"El tiempo es un tembloroso y exigente problema para nosotros.
[...] Una de esas oscuridades [inherentes al tiempo], no la más ardua pero no la menos hermosa, es la que nos impide precisar la dirección del tiempo. Que fluye del pasado hacia el porvenir es la creencia común, pero no es más ilógica la contraria, la fijada en verso español por Miguel de Unamuno:
Nocturno el río de las horas fluye
desde su manantial que es el mañana
eterno...
Ambas son igualmente verosímiles —e igualmente inverificables. Bradley (1) niega las dos y adelanta una hipótesis personal: excluir el porvenir, que es una mera construcción de nuestra esperanza (2), y reducir lo "actual" a la agonía del momento presente desintegrándose en el pasado".
Jorge Luis Borges. Historia de la Eternidad.
(1) Francis Herbert Bradley (1846-1924), filósofo británico exponente del idealismo absoluto, un sistema que concibe el conjunto de la realidad como producto de la mente y no como algo percibido por los sentidos. Su filosofía deriva directamente de la obra del filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel. (Wikipedia).
(2) Un testamento es la más patética "construcción de nuestra esperanza".
VIENE DE LA ENTRADA ANTERIOR. En resumidas cuentas, doña Cruz, madre del dueño de la hacienda San Ignacio, y sus hermanos mayores de edad, intentaron ante la Justicia que se declarase nulo el testamento otorgado por su otra hermana Anselma, en el cual nombraba por sus herederos a los restantes hermanos. La dicha madre de don Teodoro Larrinaga no pretendía otra cosa que obtener los bienes que Anselma había heredado a su vez del padre de todos ellos, don Ramón el armador, aun a costa de incapacitar legalmente a Anselma con base en ciertos ataques de histerismo de su adolescencia. Como quiera que ésta gozaba de la protección de su tío Miguel, tampoco dudó doña Cruz en involucrarlo en una administración fraudulenta de los bienes de dicha Anselma. El resultado del pleito fue la validación a todos los efectos del testamento de Anselma, lo que ocurrió definitivamente en el año 1915.
El dueño de la hacienda de San Ignacio alimentaba, a pesar de los pesares, más veleidades aristocráticas que las del condado de Arana:
Anunciando haber sido solicitada por don Teodoro de Arana y Larrinaga la rehabilitación del título de Conde de Luzarraga. Don Teodoro de Arana y Larrinaga ha solicitado la rehabilitación del título de Conde de Luzarraga, concedido en el año de 1873 a don Francisco Gabriel de Luzarraga, y en cumplimiento de lo dispuesto en el artículo tercero del Decreto de 4 de junio de 1943 se señala el plazo de tres meses a partir de la publicación de este edicto, para que puedan solicitar lo conveniente los que se consideren con derecho al referido título. Madrid, 6 de diciembre de 1954. El Subsecretario, R. Oreja. Boletín Oficial del Estado nº 350 de 16 de diciembre de 1954.
En 1955 a don Teodoro de Arana y Larrinaga se le unió don Ricardo Luzarraga Anchuastegui (¿su tío materno?) en la solicitud de rehabilitación del título de Conde de Luzarraga.
La cosa fue lenta, porque más de diez años después, por diciembre de 1965, todavía andaba el Ministerio de Justicia con los trámites. A la petición de rehabilitación se añadieron entonces Miguel de Larrinaga y Clavero y Enrique de Rocafort y García.
El título al que pretendía el dueño de la hacienda San Ignacio y sus adláteres, —el condado de Luzarraga—, no era baladí, ciertamente. La casa nobiliaria de Luzarraga tiene su origen en la nobleza vasconavarra de 1650, y debe su nombre al almirante Manuel Antonio de Luzarraga y Echezuria. Hidalgos desde dicho año del siglo XVII, su ascenso se produjo en 1839 fundamentalmente por el apoyo prestado a la corona en la persona de la reina María Cristina de Borbón (tatarabuela de Felipe VI el Preparao) durante su exilio en Paris. Su hija Isabel II lo confirmó por Real Decreto el 20 de enero de 1873. Con la dignidad de conde de Luzarraga fué agraciado Francisco Gabriel de Luzarraga y Rico, hijo del general Manuel Antonio de Luzarraga (1) y de Francisca Rico y Rocafuerte (2).
