En la viña hay media docena de labriegos, quizás mas. Ya llevan varias horas encorvados sobre la tierra, semiocultos entre los frondosos liños, rozando la reseca costra a sus pies con el filo de las azadas que cantan al chocar con los menudos guijarros.
Uno de ellos se yergue para restañar el sudor que le escuece en los ojos, y cuando se aclara la vista con el mugriento pañuelo de rostro divisa hacia la hondonada del camino de Albarjáñez dos figuras huidizas.
—Allá va un par de morenos —avisa con cierta desgana, aunque la suficiente para hacer que los demás miren mecánicamente, con escasa curiosidad, centrados más en dar un descanso a las doloridas vértebras del espinazo.
—A robar ciruelas.
—No. Ésos van a jugar al metesaca, conozco al de atrás, es de Gines, de la viuda de Morillo.
—¡Ah, sí! Es el criado de doña Luisa*, que le gustan las vergas en demasía.
—¿A quién? ¿a doña Luisa o al negro?
—A ella más, me parece a mí.
—Quien mucho traga, mucho caga**.
—Mas que ir, parece que vuelven. Fijáos en el costal que lleva el chico.
Los negros desaparecen entre los matorrales que orlan un bosquecillo de higueras incultas, entre las que suelen dar de vientre los campesinos y pastores de la zona; los labriegos se desentienden de los esclavos, volviendo a sus labores; ni les va ni les viene, como están desposeídos de todo, que roben o dejen de robar fruta de árboles que distan mucho de ser suyos, además de que ninguno de ellos hace ascos tampoco a hacer una incursión nocturna para cargar unas seras de higos ajenos, o a retorcerle el cuello a una gallina del vecino en un momento de descuido.
La mañana de primavera despliega en el campo toda su panoplia de colores, aromas y sonidos armoniosos. El amanecer había sido grandioso, con el preludio de un toldo cárdeno foscamente empedrado extendido en una curva amplia hacia la serranía del norte y una maraña de vedijas de oro envueltas en dulce luz celeste por la parte atlántica. Poco a poco el astro rey cual forjador silencioso había ido rosando y tostando los averdugonamientos ñublosos de la etérea manta hasta convertirlos en un incendio espectral, aterciopelado, que tiñó de melancolía el paisaje saludado por los interminables trinos de infinidad de pajarillos. Abriéronse las flores. Los animales de los establos roznaban, balaban, mugían, relinchaban, solicitando con urgencia la colación matutina. Kikiriquíes limpios y acerados taladraban la brisa. Por la calle los primeros chirriares de goznes de portones y los primeros saludos vecinales rompían la pared intangible de los sueños desabrochando al mundo las mentes recuperadas. Balbuceos de recién nacidos, maullidos de gatos, quejidos de enfermos. La cubeta baja al pozo raúda como un proyectil, estallando sorda sobre el subterráneo espejo que queda hecho añicos revoltosos en la fresca profundidad. La vaca vuelve la cara espantando a orejazos nerviosos las moscas tempranas mientras manos hábiles y precisas estrujan sus ubres reventonas. En los ponederos las generosas gallinas se esfuerzan entregando a la rubia paja sus redondeadas y cálidas dádivas.
Van regresando como viajeros vagantes de un nocturno y mágico periplo los recuerdos del día anterior, y cada castillejano abriendo su alma los recibe y da por suyos, y esboza los programas que llenaran de actividad y movimiento el día que acaba de nacer.
* Doña Luisa de Alfaro, viuda del Bachiller Morillo y vecina de Gines, era familia de Martin de Alfaro, el cual requería de tarde en tarde al esclavo en cuestión para llevar a cabo alguna que otra tarea en su mesón de la Calle Real. Fue en dicho mesón donde se patentizó la tendencia homosexual del criado, que era en realidad vía de escape ante la falta de oportunidades con mujeres, y precisamente con el cavador que hace el comentario había mantenido dicho esclavo varios escarceos amorosos, por lo cual el referido cavador tenía suficientes elementos de juicio para hablar tal y como hablaba.
** El tan de mal gusto refrán es recogido por Gonzalo Correas en su "Vocabulario de refranes y frases proverbiales" (1627).
sábado, 20 de junio de 2009
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