(Viene de la entrada anterior)
Decíamos en la entrega anterior que los cuatro hijos de Eduardo Borges Alegre siguieron carreras militares. Uno de ellos, Eduardo Borges Fe, tuvo la peor suerte, ya que murió a manos de un independentista cubano, al hundirle, en una refriega, el machete en el pecho. Había Borges comenzado sus estudios siguiendo la profesión de su abuelo Antonio Borges —consta su expediente académico como alumno de la Facultad de Farmacia de la madrileña Universidad Central, formado entre 1889 y 1890—, pero después optó por ingresar en el ejército, y fue destinado a la mayor de las Antillas en un año, 1896, muy crudo en lo que a la guerra ultramarina se refiere.
Curiosamente, fue en este mismo año de su muerte cuando su padre publicó el Compendio de Agricultura (ver la entrada anterior).
El primer batallón del Regimiento de Infantería de San Quintín n.º 47 al que pertenecía Eduardo Borges estaba de guarnición en el castillo de Figueras y se trasladó a Barcelona a efectos de embarque en su puerto, hacia el Caribe, en noviembre de 1895, con sus trajes de ralladillo, guayaberas, manta y macuto a la la espalda, y sin armas. Se pusieron en marcha en trenes militares hacia la Ciudad Condal a las cinco y media de la mañana, entre antorchas y luces de bengalas en homenaje vecinal a modo de despedida, y al llegar ya clareando el día 22 fueron recibidos en la capital por una multitud que les obsequió con aplausos, vivas y lluvias de flores, con calles abarrotadas y balcones cuajados de espectadores. Habían sido convocados por medio de carteles fijados en las paredes. Tras un breve descanso cada soldado, cabo y sargento recibió tabaco y dinero —una peseta, una y media, y dos— de donaciones, repartidos por los mandos; se hicieron pequeños grupos entre los expedicionarios, con cantantes y tocadores de guitarra espontáneos, bailando y haciendo por no pensar en las contingencias de los próximos meses ni en la suerte de la guerra que les esperaba. Se permitió la entrada en el cuartel que los recibió a mucha gente, sobre todo familiares. A las diez y media llegó al muelle el San Quintín, entre escenas de júbilo y de tristeza a partes iguales, músicas y entusiasmo. Allí les esperaban los estudiantes de la Universidad y escuelas especiales, agrupados bajo una bandera nacional y con los estandartes de las facultades; los miembros de asociaciones de voluntarios catalanes con las clásicas barretinas; excombatientes de África y Cuba; periodistas de todo el país; coros cantores; autoridades civiles y militares; y los piquetes de la guarnición. Entre las autoridades y en cabeza, el general Weyler y el general Joaquín Ahumada.
Por fin, con interpretaciones de bandas militares, vivas al rey, al ejército y a España y bullicio generalizado, el vapor Santiago levó anclas y se dispuso a salir hacia Cádiz entre multitud de vaporcillos y embarcaciones engalanadas con banderas y gallardetes y lanchas atestadas de personas que agitaban pañuelos y tiraban a la cubierta del Santiago puros y cigarrillos. El día era hermoso de luz y cielo limpio, y el estado de la mar magnífico.
Barcelona, Noviembre de 1895. Guerra de Cuba. Embarque de los batallones Navarra y San Quintín en el muelle de la Riba de Barcelona. En dicho día 22 salieron otros batallones desde Palma, Cartagena, Cádiz o La Coruña.
El día 8 de diciembre por la mañana, tras tocar en Cádiz y Puerto Rico, arribaron a La Habana. El día 12 de diciembre el batallón partió en tren hacia Las Villas, desde donde llegaron noticias poco después de que mantuvo un encontronazo con los insurrectos.
"Las tropas mambisas estaban compuestas por cubanos de todas las clases sociales, desde esclavos, negros y mulatos libres, hasta terratenientes como Carlos Manuel de Céspedes, conocido como el Padre de la Nación Cubana. Cabe destacar la participación en la guerra de independencia de Cuba de oficiales y soldados de otros países, como Henry Reeve, conocido como El Inglesito, el polaco Carlos Roloff, el peruano Leoncio Prado Gutiérrez y el dominicano Máximo Gómez. A este último, conocido como el Generalísimo se le considera autor de la primera carga al machete del Ejército Libertador cubano, que se convertiría en una de las tácticas principales de los mambises. También llegó a ser propuesto para candidato a la Presidencia de la República, lo cual no aceptó. Otros conocidos jefes mambises fueron los generales Antonio Maceo, quien se destacó por su valentía y talento militar, así como por su protagonismo en la Protesta de Baraguá y Guillermo Moncada el llamado Gigante de ébano". Wikipedia.
