sábado, 26 de diciembre de 2015

Padrón 1x



Quedan algunos flecos del tema que nos ocupa, respecto a éste con menor trascendencia pero interesantes en cualquier modo; optamos por darles aquí algún desarrollo para vincularlos y completarlos luego cuando tratemos asuntos de ya más entrado el siglo XX.

Homónimo del jefe absolutista castillejero fué un José Ortiz Navarro también natural de Castilleja, hijo de Francico y de Ángeles, que sobre el año 1900 con 26 años de edad en el referido año trabajaba como mozo en el número 10 de la sevillana plaza del Duque de la Victoria (nombrada así por el general Baldomero Espartero, vencedor de la 1ª guerra carlista); junto a José y con la categoría de sirvienta había otra castillejana llamada Carmen Barbero Adorna, de 28 años e hija de José y de Francisca.
Los padres de esta última José Barbero y Francisca Adorna vivían en la Calle Real número 104, y en el año 1897 se les casó en la iglesia de la Inmaculada de Castilleja otra hija llamada Teodora y con 25 años de edad, con el panadero de 29 años Diego Oliver Polvillo, natural de nuestra Villa e hijo de Juan Oliver y Carmen Polvillo, difuntos ya entonces.

La familia del mozo José Ortiz en Sevilla habitaba en el número 31 de la calle Águilas* de la parroquia de San Esteban y en 1902 constaba de cuatro miembros —él se habría independizado del núcleo con anterioridad—: la viuda de un tal Carlos** Ortiz de nombre Florencia Navarro Gutiérrez***, de 40 años, natural de nuestra Villa, hija de Antonio y de Manuela, con 8 años de residencia en la capital, y sus hijos Francisco, de 17 años, nacido en Castilleja y carpintero de profesión; Antonio, de 14; y Ángeles, de 19, ambos también dados a luz en nuestro pueblo. Florencia la viuda de Carlos lo era ya en 1898, cuando aparece empadronada en el mismo domicilio y con sus dichos tres hijos.

* Calle Águilas, en el Casco Antiguo, desde la Alfalfa y Cabeza del Rey Don Pedro a plaza de Pilatos y Caballerizas.

** Carlos no era un nombre usual en nuestro pueblo durante el siglo XIX. En los Índices de libros parroquiales a la letra C la ocupan Concepción, Carmen o Catalina, pero en ningún caso el homónimo del hermano de Fernando VII que dió origen a "carlismo". Con casi total seguridad pienso que a este Carlos Ortiz padre del empleado del Duque le dieron tal nombre por las afinidades absolutistas de su familia.

*** Sospechaba el autor de esta historia que la viuda se había trasladado a Sevilla huyendo de liberales, extremistas, exaltados y moderados que podrían estar haciéndole la vida imposible en Castilleja por la filiación política de su familia, como tantas veces ocurre. Pero otro padrón sevillano quita fundamento a tal sospecha: el 8 de junio de 1867 a las 9,30 de la noche nació en Sevilla, en la calle del Garzo nº 9, Antonia, hija de José Luque y de Luisa Oliver, naturales de Castilleja de la Cuesta. Abuelos paternos, José Luque y María Quintanilla, y maternos José Oliver y Manuela Pacheco, todos también de nuestra Villa. Padrinos, Rafael Alonso y Antonia Pacheco. El nombre de calle del Garzo fué sustituido en 1915 por el de García Ramos, pintor sevillano (1852-1912); esta vía va desde la confluencia de la plaza del Museo, Cepeda y Alfonso XII a la plaza de Rull.
En la Rectificación del Empadronamiento de 1899 Antonia, ya con 31 años, vive en la calle de San Vicente nº 90, parroquia de San Lorenzo, casada con Antonio Pavía Bermúdez, de 41 años, natural de Sanlúcar la Mayor, jornalero, hijo de Antonio y Dolores; tienen un hijo, José Pavía Luque, de 7 años, y con ellos vive Dolores Bermúdez García, suegra de Antonia, viuda de 62 años, hija de Benito y Salud. Cuatro años antes habían vivido en la calle Red, pero sin Dolores la suegra todavía.
Tanto los Oliver como los Ortiz emigraban, naturalmente. Resta anotar que el referido abuelo materno de Antonia, José Oliver, es nada menos que el hermano del capitán Francisco Oliver López. Mi tatarabuelo, dicho de otro modo. Su hijo José Oliver Pacheco (mi bisabuelo) fué el que agredió al oficial carlista Ortiz.
Hemos dejado a Antonia en 1899 viviendo en la calle de San Vicente número 90 con su esposo e hijos. Era aquello uno de los corrales de vecinos más antiguos y grandes de Sevilla. En él recaló, después de vivir en Castilleja unos años, una muchacha de Nerva que luego sería mi madre, con la suya anciana y ciega, la cual murió en dicho corral en 1947.

