domingo, 31 de mayo de 2009

Los esclavos 59

Francisco de Aguilar, el factótum de los hermanos Bartolomé y Hernán, había dado la espada al esclavo un poco con la intención de originar un conflicto que desembocara en el apartamiento y exclusión de dicho esclavo, siquiera su traslado fuera de la Villa; y también un poco con la de divertirse refocilándose con la farra que la consiguiente trapisonda y alboroto produciría entre las gentes por el solo hecho de verlo ir armado.
Tenía, por una parte, celos, enquistados en la envidia que sentía de él; temía que su fuerza y su juventud empezaran a ser mas valoradas por sus patrones que las suyas propias, y de hecho ya había notado en más de una ocasión cierta preferencia de los hermanos mercaderes a la hora de demandarle alguna tarea especial; se comenzaba a sentir desplazado, segundón; la verdad era que Juan obedecía con precisión y ejecutaba las labores de forma completamente impecable.
Cuando lo vió equipado con la espada, el capataz sintió incluso una ola de benevolencia indulgente consigo mismo, percibiéndose fugazmente como redentor del joven argelino. Añádasele a este sentimiento el desprecio que, como jornalero, sentía hacia los privilegiados Juan Guren.
Todo en él, cuando reaccionó en defensa del vejado esclavo, era mescolanza de sentimientos encontrados, como suele acontecer en la mayoría de las respuestas de los complejísimos entes que somos los humanos.

Si adelantamos 8 años en nuestro repaso a la historia castillejana nos situaremos en 1558, año de la muerte de Carlos V y del comienzo de esta nuestra nueva narración que en este capítulo iniciamos; podemos ver entonces a Francisco de Aguilar ejerciendo de Alcalde de la Santa Hermandad de la Villa. Era un puesto importante, de mucha responsabilidad. Bajo su mando, cuatro hombres conocidos como los "cuadrilleros", dispuestos a todo con sus temibles ballestas capaces de lanzar un virote con fuerza bastante como para atravesar una armadura. Entendían de delitos cometidos en descampados, en "campo yermo", y para ellos eran requeridos incluso si el tal delito se efectuaba en cualquier viña propincua a la población. En 1558 el flamante Alcalde tenía, además, a su esposa Isabel embarazada* (daría a luz en septiembre; ver "Bautismos 5").

* En "Los esclavos 51" Juan Verde, hijo de Alonso Gil, dice que Isabel Rodriguez arremetió contra el esclavo Juan por ver si podía quitarle la espada e impedir que luchara contra el joven Francisco Ortiz de Juan Guren. Pareció a todos muy sospechosa la actitud de mujer que contradecía tan flagrantemente a su marido en aquella cuestión. Como era natural, enseguida comenzaron las murmuraciones y la gente se hacía preguntas maliciosas. Pronto fueron aquellas incesantes maledicencias conocidas por el capataz, y desde entonces su matrimonio se convirtió en un ejercicio de desconfianzas y en una actuación de recelos. Y no sin fundamento. Desde el primer día Isabel se había sentido atraída por aquel joven esbelto y su instinto maternal encontró en él un sustituto a la falta de descendencia que la afligía. Desarrolló una relación uterina con el esclavo que, en los varios encuentros que mantuvieron, la convertía en poseedora y en protectora del joven, de tal forma que en la adopción del rol de madre/amante encontró cierto equilibrio psíquico y cierta tranquilidad espiritual, y el musulmán guardaba su secreto en lo más profundo del alma, en gran parte debido al miedo que de ser descubierto sentía.

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