En este año de 1555, pendiente Íñigo Ortiz del embarque hacia el Perú, con toda la tensión y la ansiedad que tal empresa significaba con la preparación de las mercancías, la planificación y el programa, el afianzamiento de los contactos con sus socios, los obligados tratos con los burócratas de la Casa de la Contratación y un largo etcétera y a pesar de todo ello, encontraba fuerzas y tiempo para hacer una activa vida social en Castilleja. En la casa familiar desde mucho antes del día tan esperado había empezado el ambiente de despedida, en forma de un trato y dedicación especiales por parte de su padre y hermanos, que en las veladas estivales le reservaban el mejor sitio en la huerta, a la sombra de la mole de la iglesia de Santiago recortada en el cielo azul del verano, cielo que se desplegaba glorioso sobre la Plaza. Íñigo se dejaba querer, arrullado por el cantar cristalino de los cangilones de la noria vaciándose en la musgosa alberquilla, y aspirando el aroma aterciopelado del azahar y el fresco rozagante de los frondosos ringleros de hierbas que medraban en la umbría junto al sacro muro —decían que de factura musulmana— coronado de alegres gorriones, a la expectativa de alguna aparición de las escasas que hizo Pedro de Cieza por Castilleja, que le sirviera para completar los informes sobre el Perú que rumiaba y sospesaba constantemente a lo largo de aquellos días.
No todo iba bien con su mujer Luisa de Rojas, que parecía desear su partida y se había negado rotundamente a acompañarlo, entre aspavientos demenciales y argumentos como de loca, en manera tal que nadie se sentía capaz de contradecirla y ni tan siquiera de intentar convencerla. Ella ya conocía Las Indias, a pesar de ser una mujer joven todavía, alta y espigada aunque un tanto cargada de espaldas y de torpes movimientos, aquejada de frecuentes migrañas que daban a su cara un acartonamiento frío y desagradable, una máscara que tenía de positivo ocultar a sus eventuales interlocutores el afán con que buscaba en su fuero interno como objetivo de la vida zafarse de la férrea opresión que los Juaguren ejercían, —prototípicos hombres de la época—, sobre las féminas de su entorno. El control, dominación y subyugación de las mujeres formaba parte consustancial de la conciencia colectiva. Por otro lado la vida anterior de la susodicha no había sido fácil, como pronto comprobaremos.
No tenían hijos Íñigo y Luisa, y las culpas de tal situación se habían hecho recaer, como era de suponer, sobre ella.
El domingo 10 de marzo de dicho año fue Íñigo padrino, o compadre, según se decía entonces, de Melchora, recién nacida de la pareja formada por Hernando Jayán — recordémoslo, uno de sus testigos ante los jueces sevillanos— y Luisa de Briones; la niña fue bautizada en la iglesia de Santiago, y entre los otros "compadres" estaba su hermano Luis Ortiz de Juanguren y el propio Beneficiado Rodrigo de Cieza. Dos meses más tarde, el 5 de mayo, bautizó don Rodrigo a otra niña, hija de su hermano Diego Ortiz de Juanguren y de Bernardina de Sagredo. Como no podía ser menos, toda la familia actuó en el padrinazgo: él mismo con su esposa Luisa de Rojas, su hermano Luis, y el viejo Diego Ortiz de Juanguren. Repasemos al efecto el contenido del capítulo "Bautismos 3" de diciembre de 2008, y detengámonos, a modo de anticipo de lo que en nuestra narración seguirá, en la nota 7 del mencionado capítulo.
Aunque el permiso de estancia en el Perú se extendía a tres años solamente, tenemos noticia de que tan tarde como en 1564 todavía se encontraba emigrado Íñigo Ortiz, según se desprende del recibo que su esposa, Luisa de Rojas, otorgó el lunes 16 de octubre de dicho año, en el cual daba fe de que el mercader vecino de Sevilla Álvaro Pinto le había pagado 9 ducados que le debía por el tercio de un tributo anual que ella le cobraba por mandato de los Señores Jueces de los Grados de Sevilla. Luisa tenía su morada en el Señorío de Castilleja desde que su marido se marchó; mas concretamente, habitaba una casa con parte de su fachada, o al menos una tapia, en la esquina noroeste de La Plaza, siendo así casi vecina de los Juanguren de sus sinsabores y pesadillas.
