martes, 27 de marzo de 2012

Los Juanguren y el espadero 37e


Inmediatamente después de agredir a Catalina García, el portugués Vasco Díaz decidió escurrir el bulto durante unas horas escondido en una pequeña viña que poseía en término de Castilleja de Guzmán. Hacia allá marchó, todavía acalorado por el esfuerzo contra su vecina, y llevando al hombro el lanzón con el que estuvo a punto de atravesarla. Pensaba volver de noche, cuando las cosas se hubieran calmado en el pueblo. Llegó al camino de Albarjáñez, la vista clavada en el manto florecido que cubría la tierra, y enfiló un senderillo apenas dibujado entre un campo de trigo joven. Los jaramagos amarilleaban en las extensas ondulaciones, interrumpidos por manchones de espesas amapolas y por orlas de azuleas y albos narcisos, de campanillas moradas recien florecidas junto a las delicadas flores de las malvas, de lozanas margaritas y de camarrojas airosas, festones abigarrados que hacían pensar en una obra artificial de jardinería más que en los designios aleatorios de la Naturaleza.
En lontananza al sureste las moles de la sierra gaditana con sus faldas de niebla blanca, precedidas por el mogote calizo de Morón de la Frontera, cuyas cicatrices producidas por los picapedreros se dejaban ver blanquecinas a la luz del temprano sol, dejaron en el espíritu reseco del caminante una tenue remembranza de melancolía, rápidamente ahogada por su propia personalidad y por los problemas que le asediaban aquel día.
Vasco, en su aspecto y andares, se asemejaba a un muñeco de titiritero. A la puerta de la treintena, alto y desmañado con torpes movimientos de autómata como si su sistema muscular se activase por impulsos y desconexiones más que por una corriente nerviosa fluida, producía repulsión y miedo. A esta impresión contribuía su rostro, en el cual los ojos negros, muy abiertos y fijos, parecían, más que reales, pintados torpemente con basto pincel en su cara de textura de madera. La mandíbula, enorme y de escasa movilidad, daba la impresión de otra pieza leñosa y deforme, encajada en base a los clavos sucios que eran sus desiguales dientes.
En su interior, el correlato con aquel físico era absoluto. No diferenciaba grises, y carecía de percepción de la duda. Para él los términos medios eran exotismos incomprensibles, las gentes se dividían en favorables o enemigas, y en el convencimiento de que por la vida había que avanzar a golpes y puñetazos desarrollaba su existencia enajenada de neurótico agresivo. Hasta su habla, trascendida de lusitanismos, era entrecortada y tartamudeante.
Esperaba encontrar tranquilidad en la espesura formada en torno a un viejo pozo árabe sito en una esquina de su propiedad, en el cual, ya seco y colmatado de escombros, había crecido un frondoso almendro con tanta potencia que con sus raíces tenía semiderruído el grueso brocal; allí, a su sombra, Vasco poseía un cobertizo individual de media altura, bastante impermeable a ocasionales chaparrones y siempre fresco cuando el sol agobiaba.
Conocía bien el terreno, y sabía ocultarse incluso de acérrimos enemigos que en la hermana Villa se había granjeado tiempo atrás; mantuvo un conflicto nada menos que con el cura de la Iglesia de San Benito en dicha Villa de Castilleja de Guzmán, al que amenazó de muerte y acosó durante algún tiempo buscando ocasión propicia para cumplir su palabra, como veremos.

Catalina García, su víctima y vecina, era viuda y llevaba viviendo en nuestra localidad un año. Mientras Vasco ponía piés en polvorosa, ella se hundía cada vez más en su lecho, abatida por un fortísimo dolor punzante en la cabeza, producto de una herida que el portugués le había infrigido lanzándole un grueso ladrillo. Además se dolía de varios puñetazos, algunos de ellos en plena cara, y de inclementes puntapiés que dicho su vecino le había propinado por todo su cuerpo cuando estaba en el suelo, semidesmayada. Atendida por otras mujeres, se pudo tomarle declaración casi de inmediato:

El jueves 12 de mayo de 1558 ante Lorenzo Sánchez, Alcalde Ordinario, y Miguel de las Casas, escribano del Concejo, pareció presente Catalina García, que estaba herida y echada en una cama, de que tenía una herida en la cabeza de que le corría sangre, que es mujer soltera1 y vecina de esta Villa, y dijo que se querellaba y querelló criminalmente de Vasco Díaz, vecino de esta dicha Villa, en razón de que yendo esta querellante por un pedazo de huerta que tiene en esta dicha Villa, que está junto a las casas del dicho Vasco Díaz, con un peón que andaba haciendo labores en las viñas de esta querellante, salió el dicho Vasco Díaz de la dicha su casa, y con poco temor de Dios y menosprecio de la justicia le dijo a esta querellante que no pasase por allí ... y haciendo le dió con un ladrillo ... en un ¿cornejal?2, en la comisura de la cabeza, de que le cortó cuero y carne y le salió mucha sangre, de que está muy mala y a punto de morir por la dicha herida ... ... pidió justicia.

1.- Catalina no vuelve a aparecer como soltera, sino como viuda. El término "soltera" aplicado a una mujer, además del sentido que todos conocemos, podía antiguamente tener connotaciones negativas, en el sentido de "mujer libre, suelta, errante". La expresión exenta de carga de rechazo era "doncella". No estaba bien considerada la libertad femenina, sobre todo si quien la disfrutaba era atractiva y joven, por lo tanto debemos mirar con lupa esta expresión en el auto antecedente, en el que quizá se pretendiese ya desde el principio y según las típicas actitudes machistas bascular las culpas hacia la parte más débil.

