sábado, 8 de agosto de 2020

Historia de los apellidos, 21z.



                                 Calle del Doctor Lara Gómez en Dos Hermanas (Sevilla)

Entre los elementos que configuraron la etapa de la Restauración borbónica (1874-1931) destacan el sistema bipartidista y su turno pacífico —el "turnismo"—, que la mayoría de los españoles, en busca de estabilidad, aceptaba como mal menor tras los agitados años pasados que marcaron tan negativamente el siglo XIX. A pesar de que este sistema era posible solo gracias a prácticas electorales de tipo fraudulento, se sostuvo durante mucho tiempo. Para detener el avance del republicanismo y del carlismo se situaron en este sistema turnista los conservadores, con Antonio Cánovas del Castillo en cabeza, y los liberales, liderados por Práxedes Mateo Sagasta. En el proceso desempeñaban una labor decisiva los caciques comarcales y locales, con la correa de transmisión al poder que significaban los gobernadores provinciales. Todo ello con el beneplácito y respaldo de la corona, la iglesia y el ejército, instituciones que camuflaban esta estabilidad artificial, escondiendo las lacras que de siempre han padecido las clases bajas de la sociedad.
Los resultados electorales, siempre manipulados, estaban decididos de antemano. El cacique local, dominante del poder municipal y en connivencia con los oligarcas de la región y con autoridades políticas de la máxima responsabilidad, solía colocarse a pie de urna para controlar a los votantes.

Y el cacique demostró 
con sus hechos aquel dicho:
"No hay más ley que mi capricho,
aquí el Estado soy yo".
Él sirve de providencia
y es juez en última instancia;
todo pleito él lo sustancia,
toda causa él la sentencia;
él engendra diputados
y distribuye estanquillos.
Yo defino así al cacique:
un Cánovas en pequeño.
Un ministro, en conclusión,
es un cacique muy grande.

Juan Manuel Lara dibujó en repetidas ocasiones a estos amorales infatuados a los que se les reservaba en las casas las atenciones más selectas —el café con leche servido por la hija más doncellita, el butacón más cómodo en el lugar más fresco en verano y más cálido en invierno, las historias, noticias y dichos más agradables de oír—, a pesar de sus escandalosos escupitajos, de sus roncas voces groseras, de sus alientos preñados de coñac o aguardiente, de sus modales y maneras prepotentes y desconsideradas. Y es que ... el que manda, manda.
Cierta cuñada del alcalde, joven soltera, sintió una mañana fuertes dolores en el bajo vientre, por lo que hicieron llamar al médico, un joven, Curro, que sustituía a Lara aquel día. Curro no dudó al emitir el diagnóstico y, en su inexperiencia, lo espetó sin más ni más: "esta joven está de parto". La hermana, esposa del alcalde, puso el grito en el cielo:
"Al llegar a su casa (y como ya sabemos lo pronto que la familia lee en nuestra cara los disgustos) la esposa le preguntó:
—¿Qué te pasa, Curro?
—A mí, nada.
—No me engañes, que tú has tenido un disgusto con algún cliente.
—Vamos, que te has empeñado en que te lo diga.
—Pues claro. ¿A quién mejor?
—Escucha, yo creo que nos vamos a tener que ir del pueblo (entonces no había concursos y los alcaldes y caciques quitaban y ponían titulares a su antojo).
—¡Por Dios, Curro! ¿Qué me dices?
—Que la cuñada del alcalde tiene un dolor y yo he cometido la imprudencia de decirle a la hermana que eran dolores de parto.
—Pero hombre, ¿cómo tú, que no te gusta esta especialidad, te has atrevido a decir eso? ¿La has reconocido?
—Ni tocarla siquiera.
—Vamos, ya lo creo que tenemos que ir haciendo las maletas.
Llegó la hora de la cena y la esposa notó que el marido hablaba solo.
—¿Qué dices, Curro?
—Que estoy pensando que, si me llaman de nuevo, la enferma ésa lo que va a tener es una clásica apendicitis.
—Sí, hombre, sí, y para otra vez ten más cuidado.
¡Pum, pum, pum! La llamada fatídica, y esta vez la voz de un municipal:
—De parte del señor alcalde, que vaya usted a ver a su cuñada, que se ha puesto peor.
Antes de salir, la última advertencia de la mujer y la seguridad por parte de él de que nadie le sacaría de la apendicitis.
En la puerta de la casa, el alcalde y su esposa, que le apremian para que fije con seguridad el diagnóstico.
—Yo creo —musitó con voz velada— que se trata de una apendicitis.
—Sí, eso, eso —dijeron los dos.
Llegó a la cama, y la enferma en ese momento estaba callada; mas al tomarla el pulso le cogió al médico con sus dos manos fuertemente y exclamó: "¡Ay, ay, que reviento!" El colega, sin hacer exploración alguna, se levantó y, con voz potente, le dijo a la alcaldesa:
—¡O tu hermana está pariendo, o yo estoy soñando!
Efectivamente, eran los dolores de expulsión, y antes de una hora estaba el niño en el mundo".
Y en otro lugar sigue Lara con este tema de sus pesadillas:
"... el compadre, o un pariente más o menos cercano, es siempre el de mejor posición económica; y como en cada familia manda más el que más dinero tiene, hay que hacer lo que éste dice.
Yo no me he explicado todavía por qué se le tiene tanto respeto y se le obedece tan ciegamente al que tiene mucho dinero. Si precisamente lo conserva es porque no le da nada a nadie. Además, se da el caso de que el centro crematístico lo tiene desarrollado a expensas de los demás; sin embargo, todas las miradas convergen en él: cuando habla se le escucha como a un oráculo, y cuando toma una decisión se acepta sin discutirla.
Si un día al entrar en la casa hallamos sentado en primera fila, rodeado de parientes y vecinos, a un hombre como de cuarenta y cinco a cincuenta años, casi siempre grueso, o por lo menos con abdomen prominente, debemos prepararnos. El oráculo lleva siempre una cadena de oro —una pelucona de Carlos III—, tiene la cabeza echada hacia atrás y un puro en la boca, al que imprime cierto movimiento de dominio. Carraspea con frecuencia y escupe de costado, como preparándose para darnos —lo que él considera y lleva razón— un disgusto. El secreto está en adelantarse a la proposición que nos va a hacer, evitándonos el disgusto y quitándole al ``compadre`` la satisfacción de tratar de ponernos en ridículo con su desconfianza, que es en resumen la de toda la familia".
Respecto a las causas de la deficiencia en la asistencia médica rural, aseguraba Lara que una de ellas era la poca o nula autoridad del sanitario rural. "Esta falta de autoridad es debida a una serie de causas, tanto en el orden social como en el económico. Socialmente, el médico en el ambiente rural no goza del relieve a que es acreedor, porque encontrándose solo, sin arraigo familiar —casi todos ejercen en pueblos distintos al de su origen—, y no teniendo apoyo de otros colegas de la misma profesión ni de las demás clases sanitarias, poca influencia puede tener para imponer su autoridad.
Económicamente, el médico titular no tiene independencia; procediendo de clase humilde, rara vez dispone de otros ingresos que los de la profesión. Sueldo ínfimo y no abonado con puntualidad, hasta la creación de la Mancomunidad, era un arma poderosa que el cacique, señor local, esgrimía contra el modesto sanitario para coartarlo en el ejercicio de su noble misión, para someterle a sus caprichos, exigencias o arbitrariedades; en suma, para restarle autoridad en el desempeño de su función. A esta falta de puntualidad en la percepción de los haberes oficiales se unen los exiguos honorarios de los vecinos pudientes —igualatorios con cantidades ridículas y obligaciones máximas— o remuneración por visitas, que en ningún caso compensan el trabajo delicado y asiduo y la capacidad profesional.
Otra de las causas que denuncia el médico castillejano era el escaso apoyo oficial. "Hasta hace poco, apenas se ocupaban las autoridades de dotar a los pueblos de los medios adecuados para la asistencia médica. Llevaban a los cargos públicos a los vecinos de más capacidad económica para traducirla en votos. Así, dichos señores, además de anular la labor del sanitario, procedían (para defender sus intereses particulares) contra la salud de sus convecinos, instalando mataderos en sus casas, cebaderos de cerdos en los corrales de las mismas, estercoleros en la vía pública, en los sitios más estratégicos, para removerlos y transportarlos a sus fincas cuando les convenía; se oponían a la provisión de plazas de las profesiones sanitarias que más pudieran entorpecer el desarrollo de sus negocios —veterinarios, farmacéuticos— cuando les venía en gana". De la vida médica rural. Juan Manuel Lara Gómez. Editorial Index, Barcelona, 1970.