Nº 71. Lucía Capado Mollado. En la Ciudad de Sevilla a veintinueve de Abril de mil novecientos cuarenta y siete: yo, el Dr. Don Fernando Torralba y García de Soria, Presbítero y Abogado, Cura Propio de la Parroquia Mayor de Santa Cruz de Écija y Regente de la de San Lorenzo Martir de Sevilla, mandé dar sepultura eclesiástica al cadáver de Lucía Capado Mollado, natural de Nerva, de edad de setenta y cinco años, de estado viuda de José Martin González e hija de Diego y María Andrea. Falleció ayer a las diez horas en la casa número noventa de la calle San Vicente, a consecuencia de Miocarditis según el facultativo Don Antonio Alonso. Recibió los Santos Sacramentos de Penitencia y Extremaunción y se le hizo transporte de cuarta. En fé de lo cual lo firmo, fecha ut supra. Dr. Fernando Torralba.

Corrigiendo algunos errores de este cura de San Lorenzo, mi abuela materna se llamaba Lucía Capado Moyano y era natural de Valverde del Camino. José Martin Gonzalez, nacido en Riotinto, fué su primer marido, un minero del que sé muy poco, al parecer fallecido en accidente laboral y con el cual tuvo dos hijos. Mi abuelo materno su segundo esposo se llamaba José Jiménez Díaz y era natural de Estepa.
Averigüé mucho sobre la comunidad que habitaba el número 90 de San Vicente —hoy un moderno bloque de apartamentos— preguntando a vecinos que vivieron los míseros años de la postguerra en ese tramo de la larga calle.


        Interior de los "Almacenes del Duque"

Era el lugar de trabajo del mozo José Ortiz Navarro en el Duque (parroquia de San Miguel) por aquel entonces un próspero y afamado negocio de venta de tejidos y confecciones llamado "Almacenes del Duque" al que quien esto escribe recuerda haber sido llevado por su madre alguna vez siendo un niño, habiendo quedado impresionado por la amplitud del patio central bullicioso de actividad, y por el espectral efecto de la luz filtrada a través de su inmensa cubierta encristalada.
Sobresalían, sigo hablando de 1900, en cantidad entre su personal trabajador —dependientes, mozos y sirvientas— los asturianos: de Arenas, de Infiesto, de Orlés, Cabranes, Fresnedo, Travesera, Cárabes; alguna representación de las provincias de Cádiz, Badajoz, Jaén, Huelva, Cáceres, Málaga, Córdoba; o de Toledo, Logroño, Tarragona; un cubano de 18 años, y extrañamente bastantes pocos empleados hispalenses. Tendría oportunidad el mozo Ortiz de conocer de primera fuente muchas culturas y formas de vida, siquiera fuera de manera oral, manera que en muchas ocasiones es infinitamente más completa, rica e informativa que las que puedan utilizar todas las bibliotecas del orbe, porque si "una imagen vale por mil palabras", cuando la imagen tiene inmediatamente detrás un corazón y un cerebro y las palabras no son trazos muertos de tinta sobre inanimado papel, sino la voz de un semejante, me asiste en esta mi opinión toda la razón del mundo.

En el primer año del pasado siglo XX, 1900, el jefe de nuestros dos paisanos y dueño de la importante empresa, el comerciante Juan Antonio Fernández de la Riva, tenía 48 años; natural de Nieva de Cameros en Logroño, era hijo de Manuel y Catalina y contaba 25 años de residencia en Sevilla; casado con la sevillana María Escobar Barrón, de 37 años e hija de Juan y Romana.
Los hijos del antedicho matrimonio fueron, Manuel de 18 años en tal 1900 (quien luego licenciado en Filosofía y Letras, continuó con el negocio junto a su hermana María), dicha María, de 15 años, Juan Antonio de 13, Victoria de 12 y Victoriano de 10 (estos dos últimos llamados así ¿por la victoria de Espartero sobre los carlistas que dió nombre a su título ducal y a la plaza sevillana?). Entre los dependientes y en primer lugar de la lista del empadronamiento un Juan Ramón de la Riva y de la Riva, de 28 años y natural de Quesada (Jaén) hace pensar que era familia de la madre del dueño, la dicha Catalina.
El comerciante tuvo la habilidad de, adquirido en pública subasta, conservar el añejo edificio reformando en el interior lo indispensable para desarrollar el negocio, siendo así que lo que había sido antiguo palacio del marqués de Palomares apenas sufrió alteración. Mas de nada sirvió la sensibilidad del riojano. Fué derribado en 1965 y en su solar se construyó El Corte Inglés.

