martes, 18 de junio de 2019

Historia de los apellidos, 19.


Cuando la única vía de tránsito entre Sevilla y Huelva pasaba por la Calle Real de Castilleja, el transporte pesado de mercancías de día y de noche en colosales camiones, cuyo desplazamiento atronador parecía estremecer hasta los cimientos más sólidos y profundos del pueblo, rememoraba en los inquilinos de la hacienda San Ignacio viejas glorias ya pretéritas. Los enormes vehículos desplazaban toneladas y toneladas del vario material cosmopolita que los grandes cargueros traían por mar al puerto onubense desde todos los rincones del mundo, para ser distribuido a partir de la capital andaluza a toda Andalucía occidental. Huelva era la puerta porque el puerto fluvial hispalense no tuvo nunca —ni tiene— calado suficiente como para competir con ella. Y el de Cádiz, más lejano y aislado por las elevaciones montañosas del Sistema Bético, no era una opción rentable. De esta manera a escasos dos o tres metros del portalón de la antigua hacienda jesuita desfilaban sin solución de continuidad aquellos mastodontes de metal y madera rememorizando la antigua fortuna y el poderío de Larrinaga y Cía, cuando en los dorados años desde la cabecera liverpooliana, con sus dos extensos brazos —el transatlántico y el del Lejano Oriente— parecía querer estrechar la Tierra toda para sí. Todo lo arrebató el implacable poderío bélico yanqui en tan solo tres meses aciagos del año 1898, cuando con sus golpes brutales hizo colapsar al imperio español.

Recuerdo con toda claridad la impresión que en mí causaba observar los camiones, de lona, semirremolques, de plataforma, frigoríficos, cisternas, portacoches, contenedores, que en tiempo malo de aguacero y viento semejaban precisamente enormes navíos avanzando quejumbrosos por la calle castillejana anegada. El agua que chorreaba por las superficies impermeables de las altas cajas caía por los laterales como si se tratara de grifos abiertos, tal cae por los imbornales que drenan las cubiertas de un buque bajo los golpes de mar en plena tempestad. Igual a través de la llovizna neblinosa brillaban débilmente las luces rojizas o blanquecinas de los pilotos de situación, y el ruido que producían los potentes motores era el mismo que el que produce el océano embravecido por la tormenta.
Aunque siempre, —desde los tartesos que navegaban hasta Irlanda—, fue la Calle Real desfiladero paralelo de carácter marinero, su apogeo como tal se lo proporcionó la repentina industrialización de Huelva instada por los tecnócratas del desarrolismo franquista, tan mal planificado, por cierto, que hoy ha llevado a aquella zona a un irreversible desastre medioambiental.
Esta actividad frenética que por el centro neurálgico de Castilleja ocurría y que relato de manera más imaginada que auténtica debió con toda probabilidad suscitar en el viejo señor Arana resurrecciones de episodios aventureros que, con seguridad, sus tíos Pedro y Miguel —o terceros— le referirían en las veladas vespertinas otoñales al calor de la chimenea del salón, en los días de visitas familiares. O que él mismo leyó en la prensa de la época, en libros de historia, y en cartas y diarios personales.


Uno de los salones de la hacienda San Ignacio, reconstruido —creo que con acierto— por los nuevos empresarios hoteleros.

Vamos a embarcarnos en uno de estos episodios de aventuras de la línea naviera de los Larrinaga, ya anticipadas sus circunstancias en la entrada anterior cuando se vió que el navío Gloria llevaba deportados españoles que estando cumpliendo condena en Filipinas regresaban a la Península para acabar de cumplirla.
La peor fama en toda la historia de la deportación de seres humanos la sobrelleva el gobierno de Su Majestad Británica con el envío de masas de delincuentes a Australia, pero los presidiarios desterrados que España mandaba a Filipinas han permanecido a la sombra de la investigación, dormitando sus tristes expedientes en el Ministerio de Ultramar y en el Archivo Histórico Nacional.