                                               Calle de Jesús Centeno en Gines (Sevilla)

Un tal Pedro Recio en artículo titulado "Federaciones sanitarias. La molécula sanitaria", publicado en España Médica del 1 de marzo de 1928 describe la situación de la salud pública rural que hubieron de enfrentar Centeno, Lara y sus compañeros:
"El ejemplo de unión, de íntima cohesión dado recientemente por la Federación Sanitaria de la provincia de Madrid, es en estos instantes propulsor de mi pluma que pretende si a ella la fortuna le acompaña, explicar la idea bellamente concebida por Centeno, alma de apóstol y corazón de niño, en un cerebro con plétora de exaltación imaginativa como corresponde a una naturaleza meridional y como se precisa para hacerse seguir de las multitudes.
Sin embargo, si Centeno no hubiera sido médico rural, si Centeno antes de serlo no hubiera vivido el ambiente impregnado de dolorosas realidades, del que estuvo hasta hace poco, del que aún está todavía en algunos casos, más que saturado el hogar del médico del agro, su imaginación hubiera derivado hacia otros derroteros grandiosos, que el que lleva algo dentro de su espíritu ha de darlo alguna vez en la vida, pero... la federación, la unión de los que vivan por y para la sanidad, hubiera llegado también, porque ella es y representa la cristalización de un movimiento de defensa, natural y honrada que en los hombres que luchan contra la gran niveladora, no podía surgir de otra manera que en rededor de un ideal grande: el de combatirla y vencerla.
``Pero el príncipe que dominó al dragón, en el cuento de la vida no puede volver la cabeza con aire triunfador hacia los habitantes de la comarca que éste asolara, porque de recelo están llenos sus corazones y llevan la ingratitud en el fondo de sus almas``.
¿Cuál era hasta hace poco la representación de un médico en un pueblo? ¿Qué significación por su propia dignidad profesional gozaba?
Solo y aislado, abandonado a sus propias fuerzas, bien pequeñas evidentemente, había de sucumbir irremisiblemente al medio y agruparse, en torno a una tertulia de casino o lo que aun le era peor, a la de las faldas de una camilla, que de faldas solía también tener el espíritu.
Y por estas tertulias, campos alejados unos de otros por sentimientos, por conveniencias o por imposición política, el médico, el sanitario rural en general, ganaba siguiendo este procedimiento la enemistad de los otros, y a veces la de todos si por comodidad, o por principios vivía alejado de ellas y se encerraba en su torre de marfil.
En estas condiciones, encontrados los intereses de los sanitarios de cada pueblo, todos y cada uno eran intrusos de las otras profesiones sanitarias, y el boticario ``recomendaba`` fórmulas y el practicante ``hacía`` cirugía sin la dirección necesaria y el veterinario ``curaba personas`` (?) y el médico ``despachaba`` recetas o torcía el gesto ante una preparación farmacológica y las comadronas (si lo eran) ``ponían inyecciones`` fuera de la asistencia de los partos, y todos y cada uno se despachaban a su gusto puestos en el disparadero de ``hablar bien`` de sus compañeros.
Si había más de un médico, se establecía la lucha por las igualas en competencia de céntimos; si dos veterinarios por ``herrar`` más clientes, no cobraban la asistencia facultativa; si dos boticarios cada fórmula bajaba en cada caso de precio para que no fuera a casa del contrario; y así en lucha suicida fenecían, no podemos llamar a esto vida, estos sanitarios, prendidos en los tentáculos del caciquismo político, del caciquismo de las masas, mucho peor que el anterior, y del propio caciquismo que ellos mismos pretendían estatuir y para el que no tenemos calificativo a mano para juzgarle.
Pero al fin los sanitarios, hijos de una madre única habían de ver claro y terminaron sus rencillas de familia.
Los ojos ciegos de Jesús Centeno, ciegos para la materia, fueron los videntes de otro porvenir que ha comenzado ya. Químico excelente supo poner en relación la apetencia, la fuerza de atracción de los átomos dispersos que, habían de formar la nueva molécula sanitaria resistente y de valencias múltiples que, al nacer potente había de ser el dique contra el que viniera a romper el oleaje de las pasiones y de los intereses de los que antes se aprovecharon bien a su sabor de la falta de cohesión y compañerismo de cada uno y de todos los sanitarios.
Y al compañerismo renacido y a los sentimientos fraternos reconquistados de los que persiguen un ideal mismo, se sumaron sentires de una amistad entrañable, nacida del constante tacto de codos y de la coincidencia de aspiraciones mucho tiempo sentidas sin que hubieran podido ser exteriorizadas, que les llevan a la mutua defensa, y a la recíproca ayuda en un frente único, difícil cuando no imposible de vulnerar.
Y al surgir un problema con un sanitario, todos los demás como un solo hombre se aprestan a la lucha siempre en pos del triunfo y pueden ya decir al común enemigo:
—Con ese, que persigues sin razón —porque si la tuvieran nosotros no estaríamos a su lado— estoy yo, y ese y ese y ese... ".