Desde unas semanas antes de la muerte de Eduardo Borges Fe había fuertes enfrentamientos en la provincia de Santa Clara y en ella en la zona de Jicotea (1). En la llamada Guerra de Independencia de Cuba o Guerra de 1895 —y también, por José Martí, "Guerra Necesaria"—, iniciada el 24 de febrero con el "Grito de Baire" y finalizada con la intervención estadounidense en agosto de 1898, hubo una estrategia por parte de los mambises de extensión del conflicto, desde octubre del referido año de comienzo de la confrontación hasta enero de 1896, que obligó al gobierno español a diseminar sus tropas para cubrir los innumerables puntos conflictivos que en toda la Isla habían ido surgiendo, diseminación debilitadora que favoreció los "ataques relámpagos" de los rebeldes, a caballo y armados de machetes, que se cebaron con destacamentos casi nunca mayores de 50 individuos, aislados en perdidas poblaciones selváticas y serranas.
(1) El 11 de diciembre de 1895 el tren de mercancías procedente de Santa Clara no llegó a La Habana porque los independentistas, creyendo que llevaba soldados españoles, lo hicieron descarrilar antes de llegar a la estación de Jicotea, levantando un raíl, por cuya causa murieron el maquinista y el fogonero y el convoy sufrió graves averías. En la capital se supo la noticia muy tarde por estar cortadas las líneas telegráficas. Informó la prensa de tres días después, el 14 de diciembre, que en las cercanías de Jicotea fueron apresados algunos soldados españoles por un crecido número de insurrectos, que se apoderaron de sus armas.
"El día 20 del actual (sic) estuvo a pique de costar la vida al bizarro general Suárez Valdés uno de los muchos hechos propios de vándalos a que nos tienen acostumbrados los mambíses. Subía dicho general en un tren especial en dirección a Santa Clara, acompañado de su Estado Mayor y escolta compuesta de 25 hombres de San Marcial, al mando de un teniente, y ocho guardias civiles, cuando al llegar a una alcantarilla que existe entre las estaciones de Esperanza y Jicotea, próximamente a la una de la tarde, estalló una bomba de dinamita colocada por la partida de Bermúdez, que hizo volar los raíles de la línea, destrozando el carro blindado y cuatro casillas más, y dejó colgado de un lado del puente un coche de tercera. Como consecuencia de esto fueron heridos graves dos soldados de la escolta, y recibieron contusiones 12 de los demás, saliendo ileso el general. En los momentos del descarrilamiento, el enemigo, que se hallaba emboscado, hizo varias descargas, que fueron contestadas por los del tren, los que, a pesar del peligro, no perdieron la serenidad. En seguida el general dispuso el desembarco de los 14 caballos que venían en el tren, y dejando parte de la fuerza al cuidado de los heridos y del tren, se dirigió a la Esperanza sin otra novedad". El Correo Español, 19 de diciembre de 1895.
Este mismo periódico, El Correo Español, junto a La Dinastía, La Época, El Imparcial o El Movimiento Católico informarían después de la acción de los mambises en Jicotea que costó la vida al hijo del licenciado castillejense, y que es de suponer que fueran leídos ávidamente en nuestra Villa.
A las órdenes de los generales Antonio Maceo (1845-1896) y Máximo Gómez (1836-1905), los insurrectos habían levantado o removido más de 11 kilómetros de vía férrea entre La Esperanza y Jicotea para impedir que llegasen suministros y víveres a La Habana desde las fructíferas provincias del Oriente.
Una sección de 47 soldados del batallón de Infantería San Quintín, al mando del segundo teniente Eduardo Borges, fue enviada a Jicotea y encomendada a proteger a los obreros encargados de recomponer los destrozos en la red ferroviaria que los independentistas habían ocasionados por medio de dinamita aplicada en alcantarillas, puentes y terraplenes. El viernes comenzaron las reparaciones de la vía. El teniente Borges, mientras los operarios trabajaban, fue colocando a sus escasas fuerzas en las posiciones más estratégicas que encontró. El sábado algunos grupos de rebeldes hicieron acto de presencia, pero al ver que las cuadrillas de obreros estaban bajo la protección de los militares, pasaron de largo. Mas en la madrugada del domingo día 3, una numerosa partida de más de 400 mambises, mandada por el coronel del Ejército Libertador Antonio Núñez (1a), cayó sobre el campamento a sangre y fuego. Allí quedaron muertos 14 soldados, un sargento y el teniente Eduardo Borges Fe, mas otros cinco de ellos heridos, y el resto prisionero o desaparecido en descontrolada huida por los frondosos boscajes de la manigua (1b). Hasta un par de días después —el 4 de febrero llegó la noticia a La Habana— las fuerzas de auxilio enviadas no pudieron recoger a los muertos y heridos.
"La Cruz Roja en el campo de batalla", ilustración de Crónica de la guerra de Cuba. Rafael Guerrero. Barcelona, 1895.
