viernes, 28 de mayo de 2010

Los esclavos 82s

Y continuaron las entrevistas de Pedro de Cifontes con Salvador Perez. Con una interrupción ocasionada una de aquellas tardes, cuando cierta malintencionada sirvienta del hacendado, amante de un azacán fanfarrón no menos deleznable apodado "El Miau", ella una mezquina mujercilla de físico insignificante pero de enorme envidia hacia aquel enigmático mundo intelectual en el cual los dos hombres se desenvolvían, roció con agua so pretexto del riego de unos geranios y aprovechando que dichos hombres se habían ausentado para tomar un descanso, los folios que recién acababa de elaborar el auxiliar del escribano, probablemente con el propósito de regocijarse posteriormente en el círculo de gentes de su calaña, ridiculizando una actividad —la literaria— que era para ella como las uvas de la fábula fueron para la zorra, verdes porque no estaban a su alcance.
Incidente, por otro lado, irrelevante, en cuanto que solo obligó a repetir el último párrafo, emborronado por los goterones de agua. Ni siquiera mereció el despreciable acto un reproche del señor de la casa.
El tema de los 50 ducados que habíamos empezado a tratar se desarrolló desde que Cifontes, con el poder de su suegro, demandó a Juana Rodriguez y a Catalina Rodriguez, como sobrina y hermana herederas del albañil Sebastián, exigiéndoles su pago, por cuya cantidad el difunto había hipotecado precisamente la nao "Santa María" sin el consentimiento de sus otros dos socios, siendo Juan Caldera quien, en la ciudad de Santo Domingo de la isla La Española, solventó la hipoteca aportando la expresada cantidad que ahora exigía por medio de su yerno.
Negado el cargo por Antonio del Castillo en nombre de Leonor Ortiz y por Diego Hernandez de Cantillana en nombre de Juana Rodriguez el martes 26 de febrero de 1538, el tratante en cueros pidió ser recibido a prueba, y los acusados alegaron que ya en el embargo del pleito anterior —que ya hemos visto— iban incluidos los ducados, y que por el hecho de haber sido levantado, la reclamación no tenía fundamento. Echaron mano a antiguas probanzas con testigos para demostrar parentescos, probanzas que asimismo hemos visto ya también, y que por lo tanto ahorramos a nuestros lectores; corrió el pleito, y el miércoles 5 de junio condenaron a Juana a pagar a Cifontes lo que le pedía, mas la sobrina de Sebastián apeló como era de esperar, y... nos es imposible averiguar el final del caso, porque faltan las últimas hojas de los autos en la fuente documental del Archivo de Indias, y además porque —inesperada coincidencia— en la de Salvador Perez solo consta el ilegible folio que la estúpida asistenta empapó aquella tarde.
Algunas otras lagunas encontraremos en el baulillo del amanuense, las más importantes las que afectan a la relación de los últimos meses de la azarosa vida del Marqués del Valle de Oaxaca, las cuales intentaremos rellenar recurriendo a otros depósitos documentales.
Hemos encontrado algunos detalles sobre la vida diaria de Salvador Perez en los tiempos de sus encuentros con Pedro de Cifontes: sabemos que un tal Mateo Diaz Galindo, vecino de Sevilla en la collación de San Isidoro y morador en el lugar de Tomares (lo cual puede significar que habitaba en la Calle Real "de Castilleja") concede a Salvador amplísimos poderes para cobrar todo cuanto le debieren, iniciar pleitos, llamar testigos, mandar ejecutar bienes, sustituir procuradores, otorgar cartas de todo tipo, etc., y especialmente para cobrar de un Antonio de ¿Arbolanche?, natural de la Villa de ¿Brieban? y estante en Sevilla, 22 ducados que por él le eran debidos. El poder lleva fecha del viernes 25 de abril de 1561 y fue hecho en la morada castillejense de Miguel de las Casas, actuando como testigos su hijo Pedro de las Casas y Hernando de las Cuevas, este último destinado a ser el notario oficial de Castilleja durante muchos años en sucesión del dicho Miguel. Dejamos entre interrogaciones el apellido del deudor y el nombre de su localidad de origen porque resulta imposible su lectura, pero parecen ser transliteraciones desde el francés. Acaso el tomareño era un nuevo rico, que a cambio de un puñado de monedas contrató a Salvador para servirse del prestigio casi mágico que las personas relacionadas directamente con el mundo de la escritura poseían de cara a las masas incultas e ignorantes de aquellos oscuros años.
Nuestro historiador aficionado andaba ingeniándoselas para buscarse la vida aquí y allá, y donde surgía la oportunidad de embolsarse unos maravedíes hacía acto de presencia con una inmediatez prodigiosa, dispuesto a dejarse la vista sobre los papeles hasta la hora que se le exigiese, a la luz mortecina de un apestoso y humeante candil de sebo barato, en un dura e incómoda banqueta y en el interior de cualquier leonera sometida a las inclemencias meteorológicas.

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