Juan Manuel Lara reseña y pormenoriza su amistad con Jesús Centeno en varios lugares de su obra, como es en la Dedicatoria, por ejemplo: "A la memoria de Jesús Centeno. Con el título De la Vida Médica Rural quería el gran apóstol de las clases sanitarias Jesús Centeno que colaborase en su amada revista, Federación Sanitaria, en una sección dedicada a comentar las múltiples incidencias y anécdotas de la vida, en ese ambiente en el que he desenvuelto mi actividad profesional durante muchos años.
Contándole mis observaciones e incidentes pasábamos muchas horas. A aquel espíritu, que no podía estar ocioso, le servían de tema para hacer atinadas consideraciones o poner apostillas que siempre servían de enseñanza a los que le escuchábamos.
No fueron pocas las ocasiones en que me rogó empezara la labor, no consiguiendo que le obedeciera. Unas veces por falta de tiempo; otras, por inconstancia, o quizás, más bien, por rebeldía. Él, que era buen psicólogo, me calificaba de incorregible. "A pesar de tu aparente docilidad —me decía—, eres un rebelde."
Mucho me pesó no seguir en esto, como en todo, los consejos del que más que amigo entrañable era padre y maestro. Por eso ahora, con la sedimentación de los años, al empezar este trabajo que él me señaló, rindo así homenaje a su memoria, de la que quiero hacer un culto en todo lo que me reste de vida".
Y en el capítulo de su libro que titula "Tan bueno como don José", reseña: "La meseta del Aljarafe es una zona comprendida entre el caudaloso Guadalquivir y el pequeño y rumoroso Guadiamar, último afluente de aquél por la derecha. Es una faja de tierra de las más feraces de Andalucía. Vegetación abundante y variada: olivos, viñas, huertas, pinares, árboles frutales...
A la fecundidad de la tierra corresponde la densidad de población, villas y aldeas de escaso vecindario, pero muy poco distantes entre sí, y algunas tan próximas que pueden considerarse como barrios de un mismo pueblo.
En uno de éstos, pequeño, limpio y pintoresco pueblo, ejercía la profesión un querido condiscípulo, que unía a su gran inteligencia una bondad sin límites y una modestia que rayaba en la humildad.
La proximidad al pueblo en que yo desempeñaba mi cargo de titular —sólo distaba tres kilómetros—, hacía que nuestra comunicación profesional fuese muy constante, y nuestra amistad, nacida en las aulas, adquiriera una intensidad extraordinaria.
Celebrábamos frecuentes consultas, nos llamábamos para visitar algún enfermo que pudiera ofrecer dudas diagnósticas y, en fin, muchas veces con el solo objeto de pasar unas horas en charlas agradabilísimas y confidenciales, comunicándonos las impresiones y contándonos los múltiples incidentes de la vida profesional.
Tenía este compañero tal concepto del cumplimiento de su deber, que no se ausentó nunca del pueblo ni faltó a sus visitas más que por enfermedad. La asistencia que prestaba a los enfermos se podía calificar de continua. Después de la visita ordinaria de la mañana, si en las horas del mediodía recibía avisos, que podía, y es costumbre, dejar para la tarde, él no los dejaba, y jamás se retiró a descansar sin hacer una última visita a los enfermos más graves. Era desinteresado en extremo, no le cobraba los servicios más que a un reducido número de vecinos de posición más desahogada; y no fijaba nunca honorarios. Si en una casa hacía dos o tres visitas en el día, con cobraba más que una; a otros, cuando iban a pagarle, les rechazaba el dinero con una broma, y no eran pocas las veces que a los más necesitados les costeaba las medicinas sin que ellos lo supieran, poniendo al farmacéutico en el respaldo  de las recetas "a mi cuenta".
A los treinta y ocho años, lleno en apariencia de salud y vida, murió inesperadamente por excederse en el cumplimiento de su obligación. Una nefritis desatendida, a pesar de los persistentes avisos de la disnea de esfuerzo, taquicardia, poliuria, cefalalgia, etc., le obligó un día a guardar cama. Pero una madrugada crudísima abandonó el lecho para asistir a un enfermo; el cambio brusco de temperatura determinó edema pulmonar con anuria completa, y la asfixia nos arrebató su vida en el transcurso de pocas horas.
Una prueba de cómo los habitantes del pueblo sabían apreciar lo que era su médico la dieron las autoridades al dirigirse a los miembros de la Federación Sanitaria, que habían asistido a su entierro, pidiéndoles que el que había de sucederle, aparte de la competencia, ``fuera tan bueno`` como era don José.
Y como nota extraordinariamente sentimental, recuerdo las frases de despedida de Jesús Centeno a la anciana madre del querido compañero fallecido, cuando la casa de éste rebosaba todavía de gente —vecinos del pueblo, sanitarios del distrito y condiscípulos de Sevilla—. "Señora —le dijo—, no cabe más compensación a vuestro inmenso dolor que el saber que este noble pueblo y la clase a que pertenecía su hijo acaban de rendirle un grandioso homenaje, haciendo así justicia a sus muchas virtudes. Yo tuve un padre, como su hijo, médico rural, bueno, inteligente, cariñoso, desinteresado, que consagró su vida al bien de la humanidad. Yo no hallé el consuelo que usted tiene; mi padre, tan virtuoso como su hijo, murió pobre, ciego y abandonado de todos. A su memoria consagré esta obra de Federación Sanitaria, para que en lo sucesivo sepa la sociedad lo que debe significar el médico rural en la vida de los pueblos, y no vuelva a darse el caso de que uno de esos mártires pueda morir solo, pobre y abandonado".
Y en el pasaje "Un sabroso café con leche":
"Estos eran los lemas de Federación Sanitaria, expresados en la revista que Centeno fundó para propagar sus ideas; periódico modesto en su forma, humilde en su confección, como correspondía a los escasos medios económicos de que su fundador disponía, y grandioso por el contenido de la doctrina, cuyos objetivos eran la dignificación de las clases sanitarias por la elevación de su cultura, su moral y su mejoramiento económico, que los capacitara para el desempeño de la importante misión social que les está encomendada y que él, en su ambición idealista, quería abarcar "el velar por la salud de todos los hombres, la paz entre todos los pueblos, el progreso y el bienestar de la humanidad".
Fue iniciador de las Asociaciones o Uniones sanitarias; de las Sanitario-pedagógicas; creó comités de Higiene, comités de Paz, Hogar de la Raza, y organizó las asociaciones de distrito, de las que formaban parte todos los sanitarios  de los pueblos que componían un partido judicial, celebrándose asambleas mensuales en cada uno de ellos, a cuyos actos eran invitados representantes de todas las clases sociales, autoridades y miembros de otras profesiones.
Los curas y los maestros eran objeto de invitación especial no sólo por el respeto que su elevada misión inspira, sino porque su concurso a la obra de apostolado que con estos actos se realizaba era de una indudable eficacia.
Captados por la forma altruista y desinteresada con que los sanitarios procedíamos, dando conferencias de vulgarización, enseñando a los ciudadanos a preservarse de las enfermedades, instruyéndoles sobre los peligros de los grandes vicios sociales, infiltrando en su espíritu el amor a la Patria, a la paz, al trabajo, a la justicia y a las buenas costumbres, llegaron, tanto los sacerdotes como los maestros, a formar parte integrante de nuestras organizaciones, asistiendo a las asambleas e interviniendo muy destacadamente en dichos actos con sus consejos, observaciones y hasta disertando sobre cuestiones de moral, de pedagogía o de orden puramente social.
Los que tratábamos íntimamente al gran apóstol de las clases sanitarias y conocíamos sus constantes desvelos por los compañeros humildes y su ímprobo trabajo, procurábamos halagarlo y proporcionarle alguna distracción, sacándolo de aquel despacho —verdadero gabinete de trabajo, donde, rodeado de libros y envuelto en periódicos y revistas, se pasaba los días enteros escuchando lecturas (su desprendimiento de retina le impedía hacerlo directamente) o dictando cartas para sanitarias entidades y artículos para su amada revista—, llevándolo para presenciar algunas fiestas o romerías andaluzas, de las que era ferviente admirador.
Una tarde, varios compañeros fuimos a recogerlo para ir a uno de los pueblos donde la entrada de la Hermandad, al regreso de la Romería del Rocío, es más típica y emocionante.
El cura párroco de la localidad era uno de los sanitarios honorarios más destacados, y para cumplir un deber de amistad, al mismo tiempo que para hacer hora de la llegada de las carretas, fuimos a visitarle.
Como es de rigor en estos casos, el virtuoso  sacerdote nos obsequió con unas copas de vino de la tierra y las correspondientes ``tapas`` de jamón, que desaparecieron a gran velocidad; más copitas con ``tapas`` de chorizo que corrieron la misma suerte, así como otra dosis en la que el queso cumplía la misión de excitar el apetito en vez de calmarlo. El buen amigo,  con la perspicacia característica de los párrocos rurales, se dio de cuenta que ``embalados`` de aquella forma se le planteaba un serio conflicto —dada la modestia del presupuesto de un cura de pueblo, con el que no es posible tener bien surtida la despensa—, y lo resolvió de la siguiente forma habilidosa, elegante y delicada:
Cuando habíamos terminado de consumir las ``tapas`` de queso y presentíamos la llegada de otras, entró por la puerta de la calle el camarero del casino con una bandeja, precedido del simpático cura, que había acudido impaciente a recibirlo, diciéndonos éste: "aquí tienen ustedes una de las especialidades de este pueblo: un rico y sabroso café con leche."
Otra referencia hace Lara de Centeno en "¡Que se está ahogando!":
"Es muy corriente (entre el vulgo) expresar con esta frase la dificultad respiratoria del disneico (bien por bronquitis crónica o asmática u otra cosa que afecte al aparato respiratorio), y así se manifiesta el alarmado pariente que va a llamar al médico para conseguir sea prestada la asistencia con toda rapidez: "A ver si puede usted venir en seguida, que mi padre se está ahogando."
Si el médico ha salido a la visita, suelen darle el aviso por teléfono al sitio donde la familia ha indicado que puede encontrarse: casino, casa particular de otro enfermo o en el ``café`` (cuando existían esos establecimientos, asiento de agradables tertulias).
La tertulia que presidía en el Café París (1), en Sevilla, el inolvidable compañero Centeno, era polifacética. A ella acudían médicos, agricultores, militares, comerciantes, corredores de fincas y hasta un profesor de equitación.
Algunos de los médicos contertulios prestaban asistencia gratuita a los camareros y personal del establecimiento. Uno de éstos, llamado Ríos, vivía en la calle Guadalquivir y padecía bronquitis asmatiforme. Cuando sufría el ataque en la cocina, le prestaba asistencia el facultativo que estuviera presente, pero a veces llamaban por teléfono desde su casa. Un día que llamaron con urgencia no se encontraba en el café el médico que habitualmente le asistía, y el que se puso al aparato ignoraba el nombre y  domicilio, y con el ruido de fondo no percibía más que palabras sueltas: ``río``, ``Guadalquivir``, ``que se está ahogando``... , y contestó:
—¡Ahí no hago yo falta ninguna; que llamen a un buzo!

(1) Al parecer el nombre del café homenajea al de la Avenida de la Ópera de la capital francesa, al que asistían Emile Zola o Maupassant, considerado el establecimiento más famoso del mundo.
 Al sevillano café de París sus dueños le cambiaron el nombre por el de Café de Roma tras el triunfo de las hordas franquistas en 1939, ya que Italia, al contrario que Francia, era aliada de los vencedores de la Guerra Civil. Estaba situado en la esquina de la calle O´Donnell con la Campana, que hoy ocupa un Burguer King y, en efecto, como dice Juan Manuel Lara, a él acudían toda clase de gente —de la mediana y alta burguesía—, así como toreros y artistas, siendo un gran referente de la vida social sevillana durante las primeras décadas del siglo XX. Tenía en la primera planta un salón de billares, y los demás con amplios espejos y sillería tapizada de rojo. "Allí discutían los partidarios de Belmonte con los de Joselito, los de Sevilla con los del Betis, y se rezaba al Gran Poder cuando enfilaba la Campana mediada la madrugá con los anticlericales ejemplares de ``El Motín`` de José Nakens (1a) apilados en los estantes en señal de respeto.
Allí se contaban los días que quedaban para la Exposición Iberoamericana, se organizaban los magníficos bailes de máscaras que ponían el toque de distinción a la locura de los Carnavales y se hacía la última parada antes de que se levantara el telón del Teatro San Fernando". http://sevillanadas.blogspot.com/


Portada de uno de los primeros números de El Motín. El diablo es un títere falso con el que el jesuita amedranta al moribundo para obtener su dinero.

