Mapa de la región de Sucre, antigua ciudad de La Plata
Para terminar con Alberto Federico Bailetti Wiese, biógrafo del oportunista jesuita Agustín Salumbrino —oportunismo y jesuitismo van de la mano—, espigaré por fin algunos de sus más resonantes párrafos: "para el desarrollo de la enfermería y la farmacia de San Pablo, sin embargo nadie imaginó la trascendencia que tendría para el mundo con el descubrimiento de la quina y la cura de la malaria". Insiste en referirse al "reuma de la cabeza", "fiebre cuartana", "catarro", etc. del siglo XVII con el nombre decimonónico aplicado a la enfermedad concreta transmitida por el mosquito anopheles. Y utiliza el sustantivo quechúa "quina" sustrayéndolo de quien lo usó con toda propiedad por primera vez y antes que Salumbrino, oído a los indígenas bolivianos: el carmelita fray Antonio Vázquez (1). "Cantidad de vidas se salvaron [merced a la ¿quina? de Salumbrino], sobre todo entre la población africana e indígena del campo tan expuesta a la malaria. Lo mismo ocurrió en todo el mundo. ¿La medicina apareció atendiendo una necesidad del mercado como ocurre hoy en día? No, fue por amor a Dios y por las mayorías necesitadas". Cuando Bailetti dice que "Salumbrino tenía un gran talento para el comercio como lo demostró desde muy joven al servicio del conde Marco Aurelio Manser. Asimismo, tenía un profundo conocimiento del negocio de farmacia adquirido en Milán y Roma. Tenía la virtud de los grandes empresarios" se acerca bastante a la realidad humana, como cuando dice: "No todos los superiores de la orden veían bien que la Botica se hubiera convertido en una próspera empresa. Prueba de ello es que poco tiempo después de morir Salumbrino, en 1656 el padre Leonardo de Peñafiel como Provincial del Perú estableció restricciones al comercio con seglares así como a que estos invirtieran en la Botica, como seguramente lo venían haciendo. Igualmente prohibía que se involucrara en grandes operaciones sin previa autorización del Provincial. En 1660 el padre Andrés de Rada instruyó que se dejara de vender al por menor viéndose en la necesidad de introducir tantas excepciones a la regla que prácticamente la disposición resultó inútil, como señala Luis Martín. Lo mismo debió ocurrir con las limitaciones a la venta de medicamentos a otras boticas y el control de precios ordenada por De Rada", o en este otro párrafo: "¿Sufrió en carne propia Salumbrino el ataque del Plasmodium? ¿Fue esta la gran batalla entre el flagelo que causó tanta muerte y dolor a la humanidad con el personaje llamado a infringirle su primera gran derrota? Su biógrafo [un jesuita anónimo] no aporta mayores luces sobre como sanó. Esto no es de extrañar pues en toda su biografía no se menciona al árbol de las calenturas o de la quina. Quizás su biógrafo ni el editor de su biografía eran conscientes a mediados del siglo XVII del gran aporte de Salumbrino a la historia de la medicina. Si sus contemporáneos consideraron que su vida merecía escribirse y publicarse fue por sus misteriosas visiones así como un ejemplo en la práctica de la medicina misionera y un gran maestro de caridad; no porque fuera un gran científico o talentoso empresario" (subrayado mío). Pero poco le dura al biógrafo del boticario el realismo, porque vuelve de inmediato a desarrollar su fantástica interpretación de la cura de la terrible enfermedad: "¿Cómo fue que Salumbrino se encontró con la cura de la malaria? Descartamos que haya sido un acontecimiento súbito, como el que ocurre en los cuentos. Fue más bien fruto de un largo y paciente aprendizaje de décadas de la identificación de la malaria a través de sus síntomas para hacer un adecuado diagnóstico así como de las propiedades de las plantas medicinales nativas. Es obvio que Salumbrino aprovechó el conocimiento de otros jesuitas que lo antecedieron en la Provincia del Perú o que le fueron contemporáneos. Su aporte consistió en experimentar con la corteza de quina y corroborar sus efectos. Esto no debió ser fácil, primero tuvo que romper los paradigmas de los conocimientos farmacéuticos de entonces renuentes a admitir que una sola sustancia simple pudiera curar un flagelo tan grave. Una cura así sonaba más a milagro o brujería que a ciencia. De otro lado tuvo que llegar a establecer la dosificación adecuada de administración del medicamento a través del ensayo error". En el paroxismo de su escalada llega a una comparación inaudita: "Esta concepción de la que participó Salumbrino fue y sigue siendo tan revolucionaria como la heliocéntrica de su contemporáneo Galileo Galilei, con quien compartió el mismo año de nacimiento y muerte (1564-1642). Salumbrino no ganó nada para sí con su trabajo ni siquiera fama en la posteridad. En la historia de la humanidad, versión oficial, se ensalza a los emperadores, reyes, papas, cardenales, generales y conquistadores. muchos de los cuales terminaron derrotados por el Plasmodium. No se le da lugar a un humilde enfermero y boticario como Salumbrino que derroto al parásito que hizo temblar y mató a tantos poderosos".