Olano, Larrinaga y Cía tenían el monopolio de estos trasportes de penados, al ser ellos la única línea que cubría los viajes al archipiélago extremoriental. Como decía el periódico La Época en referencia al naufragio del vapor Gloria, los sobrevivientes de esta tragedia acamparon en una playa del archipiélago de Singapur, a la espera de la llegada de ayuda: "Establecióse en un local, a orillas de la playa, el campamento al aire libre, ínterin se traían lonas de a bordo, con la debida vigilancia. La estancia allí no creo fuese muy agradable, careciéndose de buenos alimentos y teniendo que comprar algunos a aquellos naturales a un precio exorbitante; y eso que gracias a los infelices deportados, de quienes se hacen justos y merecidos elogios, tenían en abundancia mariscos y cocos, que aquellos, con riesgo de sus vidas, buscaban y traían de la playa e interior de la isla [de Pulau Laut, del archipiélago indonesio en el mar de Natuna] y repartían con todos amigablemente."

Al cabo de 19 días en la isla de Pulau Laut arribó al lugar en el vapor inglés Bentam un representante de Olano y Larrinaga, que puso a disposición de los pasajeros de primera clase el citado Bentam para ir a Manila o Singapur y desde allí a Barcelona. Hambrientos y casi desnudos, esta élite de adinerados recaló en Singapur una semana después. La Compañía destinó al Victoria, en singladura desde Filipinas a las Islas Marianas, para recoger a su regreso a los deportados que habían quedado esperando en Pulau Laut, los cuales mientras tanto sufrían un calor inaguantable, la amenaza de enfermedades —viruela, cólera, lepra, peste bubónica, etc. —. Se les distribuyó una muda de ropa (pantalón, blusa, camisa y un par de zapatos). Por fin el Victoria los trasladó a Singapur, a donde llegaron tras casi un mes de penalidades desde que naufragaron. Nada más atracar, entre 40 y 50 deportados saltaron a tierra y trataron de evadirse, logrando las autoridades locales devolver a bordo a casi todos. El Victoria volvió a España con 1.089 personas —niños, deportados, tropa, marinería y pasajeros de 1ª, 2ª y 3ª clase—. Durante las dos horas de parada en Port Said para carbonear aprovechó de nuevo para saltar a tierra un grupo de más de 60 deportados, pudiéndose hacer volver a embarcar a 40 de ellos. Los otros 20 se quedaron allí, originando un conflicto entre el Cónsul hispano y las autoridades egipcias, ya que estas últimas no sabían muy bien qué hacer con ellos, desconociendo como desconocían si eran convictos o pasajeros comunes. El Cónsul trató de alojarlos, contratando que se les diera de comer dos veces al día y proporcionándoles colchones, pero al poco las quejas por hambre obligaron al diplomático a pagar al posadero dos francos más por cada ración. La veintena de evadidos cometió toda clase de desmanes mientras estuvo en tierra, armando trifulcas y broncas con los naturales, robando artículos de los almacenes y tiendas o pagándolos con monedas que "plateaban" con mercurio para que parecieran de más valor.
Antes, al hacer escala en Suez en la boca meridional del Canal, ya se habían escapado del Victoria 12 deportados, que originaron conflictos parecidos a los posteriores de Port Said. Tres meses después de la llegada del navío de Larrinaga a Barcelona-Cádiz con destino final Liverpool, el Cónsul de España en Suez rogaba que "... envíen refuerzos militares en el vapor Emiliano, que al regresar de Filipinas a la península hará escala en este puerto, para poder detener y conducir a bordo a varios de los deportados que aún quedan, procedentes del Victoria, que se niegan a retornar a la península y están cometiendo desmanes sin cuento, que pueden dar lugar a conflictos serios". ("Carlos María López de Arenosa y Fernández de Castro". Elisa Gómez de la Pedraja. Revista ASCAGEN, nº 5, primavera de 2011, pág 81 y siguientes).
Con el telégrafo y el barco de vapor el papel carbón, la máquina de escribir o la fotocopiadora, las comunicaciones consulares perdieron su característico sello personal que las asemejaba más a cartas familiares o a páginas de diarios que a correspondencia oficial. En un registro administrativo que aparece en el despacho del 23 de mayo de 1821 de un cónsul español en Egipto se lee: "Un golpe fatal, la muerte prematura de mi hija primogénita, la bien querida de toda mi familia, me tiene como fuera de mí y ninguna reflexión que me haga puede disminuir la aflicción de esta pérdida, de modo que algunas veces me extraño yo mismo la poca coordinación de algunos oficios que he dictado".
El cónsul llegó a convertirse plenamente en un representante del Estado que lo enviaba. Se producían continuos incidentes entre europeos y árabes, como cuando un grupo de egipcios persigue a un marinero de Europa hasta el interior del barco en que se había refugiado, y acaban apaleando a bordo al huido y al contramaestre que salió en su defensa. Dos capitanes suecos fueron maltratados por unos guardianes. Un marinero siciliano hirió gravemente a un comerciante indígena. Un desertor de Manila, soldado del regimiento de Murcia encerrado en la cárcel consular, vocifera día y noche que se llama Alí Abdalla y que es circunciso y turco. Un pescadero propina un bofetón al criado del cónsul de Nápoles. Ramón Fernández, natural de Cartagena, da una bofetada a un árabe. Un oficial egipcio insulta de palabra y echa las manos al cuello al hijo de un rico comerciante mallorquín, y éste le devuelve un bofetón y un puñetazo. Los marineros de la corbeta de guerra italiana Etna se enfrentan a un grupo de locales, con heridos por ambas partes. En tiempos de cólera las prácticas funerarias musulmanas —cortejo, abluciones del cadáver, exposición en la mezquita— entran en conflicto con las prescripciones higiénicas dictadas por las autoridades europeas en el país, dando lugar a colisiones entre el pueblo y los policías, o entre estudiantes y soldados.
Cuando en agosto de 1877 el vapor Victoria de la compañía de Larrinaga arribó a Port Said con 853 pasajeros, 143 tripulantes y 600 deportados cantonales de Alcoy, Cartagena y otros lugares —zapateros, jornaleros, plateros herreros, jardineros, tejedores, pescadores, etc.—, procedentes de las islas Marianas el capitán del buque comunicó al vicecónsul honorario que aquella gente no respetaba ninguna clase de autoridad, y menos la del soldado español. A pesar de las medidas de vigilancia, sesenta de ellos consiguieron escapar según queda dicho. Ver Relatos de cónsules en el Egipto del siglo XIX. Ignacio Rupérez. Revista de Occidente, nº 77, 1987.