(1a) Tal y como se evidencia, el movimiento de liberación de los sanitarios de las zonas campestres que lideraba Centeno estaba imbuido de casposa religiosidad, lo que lo convertía en retrógrado y antirrevolucionario. Los periódicos del Gran Café de París convivían en sana mezcla de espectros políticos, al parecer. El Motín, furibundamente anticlerical, es muestra de ello. El Motín (1881-1926) no sería leído, creo, por Juan Manuel Lara y sus colegas en el Gran Café de París, o al menos no sería leído con interés, entrega y asiduidad, ya que los federados sanitarios pertenecían todos al referido catolicismo moderado y monárquico que conformaba la mayoría de los habitantes del país. La publicación criticó tanto a los conservadores como a los liberales que se turnaban en el poder y, por apostar por la vía insurreccional, llegó también a criticar a los otros líderes republicanos, Castelar, Pi y Margall y Salmerón. Continuamente multado, denunciado, secuestrado, procesado, excomulgado por diversos obispos, y con sus líderes y hasta con sus repartidores encarcelados en muchas ocasiones, estuvo muy enfrentado al periódico carlista El Siglo Futuro de Ramón Nocedal Capetillo. Al fundador y director de El Motín, José Nakens, se le condenó a diez años de prisión por encubrir a Mateo Morral, el anarquista que arrojó una bomba al coche de Alfonso XIII y su esposa a su paso por la madrileña calle Mayor.


                                                   El médico valenciano Alfredo Alegre

La sanidad era un elemento de presión y dominio social que la clase política empezaba a vislumbrar. El oligarca local intuía que el médico del pueblo era una herramienta eficacísima de control de las masas, y por ello hacía lo imposible por atraerlo a sus filas para utilizarlo como tal herramienta. En el número 4 de Medicina e Historia, año 2015, en su artículo Caciquismo y profesión médica: El caso de Alfredo Alegre, 1915-1924, José L. Fresquet Febrer nos informa de que una de las reivindicaciones de los médicos rurales era la de los salarios, para que dependiesen del Estado y no de los poderes municipales detentados por lo general por los caciques, que como alcaldes contrataban con sus propias condiciones al titular. La tensión entre esas dos posiciones, la del consistorio prepotente y corrupto y la del sanitario idealista y humilde, tuvo su manifestación más relevante cuando "a las 8 de la noche del día 6 de julio de 1915 Alfredo Alegre, médico de El Pobo (Guadalajara), disparó en su casa  cinco tiros de revólver contra el alcalde Julián Herranz Sanz durante una disputa". Juan Manuel Lara se refiere a este hecho en su libro, en el pasaje titulado "Comentarios y protestas", aunque parece errar: "Las primeras [clases de protesta] son muy raras, por fortuna; las que causaron la muerte al médico de El Pobo (1) y la del de San Nicolás del Puerto (2), y para que fueran realizadas de una manera violenta se necesitó la intervención de un ``compañero`` que, al atribuir a impericia o equivocación del médico de asistencia la causa de la muerte o la incurabilidad de la enfermedad, exaltaron al pariente más próximo o al mismo enfermo,  como ocurrió en el caso de San Nicolás.
Alfredo, con mujer e hijos, una de ellos enferma, había suplicado repetidamente al alcalde que le pagase el trimestre que le debía por la asistencia a la población. Discutieron y, al parecer, el alcalde blandió un arma blanca y se abalanzó sobre él, obligándole así a defenderse.
El médico de El Pobo cumplió condena en la cárcel de San Miguel de los Reyes (Valencia) donde a la sazón la cumplía Perico el Ventero por la muerte de Rosario Oliver en la ermita de Guía de Castilleja de la Cuesta. Perico fue ingresado allí un año antes que Alegre.


(1) Sería muy arriesgado suponer que la tragedia del valenciano Alfredo Alegre propició que la segunda Federación de Sanidad se creara en Valencia. "A través de la conferencia magistral de la Fundación del ICOMV [Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Valencia impartida por el Dr. José Luis Fresquet, los asistentes tuvieron la oportunidad de profundizar en las condiciones y la praxis diaria del médico rural de inicios de la centuria pasada. Como explicaba el experto:  “A principios del siglo XX en el entorno rural los médicos titulares eran contratados por los ayuntamientos y dependían de los alcaldes que eran los “caciques” o personas que actuaban bajo su “protección”. Una situación que suponía que el médico sufriera muchas veces abusos y arbitrariedad. De ahí que una de las demandas más importantes del colectivo fuera pasar a depender directamente del Estado, y no estar al albur de los caciques”.
Sobre este contexto nos ilustró el Dr. José Luis Fresquet, profesor titular de historia de la ciencia de la Universitat de Valencia. Durante la conferencia el especialista presentó el caso del médico valenciano de El Pobo Alfredo Alegre, una historia trágica que puso de manifiesto las dificultades que ofrecía la práctica profesional en las zonas rurales.
Características del ejercicio de la medicina en esta etapa
En 1900 la sociedad española era fundamentalmente rural. De los 18,5 millones de habitantes, 12,6 vivían en un núcleo de población inferior a 10.000 habitantes. Por otra parte, el 71% de la población activa se dedicaba a la agricultura y la pesca.
En 1930 la situación había cambiado sustancialmente: de la cifra de 8,6 millones de activos, solo 4 millones se dedicaban a la agricultura y la pesca. Además, el rendimiento y la productividad por hectárea pasó del 50 al 76%. Los campesinos que abandonaban el campo no emigraron esta vez al continente americano, sino a las grandes ciudades españolas, especialmente Barcelona, Madrid y Bilbao.
En 1891 apareció el Reglamento del médico titular, Cuerpo de Médicos Titulares, y tuvo lugar el I Congreso de Médicos titulares. En el entorno rural los médicos titulares eran contratados por los ayuntamientos y dependían de los alcaldes que eran los “caciques” o personas que actuaban bajo su “protección”.  El sueldo que percibían era bajo y en numerosas ocasiones era en especie. Si su relación con el cacique no era buena tenían muchos problemas.
Otra fuente de financiación era la consulta privada, el pago por acto, que también podía ser en especie. En alguna ocasión existieron las llamadas “igualas” que obligaba al médico a tener que atender a muchos vecinos y no siempre la retribución le compensaba. Tenían que recorrer largos caminos a caballo o a pie y a veces en condiciones climáticas severas según el territorio donde ejercieran.
El médico tenía que luchar contra la pobreza, las malas comunicaciones, la falta de educación, el analfabetismo, las enfermedades infecciosas y la falta de higiene. Practicaba una medicina heroica y normalmente “expectante”. Los medios con los que contaba eran más bien escasos y de esta forma tenía que hacer frente a problemas médicos, quirúrgicos, obstétricos y odontológicos que resolvía “como podía”. También tenía que atender a los pobres a través de la Beneficencia municipal y llevar a cabo las estadísticas demográfico-sanitarias.
Además, era el encargado de la prevención y las medidas sanitarias: vigilancia y limpieza de aguas públicas, lavaderos, higiene de lugares, alimentos, cementerios, desinfección de alcantarillas, letrinas, excusados, vertederos, hospederías, hospicios, colegios, etc. y hacer frente a las pandemias. En este sentido, la mayor parte de estos médicos reclamaban medios al gobierno que no solían llegar, la redacción de leyes, la educación sanitaria de la población, etc.
Hubo también una lucha que se arrastraba desde el siglo XIX para que estos médicos dependieran del Estado, tuvieran cierta independencia y fueran pagados por el gobierno.
Las reivindicaciones profesionales y las reformas sanitarias que los médicos solicitaron del poder político a lo largo de la etapa constitucional del reinado de Alfonso XIII, fueron continuación de las del siglo XIX. Una de las demandas más importante fue que los médicos rurales dependieran directamente del Estado, especialmente en lo que se refiere a los salarios, y no de los poderes municipales detentados por lo general por caciques. Los problemas entre ambos eran constantes.
La dramática historia del doctor Alegre
El doctor valenciano Alfredo Alegre se trasladó con su mujer y sus tres hijos a ejercer la medicina a la población de El Pobo de Dueñas (Guadalajara) siguiendo las promesas del alcalde de la población, Don Julián. Dichos compromisos municipales se incumplieron a los dos meses de su llegada. Así que el Dr. Alegre se encontró arruinado, y cada vez con más deudas, viviendo de la caridad de los vecinos y con su mujer gravemente enferma.
De ahí que el 6 de julio de 1915 se enfrentó a él exigiéndole que aligerase su situación. Don Julián sacó una navaja y don Alfredo le disparó cinco tiros en legítima defensa, rozándole con tres balas que no revistieron gravedad, como así indicó el médico de Setiles. Sin embargo, el doctor fue encarcelado.
El problema fue que el alcalde falleció a los pocos días. El informe médico de diferentes académicos forenses exculpaban al Dr. Alegre y consideraban que la causa real del fallecimiento las múltiples enfermedades que padecía: cirrosis del hígado y unos riñones y un corazón que a penas funcionaba… Las autoridades afines al difunto consiguieron mantenerlo en prisión.
Mientras esperaba el juicio falleció su mujer, y sus hijos quedaron desamparados. El tribunal actuó de forma parcial y le condenó a 14 años, 8 meses y 1 día de prisión por homicidio.
Su caso puso en pie de guerra a los profesionales sanitarios, a estudiantes, a médicos, profesores, escritores, periodistas que se sumaron a su causa durante los años siguientes, solicitándo su indulto incluso en campañas de prensa nacional, y recaudando donativos paras sus hijos". Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Valencia. comv.es