(1) Prócer de la independencia de Ecuador y primer banquero de dicha nación. "Nació en el puerto de Múndaca, señorío de Vizcaya, España, el 1°. de octubre de 1.796. Hijo legítimo de Manuel Antonio de Luzarraga y Basterrechea y de María de Echezurria y Basaran, campesinos pobres de esa región.
En 1.811 se alistó de Guardia Marina. "Ya desde España había hecho ostensible sus ideas por la República, no sólo en vista de la triste situación a que estaba reducido el lamentable monarca, sino contagiado por las ideas de Francia, lo que le había traído reprensiones disciplinarias a bordo". Tres años después llegó a Guayaquil a bordo de la fragata "Gerona" y aquí se quedó con sus compañeros Juan José Casals y Francisco de Reina y Martos, dedicados al negocio de cabotaje.
En 1.816 adquirieron la goleta "Alcance" a su dueño José de Villamil, destinada al tráfico con el Callao y que tuvo destacada actuación en la campaña libertadora. En 1.818 Luzarraga manejaba las oficinas y el Capitán Manuel Loro, de nacionalidad española, la nave; y ambos pudieron constatar las injustas trabas aduaneras existentes en el régimen colonial, que impedían el desarrollo y expansión comercial de Guayaquil. Ya para entonces mantenía relaciones de comercio con el coronel Jacinto de Bejarano, quien los había garantizado en la compra y apoyaba económicamente en sus negocios". http://www.diccionariobiograficoecuador.com/tomos/tomo3/l5.htm
Goleta "Alcance".
"En los billetes impresos en Londres en 1863 por la Casa Bancaria Luzarraga, figuran los retratos de Manuel Antonio de Luzárraga y de su esposa Francisca Rico Rocafuerte". https://es.wikipedia.org/wiki/Casa_de_Luz%C3%A1rraga#Los_Luz%C3%A1rraga_Vasco_Franceses
En 1852, Manuel Antonio de Luzárraga regresa a Bilbao a visitar a sus padres Manuel A. de Luzarraga y Basterrechea y María de Echezurria y Basaran, llevando consigo cargas de cacao como presente para limar asperezas entre ellos, aun así jamás le perdonaron haber "traicionado al Rey Fernando VII de España en 1.820" en las Guerras de Independencia americana cortando con él toda relación cercana.
De todas maneras extendió su visita hasta Mundaca y obsequió a la iglesia parroquial de Santa María donde le habían bautizado, una hermosa campana de bronce que aún se conserva en dicho lugar con el grabado:
"Fue dorado este Altar y erigido su nuevo presbiterio a expensas de Don Manuel Antonio de Luzárraga". http://diccionario.sensagent.com/Francisco%20I%20Conde%20de%20Luz%C3%A1rraga/es-es/#anchorWiki
(2) Sobrina del que fuera Presidente de la República de Ecuador Vicente Rocafuerte y Rodríguez Bejarano. Vicente "estudió en los colegios de nobles de Madrid y de París, donde trató a Carlos Montúfar, uno de los protagonistas de la independencia quiteña, y a Simón Bolívar. A los 24 años de edad regresó a Guayaquil. Fue apresado en 1809, pues su tío el coronel Jacinto Bejarano se carteaba con los patriotas quiteños de agosto. Sirvió a la ciudad como alcalde ordinario, y Guayaquil lo eligió su representante ante las cortes de Cádiz (España). Cuatro años permaneció en Europa. Se unió a la Junta Central de Gobierno contra la invasión napoleónica de España; se integraron también Olmedo y José Mejía Lequerica con intenciones de lograr la independencia de España. Rocafuerte se unió al grupo liberal de la junta; pero fue perseguido al volver al poder el rey Fernando VII (1814). Regresó a Guayaquil en 1817." https://es.wikipedia.org/wiki/Vicente_Rocafuerte
Regresemos nosotros también, pero al Occidente castillejano, tras este periplo ultramarino:
Fachada de la Hacienda de San Ignacio. En primer término, en la sombra, uno de los sufridos borriquitos, —quizá el último que arribó a Castilleja— cargado de cacharrería alfarera que surtía de menaje a nuestros hogares, antes de que las grandes superficies los plagaran con aceros inoxidables y plásticos.
La última administradora de la hacienda fue Estíbaliz de Rozas —desconozco el parentesco con los antiguos dueños, pero lleva el mismo apellido—, quien con su marido Eugenio y sus hijos Valentín, Maria Milagros y Emilia constituyeron el 29 de diciembre de 1989 una empresa llamada Marianao S.A. para la adquisición y construcción de fincas urbanas con el fin de explotarlas mediante arrendamientos.
