martes, 22 de marzo de 2011

Los Juanguren y el espadero 12

Juan Vizcaíno no reflexionaba mucho mientras pergueñaba sus formulismos, tal era la profesionalización que había alcanzado, mediante la cual llegaba a trabajar como una máquina insensible: pero allí, cohibido en aquel caserón y bajo el escrutinio de los allegados del viejo, le venían a la mente y al pulso la timidez e inseguridad de sus años juveniles de aprendizaje.
Escribió, para dar fé de la entrega del manuscrito de don Pedro de Guzmán a Hernando Jayán y de la disposición de éste a cumplirlo:

En Castilleja de la Cuesta, martes 29 de octubre de 1555, ante Hernando Jayán, Alcalde Ordinario, pareció el Señor Diego Ortiz, Alcalde Ordinario, y en presencia del escribano Juan Vizcaíno presentó la Provisión y Comisión del Muy Ilustre Señor Don Pedro de Guzmán, Conde de la Villa de Olivares, arriba contenida, y presentada pidió la cumpla y acepte como en ella se contiene, y vista por el dicho Señor Hernando Jayán, dijo que la obedecía con el acatamiento debido, y la aceptaba y la aceptó.

Y acto seguido, la querella en sí, en la que intervinieron todos menos el querellante, quebrantado como estaba, aunque confiado en que el preso, y con él todos a quienes odiaba —que no eran pocos en Castilleja— iban a recibir, un castigo duro aquél y éstos un serio aviso. Era un lugar común en la época el enfrentamiento entre hidalgos y trabajadores rurales, que en cierta manera y transformado en el conflicto entre la ciudad y el campo —o entre "civilización" y "barbarie"—, ha llegado a nuestros días. En el Libro de los Heredados se echa de ver también esta situación, con los privilegios que sobre posesión de la tierra de Castilleja parecen gozar los sevillanos, según acabamos de ver en el capítulo anterior.

Vizcaíno tuvo que desechar un par de hojas, en parte distraído por lo antedicho, por el recuerdo de su hijito recién nacido y en parte porque los "asesores y consejeros" de Juanguren no acababan de ponerse de acuerdo acerca de la intepretación de lo que farfullaba el debilitado anciano hundido entre gigantescos almohadones bordados. Su pariente Luis Ortiz añadió de su cosecha, agrandándolos cuanto pudo, los pésimos antecedentes que por las deformadoras habladurías populares se suponía que tenía Juan Haldón.

Luego, el dicho Diego Ortiz dijo que se querellaba y se querelló del dicho Juan Martín Haldón que está preso, y dijo que andando este querellante como Alcalde Ordinario de esta Villa anoche lunes en la noche próximo pasado, rondando usando su oficio para tener en pacificación esta dicha Villa y vecinos y moradores, halló cómo el dicho Juan Martin Haldón estaba en la calle de esta dicha Villa, y porque le dijo que se metiese en su casa, que era ya hora, el susodicho le dijo que no quería y que aunque le pesase había de andar por su antojo y hacer lo que él quisiese, y le dijo e hizo otros muchos desacatos, por los cuales y porque siendo como es el dicho Juan Martín Haldón un hombre incorregible y fascineroso, y tiene por costumbre de hacer semejantes delitos y otros muchos delitos y escándalos, y el dicho Juan Martín Haldón se le defendió y resistió y le dio muchos golpes y puñadas y le quebró la vara de la justicia y le hizo otros muchos malos tratamientos y desacatos, de que es digno y merecedor de punición y castigo, porque a otros sea ejemplo, y pidió justicia y juró la querella en forma.

Y luego el Señor Hernando Jayán, Juez de Comisión, dijo que dé información, que está presto a hacer justicia.

Era ya la hora del almuerzo cuando el Juez de Comisión y el escribano dejaron la mansión del viejo Diego para dirigirse a la casa de Alonso Rodriguez de Triana, a fin de comprobar las condiciones de seguridad en que Haldón se encontraba, temiendo lo que ocurría con cierta frecuencia: alguna evasión.