Y seguidamente, según lo prometido, me referiré a la otra tía materna de don Teodoro Arana: doña Anselma Larrinaga Luzárraga.
Doña Cruz, la madre de dicho Teodoro Arana, y su hermano don Julio Ramón de Larrinaga y Luzárraga pleitearon hacia 1916 ante el Tribunal Supremo contra don Domingo, doña María y don Miguel de Larrinaga y Luzárraga, sus otros hermanos, a cuenta del testamento de esta otra hermana, doña Anselma.
Los tres últimos habían recurrido la sentencia de la Sala de lo Civil de la Audiencia de Burgos, favorable a Cruz y Julio, pleito que se incoó en el Juzgado de 1ª instancia del distrito del Ensanche, de Bilbao.
En el caso del testamento de Anselma, una parte alega que el Notario no cumplió estas formalidades, no se le leyó el testamento a Anselma y no pudo dar su conformidad y aquiescencia, aunque lo firmó. Tampoco estuvieron presentes los testigos al principio del acto, sino solo al final. Dos de ellos no conocían a Anselma.
Anselma otorgó testamento en Portugalete el 8 de septiembre de 1891 ante el Notario don Juan Braulio de Butrón (1). Tenía 22 años de edad, soltera, residente en Bilbao en el nº 13 de la calle de la Estufa, cuarto 3º, y accidentalmente en las Arenas de Guecho. El Notario Butrón, al considerar que Anselma no estaba por regla general en la plenitud de sus facultades mentales, designó a los médicos cirujanos don Juan José Conde Pelayo y Ruíz (2) y don Nicasio de Retuerto y Castaños (3), vecinos de Portugalete, los cuales dijeron que Anselma tenía bastante lucidez y razón como para otorgar testamento. Ella declara ser católica. Lega 1.000 pesetas al Hospital de la Anteiglesia de Mundaka (de donde era natural), y otras 1.000 a los pobres de dicha Anteiglesia, y para su repartición da poder a su tío don Miguel Antonio de Luzárraga, vecino de Bilbao. Nombra herederos del remanente de sus bienes a sus hermanos María, Miguel y Domingo, y a su tío Miguel Antonio de Luzárraga, a partes iguales. Nombra por albacea al dicho su tío, y si falleciera, a don Pedro de Larrinaga, su tío paterno, para que vendan los bienes precisos para cumplir el testamento, paguen las deudas, hagan inventario y tasación, liquidación y partición, cobren deudas y créditos y recibos y cartas de pago, cancelen hipotecas y defiendan los derechos de su testamentaría compareciendo ante las Audiencias, Juzgados y Tribunales con las demandas que procedan, y si transcurrido un año no pudieran terminar sus trabajos, entiéndase prorrogado. Testigos, don Guillermo de Murgoitio, don Guillermo Iturzaeta y don Manuel Alejandre, vecinos de Portugalete.
Constaba en los autos una certificación librada por el Notario don Carlos Bereciartúa —que sustituyó a Butrón— para impugnar la validez del testamento, mediante particularidades y enmiendas de redacción, como raspaduras, entrerrenglonaduras, reservas de espacios en blanco para escribir con posterioridad, paréntesis y rayas sobreañadidos y carencia de la rúbrica del Notario Butrón en cada una de las hojas.