(1) Del fraile castillejense no se puede decir que no estuvo interesado en las lenguas y hablas del Nuevo Mundo, o que le resultó indiferente nombrar con exactitud a todo lo que se ofrecía a sus ojos llenos de curiosidad. A lo largo de su obra se echa de ver la entrega, cuidado y pasión que tenía por las palabras, especialmente por las que iba aprendiendo de boca de los indios. Precisamente en los capítulos que en el Compendio dedica a la descripción de la ciudad de La Plata en cuyas inmendiaciones medraba el árbol de quina-quina, es patente este interés, cierto que no ajeno al de otros cronistas elaboradores de los primeros diccionarios de lenguas vernáculas (a). Así, fray Antonio nos traslada gran cantidad de vocablos de aquellos pueblos: "Chuquisaca en lengua de los indios naturales" [La Plata, donde por cierto, también había comerciantes italianos en número de 27], "guayras, que así llaman los indios a unos hornillos en que funden metales de plata", "los indios que residen en esta ciudad hablan la lengua Quichua que es la general del Inca, otros hablan la Aymara, y otros la Puquina, cada uno conforme a su natural". "... en el trato de ropa de la tierra para los indios e indias, que son unas fajas con que se fajan la cintura que llaman Chumbis, y un género de calzado hecho de lana de colores a modo de rollos hechas unas lazadas que las atan sobre unas suelas de cuero crudo; llaman los indios a este género de calzado ojotas", "venden también vasos de madera, matizados de diferentes colores, que llaman cueros, en que los indios beben su bebida de chicha". Además de los árboles que lista —ver la entrada anterior— el carmelita menciona las hierbas de "payco, contra humores fríos", "chuma, un cardón espinoso", "chuquicanglia, toda de espinillas", "guay, contra todo género de dolores", "chamico, muy medicinal", "coruincho, con flor amarilla y blanca", "pinco-pinco, con el mismo efecto que la zarzaparrilla", "chucochuco, que sana heridas", "ucochacora o ucucha, que quiere decir ratón, remedio para sanar éticos", "yuralmaycha, eficaz contra el tabardillo"; y entre las frutas, nombra a "tintin, similar a la granadilla", "xiquirna, raíz a manera de nabo", "sapallos, similares a las calabazas", "achocha, a manera de pepino", "ucho, suerte de pepino llamado ají por los españoles"; de las semillas de sembradura se refiere fray Antonio al maíz, a la quinua, papa, ocas, yuca, maní, y al palo llamado "taclla" que usaban los indígenas para labrar la tierra, o al palo "caucana" usado para deshierbar; como hidrónimos de la zona, el arroyo "Quirpincacha", el "Churuquilla", el río "Cachimayu", el "Pilcomayu", el "Mojotoro"; en el campo de la zoología, el fraile se refiere a "linchupa", una abeja negra y redonda, "tocto, mayor que la anterior", "yao o matechey, de colmena grande como botija perulera", "lichiguana, amarillas y negras", "guancoyro, grandes como aceitunas manzanillas"; sobre aves nos habla de tres géneros de perdices: "guaycos, picasas y yutos", y los "chiguacos, como tordos", "papagayos", "quinti", "tacataca", "yuro", "taracchis", "palcos", "tiquitiquis", "alcamaris", "sucaras" y "cóndores"; entre los vertebrados mamíferos, la vicuña, el guanaco, el oscollo, el caraviuchaque, la anatuia, el otorongo, el poma, el lilisti, el atoc, la viscacha y el siqui. Todos ellos circunscritos solamente a la región de Charcas en la que se encontraba La Plata.
