domingo, 6 de diciembre de 2015
Padrón 1s
Testigo, don José Oliver. En acto continuo declaró el Alguacil Eclesiástico don José Oliver (Alguacil de la Concepción). Vive en la Calle Real, en casa propia inmediata a la Iglesia Provisional, cuyo edificio es también suyo propio, y estando fuera de la puerta el viernes 17 de noviembre, llegó al mismo sitio el Abad, acompañado de la Justicia de Castilleja y tres señoras en cuerpo, cubiertas las cabezas con sombreros, y desde allí mandó el Abad ir a casa de Bermudo por las llaves, y al no querer entregarlas conferenció con el Alcalde y mandó después al Alguacil Eclesiástico de Santiago en busca del herrero, que vive en la propia Calle. El testigo oyó decir al Alcalde, dirigiéndose al Abad, que no daba licencia para que se descerrajasen las puertas; el Abad le contestó que él lo mandaba, y seguidamente el herrero las descerrajó; entró el Abad con su comitiva y las tres señoras con el traje de camino que llevaban diciendo: "esta bamos (sic) ¿vamos? adentro a tomar posesión de lo que también es nuestro"; hecho esto, fueron a la iglesia que se estaba labrando, y haciendo arrancar una herradura con que estaba cerrada la puerta, entraron; lo que hecho, el Abad se retiró para Olivares, llevando en su coche las tres señoras que trajo en su compañía; que ha oído decir a diferentes personas del pueblo que al Cura lo querían llevar preso, y temeroso de que cometieran una tropelía se quitó de en medio. El testigo no sabe firmar, y tiene 84 años de edad*.
* O sea, que el octogenario don José Oliver nació en 1742 según su fiable cuenta (fiable porque como Alguacil Eclesiástico de la Inma-culada Concepción tendría acceso a los Libros de Registros Bautismales y al suyo propio, máxime en la tesitura en que se encontraban dichos Libros, codiciados por el Abad/Lobo y por lo tanto, resguardados por el anciano Alguacil de sus afilados colmillos). Al decrépito beatón lo llevarían a declarar al Palacio Arzobispal de Sevilla como quien lleva a la Fragilidad personificada.
Llama la atención porque en aquellos tiempos la gente sabía su edad "por aproximación", y en los documentos se utilizaba la fórmula "poco más o menos" por dicha razón. Nosotros hemos afinado al máximo según nuestras capacidades, encontrando en el 44 la siguiente partida, única de un José Oliver en el 42 poco más o menos:
"En nueve días del mes de febrero de mil setecientos cuarenta y cuatro años yo, don Miguel Vázquez Forero, Vicario y Cura Beneficiado de la Villa de Castilleja de la Cuesta, bauticé en la Iglesia de Nuestra Señora de la Inma-culada Concepción a José ¿Andrés? Blas, hijo legítimo de Diego Oliver y de Beatriz Ortiz; fueron sus padrinos Pedro de Santiago y María Ortiz, todos vecinos de esta dicha villa; les advertí el parentesco espiritual y demás obligaciones y lo firmé, fecha ut supra. Miguel Vázquez Forero."
Dinerillo de la época
Pero en el Padrón de 1803 constan en la Calle Real un "Juan de Oliver conosido por Josef", un "Josef de Oliver casado tienen hijas", y un "Josef Oliver Ortiz, casado sin hijos (que coincide con el de la Partida)". Y en el de 1818 de dicha Calle aparecen también tres "José Oliver".
