sábado, 25 de febrero de 2012

Los Juanguren y el espadero 37a


1558 fué un año que vió, además del tránsito al otro barrio del Emperador Carlos V el 21 de septiembre en Yuste, en Castilleja de la Cuesta una serie de hechos luctuosos, funestos, paralelos al de la muerte de Diego Ortiz a manos de Bernardo de Oliver. Que estos acontecimientos influyeron unos en otros y todos en el general desarrollo de la vida social del pueblo está fuera de toda duda. Otra cosa es dilucidar las complejísimas vinculaciones, los oscuros refuerzos, las misteriosas causas, las veladas etiologías que relacionan a sus actores y protagonistas, tarea titánica encomendada a unas ciencias sociológicas que, aún hoy, con los extraordinarios adelantos investigativos, distan mucho de lograr describir, someramente siquiera. Porque el ser humano sigue siendo el enigma que siempre ha sido, y en su perspectiva de animal comunitario, enigma elevado a la máxima potencia. Y parece como si —para desesperación de investigadores— la acumulación de datos históricos no hiciese más que aumentar y oscurecer esta problemática, en vez de disminuirla y aclararla.
Cuando en aquel verano el espadero arribó a la Villa, coincidió con un alixareño que, a su vez, recién regresaba de cumplir otra deportación por el mismo montante de meses: cuatro. Dándose la circunstancia de que este último, llamado Francisco Ruiz, actuaba como mesonero en nuestra ya conocidísima fonda de la Plaza, tuvieron ocasión los dos hombres de comunicarse y compartir experiencias, habida cuenta de que Bernardo era asiduo visitante del referido local, al cual acudía normalmente en compañía de su nuevo amigo el pajarero Juan Martín Haldón.
Francisco Ruiz estaba casado con Catalina Ruiz, y hacía poco tiempo que la pareja se había hecho cargo de la servidumbre de la hospedería. Recordemos que cuando tuvo lugar el lance entre el viejo hidalgo Diego Ortiz y el zorzalero, tal menester lo desempeñaba el matrimonio formado por Juan García e Isabel García, pero ya en este año que nos ocupa emerge esta Isabel como viuda, imaginándonos que, falta de fuerzas, se vió obligada a contratar a auxiliares para llevar adelante el negocio; de ahí que surgan ahora en nuestra historia los Ruiz, Francisco y Catalina.
Isabel "la de la Plaza" —como era conocida por el vecindario— seguía habitando la amplia casa como administradora, ejerciendo labores de supervisión.
Prontamente estuvo enterado Bernardo de Oliver del motivo del ostracismo de Francisco Ruiz, acaso referido por él mismo en las largas veladas alrededor de la mesa de juego. El origen del castigo se dió una desapacible noche de invierno, con ráfagas de furiosa lluvia golpeando el ventanal del establecimiento. Aquel viernes 28 de enero, a la hora de la cena, la joven hija de Sebastián de Contreras*, envuelta en gruesa toca y jadeante por la carrera bajo el aguacero, se presentó en el comedor del mesón requiriendo a la cocinera Catalina unas sardinas de parte de su madre, para cenar. Al parecer hubo un malentendido, no sabemos si en el cambio que recibió la muchacha tras abonar el pescado, o si jugó parte principal en él cierta cantidad de maravedíes que, de antiguo, Contreras adeudaba a los mesoneros. Lo cierto y verdad es que la chica volvió a su casa quejosa y contrariada hasta tal punto que su madre, ni corta ni perezosa, sin informar a Sebastián y desafiando el mal tiempo, tomó la resolución de ir a pedir explicaciones a la Ruiz.
Volvió con el rabo entre las piernas, valga la expresión, y no menos frustrada que había vuelto su hija. Presa de un ataque de nervios, vociferaba la mujer de habitación en habitación, hasta tal punto que el cabeza de familia, armándose de la espada y revuelto con la capa, acudió a la posada con ánimo de exigir explicaciones de aquel desaguisado cometido sobre la persona inocente de su queridísima niña, luego sobre su esposa, y por ende, sobre lo más delicado de su propio honor. Catalina Ruiz se enfrentó al torbellino airado que apareció bramando en la fonda con mucha entereza, sin perder las formas y con la laudable intención de calmar los ánimos y evitar, sobre todo, que las voces llegaran a oídos de su marido, quien dormitaba en una alcoba continua tendido a lo largo de la humilde cama matrimonial.
El indignado padre, a pesar de ello, no pudo ni quiso reprimir los insultos ni controlar el lenguaje, dejando de piedra a cuantos cenaban pacíficamente en las mesas dispuestas alrededor de la chimenea. La cocinera razonó lo que pudo, en la escasa medida en que la arrolladora ira de Sebastián se lo permitía, pero ello no obstó a que Francisco Ruiz, apercibido del escándalo, saltara del lecho y, echándo mano a su acero, colgado a la cabecera, saliera al salón dispuesto a defender hasta con su vida a la amada compañera. Cayeron al suelo algunas sillas cuando el miedo hizo que los comensales se enderezaran automáticamente, apartándose del terreno de lucha a lugares más seguros; de inmediato llovieron los mandobles y puntazos con la misma violencia que llovían las aguas fuera, en el ágora pleno de negrura, y al poco del frenético baile Contreras dió un grito inclinándose y soltando su arma. Todos advirtieron que su antebrazo derecho comenzaba a impregnarse de roja sangre, ante lo cual interrumpióse el combate. Era la señal de la transgresión, del rebasamiento de la línea que marcaba el espacio de una disputa íntima, de una riña doméstica de sencilla solución. La aparición de sangre traía sobre las cabezas de todos los presentes, sin remisión, todo el pesado e ineludible aparato de la justicia.
Que no tardó en hacer acto de presencia. Malhumorado por lo intempestivo de la hora y por la inclemencia meteorológica, el Alcalde Ordinario Lorenzo Sánchez dispuso el encarcelamiento del posadero, e instó a todos los presentes a prestar declaración el siguiente día a primera hora. A Sebastián se le hizo una cura casera para cortarle la abundante hemorragia —todavía no figuraba en el pueblo un médico fijo—, tras la cual, todos se fueron a dormir.