(a) Todos los cronistas, o en su mayoría, contemplaron con enorme curiosidad e interés las lenguas indígenas, como queda dicho. Al respecto nos cuenta el jesuita Gerónimo Pallas en su Misión a las Indias, con advertencias para los religiosos de Europa que la hubieren de emprender, cuya publicación fue aprobada en Lima el 24 de abril de 1620: "Síguese el collegio de Chuquisaca, ciudad fundada cerca de Potosí y por esta raçón llamada por otro nombre ciudad de la Plata, la qual se ilustra con su Yglesia Arçobispal, y real audiencia y chançillería, aquí fundó la compañía [de Jesús] casa el año de mil y quinientos y noventa y uno, y residen de ordinario veynte y dos sujetos, los dies sacerdotes, léense una cátreda de lengua de Yndios y otra de theología moral, ambas de mucho aprovechamiento y utilidad para los clérigos de aquella ciudad, con más los estudios de gramática, que estos los ay en todos nuestros collegios; y es para decir una particularidad deste collegio de Chuquisaca que tiene en su Yglesia una congregación de las señoras más principales de la ciudad, y todas confiesan y comulgan cada mes y se llaman esclavas de nuestra señora".
Resulta extraño que gozando en La Plata de una "cátedra de lenguas de indios" los jesuitas, no mencionaran el árbol de la quina-quina por su nombre autóctono, como sí lo hizo el carmelita de Castilleja de la Cuesta. ¿Pesó para tal omisión la secular enemistad entre los ignacianos y los del monte Carmelo? Tal enemistad está ilustrada y valgan estos ejemplos que lo demuestran:
"Tan pronto como los Jesuitas supieron lo que se trataba [una Comisión de investigación nombrada por la Orden del Carmen], se alarmaron con las voces que circulaban de que se iban a copiar unas cartas que Santa Teresa había escrito contra los jesuitas, y que se acababan de descubrir. En una de estas cartas, dirigida a don Jerónimo Reinoso, canónigo de la iglesia de Palencia, fechada en Burgos el 20 de mayo de 1582, dice la Santa: "verá vuestra merced algo de lo que pasa de la Compañía, que verdaderamente parece comienzan enemistad formada, y fúndala el demonio con echarme culpas por lo que me habían de agradecer, con testimonios bien grandes, que de ellos mesmos podrían dar testigos en algunos (¡todo va a parar en estos negros intereses!) que dice, que quise, y que procuré; harto es no decir que pensé; y como yo creo que ellos dirán mentira, veo claro que el demonio debe andar en este enredo. Ahora dijeron a Catalina de Tolosa [protectora de las carmelitas en Burgos], que porque no se les pegase nuestra oración, no querían tratasen con las Descalzas. Mucho le debe ir al demonio en desavenirnos, pues tanta prisa se da". Escritos de Santa Teresa añadidos e ilustrados por don Vicente de la Fuente. Tomo II. Biblioteca de Autores Españoles, 1862.
"Controversias con otras órdenes. A mediados del siglo XVII los carmelitas habían alcanzado su cima. En este periodo, sin embargo, se vieron envueltos en controversias con otras órdenes, particularmente con los jesuitas. Los objetos especiales de ataque fueron el origen tradicional de los carmelitas y la fuente de su escapulario. La Sorbona, representada por Jean Launoy, se unió a los jesuitas en su polémica contra los carmelitas. Papebroch, el editor bolandista [por Jan Bolland, jesuita (1596-1665)] del Acta Sanctorum, fue contestado por el carmelita Sebastián de San Pablo, quien hizo tan serias acusaciones contra la ortodoxia de los escritos de su oponente que la misma existencia de los bolandistas se vio amenazada". http://www.iglesiapueblonuevo.es/index.php?codigo=enc_carmelitas
" Cuando la primera invasión armada de los portugueses del Brasil contra las reducciones de los omaguas fundadas por el padre Fritz [Samuel Fritz, jesuita misionero natural de Ornavía en Bohemia], en compañía de los soldados andaba un fraile carmelita calzado, el cual con una arma de fuego amenazó al misionero, intentando matarlo; en la segunda invasión contra el nuevo pueblo fundado por el mismo padre Fritz, volvió el fraile, y, diciendo bravatas escandalosas, amenazaba otra vez al jesuita; el fraile carmelita se llamaba Antonio Andrade y no era sacerdote sino corista, muy ignorante, pero atrevido y emprendedor. La enemistad de los jesuitas y de los carmelitas calzados en el bajo Marañón es uno de los sucesos más lamentables de la historia de las misiones. [...] En cuanto a los escándalos cometidos por frailes carmelitas contra los misioneros jesuitas del Marañón, bueno es advertir que los narradores de estos hechos son los mismos jesuitas". Historia General de la República del Ecuador. Tomo VI. Federico González Suárez. Quito, Imprenta del Clero, 1890.