(2) "Sevilla, 19. Asesinato de un médico. Entre el elemento médico ha causado gran sentimiento el asesinato del médico de San Nicolás del Puerto D. Joaquín Márquez, que fue muerto de un tiro por un enfermo a quien fue a visitar.
El Colegio Médico y la Federación Sanitaria han iniciado una subscripción, que encabezan ambas corporaciones con 500 y 250 pesetas, respectivamente, para socorrer a la familia del desgraciado médico". La Voz, 19 de diciembre de 1924.
"Al autor de la muerte, Antonio Flores Martín, se le instruyó causa en el Juzgado de Cazalla. Con el pretexto de que no lo curaba, preparó una escopeta cargada y le disparó con premeditación y alevosía cuando entraba en su cuarto para visitarlo. La Federación Sanitaria nombró como acusador privado al abogado del Colegio de Sevilla don Manuel Blasco Garzón, quien de acuerdo con la filosofía de la Federación decidió no solicitar la pena de muerte, comprometiendose a mediar por el indulto caso de que fuera condenado a dicha máxima pena. "La Federación Sanitaria Andaluza ha logrado al cabo de diez años de lucha constante y altura de miras purificar a la clase médica de Andalucía, mejorando sus condiciones morales, rodeándola de autoridad, prestigio y dignidad, hasta el punto de que las más altas jerarquías sociales la ayuden a conquistar el puesto que en justicia le pertenece. Doctor Decref". El Imparcial, 24 de noviembre de 1925.


Según mi modesto entender y saber, la Federación Sanitaria pronto abandonó las directrices que con tanta insistencia había prescrito Jesús Centeno, entre las que se incluían la igualdad de todos los seres humanos, la paz universal,  el amor al prójimo, el reino de la justicia en todo el orbe, y otros conceptos parecidos, de raíz bíblica que el Regeneracionismo hispano puso en boga, pero que la naturaleza imperfecta de los hombres —en este caso de los sanitarios— fue dejando atrás en pro de otras actitudes más prácticas, hedonistas, materiales y satisfactorias para el ego.
De tal manera que a los cuatro o cinco años de funcionamiento de la Federación, y una vez conseguido el objetivo de la dignificación salarial —que era lo que en realidad escocía a los federados—, todo quedó reducido a la pompa vana, al discurso hueco, a las comilonas, fiestas y banquetes, a los viajes de placer y a las excursiones turísticas. Como si de un club de ocio de la burguesía se tratara.
En los comités organizativos comenzaron a figurar damitas de honor de la buena sociedad, y títulos nobiliarios o eclesiásticos con tratamientos reverendísimos y excelentísimos, en una clara evidencia de que las instancias de poder habían ido maniobrando para desactivar las más o menos sentidas originales reivindicaciones de los sanitarios y, como suele acontecer, para domesticar y poner a su servicio a toda su organización.
Este fenómeno tampoco cogió por sorpresa al escarmentado proletariado rural que, escéptico secular, ya se las veía venir con aquellos señoritos de talante patriarcal y habla inteligible, que solían prodigar gestos condescendientes rayanos en el desprecio ofensivo. Porque aunque muchos de estos "urbanitas" tenían orígenes humildísimos, en las facultades universitarias e institutos de enseñanza se les había insuflado el complejo de superioridad que a sus profesores de las cátedras caracterizaba.
Aunque los sanitarios luchaban por sus derechos, ya en los años 20 su accionar era muy divergente de la línea teórica que trazó Centeno. Todo se había reducido a presionar a poderes fácticos reticentes a que pagasen los emolumentos que les correspondían:
"Otra huelga de clases sanitarias. La Federación Sanitaria de Andalucía ha presentado, con fecha 4 del actual, los oficios de huelga al gobernador militar del Campo de Gibraltar.
Se anuncia en estos oficios las huelgas de médicos, farmacéuticos, veterinarios y practicantes de Algeciras y Tarifa, en vista de la actitud de aquellos Ayuntamientos, que no pagan a estas clases sanitarias (1).
Hay facultativo a quien se le deben 5.000 duros.
El Ayuntamiento de Tarifa debe a un solo farmacéutico [señor Irigoyen] más de 45.000 pesetas.
Del mismo modo que en la huelga de Jerez (2), de Cartagena, etc., los médicos han tomado ya el acuerdo de visitar gratuitamente a los pobres [pero pasando factura luego al Ayuntamiento].
La Federación Sanitaria cuenta ya con muchas y valiosas adhesiones". La Correspondencia de España, 5 de febrero de 1920.
La Federación del Campo de Gibraltar fue constituida un mes antes, siendo su iniciador el doctor Robles, inspector regional de Sanidad. En el banquete de inauguración, presidido por el doctor Morón, se acordo dirigir telegramas a las otras entidades sanitarias y al médico de El Pobo, preso en Cartagena "víctima de atropellos caciquiles".

(1) "Los Ayuntamientos de Tarifa y Algeciras se disculpan alegando que la Casa Larios, que disfruta de la oligarquía caciquil desde hace mucho tiempo, no ingresa la cuantiosa suma que debe a dichos Municipios por ordenación de montes y aprovechamiento forestal.
Efectivamente, hasta ahora resultaron ineficaces cuantas gestiones hicieron los Ayuntamientos para exigir a la Casa Larios el cumplimiento de sus compromisos". El Sol, 5 de febrero de 1920.

(2) "La huelga de médicos. El movimiento se va extendiendo. La clase médica de Sevilla. Sevilla, 25.— Los practicantes de Sevilla han celebrado una reunión, y han tratado del conflicto sanitario de Jerez, acordando nombrar una Comisión, que se una a la de médicos de Sevilla pertenencientes a la Federación Sanitaria, que marchará a Jerez, para prestar apoyo moral y material a sus compañeros.
La clase médica de Sevilla ve con simpatía el movimiento iniciado por el personal facultativo de Jerez, y está decidida a ayudarle por todos los medios.
Una denuncia contra los médicos. Jerez, 25.— El alcalde ha presentado una denuncia en el Juzgado de instrucción de San Miguel contra los médicos huelguistas Sres. Salazar Puerta y Villa, por abandono de destino.
El juez recibió declaración de los denunciados.
Mañana se celebrará un mitin sanitario en el teatro Eslava.
El comercio cerrará sus puertas.
Siguen recibiéndose adhesiones de toda España. Jerez, 25.— El alcalde ha denunciado ante el Juzgado de instrucción a dos veterinarios municipales huelguistas, por abandono del servicio.
Ha llegado el inspector provincial de Sanidad, comisionado por la Inspección General, para comprobar si la huelga de médicos origina deficiencias. Los farmacéuticos  se negaron, a pesar de la orden del alcalde, a despachar una receta del médico disidente Sr. Real.
Siguen recibiéndose adhesiones de todas partes de la Península. Las últimas enviadas son de San Francisco, Monforte, Denia, Colegio de Practicantes de Soria, de los médicos de Utrera, Asociación de Málaga y Linares. Todos ofrecen su apoyo material y moral a los médicos.
El presidente del Comité Central de Sanidad de España ha telefoneado manifestando que ha pedido al ministro de la Gobernación el castigo del médico Sr. Real, por intromisión en el servicio de los veterinarios.
Informes oficiales. El gobernador de Cádiz ha comunicado al ministro de la Gobernación que, atendiendo a sus indicaciones, ofreció a los médicos huelguistas de Jerez la intervención de la Junta local de Reformas Sociales para resolver el conflicto.
Los médicos no aceptaron la mediación de dicho organismo, por entender que no era el más apropiado para intervenir en las cuestiones que se ventilan; pero aceptaron la formación de una Comisión arbitral de la que formen parte el capitán general, el gobernador, el marqués de Casa Domecq, D. Francisco Ibison y D. Sebastián Olavieja.
Los huelguistas añadieron que pare ellos era indiscutible la primera entrega de 75.000 pesetas a cuenta de la deuda, y también era indiscutible lal forma de pago del resto de la deuda.
El Sr. Ibison, en nombre de los señores marqués de Domecq y Olavieja, contestó al gobernador que en esas condiciones no podían ser árbitros.
Se extiende la huelga. Anoche dijo el ministro de la Gobernación que, según las últimas noticias, la huelga de médicos de Jerez se va extendiendo a los pueblos cercanos  a dicha ciudad". El Sol, 26 de septiembre de 1919.


