Título de bachiller de Juan de Tovar y López, expedido el 13 de octubre de 1685 (en latín).
Los examinadores de Juan Tovar López fueron los siete doctores que se expresan al margen izquierdo del Título de Bachiller. Entre ellos nos interesa especialmente Alonso López Cornejo, natural de Sanlúcar la Mayor (Sevilla).
Alonso (Ildefonso o Alfonso) López Cornejo. Médico español del siglo XVII, destacado por sus estudios sobre fisiología, cuya etapa más esplendorosa se desarrolló en Sevilla en 1698. Estudió artes y medicina en la Universidad de Sevilla, de la que fue después catedrático de primera. En los últimos años del siglo XVII, jubilado ya de su cargo universitario, fue el defensor más notable de las ideas médicas tradicionales frente a los novatores que fundaron la Regia Sociedad de Medicina de Sevilla. Con motivo de la aparición de un libro de Salvador Leonardo de Flores, publicó su Galeno ilustrado, Avicena explicado y Doctores Sevillanos defendidos (1698). La finalidad de esta obra era "refutar la nueva con la antigua medicina".
López Cornejo, sin embargo, no era un autor absolutamente cerrado a las novedades, sino más bien un galenista "moderado" de mentalidad semejante a la de Gaspar Bravo de Sobremonte y otras figuras médicas españolas de mediados de la centuria. Rechazó la patología iatroquímica, pero aceptó algunos remedios químicos en casos de "gran necesidad", ya que consideraba "pernicioso usar regularmente de los medicamentos espagíricos o químicos, especialmente minerales y antimoniales". Utilizó también la quina, recordando que antes que los autores modernos extranjeros la empleaban los galenistas españoles y "antes que él (Flores) fuera médico ni ninguno de sus compañeros, usaba yo la infusión de la cascarilla [quina]... con admirable efecto" (1). Admitió asimismo algunas novedades anatómicas y fisiológicas, entre ellas la circulación de la sangre. No obstante, pretendió anular la importancia que, con razón, le concedían los novatores, afirmando que Harvey no había hecho sino aclarar un saber ya existente en las obras de Hipócrates y Galeno. La tesis central del libro de López Cornejo es, en efecto, "que ni Hipócrates, Galeno, Avicena, ni los prácticos antiguos, ignoraron lo más de lo moderno, y que de ellos se ha deducido y trasladado lo más útil". Junto a la polémica científica, aparece asimismo el enfrentamiento profesional entre los "doctores" o médicos universitarios, y los "revalidados" como Flores, que habían obtenido el título por reválida tras formarse al lado de otro médico.
Dedicaron obras a replicar al Galeno ilustrado los tres principales fundadores de la Regio Sociedad: el propio Flores, Juan Muñoz y Peralta y Juan Ordóñez de la Barrera. (FUENTE: Texto extraído de www.mcnbiografias.com, autor José María López Piñero).
(1) Quina. "Por ejemplo, [fray Antonio Vázquez] es el primero que describe las propiedades curativas de la quina" (Prólogo de Charles Upson Clark a la edición del Compendio y Descripción de las Indias Occidentales de fray Antonio Vázquez de Espinosa. Smithsonian Institution).
En efecto, fray Antonio describió el árbol de la "Quinaquina" y sus propiedades medicinales como febrífugo antes de que Alonso López Cornejo alardeara de ser el primer médico en haberla utilizado con éxito en la forma de infusión de su cascarilla, y también antes de que el jesuita Alonso Messia Venegas la presentase por primera vez en Europa, concretamente en Roma en el año 1631 —recordemos que fray Antonio escribió su Compendio en 1628-29—. Este Messia era un enviado del italiano Agustino Salumbrino, también jesuita y primer farmacéutico del Colegio Máximo de San Pablo de Lima (Perú), el cual había observado el uso que le daban los indígenas curanderos a la pócima. Los jesuitas difundieron y comercializaron la quina en Europa luego, y Francia fue el primer país que la importó oficialmente.