"But scarcely have I returned to Zuruite when a tonsured Religious named Fr. Antonio de Andrade, a companion of Fr. Guillerme, went with some soldiers on my heels, and attacking with fury one of my canoes, took a Chief prisoner, that was going upstream with me. However afterwards the following day he returned to deliver him up to me, contenting himself with uttering a thousand threats against me and my poor catechumens, that he would carry us all laden with fetters to Gran Pará". Journal of The Travels and Labours of Father Samuel Fritz in The River of The Amazonas between 1689 and 1723. George Edmundson. New York, 2016.
Y posteriormente, algo que acaso podría explicar el "enterramiento en vivo" hasta el siglo XX del Compendio, obra principal de fray Antonio Vázquez de Espinosa:
"A los jesuitas desterrados no les cabía duda de que las otras reglas, especialmente los dominicos, agustinos, franciscanos, carmelitas y bernabitas, habían contribuido a la opresión de los jesuitas en la persecución de que era objeto la Compañia en el XVIII europeo. [...] Recomendaba [fray Gregorio del Carmelo, general de la Orden] dos actitudes fundamentales para el recto proceder diario de los carmelitas. En la primera parte del escrito insistía en que nadie debía dudar, en ninguno de los conventos de su jurisdicción, de lo justo y necesario de la expulsión, ni olvidar que había sido adoptada por el Soberano, a quien se debía profesar, no sólo la mayor obediencia, sino también la comprensión por ser quien velaba por la tranquilidad y justicia de sus pueblos". Inmaculada Fernández Arrillaga. El papel del clero en la expulsión de los jesuitas decretada por Carlos III en 1767. Universidad de Alicante.
Fray Antonio Vázquez Espinosa estuvo en Lima: "Siquiera como recordatorio de su hermano religioso. En este 1619 del otorgamiento de la dote él se encontraba en Lima y con un buen susto en el cuerpo: "Y estando yo en la ciudad de los Reyes el año de 1619 jueves primero de cuaresma, un día después de ceniza como a las once de la mañana vino tan grande temblor que asoló casi toda la ciudad [de Trujillo] echando todas las casas por tierra y los templos que eran muy buenos y toda la fábrica muy bien edificada, donde murieron más de 400 personas". Historia de los apellidos, 20r. Noviembre de 2019.
De lo cual puede con todo derecho colegirse que contactó con los jesuitas de la Botica de Salumbrino, y no es de extrañar que intercambiara conocimientos con dicho farmacéutico salvados de alguna manera los recelos entre las dos órdenes siquiera a un nivel personal. Con toda probabilidad se sirvió nuestro carmelita de algún remedio de la Botica durante su estancia en la ciudad. En el otro sentido, los jesuitas de Lima tenían enfermerías en todas sus haciendas y posesiones, en las que hay que incluir su centro de estudios de La Plata.
Digna de resaltar es la expresión de fray Antonio que anoté en la anterior entrada: " Del árbol quinaquina se saca una resina de color de hígado", considerando que cuando el parásito protozoo de la malaria penetra en la corriente sanguínea humana vía la saliva del mosquito, viaja en ella hasta alcanzar el hígado, en donde toma residencia. Las células hepáticas infectadas pronto "explotan", diseminando millones de protozoos en el sistema circulatorio de la sangre e invadiendo sus células rojas, que a su vez también explotan multiplicando el Plasmodium por todo el cuerpo. El ciclo recurrente conduce a una cascada de síntomas: fiebre, resfriados, dolores de cabeza y de músculos, ictericia (ojos y piel amarillos), vómitos y diarrea, anemia y profunda bajada de la presión arterial, que lleva al coma y, por fin, a la muerte.