"La plaza del Duque de la Victoria llegó hasta mediado los años sesenta con los edificios de las casas palacios del marqués de Palomares, de Sánchez-Dalp y de la familia Cavaleri, más el Hotel Venecia. Los cuatro edificios citados, más el del colegio Alfonso X el Sabio, formaban un conjunto arquitectónico variado en el que coincidían estilos eclécticos, regionalista sevillano, y del siglo XVI. Si ahora existiera la plaza tal como llegó hasta mediado los años sesenta, no cabe duda que sería admirada como un patrimonio arquitectónico de valores históricos y artísticos excepcionales. Las fachadas de los edificios citados eran preciosas, y todos ellos pudieron ser reutilizados para sede de organismos públicos, museos o fundaciones..." ha escrito Julio Dominguez Arjona con mucho acierto. Yo añadiría también como hace Julio el cuartel de San Hermenegildo*, otro monumento aledaño digno de mejor suerte, cuyo solar ocupa hoy la plaza de la Concordia entre la Gavidia y el Duque. En tal cuartel hizo el servicio militar el padre de algún amigo mío de mi misma "quinta". Y en tal cuartel y como oficial, prácticamente pared por medio con el lugar de trabajo del mozo José Ortiz, fué aquilatando su odio y su sed de venganza hacia la preponderancia popular segundorepublicana un nefasto personaje que con su accionar en julio de 1936 inauguró el periodo más terrible y siniestro de la historia de Castilleja de la Cuesta que documentación alguna registra: el capitán profesor de equitación Gabriel Fuentes Ferrer, delegado del Excelentísimo Señor General de la Segunda División Orgánica o, en otras palabras más llanamente escritas, el títere empercochado en sangre del impoluto genocida Queipo de Llano.

* Antes de la desamortización de Mendizábal fué sede de la Compañía de Jesús. Debió estar aquello bullente de esas arañas negras que con tanta perfección describió Vicente Blasco Ibáñez en su renombrada novela histórica de tema jesuítico. En tiempos del capitán Fuentes Ferrer albergaba al Regimiento de Soria nº 9 y al de Infantería de Granada, este último especializado en brutales represiones a sangre y fuego contra las manifestaciones reivindicativas de obreros de la zona, como por ejemplo contra la de habitantes de la cuenca minera de Riotinto en 1888 (el célebre "Año de los Tiros").
Cuando la horterada castillejil —chaqueta azul marino cruzada, camisita calada, peinado empapado en agua, caminar andamioso— oía mencionar siquiera a la Banda de Música de Soria 9 se le abría los esfínteres patas abajo. No había machote en el pueblo que no acompañara hora tras hora a aquellos soplagaitas y tamborreros de verde aceituno durante toda la Semana Santa, día y noche, pegando la oreja y marcando el paso con ellos, y en las paradas de descanso solían los currucos ofrecerles al clarinete o al flauta el paquete de Ducados emboquillados recién abierto como para la ocasión, con gesto prepotente y campechano, arrimándoles fuego apantallado con las serviles manos. Al momento, en marcha de nuevo los de Soria, a soplar de lo lindo y de lo feo mientras de reojo imaginaban los glúteos que las castillejanas más avanzadas empezaban a dejar marcar tras sus faldas. En la delantera abriendo paso al desfile y a su director se agrupaban las beatillas jóvenes cogidas del brazo y exhibiendo sus tipitos, el peinado y el vestido de estreno. Los principales de la Villa, viejos industriales fascistas que apenas sabían firmar, se disputaban el honor de agasajar a los uniformados intérpretes de "Las Aguas" o "La Amargura" con banquetes de tapitas de jamón, queso, gambas y chorizo y para beber manzanilla y fino, desplegados en extensas mesas de impolutos manteles en los salones de sus casas, en cuyos portales se amontonaba mientras tanto el instrumental sonoro vigilado por un centinela.
La regresión social con el triunfo de Paca la Culona había sido imponente. La estupidizante  maquinaria represiva formada por curas y militares había devuelto al país a los peores años del siglo XIX, y en ciertas cuestiones todavía más atrás. Fijémonos en la siguiente partida de casamiento —que viene al pelo por tratarse de una novia Ortiz— efectuado hacia la mitad del dicho siglo, de cuyo ceremonial y rito concluyo que en la Castilleja del primer franquismo nadie se escandalizaría, antes al contrario, hubieran sido aceptados y asumidos como algo lógico, normal y necesario. Es más, hoy quedan reminiscencias preocupantes de tal "tradicionalismo", y no es extraño que dirigentes políticos de la actual democracia borbónicomilitar respaldados por la chusma votante —"Dios los cría y ellos se juntan", que diría un creyente— ensalzen y admitan acciones y hechos del mismo corte teatralizadamente inquisitorial.