En cuanto a la capacidad legal del testador, el juicio de los médicos no es suficiente, y ha de completarse con el formado a su vez por el Notario y los testigos instrumentales, dando fé aquél de hallarse el otorgante en la integridad de sus facultades mentales
 Según prueba pericial caligráfica hecha por los expertos presentados por los demandantes, había palabras escritas con posterioridad al texto, las cuales probaban que el Médico Juan José Conde no se hallaba presente cuando el Notario escribió el testamento
También se alegó la falta de idoneidad de los testigos instrumentales, uno de los cuales fué Guillermo de Iturzaeta, vecino de Ochandiano, quien hubo de declarar 18 años después a requerimiento de don Teodoro Arana Beláustegui (marido de doña Cruz): Guillermo dijo que entonces estuvo accidentalmente en Portugalete en casa de su hija Ángela, y allí conoció a Butrón, quien le llamaba con frecuencia para actuar de testigo pagándole un real cada vez, y en 1891 asistió como testigo a un testamento otorgado por una joven como de unos veintidós años, vestida con mucha elegancia y de sombrero, sin poder recordar su nombre, acompañada de otra mujer de bastante más edad y vestida con más modestia. Reconoció que no las conocía y sí a los dos médicos y a los testigos, y recordaba parte de las cláusulas del dicho testamento.
También requirió don Teodoro Arana Beláustegui a la viuda de otro testigo —Guillermo Murgoitio—, doña Engracia Aguirre, vecina de Portugalete en la calle Coscojales nº 14, que declaró que su esposo, un zapatero de hábitos caseros que apenas salía de Portugalete, conocía a Butrón por vivir enfrente de él, y que solía llamarlo para actuar de testigo, pagándole 25 céntimos de peseta cada vez, y que dicho su marido por lo general no conocía a los otorgantes de las escrituras. Según una certificación expedida por el Alcalde de Portugalete, se acreditaba que ni en el padrón general de habitantes, ni en el de cédulas, ni en el de listas electorales, correspondientes a 1891, figuraban ni Guillermo Iturzaeta ni Juan Guillermo Iturzaeta. Otra certificación del mismo funcionario daba fé de que en el padrón general de habitantes del año 1892 figuraba Guillermo de Iturzaeta con dos años de residencia en el pueblo. Otra certificación incluía la vecindad en Portugalete de los dos médicos desde varios años antes de 1891. Una copia de una hoja del Ayuntamiento suscrita por el yerno de Guillermo Iturzaeta declaraba que éste formaba parte de su familia desde 1890. Y otra certificación expedida por el Ayuntamiento de Ochandiano expresaba que Juan Guillermo Iturzaeta y Eguía era vecino de dicha villa desde muchos años antes de 1891, como seguía siéndolo con posterioridad, con derecho electoral y proveído de sus cédulas personales.
Multitud de dictámenes médicos acreditaban que Anselma había sufrido alteraciones mentales en distintas ocasiones, pero en el recurso la cuestión de la discapacidad o capacidad de la testadora había quedado descartada, porque en la sentencia de la Audiencia de Burgos se reconoció que aquélla otorgó su testamento con capacidad legal suficiente. Falleció en Liverpool el día 5 de octubre de 1908.