Aquí también se hacen eco de las aseveraciones de Bailetti, aunque dejan claro que Salumbrino "fué asistido por la sabiduría de los pueblos indígenas" (¿vía fray Antonio? Estoy seguro de que sí):
Father Salumbrino had his work cut out for him caring for so many persons ill from malaria, but he was assisted by the wisdom of the indigenous people. Locals native to the Amazon region had long used bark of the cinchona tree to treat fevers and relax muscles. The bark contained quinine, the key ingredient for antimalarial drugs still used today, Jesuits in the field particularly in the Loxa region northeast of Lima, began to collect the bark". Enviromedics. The Impact of Climate Change on Human Health. Jay Lemery and Paul Auerbach. Rowman & Littlefield. 2017.
Varios son los personajes a quienes se atribuye el descubrimiento de la quina según estamos viendo. Desde al sevillano Monardes a este jesuita Agustín Salumbrino —calificado literalmente por Bailetti como "Salvador de Roma"—, o hasta a la marquesa de Chinchón.
Más tardíamente aparece en España alguien que a bombo y platillo se autoproclama tal descubridor: el médico don Sebastián López Ruíz (1), que publicó su Defensa y Demostración del Verdadero Descubridor de Las Quinas del Reino de Santa Fe, con Varias Noticias Útiles de este Específico, en Contestación a la Memoria de don Francisco Antonio Zea. Su Autor, el mismo Descubridor D. Sebastián José López Ruíz, Honorario de la Real Academia Médica de Madrid. Año de 1802.
(1) Sebastián José López Ruíz (Ciudad de Panamá, Panamá, 1741 - 1832). "Médico y naturalista panameño, formado en artes, medicina, jurisprudencia, física y filosofía. Conocido por su disputa con Celestino Mutis por el descubrimiento de la quina. Tras un envío de quina al rey de España, que fue analizada en el Jardín Botánico por Casimiro G. Ortega y Antonio Palau, obtuvo de la corona española un sueldo anual para continuar su investigación sobre esta planta. Así, viajó por el virreinato, observando y describiendo las poblaciones, la geografía, los recursos agrícolas y mineros. Tuvo la oportunidad de estar en contacto con los naturalistas de la Expedición al Virreinato del Perú. Escribió una monografía sobre los indios Andaquíes, fruto de la observación directa. Viajó una segunda vez a España, donde colaboró con el Memorial Literario de Madrid y publicó su "defensa y demostración del verdadero descubridor de las quinas del Reyno de Santa Fe". Fue nombrado miembro de la Real Academia de Medicina y de la Real Sociedad Médica de París, y condecorado "Botánico de Real Orden" en España gracias a la influencia de Ortega". http://www.larramendi.es/poligrafos_y_autores/es/consulta_aut/registro.do?control=FILA20140534104
Del Diccionario de gobierno y legislación de Indias (Q-QUI), Archivo General de Indias.
En la Defensa y Demostración del Verdadero Descubridor de Las Quinas (Santa Fe, 19 de octubre de 1801) Sebastián López comienza quejándose de determinado editor de un periódico madrileño que se niega a publicársela por temor a indisponerse con ciertas personas importantes. Luego copia al pie de la letra el informe dado por el doctor don José Celestino Mutis (1) tras reconocer unas partidas de quina enviadas a España desde América. Posteriormente —cuenta don Sebastián— Francisco Antonio Zea (2) con base en el informe de Mutis —su maestro— insertó una Memoria sobre la Quina en el tomo II de sus Anales de Historia Natural, impreso en Madrid en 1800. En resumidas cuentas, Celestino Mutis intenta atribuirse el descubrimiento de la quina, atribución apoyada y refrendada por Zea. Habiendo Mutis asegurado en su informe que había recorrido con detenimiento las zonas de arbolado de quina, Sebastián López lo contradice punto por punto: "A principios de 1761 vino don José Mutis de España con el señor Virrey que fue don Pedro de la Cerda. Desde entonces era botánico según lo afirma él mismo en varios escritos, constando uno de ellos inserto en el expediente citado. Desembarcó en Cartagena; subió el río de la Magdalena y siguió la ruta de Opón para salir a Puente Real y Vélez. En aquellas cercanías y tránsitos hay multitud de árboles de quina. Transitó por el monte del Moro, donde también los hay, y en ninguna parte los conoció; llegó a Santa Fe, y don Miguel Santistevan le regaló hojas, flores y frutos de la quina de Loja, e hizo sobre ella varias meditaciones. Al año siguiente de 62 volvió a Cartagena por el gran monte del camino de Honda, lleno por todas partes de quina, y donde se tropieza con los árboles de todas sus especies. Tampoco allí los conoció siendo botánico, y teniendo ya consigo los esqueletos de ella. Lo mismo le sucedió a su regreso por el propio camino de Honda que se atraviesa en cuatro días". Y continúa el autor de la Defensa y Demostración narrando los viajes científicos de Mutis desde 1766 hasta 1770 por diversos parajes del área de crianza del árbol en Santa Fe ("largas expediciones botánicas" dice el mismo Mutis), "pero ni a la ida, ni en su mansión, ni a la vuelta siquiera los columbró".