"El árbol de cascarilla o quina (Cinchona sp.) ha proporcionado el más grande favor a la humanidad, fue el primer medicamento específico para una grave enfermedad conocida desde la antigüedad, la malaria o paludismo, epidemia de amplia distribución en todo el mundo tropical, particularmente en el Mediterráneo, África y Cercano Oriente, mal que luego del descubrimiento y la conquista del Nuevo Mundo fue trasplantado a América, cuyos pobladores no poseían defensas ante ella. Fue introducida [la malaria] con los primeros grupos de esclavos que llegaron del África". https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/regional/1/la-quina-o-cascarilla-la-olvidada-planta-nacional
Agustín Salumbrino, por el pintor autodidacta Seferino Quisca Astocahuana.
Esta es la descripción que nuestro paisano fray Antonio hace de la quina: "Desde una legua de esta ciudad [de La Plata, Chuquisaca en quechua o Sukri en guaraní, que es la actual Sucre en Bolivia] comienza arboleda la cual se continúa hasta los valles y quebradas más calientes, donde ya es de mayores árboles y montañas. Críanse en ellas diversidad de árboles, que los mejores y más provechosos son el cedro, molle, quinaquina (1), tipa, soto, tarco, nogal, aliso, sauce, algarrobo, palma, ceyba, que los indios llaman cuñuriyuruma, vilca, uruche, mara, sutarpo, ayayanta, tuisumo. [...] el árbol de la Quinaquina cría también otras vainas a modo de las algarrobas [...] Del árbol quinaquina se saca una resina de color de hígado (2) muy odorífera y saludable, con su sahumerio (3) se consumen frialdades y reúmas de cabeza (4); con esta resina mezclada con aceite se curan heridas y llagas, y el mismo efecto tiene el aceite que se saca de sus pepitas y es con más eficacia; el árbol Quinaquina es muy hermoso, y su madera muy odorífera y fuerte; el color de su madera blanco y leonado a vetas". Compendio y Descripción de las Indias Occidentales.
(1) Quina-quina. "El nombre indígena (quin-quin o quina-quina) de la planta parece indicar conocimiento de sus propiedades médicas por los quichúas, quienes doblaban el nombre de toda planta de eficacia curativa". El cultivo de la quina. Arístides A. Moll. Boletín de la Oficina Sanitaria Panamericana. Junio de 1932.
(2) Hígado o rojo hígado es un color rojo purpúreo, muy oscuro y profundo, que tiene como referente la pigmentación predominante del hígado humano. El color hígado estándar es el que está normalizado y aparece en inventarios de colores y catálogos cromáticos, sirviendo de referencia para esta coloración. [...] La denominación de color «hígado» o «rojo hígado» incluye al conjunto de las coloraciones similares al color estándar, denominadas ahigadadas (Wikipedia).
(3) Sahumerio. Acción y efecto de sahumar (dar humo aromático a algo a fin de purificarlo o para que huela bien). Humo que produce una materia aromática que se echa en el fuego para sahumar. Materia quemada para sahumar. RAE.
(4) "Si es por materia catarral, o reuma, que desciende de la cabeza al pecho, y del pecho a los pulmones, y de ellos al corazón, en el Capítulo de la Destilación catarral se dice lo que se debe ejecutar [...] El mal que procede de la cabeza, que es el Catarro, Reuma o Distilación catarral, que todo esto no es otra cosa que una unión o ajuntamiento de materias excrementicias por el humor pituitoso, que se engendra y coagula en la cabeza, y este baja y se esparce por el cuerpo, de donde se origina y se reconoce es fuente de donde emanan y salen todos los males que sobrevienen al cuerpo humano, y según a la parte que acuden se le dá el nombre, v.g. si este excremento se fermenta en la cabeza acostumbra sobrevenir Apoplejía, Perlesía, Epilepsia, Apostema, Letargo, Hemicrania y otros accidentes de este género. [...] La Reuma o Catarro grueso y frío engendrado en la cabeza es más dificultoso de sujetar y curar que el que proviene de humor caliente, y por esto se debe comenzar por los remedios benignos, y poco a poco pasar a los más activos y fuertes, graduándolos cuando la materia es conocida, según el tiempo y la naturaleza del paciente". Medicina y cirugía racional y espagirica, sin obra manual de hierro ni fuego, purificada con el de la caridad en el crisol de la razón y experiencia, para alivio de los enfermos. Licenciado don Juan de Vidos y Miró. Zaragoza, 1720.