Volvamos al Palacio Arzobispal. Testigo, Juan Negrón Navarro. Al día siguiente, 6 de diciembre, compareció Juan Negrón, quien no recuerda el día que llegó el Abad a Castilleja, pero que fué a mediados de noviembre; el testigo estaba sentado en los poyos de la puerta de su casa, que está inmediata a la Iglesia, dando vista a la del cura Bermudo; vió llegar a un hombre vestido de frac* a la puerta de dicho cura, y entró, aunque no puede decir si se quedó en el zanguán o portal que forma la casa o entró a las habitaciones, pues desde su casa no se vé mas que la puerta de la calle; a corto rato llegó el Señor Abad acompañado de las Justicias de Castilleja y otras distintas personas de la misma Villa y de Olivares, y tres señoras que traía en su compañía, con trajes de camino y cubiertas las cabezas con sombreros; llegaron todos enfrente de la obra de la Iglesia Nueva y desde allí mandó el Abad por las llaves a casa de Bermudo, que no se las entregó; el Abad conferenció con el Alcalde, que según entendió el testigo se reducía a que dicho Alcalde mandase descerrajar la puerta de la Iglesia, Alcalde que se repugnaba a hacerlo, diciendo entonces el Señor Abad "pues yo lo mando", y acto seguido partió José Ortiz, Alguacil Eclesiástico de Santiago, en busca del cerrajero, que tiene su obrador en la misma calle; abrieron las puertas, primero las de la obra nueva, donde entraron todos los concurrentes, y luego las de la Iglesia Provisional, donde también entraron todos y las tres señoras; luego se retiraron todos y se marchó el Señor Abad a Olivares con las tres señoras en su coche; y oyó decir después el testigo que aquella noche, por temor a que lo llevasen preso, Bermudo se salió de su casa y se fué a la de un amigo suyo, donde había permanecido hasta que de madrugada lo sacaron de ella don Antonio Vanderleye, Francisco Núñez y Juan Cabrera, que lo acompañaron al barrio de Triana; el que depone fué testigo de lo que muchos pasajeros que transitaban por la Calle Real decían en el acto de estar descerrajando las puertas de la Iglesia, escandalizados de semejante operación, y a no estar tan bien querido el cura Bermudo en el pueblo, hubiera sido temible un acontecimiento funesto aquel día. Tiene ¿76, 66? años, y no sabe firmar.
* http://modadossiglosatras.blogspot.com.es/2012/05/el-frac-en-espana.html
Testigo, Manuel Cumbreras (ver infra). En acto continuo el vecino de la Calle Real Manuel dijo que el día 17 llegó a Castilleja el Abad, y oyó que se decía iba a tomar posesión de la Iglesia de la Concepción; como a hora del mediodía llegó un hombre a casa del Cura con objeto sin duda de pedirle las llaves; y estando el Abad en el Molino de don Antonio Sergeant en una sala, despachó en seguida a otro hombre en busca de las llaves, y estando el testigo a la parte de fuera de dicho Molino le oyó al hombre decirle al Abad que el Cura se resistía, por no tener orden alguna superior; luego en la conferencia oyó decir al Alcalde "que no mandaba en las cosas de la Iglesia"; cuando llegó el cerrajero salió el Abad del Molino, que está enfrente de la Iglesia Provisional, etc. etc. (repite lo que dijeron los testigos antecedentes). Dice que le llamó mucho la atención, como a otros vecinos del pueblo, que el Cura de Santiago no acompañara al Abad en este acto, como su Jefe que era, lo que tal vez sería por respeto al pueblo, donde no está muy bien querido; que muchas personas que transitaban por su camino por la Calle Real vieron este suceso, y no dejaron de prorrumpir expresiones notando por desacato la apertura de las puertas con violencia, y la gente de la Calle Real estuvo bastante incomodada, y a no ser por el afecto que profesan al cura Bermudo, que por tantos años les ha administrado el pasto espiritual, hubiera habido tal vez algún funesto acontecimiento; que dicho Bermudo, por las voces que corrían por el pueblo de que lo iban a prender y a llevarlo a Olivares, se vió en la precisión de abandonar de noche su casa pasando a la de un amigo suyo, desde donde lo condujeron al barrio de Triana tres vecinos de esta Villa. Firma, con Colón y Olaerrota, y es de 43 años de edad.