"Casamiento y Velación. José López Gómez con María de la Concepción Ortiz. Limosna. En la Villa de Castilleja de la Cuesta, provincia de Sevilla, yo, Dn. José del Castillo y Fernández, Pro. Cura de la Iglesia Parroquial del Sr. Santiago de dicha Villa, por mandamiento del Sor. Juez de la Santa Iglesia desposé y casé por palabras de presente que hicieron verdadero y legítimo matrimonio y acto continuo velé y dí las bendiciones nupciales de N.S.M. la Iglesia a José López, natural de esta, soltero, de 27 años, de oficio del campo, hijo de Fernando López y de Francisca Gómez, de la misma naturaleza y ejercicio, con María de la Concepción Ortiz, natural de esta, soltera, de 26 años, hija de Pedro Ortiz y de María del Carmen Tovar, naturales de esta, de oficio aguador, habiéndosele dispensado por Su Santidad el parentesco del cuarto grado de consanguinidad con que se hallaban ligados, y después de haber cumplido la penitencia pública que se les impuso por el tiempo de tres meses al Novio, de trabajo a beneficio de la Fábrica de Santiago, y a la Novia la de oir la Misa Mayor de dicha Parroquia en cuerpo, y con velas encendidas en las manos y juntamente con el Novio, en cuya misa se mandó por dicho Sr. Juez Eclesiástico que en el Ofertorio se hiciera saber a los circunstantes que aquella penitencia pública que cumplían aquellos contrayentes era por haberse conocido carnalmente sin embargo de saber que eran parientes, y habiendo precedido todos los requisitos requeridos para la validez y legitimidad de este contrato Sacramental, siendo testigos Joaquin Mendoza y Manuel Cansino, vecinos de esta Villa, y por ser verdad firmé la presente en Castilleja de la Cuesta a 20 de octubre de 1858. José del Castillo."



Buena fiesta y jolgorio hubieron de tener las gentes de La Plaza —y en general todo el populacho— a costa de estos dos desgraciados (considerándolos como tales por la presión que hubieron de padecer para llegar a tan bochornosa situación). Me hubiera gustado ver al apocalíptico de aldea José del Castillo y Fernández, Presbítero Cura de la Iglesia Parroquial del Señor Santiago, ejerciendo de confesor o asistente espiritual de la ardorosa ninfómana conocida popularmente como La Chata (Isabel II) en la corte madrileña. Seguro que en la capital con la libidinosa reina no era capaz de mostrar tanta rigidez moral, ni muchísimo menos.
Parece que el sobredicho "conocimiento carnal" de los dos primos hermanos no llegó a mayores, porque su primer hijo o al menos el primero registrado, —y bautizado por el mismo cura Castillo por cierto—, lo depositó la cigüeña 12 meses después de la boda, en concreto el día 23 de octubre de 1859 a las 7 de la mañana. Nombre, Fernando José Ángel de la Santísima Trinidad. Padrinos, Francisco Gutiérrez y su mujer Manuela García. Testigos, Joaquin Pérez y Ambrosio Tovar.

Otro Ortiz sobresalió en Castilleja a principios del siglo XX. Pedro Ortiz de los Reyes, conocido como "Perico el ventero" por regentar la Venta de Guía, hoy gasolinera a la entrada del pueblo desde Sevilla; fué condenado por la muerte a cuchilladas de la joven Rosario Oliver Rodríguez, hija de los santeros de la vecina ermita de Guía. Sobre todo este desgraciado asunto escribió un libro muy bien elaborado el castillejense Manuel Carmona Rodríguez, quien me dedicó un ejemplar; su obra CASTILLEJA DE LA CUESTA, TRÁGICO BIENIO documenta esta tragedia con todo pormenor; con su autor tengo el gusto de haber compartido mesa en la sala de investigación del sevillano Archivo Histórico Provincial.