Jesús Centeno Jiménez, nacido en Benacazón (Sevilla) en 1878 y fallecido en Cortegana (Huelva) en 1933. Dos de sus hijas murieron prematuramente de tuberculosis.

                                  Recibimiento a Centeno, La Unión Ilustrada, 28 de octubre de 1920.


Comensales de un banquete de la Federación Sanitaria, La Semana Gráfica (Redacción y Administración en la calle Amor de Dios, 33, Sevilla), 13 de julio de 1921.


Los panegiristas y apologistas recalcitrantes continuaban erre que erre, pero ya no convencían a nadie. Para los lectores del siguiente artículo del madrileño doctor Deoref, la Federación era una mera curiosidad histórica, el agro andaluz un planeta remoto, y los hechos del día a día —entiéndase, la asistencia médica o el precio de los medicamentos— lo que realmente importaba.
"Hay que mirar alto. Obra redentora. Las Federaciones sanitarias. Hará diez años aproximadamente que un modesto médico titular andaluz, hijo de un médico rural, nacido y criado en un hogar donde la injusticia y las privaciones eran el premio único concedido a una vida de estudio, honradez y abnegación, concibió la generosa idea de redimir a sus compañeros, y creó el sistema federativo de las clases sanitarias (1). Este hombre singular es hoy el doctor Jesús Centeno, ilustre médico sevillano, que empleó toda su actividad, su inteligencia, su fortuna y su salud en lograr su ideal. La lucha fue terrible, pues comprendió que para conseguir el mejoramiento material tenía que elevar el nivel moral de clases, que, por el abandono en que todos las tenían, había descendido en la lucha por la vida.
Hoy el doctor Centeno es bendecido por cientos de médicos, farmacéuticos, veterinarios, practicantes y matronas, que le deben una asistencia decorosa en un ambiente de respeto y consideración que merece la sagrada misión que la sociedad les ha encomendado. Yo me honro con pertenecer a los cruzados de esta santa idea desde los comienzos de la lucha, y cada vez me satisface más el haber seguido con fe las predicaciones del apóstol.
El caciquismo, tan arraigado en Andalucía, enemigo el más terrible que tuvo siempre la sanidad pública, y más aún los encargados de velar por ella, se vió arrollado por primera vez, con asombro de todos, por ese puñado de hombres que no esgrimían más armas que la unión para luchar por la ciencia y la justicia. La razón se impuso, y ante ellos cayeron Ayuntamientos que diezmaban poblaciones con su ignorancia y abandono, a las cuales debían, por obligación, la salud y el progreso, que les hurtaban hacía muchos años. Hubo pueblos que adeudaban a sus empleados sanitarios veinte años de sueldos, y los pagaron. Grandes Compañías extranjeras (2) que, aprovechándose del desprecio que nuestros gobernantes han hecho siempre de estas clases, considerándolos como españoles de tercer orden, y de los privilegios que disfrutaban, los habían vejado y esclavizado por un pedazo de  pan. Cedieron ante aquella férrea voluntad, hija de la unión de muchos. Desde entonces, los trataron con las mismas consideraciones con que en el país de donde procedían se trata a los médicos y donde el serlo no excluye, como en España, para ser defendido como los demás nacionales.
Este ejemplo cundió, y en Madrid el actual presidente del Colegio de Médicos de la provincia, el ilustre doctor Blanc, convencido de que la acción oficial de la institución que preside no puede estar apoyada por el individualismo egoísta de los médicos de las capitales, que emplean, salvo muy raras y honrosas excepciones, su prestigio e influencia en el crecimiento propio, y jamás en el de los demás, buscó la ayuda de los que más necesitaban de esa acción, que son los rurales y los humildes, y no dudó en crear la Federación Sanitaria Provincial, a semejanza de las andaluzas. Fue auxiliado eficazmente por el doctor Palanca (3), actual inspector de Sanidad provincial, que, por haber ejercido este cargo en Sevilla, está perfectamente penetrado del auxilio que pueden prestarle las Federaciones para el desempeño de su difícil misión. La capital de Andalucía conserva de este ilustre médico, que a la vez fue catedrático de Higiene en su Facultad de Medicina, un recuerdo imperecedero por la gran labor que su mucha cultura y compenetración con la Federación Sanitaria Andaluza logró.
Esta admirable organización se va extendiendo a Castilla y a otras muchas regiones, y el día que se establezca en toda España podrán saborear las clases sanitarias españolas la fuerza y el prestigio que de su importantísima misión en las sociedades modernas tienen derecho a esperar.
Las nuevas Federaciones que se van formando ayudarán a la andaluza en su altruísta y honrada labor de compañerismo.
La Federación Sanitaria Andaluza va acogiendo hasta hoy en su seno a médicos de todas las regiones que huyen de la intransigencia del caciquismo.
Los médicos de la de Madrid que asistieron a la última asamblea celebrada en Sevilla durante el Congreso Médico del pasado octubre, presenciaron una escena  no conocida jamás en la historia profesional de España. Un médico castellano clamaba contra la ruina y la desolación que había sembrado en su numerosa familia la conducta de un arbitrario cacique, amo del pueblo en que ejercía. En el acto se levantaron tres o cuatro compañeros de la Federación a ofrecerle tres o cuatro plazas, mucho mejores que la que él tenía por todos conceptos, que ellos desempeñaban interinamente además de las que en propiedad tenían en su partido, y que reservaban para un compañero digno que la necesitara. De esta forma, el compañero castellano no tuvo que soportar más aquellas vejaciones.
La provincia de Madrid cuenta ya con una seria organización en sus distritos federados gracias a la actividad y buenísima labor del secretario de la Federación provincial, doctor Taboada, inspector de Sanidad municipal de la capital, hasta el punto de que la Federación Andaluza la considera como una de las suyas. Los delegados gubernativos presiden nuestras asambleas, en las cuales encuentran apoyo decidido para la misión sanitaria y social de todo género que les está encomendada cuando es justa y útil. En honor a la verdad, en esta provincia nosotros hemos encontrado siempre en estos funcionarios un apoyo y una consideración exquisita. Los únicos que nos combaten o no nos apoyan son algunos periódicos profesionales de esos que se dedican a admitir cuentos y chismes de sus favoritos, cuyas polémicas rebajan nuestro nivel moral. Distraídos en esa labor de destrucción, no solo no hacen nada para crear, sino que tratan, afortunadamente sin éxito, como se ve, de destruir lo que se crea.
Cuando se necesitan tantas energías para vencer serios obstáculos en un camino, no ha de entretenerse el caminante en apartar piedrecitas porque rechinen al ser aplastadas por las suelas de los zapatos.
¡Adelante, federados! El que pretenda medir alturas no puede mirar tan bajo. Doctor Deoref". El Imparcial, 8 de marzo de 1925.