Testigo, José Oliver Rey. En acto continuo testificó don José Oliver Rey, vecino de la Calle Real, que estando como al mediodía del 17 de noviembre en su casa, inmediata a la obra nueva de la Iglesia, vió llegar al Abad con diferentes personas, que se detuvieron en las puertas de la Iglesia Provisional, y al ver que estaban cerradas se fué el Abad a un molino de aceite que está enfrente de la misma Iglesia Provisional, propio de don Antonio Sergeant, de esta vecindad; vió al Alguacil ir a casa del Cura, diciéndose entre la gente que allí estaba reunida que iba mandado por el Abad a traer las llaves... (repite lo que los anteriores); cuando el cerrajero abrió las puertas con violencia descerrajando sus cerraduras entró primero el Abad con una señora vestida en traje de camino y cubierta la cabeza, que decían ser su sobrina, y otras dos que la acompañaban cubriéndose sus cabezas con pañuelos o mantones que llevaban por los hombros, y seguidamente entraron las demás personas concurrentes, y observó que el señor Alcalde por el Estado Noble don José Oyega se quedó en medio de la Calle, sólo con su bastón en la mano, sin que el testigo le viere entrar en la Iglesia; luego salió el Abad con su acompañamiento, se dirigió a la casa de su apeadero, y después emprendieron el camino a Olivares; le llamó la atención al testigo la ausencia del Cura de Santiago, que atribuye a lo mismo que el anterior testigo: a estar poco estimado en el pueblo. Habiéndo ido a los cuatro o cinco días después el Reverendo Padre Definidor del Convento de San Diego de Castilleja a la tienda-barbería del testigo para que lo afeitase**, refiriendo el escándalo del pueblo y de todos los forasteros que transitaban por la Calle Real, con peligro del mismo pueblo a acontecimientos funestos, le dijo el dicho Padre Definidor que había salido la Comunidad a recibir al Abad el día que llegó, y no tuvo la atención y urbanidad de apearse ni parar su coche, y solamente mereció la Comunidad que una de las señoras que venían en el coche dijese: "venimos a tomar posesión de lo que es mío, pues lo ha ganado mi tío"; dice el testigo que ha oído decir a personas del pueblo que dos veces mandó el Abad traer las llaves y que la segunda fué con la amenaza de que si no las entregaba, sería conducido el Cura preso al castillo que llaman de Olivares, y que por ello el Cura se escondió, etc. (repite lo mismo que los anteriores). Tiene 28 años, y firma con Colón y Olaerrota.
** Hasta final del siglo XX alcanzó a través de esta rama de los Oliver la práctica de la profesión de barbero. Mantuve muchas conversaciones con mi pariente el último Oliver barbero, tras la Transición, compartiendo nuestros ideales de izquierda y de revolución social. Él había conocido a la Castilleja republicana y guardaba en su memoria muchos acontecimientos de aquellos años, habiendo sido testigo de lo más miserable que puede albergar el ser humano. Por vía oral de sus descendientes supe que en una obra de remodelación acometida en su casa familiar de la Calle Real, entre otros objetos que consideraron inservibles se deshicieron de una caja que contenía utensilios del oficio, con apariencia decimonónica, "muy antiguos".
Dice el testigo Oliver Rey que "su casa está inmediata a la obra nueva de la Iglesia", lo cual indica casi con total seguridad que desde entonces no ha variado de ubicación.
Silla de barbero-dentista, francesa, del XVIII, con respaldar inclinable.
Tornillo-forceps de 1840. Los barberos eran a la vez dentistas y sangradores, y hacían pequeñas operaciones de cirujía.
El dueño del molino de aceite, don Antonio Sergeant y Mendívil, quien años después de cobijar al bestial Abad de Olivares cuyas actuaciones narramos fué III marqués de Monteflorido por renuncia de su hermano mayor, que no tenía dinero para pagar los derechos del título. Este Antonio Sergeant, el del molino de aceite en la Calle Real frente a la Iglesia, fué además alférez de la Armada. Se casó en Sevilla con Cayetana de Aguilar y Cueto. A su muerte se interrumpió la sucesión del título. Su padre, Felipe Sergeant y Salcedo, I marqués de Monteflorido era hijo de Philippe Sergeant, agente comercial flamenco afincado en Sevilla, regidor de Amberes, y casado en segundas nupcias con Vicenta de Mendívil y Colarte, en Sevilla.