El 11 de enero de 1909 otorgaron una escritura pública don Pedro de Larrinaga Luzárraga, don Policarpo de Allóniga  y don Pedro Castet como apoderados respectivamente de los hermanos Domingo, Miguel y María de Larrinaga, compareciendo además dicho don Pedro en su propio nombre, y don Plácido de Careaga y Gorostiza como contador-partidor de la herencia de Anselma. En esta escritura consta que Pedro se excusó de aceptar el cargo de contador-partidor que le había conferido la difunta, habiendo fallecido además el otro contador-partidor por ella nombrado. Por lo cual los interesados en la herencia habían encomendado las operaciones testamentarias al Abogado don Plácido de Careaga, quien valoró los bienes en 2.584.836 pesetas con 40 céntimos, lo que, deducido el importe de lo especialmente legado y los gastos de entierro y funeral, se distribuía por iguales partes entre los tres herederos. Se aceptó la herencia y la partición de Careaga. Cada uno cobraría 857.362 pesetas y 5 céntimos. Se hacía constar también en estas escrituras que don Miguel Antonio de Luzárraga había fallecido cinco años antes que la testadora, (en 17 de junio de 1904).
Al poco tiempo del otorgamiento de la sobredicha escritura, en abril de dicho 1909, presentaron demanda en los Juzgados del Ensanche de Bilbao doña Cruz, asistida y representada por su esposo don Teodoro de Arana y Beláustegui, y don Félix de Larrinaga y Luzárraga, hermanos de Anselma, contra don Pedro de Larrinaga como albacea sobreviviente,  y contra don Domingo y doña María de Larrinaga y Luzárraga —casada ésta con don Teodoro de Larrinaga y Urrutia—. Los demandantes expusieron que Anselma había nacido en Mundaka, parte infanzona de Vizcaya, y que vivió en Liverpool con sus padres. Al morir éstos hubo de ser puesta bajo el cuidado de sus tutores don Miguel Antonio y don José, siendo con tal motivo trasladada a España en compañía de sus hermanas doña Cruz y doña María. Ingresada en un Colegio de Bilbao fué necesario sacarla en pocos días  por hacerse incompatible el desgraciado estado de sus facultades mentales con los deberes que el Reglamento del Colegio imponía a las educandas. Regresada al domicilio de su tutor, hubieron de reconocerla los médicos don Agustín María de Ubieta y don Félix de Norzagaray, quienes calificaron la dolencia de enajenación mental, siendo trasladada a Mundaka en febrero de 1889, y el 15 de abril siguiente, aun no restablecida, se la llevó de nuevo a Bilbao con su tutor, y no pasó mucho sin que éste creyera necesario separarla de la vida familiar, instalándola en habitación distinta sita en el piso inferior al suyo. Y así continuó con altibajos según atestiguan informes médicos, siendo trasladada a Las Arenas de Guecho a mediados de julio de 1890, dando lugar a informes facultativos, intervención del consejo de familia, diligencias judiciales y consideraciones sobre la conducta y actos del tutor en relación a los bienes de la citada doña Anselma, y en cuanto a los negocios que don Ramón de Larrinaga dejó en Inglaterra. Por todo lo cual se deducía que la enfermedad mental de Anselma la hacía absolutamente incapaz para el gobierno de su persona y manejo de sus bienes. La estancia de su reclusión en Las Arenas se prolongó hasta 1897 sin que se notara alivio en su estado de salud, y este año su hermano don Domingo, establecido en Liverpool, determinó llevársela a vivir en su compañía, continuando en estado de verdadera reclusión y falleciendo allí el 5 de octubre de 1908. Que dado el modo de ser de doña Anselma y la manera de vivir que tuvo desde su niñez, nadie podía imaginarse que hubiera llegado a otorgar disposición testamentaria, sin embargo de lo cual llegó a noticia de los actores que lo había hecho en Portugalete el 3 de septiembre de 1891 ante el Notario Butrón y unos testigos que no conocían a la testadora, y sin que se justificase que dicho otorgamiento se había realizado en un intervalo lúcido, con dos facultativos que no habían tenido nunca fama de muy entendidos en enfermedades mentales, aplicándole solo un examen de simple vista a la enferma en el momento en que testaba, incumpliendo así las exigencias del Código Penal en lo que respecta a las personas mentalmente incapacitadas. Siendo así que Anselma estaba entonces sujeta absolutamente a la voluntad de su tutor, siendo imposible que por su propio impulso y ocurrencia suya tomara aquella determinación de otorgar el testamento en las condiciones en que se otorgó, con un Notario que no era el que tenía fama de más competente en asuntos profesionales, y con fama de audaz y resuelto para salir airoso en casos difíciles, procesado en 1886 en causa sobre falsedad de escritura pública e infidelidad en la custodia de documentos, y en otra causa sobre falsedad de un poder en 1896. Que para hacer comparecer a Anselma ante el Notario se la trasladó enferma a través de la ría de Portugalete, embarcándola en época en que no estaba construido el puente exterior (4), haciendo muy peligrosa la travesía. Con testigos preparados repentinamente y prescindiendo de médicos que la conocían, como Norzagaray, Obiota o Esquerdo, cuyas opiniones se ocultaron siempre sistemáticamente por el tutor al Consejo de familia. (CONTINUARÁ EN LA PRÓXIMA ENTRADA).


