martes, 12 de abril de 2011

Los Juanguren y el espadero 15

La mañana del Día de los Difuntos, con sol a ratos y grandes nubes altísimas y blancas, la pasó Alonso de Trujillo renqueando entre los enterramientos en la iglesia de Santiago, colocando algún ramillete de flores, enderezando alguna cruz, limpiando alguna telaraña parsimoniosa y ritualmente, imaginando que así colaboraba con Dios en hacer que la estancia de sus allegados en la Gloria fuese más pura, más inmaculada, tal era el estado mental a que lo habían conducido los años y los disgustos, los sermones y las doctrinas.
Se le acercó un momento don Rodrigo de Cieza, surgiendo fantasmal del rincón más tenebroso de la nave mayor, siniestra y subrepticiamente como para regodearse comprobando el alcance destructor que su obra ideológica había ocasionado en aquella mente ya senil.
—Dios os guarde, señor Alonso.
El anciano volvió la cabeza destocada, apenas con unos mechones de canas. No fué de la inmensa mayoría de los que copiaron el corte de pelo que Carlos V importó de Europa, y peinó siempre una larga melena castaña, derramada por hombros y espalda, pero ahora su cabeza era un erial desagradable y costroso. Parecía, interrumpido por el religioso, un pájaro desorientado, derribado súbitamente de la elevada abstracción de sus pensamientos.
—Buenos días, padre —articuló con voz quebrada.
—He sabido que el señor Hernando Jayán vuelve a ser Juez en los autos contra Haldón el zorzalero.
—¿Cómo dice vuestra merced, padre? —inquirió Alonso abriendo al máximo la boca desdentada y con un brillo de imbecilidad en sus mortecinas pupilas*. Le temblaban las manos mientras sostenía un florero de hojalata oxidada.
Don Rodrigo desistió. Le dió un par de palmaditas fraternales en la huesuda chepa y se despidió de él.
El viejo Alonso tenía idea de visitar acto seguido el hogar donde balbuceaba regurguitando leche su nuevo nieto, con la esperanza de que no le impidieran, entre su hija y su yerno, padres de la criatura, tenerlo siquiera un momento en brazos.
Tuvo suerte: su hija Mencía estaba de buen humor tras dar de mamar a Juanito, y su yerno el escribano, ajeno a todo —ni siquiera le devolvió el saludo—, dedicaba su atención a un libraco a la luz ora brillante ora tenue que penetraba por la ventana.
Ya a estas alturas el lector habrá adivinado quiénes eran los felices progenitores; en efecto, Juan Vizcaíno, escribano público y del Concejo de la Villa de Castilleja de la Cuesta por el Conde de Olivares su señor, era el esposo de Mencía de Trujillo y ésta, la persona que más quería en el mundo el viejo Alonso, dejando aparte a su nietecito.
Mas, ¡ay!, la fortuna, el destino o lo que quiera que sea que rige nuestras vidas, si alguna regencia es posible o concebible, hizo con un helado soplo que aquella nube de felicidad y paz en que se asentaba dicho hogar se disipara sin dejar rastros. Faltando poco para la entrada del invierno de 1559 hubo en La Plaza una subasta para alquilar los bienes heredados por dos niños que habían perdido a sus padres y a su abuelo**. Juana y Juan eran tan pequeños que olvidarían pronto hasta los rasgos faciales de sus antecesores.

* Quizá el lamentable estado del carcamal explique, al menos en parte, que Catalina Hernández no siguiera adelante con la recusación a Hernando Jayán. Designar a un anciano demenciado como Juez de Comisión sólo podía comprenderse como una broma sarcástica de un Conde de Olivares desconsiderado y burlón con sus súbditos menos pudientes.