Debo anotar en referencia a que —como queda dicho arriba— fueron los jesuitas los que se lucraron en primer lugar del descubrimiento del carmelita fray Antonio Vázquez, que en la referida ciudad de La Plata hubo convento de los religiosos ignacianos, llamado de Santiago Apóstol y donde se leían artes y teología, como nos cuenta el propio fraile castillejense. Es lógico asumir que existió fluida comunicación entre estos jesuitas de La Plata y la Botica de la Compañía de Jesús en Lima, y por tanto que el descubrimiento de fray Antonio llegara a noticia de Salumbrino con suma facilidad.
"... a pedido de los pobladores, los jesuitas se instalaron en la ciudad de La Plata en 1591 y fundaron el primer colegio de Santiago Apóstol, donde actualmente es la iglesia de San Miguel, donde se impartía clases de humanidades y gramática, además la cátedra de lenguas indígenas; luego en 1606 aplicó un nuevo modelo educativo “la Ratio Studiorum (traducido como Plan de Estudios)” bajo el rectorado del padre Juan Frías de Herrán". Periódico Correo del Sur, 7 de abril de 2018. De forma que el farmacéutico jesuita Agustino Salumbrino en Lima debió forzosamente recibir noticias de los de su Orden en La Plata, y éstos sin duda conocían de primera mano las indagaciones botánicas de fray Antonio Vázquez de Espinosa.
Tarros de farmacia con el logotipo de la Compañía de Jesús. El central lleva el rótulo "Quina Loja".
Sobre Agustino Salumbrino nos ofrece una biografía extensa —si bien plagada de absurdas e increíbles fantasías religiosas en forrma de milagros, apariciones celestiales y visiones sobrenaturales— Alberto Bailetti (1) en su obra La misión del jesuita Agustín Salumbrino, la malaria y el árbol de la quina.
Bailetti, en su intención de hacer apología encomiástica de Salumbrino y en general de la Compañía de Jesús, incurre en falsedades malintencionadas. Habla de "la batalla que libró Salumbrino durante su vida contra el Plasmodium", por ejemplo, cuando este parásito microscópico transmitido por hembras de mosquito del género Anopheles que originaba la malaria (o paludismo) no fue descubierto hasta finales del siglo XIX. La malaria era la principal causa de mortandad en Italia —patria de Salumbrino— y se encontraba en expansión en las Indias cuando llegó allí fray Antonio Vázquez. Bailetti se refiere descaradamente a "los remedios que se expedían en la Botica [de Salumbrino en Lima] y al específico para tratar la malaria (!). Dice que "eran escasos los especialistas como Salumbrino que tuvieran la capacidad de distinguir la enfermedad por sus síntomas, distinguiéndola de otras, ni conciencia del impacto que tendría en Europa y demás continentes el descubrimiento de las propiedades de la corteza de la quina", aun cuando no se había ni siquiera denominado entonces tal enfermedad, cuyos síntomas se repetían confusamente en multitud de otras dolencias. En ocasiones Bailetti no falta a la verdad: "... no veía con buenos ojos [el Provincial de la Compañía padre Leonardo de Peñafiel, sucesor del padre Antonio Vásquez, que fue contemporáneo de Salumbrino] que el Colegio tuviera la Botica abierta al público y que en ella se hicieran importantes negocios que incluso aumentaron con la venta y exportación de la corteza de quina".
Bailetti continúa fantaseando con grandilocuente palabrería: "... acercarnos a este acontecimiento fundamental en la historia de la medicina así como al verdadero personaje, Agustín Salumbrino ... [...] "... las acciones concretas, cotidianas de Salumbrino que hicieron posible sus notables aportes a través de la Botica que fundara en la ciudad de Lima, en especial las bondades del árbol de la quina para enfrentar al Plasmodium".