(1) Las demandantes exponen que hallándose Josefa de Leguineche en su tienda a las 3 de la tarde del pasado 28 de enero, entró en aquel local, “encendida en cólera y atropelladamente de sorpresa la Doña Josefa de Astuy y después de ultrajar de palabra a la expresada su madre (lo cuenta Facunda Fernández de San Pedro), la sacudió una bofetada”. La exponente, que se hallaba en la tienda de enfrente, “al observar tal atropello”, acudió en defensa de su progenitora. Sigue diciendo luego que “la agresora no se contuvo a las reflexiones que aquella la hizo, sino que prosiguió profiriendo iguales insultos y afirmándose en su conducta punible”, hasta el extremo de que no se conformó con lo que había hecho, sino que salió por la puerta y apoderándose del palo o mango de una escoba, se lanzó sobre la hija y “esgrimió el palo sobre su frente, causándola una lesión”, que tardó en curar 4 días, tras la preceptiva asistencia facultativa. Fernanda, hermana de Facunda, que se encontraba igualmente allí, repite lo sucedido. Facunda pedía que se le aplicara a la acusada el castigo que preveía el artículo 484 del Código Penal, en su disposición 4ª. Josefa de Leguineche solicitaba la imposición de la pena señalada por el artículo 493 del mismo Código, en su párrafo 4º. Así mismo demandaban que abonase todas las costas del juicio, los gastos de la cura y otros originados por este hecho. Incluso hablaban de allanamiento de morada perpetrado por Josefa de Astuy. 
Josefa de Astuy, esposa del notario Juan Braulio de Butrón y su explosivo carácter. Roberto Hernández Gallejones, archivero municipal de Portugalete. Biblioteca Digital Portugaluja "El Mareómetro", 2008.