(1a) El coronel Antonio Núñez Martínez "nació en la provincia de Pinar del Río. Hermano del coronel Vicente Núñez Martínez. Se unió al contingente invasor el 13 de diciembre de 1895, bajo el mando del mayor general Máximo Gómez, en El Quirro, Las Villas. Fue práctico y explorador de la columna en su avance hacia occidente. El 3 de enero de 1896 tomó el pueblo de Guara, en La Habana, sin encontrar apenas resistencia. Participó en la primera etapa de la Campaña de La Lanzadera, bajo las órdenes de Gómez, hasta que regresó a la provincia de Las Villas sin autorización. Allí atacó a una sección del batallón español San Quintín, que custodiaba la reparación de la vía férrea de Esperanza a Jicotea, ocasionándole 21 bajas. Nueve días más tarde tuvo otro encuentro con el enemigo en Cinco Palmas de Mordazo. Poco antes del combate de La Olayita, el 29 de febrero de 1896, se encontró con el general de brigada Ángel Guerra, quien estaba en su búsqueda para conducirlo a la presencia del mayor general Antonio Maceo por considerársele un desertor. En la marcha hacia occidente se encuentran con Gómez, quien lo reprimió por su mala conducta y por poseer pocas dotes de mando. Dos días más tarde fue presentado ante Maceo. El 15 de marzo de 1896 cruzó la trocha de Mariel a Majana acompañando a Maceo, quien daba inicio a su segunda Campaña en Pinar del Río. En el verano de 1896 estuvo operando por la zona de San Cristóbal. El 25 de agosto de 1896 se incorporó a la pequeña columna que acompañó a Maceo en su marcha hacia el extremo occidental de la provincia de Pinar del Río en busca de la expedición del entonces general de brigada Rius Rivera. El 24 de septiembre de 1896 resultó herido en el combate de Montezuelo. Posteriormente, Núñez regresó a Las Villas para curarse una herida y allí murió macheteado por una guerrilla, el 10 de abril de 1898". EcuRed.cu
(1b) Tras atar a los prisioneros, posesionarse de algunos caballos y arramblar con máuseres, pistolas, cantimploras, botas, guayaberas, carteras y petacas, que cargaron en confuso revoltijo en las angarillas de un mulillo joven y ágil a efectos de posterior clasificación y repartición, los hombres de Antonio Núñez, —algunos de los cuales levemente heridos por rozadura de bala—, abandonaron el escenario de la confrontación alejándose prestamente de la vía férrea, sobre la que agonizaban desangrándose varios soldados españoles entre los 16 cadáveres, macheteados sin piedad.
Los insurrectos se sentían a salvo porque las líneas telegráficas estaban cortadas y era imposible sufrir represalias al menos durante el siguiente par de días: para entonces ya estarían operando en otras regiones a muchos kilómetros de allí.
La partida desapareció en la espesa manigua en dirección a un encajonado tramo del lecho del arroyo Jicotea, cuyos barrancos le ofrecían la seguridad de no ser descubierta. El coronel Núñez dio a su tropa un cuarto de hora para abrevar las monturas, asearse, recomponer los equipos individuales, etc. Muchos de aquellos valientes mambises llevaban manos, ropas y calzado manchados de sangre, e incluso salpicaduras del rojo y viscoso líquido en sus curtidos rostros. Limpios los machetes y atalajes y después de unos tragos de ron y un cigarro, emprendieron hacia arriba el curso pedregoso del cantarino riachuelo, con la intención en mente de celebrar prontamente un guateque en determinado predio, donde les esperarían los afectuosos abrazos del fiel campesinado, el banquete, el baile, la música y por fin, un merecido descanso.
Durante toda la tarde, sombría, fuertes chaparrones habían descargado desde los grises nubarrones que se apelotonaban en el cielo cubano, produciendo un dulce fragor rumoroso sobre las verdes hojas de la vegetación, pero al final unos desgarrones de deshilachados bordes permitieron a los mambises contemplar trozos del azul en la alturas.
Infinitas aves en número iniciaron su alegre sinfonía. Como conmovidos por la belleza que les rodeaba, los caballos parecían vacilar delicadamente antes de romper con sus cascos los cristalinos espejos de plata de los charcos del camino, en los que se reflejaban puros los majestuosos rayos de luz dorada que descendían solemnes desde los rompimientos nubosos.
Con absortos ojos de almíbar los cuadrúpedos, extasiados en una figurada autocontemplación, atisbaban el grato recogimiento de los establos que en la meta final los esperaban, cuando un viento amigo dispersó los restos de nubes y una noche enorme, tachonada con miríadas de vívidas luminarias, se espesó, prometedora, sobre la columna del coronel rebelde.