Eduardo Benjumea y Zayas, IV marqués de Monteflorido, propietario agrícola de Arahal, rehabilitó el título en 1907 alegando ser descendiente por línea materna de la rama familiar originada por el matrimonio de Vicenta Sergeant y Miguel de Zayas. Estractado de Wikipedia (Marquesado de Monteflorido).
Azulejo con el escudo de Felipe Sergeant, marqués de Monteflorido desde 1771, ubicado originalmente en la fachada de la hacienda de San Rafael, en Castilleja de la Cuesta.
Testigo, don Andrés Milen. Seguidamente declaró el Profesor de Cirugía y vecino de Castilleja con casa en la Calle Real don Andrés Millen (según otra lectura). Tuvo noticias de que el día 17 iba a venir el Abad de Olivares a Castilleja, y entonces fué a la casa del cura Bermudo a saber si era cierto; el Cura le dijo que sí, que le había mandado un Oficio diciéndole que al paso por allí hacia Olivares quería hablarle, y con ese motivo se estaba preparando para recibirle; entonces oyó las campanas de la Iglesia de Santiago avisando de la inminente llegada del Abad, por lo que dejó al Cura en su casa y fué a otra casa a la entrada de la Calle Real, para verlo llegar; primero pasaron algunas personas a caballo y en seguida llegó el coche de Su Señoría, donde venían tres señoras, aunque no pudo ver al Abad; luego lo vió apearse en la casa de morada del Cura de Santiago, y visto esto, el testigo se vino a la Calle Real, enfrente de la casa de Bermudo; al poco rato llegaron el Abad, las tres señoras, parte de las Justicias y algunas personas de Olivares y de Castilleja; llegó el Abad hasta enfrente de las casas donde está la Iglesia Parroquial, donde le vió hablar con un hombre vestido de frac y hacerle con la mano la acción de que se dirigiese a la casa del cura Bermudo, adonde llegó dicho hombre, y el testigo, como estaba enfrente de la casa muy inmediato a ella, le oyó al citado hombre pedirle las llaves de la Iglesia, y la contestación del Cura negándose a entregarlas, diciendo que no tenía órdenes de su superior para entregarlas; se retiró el hombre del frac para dar noticia al Abad, y entonces éste volvió a mandar a don Manuel de Hinestrosa, escribano del pueblo, a la casa, con cuyo Cura habló pidiéndole las llaves; el Cura se volvió a negar y el escribano informó al Abad, y entonces éste se pasó al molino de aceite de don Antonio Sergeant, con la Justicia y parte del acompañamiento, molino que está enfrente; habiendo salido el Abad a la calle le preguntó al Alcalde que si había algún cerrajero que descerrajase las puertas, y el Alcalde le contestó que sí había, pero que él no podía mandar semejante cosa, a lo que repuso el Abad: "pues yo lo mando, que esta es mi casa y yo puedo mandar en ella", dándose un golpe en el pecho; y al poco rato trajeron al cerrajero y abrió las puertas; entraron los concurrentes, y abrieron también con violencia la puerta de la obra nueva, entrando en ella, con cuyo acontecimiento estuvo el pueblo bastante conmovido, tanto hombres como mujeres, pero todos mantuvieron el orden, porque tanto les había recomendado y encargado el cura Bermudo, a quien le han respetado siempre por la consideración que se merece; y no solo los vecinos de la Calle Real estuvieron incomodados con este acontecimiento y modo con que se efectuó, sino también los trajinantes y transeúntes que pasaban por la misma Calle por la hora del mediodía, causándoles a todos no poco escándalo; el señor Abad, concluido el objeto de su diligencia, se retiró en su coche a Olivares con las tres señoras; añade el testigo que la segunda negación del Cura a entregar las llaves debió incomodar tanto al Abad, que le oyó decir: "pues no las quiere dar, me lo llevaré preso"; que esta voz cundió en el pueblo, haciendo que el Cura huyese de su casa (y aquí repite lo dicho por los testigos anteriores). Tiene 37 años de edad. Firman el testigo, Colón y Olaerrota.