Fé de Prisiones. El dicho martes 29 de octubre de 1555, el Alcalde Ordinario y Juez de Comisión Hernando Jayán, en presencia de Juan Vizcaíno, escribano público de esta Villa, fue a visitar las prisiones que tenía el dicho Juan Martín Haldón para que esté preso y a buen recaudo, como lo manda Su Señoría, y halló que tenía el dicho Juan Martin Haldón entrambos pies metidos en el cepo y una cadena grande y unos grillos de hierro a los pies entrambos con sus peales y chavetas, y echado a la telera del dicho cepo y cabo de la dicha cadena un candado con su llave, y visto por el Señor Juez, dijo que mandaba y mandó a Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero de esta dicha Villa, que estaba presente, que tenga preso y a buen recaudo al dicho Juan Martin Haldón de la forma y manera que ahora lo dejaba y estaba, sin le quitar las dichas prisiones ni algunas de ellas sin licencia de Su Señoría o suyas en su nombre, so pena de 10.000 maravedíes para la Cámara de Su Señoría, y mas todo lo que fuere juzgado y sentenciado contra el dicho Juan Martín Haldón sobre la causa o causas porque está preso, con mas las costas que sobre ello se recrecieren. Testigos, Juan Arias y Juan Sanchez Vanegas.

Mientras escribía Vizcaíno sobre una mesilla destartalada que le proporcionaron, en la puerta de la celda el Alguacil, su mujer, Catalina Hernández, su padre, y algún que otro familiar y vecino, expectantes, no perdían detalle. Juan Haldón se encontraba ciertamente incómodo, sin haber podido mover las piernas, doloridas y rígidas, en toda la noche y la mañana, y su mujer esperaba con impaciencia que Hernando Jayán y el amanuense terminaran para mullirle el colchoncillo que le había proporcionado Ana de Tovar.
La mañana seguía desapacible, con unas rachas de viento del este, seco y enervante, que crispaba a la población. Cuando ya más que ver se imaginaba —debido al espeso velo de nubes— que el sol estaba casi en su máxima altura, se fueron a comer el de la pluma y Jayán, y a descansar un poco. Les esperaba una tarde agotadora y plena de actividad, con los testimonios de los testigos que aportarían los Juanguren sin solución de continuidad, porque nadie estaba dispuesto a hacer esperar al Conde. Hernando Jayán tenía que demostrarle respeto. Aquel pleito prometía ser uno de los más céleres que habían entablado en Castilleja desde que había historia.

Dicha tarde no fue menos agobiante para Catalina Hernández. Antes de que se presentara la autoridad a revisar cadenas y cepo y a poco de que despertara Ana de Tovar, habían llegado los familiares de Haldón con Hernán Diáñez, padre de la dicha Catalina y suegro, por lo tanto, del preso. Diáñez se mantenía mal que bien trayendo pescado desde Sevilla junto al Postigo del Aceite, para venderlo a las amas de casa en la Calle Real fuera del Señorío, libre por tanto de pago de alcábala al Conde de Olivares; cuando se corría la voz de que Diáñez había traído pescado, todas las mujeres acudían, formando un remolino de gestos y risas alrededor de la mula cargada con desde productos frescos del Guadalquivir hasta conservas gallegas.
La hinchazón del rostro del joven iba cediendo. Tras la marcha de Hernando Jayán y Juan Vizcaíno, entre todos contribuyeron a forjar un plan de acción para preparar la defensa de Juan Martín Haldón. Se dieron prisa, y con la misma mula con la que traía el pescado se desplazó el playero, —que así se denominaba por aquel entonces al distribuidor de pescado al pormenor—, a Sevilla, en compañía del Alguacil Alonso a lomos de un borrico.
A regañadientes fueron recibidos por los empleados del Conde en el Alcázar, donde no era muy usual trabajar después del mediodía, pero en cuanto se enteraron de que los Juanguren andaban involucrados y tras la debida información al Alcaide don Pedro, púsose manos a la obra un viejo notario en un despacioso salón ambientado con un gigantesco brasero de bronce rebosando de ascuas, cruzado por sirvientes y ayudantes silenciosos y estirados que traían y llevaban libracos y brazadas de rollos de pergaminos. El viejo de la pluma, a la luz suave de un enorme ventanal que dejaba ver la espesura de un jardín agitado por las rachas de aire, se caló unos anteojos en la punta de la rojiza nariz, y refunfuñando porque con tantas prisas no le dejaban hacer la digestión, mojó la blanca pluma de ganso en el grueso tintero de vidrio y comenzó a recoger la demanda de los castillejeros, demanda que se efectuó en estos términos:

Ilustrísimo Señor: Catalina Hernandez, mujer de Juan Martín Haldón, vasallo de Vuestra Señoría y vecino de su Villa de Castilleja de la Cuesta, como mujer y conjunta persona del dicho mi marido, me querello a Vuestra Señoría de Diego Ortiz, Alcalde Ordinario de la dicha Villa, y digo que el dicho Diego Ortiz ayer lunes, sin causa ni razón alguna, tomó al dicho mi marido y le dió muchos golpes y puñadas y le llevó arrastrando a la Cárcel y le puso tres guardas, siendo como somos pobres y menesterosos1, y dijo que le trajesen una soga, que lo quería ahorcar, y un Luis Ortiz le dió favor y ayuda para ello, y pusieron las manos en el dicho mi marido el uno y el otro, so color de ser Alcalde el dicho Diego Ortiz le hizo gravísimas injurias y malos tratamientos, y le rompió todas sus ropas, por lo cual el uno y el otro cometieron delito y son dignos de punición y castigo2. A Vuestra Señoría pido y suplico mande que se haga la información y se cometa la causa a persona sin sospecha, que la siga, y que mande prender a los culpados, porque yo y el dicho mi marido protestamos de les poner acusación más en forma, y mande soltar al dicho mi marido y quitar de las prisiones que le echó el dicho Diego Ortiz no como Alcalde, sino como su enemigo capital, y quitarle las guardas que le puso, y quitarle la causa, porque le tengo por odioso y sospechoso y como a tal le recuso3, para lo cual imploro el oficio y pido justicia, y protesto las costas y ¿honor? y gastos e intereses, y juro.

1.- Alega que son pobres porque los gastos de salarios de los guardias recaerían sobre el preso y su familia, caso de que, como era probable, fuera condenado. En efecto es una exageración ponerle a Haldón tres hombres de vigilancia, y se deja ver que la intención del Alcalde Diego Ortiz aquella frenética noche era añadirle un castigo suplementario.

2.- Se trataría de un claro caso de malos tratos. El cuadro es fácilmente imaginable, con un preso indefenso e inmovilizado y los dos hidalgos, tras haber desalojado la habitación para evitar testigos, agrediéndolo sin consideración alguna.

3.- También se evidencia la enemistad de Diego Ortiz con el cazador de zorzales en estas líneas, enemistad que, como apuntamos, tenía su origen en la envidia, y en el consabido choque entre foráneos y naturales que también hemos referido.

Después de que el Conde fuera puesto al tanto y de que aceptara la querella*, en posesión de su Requerimiento volvieron el Alguacil y el pescadero, retomando sus monturas que, en la plaza de Armas y entre los caballos de lujosos arreos que esperaban a sus distinguidos dueños, eran objeto de las burlas de un trío de lacayos ociosos, quienes observaban el trajín sentados encima de un elevado poyete. Prefirieron Diáñez y Rodriguez de Triana salir por la Puerta de Jerez para no bregar con el gentío del centro urbano, y enfilando El Arenal al trote atravesaron el puente de Barcas cuando el día moribundo se despedía oscureciendo la cornisa aljarafeña.
Demasiado tarde para presentar al Juez de Comisión Jayán el mandato del Conde, tendrían que esperar a la mañana siguiente —se dijeron—.