En el Padrón de Habitantes de 1880, localizamos en el número 15 de la calle Coscojales a Juan Braulio de Butrón y Sasía, nacido en Portugalete el 30 de marzo de
1820, de profesión Notario Público, casado con Josefa de Astuy y Aguirre (Portugalete, 17 de marzo de 1822), siendo sus vástagos Ricardo (Portugalete, 28 de mayo de 1852, soltero y labrador), Delfina (Portugalete, 19 de diciembre de 1855, soltera), José Julián (Portugalete, 16 de febrero de 1858, soltero y comerciante), y Rosario (Portugalete, 17 de octubre de 1862, soltera). Constan igualmente en este registro Eladia Bilbao y Astuy (Bilbao, 8 de mayo de 1859) con 6 años de residencia en la Villa. Por último está la sirvienta Guadalupe Angulo y Sagarna (Arcentales, 24 de junio de 1857), la cual llevaba viviendo entre nosotros 3 años. En el recuento poblacional de 1890 esta familia seguía viviendo en el mismo sitio, señalándonos ahora este documento que su domicilio estaba en el segundo piso. No aparece ningún criado pero sí otro hijo llamado Antonio, nacido en la villa jarrillera el 15 de marzo de 1849, soltero y dedicado al comercio.

El denunciado respondió que efectivamente, en el día y hora señalados por la parte acusadora, su hijo Francisco Borja, en compañía de otros cuatro niños un poco
mayores que él, fueron a pasear al sitio “señalado de las Arenas y cerca de la casa del Hospital” (la antigua casa del Telégrafo), donde poseía el señor Almandoz un gallinero, “cuyas aves comían en el mismo lugar”. A Francisco Borja le conminaron los otros chicos a que no dejase entrar a las gallinas a través de un “agujero o ratera que tiene una de las puertas de la huerta de dicho Hospital”. Así lo ejecutó, y mientras tanto el resto de los críos se dedicaron a tirar piedras a las gallináceas. Al punto apareció el propietario de las mismas, quien al ver lo que pasaba, “se armó de piedras enormes con las que tiró ciego de furia, y tanto, que una de ellas pasó muy cerca del hijo de don Juan de Uzquiano (se trata del famoso Gregorio Uzquiano), que era uno de los acompañantes, la que a juzgar por personas que presenciaron el suceso, si le da con ella le rompe hueso o la cabeza. Que dominado por su pasión furiosa pudo coger al hijo del relacionado, y dándole un fuerte golpe lo tiró al suelo, del que levantado le asió de uno de sus brazos, y llevándolo con violencia lo metió en un pozo en el que le dio un baño hasta las rodillas, sacándolo después de él lo condujo con fuerza a la huerta, dentro de la que existe dicho gallinero, y amparándose de una vara de mimbre gorda”, le dio una tanda de golpes, hasta el punto de que dicho objeto se rompió. Como es lógico, ante la violencia del castigo el niño “gritaba pidiendo a Dios misericordia, y sofocó el demandante su voz con la amenaza reiterada de que si no se callaba lo mataba”. 
El demandante expuso que se había presentado en el sitio del Telégrafo, que es donde “el deponente tiene un corral grande para colocar las gallinas de la fonda de esta Villa”. Así las cosas, los hechos acontecieron exactamente en la jornada del 23 de febrero, y de la siguiente manera: “a cosa de la una y media de la tarde fue a dar de
comer a las gallinas, y se encontró con cinco muchachos”, que las estaban apedreando con gran saña, “de una manera que sin llegar a tiempo acaso hubieran acabado con ellas; que uno de estos muchachos era el hijo del demandado Butrón, quien cubría con su cuerpo una gatera que tiene dicho corral”. En estos momentos, discurriendo así dicho acto, se presentó a declarar el señor Butrón con su representante, el vecino del villazgo, José Francisco de Elcoro y Alzueta.
La agresión de Félix Almandoz al hijo del notario Juan Braulio de Butrón en 1860. Roberto Hernández Gallejones, archivero municipal de Portugalete. Biblioteca Digital Portugaluja "El Mareómetro", 2010.