Y sigue Bailetti. En su obsesiva idea-fuerza de ensalzamiento del jesuita boticario retrotrae al siglo XVII conceptos del XIX relatando que "la malaria era harto conocida en Forlí [ciudad natal de Salumbrino en Italia]. La famosa condesa guerrera Catalina Sforza, gobernante de la ciudad fortificada padeció con frecuencia de malaria en su forma benigna. En 1484 presentó síntomas de cuartanas, fiebre cada cuatro días, afectada por el Plasmodium malarie. [...] Nadie entonces podría haber imaginado que ese niño y luego hermano jesuita fuera a derrotar al Plasmodium, salvar a Roma y a millones de personas durante cientos de años. Asimismo, consiguió para la Compañía de Jesús uno de sus mayores logros misioneros en el Asia. En efecto, a los pocos años de la muerte de Salumbrino, a fines del siglo XVII, dos sacerdotes jesuitas franceses curaron con los polvos de la quina al célebre emperador chino Kangxi (1661-1722) afectado por la malaria. En agradecimiento se le abrió a la Compañía de Jesús la posibilidad de instalarse en la ciudad sagrada de Beijing" (2).
Aparecíasele la virgen María a Salumbrino desde joven, al menos dos veces cada semana, dixit Bailetti: "Para quienes gusten peregrinar a santuarios marianos como Guadalupe en México, Fátima en Portugal, Lourdes en Francia, les recomiendo incluir la Botica de Salumbrino en la actual parroquia de San Pedro de los jesuitas en Lima, Perú, donde siguieron ocurriendo las apariciones de la que podría llamarse Nuestra Señora del Árbol de la Quina. Estos últimos lugares evocan a un Dios que se identifica con los enfermos y su curación a través de una apariencia femenina identificada con los árboles y los seres vivos en general incluido el temible Plasmodium. La reina de la naturaleza, lo que era la Pachamama en la cosmovisión andina, con propiedades esencialmente curativas y que inmediatamente identificaron con la Virgen María en las primeras evangelizaciones en el siglo XVI". Sin comentarios.
El biógrafo del boticario no ceja con sus arriesgadas elucubraciones traídas por los pelos, e ilustra su apología con datos históricos: "El uso del agua de cebada para tratar estas fiebres aparece en el Kitab al-yami, Libro que reúne los jarabes y electuarios, texto árabe de Avenzoar (1073-1162). El médico y farmaceútico del Islam proponía para casos graves de malaria un jarabe preparado con nardo silvestre, raíz de apio, simiente de zanahoria silvestre, ameos, apio silvestre, manzanilla, alcarceña, aciamo menor pulverizado, salvia vulgar y asarabaca mezclado todo con azúcar, miel y vinagre bien ácido".
En el capítulo IV de la biografía de Salumbrino de Forlí dice Bailetti: "Millones de años antes que apareciera el antepasado más antiguo del hombre ya existía un árbol cuya corteza contenía un principio que detenía el avance del Plasmodium. Fue la planta que a partir del siglo XVII posibilitó el equilibrio entre el Homo sapiens y el Plasmodium con su ejército invisible de diminutos seres que lo venía diezmando, destruyendo sus civilizaciones e imposibilitando su evolución. Sus semillas germinaron al Sur del continente Americano en Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, lejos de Forlí, Milán y Roma dónde vivió Agustín Salumbrino la primera mitad de su vida". Y añade: "La Historia Medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales del médico sevillano Nicolás Monardes, publicado en 1571, es el primer libro conocido que informa sobre la existencia de la corteza del árbol en América (3) con la que se curan las fiebres o calenturas. Cuando se imprimió el tomo, Agustín Salumbrino apenas tenía siete años de edad. [...] Monardes fue autor de obras de medicina, tratante de esclavos, comerciante de productos llevados y traídos del Nuevo Mundo y un estudioso de las plantas americanas no obstante que jamás visitó estas tierras. Por las noticias que recibió de viajeros que llegaban a Sevilla del Nuevo Reino de Granada, actual territorio de Colombia, describe al árbol como de mucha grandeza, con hojas en forma de corazón y sin fruto, al menos no comestible. Da unos racimos con cápsulas que al secarse dejan libres al viento algunas decenas de semillas en forma de alas de mosca y muy livianas; toman tiempo en caer para que el viento las pueda llevar a un lugar propicio para germinar. La inteligencia de este árbol para propagarse ha probado no ser menor que la del Plasmodium". En este último párrafo se mezclan alevosamente frases al pie de la letra de Monardes con apreciaciones de Bailetti sin unas sencillas comillas que separen las unas de las otras.