Otro documento que reafirma la prórroga de la licencia de estancia en Indias de Íñigo:
"Luisa de Rojas, mujer de Íñigo Ortiz que al presente está en Indias, vecina de Sevilla en la collación de San Llorente y moradora en esta Villa de Castilleja de la Cuesta, por sí y en nombre de su marido y con licencia que tiene del Señor Teniente de Asistente de Sevilla Juan Álvarez, conoce a Hernando Jayán y a Luisa de Briones su mujer, presente él, y dice que por cuanto los dichos Hernando Jayán y Luisa de Briones su mujer le vendieron diez ducados de tributo situados sobre ciertas casas y viñas en este término de Castilleja y en otros propiedad de dichos Hernando Jayán y Luisa de Briones, por precio de cien ducados, según pasó ante el escribano que fue de esta Villa Juan Vizcaíno el domingo diez y ... de agosto de mil quinientos cincuenta, y porque dicho Hernando Jayán la redimió a ella de la mitad, que son cinco ducados, según pasó ante el escribano Miguel de las Casas en treinta de julio de mil y quinientos cincuenta y nueve, y porque cincuenta ducados de los cien quedaron impuestos de tributo sobre dichos bienes, y litigó pleito Luis de Figueroa, clérigo, en nombre de su marido Íñigo Ortiz, diciendo que no se habían de dar los cincuenta ducados a ella, y por sentencia de los Señores Regentes Jueces de la Audiencia Real de los Grados de Sevilla la mandaron pagar a ella, dando fianzas, y ahora no embargante que Hernando Jayán le tiene que pagar los cincuenta ducados, y porque ella tiene necesidad de dinero y Hernando Jayán y Luisa de Briones le han pagado quince ducados mas los maravedíes de lo corrido, por la presente se da por bien pagada y se obliga a no ir contra ellos en forma alguna. Dado en las casas de la morada de Luisa de Rojas en esta dicha Villa, miércoles 8 de marzo de 1564. Testigos, Bartolomé Mancera y Francisco Rodriguez de Espino."
Como vemos, durante la larga ausencia de su marido Luisa no abandonaba la administración de su casa y hacienda y, aunque analfabeta, disponía de abundante y fiable asesoramiento tanto en Castilleja como en Sevilla. Por el anterior documento comprobamos que había perdido los favores del clérigo y otrora fiel colaborador Luis de Figueroa, lo que denota que se produjeron, en la distancia, diferencias con su marido tan graves como para que le cerraran la espita de los ducados indianos y el dicho clérigo recurriera a la justicia a fin de que ella, a pesar de tener necesidad de dinero, no cobrara los 50 de manos de Hernando Jayán, otro formante del partido de los Juanguren. De forma que podemos presumir que Luisa se encontraba enfrentada a la poderosa familia de su marido emigrado. Mas esta necesidad de efectivo no hay que interpretarla en sentido estricto: sus negocios de tributos y rentas eran abundantes, y aunque no alcanzaran a mantener el nivel de vida que exigía la casa, eran muy variados y abarcaban lugares tan distantes como Málaga, ciudad vinculada a su oscuro pasado:
"Luisa de Rojas, mujer de Íñigo Ortiz, estante en las Indias del Mar Océano, vecina de Sevilla y moradora en esta Villa, por virtud de la licencia que tiene del Señor Hernando Jayán, Alcalde Ordinario de esta Villa, que pasó ante el escribano Hernando de las Cuevas, da todo su poder cumplido a Hernando de las Hoces, vecino de la ciudad de Málaga, ausente, para cobrar de Juan Monte, vecino de dicha ciudad de Málaga, diez ducados que ella le prestó, y para acudir a la Justicia si fuere necesario. Dado en las casas de la otorgante en esta Villa, lunes 18 de ¿abril? de 1564. Testigos, Francisco Sanchez y Andrés Hernandez."
Para redondear el panorama introductorio a la familia Ortiz de Juanguren, anotamos las referencias atinentes encontradas en el Archivo de Indias, con fecha la primera de 31 de diciembre de 1549 y dada en Valladolid, concediendo mediante Cédula Real licencia a un tal Hernando de Robledo y a Gaspar de Sandoval para llevar al Nuevo Mundo 50 esclavos negros, de los cuales un tercio eran hembras (o sea, 16) y cuyos derechos ya habían abonado entonces.