Iniciaron Marianao S.A. con la aportación de dicha hacienda San Ignacio y dos solares colindantes. Estando la finca muy deteriorada, Eugenio y su esposa habían decidido acometer obras de rehabilitación tres años antes, desde 1986. Valentín el hijo junto con su esposa Esther se trasladaron a Castilleja para vivir con sus padres en la hacienda y colaborar en las tareas de gestión, contratación de profesionales y supervisión de las obras en todo el proceso de reforma.
En enero de 1991 presentó Valentin, como director apoderado, solicitud de licencia para el restaurante Almazara, integrado en el conjunto de la hacienda y el hotel, —que disponía de 12 habitaciones y una suite—. Valentín y Esther de mancomún actúan como gerentes y directores del hotel y restaurante.
En 1999 a petición de sus padres Eugenio y Estíbaliz, Valentín se traslada con su esposa a vivir a la urbanización Club Zaudín en Tomares, cargándose los gastos de sostenimiento de la familia mensualmente en la cuenta de Hacienda San Ignacio S.A (seguros de automóviles, seguro de vida, impuestos de circulación de vehículos, teléfonos móviles de uso particular, recibos de luz, gas, agua e impuestos de la vivienda, e incluso el salario y cuotas de la seguridad social de la empleada de hogar que les prestaba servicios).
En jullio de 2003 Eugenio decide constituir un Consejo de Administración para la gestión de Marianao S.A. dado que no estaba generando beneficios. Lo integran María Milagros y Emilia, entre otros. El padre asume el cargo de presidente. Emilia se reúne con su hermano Valentín y le comunica que tenía que relanzar la actividad y esencialmente el restaurante, que incluso se hallaba cerrado al público y al servicio únicamente de los huéspedes del hotel. En noviembre de 2003 se inaugura el restaurante Almazara.
El 6 de junio de 2005 falleció Eugenio, lo que motiva que todos sus hijos (Ariadna, Emilia, Imanol, Blas, Juan Francisco, María Milagros y Valentín) se interesaran por la marcha del negocio. Tras ciertas diligencias acordaron ceder en explotación el hotel a una empresa externa, suscribiendo contrato el 1 de agosto de 2005 con San Ignacio S.L.
Ya en mayo, el día 28, de dicho 2005 se había dirigido comunicación a la mujer de Valentín, informándole de la extinción por desistimiento de parte de la sociedad del contrato de trabajo mantenido entre las partes. Aceptó en concepto de indemnización 25.436 euros. El 27 de septiembre de 2005 Esther interpuso demanda por no haber percibido con anterioridad beneficios de explotación, desde que se integró en Marianao S.A. el 1 de mayo de 1997.
(Ver https://tsj.vlex.es/vid/-32487091?_ga=2.214032018.48753019.1561133855-948001553.1561133855).
He aquí al autor de este blog en la pileta de la hacienda de San Ignacio donde se llenaron años antes los cubos que apagaron el incendio por él mismo provocado. http://castillejadelacuesta-antonio.blogspot.com/2019/06/historia-de-los-apellidos-16.html
Coincidentes con los del apogeo de la Transición, durante los años de hotel y restaurante de la hacienda San Ignacio, cuando todavía no se había abierto la avenida Fernández Viagas, permanecían francos el portalón de entrada y el trasero, abiertos durante todo el día, convirtiendo de esta forma el corredor central y los patios internos en una vía pública transitada por los vecinos de Castilleja, que así acortaban distancia entre la Calle Real y los nuevos barrios del antiguo olivar y viceversa. Esto se permitía —pienso— como una manera de dar publicidad al establecimiento acercándolo a un posible segmento de consumidores, y también como una forma de aceptación por parte de los dueños del ambiente social que se respiraba en aquellos años postfranquistas, cuando el pueblo, las clases populares de la sociedad española, adquirieron (o se les concedió, mejor dicho, probablemente a título experimental) un alto grado de protagonismo e iniciativa incluso al nivel de la vida diaria. Hoy como colegio bilingüe elitista (1), es inimaginable esa "invasión" de transeúntes. Se ha instalado gran número de cámaras de vigilancia que graban incluso amplias zonas de las calles aledañas, hay luces que de noche se encienden por medio de detectores de movimiento por las aceras circundantes, porteros electrónicos en cada puerta, abundancia de carteles de empresas de seguridad y de alarmas, y las puertas y ventanas están herméticamente cerradas a todas horas.