La fiesta solía celebrarse a 30 kilómetros de Jicotea, en un ingenio azucarero llamado La Olayita, en las afueras de la población de Sagua La Grande. Contaba en una entrevista del año 1968 el combatiente y decimista mambí Toribio Mestre los detalles de su participación en dos controversias (competiciones de canto improvisado) celebradas el 26 y el 27 de febrero de 1896 en dos campamentos cerca de Sagua La Grande. A la primera asistieron más de 1.000 hombres, y a la segunda, que tuvo lugar en el punto referido de La Olayita hasta ya entrada la madrugada del día 28, se unieron los de los coroneles Cayito Álvarez, Francisco Pérez y Antonio Núñez, —llegados estos últimos de la refriega de Jicotea—, aumentando los espectadores a 2.000: "Yo nunca volvía a cantar la décima ante tantas personas, todas calladas, observando". En el guateque de La Olayita resultaría vencedor, por sus extraordinarias dotes de improvisación de versos, agilidad mental y resistencia física y psicológica —soportó largas horas de pie y sin interrupción—, Juan Ruperto Limendoux. Narró la jornada festiva René Batista Moreno en Limendoux, leyenda y realidad. Editorial Capiro, Santa Clara (Cuba), 2009.
En la fotografía, canturía en el Ejército Libertador. "En las noches de los campamentos mambises de la Guerra Necesaria (1895-1898) no todo era tensión y silencio. A pesar de las largas jornadas de combate y del hambre acumulada de varios días, durante las horas de ocio, oficiales y soldados del Ejército Libertador trocaban las armas por guitarras, laúdes, güiros y tiples, y hacían sonar el punto guajiro en la manigua.
En esas horas —según el investigador cubano Dr. Jaddiel Díaz Frene en su tesis doctoral La guitarra, la imprenta y la memoria. Una historia de Cuba desde la cultura popular (1895-1902)— era común que los combatientes, muchas veces descalzos y con las ropas raídas, se sentaran a la luz de una hoguera para intercambiar las décimas que se sabían de memoria o improvisaban.
'El fuego, a la vez que espantaba los mosquitos, iluminaba un escenario que podía ser distinto en cada jornada: una montaña, una casa abandonada, una arboleda', describe el investigador.
En esas estrofas se narraban incontables asuntos: 'los pormenores de una batalla reciente, los gloriosos sucesos de la Guerra de los Diez Años, los asesinatos perpetrados por una guerrilla (colonialistas cubanos que combatían al Ejército Libertador), la retirada de una columna española, la nostalgia por la amada, el dolor de la madre ausente, la proeza de un general mambí y la historia de un soldado desconocido' ". Granma.cu.
Juan Ruperto Delgado Limendoux
En estas competiciones de versos improvisados se solía aludir, vemos, a las más recientes victorias sobre las tropas españolistas. Por desgracia escasean los documentos escritos que testimonien respecto a los temas tratados, y las fuentes orales son del todo confusas en cuanto a formas y contenido de los versos, y fechas y localizaciones de las canturías, mas yo no dudo de que los mambises Limendoux, Mestre o sus compañeros cantores hicieran alguna mención a lo acontecido antes en la vía férrea entre Jicotea y La Esperanza, e incluso rememoraran en sus melódicas creaciones en concreto la muerte del hijo del masón castillejense, el segundo teniente Eduardo Borges. Añado algunas muestras de lo que se podría haber cantado en el campamento de La Olayita:
Yo soy el punto cubano
que en la manigua vivía
cuando el mambí se batía
con el machete en la mano.
Tengo un poder soberano
que me lo dio la sabana
de cantarle a la mañana
brindándole mi saludo
a la palma, al escudo
y a mi bandera cubana.
Una canaria en Martí
Nos dio un genio visionario
Y del cuchillo canario
Salió el machete mambí.
Se unieron trigo y maní,
aguardiente y vino de uva,
y por tanto amor que incuba
esta unión de corazones
no son siete los montones:
son ocho, contando a Cuba.
Llámese como en la actualidad "ayuda humanitaria", o como hace pocas décadas "apoyo a la democracia", o como en el siglo XIX "exportación del progreso", las intervenciones de los ejércitos colonialistas de los países avanzados sobre los retrasados tienen la característica común de su crueldad hacia los explotados y oprimidos habitantes de sus presas. La presa de España era Cuba en los años que tratamos, y en la masacre de La Olayita se demostró una vez más lo antedicho.
Apenas las tropas del coronel Antonio Núñez y sus compañeros dejaron el ingenio azucarero tras el guateque, la infantería colonialista española y sus compinches y matones criollos se presentaron en el lugar, dispuestos a ejecutar una venganza infame tras las últimas derrotas sufridas, entre las que se contaba la de Jicotea que costó la vida a Eduardo Borges. Los militares hispanos se cebaron en los 23 campesinos de la plantación, en sus familias y en los empleados. El administrador del centro azucarero era un francés, Braulio Duarte, y el propietario era Domingo Bertharte.
