Debemos situarnos ahora en aquellas bonancibles y serenas tardes de La Plaza de Santiago de mediados del siglo XVIII, cuando Juan de Vallecillos se informaba del pasado de nuestra Villa leyendo los viejos documentos que rescataba del desbarajuste que era el archivo depositado en la cárcel, según y como se cuenta en "El pueblo (IV) y (V)" —junio de 2008—. De entre los papeles que le proporcionaba el entonces Alguacil Juan Cosme Tovar formaba parte una colección de hojas meticulosamente numeradas y manuscritas con caligrafía redonda, limpia y regular, que habían resistido el paso de los años protegidas en el interior de un cofrecillo de espesa madera de nogal reforzado con esquineras de artístico bronce. Eran estas escrituras de las más preferidas por Vallecillos, por la coherencia de sus interesantes relatos así como por los visos de verosimilitud de emanaban de sus pulcras y niveladas líneas, con carácter casi de diario personal en muchos de sus párrafos, pergeñados en unos tiempos ya míticos y que se percibían como gloriosos para el país en general y para el pueblecito en particular. Formaban dichas narraciones en su conjunto algo así como una crónica, cuyo basamento principal estaba constituido por testimonios que su autor había recabado personalmente de gentes contemporáneas a los hechos que en ella se reflejaban. A veces se incluían descripciones topográficas, e incluso las físicas de los individuos de la época, al más puro estilo del de las autoridades de la Casa de la Contratación cuando plasmaban en sus certificaciones los aspectos de los viajeros a Indias.
Hay que hacer constar que cualquiera que coteje certificados del Archivo de Indias con manuscritos de la arquilla referidos a temas comunes no dudará de la objetividad de quien elaboró estos últimos.
El cual firmaba —artística rúbrica barroca— con un nombre que ya a las alturas del siglo de la Ilustración no decía nada a ningún castillejano: Salvador Perez. Pero desde su anonimato, el desconocido escriba se había convertido en algo así como historiador oficial de la Castilleja del Postdescubrimiento, al menos para el reducido grupo de la "intelligentsia" castillejana que lideraba Juan de Vallecillos.
En tiempos de la senectud del mercader Pedro de Cifontes, dicho Salvador Perez actuaba de auxiliar del escribano Miguel de las Casas. Lo hubo sido con su antecesor Juan Vizcaíno, y había presenciado, entre los demás testigos, amigos y familiares, el fallecimiento de Hernán Cortés. Quizá este hecho despertó en él un intenso afán por dejar para la posteridad constancia de lo que ocurría en el día a día de la población, o quizá sus aficiones de historiador le venían de antes, de su contacto cotidiano con documentos como tal amanuense que era. De una forma u otra, nuestro hombre encontraba siempre ratos libres que dedicar a entrevistarse con personas de experiencias y mundología, y extraía de sí fuerzas suplementarias tras la agotadora labor oficial redactando a las órdenes del correspondiente notario, para hilvanar folio tras folio las narraciones y relatos que con tanto interés recogía de boca a oído. Y entre sus informantes, como era de esperar, se encontraba un anciano Cifontes, reblandecido y tolerante ya por la edad, paternal y comprensivo con aquel muchacho inquisitivo, quien por otra parte le servía para tener la cabeza ocupada, reservándolo del vacío de las veladas interminables que lo asfixiaban hundido en su sillón frente al ventanal del salón de su hacienda en la Calle Real. También intuía el mercader que el ejercicio de memoria al que se sometía, tarde sí y tarde no, significaba una terapia envidiable, inalcanzable para muchos que, como él y en su misma tesitura, esperaban nada más y nada menos que la última llamada al otro mundo sintiendo como las nubes del olvido se enseñoreaban de sus conciencias irremisiblemente. Por todo lo cual el viejo tratante de cueros acogía con exquisita amabilidad a Salvador cuando, cargado con sus papeles y su recado de escribir para tomar unos primeros apuntes, se presentaba tímido y respetuoso llamando con suavidad al grueso aldabón de la puerta de la hacienda, e inclusive no tenía reparos en prestarle algún libro de su biblioteca, formada especialmente y como cabía suponer, con las obras de los historiadores del Nuevo Mundo, y encabezadas con la edición de Cromberger del año 1522 de las "Cartas de Relación" del Marqués de Oaxaca, su lectura habitual hasta que comenzóle a fallar la vista.
En voz baja, pausada, Pedro de Cifontes le contaba, ya exento de odio, su pleito con Sebastián Rodriguez Pavón, borrado de su espíritu cualquier vestigio de acritud o resentimiento.
Su memoria, pozo inagotable, le deparaba detalles que emergían insospechadamente, y que en la mayoría de los casos había que añadir a lo declarado en la velada anterior. Salvador nunca acababa de componer un capítulo de su historia sin que el anciano lo redondeara, corrigiera y completara en la siguiente sesión, como si al revivir su turbulento pasado dialogase en un desdoble intemporal con el personaje que había sido, en una íntima y sincera confesión que deparaba temas, giros y circunstancias en absoluto conocidas para el nuevo personaje que, recordando a instancias del joven escribano, ahora era. Parecía tener Salvador, por otra parte, un nombre premonitorio y fundado, en el sentido en que, con sus inquisiciones, salvaba del naufragio de la memoria del anciano aquellos hechos que de otra manera se habrían hundido para siempre en las profundidades ignotas de lo muerto y olvidado.