Testigo, Juan de Oliver. El día 7 de dicho mes de diciembre declaró don Juan de Oliver, vecino de la collación de Santiago, a quien (como a los anteriores) le fué leída la exposición de don Joaquin Bermudo y Leila. Dijo que estando el viernes de noviembre pasado en un olivar de su propiedad inmediato al pueblo, vió un coche de camino con seis mulas que se dirigía al pueblo, en el cual iban unas señoras, aunque no vió al Abad; siguió al dicho coche acercándose para conocer las personas que iban dentro, y vió en la ¿tartera? al señor Abad, siguiendo el testigo en pos del coche hasta el pueblo; bajaron el Abad y las tres señoras en la casa del Cura de Santiago; quedó el testigo observando desde las casas de su morada, que están junto a las del citado Cura; vió salir un hombre vestido de frac que se dirigía a las casas del cura Bermudo, y para cerciorarse fué el testigo al postigo de la suya, que tiene comunicación con la Calle Real, y vió entrar al dicho hombre en la casa del Cura, mas no puede decir lo que allí pasó; lo vió salir, hablar con el Abad y dirigirse todos, señoras y acompañamiento, a la Calle Real, y enfrente de la Iglesia volvió a mandar al hombre del frac con el Alguacil Eclesiástico de Santiago a la casa de Bermudo, imaginando el testigo que sería para pedirle las llaves de la Iglesia; y mientras volvían, entró el Abad en el molino de aceite de don Antonio Sergeant, que está enfrente, donde recibió la respuesta (se repite la escena del cerrajero y la negación del Alcalde); dijo el Abad que aquello era suyo, pues lo había ganado; al menos una de las señoras llevaba la cabeza cubierta con sombrero, y las tres en traje de camino; pudo oir el testigo a las gentes del pueblo que allí se había reunido, como a las muchas que transitaban para sus pueblos y destinos, palabras de admiración y de escandalizarse, teniendo por desacato la violencia con que se habían abierto las puertas del templo, entrando en él con poco respeto, y a no ser por el amor que le profesan los vecinos de la Calle Real a Bermudo, que por tantos años les ha administrado el pasto espiritual, y a los consejos que les había dado, hubiera sido temible un acontecimiento funesto; luego se retiró el Abad y compañía a la casa del Cura de Santiago, tomaron el coche y partieron para Olivares; en la reunión oyó decir el testigo que el Abad había dado orden de prender a Bermudo y conducirlo al Castillo de Olivares, con cuya noticia el Cura se salió de su casa por las tapias del corral, pasándose a otras inmediatas, desde donde tres vecinos lo llevaron en la madrugada de aquella misma noche a Triana, donde permanece en un lugar cerca de dicho barrio. Tiene 60 años, y firma, con Colón y Olaerrota.
Diligencia en dicho día. El Fiscal General del Arzobispado, doctor don Juan Vaquerizo, ante el Notario Mayor Olaerrota, dice que no presente más testigos, y que se reserva a hacerlo cuando convenga.
El 9 de diciembre ordena el señor Provisor Vicario General del Arzobispado que por el Encargado don Juan de Mata Redondo (Notario Mayor del Juzgado Eclesiástico)* se entreguen las Diligencias al Abad de Olivares. El notario Olaerrota anota que van en ocho hojas.
* Vivía en la calle Génova nº 54 en el año 1832, según la Guía de Forasteros de la ciudad de Sevilla. No hay que confundir con la calle Génova actual, que está en Los Remedios. Esta otra se denominó desde el siglo XIII así, y la formaba el primer tramo de la Avenida de la Constitución desde el Ayuntamiento hasta el cruce de Alemanes y García de Vinuesa. La habitaron individuos procedentes de esa ciudad italiana a raíz de la conquista castellana, y mantuvo ese nombre hasta 1897.
Era don Juan de Mata Redondo un hombre con cierto sello de distinción y dignidad, ya sobrepasada la primera mitad de los sesenta y con la vista puesta en los setenta inviernos, pero todavía ágil como para montar a caballo tres o cuatro horas sin apearse. Calvo, de piel pálida y apergaminada, elegante en su atuendo, gastaba bigote y perilla frondosos y completamente albos.