La segunda Cédula nos identifica al dicho negrero Gaspar de Sandoval como natural de Sevilla, hijo de Juan Sanchez de Sandoval y de Mencía de Villafranca y marido de Ana Estacia [Anastasia] Ortiz, natural de Sevilla e hija de Diego Ortiz de Juanguren y de Inés Hernández. El matrimonio, junto con su hija Inés de Sandoval, reciben permiso para pasar a Tierra Firme, él como mercader.
Y la tercera, otorgada también en la Corte vallisoletana, autoriza a Gaspar de Sandoval para pasar a Indias joyas de oro y plata labradas hasta en cuantía de 300 pesos de oro, con fecha del 22 de junio de 1557.
Mas la otorgada al vecino y natural de Carmona Diego de Torres, hijo de Diego de Torres y de Ana Martín, que con tres hijos pasó al Nuevo Reino de Granada, llevando por criado suyo al vecino y natural de Sevilla Antón Lopez, hijo de Pedro Lopez y de Francisca Sierra, que viajaba con su mujer Francisca Rodriguez y con una hija de ambos. A todo este grupo acompañaba en el periplo Francisca Ortiz, vecina y natural de Sevilla, soltera e hija de Pedro Ortiz de Juanguren y de Juana Ramírez. Año de 1555, en el cual, repetimos, partió también a Tierra Firme y Perú el hidalgo Íñigo Ortiz de Juanguren. ¿Todos ellos en la misma nao "Nuestra Señora del Rosario"? No nos ha sido posible, por ahora, confirmarlo.
Tampoco por ahora podemos asegurar que el viejo Diego Ortiz de Juanguren fuera viudo cuando se casó con Anastasia Quijada, o si contrajo matrimonio con esta Inés de la segunda Cédula tras la defunción de su primera esposa. Por las fechas, no hay duda que la mujer de Sandoval era su hija. Para detalles más pormenorizados sobre el testamento de este patriarca, ver "Bocetos del siglo XVI, 5 y 6", diciembre de 2008. Y en cuanto a los Ortiz de Sandoval, viñas en el término de Valencina del Alcor colindantes con los de Gines y Castilleja poseía un Pedro Ortiz de Sandoval que aparece repetidamente en la documentación que manejamos. Pronto daremos cuenta de su parentesco.
A Luisa de Rojas se la presionó para que hiciera el viaje. Era lo usual. Cuando una persona no agradaba, o resultaba molesta, se intentaba como medio de "quitársela de encima" que marchara a Las Indias. Los ancianos de Castilleja aun en el seno de sus propias familias insistían mas que sugerían que aquellos que no les eran especialmente gratos se marcharan unos años, con la esperanza en los casos más extremos de que los indios dieran buena cuenta de sus huesos. En este sentido, la Villa estaba polarizada entre la juventud y la vejez, y ésta, en la duda de si el castigo que proyectaba hacia la muchachada revoltosa no resultase tal, sino más bien la puerta de la fortuna que ya para ella estaba cerrada, sospesaba las dos posibilidades, y en un ejercicio de autoindulgencia se felicitaba para sus adentros si primaba la primera, y el éxito, la riqueza y la gloria acompañaban al "desterrado".
Naturalmente, por otro lado, que Luisa de Rojas no fue del todo fiel a Íñigo Ortiz durante los largos años que éste permaneció en El Perú, y quizá el origen del pleito que le entabló el clérigo Figueroa estribara en alguna sospecha al respecto, aparte de cuestiones puramente crematísticas en el matrimonio. Cierto y verdad es que también Íñigo, como era habitual, buscó y halló esporádicos episodios con alguna de tantas y tantas aventureras como pululaban en el Nuevo Continente, mas su mujer actuó siempre con completa discreción, eligiendo a sus eventuales parejas en Sevilla lejos de las malintencionadas miradas del pueblo aljarafeño. Pero Luisa no era una amante al uso. Buscaba a sus compañeros de cama tras un muro de desconfianza y recelo que su alma de mujer herida no había podido superar. De inmediato sabremos el porqué.
De Luis de Figueroa diremos que cuando el Beneficiado de Santiago Rodrigo de Cieza se ausentaba él ocupaba su puesto, y son abundantes las partidas de nacimientos, defunciones y matrimonios de castillejanos en las que consta su firma. Con poder de Íñigo desde las Indias, Figueroa fue implacable en su ataque a Luisa de Rojas, que se defendió con uñas y dientes.