De los horrendos hechos en el ingenio informó pocas semanas después un periodista estadounidense, Grover Flint (1867-1909), en su libro Marching with Gomez, editado el mismo año de 1896 por Lamson, Wolffe and Company. Ilustrado con unos expresivos dibujos de su autoría, Flint dedica el capitulo X, titulado Typical Atrocities. The Olayita Massacre, a este criminal hecho. Refiere que el día 2 de mayo al atardecer, yendo con las fuerzas del comandante insurrecto Manolo Menéndez pasaron por un villorrio de media docena de casas y algunas chozas, y al ser reconocidos por los campesinos que lo habitaban se acercaron, contándoles con gran excitación la siguiente historia:
"The Spanish guerrilleros of Las Rodas had passed there that morning, and, finding no insurgents to fight, they halted before the house of Desiderio Vida, a man of thirty, who supported his mother, his wife and children, by his labor as a small farmer. The captain of the guerrilla entered the house with three of his men and addressed Vida, in the presence of his family, with abuse and profanity.
'Thou art a Mambi. Come, scoundrel, tell us what thou knowest of the Mambis'.
Vida protested that he knew nothing. Calling him a traitor, a shameless one and a nañigo, they dragged him from his house and took up their march, leading him, with his arms tied above the elbows, off among the canefields until he was lost to sight of his home. The neighbors dared not follow, and there were no witnesses of the murder.
Desiderio Vida was led from the roadside into a little arroyo or gully. Here he was cut down, and his body was left, to be found by his neighbors, after the departure of the guerrilla. 'We will bury him', said Menendez; 'you shall see how they mutilate our people' ".
Grover Flint vio el lugar donde fue asesinado Desiderio, las altas hierbas aplastadas y cubiertas de sangre seca: "the hollow in the tall grass, and the blood that stained the plants as thickly as when you have slaughtered a bullock". El viejo sombrero del campesino se encontraba allí tirado, con un corte de machete de más de una pulgada en la parte superior, y el periodista supone que el machetazo debió haberle golpeado en el hombro. Los labriegos contaban que el cadáver no tenía menos de una docena de heridas cuando lo encontraron, con el brazo izquierdo casi separado del cuerpo.
"One of the peasants who told me the circumstances in the Vida case, had an American wife, a red-headed New England woman, who threw up her hands and cried, in English, 'For Heaven's sake, don't tell our names! —they'll kill us all— they'll kill us all —they'll kill us all' ".
El administrador francés se encontraba en el dormitorio del piso superior de su casa y, envolviéndose con una bandera de su país en seña de neutralidad, dio media vuelta en la cama e intentó seguir durmiendo. Los soldados invadieron la casa derribando puertas, y sacando a Duarte en pijama hasta el porche, lo cortaron en pedazos con sus machetes: "The flag of France was soaked in blood".
Luego arrastraron fuera de sus viviendas a los obreros, a sus mujeres y a sus hijos mayores y pequeños y los asesinaron de la misma brutal manera.
Prendieron fuego al ingenio y a las construcciones y casas alrededor, a los almacenes y a las chozas de los trabajadores negros, y arrojaron a las llamas los cuerpos de las víctimas, algunas de ellas vivas todavía. Solamente escapó un chino, un coolie que logró alcanzar un bosquecillo cercano, con seis agujeros de balas de máuser en su cuerpo.
El día 6 de dicho mes de mayo volvió el periodista Flint a los campos de la masacre, acompañando a la caballería del coronel Robau y del comandante Saienz, aunque no pudo dedicar a la investigación de los restos humanos mas que media hora. Todos los edificios estaban convertido en ceniza y en el ingenio en sí se amontonaban maderas carbonizadas y una masa de ennegrecida maquinaria. Debajo del gran volante del molino de caña encontró siete cadáveres calcinados, y entre ellos una mujer negra con su hijito en brazos, el vestido quemado y los huesos visibles en las partes del cuerpo que habían sido expuestas a las llamas. El del niño estaba casi desintegrado. Le dijeron al investigador que había otros cuerpos en la parte central de la nave, entre ellos los de dos mujeres y dos muchachas, pero no tuvo tiempo de verlos. Sobre el ingenio existía una dependencia con grandes calderas de hervir azúcar y un pequeño horno de cocer pan, y allí encontró el cuerpo de otro coolie chino empleado en la fábrica, perfectamente conservado en estado de momificación por efecto del calor. Flint lo examinó cuidadosamente observando las heridas de machete en la espalda y las piernas: "The body was writhed in intense agony, and the face fixed in an expression of extreme horror. Parts of the clothing, a loose linen coat and trousers, were singed, and there was every indication that the man had been locked in, and forced to die from the heat of the burning ingenio above. The flesh had become parchment, and each muscle and line of facial expression, drawn by suffering, was intensified by the shrinkage of the flesh".
En un pasillo encontró otro hombre chino, con una hendedura de machete en la parte trasera de la cabeza, que debió haber muerto en las mismas condiciones que el anterior a juzgar por la contorsión de su cuerpo.
