Luego declaró Luisa de Arroyo, hija de Juana y por lo tanto prima hermana de Andrea, de 16 años, vecina de Málaga y mujer del labrador Juan Garcia de Aznar; todas sus manifestaciones sobre lo acontecido en Orán y Mazalquivir son referidas por haberlas oido a su madre y a sus tías, ya que en los años de África ella era demasiado pequeña para recordar nada; ratifica lo dicho por su madre acerca de las diligencias hechas en Ciudad Rodrigo para averiguar el paradero de Tordesillas, y da fe de que Andrea —ahora Luisa de Rojas— está viva y se encuentra en Sevilla.
El Provisor Licenciado Diego Rivera tiene ya bastantes elementos de juicio con lo manifestado por madre e hija, y manda elaborar un edicto:
"CARTA DE EDICTO PARA LLAMAR A FRANCISCO DE TORDESILLAS.
Manifiesto sea a Francisco de Tordesillas, marido de María Hernández, hija de Salvador de Herrera, natural que es de Ciudad Rodrigo, y a sus parientes y amigos para que le digan y hagan saber cómo el Muy Reverendo Señor el Licenciado Diego Rivera, Canónigo en esta Iglesia de Málaga, Provisor Juez Oficial y Vicario General en ella y en todo su Obispado por el Muy Ilustrísimo y Reverendísimo Señor fray Bernardo Manrique1, Obispo de este Obispado, les llama y cita y emplaza para que dentro de quince días primeros que le da y asigna por tres canónicas ..., plazo y término perentorio, venga y parezca ante a responder de cierta demanda que le es puesta por la dicha María Hernández, sobre que dice que siendo primeramente casado con Andrea de Arroyo, hija de Juan Lopez, vecina de la ciudad de Orán, se casó con ella segunda vez en esta ciudad, no lo pudiendo ni debiendo hacer, sobre que pidió divorcio para disponer de su persona, que si viniere y pareciere dentro del dicho término él le oirá y guardará en todo y por todo su justicia, de otra manera le apercibe que el dicho término pasado no viniendo ni pareciendo, en su ausencia y rebeldía habida por presente, oirá a la dicha María Hernández todo lo que decir y alegar y probar quisiere, y proceder en la dicha causa adelante a todos los autos de ella, para los cuales y para todos los demás a que de derecho se requiere que sea citado y llamado, por esta presente Carta lo llama y cita y emplaza perentoriamente, y le señala los estrados de la Audiencia de Su Señoría Reverendísima, donde serán hechos y notificados los dichos autos hasta la sentencia definitiva, y ... y tasación de costas si las hubiere, y le apercibo que le hará tanta fe como si en su persona fueren hechos y notificados, de lo cual mandó dar esta Carta Edicto, la cual mandó que sea puesta y afijada en la Iglesia del Señor San Juan de esta ciudad, dada en Málaga a diez días del mes de abril, año de mil y quinientos y cincuenta y un años. Diego de Rivera, Licenciado. Hernando de Madrid, Notario.
Fué puesta por Hernando de Madrid en dicho día, siendo testigos el Arcipreste Doctor Tamayo y el Sacristán del Sagrario."