"A pesar de estos y los antecedentes hechos se me despojó, y me mantengo privado, de la comisión de la Quina (habiendo logrado Don Jose Mútis oscurecer, destruir y apropiarse de mi mérito), la cual ya está en otras manos, con irreparables perjuicios míos".
Otro de los que proclamaron a José Celestino Mútis por descubridor de la quina fue el botánico del Rey Hipólito Ruíz, que estuvo en el Perú y elaboró una obra, Quinología Peruana, donde reconoce el mérito al gaditano: "que don José Mutis descubrió la quina de Santa Fe, y que yo la llevé a la Corte". Sebastián López, estando en Madrid entre 1792 y 1796, contradijo también a este último.
Al respecto, José Mutis publicó entre 1793 y 1794 el Arcano de la Quina, revelado a beneficio de la Humanidad —que seguidamente comentaré—, vindicando la autoría de su descubrimiento. "Sin embargo no se extingue el contagio de la usurpación; y aunque desfigurado, según noticias, trasciende a París, y se reimprime en Madrid la que se me hizo de esta Quina. Mr. Rieux (3), que había estado por acá, copia allí truncado el Arcano; lo traduce al francés, y lo remite como propio a la Convención Nacional. Logra vivas sensaciones en aquellos Sabios, que no pudieron precaver la sorpresa, y se le remite al Embajador de la República, residente en nuestra Corte, con encargo de que conozca a Rieux, y lo recomiende" sigue arguyendo en su defensa don Sebastián. El plagio de Rieux se insertó impreso en el Semanario Económico y su autor consiguió ser nombrado por la Corte hispana Comisionado de los Ramos de Quina, Canela y otros de este Reino, con 2.000 pesos de sueldo. Rieux se retiró a una hacienda que había comprado cerca de Honda y entabló negociaciones con varios personajes, entre ellos don Pedro Pinillo, rico comerciante de Mompóx, para la remisión y venta de cargas de quina.
Por otra parte, Zea el díscipulo de Mutis ya referido, "con distintas miras, tampoco de las más arregladas, peinó y copió en su dialecto el mismo papel Arcano, dándole el título de Memoria sobre la Quina, &c. Esta Memoria, que contiene muchos ´olvidos´, se imprimió como dejo dicho" dice don Sebastián López en su Defensa y Demostración, y cita uno de su párrafos: "Aunque no puedo dudar de la verdad y exactitud de tan importantes descubrimientos, hechos en el suelo nativo de la quina en el espacio de treinta y siete años por un Sabio tan célebre como el Señor Mutis". Añadió Zea en su Memoria "que las especies de Quina que se dicen descubiertas por mí (López), son las oficinales del Señor Mútis", y que "El Señor López podrá colectar plantas nuevas, mas no determinarlas hasta que se dedique a la Botánica". A lo cual se pregunta López: "¿Y no hubiera podido otro cualquiera hacer lo mismo sin ser botánico? [...] ¿Qué pericia ni luces botánicas tuvieron los indios gentiles de los montes de Loja y de otros, para conocer con determinación, aunque no sistemática, usar, y dar a conocer con sus virtudes y aplicaciones aquellos árboles de Quina y sus cortezas a los españoles y descendientes?".