En el cañaveral próximo descubrió otro cadáver, el de un trabajador que había intentado escapar. Tenía la cabeza cortada y en sus prendas señales de machetazos ribeteados de costras de sangre seca. Le faltaban el sombrero y los zapatos, y el periodista pensó que se los habrían quitado los españoles o sus propios empobrecidos vecinos. Luego pudo ver las cercanas sepulturas del francés Duarte y de su secretario, mandados enterrar por un oficial español, y le informaron de que un hermano del primero había denunciado el caso en el consulado de Francia.
¿Qué fue de los soldados de Eduardo Borges Fe apresados por los mambises? Catorce años después, en el Heraldo Militar del 4 de junio de 1910, con el título de Efemérides Gloriosas, Luis G. P. de Trasmiera cuenta —con un exageradísimo estilo en tono encomiástico, ridículamente patriotero— lo que subtitula Acción de Cucho Dos Amigos:
"Entre las heroicas acciones que el soldado español sostuvo con los separatistas cubanos, merece especial mención la que lleva por título esta efeméride, este recuerdo que ha permanecido sumido en la más grande oscuridad contemporánea; porque sabido es que todo cuanto se refiera a remembranzas patrias, cae en el insondable abismo de las cosas inútiles para los que la política y la diversión son los artículos de primera necesidad.
La heroica acción de Cucho Dos Amigos (2 de febrero de 1896) ocupa lugar preeminente en el Libro de Oro de la Historia, y yo, el más humilde, pero también el más fervoroso amante de las glorias seculares del simpar Ejército español, voy a narrarla conforme a mi modestísima pluma, que muchas veces no sabe expresar lo que siente el ser patriótico que integra.
Guarnecían el poblado La Esperanza seis soldados del primer batallón de San Quintín y 35 del de Soria, a las órdenes del segundo teniente del último de los citados Cuerpos, D. Eduardo Borges Fe, y habiendo destrozado los insurrectos la línea férrea de Cárdenas a Santa Clara, en el trayecto comprendido entre las estaciones de Jicotea y La Esperanza, recibieron órdenes telegráficas de recomponerla a la mayor brevedad, pues era el punto donde se iba a organizar una columna.
Regresaba al poblado la pequeña fuerza, después de cumplida activamente la misión confiada, cuando, al llegar a las inmediaciones, oye repetidos toques de corneta, como si realmente fuesen emitidos por algún batallón en operaciones, al percibirse el sonido reglamentario de la contraseña.
Creyendo los 41 soldados que la fuerza que quería hacer notar su presencia era española, siguieron su camino; pero desgraciadamente cayeron en las redes que les tendió el supuesto amigo, y al avanzar unos cuantos pasos, los insurrectos, en número de 500 hombres, capitaneados por el cabecilla Núñez, hallábanse ocultos entre la espesa manigua, y siguiendo su acostumbrada táctica, aquellos 500 hombres, embriagados por la descontada victoria que les proporcionaba su superioridad numérica, abalánzanse al machete con salvaje ímpetu sobre tan inferiores fuerzas españolas, cual el tigre que espera en acecho y se dirige furioso y encolerizado sobre la débil presa cuando es seguro su triunfo.
Los soldados españoles, sorprendidos por la súbita aparición de tantos enemigos, retroceden unos metros; agrúpanse alrededor del jefe que los mandaba, y con el fuego primero, y después con las puntas de sus bayonetas, hacen frente por el momento a tan abrumador número de insurrectos, conteniéndolos repetidas veces en las cargas que daban al machete, acompañadas del loco entusiasmo que acrecienta la fuerza muscular del combatiente.
La fuerza material rinde a las debilidades de la carne; mas no por verse envueltos y vencidos nuestros 42 héroes enflaquecieron en esta lucha tan desigual y homérica, sino que por bastante tiempo hicieron sentir al enemigo el temple heroico del soldado español.
En esta pelea inimitable, en la que la bayoneta ensangrentada de nuestros soldados, esgrimida por hercúleo brazo, se cruzaba con los afilados machetes de los insurrectos, tratando de obtener la supremacía de la sangre enemiga, un traidor cubano hiende su arma en el pecho del segundo teniente Borges Fe, alma de aquella espartana acción, cayendo gravemente herido y regando con su sangre generosa y esforzada aquellas tierras, en donde tantos cuerpos duermen en los altos umbrales de la gloria el sueño eterno e imperecedero de los héroes.
Fuera de combate el motor que sostenía aquella máquina de hierro, y sufriendo igual suerte varios soldados, el sargento, cabo y demás individuos de tropa que aún sobrevivían a tan memorable jornada, fieles al juramento prestado a las Banderas de la Patria, juraron que mientras tuviesen un cartucho y átomo de vida, no abandonarían al cuerpo, ya inerte, del bravo oficial, que continuaba en su desconsoladora agonía, animando con la voz a los extenuados defensores de su desangrado y macilento ser.
La voz del corazón no hallaba eco en el alma de aquellos tigres humanos; antes bien, pusieron remate a triunfo tan mezquino, macheteando con la ferocidad de la bestia a los que no habían podido escapar de tan desigual e imponente pelea.