Bailetti, tenaz hasta la exasperación, insiste: "La obra de Monardes de 1571 y luego la del médico toledano Juan Fragoso que se dio a la luz al año siguiente [que recogió toda la experiencia del sevillano sin aportar nada original], evidencian que el conocimiento tradicional de las propiedades medicinales del árbol de la quina para tratar fiebres viene de los pueblos antiguos de América. Asimismo que su existencia fue revelada a los españoles en América y en España en el siglo XVI y no recién en el XVII". La última aseveración es, como tantas otras, de una falsedad absoluta, como vamos demostrando.
Luego Bailetti extrae de la manga otra carta con la que afianzar su juego: "Mención especial merece en esta historia del árbol de la quina el padre Bernabé Cobo de la Compañía de Jesús, compañero del hermano Salumbrino durante años en el Colegio de San Pablo de Lima quien en su monumental obra Historia del Nuevo Mundo a mediados del siglo XVII registra la quina (4) como el Árbol de las Calenturas".
Bailetti continúa con sus exabruptos: "La identificación específica de la corteza para detener la malaria, particularmente la maligna causada por el Plasmodium falciparum, llegó recién en las primeras décadas del siglo XVII. Esto en parte porque esta variedad letal fue de reciente data en América, pues se extendió con la llegada de los esclavos africanos. A esta causa podemos agregar otras como el escaso número de médicos, su apego a los cánones de la medicina europea y su poca experiencia en diagnosticar la enfermedad; además que la sintomatología de la malaria no era fácilmente diferenciable de otras enfermedades que se daban con fiebres y diarreas. Se necesitaba de alguien que conociera bien la malaria y que al experimentar con la corteza del árbol de la quina descifrara el acertijo. Agustín Salumbrino era el llamado a cumplir con este encargo. [...] Fue Agustín Salumbrino quien logró armar el rompecabezas juntando el remedio con la enfermedad, uniendo el conocimiento tradicional de los nativos americanos con el mejor entendimiento que se tenía entonces de la malaria en Occidente. Asimismo tuvo el mérito de hacer conocer la corteza en todo el mundo haciendo remesas continuas a España e Italia de donde terminó salvando vidas en todos los continentes. Esta hazaña empequeñece a los grandes conquistadores militares. Alejandro Magno conquistó el Asia pero sucumbió ante la malaria. El humilde Salumbrino derrotó al temido Plasmodium".
Y, como no hay mentira que pueda sostenerse indefinidamente, nuestro biógrafo pronto se va destapando con gran sigilo y prudencia: "En la dimensión desconocida el árbol es un misterio. Como cristianos podríamos decir que en este acontecimiento se dio la gran alianza de Dios, a través de la Virgen María, con el hombre y el árbol en el reino del Perú. Si fuéramos hindúes, por solo referirnos a una de las religiones más antiguas del mundo, diríamos que fue la colosal asociación entre Dios, con sus diferentes caras, mediante la luminosa Saravasti con sus cuatro brazos con dos de los cuales toca un instrumento que genera las vibraciones con las que se forma el universo.
No tenemos todavía una explicación a este misterio del árbol. La cuestión puede resumirse en pocas palabras con esta historia que cuenta el jesuita de la India Anthony De Mello sobre un sabio que pregunta a su discípulo si alguna vez ha visto un árbol. Después de escuchar largas descripciones y explicaciones de su discípulo el sabio le contesta:
"¿Qué dices? ¿Qué has oído cantar a docenas de pájaros y has visto centenares de árboles? Ya.