1.- Hijo natural de Garcia Fernandez Manrique, 1er. Marqués de Aguilar. Nació en Aguilar del Campoo (Palencia), y fue gran promotor de las obras de la Catedral malagueña en el siglo XVI, en una de cuyas puertas se publicó el edicto de búsqueda de Francisco de Tordesillas. En estas clásicas apologías de personajes del catolicismo histórico que alimentan las horas de ocio de beatonas y creyentes de medio pelo, leemos que dedicó mucho esfuerzo y energía a atender las necesidades de su rebaño, acosado durante los últimos 25 años por ataques de los piratas berberiscos, pestes mortíferas, siniestros terremotos y, lo que no es menor mal, la llegada desde Orán de una plaga de soldados piojosos, harapientos y con hambre atrasada. Como colofón, tuvo el Obispo que lidiar con las consecuencias —hambre y más miseria— de la pertinaz sequía y la consecuente mala cosecha que sufrió la zona en los años anteriores a 1557. Nada que objetar a este tipo de noticias históricas, propaladas por genealogistas de boletines parroquiales y por la clerigalla subvencionada que languidece en los retiros espirituales del país a la espera de pasar a mejor vida, si no es que necesitan de alguna que otra comparación de fuentes, permítaseme la ironía. Lo de los ataques berberiscos a Málaga y a otras poblaciones del litoral es algo rigurosamente cierto, desde luego; en ocasiones se llevaban de rehenes a toda una comunidad y no dejaban edificación en pie. Aunque la política postbélica de los Reyes Católicos tras la Reconquista incluía una especie de "zona franca" o de seguridad, que abarcaba Orán y Mazalquivir en algo así como una extensión de la dicha Reconquista en todo el norte de África, no funcionó del todo esta estrategia, como los años posteriores se encargaron de demostrar. Y en cuanto a los soldados enfermos y empobrecidos que invadían Málaga procedentes de Orán, eran el resultado de la malísima administración de aquella ciudad, que algún efecto tuvo también en Francisco de Tordesillas, aunque nuestro personaje fue de los más afortunados.
El Obispo Bernardo Manrique gestionó el contrato de un excepcional músico sevillano para que le sirviera en sus liturgias y ceremoniales: Francisco Guerrero (Sevilla, 4 de octubre de 1528 – Ídem, 8 de noviembre de 1599) cuenta en el Prólogo de su libro "El Viaje de Jerusalem que hizo Francisco Guerrero, racionero, y maestro de capilla de la santa iglesia de Sevilla", dirigido al Ilustrísimo y Reverendísimo señor don Rodrigo de Castro, Cardenal y Arzobispo de la santa iglesia de Sevilla, e impreso con licencia en Valencia, en casa de los herederos de Joan Navarro. Año 1593, que "Desde a pocos meses de mi residencia en esta santa iglesia, fui llamado para el magisterio y ración de la iglesia de Málaga, y habiéndose hecho examen entre seis opositores, fui nombrado el primero por el obispo don Bernardo Manrique, y el cabildo; y enviado el nombramiento a su Majestad, fui proveído por su mandado, y se tomó la posesión por mí. Y poniéndome en orden para ir a residir mi ración, el cabildo de esta santa iglesia de Sevilla, no permitió que yo dejase su servicio. Y para que con mejor título pudiese dejar lo que ya poseía, se ordenó que el maestro Pedro Fernández, maestro de capilla de la santa iglesia de Sevilla, y maestro de los maestros de España fuese jubilado y se le diese media ración, y la otra media se me dio a mí, y más el salario de cantor, con cargo de enseñar y dar de comer, y lo demás necesario a los Seises cantorcicos. Y que si le alcanzase de días, entrase yo en toda la ración. Y así estuvimos veinticinco años en compañía, y después de sus días, fui proveído con perpetuidad en toda la ración con bulas apostólicas."
Este Pedro Fernández que Guerrero encomia como "maestro de los maestros de España" y con el que estuvo trabajando 25 años, era conocido como Pedro Fernández de Castilleja, sobrenombre añadido por nuestra Villa, de donde fue natural y vecino (ver Los esclavos 82j, entrada de marzo de 2010, segunda nota). Al maestro de música Pedro, contemporáneo de esta parte de nuestra historia, lo iremos conociendo a medida que sigamos desarrollando los hechos acontecidos en estos apasionantes años del excepcional siglo XVI.
María Hernández se movía con precisión. Pasaron los quince días de plazo y tres más, y llegado el 28 de aquel abril se dirigió al Provisor exigiendo que se declarara rebelde y contumaz a su marido, solicitando la continuación de los autos, y otorgando todo su poder cumplido para llevarlos hasta el final a Andrés Pérez, Alguacil Eclesiástico de Su Señoría Reverendísima y vecino de Málaga, el cual, que la acompañaba en la ocasión, se obligó a defenderle el pleito, siendo testigos los clérigos Diego Rodriguez y Alonso Ruiz, y el notario Alonso Hernando de Madrid, todos ellos asimismo vecinos de Málaga.
