Un historiador aunque lo sea por afición inocente o por manía morbosa, si no centra todo el esfuerzo de su atención en el método dialéctico es gato al agua. ¿Qué entendemos por dialéctica? Deshechar desde el principio, como engaños fantasmales, los absurdos conceptos de "sujeto" y "objeto", los cuales como entelequias sin base que son, sólo llevan en el campo histórico a abstracciones metafísicas o, lo que es peor, religiosas. "Sujeto" y "Objeto" son añosos trucos de ávidos capitalistas que, como malabaristas, endilgan al prójimo subrepticiamente para perpetuar sus privilegiadas posiciones sociales.
A ello quieren llamar "ciencia". Cuando lo cierto y verdad es que el basamento de la ciencia se asienta no en los dos evanescentes elementos, sino en su relación. Siendo ésta, a modo de conversación, de diálogo, la que únicamente los puede determinar. Lo contrario sería poner la carreta antes que los bueyes. En la ciencia histórica el tiempo juega un papel esencial. Y es en ella donde el método dialéctico se hace más indispensable, más necesario y vital.
El sentido de la historia, que en el ámbito de nuestra cultura occidental los Detentadores de la Sacra Verdad estriban en la vuelta del Mesías, en la Resurrección de los Muertos, o en los Designios del Todopoderoso entre otras majaderías por el estilo (tal "la corteza idealista hegeliana"), solo puede asentar pié en el terreno firme y sólido de la materia.
¿Qué entendemos por materia? Los bienes terrenales por cuya posesión y usufructo surgen las relaciones de explotación del hombre por el hombre, y más concretamente —más "materialmente" si se quiere— la conciencia de esa explotación, la percepción mental que lleva a considerarse dominado y denigrado a quien de hecho lo está. Ese estado espiritual es Materia para quien esto escribe, pero además es Libertad —puesto que es Verdad—, y solo de la libertad puede emerger una ciencia objetiva versus la ciencia burguesa engendradora de todos los males de la humanidad. En este sólido suelo el devenir de la Historia se realiza, se verifica y se convierte en propiamente ciencia bien entendida, porque no admite manipulación.
Científicamente, en la cabeza recordante y memorizante del sargento Oliver ocurrían fenómenos dialécticos no menos reales que los cañonazos carlistas, que los gritos de los aldeanos horrorizados, que la sangre, el hambre y la enfermedad que ante sus ojos se presentaban, entendiéndolos como una "conversación", desde luego inhumana y desaforada. Todos los hechos pesaban en la balanza de la Razón lo mismo, ya fueran extraídos del pasado o impuestos brutalmente por el presente cruel. Y todos se proyectaban en la esperanza de un futuro que solo el espíritu científico sobredicho puede anticipar, puede desvelar. Un neutrón del cerebro del sargento y otro del cúmulo galáctico de, por ejemplo, la Verga, no nos interesa más que en lo que puedan comunicarse, entendiendo esto último por "tener en común", o lo que es lo mismo, en lo que pueda "ser" la esencia de la que participan.
Sentado sobre su manta, apoyado en el tronco de una haya centenaria en un rato de asueto, mientras observaba a los reclutas más jóvenes recién llegados al frente, recordaba mi tío-tatarabuelo su triste niñez de labriego precoz, y se "materializaba" en él, merced a una dialéctica histórica de la que apenas era consciente por su falta de cultura, dialéctica innata que por añadidura era incapaz de formalizar a pesar del cursillo de urgente alfabetización recibido en los primeros meses cuarteleros, el cual resultó ser más alienación por parte de farsantes burgueses que desarrollo de espíritu crítico.