Pero lo que has visto ¿era el árbol o su descripción? Cuando miras un árbol y ves un árbol, no has visto realmente el árbol.
Cuando miras un árbol y ves un milagro, entonces, por fin, has visto un árbol." (P. Anthony De Mello SJ, ¿Has Oído el Canto de ese Pájaro?)
Lamentablemente como en todas estas gestas brotan al lado los errores que deterioran la unión y rompen este misterioso equilibrio que se consigue luego de mucho tiempo y sufrimiento". (El subrayado es mío).
De esta manera tan "elegante" Bailetti deja constancia de su supina ignorancia referente al árbol de la quina. Pero tras este sincero paréntesis, vuelve viciosamente a su empresa quimérica: "La parábola para las futuras generaciones de América del Sur empezaría diciendo: Había una vez un reino en el que un hombre santo que vino de muy lejos llamado Agustín Salumbrino descubrió un árbol con una corteza prodigiosa para salvar la vida de quienes sufrían una terrible enfermedad. Los comerciantes del reino empezaron a cortarlo para venderla, otros a falsificarla con las cortezas de otros árboles. Las autoridades estaban felices cobrando impuestos, los pobladores se jactaban de la planta y cuidaban celosamente que otros reinos no se la llevaran. Nadie se preocupó por cultivar el árbol de quina hasta que casi desapareció del reino".
(1) Alberto Bailetti Wiese estudió derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Se desempeña como abogado y Director Ejecutivo de la Fundación Rev. Bernard Byrne Maryknoll Missionary.
(2) Los jesuitas se erigen como interlocutores del saber médico occidental en un contexto en el que la medicina, la estrategia y la fe se encuentran actuando a un mismo nivel y con un idéntico sentido. (¿Quinina o 金吉那 jinjina?: La misión jesuita francesa entre la estrategia, la fe y la medicina. Beatriz Puente-Ballesteros, Universidad Complutense de Madrid. Investigadora visitante en el Instituto de Historia de la Medicina de la Universidad de Beijing, China).
(3) No hay ningún texto en Monardes que, sobre este tema, identifique a un árbol concreto, siendo la expresión de Bailetti "el árbol con cuya corteza se curan las fiebres y calenturas" en exceso generalista y en su misma línea tendenciosa —recordemos que la fiebre era y sigue siéndolo síntoma de numerosísimas enfermedades—, y es sobre todo tergiversadora, por la intención que muestra de conducirnos a la exaltación de la figura del boticario jesuita, al que en todo momento intenta transformar en el primer malariólogo de la historia. En la Parte Segunda de su Historia Medicinal que trata de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales, que sirven al uso de Medicina (imprenta de Alonso, escribano impresor, calle de las Sierpes, Sevilla, 1574) Monardes ofrece un capítulo sobre la zarzaparrilla de Guayaquil, en el que añade la descripción de otro remedio vegetal parecido en algún efecto al del dicho matorral espinoso:
Corteza de un árbol que quita cámaras. Del Nuevo Reino traen una corteza que dicen ser de un árbol que es de mucha grandeza, el cual dicen que lleva unas hojas de forma de corazón y que no lleva fruto. Este árbol tiene una corteza gruesa, sólida y muy dura, que en esto y en el color parece mucho a la corteza del palo que llaman guayacan; en la superficie tiene una película delgada blanquizca (sic); quebrada por toda ella; tiene la corteza más de un dedo de grueso, sólida y pesada, la cual gustada tiene notable amargor, como el de la genciana; tiene en el gusto notable astricción, con alguna aromaticidad, porque al fin del mascarla respira de ella buen olor. Tienen los Indios esta corteza en mucho, y usan de ella en todo género de cámaras, que sean con sangre o sin ella. Los españoles fatigados de aquesta enfermedad, por aviso de los indios han usado de aquesta corteza y han sanado muchos de ellos con ella.