Termina don Sebastián López descubriendo y acusando a otro "a quien picó el prurito de Descubridor de la Quina": el Teniente Coronel Graduado don Antonio de la Torre Miranda, que al regresar a España en 1786 hizo imprimir en El Puerto de Santa María (Cádiz) un papel intitulado: Noticia individual de las poblaciones nuevas fundadas en la Provincia de Cartagena, en el cual caía en la tentación de Descubridor y lograba convencer de ello a don Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres, que informó en Madrid el 5 de octubre de 1788 diciendo: "que el expresado Don Antonio había descubierto en el terreno de Fusagasugá gran porción de selecta Quina".
(1) José Celestino Mutis. José Celestino Mutis y Bosio (Cádiz, España, 6 de abril de 1732 – Santa Fe de Bogotá, Virreinato de Nueva Granada, 11 de septiembre de 1808) fue un sacerdote, botánico, geógrafo, matemático, médico y docente de la Universidad del Rosario, en Santa Fe (actual Bogotá), universidad donde actualmente reposan sus restos. Es uno de los principales autores de la Escuela Universalista Española del siglo XVIII. (Wikipedia).
Mutis
(2) Juan Francisco Antonio Hilarión Zea Díaz (Medellín, 21 de octubre de 1776-Bath, 28 de noviembre de 1822) fue un científico, político, periodista y diplomático Colombiano. En 1805 como director del Real Jardín Botánico de Madrid publica en el Semanario de agricultura y artes la noticia de la plantación de árboles con carácter festivo en Villanueva de la Sierra dando pública fe de la celebración del primer Día del Árbol en el mundo. (Wikipedia).
Zea
(3) Luis de Rieux. Luis Francisco de Rieux y Sabaires (1755-1840) fue un médico y militar francés que sirvió en las fuerzas patriotas durante las guerras de independencia hispanoamericanas. Nació en Montpellier, Reino de Francia, en 1755 y estudió medicina para graduarse como cirujano. En 1784 el gobierno de París le encargó realizar estudios científicos en Saint-Domingue para determinar su potencial económico. Al año siguiente llegó a América, donde pasó a trabajar para las autoridades españolas, destacando el encargo del virrey neogranadino Francisco Gil de Taboada de reformar el Hospital Militar de Cartagena de Indias. El siguiente virrey, José Manuel de Ezpeleta, le encargaría estudiar las quinas del río Magdalena. Posteriormente se instaló en Santafé de Bogotá para ejercer la medicina y a su plantación cafetera La Egipciana, en las alturas de Honda. (Wikipedia).
La vida de Rieux es novelesca. Alfredo Cardona Tobón, historiador, novelista e ingeniero, dice de él en su muy bien documentado blog: "El doctor Luis Francisco de Rieux murió en la hacienda “Peladeros” en Mariquita el 26 de setiembre de 1840 rodeado del cariño de los suyos y de la veneración de los labriegos de la región. Fue un gran hombre, un francés que hizo de la Nueva Granada su segunda patria, un científico e investigador a quien los azares del destino llevaron al destierro, a la cárcel y a los campos de batalla. Rieux nació en Montpellier en 1755. Obtuvo el grado de médico cirujano y en 1784 el gobierno francés le encomendó la misión de adelantar estudios científicos en la isla de Santo Domingo para determinar el potencial de la isla. Un año después el virrey Caballero y Góngora integró a Rieux en la nómina de los investigadores de la Expedición Científica y más tarde el virrey Gil y Lemus le encargó la reforma del Hospital Militar de Cartagena; posteriormente el virrey Ezpeleta le encomendó el estudio de las quinas del rio Magdalena y al acabarse los recursos para este trabajo Luis Francisco de Rieux se avecindó en Santa Fe donde ejerció exitosamente la medicina. A la par de su profesión, este francés con nacionalidad española, se dedicó a las labores del campo en la hacienda “La egipciana” ubicada en la parte alta del territorio de Honda, donde plantó los primeros cafetales del virreinato y emprendió otros cultivos con noventa negros del rey por quienes pagaba doscientos pesos anuales. De carácter abierto y festivo Rieux conquistó de inmediato la simpatía de los santafereños; sus ideas liberales lo acercaron a Nariño y demás criollos de ideas avanzadas. Acompañado por su esposa Valeria asistió asiduamente a las tertulias organizadas por Antonio Nariño donde se comentaban las últimas noticias