Durante el mes siguiente, el ahora apoderado de la malcasada, Andrés Pérez, efectúa las consabidas diligencias, cuyos pasos uno por uno son notificados a un fantasma llamado Francisco de Tordesillas en los estrados de la Audiencia, en forma de notas manuscritas clavadas en un tablero, que para lo único que sirven es para fomentar las murmuraciones y habladurías del populacho, porque el miserable engañador está al otro extremo de la península, muy lejos para responder o alegar alguna cosa. A la vez, el Alguacil Eclesiástico, quizá instado por el Provisor, presenta un nuevo interrogatorio, que de una forma u otra serviría para afirmar y sustanciar las acusaciones de su defendida, ampliando y detallando las informaciones del caso. Entre los testigos, además de la familia de Andrea hay algunos desconocidos para nosotros hasta ahora. El 6 de mayo tomaron juramento a Juan de Alarcón, de 30 años, natural de Orán y vecino de Málaga, a Juana de Arroyo y a su hija Luisa de nuevo, a Elvira García, de más de 50 años y mujer de Antón Gutiérrez, a Catalina Sánchez, de 36 años y mujer de Hernando Moyano, y a la caritativa María Márquez, que ya cuenta 24 años, está casada con un tal Gaspar de Malaver, y no ha olvidado el calvario que su entrañable amiga de la infancia padeció en la desolada costa africana.
El oranés Juan de Alarcón, primer testigo, que debió ser hijo de uno de los pobladores de Orán a rebufo del ejército del Cardenal Cisneros, si no de algún soldado, se había especializado en la marinería costera que unía los principales puertos del Mediterráneo occidental, y cuatro meses antes de su declaración, o sea, en enero, le fue encomendado por el viejo escribano Juan López llevar a su hija en Sevilla una carta. Andrea lo recibió y albergó durante 3 días, como paisano que era y viejo conocido, mientras que ella preparaba la respuesta y algunos artículos, hasta que la barcaza en la que viajaba su antiguo convecino estuvo presta para hacer el recorrido de vuelta Guadalquivir abajo.
María Márquez aporta detalles del recado que el emisario marinero Juan de Alarcón trajo a Málaga para el escribano: "una capa, un sayo y dinero y otras cosas" que su hija le obsequiaba. Añade que Andrea rogaba a su padre que en modo alguno fuera a verla a Sevilla. Testigo excepcional, como apuntábamos, dijo que estuvo presente en Mazalquivir cuando en su pequeña iglesia Francisco de Tordesillas y María Hernandez se velaron*, y que había oido decir que se habían casado en Málaga, añadiendo además hasta el nombre del cura que los casó en la ciudad andaluza, un tal Juan de San Juan.
* Una reminiscencia de antiguos ritos judaicos que la Iglesia Católica adoptó para propiciar que el nuevo matrimonio se condujera según sus leyes, y sobre todo para que lo hicieran los futuros hijos y más aún, facilitar que éstos se dedicaran a la vida religiosa, la velación se celebraba con una misa, unos días después del "casamiento por palabras". En este nuevo ritual se cubría la cabeza de ella y los hombros de él con un velo —de ahí velación—, y se incluía un rociado con agua bendita sobre la pareja.
En el caso de Tordesillas y María Hernandez, según la declarante María Márquez, la dicha velación tuvo lugar en la iglesia de Mazalquivir, lo cual se explica por el carácter y la circunstancia de su marido, ya que, siendo oficialmente todavía marido de Andrea López, por ello seguía poseyendo su dote y ajuar, incluída la casita de Mazalquivir donde tanto la hizo sufrir; de esta forma aprovechaba para comprobar el estado de sus posesiones y, por otro lado, en su estrategia personal debía figurar suscitar en su nueva esposa un talante de confianza y hacerle creer, con esta especie de "viaje de novios" al escenario donde se había desarrollado su vida en los últimos años, que no tenía nada vergonzoso que ocultarle. Así que tuvo la suficiente sangre fría como para, inclusive, pasar algunos días con su nueva mujer en aquella "casa de los horrores", probablemente sospesando, entre arrumacos y caricias, infrigirle a la confiada malagueña el mismo tratamiento que había propinado a su víctima anterior, la jovencita oranesa que ahora en Sevilla se hacía llamar Luisa de Rojas.