2.- En este caso está aplicado a la cabeza, aunque en todas las obras de referencia consultadas es referido a la esquina o ángulo de una finca, de un colchón, de una habitación, etc. En los tratados de anatomía de la época se contempla un hueso "cuneal", modernamente llamado esfenoides, que se encuentra entre la porción horizontal del frontal, la porción basilar del occipital, y las porciones escamosa y petrosa del temporal, asomando justo tras el ojo y encima del pómulo, y que debe ser el afectado por el ladrillazo de Vasco Díaz. Zona sumamente dolorosa en cuanto que solidarios al esfenoides hay otros huesos y cartílagos relacionados directamente con la nariz, los ojos y las mandíbulas.


He aquí el testigo aludido en la declaración de Catalina, un joven de la Sierra Norte sevillana en el que se cumplen las características de los peones de aquella zona que acudían a las viñas aljarafeñas en busca de trabajo, según manifestamos en la entrada 31 (diciembre de 2011) de esta serie de "Los Juanguren y el espadero":

Testigo, Juan Martín, natural de la Villa del Castillo de las Guardas, mozo soltero, que dijo que viniendo de cavar de ... vino a las casas del ... de sus casas que son junto a las casas del dicho Vasco Díaz, y vió que salió el dicho Vasco Díaz y dijo: "señora, no me paséis por aquí", y entonces vió este testigo que respondió la dicha mujer y dijo: "señor, que me place"1, y entonces vió este testigo que el dicho Vasco Díaz tomó un ladrillo ¿estero?2 y se echó en pos de la dicha querellante, y vió que la dicha querellante se andaba escondiendo detrás de unos árboles de la dicha huerta, y vió que ... en la cabeza, de que le vió correr mucha sangre de la cabeza, y luego vió que el dicho Vasco Díaz se fué a su casa y volvió con una lanza, corriendo tras de la dicha querellante, y la dicha querellante vió este testigo que se metió corriendo en casa de una vecina suya, y vió que el dicho Vasco Díaz entró con la lanza corriendo en casa de la dicha querellante a buscarla, y preguntó a este testigo por ella, y este testigo le contestó que no la había visto, y que esto sabe y no otra cosa. Tiene 18 años, y no firma por no saber escribir.

1.- Entiéndase: "señor, me dá la gana". Catalina supo desde el principio de su llegada a Castilleja que no podía ceder un milímetro a su belicoso vecino, si no quería verse tratada como las mujeres a él allegadas, pero no adelantemos detalles.

2.- Quizá sea mala grafía, porque no hemos encontrado ejemplo alguno de "ladrillo estero" como un tipo de tal material de construcción; optemos por "entero".


Testigo, María Hernández Rubia, mujer de Bartolomé Hernández Vizcaíno1, vecina de esta Villa, que dijo que estando en sus casas, que son entre las de Vasco Díaz y las de la dicha querellante, hoy dicho día jueves guisando de comer oyó como mormollo (por murmullo) de gente, y salió a la calle, y pensó que era Vasco Díaz, que estaba aporreando a su mujer y a una entenada (acogida) que tiene en su casa, porque oyó decir esta testigo a la mujer del dicho Vasco Díaz: "Vasco Díaz, no ... por amor de Dios",2 y en esto esta testigó fué hacia las casas del dicho Vasco Díaz, y como allegó a la puerta de ellas vió salir a la dicha Catalina García ... por un vallado de la huerta de la dicha Catalina García que está apegado a las casas del dicho Vasco Díaz, corriendo mucha sangre de la cabeza, y como la dicha Catalina García vió a esta testigo le dijo: "María Hernández, tenedlo, por amor de Dios no salga", y esta testigo vió venir huyendo a la dicha Catalina García y meterse en las casas de la morada de esta testigo, y encerrarse, y echar el aldaba a la puerta de las casas del dicho Vasco Díaz al dicho Vasco Díaz, que salía corriendo detrás de la dicha Catalina García con un ladrillo en la mano, y como esta testigo lo detuvo, entró luego el dicho Vasco Díaz en su casa y sacó una lanza y ... a la casa de la dicha Catalina García, querellante, donde esta testigo vió entrar al dicho Vasco Díaz, y como no halló a la dicha querellante, se volvió a su casa, y esta testigo, porque el dicho Vasco Díaz no le hiciese más mal a la dicha querellante, cerró la puerta de su casa con la llave, porque estaba dentro la dicha querellante, y esta testigo le vió la herida que tenía en la cabeza la dicha Catalina García, la cual tenía en un cornejal de la dicha cabeza, y le vió cortado cuero y carne y le salía sangre, y la ha visto y vé estar echada en cama de la dicha herida, mas no sabe otra cosa para el juramento que hizo, y que es de edad de 28 años, y no lo firmó, y dijo que no le tocan las generales.

1.- Referencias a las dificultades de identificación de esta pareja en "Los Juanguren y el espadero 28", diciembre de 2011. Pero recordemos, a riesgo de dejar demasiados cabos sueltos, que un cuñado del cura Rodrigo de Cieza se llamaba Lorenzo Hernández Vizcaíno ("Rodrigo de Cieza 25", enero de 2009).

2.- Estamos ante otro maltratador de género, de tantos como existían en Castilleja; hasta tal punto lo era que cuando las vecinas oían "mormollos de gente" invariablemente pensaban que las dos mujeres que con él convivían —su esposa Juana Rodríguez y la otra, acogida en el hogar— estaban siendo agredidas. De esta segunda mujer no sabemos nada hasta el momento, pero podemos imaginar el infierno que padecían las dos, dependientes de semejante individuo.

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