Toman de ella tanto como una haba pequeña, hecha polvos, tómase en vino tinto o en agua apropiada, como tienen la calentura o mal; háse de tomar por la mañana en ayunas, tres o cuatro veces, usando en lo demás la orden y regimiento que conviene a los que tienen cámaras. Es tanto lo que la celebran los que vienen de aquellas partes que la traen como cosa maravillosa, para remedio de aqueste mal, que cierto no es pequeño, según es difícil de curar. Y hube un pedazo de la corteza habrá dos o tres días, la cual experimentaré con las cosas de más, y daremos noticia de todo en la Tercera Parte que, Dios queriendo, escribiremos de esta misma materia. Yo la he experimentado dos veces ya, con maravilloso suceso, que ha quitado de cámaras de mucho tiempo.
En la referida Tercera Parte nos dice Monardes: Una corteza de un árbol para reumas. Entre las cosas que me enviaron de Perú es una corteza gruesa, que debe ser de árbol grande, gustada tiene acrimonia con alguna estipcidad; críanse los árboles de do se quita esta corteza a orilla de un río que está a veinte y seis leguas de Lima, y no se hallan en otra parte de las Indias si no es allí; es a manera de olmo, así en la grandeza como en la hoja. Los Indios cuando se sienten cargados de reumas o tienen un romadizo o mal o dolor de cabeza, hacen polvos muy sutiles la corteza de este árbol y tómanlos por las narices, y háceles purgar mucho por ellas, y con esto se libran del mal; lo cual habemos experimentado, tomando los polvos por las narices hace purgar notablemente por ellas. Parece que es más caliente que en segundo grado.
(4) El padre jesuita Bernabé Cobo (Lopera, Jaén, 1582 - Lima, Perú, 1657) no nombra al célebre antipirético en ningún momento. He aquí lo que dice: "Cap. 94. Del árbol de calenturas. En los términos de la ciudad de Loja, diócesis de Quito, nace cierta casta de árboles grandes que tienen la corteza como de canela, un poco más gruesa y muy amarga, la cual molida en polvos se da a los que tienen calenturas, y con sólo este remedio se quitan. Hanse de tomar estos polvos en cantidad del peso de dos reales en vino o en cualquier otro licor, poco antes que dé el frío. Son ya tan conocidos y estimados estos polvos, no solo en todas las Indias sino en Europa, que con instancia los envían a pedir de Roma". Historia del Nuevo Mundo, de 1653, cuyo original se conserva en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla. Parece a todas luces que Cobo bebió de fray Antonio Vázquez de Espinosa al respecto.
Colegio de Santiago Apóstol en Lima, hoy en estado ruinoso.
De entre los extensísimos e innumerables estudios y noticias que se han publicado sobre la quina, y desde luego sobre la malaria (ver, por ejemplo, Malaria Journal, de acceso abierto en doaj.org), traduzco del inglés un texto que incide en el tema de esta entrada:
Muchas farmacias jesuitas se convirtieron en centros internacionales de intercambios científicos y de suministro de medicinas. Las farmacias de San Pablo en Lima, San Ignacio en Manila y San Pablo en Macao son buenos ejemplos. Por la segunda mitad del siglo XVII San Pablo en Lima vino a ser el centro internacional para la distribución de la famosa corteza de la fiebre o corteza jesuita (cinchona spec.), el primer remedio efectivo contra la malaria. Los jesuitas de Perú llevaron la corteza de la fiebre a Europa y la distribuyeron por todo el mundo. Durante una devastadora epidemia de fiebre en Roma el cardenal Juan de Lugo (1583-1660), jesuita también, importó grandes cantidades de corteza de la fiebre de Lima a sus propias expensas para ser empleadas en curar a los pobres y enfermos. Los jesuitas también llevaron la corteza desde Roma a China, donde con ella curaron al emperador K`ang-hsi de una fiebre intermitente. Esta droga americana fue llamada "corteza jesuita" o "polvo jesuita" por muchos años, a causa del monopolio que tenían en su distribución internacional. (Sabine Anagnostou. The international transfer of medicinal drugs by the Society of Jesus (sixteenth to eighteenth centuries) and connections with the work of Carolus Clusius).






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