(1) La Consejería de Educación, Cultura y Deporte, más concretamente el servicio de Inspección Educativa, ha incoado un expediente a cuenta de una denuncia promovida por varias familias de antiguos alumnos, así como exprofesores, del centro privado de educación 'Yago School', ubicado en Castilleja de la Cuesta (Sevilla), por presuntas "agresiones físicas", "insultos" y "castigos excesivos" en el trato dispensado a los alumnos, según ha adelantado este lunes 'El Correo de Andalucía' y han confirmado a Europa Press fuentes de la Administración autonómica. https://www.20minutos.es/noticia/2124191/0/
El Juzgado de lo penal 2 de Sevilla ha condenado a dos años de inhabilitación a la directora de admisión del colegio Yago School, de la localidad sevillana de Castilleja de la Cuesta, por dar un trato discriminatorio y no admitir a un niño en el centro debido a que sus padres son una pareja de homosexuales. https://sevilla.abc.es/provincia/aljarafe/sevi-condenan-responsable-colegio-castilleja-cuesta-no-admitir-hijo-homosexuales-201702242005_noticia.html
Quedaron atrás para siempre aquellas excursiones que las niñas y niños de la calle efectuábamos muy al interior del olivar de la hacienda, el cual antojábasenos un bosque encantado de cuentos de hadas henchido de misterios y de enanitos. Estas marchas obran entre mis primeros recuerdos. Antepongo "niñas" no por seguir la actual corriente de lenguaje inclusivo, sino porque eran ellas, las mayorcitas, con total precisión, energía y efectividad las organizadoras y directoras de aquellas aventuras. Se nos proveía en nuestras casas con la prescriptiva merienda en cestitas y con las imprescindibles cantimploras de plástico de vivos colores, y cuando todo estaba a punto emprendíamos el camino bajo la pureza infinita del cielo azul, en fila india por un sendero casi cubierto por los rozagantes vinagritos que, semejantes a un mar verdeante, ondulaban con sus florecillas, hermosas salpicaduras amarillas, entre las paternales sombras de los viejos aceitunos. Un sin fin de pajarcitos cantores saludaba a la comitiva durante toda la jornada, y preciosos insectos voladores y bellísimas mariposas evolucionaban en torno con amabilísima insistencia, mientras que las lagartijas turquesas tomaban el sol entre los nudos grises de los troncos.
Indefectiblemente la meta y objetivo de la escapada campera era un paraje recóndito y muy alejado de la Barriada hacia el norte que denominábamos con el curioso topónimo de Las Dos Tetas, que a mí, tan niño entonces y exento de libido, se me antojaba una expresión ajena a mi universo infantil, extraña y extrañada como si la pensara tras un velo difuminador, como perteneciente que era a inabarcables e inasequibles entidades espirituales mayores del sexo opuesto.
Las Dos Tetas por fin aparecían en un calvero entre los árboles, en la forma de dos montículos cónicos como de cerca de dos metros de altura y cuatro o cinco de separación entre ellos, igualmente cubiertos, como he dicho del resto del suelo, de espesa y fresca hierba. Nunca supe su origen ni el porqué figuraban allí, en un lugar donde nos imaginábamos ser los primeros en hollar desde el principio de los tiempos. Inmediato a ellos se alzaban casi demolidas ya las ruinas de dos paralelepípedos de obra de albañilería, formados por antiguos ladrillos de tacos, los más de ellos rotos y esparcidos en derredor. Meditaciones posteriores me hicieron llegar a la conclusión de que se trataba de dos bancos que alguien —acaso el señor Arana— había hecho construir en aquel lugar para disfrutar de lo mismo que nosotros disfrutábamos, a saber, de encantadoras merendolas rupestres.