No acabó con esto tan épica jornada. El epílogo más brillante de esta acción le llevó a cabo el valeroso soldado del 47 de línea, Luis Esteban San Agustín, que viendo que a sus compañeros, que tan bizarramente se defendían, los insurrectos iban dando muerte, decidió morir también; pero no sin antes vender cara su vida. En efecto, aprovecha un terraplén que limitaba con la línea férrea, y haciendo de él una defensa, hinca la rodilla en tierra, cual el héroe griego Alcibíades, y espera tranquilo y sereno a los que pretendían machetearle, no sin aprovisionarse antes de bastantes municiones.
Acércansele varios insurrectos y le intiman la rendición, a la que contesta el valeroso San Agustín con un certero disparo que causa la muerte a uno de ellos.
El abanderado de la partida, creyendo malamente que sus galones imponían respeto a aquel denodado soldado, dirígese hacia él, con marcado intento de matarle; pero caro le costó su atrevimiento; un balazo en la cabeza e hizo inclinarse, ya muerto, sobre el borren delantero de su montura.
Repetidas veces avanzan varios insurrectos sobre él, aunque atemorizados por la lección que les daba los que caían muertos o gravemente heridos, y en esta tesitura mantiénese nuestro héroe, haciéndoles ocho muertos e igual número de heridos, hasta que, agotadas las municiones, tuvo que hacer uso de la bayoneta, al echársele encima un enjambre de enemigos.
Viendo el cabecilla Núñez este duelo tan heroico, en el que no cejaba ni por un instante el intrépido soldado, aun cuando estaba aniquilado por el número de los insurrectos, ordenó que le condujesen a su presencia, lo que fue efectuado sin causarle el menor daño.
Después de ser interrogado, trataron de atraérsele a su causa prometiéndole hacerle capitán y jefe de la escolta de la partida, dándole a conocer que, en vista de su buena puntería, su única misión sería disparar sobre los oficiales de las columnas del Ejército español. Por las venas de aquel soldado corría sangre española, cuyos hervores se caldearon en el amor y defensa de su Patria, cuyo compromiso estampó con un beso amoroso en los pliegues de la bandera de su regimiento; a su mente afluye el escalofrío patriótico que inundaba su cuerpo de infinita emoción espiritual, y en medio de aquel escenario abrumador, circunvalado por la numerosa partida insurrecta, responde a la invitación antipatriótica que se le dirigía con la entereza y decisión de un excelso héroe, estas palabras, dignas de ser inmortalizadas por el artista en el bronce y en el granito: 'Soy soldado español, he venido a esta ingrata isla a defender a mi Patria, y en cuantas ocasiones se me presenten como ésta, la defenderé hasta morir; de modo que, si quieren matarme, háganlo, que nunca aceptaré esas infames proposiciones'. Las últimas palabras de esta catoniana respuesta las pronunció altamente emocionado, pues que hacia abstracción completa de su vida, que iba a entregar en holocausto de la Patria, a viles asesinos. Su rostro imperturbable descubría el arrojo y el heroísmo con que peleó en este incomparable combate.
Tal influjo produjo en el ánimo del cabecilla Núñez esta patriótica contestación, que en un arranque hermoso de admiración hacia el héroe, ordenó que, en unión de los que quedaron prisioneros, entregasen al soldado Luis Esteban San Agustín a las fuerzas del Ejército, que tardíamente llegaron en socorro de aquel puñado de valientes, no sin acompañar una carta en que detalladamente relataba el hecho realizado por tan intrépido soldado, a quien recompensaba con la vida, y merced a la cual puede ofrecerse este simpático hecho como digno de imitación.
¡¡ Que estos mal hilvanados renglones sea el tributo de mi admiración que lleve el eco de tan hermosísimo hecho a las montañas que circundan la ciudad de Huesca, en cuyas plantas se asienta el héroe de Cucho Dos Amigos, en donde vive con el sudor de su frente y las 'siete pesetas con cincuenta céntimos' con que el Estado premió tan 'espléndidamente' su arresto heroico !!.