En un irreal atardecer septentrional, cuando el sol se hunde en el neblinoso mar que rodea Galicia pintando con todos los tonos, intensidades y matices del rojo los girones y desgarros de las nubes, y las cortinas de fino aguacero se suceden como lluvia de oro refulgente difuminando levemente el silencioso apocalipsis celestial, un oranés de mediana edad, con barba enmarañada, caminaba con los humildes hábitos de peregrino a Santiago de Compostela, bordeando un barranco en cuyas paredes se aferraban manchones de pinos. Ya estaba cerca de cumplir el objetivo de su largo viaje desde el sur. Delante suyo, como a cien metros, hacía una hora que veía aparecer y desaparecer, según las irregularidades de la orografía, a otro caminante, que supuso peregrinando también a la tumba del apóstol, y pensó en llegar a su altura para, como era usual y lógico entre los viajeros en sitios desérticos, buscar apoyo y ofrecerlo en justa correspondencia. En el recodo de una hondonada, cuando se encontraba sentado en el tosco pretil de un puentecillo de piedra sobre un regato oculto en la frondosidad vegetal, le dio alcance por fin. En un principio bajo la grasienta capucha de su tabardo no pudo distinguir sus facciones, pero tras el primer intercambio de palabras, se contemplaron mutuamente y la sorpresa fue mayúscula: Francisco de Tordesillas, que se había detenido para afianzar las ataduras de sus botas, reconoció al hombre, de sus años en Orán, y a su vez éste, no sin menor sobresalto, lo identificó de igual manera como el marido de Andrea.
El oranés, tras vacilar indeciso un momento, prosigió su camino despidiéndose con frialdad. Era Juan de Morón, hermano de María Márquez, la gran amiga de aquella jovencita maltratada, y declarante ahora en el juicio que el Obispado malagueño seguía contra Francisco de Tordesillas por bigamia.
El día 20 de mayo de 1551 María Hernández pidió formalmente el divorcio; el 22 se hizo la publicación del pleito.
Luis de Figueroa estaba ducho en investigaciones de este tipo, educado como era en el mundo intrigante de la Iglesia, y además lo movía un motor poderoso: la familia Ortiz de Juanguren; y a ésta y en concreto al emigrado Íñigo los movía el desbordamiento del vaso cuya última gota había sido cierta exigencia de Luisa de Rojas en relación con la dote que aportó al casarse con dicho Íñigo; así que el clérigo Figueroa puso en marcha todas sus capacidades en Sevilla en lo que a contactos e informantes se refiere, y al poco tiempo tenía delimitado el campo de actuación, en el Obispado de Málaga. Cuando se creyó con suficientes pruebas, acudió al Alcalde Ordinario de Castilleja, en la ocasión otra vez Juan de Vega (que lo fue antes, cuando la refriega con los Franco y sus esclavos), quien se prestó, como no podía ser de otra forma, a enviar Carta Requisitoria a Málaga con la solicitud del tenaz clérigo: quería éste copia de todo el proceso entablado por María Hernandez contra Francisco de Tordesillas, ya que en él se demostraba fehacientemente que Andrea López, ahora Luisa de Rojas, era casada cuando matrimonió con Íñigo Ortiz de Juanguren. El clérigo expresó como especial condición que la parte de Luisa no debía estar presente cuando las autoridades eclesiásticas malagueñas hicieran la copia, temiendo sin duda algun escamoteo de los autos, y Juan de Vega, fielmente, se hizo eco de la referida condición.
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