de ultramar mientras las damas en tertulia anexa hablaban de asuntos sociales y hogareños. Riuex ejerció una notable influencia sobre Nariño y otros criollos; no en balde las autoridades españolas lo señalaron posteriormente como el elemento peligroso que pervirtió con su trato a don Antonio Nariño y perdió con sus máximas a don Pedro Fermín de Vargas. Nariño entregó a Rieux la única hoja de los Derechos del Hombre que logró circular y que, por cierto, fue la perdición del médico. Los subalternos de la Real Audiencia revolcaron y saquearon la casa de Rieux buscando material que lo incriminara en los supuestos planes subversivos y detuvieron al galeno en Cartagena donde atendía funciones oficiales. Al igual que Nariño, Zea, Cabal y demás implicados en actividades contra la corona española, a de Rieux lo embarcaron en un bergantín rumbo a una cárcel de España, aislado y encadenado como al más culpable, más temido y mayor inspirador de los movimientos subversivos. Por gestiones del gobierno francés le dieron la ciudad de Cádiz como cárcel, lo que aprovechó para huir al norte de África y adelantar desde allí su defensa que culminó en 1799 con la declaración de inocencia impartida por el Concejo de Indias que declaró su causa “cortada y concluida”. Por los perjuicios causados, el gobierno español reconoció a Rieux una indemnización y la devolución de los bienes embargados; pero como conocía los enredos y la ineficiencia de la justicia española solicitó, en cambio, la Jefatura de minas de Santa Fe. Su esposa había fallecido en medio de la mayor pobreza y su hijo estaba en manos de una familia amiga, poco le quedaba en la Nueva Granada; sin embargo pudo más el apego a una tierra que consideraba su patria y de inmediato organizó su regreso a Santa Fe. Pero nuevas pruebas lo esperaban: al llegar a La Habana el barco naufragó y en la ruta a Charleston el navío que lo recogió también zozobró. De regreso a Europa en un buque de bandera francesa, marineros ingleses los abordaron y Rieux fue a dar a una cárcel, de donde salió después de varios meses de prisión para dirigirse a Madrid y conseguir allí una comisión para la mejora de la quina, la canela y otras especias en la Nueva Granada. Mientras la corte española lo consideraba inocente, en Santa Fe la Real Audiencia lo consideraba sumamente peligroso. Sin embargo, pese a las enconadas acusaciones, Rieux llegó a Santa Fe y empezó su trabajo, vigilado continuamente por los enemigos que solo lo dejaron en paz después del 29 de julio de 1810, pues los Oidores fueron a parar a la cárcel o al exilio. En 1811 ingresó al ejército republicano como comandante del destacamento de Simití y en 1813 atiende la línea del río Magdalena con el título de capitán. En la lucha entre federalistas y centralistas Rieux estuvo siempre al lado de Nariño y con el grado de coronel lo acompañó en el combate de Ventaquemada y en el triunfo en San Victorino. En 1815 Rieux con 500 hombres defiende el castillo de San Felipe y al caer Cartagena en manos de Morillo, escapa a la isla Margarita y luego se une a las tropas de Mc Gregor en la campaña de la Guajira y Zulia. Más que un militar Rieux fue un investigador autor de varios tratados sobre botánica; amó al campo y a la naturaleza. Su carrera como oficial se vio truncada por la derrota en Santa Marta, ciudad que perdió ante el ataque de los indígenas realistas y las tropas españolas. Fue senador, gobernador del Zulia, ministro de Guerra... fue un hombre de ideas y un empresario. En la época anterior a la independencia fue el faro que iluminó las mentes de los precursores". http://historiayregion.blogspot.com/2013/08/luis-francisco-de-rieux.html
En el Archivo General de Indias, digitalizados en el Portal de Archivos Españoles en Red (PARES) exiten abundantes documentos sobre Luis de Rieux: abono de sueldos como médico del Hospital Militar de Cartagena del año 1800; y documentos referentes al reo Luis de Rieux, instancias del dicho, oficio del embajador francés Guillemarde en su favor, expedientes, memoriales, minutas de oficio y cartas, todo ello del año 1795.
También referidos en general a la quina existen numerosos documentos, muchos de ellos digitalizados, en el mencionado Archivo.





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