jueves, 4 de junio de 2009

Los esclavos 60

Con la creación de la Santa Hermandad Nueva el 6 de abril de 1476 en las Cortes de Madrigal los Reyes Católicos dispusieron de una herramienta perfecta, un instrumento militar, un esbozo de ejército popular permanentemente a su servicio exclusivo y al del Estado que pretendían formar. Diseñada para combatir a los nobles rebeldes y a sus protegidos y servidores los forajidos y bandoleros, el 19 de abril de dicho año aprobaron Isabel y Fernando el Ordenamiento, que recogía otras normas legislativas anteriores elaboradas desde el siglo XI para otras hermandades de idéntica función policial, aunque ahora ya más suavizadas; se mantuvieron la forma de llevar a cabo las sentencias de muerte, a flechazos de ballesta en campo yermo (abolidas en 1532 por Carlos V y sustituídas por la horca), la elección de alcaldes semestralmente en poblaciones de más de 30 vecinos, y la preponderancia sobre otros poderes judiciales, estando éstos obligados a atender las reclamaciones de los Santos Hermanos en cuanto a entrega de presos. Los delitos o "casos de Hermandad" eran asalto en los caminos, robos de muebles o semovientes en despoblado, muerte, herida, e incendio de mieses, viñas y casas también en despoblado.
Los comerciantes laneros de Burgos y de otras ciudades castellanas, por otra parte, exigían, para efectuar su productivo comercio, estabilidad social, orden público y seguridad en los caminos, de manera que, complementándose los intereses de la Monarquía y los de esta nueva clase social en alza, se logró rebajar con el marcial dispositivo los índices de delincuencia a niveles desconocidos en el país.
En Castilla pronto consiguióse consolidar la institución, pero no así en Andalucía: el Rey comisionó a Alonso de Palencia y al doctor Rodríguez de Lillo para intentar convencer a los sevillanos de la importancia de implantar en estas latitudes el cuerpo policial, pero la oposición tenaz del duque de Medinasidonia, respaldado por las autoridades locales y por el poderoso grupo de conversos, los obligaron a huir a Carmona. En Córdoba les ocurrió a los emisarios reales prácticamente lo mismo. Nadie quería contribuir ni monetariamente ni con soldados. Sustituidos los dichos emisarios por Pedro de Algaba y Juan Rayón, Medinasidonia transigió siquiera en las formas, pero hasta que la Reina viajó a estas tierras no se pudo superar la oposición de los andaluces.
Utilizada de forma abusiva como cuerpo de ejército durante la Guerra de Granada (y también en intervenciones bélicas en Nápoles y en otros lugares de Italia), el vacío que dejó en los campos españoles propició que los caminos volvieran a infectarse de forajidos y delincuentes, hasta que en junio de 1498 quedó disuelta por completo, aunque solo para volver a renacer casi de inmediato. Luego el intervencionismo borbónico la hizo languidecer y entrar en crisis hasta que la convirtieron casi en una institución honorífica, y, por fin, el Decreto del 7 de mayo de 1835 significó para ella la sentencia final.
Hasta la segunda mitad del siglo XX se ha intentado demostrar por parte de una gran mayoría de historiadores un vínculo fehaciente y concreto entre la Santa Hermandad y la Guardia Civil, —creada ésta diez años después de la disolución de la primera—, vínculo cuya inconsistencia ha quedado en estos últimos años suficientemente probada: no hay referencias documentales que lo sostengan. Pero apuntamos, a riesgo de caer en divagaciones insustanciales, que el organizador de la Benemérita, el duque de Ahumada, no la sustentó ideológicamente de la nada a golpes de varita mágica, sino que miró atrás en la historia y se asesoró cumplidamente para llevar su propósito a la realidad; y de igual manera apuntamos que el espíritu que movía a aquellos crueles cuadrilleros incultos, la mentalidad de servicio al poder en base al miedo que suscita, eso tan sutil y tan imposible de expresar pero a la vez tan real y palpable como es el psiquismo humano cuya arquitectura de debilidades sobrevuela, inmiscible con ellos, los documentos y los tratados, esa herencia que es un lastre y una cruz, pervive y se desarrolla aleteando en las motivaciones y actitudes de los cuerpos policíacos de represión y control de hoy día.
De forma que muy bien podríamos calificar a Francisco de Aguilar, mutatis mutandi, de Comandante de Puesto de la Guardia Civil de Castilleja de la Cuesta, cuando con la misma espada con la que armó al esclavo argelino Juan en la Plaza de la Villa aquel año de 1550, ahora en 1558 y en sábado 30 de abril, respaldado de sus cuadrilleros atendió, como Alcalde de la Santa Hermandad de esta dicha Villa que era, una llamada de emergencia.
La llevaba este dicho día —la espada— a modo de bandolera con el tahalí*, por los continuos dolores lumbares que le producía portarla a la cintura con el talabarte** al uso.

* Tahalí. Una especie de banda ancha de cuero que cruzaba pecho y espalda desde el hombro y permitía llevar la espada colgada a la altura de la cintura en el lado opuesto. Se considera esta forma de suspensión del arma de procedencia árabe, y desde luego la usaron los hispanomusulmanes, tal y como puede verse en diversas pinturas de la Sala de los Reyes en la Alhambra granadina, en donde aparecen varios personajes utilizando el tahalí, al igual que en un grabado en plancha de madera utilizado por el fraile dominico Riccoldo de Monte di Croce en su Improbatio Alcorani, obra impresa por el pionero en esta técnica Stanislaus Polonus en Sevilla en el año 1500, en el que varios barbudos monjes con enormes turbantes y amplias sotanas, estudiando mahometanismo ante un profesor que atiende sus inquisiciones tras un elevado atril, portan sus espadas de esta manera. En El Quijote leemos en referencia al hidalgo demente: "ciñóse su buena espada que pendía de un tahalí de lobos marinos, que es opinión que muchos años fue enfermo de los riñones".
Un cincho o cinto ancho que cuelga desde el ombro derecho hasta lo baxo del braço izquierdo, del qual oy día los turcos cuelgan sus alfanges, y muchos de los nuestros, enfermos de los riñones por hazerles daño la pretina [talabarte], cuelgan las espadas de los tahalíes. También los usan los ginetes de la costa, y ni más ni menos los vandoleros, porque cuelgan dellos los pedreñales [arcabuz pequeño que se dispara con pedernal]. Dizen ser vocablo arábigo, de tahalirq, que vale tanto como colgadero. (Tesoro de la Lengua, Covarrubias).

** El talabarte, sistema de correajes y hebillas intermedio entre la espada y el cinturón, era fabricado por especialistas, "maestros de hacer talabartes", y en Sevilla destacaron por esta época Francisco Muñoz, Diego García y Juan Cabrera, mencionados por José Gestoso; algunos estampaban su firma en sus obras, al igual que los espaderos lo hacían en las hojas que fraguaban. Se fabricaban los talabartes de cuero de vaca, de cabra, de cordobán, de ante, de lobo marino (como vemos en la anterior cita de Cervantes), y los mas lujosos iban forrados de terciopelo o seda, o decorados con ramos metálicos, metales dorados o plateados, entorchados de oro, remaches pavonados, etc.
De obligado recuerdo es mencionar que el padre del célebre filósofo Inmanuel Kant era talabartero de oficio.

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