A mí se me antojaba que aquel campo no tenía, en dirección septentrional, límite ni acabamiento. Mi mundo se reducía por entonces a la Barriada, al pueblo, y al olivar inconmensurable. Por eso tengo grabado en la mente el momento sorprendente en que descubrí que estaba equivocado, que esto no era así. Aconteció cuando ya los años nos habían hecho más autónomos e inquisitivos, cuando ya prescindiendo de nuestras hermanas y vecinas emprendíamos descubiertas cada vez más amplias, duraderas y arriesgadas, y desde luego sin impedimentos de cestas o cantimploras sino, todo lo más, con alguna gruesa y elástica vara de olivo en las manos. De pronto, una tarde irreal, con asombro anonadador, se presentó ante mí, tras la última anodina hilera de árboles, un barranquito sin duda excavado por humanos y en su fondo, ¡oh, pasmo increíble! una carreterita alquitranada que se perdía a un lado y al otro entre el tajo sinuoso. Entonces se abrieron en mi espíritu expectativas agridulces que ampliaban de sopetón mi existencia. Había otros mundos por explorar, prístinos e impolutos, que me esperaban, que parecían invitarme a descubrirlos. El desafío que haría de mí otra persona parecía flotar en el aire limpio que respiraba. Luego al paso de las semanas y los meses, como un rosario de tesoros a cual más valioso aparecerían otros campos y árboles, otros caminos, otras barriadas y pueblos y otros paisajes con sus gentes, parecidas a las que tan familiares me eran pero diferentes en sus hablares, en sus talantes, gestos y actitudes. El mundo me parecía un regalo hecho a mi medida, para mi curiosidad y para mi gozo, y sus posibilidades vertiginosas y cautivadoras se abrían tentadoramente a mi alma anhelante. La arrolladora poesía de la vida iba concretándose en mi interior día a día.
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Por redondear un poco el tema de las expropiaciones que el Ministerio de Obras Públicas efectuó en el área cercana a la hacienda de doña Ana Sáinz de Rozas, me referiré a un lugar que constituía un poderoso imán para los chicuelos de la Barriada, y que resultó también arrasado por mor de la construcción de la autopista Sevilla-Huelva. Era un cine popular de verano que iba noche tras noche desvelando el mundo y sus maravillas a los castillejanos, la mayoría de ellos ayunos de letras y, por ende, de información. Se alzaba en la última elevación que bordeaba la Calle Real a su salida hacia Gines, elevaciones conocidas en la localidad por "barranquillas", hoy totalmente domesticadas por medio de modernos ladrillos, losetas y barandas metálicas que forman rampas, escaleras y pasajes (1). Esta última barranquilla estaba justo enfrente del portalón de la hacienda San Ignacio, y su solar —con parte del del cine— lo ocupa hoy Neumáticos y Servicios "El Cruce".
La hacienda San Ignacio desde el interior del taller "El Cruce".
En http://blogdecastillejadelacuesta.blogspot.com/2011/03/terraza-cinema.html se hace una sucinta reseña de la historia del Terraza Cinema: "Este cine era propiedad de Francisco Bernal Oliver (2) y su esposa María José Macias de los Santos, se inauguró en julio de 1956. Era un cine muy agradable, su aforo era de 1.500 localidades con una gran pantalla de obra que a causa de un gran temporal se cayó siendo repuesto rápidamente. El ambigú era atendido por dos parientes del propietario, éste a su vez se encargaba de la organización y de la proyección de la película, la entrada costaba alrededor de 5 pesetas.
Junto al cine había unos olivos que servían de tribuna para los chiquillos que no tenían las pesetillas para la entrada y de esta forma veían la película (3).
En el año 1964 debido a que el negocio aflojó bastante (4) su propietario decidió no abrirlo pero sin darle la baja quedando a la expectativa de la actuación del otro cine, el Inés Rosales, y en 1967 desapareció definitivamente ya que fue expropiado por Obras Públicas para la construcción de la autovía de Huelva."
(1) Fueron las barranquillas callerrealengas elementos característicos de Castilleja. No conozco documentación al respecto, pero según mis cálculos, la Calle Real fue nivelada en la segunda mitad del siglo XVIII, a fin de evitar la media docena de cuestecillas que, aunque de poca inclinación, estaban tan seguidas unas de otras que debería ser muy penoso, sobre todo para animales de tiro, el tránsito hacia el interior del Aljarafe. Originalmente este Camino Real por el interior del pueblo propiciaba que las casas de un lado y otro de él estuvieran al mismo nivel, mas cuando se encajonó la vía terraplenando las jorobas naturales del terreno, la comunicación entre los vecinos de dichas casas con las de enfrente quedó interrumpida. Así, quedaron unos barrancos desiguales justo a la salida de tales casas, y el ir y venir de sus habitantes hubo de efectuarse por los estrechos pasillos superiores, con poca comunicación para cruzar la calle. En principio estas barranquillas eran terrizas y al poco tiempo los hierbajos las tapizaban, por lo que paulatinamente los interesados fueron labrándolas por medio de pequeños diques de obra y aun construyendo escaleritas de ladrillo que les permitían bajar a la calzada. Las mujeres solían sembrar geranios, lavandas o hierbabuenas en minúsculas terrazas, que fueron dando a las barranquillas un aspecto agradable. Poco a poco se fueron transformando, hasta que por sucesivas intervenciones de los ayuntamientos obtuvieron el aspecto que presentan hoy, con sus barandas metálicas, su embaldosado, sus rampas de cemento y sus escaleras de losetas.