(2) Juan José Conde-Pelayo (1847-1922). El médico de los pobres. Nacido en la localidad cántabra de Vega de Pas, pertenecía a una estirpe de librepensadores prácticos, desengañados de todo lo que no fuese palpable en orden al bien de la humanidad. Realizó estudios superiores de matemáticas, ejerciendo la docencia en el Instituto de Libre Enseñanza de Madrid, publicando varios libros sobre los sistemas de pesas, medidas y cuentas, siendo además gran aficionado a la astronomía y al idioma universal, el esperanto, que dominaba. Sin embargo su amor a la gente le empujó a estudiar medicina, creyendo ser esta la mejor especialidad para servir a sus semejantes.
Con la titularidad de la plaza de médico en la Villa, y ante el recibimiento reticente de la clase más selecta de sus vecinos se dedicó a atender y a ayudar a la gente sencilla y de condición humilde, lo que le valió el sobrenombre de “Médico de los Pobres”.
Casado con la portugaluja María Francisca Urraza, hija de Gervasio el zapatero, tuvo también una participación muy activa en la vida política de Portugalete. De ideas republicanas, gran pacifista, y muy amigo del que fuera presidente de la Primera República Española, Nicolás Salmerón, en 1890 fue el propulsor de la creación del Partido Republicano de Portugalete del que en 1903 aparece como presidente de su Comité local.
El día de su fallecimiento se formó delante de su casa una gran manifestación de duelo que se repetiría al día siguiente en la conducción de sus restos mortales al cementerio, a la que acudieron gentes de todas las ideologías y clases sociales.
Una suscripción popular costeó su panteón, que realizado por el escultor Moisés Huerta, fue situado en lo que entonces era el cementerio civil y actualmente trasladado al centro, junto al monumento a Manuel Calvo.



Foto del Médico de los Pobres.  http://diccionariobiograficoportugalujo.blogspot.com/

(3) Enrique Retuerto Rizo nació en Sopuerta en el año 1873, pasando la mayor parte de su vida en Portugalete. En esta Villa el padre de Enrique, Nicasio Retuerto Castaños alcanzó la plaza de médico cirujano, prestando servicios en la Cofradía de Mareantes. Enrique estuvo casado con Luisa Pagazaurtundua Aguirre, natural de Briviesca- Burgos.
Tanto Nicasio como su hermano Mateo eran naturales de Galdames, y vecinos de Portugalete. La familia Retuerto hizo fortuna al ser propietarios de terrenos por donde hubieron de construirse necesariamente ferrocarriles mineros, poseedores de bienes inmuebles y a su vez propietarios de varias minas.
Mateo Retuerto Castaños fue alcalde de Portugalete en varios periodos comprendidos entre, (1872-1904) y Director Gerente del Puente de Bizkaia los años 1895, 1896, 1903. (Portugalete en la Revolución Industrial 1850/1936. Inmaculada Martínez, Mercedes Iturbe, Begoña Suarez).
https://aureliogutierrez.blogspot.com/2018/12/enriqueretuerto-rizo-retuerto-rizo.html

(4) Se refiere al Puente Colgante, que une Las Arenas de Getxo a un lado de la ría con Portugalete al otro. Este primer puente trasbordador del mundo fué inaugurado el 28 de julio de 1893. Su construcción, debida al arquitecto del hierro Alberto Palacio Elisagüe, fue dictada por la necesidad de unir los balnearios existentes en ambas márgenes de la ría, destinados a la burguesía industrial y a los turistas de finales del siglo XIX. Alberto Palacio se casó con una Arana bilbaína, nacida en 1863, cuyos bisabuelo y abuelo habían sido alcaldes de Bilbao. Ver Puente Vizcaya, de una idea en papel a una realidad en tierra firme. Alfredo Pérez Trimiño. Sancho el sabio: Revista de cultura e investigación vasca, Nº. 27, año 2007.


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Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...