El infrascrito Notario Oficial 2º (don Juan de Mata Redondo) del Oficio 2º del Tribunal del Provisorado de esta ciudad de Sevilla da fé que el día 29 de noviembre, siendo como las cuatro de la tarde, le entregó don Juan Antonio de Olaerrota, Notario Mayor del Oficio 1º y de Gobierno de dicho Tribunal, un pliego cerrado cuyo sobre decía: "Al Muy Ilustre Señor Abad de Olivares, del Provisor de Sevilla", con encargo del Señor Provisor de entregarlo al Abad. Siendo como las ocho de la mañana del siguiente día 30 salió en compañía de don Joaquin María de Torres y Úbeda, Procurador de los Tribunales Eclesiásticos; llegaron a Olivares a las doce del mediodía, y en la Puerta del Palacio donde mora el Abad vieron atravesar por la calle contigua a don Manuel de Mármol, Presbítero secularizado, a quien le habló y le preguntó si tenía noticia de si estaba el Señor Abad en su casa, y le contestó: "es muy posible", y sin hablar cosa alguna ni despedirse continuó su camino; y en acto continuo don Juan de Mata subió la escalera que está enfrente de la puerta de la calle, llamó en la habitación, y salió una mujer, al parecer sirvienta, a la que le preguntó si estaba el Señor Abad en casa, y le dijo que sí, y le contestó que le pasase recado de que quería hablarle una persona; la mujer cerró la puerta sin permitirle entrar, y estuvo esperando la razón como una hora, al cabo de la cual vino un niño vestido en clase de estudiante, y le dijo que entrara; pasó a una sala donde halló a un hombre vestido con traje episcopal, y haciéndose cargo que sería el Señor Abad lo saludó atenta y cortesmente, poniendo en sus manos el pliego que traía, diciéndole ser un Oficio del Señor Provisor de Sevilla; lo recibió, y le dió por contestación, aun sin abrirlo, las siguientes palabras: "poco tiene que escribirme el Provisor de Sevilla"; tomó asiento y se lo hizo tomar, abrió el Oficio, leyó su contenido y el de un Testimonio que iba dentro de él, e inmediatamente lo tiró sobre una mesa, y con el impulso que lo tiró cayó al suelo, diciéndole seguidamente en voz descompasada las palabras que copia: "cójalo Vd. y dígale al Provisor que soy un ordinario (sic) y no niño como él, que no me venga con Oficios, que todos los he de quemar", con otras expresiones que por decoro y decencia omite estamparlas, por ser groseras y ajenas de su carácter. Le contestó con urbanidad diciendo que mediante a que lo había leído, debía quedarse con él, pues ya lo había recibido, y me volvió a repetir lo que sigue: "lléveselo Vd. inmediatamente, porque el Abad de Olivares tiene carácter y no es como el Provisor de Sevilla, conmigo no tiene que entenderse, y sí con la Cámara: al Arzobispo le avisé por medio de don Agustin Moreno que había ganado el pleito, y que iba inmediatamente a tomar posesión de la Iglesia de Castilleja, y no quiso tener el honor de contestarme, pero como yo le conozco hace tanto tiempo, dije: dejémonos de tonterías y vamos a tomar posesión de la Iglesia. Y lo ejecuté, y siento en el alma no haber puesto preso al Cura, que no vendría con relación de ciegos". Preguntó el Abad al emisario qué era en la Curia de Sevilla, si Produrador, Escribano, Notario o Agente, y le contestó lo que era, a cuya respuesta le dijo que: "si no tomaba los papeles y se marchaba inmediatamente, tenía pistolas para hacer que lo matasen; pero que esto era como individuo de la Curia de Sevilla, mas como particular era su amigo, porque Mariscal es bondadoso, aunque no le pisa nadie la cola", con otras palabras que estampa a la letra: "conozco mucho al Arzobispo; lo he visto de paje, después de canónigo, de obispo de Cádiz, luego de arzobispo de Sevilla, de