martes, 13 de diciembre de 2011

Los Juanguren y el espadero 28


Recalquemos una consideración de extrema importancia en Historia. Que la capacidad de la escritura como herramienta para expresar las complejidades de los actos de los hombres y de las sociedades es mínima, se comprende y acepta por todos, aunque no se proponga abiertamente como dogma indestructible. Así, cualesquier utilización de dicha escritura debe tener en cuenta que propiciará la emergencia de la punta del iceberg de los acontecimientos pasados, pero no más, y que la gran masa restante de ellos permanecerá oculta. Lo cual alimenta posiciones simplistas, que por medio de fórmulas manidas pretenden ofrecer resultados que no dejan de ser falaces por eso mismo, por simples. Muchos investigadores, si no todos, se ven compelidos a aportar frutos, ya sea por coacción de las instituciones a las que pertenecen, ya sea por puro amor propio, por mantenimiento de estatus o por orgullo mal entendido.
El ejemplo mas ubicuo de posición simplista lo tenemos en la extendidísima aserción de que "el hombre del Siglo de Oro era profundamente religioso". Con tal fórmula expeditiva se pretende solucionar todos los enigmas que el alma humana pretérita presenta, y por ende, parecer y aparecer clarividente, cuando en el fondo tal afirmación demuestra un completo fracaso interpretativo.
Porque delegar de un plumazo, en un supuesto Supremo Hacedor, todos los pensamientos, emociones, resortes, vericuetos, motivaciones, impulsos, actos, hechos e ideas de nuestros antecesores es eso a la postre: la confesión de la propia impotencia, el "eso viene de Arriba", el "Dios proveerá", etc.
Sin pretender agotar, ni mucho menos, esta problemática que entronca con la relación entre realidad y escritura, mas de tinte filosófico, recordaremos a la profesora portuguesa Rita Marquilhas en su aporte al Simposio Internacional "Escribir y leer en el siglo de Cervantes", celebrado en Alcalá de Henares del 17 al 20 de noviembre de 1997 y organizado por el Centro de Estudios Cervantinos y la Universidad de Alcalá. En su ponencia titulada "Orientación mágica del texto escrito" apuntó certeramente, exhortando a que "... intentemos conceder a las sociedades de las épocas que nos precedieron el derecho a ser tan complejas como lo son en la actualidad las nuestras". Pero reconocer a priori la complejidad de las nuestras implicaría, para muchos eruditos, apearse de sus pedestales académicos desde donde alardean de intérpretes de los arcanos; siendo así que lo único que engendran es frustración, porque propician la continuidad de la aberración que nosotros, con nuestros reduccionismos, sometemos a nuestros antepasados. Los historiadores del futuro, según este modo, no verán en la sociedad de los siglos XX y XXI mas que a los energúmenos consumistas que envenenaron agua, tierra y aire y que fueron artífices de las guerras más cruentas que se conocen, de la misma manera y correspondencia que nosotros vemos, en los tiempos de Carlos V, a labriegos ignorantes, clérigos obcecados, burgueses cerriles y militares despiadados.
Valga todo lo dicho como aproximación al intento de responder a la pregunta ¿cómo leer historia?.
Los escribanos de Castilleja que hemos venido conociendo, Bernardo de Ulloa, Juan Vizcaíno, Miguel de las Casas, Hernando de las Cuevas, ameritan que se les considere desde esta óptica amplia. Concedámosles que trabajaron con todas las reservas y sin pretender en modo alguno reflejar como espejos perfectos los acontecimientos físicos y mentales que en sus vidas se les presentaron.
Y como hemos tocado el tema religioso y, por alusión, el mágico, admitamos con generosidad que las creencias supersticiosas que la historia académica endilga a aquéllos está hecha de la misma materia que las creencias religiosas que hoy en día —¿se endilga?— mueven a pueblos enteros en la faz de la tierra: igual de psicóticos, indiferentes, reflexivos, masoquistas, estetas, hipócritas, fanáticos, emotivos, prácticos, analíticos, superficiales que nosotros, fueron ellos ante los asuntos sobrenaturales.
Con estas consideraciones, volvamos la vista a un Hernando Jayán afanoso como cazador acosado.