Asemejábanse hace mucho, ante la percepción infantil de quien esto escribe, enormes acantilados peligrosísimos. En aquellos años solían pasar por la Calle Real de camino a los herbazales del occidente grandes hatos de cabras y vacas, que regresaban a sus establos con la puesta de sol. Las cabras en particular, con esa innata afición que tienen por los terrenos escabrosos y empinados, hacían equilibrios por los taludes creando una red de estrechos senderillos blanquecinos. Yo, que nunca he sido gran escalador, antes al contrario, era presa de la angustia cuando me veía obligado a ir al centro urbano por aquellas elevadas pasarelas. La gente que habitaba las altas casas generalmente humildes, me parecían semitrogloditas que no dudaban en vaciar las palanganas de aguas sucias precipicio abajo hasta las cunetas llenas de jaramagos que flanqueaban la carretera. Incluso algunos desagües de líquidos residuales vertían a dichas cunetas directamente, a la vista de todos.
Siempre que, cada pocos años, se vuelve a abrir la entraña de la Calle Real para cambiar el alcantarillado, instalar cableado, etc., reconstruyo idealmente aquel escenario de la primera intervención en su suelo, con sus obreros sudorosos manejando el pico y la pala, sus recuas de miserables borriquillos acarreando la tierra en enormes angarillas, sus capataces vociferantes, sus grupos de niños absortos en tan desacostumbrada actividad, sus vecinas espiando a través de las persianas...
Con base en estas ensoñaciones elaboré una entrada en esta Historia, dejando volar la fantasía como la hubieron de dejar volar muchos callerrealengos antes que yo: "Parecía la vieja vía aljarafeña desde la altura del cielo una herida de bordes abruptos y fondos intrincados y oscuros, desde cuyas simas emanaban efluvios que habían dormido en la insondable profundidad de un sueño químico, miles de miles de años. Los montones de tierra húmeda que los obreros excavadores habían extraído a pico y pala cegaban prácticamente puertas y ventanas, y el vecindario hubo establecido un sistema laberíntico de pasillos y puentes precarios para deambular y proveerse de lo más vital y necesario, como alimentos o carbón, hasta que aquella descomunal e histórica obra, ahora paralizada desde hacía una semana, finalizase". http://castillejadelacuesta-antonio.blogspot.com/2019/03/interioridades.html
(2) Francisco Bernal —cuyo linaje se halla en Villamanrique de la Condesa— fue un inteligente técnico autodidacta que tras el cierre de su negocio de cinematografía se dedicó a la reparación de televisores, llegando a tal pericia que acabó construyéndolos él mismo. Solía vérsele muy raramente callejeando por el pueblo, hasta el punto que solo lo recuerdo asomado brevemente a la puerta de su casa alguna tarde de verano. La tal casa lindaba con el cine y era, por tanto, la última de los números impares de la vía principal de Castilleja. Se conserva perfectamente con su fachada original.
La madre de Bernal fue Dolores Oliver Chávez, conocida por "Dolores la de la tienda" por la de comestibles que regentaba en la Calle Real en lo que luego sería Calzados Garrudo, linde con el bar La Blanca Paloma. Pariente por partida doble de la familia de quien esto escribe, ya que Chávez fue el primer apellido de mi bisabuela por línea paterna. Dolores la de la tienda era una mujer muy entregada a las causas de la Hermandad de la Concepción, a la que solía donar costosos elementos para adornar a sus imágenes.