* El fundador del Estado de Olivares pensaba en el caso más de lo que solía hacer con todos los que, en gran número, repasaba rápidamente tras echarles un somero vistazo, para delegar en sus subordinados las diligencias a seguir. Ya los criados de Juanguren que vinieron al Alcázar a primera hora de la mañana habían dado a entender que Juan Martín Haldón era "un loco peligroso", y así se lo habían insinuado a él mismo sus dichos subordinados. Y ahora, en la tarde gris e intempestiva, mientras descansaba retirado en sus aposentos, repantingado entre los almohadones de un monumental sillón junto a la crepitante chimenea y saboreando una copa de dulce vino, recordaba a su hermano mayor con tristeza; Alonso Enríquez de Guzmán fue para él un auténtico hermano mayor, protector y comprensivo, siempre dispuesto a atender sus caprichos de niño. Recordaba como difuminadamente los juegos, las expresiones, el haberse sentido afortunado por tener tal hermano, hasta que recibió un choque emocional que significó un nubarrón en la primavera de su existencia y ya para siempre indisoluble y perenne sombra en las restantes etapas de su vida: de la noche a la mañana, incomprensiblemente, sus progenitores lo aislaron del objeto de su cariño de tal manera que a duras penas podía intercambiar siquiera unas palabras con él, a quien tanto quería. Luego, con el paso de los años, comprendió: su hermano Alonso Enríquez había perdido el juicio.

"Su cinismo es irritante, se precia de ser descendiente del rey Enrique II de Castilla, pero no por la vía legítima. Se precia de haber deambulado por Italia en su juventud persiguiendo a Carlos V, que no lo quería ni ver; se precia de haber mendigado disfrazado de judío cuando no tenía para comer. No se sabe dónde, si en la calle o en la corte, es que aprendió el arte de la conversación, era dicharachero y sabía hacer amigos que tuvieran una de estas dos cualidades: riqueza o nobleza. Era buen lector, por tanto, instruido; escribía bien, sabía decir refranes, hacía versos [...] también era pleitista y lo andaban echando de todo lado. Todo lo hacía juicio, bofetada al insolente, duelo de espada. Cuando se descubrió el Perú, el Consejo de Indias le prohibió venir a los nuevos territorios, porque para entonces ya tenía bien ganada fama de alborotador. Pero logra embarcarse [...] Aun así era cobarde [...] cuando los indios cercan el Cuzco escribe que "tenía bien liado mi oro, plata y ropa", para correr primero, si el caso llegara [...] De regreso a España hizo escala en México y se dio el lujo de hacerle una exhibición al mismísimo Hernán Cortés del menaje en oro y plata que se llevaba: tinajas, cubiletes, estriberas, collares y cuentas; y, sin duda, muestras de la finísima textilería de vicuña inca. Hernán Cortés por la tinaja más grande le pagó mucho dinero y, además, lo invitó a La Habana con todos los gastos pagados [...] "Caballero noble desbaratado", como cínicamente se auto nombra." ( Alonso Enríquez de Guzmán, el albacea de Almagro. Poesía del honor y lenguaje procesal del siglo XVI. Óscar Coello. Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Lima. Perú.)

[...] tuvo el acierto de retirarse de la política y escribir una obra autobiográfica que tituló "El libro de la vida y costumbres de don Alonso Enríquez de Guzmán, caballero noble desbaratado" que conoció gran fama en su tiempo y la gente leyó con avidez por contener episodios y acontecimientos raros ocurridos en las Indias referidos con gracia y desenfado, con un humorismo cínico, sentimental y desvergonzado para contar las debilidades del autor, pero al mismo tiempo con un concepto humorístico y elevado de la literatura [...].
También se ha dicho que esta novela cronológicamente antecedió en veinte años a otros escritos parecidos que abrieron las puertas del siglo de oro de la picaresca española, como el Lazarillo de Tormes por ejemplo. (Rodolfo Pérez Pimentel, Guayaquil, 1.939, Historiador y Biógrafo del Ecuador, Cronista Vitalicio de su ciudad y Miembro de la Academia Nacional de Historia.)

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