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"Veía", estimulado por el susurro del viento en las hojas del hayedo, por las conversaciones de los grupos de soldados sentados en corro, por el canto agradecido de los pájaros, que también descansaban del fragor de las escaramuzas, a Castilleja de la Cuesta, a la calle de Enmedio en aquella larga mañana de 1827. Veía a don Pedro de Silva despidiéndolos con sonrisa burlona y ademán ligero en el portalón de la Caja de Quintas de la capital andaluza, le parecía seguir oliendo los aromas del cuero y del paño cuando le entregaron el equipo; y repasó a modo de ejercicio mental, sonriéndose interiormente mientras encendía un cigarro: tres camisas, dos pares de pantalones, dos pares de botines de lienzo, dos pares de zapatos, un gorro de cuartel, dos corbatines, una funda de cartuchera, un par de botines negros, un plumero, un par de tirantes de pantalones, dos pañuelos de bolsillo, un morral, una bolsa de aseo y una agujeta con escobilla.
Ahora, con su experiencia de suboficial, sabía que todo ello importó 174 reales por soldado. Recordó al furriel repartiendo en metálico 48 reales para adquirir la chaqueta, porque ésta todavía no se compraba por contrata para todo el Ejército. Y al momento le vino a la memoria desde una región cerebral adormecida la casaca, el capote, el morrión, el correaje, la mochila y el armamento. Luego, como si se abriera un cielo espeso de nubarrones, se abrió en su mente la calle de Enmedio.
Por ella al clarear conducía de niño diariamente una piara de cerdos, gruñentes con impaciencia nerviosa por acceder al herbazal que verdeaba ya entre los olivos, perlado de rocío, del pago de Las Escaleras. En cierta ocasión su padre le tildó de blandengue afeminado porque llegó a su casa llorando: fué que algunos intrusos le habían destruido una minúscula choza que alzó a base de ramajos en el interior de una mancha de matorrales, en la que se guarecía buscando aislarse del mundo mientras los cerdos en derredor hocicaban con fruición revolviendo en el suelo. Regaba cuando el calor su obra, buscando agua de alguna acequia cercana, de alguna pileta de noria próxima; y cuando llovía, los chaparrones le iban dictando la necesidad de reforzar techo y paredes con más ramón, hasta que impermeabilizó el habitáculo a prueba de tempestades.
Fija la vista en los pabellones de fusiles de los soldados, siguió rememorando: había rebajado el piso de su pequeño cobijo cavándolo unos palmos para poder incorporarse en él, tal era de diminuto o su habitante de larguirucho, y ahora los vándalos habían defecado en el interior de aquella especie de pocillo tras su despiadado atropello. Contempló petrificado los excrementos de comida a medio digerir que ya se disputaban moscas y algo se rompió en él, haciéndole abandonar la piara y volver a su casa hecho un mar de lágrimas, en busca de consuelo a su desesperación. Su madre al verlo tan a deshora también le reprendió, y creía recordar que se llevó algún escobonazo en el lomo de propina, aunque de esto no estaba ya muy seguro.
La piara era comunal, cada individuo de ella pertenecía a dueño distinto. Se solía cebar con las sobras de las comidas a un cochino o dos en las casas más modestas, para reforzar el condumio, y puestos de acuerdo los vecinos propietarios, apalabraban con el padre de algún chicuelo que éste hiciese de porquero a cambio de alguna monedilla o especie. Los cerdos salían automáticamente de cada casa al llegar la hora temprana, e igualmente a la vuelta al anochecer penetraba cada cual en la suya sin que hubiera que hacerles indicación alguna, tal y como perrillos falderos. Francisco se maravillaba de ello. Cierta vez una vieja madre resabiada yendo al paso le destrozó a dentelladas certeras la taleguilla que portaba a la espalda, y le devoró su interior de un huevo duro, un cuarto de hogaza y un racimo de uvas blancas. Cuando Francisco Oliver sintió unos tenues tirones por detrás, ya era tarde. El sargento recordaba aquellas peripecias, y sentíase viejo.
Hubiera cambiado a aquellos mozos, el que no cruel, estúpido, que obedecían sus órdenes en silencio mientras avanzaban por los senderos pinos de los bosques serranos de Navarra, por el hato de sus añorados porcinos desfilando por la calle de Enmedio. Pensó también por un momento que entre una matanza y otra no había gran diferencia: mucha sangre, muchos gritos, muchos espasmos. Pero estos cerdos uniformados habían ido dejando de suscitar lástima en su corazón.



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