Francisco Bernal Rodríguez, casado con Dolores Oliver Chávez, hijo de Francisco y Pilar, natural y vecino de Castilleja en la Calle Real nº 77, de profesión empleado, falleció con 43 años de edad el 1 de mayo de 1928, de enfermedad litiasis* según certificación del facultativo don José Castro Reyes. Fué enterrado al siguiente día tras recibir los santos sacramentos por don Fernando Fernández y Villavicencio, cura de esta Villa. Se le hizo transporte y funeral de 3ª clase, y fueron testigos Gaspar Ruiz y José Adorna, ministros de la parroquia. Libro 8º de defunciones de la Inmaculada, fol. 68 vto.
* Formación o presencia de cálculos (piedras) en algún órgano del cuerpo, especialmente en las vías urinarias y biliares.
Hermana de Francisco fue María de las Mercedes, nacida en Castilleja el 13 de enero de 1897 a las 2 de la tarde en la Calle Real nº 48 y bautizada en la Concepción el 24 de dicho mes y año. Fueron sus padrinos Feliciano Rodríguez Tafalle y Manuela Rodríguez Montes, casados y vecinos de Gines, y testigos Manuel Vela y Baldomero Tovar, vecinos de Castilleja. Libro 9º de bautismos de la Inmaculada, fol. 34 vto.
Eran hijos de Francisco Bernal Ruiz, natural de Villamanrique, y de Pilar Rodríguez Montes, natural de Castilleja, casados en la Concepción. Los abuelos paternos de Francisco el dueño del Terraza Cinema fueron Francisco Bernal Urbina y Francisca Ruiz ¿Baresal?, naturales de Villamanrique, y los maternos José Rodríguez Martínez y Concepción Montes Montes, él natural de Castilleja y ella natural de Osuna.
(3) En efecto, era digno de ver los racimos de chiquillos enganchados en las peladas ramas de los dos árboles mirando en silencio y con fijeza por encima de la tapia, atentos a la enigmática pantalla. Por lo general las autoridades hacían la vista gorda y, tan solo muy de tarde en tarde, debido probablemente a la alarma de algún adulto temeroso de algún accidente de caídas por rotura de ramas, el municipal, vergajo en ristre, aparecía de improviso en mitad de la sesión y comenzaba a sacudir sin piedad las piernecillas colgantes hasta ultimar completamente la cosecha de aquellas indeseables aceitunas vivientes.
(4) En gran parte por la popularización de los televisores, aparatos que por aquellos años alcanzaron máxima difusión en todos los hogares ofreciendo cómodo "cine doméstico". Tras esta decadencia del Terraza Cinema aconteció su expropiación, como queda dicho.
El atractivo magnetismo de esta moderna Caverna Platónica reconstruida frente al portalón de la hacienda de San Ignacio estuvo en cierta ocasión a punto de costarme la vida o, cuando menos, un serio percance. Pasábamos una tarde un grupito de la pandilla de la Barriada por la acera de dicha hacienda, y, como siempre sin perder la ocasión de fijar toda la atención en la cartelera que anunciaba al otro lado de la calle la próxima proyección cinematográfica del Terraza Cinema. Yo, que ya por entonces acusaba una importante miopía, me lanzé con todo ímpetu a cruzar la carretera para ver con todo detalle el colorido cartel, que todavía hoy recuerdo con los más mínimos detalles: se anunciaba la película ¡Hatari!, con John Wayne y Elsa Martinelli. Era el verano de 1962. La fachada de la hacienda no es totalmente rectilínea, sino que forma un amplio ángulo que oculta la Calle Real desde por donde nosotros nos encontrábamos, así que de pronto se me echó encima nada menos que el autobús de línea, que cubría el trayecto Sevilla-Gines, y que avanzaba a toda velocidad. El conductor tuvo la reacción de, por medio de un volantazo, desviar el vehículo hacia el centro de la calzada, a riesgo de chocar con cualquier otro automóvil que viniese en dirección contraria, y eso me salvó. Ví pasar a pocos centímetros de mi cara todo el lateral del autobús y en un acto reflejo alzé el brazo derecho para protegerme, resultando un rasconazo en el codo con la chapa del gran coche. En mi casa me curaron con el imprescindible mercurio cromo, y todo quedó en el susto. Cierto vecino siempre bienhumorado me bautizó de nuevo como "El niño que paraba los autobuses con el codo".
Justo por detrás de la pantalla del Terraza Cinema pasa hoy la autopista Sevilla-Huelva. A la derecha de la foto (fuera de objetivo) estaban los árboles que usaban los niños para ver gratis las películas.










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