* Sebastián de Contreras fué Alguacil el año anterior, 1557, actuando en el conflicto entre los Franco y el Alcalde Ordinario Juan de Vega ("Los esclavos 24 y 25", marzo de 2009). Y el siguiente año, 1559, fué Regidor en el Concejo. Importante es destacar que su esposa estaba en avanzado estado de gestación cuando fué a defender a su hija al mesón por el asunto de las sardinas, lo que en parte explicaría el talante reconciliador de la mesonera:
En lunes 7 de marzo de 1558 bautizó Rodrigo de Cieza a Paula, hija de Sebastian de Contreras y de Catalina de Contreras. Fueron sus compadres Diego Ortiz [de Juanguren], Francisco de Contreras Alcalde [desconocemos por ahora si tenía parentesco con Sebastián] y don Pedro Ponce de León. 
Quizá a la preñez se debió la desaforada reacción que tuvo aquella noche, cuando le faltaba solamente algo más de un mes para dar a luz.
Pero hay más, en un pleito contra un tal Cristóbal Miño por hurto de ropas en el pueblo del que daremos cuenta, por que el sabemos que "El miércoles día 4 de mayo de 1558 [un mes después de traer al mundo a Paula] el denunciante presentó por testigo a Catalina de Contreras, mujer de Sebastián de Contreras, la cual dijo que lo que sabe es que estando en la casa de Leonor de Valencia dijo esta testigo: " cuidad, que me parece que la ¿chaqueta? que trae Cristóbal Miño al paño de la saya que me faltó", y que lo que más le preguntan no lo sabe, por el juramento que tiene, y dijo que es de edad de 30 años poco más o menos y que no le tocan las generales; no lo firmó. Testigos, Francisco de Aguilar y Miguel de las Casas.
Luego vinieron más hijos: En domingo 1 de junio de 1561 bautizó don Rodrigo a Isabel, hija de Sebastian de Contreras y de Catalina Hernandez [otro apellido, pero la misma persona]. Padrinos, el señor Diego de Molina, Fiel y Ejecutor, y su mujer Isabel de Molina y su hija doña Gregoria, y Pedro de Valderrábano, todos vecinos de Sevilla. En domingo 10 de febrero de 1566 bautizó Balboa a Sebastian, hijo de Sebastian de Contreras y de Catalina de Contreras. Padrinos, Juan ¿Hernandez? y Beatriz Paez, vecinos de Sevilla.

El sábado 29 bien temprano —había llovido sin solución de continuidad durante toda la noche y seguía lloviendo con más o menos fuerza— el Alcalde Ordinario tomó declaración en la Cárcel al posadero preso. El martes 1º de febrero Sebastián de Contreras presentó en forma la acusación, expresando que el dedo pulgar correspondiente a la mano del brazo herido le había quedado paralizado hasta el punto de temer no poder desempeñar su oficio —era podador—; pidió 30 ducados a cuenta del dinero que se había gastado y se iba a gastar en dietas y medicinas y en honorarios a médicos y cirujanos, mas otros 50 en conceptos que hoy se denominarían daños morales e indemnización por la pérdida de jornales. Pero luego —la mejor defensa es el ataque— hubo de defenderse de la acusación que, a su vez, los Ruiz le habían puesto, hasta que el lunes 7 de febrero "perdió la querella", expresión que como vimos en ocasiones anteriores significaba que perdonaba a sus agresores, merced a ciertas compensaciones que de ellos había recibido. Ya sabemos también que, a pesar de las pérdidas de querellas, los pleitos continuaban, llevados implacablemente por las Justicias hasta sus conclusiones y dictados de sentencia, por lo que apenas significaba nada el hecho de recibir un perdón, puesto que la Autoridad nunca lo otorgaba. En efecto, el Alcalde Ordinario Lorenzo Sánchez siguió con los autos y dictó sentencia el lunes 14 de aquel lluvioso mes de febrero, y por ella Francisco Ruiz se vió obligado a abandonar el territorio castillejano del Conde don Pedro de Guzmán durante 4 meses.
Apliquémosle lo que sobre destierros y justicia comentábamos en el capítulo anterior, y podremos con todas las de la ley imaginarlo desempeñando una vida casi normal en las faenas del mesón, mientras Lorenzo Sánchez hacía la vista gorda. Aunque en este caso específico, dada la proximidad vecinal de víctima y sus partes y victimario y las suyas, ejerciendo presión durante las veinticuatro horas del día aquéllos sobre éstos, es probable también que el espadachín Francisco no osara mostrarse mucho en público por la Villa, incluída su Calle Real, hasta cumplir lo mandado por el Alcalde y aplacar, si no en el fondo sí en la forma, el perjuicio causado a su paisano.

En el próximo capítulo transcribiremos con la fidelidad acostumbrada toda la documentación que obra al respecto, trabajo no estéril porque nos permite estudiar y comentar detalles y descripciones, giros del vocabulario, expresiones realistas —en tanto que proferidas por los protagonistas, en la mayoría de las ocasiones todavía sometidos al estrés emocional de las escabrosas escenas—, y otros muchos aspectos que sólo las "fotografías literales" que elaboraban los escribanos frente a los testigos pueden proporcionar.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...