** El acta de la almoneda nos informa de que el 12 de noviembre de 1559 (cuatro años después del altercado Juanguren-Haldón) se remató en la Plaza el arrendamiento de los bienes de de Juana y Juan, menores hijos y herederos de Juan Vizcaíno y de Mencía de Trujillo, su mujer, difuntos, y nietos y herederos de Alonso de Trujillo, difunto. Actuó Alonso Martin, pregonero del lugar de Bormujos, y dió fé de todo ello el nuevo y flamante escribano Miguel de las Casas. El tutor de los menores es Garcia de las Cuevas.
La heredad tiene viña, lagar, casa y huerta, bodega, vasija y todas sus pertenencias en esta Villa, y otras viñas en los términos de Camas y Valencina, —en total nueve aranzadas más o menos—. La almoneda fue para arrendar la heredad durante un periodo de cinco años, y aparecieron como pujadores Hernando Jayán, ofreciendo 12.000 maravedíes anuales; Francisco Aguilar, 20.000; de nuevo Hernando Jayán, 24.000; y Francisco Aguilar, 25.000. Se suspendió el remate hasta el domingo siguiente, 19 de noviembre. Apareció entonces Alonso Miguel, obligado de las carnicerías públicas de la Calle Real, que ofertó 26.000 maravedíes; respondió Francisco Aguilar con 27.000; pujó Juan de ¿Jerez?, vecino de Sevilla, con 28.000; Francisco Aguilar respondió con 29.000; y Juan de Jerez se la adjudicó elevando la oferta hasta los 30.000 maravedíes, contra los que nadie quiso o pudo optar por superar.
Existió —anotamos marginalmente— una familia apellidada Hernández Vizcaíno en la Castilleja de aquellos años, cuyo vínculo si lo hay con el escribano Juan esperamos que surga en la próxima documentación a estudiar.
En cuanto a la heredad de la parejita de huérfanos, vemos que consistía en bienes de superior cuantía. Sin duda que Juan y Mencía mejoraron lo que ellos por su parte pudieran haber heredado de sus mayores, pero es el abuelo el que plantea algun dilema al respecto: acostumbrábase a escribir el nombre propio "Alonso" abreviado con una A mayúscula, una l y una o volada, Alº; con el nombre "Juan" se hacía otro tanto, usando en este caso una J, Jº, por el antiguo Joan; y es el caso que un Juan de Trujillo consta en el Libro de los Heredamientos que el Comendador Alonso de Esquivel manejaba (ver "Los Juanguren y el espadero 11", entrada de marzo de 2011); muy probablemente se trata de la misma persona, cuyo nombre ha sido confundido por una mala lectura.

Y ahora, quizá pecando de brusquedad en el cambio de tema, terminamos este capítulo con unas consideraciones acerca del oficio —porque eso era entonces, e incluso sigue siendo hoy en día— de cazador de zorzales, consideraciones que nos han de hacer recordar a Juan Martín Haldón aprisionado también como un pájaro, en casa de Alonso y Ana.
Si el ahora reo hubiese podido disponer de los modernos medios de observación que disfrutamos en la actualidad, cuales son unos buenos prismáticos y un bagaje teórico adecuado, se habría explicado esa extraña impresión que desde niño le producía la agresiva batalla aérea que, cuando un ave ajena a la colonia invadía el espacio propio de los zorzales autóctonos, desarrollaban entre estridente piar y vuelos de embestida los machos del grupo, especialmente en época de cría. Juan Haldón siempre pensó, viendo la guerra a lo lejos, en la altura, que las aves que eran su medio de vida y sustentaban a su familia atacaban con las garras y los picos, e incluso, con la sugestión de su engaño, creía ver flotando alguna pluma desprendida en los encontronazos.
Nada más falso. Los zorzales bombardean con sus propios excrementos a los intrusos plumíferos que quieren neutralizar, impregnándolos de sustancias oleaginosas que les impiden desenvolverse en el aire. Así que este sistema de dejar caer sobre las alas del enemigo tal materia, ácida y maloliente, escapaba de las observaciones de nuestro castillejano. En contrapartida, Martín Haldón tenía bien documentado el sistema que utilizan los pintados pájaros para romper la concha de su alimento preferido: el caracol. Allá donde veía, junto a una piedra del camino, un tocón de árbol o la base de un muro, un montoncito de fragmentos de conchas, podía asegurar que los zorzales andaban cerca; en efecto, contra estos "rompederos" el pájaro destroza el duro e indigesto recubrimiento de su manjar.
Luego está el canto, armonioso e inspirador de poetas. Los zorzales se crían en Europa del este, y con los primeros fríos se dirigen en grandes bandadas a las zonas más cálidas del sur, entre las que se encuentra Andalucía. Se creía que hacían estragos en las cosechas, pero a decir verdad, compensan con creces el daño por la limpieza que llevan a cabo en los campos de toda clase de orugas e insectos dañinos.
El método de captura que practicaba Haldón era el de chifle, el más común en la época. En sentido estricto, el chifle es un silbato que imita el canto del zorzal, atrayéndolo hacia la trampa, que en el caso que nos ocupa consistía en un pegamento llamado "liga" que se huntaba en las ramas de algún árbol familiar a la colonia, quedando así los animales, al posarse en ellas, adheridos por contacto*. Los chifles con los que Juan engañaba a sus presas eran de latón, y probablemente de esta clase eran los dos que dijo que llevaba en su zurrón cuando recaló en la taberna-posada de La Plaza la noche del escándalo y la subsiguiente pelea con Diego Ortiz de Juanguren.
Lo que ocurre es que todo parece indicar que el término "chifle", al menos en nuestra localidad, poseía un significado más amplio que el que documentan las obras de referencia al uso**. Así lo constatamos en los protocolos notariales, en los que, por ejemplo, se habla de chifle junto a árboles frutales, dando a entender ser otro árbol: "... en la esquina de la viña hay cinco higueras, dos naranjos y un chifle..."; y también "... Fulano arrienda a Mengano un chifle ... " que sugiere que el objeto del contrato es un lugar o puesto de caza; o incluso "... cortar las ramas de un chifle ..." y "... podar un chifle ... ". En algún lugar lo hemos leído identificado como encina***.
Por otra parte, abundaba en la terminología alixareña el verbo "chiflar", igualmente con un sentido más extenso que el de meramente soplar el reclamo. Se trataría "ir a chiflar o ir al chifle" de "ir a cazar zorzales", y en algun documento, del acto ya referido de podar o cortar las ramas del árbol que serviría de puesto.
Añadiremos que esta actividad está prohibida en nuestro tiempo, debido al peligro de extinción que se cierne sobre el turdus philomelos. En estos días pueden leerse en la prensa noticias sobre detenciones, multas y denuncias a cazadores furtivos que ejercen esta práctica****.
El antiguo pito zorzalero ha evolucionado hasta convertirse en un sofisticado artilugio digital que se puede adquirir en Internet por un precio que ronda los 80 euros; consiste en un aparato del tamaño de un teléfono móvil con una pantallita que ofrece un menú de cantos de varias clases de aves, para elegir el que convenga. Entre ellos, el armonioso gorjeo del zorzal. Pero probablemente a nadie llegue tan profundo como a Haldón llegó la música de estas aves. Le hablaban, reían con él, lo retaban y, en ocasiones, con sus gorgoritos le contaban sus cuitas, y el cazador soñaba con ellas de día y de noche, y con sus fraseos limpios había construido un universo linguístico interior que soportaba mucha de su filosofía vital. "El zorzal —decía en sus ratos de inspiración— tiene en el buche las claves de Dios", y sus contertulios lo miraban con reprobación, temiendo cercanos oídos inquisitoriales; "como a un volátil vos han de asar los señores", le avisaban.