Sobre Perico y los demás involucrados ofreceré en próximas entradas circunstancias vitales que he ido reuniendo en los últimos años. Desde este link se puede descargar un archivo pdf con material gráfico como el que copiamos:




                              Josefa Adorna, ahijada y amante del ventero Perico


              Tumba de la joven Rosario en el cementerio de nuestra Villa


Ávidos e inteligentes lectores de este humilde blog me han sugerido alguna relación entre el Crimen de la Venta de Guía (Ortiz contra Oliver) y la decimonónica enemistad entre el capitán isabelino Oliver López y el oficial carlista Ortiz Navarro (o si se quiere entre los Ortiz y los Oliver) de que trata esta serie de entradas titulada "Padrón"; pero siempre he deshechado tan aventurada hipótesis, aun cuando ya se dió un grave conflicto entre ambas familias que resultó con la muerte de un Ortiz (de Juanguren en concreto) por un Oliver (el maestro de hacer espadas). No creo que el odio traspase cual fantasma etéreo generaciones y generaciones saltando de cerebro en cerebro y a consecuencia de unos lamentables hechos acontecidos en el siglo XVI una sencilla muchacha llena de vitalidad a principios del siglo XX muera de la forma en que murió. Quien esto escribe, Oliver de apellido como es público y notorio, no profesa ni consciente ni inconscientemente ninguna animadversión contra nadie que ostente el apellido Ortiz, si queda algún representante de él en nuestra Villa en tal línea, lo cual, sinceramente, ignoro a estas alturas de mis afanes investigativos; aparte de cierta vez en que comentando este turbio asunto con cierta persona pariente en segundo grado de Perico sentenció: Él era inocente. La culpa la tuvo ella porque lo provocaba.
Fantasmones de la subcultura parecen oponerse a la expresión histórica si ellos resultan perjudicados. No hay que hacerles caso: en la próxima entrada iniciaré el tema de los fusilados castillejanos en julio de 1936.


Sigo para terminar con una observación sobre la transmisión de los apellidos, antiguamente tan "laxa, caprichosa e indeterminada" a ojos contemporáneos. Sabemos que en, supongamos, el siglo XVII, cinco hijos de un matrimonio podían llevar, el primero el apellido de un tío materno por ejemplo; el segundo quizás el del padre; el tercero acaso el de la abuela paterna; el cuarto a lo mejor el de un bisabuelo; y el quinto el segundo de su madre, pongo por caso. Analizando con algún detenimiento este hábito social, le descubrimos la ventaja de que rememoraba a la familia extensa en dos o tres generaciones y a veces más, con la carga emocional que ello implica, y a título identificativo se podía conocer a una persona no tan "linealmente" como en nuestros días. También era sumamente fácil cambiárselo uno mismo (quizá en muchos o en algún caso el "parecido físico" con algún ancestro decidía al descendiente efectuar tal cambio). De esta forma también se podía borrar del linaje a alguno de sus componentes que resultara, a efectos de fama y honor, vergonzante o indeseado. El sistema era mucho más sugerente que el nuestro. A este de hoy en día una persona del Renacimiento lo tildaría de "rígido, poco expresivo, agotador, y enormemente discriminatorio hacia el sexo femenino", puesto que por vía matrilineal se pierden los apellidos, preponderando siempre a través de las generaciones el paterno, de forma que la mitad de la Humanidad queda ensombrecida y sin existencia oficial; pensarían nuestros antepasados que estamos perdiendo mucha información genealógica, defecto que no subsana ni siquiera la nueva ley sobre apellidos, con la que en un hijo el de la madre puede figurar en primer lugar. En este sentido, la nueva ley se queda corta.

1 comentario:

isabanewmexico@coac.net dijo...

Antonio:
Muy interesante tu articulo aunque, yo básicamente estoy interesado en Josefina de Comerford que falleció en la calle del Garzo en Sevilla, en 1865.
No puedo concretar la casa donde murió y sus circunstancias.
Estoy interesado en contactar con algún estudioso-historiador de Sevilla para intercambiar información.
José Oms – Barcelona
isabanewmexico@coac.net

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...