La crónica del cofrecillo abunda en detalles humanos, cálidos y palpitantes en lo que respecta a los pleitos entre los mercaderes de la nao "Santa María la Blanca", y por su conducto tenemos noticia de la apariencia personal de Pedro de Cifontes en la última etapa de su vida, retratado con todo detalle por la hábil pluma del entusiasmado memorialista. Usaba una perilla poblada, nívea, que junto al no menos blanco bigote armonizaba en forma y tonalidad con una faz mofletuda, inconsistente y descolorida, salpicada aquí y allá de oscuras e irregulares manchas marrones. En el límite delantero de su íntegra calva, bajo las cejas enmarañadas, sus ojos apagados, de pupilas celestes y escleróticas sanguinolentas, parecían acusar a quien quiera que vislumbraban de algún pecado, importante por lo indeterminado, produciendo en sus interlocutores cierto desasosiego hondo y desdibujado. Vestía de negro, tenuemente iluminado su atuendo con los fugaces reflejos de algún ribete de terciopelo verdioscuro. Apenas salía a la calle por entonces, y el carruaje que se hacía preparar para visitar su hacienda de Pero Mingo que el esclavo Antón desvalijó, dormía en un cobertizo del corral, funcionando de aposadero de gallinas y pavos. Mientras esperaba al auxiliar del escribano repantingado en su butacón encontraba cierto equilibrio espiritual en un loro, ave multicolor que protestaba chirriando continuamente de su encierro en una jaula colgada junto al ventanal con unos espeluznantes graznidos que era posible oír en gran parte de la Calle Real, que hacían volver la cabeza a los transeúntes, y que revivían en el anciano sus correrías por las selvas de Santa Marta estafando a los bienintencionados aborígenes.
Cumplidamente nos informa Salvador Perez del resto del proceso de Cifontes contra el "Maestre Matagatos".
Su universal heredera Juana Rodriguez en Sevilla el martes 26 de febrero de 1538 insistió una vez más en dar fianzas para el desembargo de los bienes, urgiendo a ello con el consabido argumento de la pérdida de la cosecha de uvas, al tiempo que Pedro de Cifontes se niega en redondo hasta que no se le paguen los ducados que decía debérsele; además apela a lo ya dictaminado, acusando a los apreciadores de la parte contraria de no ser personas sapientes de lo que se les había encargado. Juana, como pariente más próxima de Sebastián, quien murió sin hijos y abintestato (decían que ni siquiera se confesó), presenta testigos que certifican su vínculo familiar, entre los cuales hay un "rascador de ladrillos", Francisco Mejía, vecino en San Vicente que presenció el fallecimiento de su tío el albañil en el monasterio de Santa Clara.
El 5 de marzo los Jueces, a pesar de la oposición de Cifontes, ordenan alzar el embargo de los bienes de Sebastián Rodriguez Pavón, convirtiendo de esta manera a su sobrina en afortunada propietaria de una valiosa heredad en las apacibles orillas aznalcareñas del río Guadiamar.
Mas un resto de 50 ducados iba a seguir dandole quebraderos de cabeza, trabajo a su marido y tutor Diego Hernandez de Cantillana, y suculentos honorarios a los jueces y escribanos de la Casa de la Contratación que ya conocemos. Ahora Pedro, con un poder de su suegro Juan Caldera otorgado a él y a su propia mujer, Isabel Jiménez, el 18 de febrero de 1538 arrecia el ataque a la sobrina del albañil desde otro frente. Sebastián había dejado a deber un centenar de ducados a ciertos mercaderes indianos, y Juan Caldera le adelantó de ellos los dichos 50 que ahora pretendía recuperar Cifontes, iniciando otro pleito que se solapaba con el que ya hemos visto hasta el punto de que ha de solicitar aplazamientos para que le entreguen documentos originales que obran en el primero.
Este poder venía de antiguo, ya que fue concedido el 31 de octubre de 1531, mucho antes incluso del viaje de la "Santa María", pero su vigencia permanecía y nos demuestra que las relaciones entre suegro y yerno fueron inmejorables durante largo tiempo.
Juan Caldera especificó que los autorizaba para cobrar en general "todo lo que le deban en maravedíes, doblas, ducados, oro, plata, joyas, azúcar, cañafístula1 y mercaderías y otras cosas cualesquier que yo tuviera por contrataciones y compañías en cualquier nao o naos de las Indias, [...] y para que puedan tomar y recibir cuenta a Diego de Toledo, mercader hijo de Pedro de Toledo, platero vecino de esta dicha ciudad de todas las mercaderías y otras cosas que yo de cinco años a esta parte le he enviado a su poder a las dichas Indias, así en compañía como fuera de ella, como de las granjerías y aprovechamientos que el dicho Diego de Toledo ha ganado y ha habido así en la Isla de San Juan de Puerto Rico como en otras partes, de que me pertenece y he de haber la mitad de ello [...] y asimismo puedan tomar y recibir cuenta a Antonio de Escobar mi compañero, de todas las mercaderías que ha tratado por mí y por él en la dicha Isla de San Juan, conforme a una escritura que otorgamos ante Francisco de Castellanos, escribano público de Sevilla, [...] y para que puedan tomar y recibir cuenta a Antonio de Carmona, estante en la Isla de La Palma, de todo lo que cobró por mí de la nao de que era señor Francisco García, la cual dicha nao se perdió en la dicha Isla de La Palma [...].
1.- Es la cañafístula el árbol nacional de Tailandia, así como de Kerala (India), y procede de toda aquella región del sur de Asia. Utilizada por sus propiedades medicinales, ya aparece en los tratados de medicina ayurvédica, cuyas primeras manifestaciones literarias se remontan a 2.000-1.000 antes de Cristo, para aliviar los estreñimientos, reflujos de ácidos estomacales, fiebre y artritis, hemorragias y enfermedades de los nervios, etc. Al Nuevo Mundo llegó a través de los conquistadores españoles en el año 1.500.
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