* ...tenía, además, mil otras habilidades. Era gran ginete y desbravador; con una escopeta en la mano, ponía la bala donde ponía el ojo; preparaba como nadie un arroyo con esparto y liga para coger jilgueros; tocaba divinamente el chifle debajo de un olivo para que acudiesen los zorzales y se quedasen ahorcados en la percha. ("Mariquita y Antonio", de Juan Valera).

** Chiflar, verbo transitivo. Cazar zorzales en la "chifla" (época de otoño e invierno propia para cazar zorzales con reclamo). Tesoro Léxico de las Hablas Andaluzas. Alvar.

*** En estos versos de la reconocida poetisa argentina Teresa Parodi, "...Vuelan los lazos, canta el pial, y un chifle en llamas para incendiar, la volteada en el palmeral... (de Viejo Narciso), parece haber reminiscencias del chifle como vegetal, aunque nos ha sido imposible documentarlo con más detalle en Latinoamérica.

**** Más de cien vecinos de Adamuz (Córdoba) se concentraron ayer ante el Ayuntamiento para exigir la legalización de la caza del zorzal mediante la denominada técnica «chifle», en la que se utiliza un reclamo mecánico. ABC, 16 de noviembre de 2010.
El Seprona cierra el operativo 'Chifle' con 30 denuncias por caza furtiva. Los agentes han intervenido 420 aves muertas de distintas especies, entre las que destacan zorzales, petirrojos, lavanderas, currucas y papamoscas, entre otros. El Día de Córdoba, 2 de marzo de 2009.
La Guardia Civil, a través del Equipo del SEPRONA, estableció un dispositivo de servicio orientado hacia la zona del paraje "Casa de Cebadillas", con el que se logró detectar sonidos que al parecer eran emitidos por un reclamo mecánico de zorzal, una modalidad conocida en la zona del Alto Guadalquivir como "Chifle". Diario de Córdoba, 24 de octubre de 2008.

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