Por fin el clérigo encontró argumentos firmes con los que inclinar la balanza a su favor, aunque tuvo que remover testimonios y testigos de difícil localización y remontarse a la ciudad de origen de Luisa: Málaga.
Entre las fobias que anidaban en el fondo de la personalidad de aquella mujer, como pájaro de áspero trinar se agitaba la que producíanle los hombres; la cual, gracias a su experiencia mundana lograba ocultar en su trato diario, aunque no sin esfuerzo. Conoció siendo casi niña la violación diaria alternando con descomunales palizas, aprendió a temer los pasos de un hombre cuya sola sombra la ahogaba en un miedo que en su mente juvenil abarcaba el universo. El sol lloraba para ella, y el viento era un prolongado lamento que llenaba de tristeza los años más esperanzadores y vitales que, en otra persona en condiciones normales, significan la pubertad. Bajo los puntapiés y bofetadas de aquel siniestro ser su cuerpo se redujo a vehículo de dolor, única percepción con que se conectaba al mundo sensorial durante un tiempo en el cual se decidía, y ella era perfectamente consciente, toda su posterior existencia. De este hombre bestial obtendremos un retrato en el próximo capítulo.
Durante su estancia en Indias Luisa de Rojas permaneció aislada, envuelta en el blando algodón con que sus padres trataban de curarla de la horrorosa experiencia del maltrato. Y una vez en Castilleja desposada con Íñigo Ortiz de Juanguren, en el amenazante ambiente que subsiguió al casamiento los revoloteos del pájaro sobresaltaban su espíritu constantemente. Hernando Jayán a pesar de su correcta frialdad, Miguel de las Casas tan aureolado de ilustración, Juan de Vega con su nobleza tosca, Rodrigo de Cieza siempre ausente aunque próximo, el propio Luis de Figueroa lleno de ponzoña, su suegro Diego Ortiz envejecido en el desprecio machista, despertaban en ella aquel sentimiento que tantas pesadillas le proporcionó desde muchacha. A la lista reciente había que añadir el criado portugués del anciano patriarca, una especie de ofidio que lograba descomponerla hasta hacerla padecer arcadas. Era un hombrecillo de dientes podridos y calva rosácea cuyos ojillos perdidos en una maraña de arrugas brillaban maliciosamente cuando, cruzando La Plaza, se clavaban inquisidores en sus ventanas; con un cuerpo esquelético de nalgas escurridas, su patente homosexualidad se interpretaba en clave de misoginia, la cual estaba en la base de la aceptación que disfrutaba, especialmente en las epicúreas reuniones de vino y risotadas que llenaban muchas noches tras la iglesia. Allí entonces, disfrutaba con que le azotasen las magras nalgas al pasar, mientras servía la mesa a los tarambanas juerguistas, y en plena apoteósis de las borracheras era el recurso para que en algún rincón más o menos discreto de la huerta el convidado más urgido por la líbido desatada encontrase cómoda y directa satisfacción.
El criado portugués servía a su marido Íñigo unos afamados zumos de lima para aliviar los efectos de la escandalera, previamente puestos a refrescar los redondos frutos en el pilón de la noria. Y era para su valetudinario poseedor una especie de perro enviscador que los años de convivencia habían hecho insustituible.
Y llegó el tan ansiado día: la nao "Nuestra Señora del Rosario" se abaniquea en el Guadalquivir, y en el muelle hay un escarabajeo de abrazos, un revuelo congojoso de lágrimas y besos sobrevolados por las albas aves marineras. Está muy presente la catástrofe de la flota de Farfán en Zahara, en enero. Si nos hubiese sido dado presenciar la partida, reconoceríamos a un muchacho pálido, de porte distinguido, que sube la pasarela dando la espalda a Juan de Sevilla su padre, quien desde tierra con el rostro desencajado no puede reprimir la emoción. También han bajado ambos —muy temprano con las primeras luces— desde Castilleja, en el mismo grupo que los Juanguren. El joven, llamado Francisco de Avecilla, marcha como factor del comerciante Andrés Pérez de Méjico. Su madre, Juana Téllez, es la hijastra del anciano mercader de cueros Pedro de Cifontes. "Los esclavos 82j", marzo de 2010.
No hay comentarios:
Publicar un comentario