Y después de lo susodicho (recuérdese que estamos en el lunes 4 de noviembre de 1555, aproximadamente a mediodía), en dicho día, mes y año el dicho Señor Hernando Jayán, Juez de Comisión, hizo por la dicha razón la información de testigos siguientes:

Testigo, Juana Gonzalez, mujer de Bartolomé Hernandez*, trabajador. Siendo preguntada que si sabe o vió quién soltó al dicho Juan Haldón de la Cárcel y le quitó las prisiones y le dió la llave, dijo que so cargo de su juramento no vió ni sabe cosa alguna; fuéle preguntado que si ha visto que la mujer del dicho Juan Haldón u otra persona alguna entrase hoy dicho día en la Cárcel, dijo que esta testigo entró esta mañana en la Cárcel y vió cómo estaba almorzando (sic) el dicho Juan Martín Haldón preso, y estaba allí con él Catalina Hernández, mujer del dicho Juan Martín Haldón, e Isabel García, viuda vecina de esta Villa, y Ana de Tovar, mujer del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil y Carcelero, y desde a un poco vió esta testigo cómo salió de la Cárcel la dicha Ana de Tovar, mujer del dicho Alonso Rodriguez de Triana, Alguacil, y llevaba una escalera de madera en el hombro, y esta testigo le preguntó que adónde llevaba la escalera, y le dijo que la llevaba a casa del Viejo de la Plaza, y que no vió si salieron las dichas Isabel Garcia y Catalina Hernández tras de la dicha Ana de Tovar, o si se quedaron en la Cárcel, y luego esta testigo se salió de su casa y se fue al Camino Real, a comprar una col, y vino y guisó la olla, y en esto pasó buen rato, y desde a un buen rato vino a casa de esta testigo María, hija de Catalina López, viuda, niña y nieta de esta testigo, y estuvo un poco con esta testigo, y desde a un poco la dicha niña entró en el palacio del dicho Alonso Rodriguez donde estaba preso el dicho Juan Martín Haldón, y salió y dijo: "Señora, no está aquí Juan Martín Haldón preso, sino su cama no más", y como esta testigo oyó decir a la dicha niña que no estaba en la Cárcel el dicho Juan Haldón, entró en el dicho palacio y vió cómo no estaba preso el dicho Juan Haldón, y vió que estaban allí las prisiones y las llaves metidas en el candado, y vió cómo estaban sanas las prisiones, y no halló en casa del dicho Alonso Rodriguez, Alguacil, persona alguna, y luego esta testigo salió a la puerta de la calle, y dijo a Leonor Sanchez, mujer de Francisco Fuerte, que no estaba en la Cárcel el dicho Juan Haldón, y que si había visto a Ana de Tovar, mujer del dicho Alguacil, y la dicha Leonor Sanchez fué la calle abajo a llamar a la dicha Ana de Tovar, mujer del dicho Alonso Rodriguez, Alguacil, y luego desde a un poco vió cómo vino la dicha Ana de Tovar dando voces y llorando, y que no sabe otra cosa; fuéle preguntado quién alzó el hato del dicho Alguacil y lo sacó de su casa, dijo que como la dicha Ana de Tovar** halló cuando vino que era ido el preso, comenzó a pasar el hato que tenía en su palacio a la Calle Real, por la huerta de Juan de Torres; fuéle preguntado que quién le ayudaba a pasar el dicho hato, dijo que unos niños, dos niñas de Juan de Vega que le llaman la una Marina y la otra Catalina, y una negrilla de doña Isabel Cataño que se dice Juana, y otros muchachos que no miró quien eran, y que no vió otra cosa, y esta es la verdad. No firmó.

* Juana Gonzalez y Bartolomé Hernández ofrecen cierta dificultad de identificación a estas alturas. En "Los Juanguren y el espadero 22", noviembre de 2011, Bartolomé Hernández y Juana García, vecinos del Alguacil, quedaron como depositarios de los bienes embargados a éste. Los escribanos solían abreviar los apellidos más comunes con un garabato parecido a una letra mayúscula que, en el caso de Gonzalez y García, es similar. Muy probablemente las dos Juanas sean una persona, antes receptora de los bienes y ahora llamada a testificar. En cuanto a Bartolomé Hernández su marido, otro Bartolomé Hernández figura en las crónicas del pueblo de estos años, de segundo apellido Vizcaíno y casado con una tal María "La Rubia". Si es el mismo, viudo y vuelto a casar, sólo los próximos documentos a transcribir nos lo aclararán. Pero lo más importante es que, como vamos a ver de inmediato, este Bartolomé Hernández marido de Juana Gonzalez/García, es nombrado para nuestra sorpresa como hermano del Alguacil Alonso Rodriguez de Triana. Lo cual explicaría que vivieran en vecindad en casas aledañas.

** Después de este presuroso salvar del embargo todo lo que pudiese, Ana de Tovar se escondió, como ya hemos referido, huyéndo al interrogatorio de Hernando Jayán.
Es un vertiginoso caleidoscopio de idas y venidas lo que nos narran esta testigo y los siguientes, pero todo sugiere que los allegados de los prófugos, testigos incluídos, no pretendían otra cosa que confundir y desorientar a las autoridades para proteger a los ocultos en el río Repudio de un castigo que, con un poco de suerte a favor del acusador Juanguren, podía consistir incluso en varios años encadenado a un remo en las galeras del rey.

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