(1) "La Federación Sanitaria de Andalucía se funda en Sevilla en 1916 (1a) por iniciativa del médico sevillano Jesús Centeno Jiménez, nacido en el pueblo aljarafeño de Benacazón, persona culta y erudita, dotado de una gran autoridad moral, impulsor y valedor del asociacionismo de los profesionales sanitarios: “de todas las clases sanitarias” (médicos, farmacéuticos, veterinarios, practicantes, odontólogos y matronas), como él mismo repetía con insistencia en sus numerosos escritos, publicados principalmente en la revista Federación Sanitaria. La asociación federada sanitaria desaparece en 1929. La obra ingente de la Federación Sanitaria de Andalucía, muy poco conocida, se puede seguir a través de la publicación Federación Sanitaria (FS), su órgano oficial de expresión, editada semanalmente en Sevilla entre 1918 y 1929".
"Nosotros, los que iniciamos y dirigimos las Asociaciones Sanitarias, procedemos de abajo a arriba, de lo simple a lo complicado, de lo fácil a lo difícil y aunque ejercemos en la tercera capital de España y nos sería más cómodo y menos costoso el celebrar en Sevilla todas las Asambleas, como tenemos el convencimiento de que han de transcurrir años antes de que los sanitarios de los grandes centros de población estén en condiciones de poderse organizar, hemos comenzado por agrupar a los rurales a los que no reuniremos nunca en la capital, sino siempre en los pueblos (1b), procurando que cada Asociación de distrito celebre una Asamblea mensual asistiendo a las que exigen nuestra presencia por la importancia de los asuntos a tratar, siendo raro el domingo que no vamos a una de aquellas. Este es el sistema que vamos a extender al resto de las provincias”. Revista Federación Sanitaria, 27 de mayo de 1923.
(1a) Dos noticias curiosas de nuestro pueblo en este año, la primera de febrero y la segunda de septiembre: 
"De Arqueología (por telégrafo). Un descubrimiento. Sevilla 13.— En una finca del término de Castilleja de la Cuesta, al plantar una palmera, los labradores tropezaron con un objeto duro, descubriendo un sello de metal perfectamente conservado y de gran peso.
El sello tiene un escudo con el capelo cardenalicio y el emblema de la Orden de Santo Domingo.
La finca ha pertenecido a los Religiosos de esta Orden, suponiéndose que cuando la exclaustración enterrarían objetos de valor.
El descubrimiento ha despertado la curiosidad de los arqueólogos y numismáticos". El Siglo Futuro, 14 de febrero de 1916.
"Los conservadores son atropellados en provincias. Contra un Ayuntamiento conservador. Sevilla 17.— Está siendo objeto de sabrosos comentarios una Real orden dictada por el ministro de la Gobernación, para destituir a los tenientes de alcalde del Ayuntamiento de Castilleja de la Cuesta.
Dichos tenientes de alcalde fueron elegidos en 1º de Enero último por la mayoría absoluta del Ayuntamiento, o sea por los votos de cinco conservadores contra cuatro liberales en minoría; pues  la Corporación se compone de nueve concejales. Nadie protestó entonces de dicha elección, firmándose por todos los nueve concejales el acta correspondiente, y aprobándose por unanimidad en la sesión celebrada ocho días después.
Pero como a los liberales no les parecía bien que dicho Ayuntamiento se hubiera constituído con elementos conservadores, idearon, cuando ya finalizaba el mes de Enero, entablar un recurso contra dicha elección de cargos. Y al Sr. Ruis Jiménez, para complacer a sus amigos y destituir a los conservadores, no se le ha ocurrido otro medio que declarar en una Real orden que la elección de referencia es nula, porque ``cinco concejales no son mayoría absoluta sobre cuatro``. Precisaban seis votos para que existiese dicha mayoría.
Pero lo inaudito del caso es que el gobernador de esta provincia, sirviendo manejos caciquiles, pretende nada menos que destituir también al alcalde*, que fue elegido por unanimidad, aduciendo para justificar su censurable propósito, que como en la parte dispositiva de la Real orden se anulaba la elección de cargos (los que motivaron el recurso), como la alcaldía es otro cargo provisto en 1º de Enero, alcanza a éste su anulación.
En Castilleja ha producido la noticia enorme revuelo, y como se anuncia el envío de un delegado de la autoridad gubernativa al citado pueblo, para realizar dicho atropello, se teme que el orden público quede alterado.
Los diputados señores conde de Colombí** e Ibarra y Lasso de la Vega se proponen interpelar al ministro sobre tan escandaloso asunto.
El gobernador viene a Madrid, llamado por el Gobierno.
Sevilla 9.— Mañana marchará a Madrid el gobernador civil.
Oficialmente se explica el viaje diciendo que es para gestionar el aumento de Policía en la población; pero en los círculos políticos se asegura que ha sido llamado por el ministro de la Gobernación para tratar del incidente que tuvo hace días con el conde de Colombí, por la destitución de varios concejales de Castilleja de la Cuesta. Mencheta".  La Época, 19 de septiembre de 1916.
* En 1916 era alcalde Manuel Cansino Rosales.                 
** Tras casarse en 1903, Javier Benjumea Burín y Rosalía Puigserver se instalaron en una casa sevillana, el número 11 de la calle San Vicente, donde nacieron sus cuatro hijas y por último Javier, en 1915. Poco después empezaron sus problemas económicos, que los empujarían a nuestra Villa. 
El conde de Colombí, que defiende en Madrid a los concejales castillejanos atropellados, ayudó mucho económicamente a Javier Benjumea Burín cuando, arruinado y perseguido por sus acreedores, llegó a Castilleja después de haber estado una temporada escondido en Cádiz: "El padre [Javier Benjumea Burín], cuando comenzaron los problemas económicos para la sociedad, intentó conseguir créditos y fracasó totalmente. Varios amigos le ayudaron como pudieron, pero llegó un momento en que la situación se hizo insostenible, y su sociedad entró en bancarrota. Le buscaban por todos lados una legión de acreedores de la sociedad, por lo que seguir en casa era arriesgado, ya que como gerente le amenazaban con la cárcel. Rosalía se lo llevó en tren a Cádiz, y allí lo dejó varios meses en el convento de los padres dominicos a cuyo superior conocía bien. Una parienta suya les exhibió un recibo firmado por su padre con una cantidad de dinero prestado y no devuelto, poniendo como garantía la plata familiar. Rosalía se la dio con la condición de que si alguna vez podía devolverle el dinero, recuperaría la plata (que era herencia de la familia Puigcerver), como así ocurrió años después. Les ayudó mucho un familiar suyo, el  conde de Colombí, Fernando Barón y Martínez-Agulló". Javier del Hoyo y José María Escriña, obra citada abajo.
Javier Benjumea Burín era hijo de Diego Benjumea Pérez de Seoane, abogado, ganadero y propietario agrícola, "un ultraderechista del partido de don Ramón Nocedal" (Historia de los apellidos, 4. Abril de 2019). El nieto siguió los pasos del abuelo, porque al estallar la Guerra Civil se alistó en el Requeté. 
Resta hablar de otro "abuelo" carlista, Teodoro Arana, padre del Teodoro marido de la dueña de la hacienda de San Ignacio, quien, junto al Benjumea anterior y al marqués de Loreto constituyen las tres patas del tradicionalismo de Castilleja.
Para la familia de Fernando Barón Martínez-Agulló trabajó de costurera la madre de quien esto escribe, siendo una muchacha que tenía que mantener a su madre, enferma y ciega. El conde de Colombí también vivía en la calle San Vicente, como los Benjumea y como quienes luego serían mi madre y mi abuela. Recién alzados los franquistas, eran malos tiempos en Sevilla para las familias señaladas por su izquierdismo.




El presbítero Rafael Sánchez Molina, como se ve por su carta, intercedió por mi madre para que no la expulsaran de su trabajo. Yo le seguí la pista a él por varias parroquias hispalenses. Algunos de los que lo habían conocido y tratado me informaron de que era hombre muy estricto e inflexible en todos los órdenes de la vida. Lo conoceremos más en profundidad.