cardenal... ¿y, por qué? Por intriga; pero ya la Cámara tiene noticia de sus habilidades, y de las personas que tiene a su lado; estoy loco en pensar que se atrevan con Mariscal, la Cámara sabrá quiénes son cada uno de esa canalla". El emisario le hizo algunas reflexiones con la debida moderación, las que no escuchó ni estaba capaz de escucharlas, y manifestando su cólera en el semblante y en sus expresiones, habiéndo recogido el Oficio caído en el suelo, le dijo: "tome Vd. el Oficio y quítese de mi presencia, porque cuarenta hombres me acompañan a Castilleja, lo bastante como para sujetar a un pueblo, aunque bárbaro; y si doy una voz, va Vd. a ser víctima en el acto; y dígale al niño Coloncito que no me mande más mensajes, porque el que los traiga lo tiraré por la escalera, y despues veremos si llega vivo a la calle". Esto pasó entre los dos, y después lo llevó a una sala donde estaban una mujer y un religioso del Convento de Loreto, a quien en su presencia le convidó para que predicase en la Colegial el sermón del día de la Purísima Concepción, y un escribano a quien decían don Andrés, ante quienes refirió todo cuanto había pasado entre los dos y lleva referido y estampado, y el religioso se puso en ademán como de asombrarse, diciendo que no quería saber nada de tal suceso; la señora tomó también la palabra, interesándose por el Señor Abad, y no pudo por menos el emisario decirla que eran negocios ajenos de su sexo; con lo que se concluyó la conversación por aquel momento, marchándose las tres personas y quedando solo el Abad y el mensajero; aquél preguntó a éste si quería comer, y aunque le contestó negándose a ello, a fuerza de sus instancias, porque no lo tuviese por grosero y desatento, aceptó su convite, diciéndole que en la puerta le estaba esperando un amigo de Sevilla, que había venido en su compañía para ir a la Posada, e inmediatamente el mismo Abad le abrió la puerta a don Joaquin María de Torres y Úbeda para que también se quedase a comer; a los dos los condujeron a un departamento donnde estaba dispuesta la mesa, y les sirvieron la comida, estando presentes el Abad y la señora anterior, que según entendió, era su sobrina; y durante la comida refirió dicho Señor Abad las mismas palabras antes expresadas, aunque no con el tono altanero y ensoberbecido que antes había usado, refiriéndole y reencargándole las cláusulas: "diga Vd. al Señor Coloncito que no me mande ningún mensaje, porque el conductor será arrojado por la escalera, y si el Provisor de Sevilla se me presenta, lo llevaré preso a la Torre de San Eustaquio de Sanlúcar la Mayor"; cuyas cláusulas las repitió seguramente más de cuarenta veces, para que así se lo manifestara, no solo al Señor Provisor, sino a todos sus secuaces, con expresiones insultantes a Su Eminencia el Cardenal Arzobispo su Señor [del emisario] y a sus familiares, que por decoro y atención las omite. Y así que acabó de comer se retiró con su compañero de viaje, despidiéndose del Abad y pasando a hacer noche a Villanueva del Ariscal, por ser ya más de las cuatro de la tarde y hacer tiempo bastante tempestuoso. Y para que conste lo pone por Diligencia, uniendo a continuación el Oficio y testimonio abierto con su cubierta. En Sevilla, a 1º de diciembre de 1826. Juan de Mata Redondo, Notario.
Por esta escalera amenazó el Abad Mariscal (retratado más abajo, con las carnes prietas denunciando buen año) con tirar al Emisario. Quien esto escribe más de una vez ha almorzado con las posaderas en uno de esos escalones, cerviz hundida por los pasamanos metálicos, bicicleta aparcada a la vista y la mente expandida en plaza tan histórica (perdón: en plaza con tanta historia).