El segundo teniente Eduardo Borges Fe no había caído en el olvido:
"Capitanía General de Cataluña. Estado Mayor. Hay un membrete que dice: 'Capitanía General de Castilla la Nueva.— Estado Mayor.— Orden general del día 22 de Junio de 1903 en Madrid.— D. José Villar y Villate, Coronel del Cuerpo de Estado Mayor del Ejército, se halla instruyendo, por disposición del Excmo. Sr. Capitán General y cumplimentando una Real orden de 16 del actual, el proceso prevenido en la ley de 18 de Mayo de 1862 a favor del segundo Teniente de Infantería fallecido D. Eduardo Borges Fe para optar a la cruz de San Fernando por el mérito que contrajo en la acción que tuvo lugar entre Jicotea y Esperanza (Cuba), el día 2 de Febrero de 1896.— Si algún individuo de la misma clase o superior a la del interesado tuviere que exponer en favor o en contra del derecho que cree asistirle, podrá hacerlo presentándose a dicho Sr. Juez por escrito, bajo su palabra de honor, o según corresponda a su clase, dentro del término preciso de treinta días, contados desde la fecha. —Lo que de orden de S. E. se hace saber en la general de este día para conocimiento y cumplimiento, —Rubricado.—El General Jefe de Estado Mayor.— Máximo Ramos.—Rubricado.—Hay un sello de dice: —Capitanía General de Castilla la Nueva.—Estado Mayor.—Es copia.—El General Jefe de Estado Mayor, Juan D. Zamora'.
Tarragona, 4 de Julio de 1903.— Lo que de orden de S. E. se comunica en la de la plaza de hoy para su publicidad y efectos.—El Teniente Coronel de Estado Mayor, Juan Cantón-Salazar.—Comunicada.—El Capitán Sargento Mayor, Isidoro Domínguez". Boletín Oficial de la Provincia de Tarragona, 7 de julio de 1903.
Y ya tan tarde como durante la Segunda República, se le recordó en el sevillano cuartel de Granada con un homenaje el 16 de julio de 1935.
No nos marcharemos de Sagua la Grande, en cuyo término se encontraba La Olayita como queda dicho, sin mencionar a uno de sus hijos más conocidos y admirados por la miserable, atrasada y triste España de los años 40 del siglo pasado, y por la —como española—, no menos triste, atrasada y miserable Castilleja de la Cuesta. Me refiero al cantante sagüero Antonio Machín. En el año 1947 vio nuestra Villa su llegada para realizar una actuación, en el mismo año en que, en junio, Eva Duarte de Perón visitaba la provincia, pasando también por la Calle Real castillejera. A Antonio Machín y a sus músicos le montaron un tablado, por orden del alcalde José María Cuesta Valladares, a la salida de la calle Jesús del Gran Poder a la Real, junto a la cafetería —que entonces era oficina sindical—. Allí cantó sus más conocidas interpretaciones ante un público heterogéneo.
El cantante de boleros Antonio Abad Lugo Machín, "Antonio Machín" (1903-1977), hijo de gallego y de afrocubana, llegado a Europa en 1936 desde Nueva York, estuvo muy vinculado a Sevilla, donde desde los años 20 vivía uno de sus hermanos, y donde en 1943 conoció a quien sería su mujer, María de los Ángeles Rodríguez, madre de su única hija. Es en Sevilla donde reposan los restos de Antonio Machín.
"Tumba de Antonio Machín en el Cementerio de San Fernando de Sevilla". Wikipedia.
Fue superviviente de la explosión catastrófica ocurrida en la ciudad de Cádiz del 18 de agosto del año 1947, donde se hallaba actuando prácticamente después de haberlo hecho en nuestra Villa. Allí se encontraban también aquel fatídico día la mujer y las hijas del médico castillejense Juan Manuel Lara (ver Historia de los apellidos, 21y. Julio de 2020). Machín se ofreció a las autoridades hispalenses para dar un recital en apoyo a los damnificados.
Su última actuación tuvo lugar en Alcalá de Guadaira en junio de 1977, tras la que resultó muy agotado por una afección pulmonar, falleciendo dos meses después en Madrid. Lógico es suponer que los padres del cantante y sus ascendientes más próximos tuvieron noticias de primera mano de la masacre de los sagūeros en La Olayita, y fueron testigos directos de "La Guerra Necesaria de 1895" en una zona en la que ésta se desarrollaba con gran virulencia.
José Lugo Padrón (1860-1954) y Leoncia Machín (1876-1961), vecinos de Sagua la Grande y padres del cantante Antonio L. Machín. Otro de sus quince hijos, Juan Gualberto Lugo Machín, murió en Sevilla el 26 de noviembre de 1977. Juan Gualberto llegó a Sevilla con ocasión de la Exposición de 1929 para trabajar como fontanero en el Pabellón de Cuba y fue quien le abrió las puertas a su hermano Antonio (v.s.).
La familia de Antonio Machín. Él es el primero de la izquierda.
Juan Gualberto. El mismo año en que homenajearon a Eduardo Borges Fe en el cuartel sevillano (1935, v.s.), Juan Gualberto puso un negocio de latería en la calle Águilas. Él y su hermano, anticastristas ambos, estuvieron muy bien integrados en el régimen franquista y destacaron en la hermandad religiosa hispalense de "Los Negritos", pero Irene, la hija de Antonio, resultó políticamente contestataria e izquierdista, siendo detenida en diversas ocasiones por la policía. De todas formas se la trató con deferencia en calabozos y sedes judiciales debido a la posición política de su padre.
(Continúa en la entrada siguiente)

















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