. En el año 1947 vio nuestra Villa su llegada para realizar una actuación, en el mismo año en que, en junio, Eva Duarte de Perón visitaba la provincia, pasando también por la Calle Real castillejera. A Antonio Machín y a sus músicos le montaron un tablado, por orden del alcalde José María Cuesta Valladares, a la salida de la calle Jesús del Gran Poder a la Real, junto a la cafetería —que entonces era oficina sindical—. Allí cantó sus más conocidas interpretaciones ante un público heterogéneo.

El cantante de boleros Antonio Abad Lugo Machín, "Antonio Machín" (1903-1977), hijo de gallego y de afrocubana, llegado a Europa en 1936 desde Nueva York, estuvo muy vinculado a Sevilla, donde desde los años 20 vivía uno de sus hermanos, y donde en 1943 conoció a quien sería su mujer, María de los Ángeles Rodríguez, madre de su única hija. Es en Sevilla donde reposan los restos de Antonio Machín.


"Tumba de Antonio Machín en el Cementerio de San Fernando de Sevilla". Wikipedia.

Fue superviviente de la explosión catastrófica ocurrida en la ciudad de Cádiz del 18 de agosto del año 1947, donde se hallaba actuando prácticamente después de haberlo hecho en nuestra Villa. Allí se encontraban también aquel fatídico día la mujer y las hijas del médico castillejense Juan Manuel Lara (ver Historia de los apellidos, 21y. Julio de 2020). Machín se ofreció a las autoridades hispalenses para dar un recital en apoyo a los damnificados.

Su última actuación tuvo lugar en Alcalá de Guadaira en junio de 1977, tras la que resultó muy agotado por una afección pulmonar, falleciendo dos meses después en Madrid. Lógico es suponer que los padres del cantante y sus ascendientes más próximos tuvieron noticias de primera mano de la masacre de los sagūeros en La Olayita, y fueron testigos directos de "La Guerra Necesaria de 1895" en una zona en la que ésta se desarrollaba con gran virulencia.



José Lugo Padrón (1860-1954) y Leoncia Machín (1876-1961), vecinos de Sagua la Grande y padres del cantante Antonio L. Machín. Otro de sus quince hijos, Juan Gualberto Lugo Machín, murió en Sevilla el 26 de noviembre de 1977. Juan Gualberto llegó a Sevilla con ocasión de la Exposición de 1929 para trabajar como fontanero en el Pabellón de Cuba y fue quien le abrió las puertas a su hermano Antonio (v.s.).


La familia de Antonio Machín. Él es el primero de la izquierda.


Juan Gualberto. El mismo año en que homenajearon a Eduardo Borges Fe en el cuartel sevillano (1935, v.s.), Juan Gualberto puso un negocio de latería en la calle Águilas. Él y su hermano, anticastristas ambos, estuvieron muy bien integrados en el régimen franquista y destacaron en la hermandad religiosa hispalense de "Los Negritos", pero Irene, la hija de Antonio, resultó políticamente contestataria e izquierdista, siendo detenida en diversas ocasiones por la policía. De todas formas se la trató con deferencia en calabozos y sedes judiciales debido a la posición política de su padre.

(Continúa en la entrada siguiente)

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...