Y bien, al fin y a la postre los dos caballeros habían sacado al menos las andorgas repletas por la patilla. Lo malo fué que entre Olivares y Villanueva les cayó un diluvio frío y mortal. Aunque en la posada aliscareña durmieron calientes y en seco, por la mañana don Juan tenía una medio pulmonía encima y a duras penas pudo encaminarse con su compañero hacia Sevilla, entre toses ahogadas por una espesa bufanda. Todo el paisaje matutino estaba borrado por una niebla helada, y al pasar por nuestra Villa, a la altura de la Obra Nueva y Vieja de la Inmac-ulata en la Calle Real clavaron ambos en sus puertas astilladas sendas miradas preñadas de odio.
Pasaron dieciséis días sin que pareciera moverse una hoja. La burocracia se mueve con lentitud, y mucho más si es la eclesiástica, en la que, entre hondas reflexiones y jícaras de chocolate se toman sus sosegados administradores al pié de la letra la paciencia proverbial del patriarca bíblico Job, prohibiéndosele con gesto enérgico al Tiempo la velocidad acostumbrada en su devenir (para comprobarlo basta darse una vuelta por el sevillano Palacio Arzobispal, por sus patios umbríos donde los limoneros, perchas de un sinnúmero de gorriones y recipientes en sus añosos troncos de las chispas de plata de las fuentes, despliegan sus flores y frutos perfumando el aire encajonado en la intimidad).
Por sus amplias escaleras decoradas con viejos óleos de religiosos pálidos, tristes y orondos, subieron y bajaron nuestros —en su mayoría— analfabetos pueblerinos castillejanos, cohibidos y timoratos, a declarar.
Mientras el viejo cura Bermudo Leila languidecía en su escondrijo trianero, sintiendo a través de la ventana velada con semiopaca arpillera de su habitación el bullicio marinero y fluvial del célebre arrabal, el griterío, las risas y el estrépito, y animándose a ratos pensando que peor era el constante campaneo en la húmeda y tenebrosa torre-prisión de la iglesia de San Eustaquio en Sanlúcar la Mayor que le deparaba el demoníaco Abad Mariscal.
La última partida de Bautismo en la Concepción con letra y firma de Bermudo Leila tiene fecha de 7 de noviembre de 1826; le sigue una nota de Recacha: "En 17 de noviembre de este presente año de 1826 el Reverendísimo Señor Abad de Olivares Doctor don Jose Marical y Rivero personalmente volvió a tomar posesión de esta Parroquia de la Purísima Concepción en la Calle Real de Castilleja de la Cuesta y me puso por Cura Interino de ella y Vicario del Partido." Y el 10 de diciembre bautizó al primer niño, hijo de José Tovar y de Josefa Navarro.
El último casamiento ejecutado por Bermudo es del 12 de octubre de 1825 (ella, la esposa, es María Josefa Cumbreras, natural de Lebrija, hija de Manuel Cumbreras —quien declaró como testigo, ver supra— y de Bárbara Benitez.) Inmediatamente está escrito "1826" y "1827", año este en que empieza Recacha con un sólo registro de boda, para seguir ya con normalidad en 1828. El último entierro lo firmó el viejo Bermudo el 3 de noviembre de 1826, de Francisco de Paula, hijo de Manuel de Torres y de Antonia Rodríguez; vivía en la Calle Real. Entre este folio hay una hoja impresa que presentamos en la foto que sigue.
Está dirigida al Señor Cura más antiguo de la Parroquia de la Calle Real de Castilleja de la Cuesta y su firmante revela nepotismo. Y ya en 26 de noviembre aparece José María Recacha como Vicario y cura interino de la Inma despidiendo difuntos, con uno sólo este año, Juan Tovar, marido de Elena López.
En lo que son los Libros de la Calle Real, a Bermudo no se le vuelve a ver el pelo.
Continuaremos, en dicho Palacio del Arzobispo sevillano, en 16 de diciembre de 1826. Pero no perdamos el norte: no hay que ir a Salamanca para suponer que entre la gente que veía trabajar al cerrajero aquel funesto día estaban algunos adolescentes, entre ellos el futuro Capitán Oliver, adivinando los glúteos, los muslos y los senos que las tres señoras ocultaban bajo sus "trajes de camino".
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