(1b) En la asamblea de terapeutas celebrada en Castilleja de la Cuesta, que supuso para los sorprendidos vecinos una invasión de sujetos trajeados, bigotudos, con sombreros jipis, bastones de puños plateados y zapatos lustrosos, actuó de organizador el médico titular Lara. Los visitantes recorrieron el viejo palacio de los Montpensier invitados por las monjas irlandesas, y anduvieron por el casco urbano de paseo relajante, con el cura a modo de guía turístico encomiando la monumentalidad histórica de la Villa. El doctor Juan Manuel Lara se gastó más de 7.000 pesetas en el espléndido banquete con que obsequió a sus colegas. Lara, íntimo de los Benjumea, era ya entonces alguien influyente en nuestra Villa. "El jardín [de la casa de los Benjumea Puigserver] lindaba con la casa de Juan Lara, el médico del pueblo, que se había instalado allí en 1909*, y cuya segunda planta fue diseñada precisamente por Javier Benjumea padre**.[...] Javier [Benjumea], rodeado de hermanas, buscaba la presencia de otros niños, y ¿qué mejor que acudir al jardín vecino, donde el médico tenía dos hijos un poco menores que Javier?*** Los tres han mantenido una gran amistad toda la vida. ``Jugábamos a los coches, que había pocos y se diferenciaba bastante una marca de otra. Por la parte del jardín de Javier que daba a la carretera [Calle Real] nos asomábamos a la barandilla desde donde se veían unos 500 metros de carretera. El juego consistía en averiguar a qué marca pertenecía un coche, desde el momento en que aparecía a lo lejos. Ganaba el primero que acertaba``, nos dice Andrés Lara****, su vecino, casi ochenta años después de aquellos felices días. Cada uno tenía su marca preferida que ponía en marcha en otros juegos. ``También jugábamos a los coches, simulando tener en las manos un volante y haciendo con la boca el ruido de un motor. El que corría más hacía ganar la carrera a su marca preferida`` [...] Solía pasar [Javier Benjumea] al jardín de los Lara a jugar. Eran dos familias muy unidas, hasta el punto de que Javier —de niño— decía que quería ser médico, pero más que por vocación, por la cantidad de regalos que veía llegar a la casa del doctor Lara, especialmente con motivo de San Juan, santo del padre*****. La simbiosis de las dos familias era algo evidente. En una ocasión en que hubo epidemia [¿la de gripe de 1918?] el padre aisló a las dos familias del resto del pueblo. [...] La infancia de Javier la recuerdan quienes le conocieron como muy normal. ``Era muy alegre y con iniciativa en los juegos`` (A. Lara). [...] A veces salían con las bicis. Los hermanos Lara, Juan Manuel y Andrés, tenían una para los dos. Teresa, la hermana mayor de Javier, tenía una bici grande, negra y con freno contrapedal, marca Router. Bicis que pesaban tanto que había que ser auténticos atletas para poder poner en movimiento aquel artefacto. Y, por supuesto, las cuestas un poco empinadas andando. [...] La familia Benjumea tiró de la familia Lara para el lugar de veraneo, y éstos comenzaron a frecuentar también Chipiona.. Andrés recuerda que ``el primer día que llegamos, Javier con su bicicleta negra me dio un paseo alrededor del santuario de Regla``. Javier Benjumea Puigcerver (1915-2001) Primer Marqués de la Puebla de Cazalla. Javier del Hoyo y José María Escriña. Madrid, 2003.
* Esto no concuerda con lo que el mismo médico nos dice, de haber llegado a Castilleja en 1910 y de albergarse en una fonda, teniendo que alquilar para recibir a sus pacientes una sala de ella.
** Andrés Lara, hijo de nuestro médico, contaba en entrevista del 21 de octubre de 1999 que "la madre [Rosalía Puigserver] era muy lista y supo situarse muy bien en el pueblo. Conocía a todo el mundo, empezando por las autoridades y las fuerzas vivas: el médico, mi padre; el cura, don Fernando [Fernández de Villavicencio, que lo era de la parroquia de La Plaza]; el maestro, don Justo [Monteseirín], con los que estableció un mutuo aprecio. Estaban bien relacionados, eran parientes de los Salinas, los más ricos del pueblo con fincas en los alrededores; y los Fajardo [marqueses de la Reunión de la Nueva España], familia que tenía títulos".
*** Juan Manuel Lara tenía dos años menos que Javier, y Andrés cuatro menos. A esas edades, esa diferencia es suficiente para determinar al líder, al jefe.
**** "Andrés Lara fue un experto en acústica, autor de obras como "Condiciones acústicas en la Edificación", Madrid, 1975; "Physics of noise", cap. I en Noise Pollution, UK, Chichestre, 1986; "Bases de diseño y control acústico del hábitat", Argentina, 1993; "Acoustic Quality of Concert Halls, Madrid, 1994; o "Acústica de Fondos Marinos", CSIC, esta última probablemente inspirada u originada en sus experiencias con los Benjumea en la playa de Chipiona". Historia de los apellidos, 4. Abril de 2019.
***** Regalos que en señal de agradecimiento le daban sus pacientes, claro está.
Andrés Lara recuerda que fueron a ver a Javier Benjumea a un colegio donde estudiaba, con ocasión de la representación de una obra teatral en la que Javier tenía que cantar el himno de La Legión. Lara recuerda que se lo aprendieron de memoria.

 (2) Estas grandes compañías y empresas extranjeras que "mangoneaban" en la sanidad del país en beneficio propio eran otro de las bestias negras que tenía que enfrentar el médico rural. Ver más abajo el caso del médico de Camas, que parece que estableció contrato fraudulento con la minera Compañía de Cala, y que recuerda a otro médico en Castilleja, Dorronsoro, cuya circunstancia vital traté en Historia de los apellidos, 21u. Junio de 2020.


                                                                José Alberto Palanca

(3) Personaje importante en el desarrollo de la Federación Sanitaria y en la vida del médico castillejense Lara fue José Alberto Palanca y Martínez Fortún (1888-1973). Nacido en Palma de Mallorca, vivió su juventud en La Habana, donde su padre militar estaba destinado. Tras estudiar medicina en Granada ingresó en el Cuerpo de Sanidad Militar. Estuvo en Marruecos. En 1923 accedió a la cátedra de Higiene y Bacteriología de la Facultad de Medicina de Sevilla (compatible con el oficio militar), y dos años después fue trasladado a Madrid. Por entonces, perteneciendo a la Real Academia de Medicina, fue pensionado por la Fundación Rockefeller para estudiar el sistema sanitario de los EEUU. En 1931 fue diputado por la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Se adhirió a los rebeldes franquistas participando en la Guerra Civil como jefe nacional de Sanidad desde Valladolid. Ascendería a general de división obteniendo, entre otras, la Gran Cruz del Mérito Militar. Escribió varios libros de temas médicos, de relevante importancia. En 1943 leyó, en dicha Academia de Medicina, el discurso de apertura titulado "Las epidemias en la  postguerra".
Prologó la segunda edición (1970) del libro de Juan Manuel Lara Gómez: "Juan Manuel Lara es un médico ``viejo``, si atendemos a su edad. Es un médico ``joven``, si atendemos a su espíritu.
Como todos los médicos que han vivido mucho, Lara tiene una larga colección de anécdotas, de sucedidos, trágicos los unos, cómicos los otros, pero todos interesantes y que para la práctica profesional enseñan tanto como una conferencia de un ``As``. Su libro es una larga exposición de sus experiencias, relatadas con el gracejo que caracteriza al médico sevillano.
Dice él, en el principio de su obra, que en veinticinco años que separa la primera de la segunda edición todo ha cambiado mucho. ``¡Pues cuánto no se habrán modificado las cosas en cuarenta y cinco años que me separan ya de mi llegada a Sevilla! Y este cambio, ¿para bien o para mal?``, me pregunto muchas veces.
Para bien en muchos aspectos; por ejemplo, en el urbano. La ciudad está mejor pavimentada, con una iluminación mucho mejor, es más extensa, tiene barrios nuevos, su población ha crecido y, ya en nuestra profesión, podemos decir que la Facultad está instalada más modernamente y que los métodos de enseñanza han mejorado de manera considerable. Pero el cambio no ha sido tan favorable en otros aspectos, por ejemplo, en el de la defensa de los intereses de la clase médica, sobre todo de la rural. Yo recordaré siempre, mientras viva, la primera asamblea de Federación Sanitaria a que asistí: la de San Juan de Aznalfarache y las que la siguieron en Utrera, en Marchena, en Paradas, etc. Me admiró el espíritu de disciplina, de solidaridad, de sacrificio de aquellos sanitarios que luchaban contra el caciquismo que reinaba en Andalucía (3a) por aquella época. Centeno, el apóstol de la organización, y Lara, su más entusiasta colaborador, tenían que luchar contra los caciques y a veces  contra los médicos que, debiendo su colocación a ellos, se ponían al lado de los caciques. Muchas veces he pensado en la admiración que provoca entre los médicos el que logra distinguirse por su mayor sabiduría en la exploración del enfermo o en la fijación de un diagnóstico; lo ensalzan, lo glorifican y, en cambio, al que se pasó la vida defendiéndolos, bien pronto lo olvidan. Tal fue el caso de Centeno, que ha traído su cola, porque las primeras figuras de la profesión saben que defender a los humildes es perder el tiempo, y prefieren dedicarse a algo más útil (para ellos, se entiende).
En este sentido, Lara y yo hemos sido un par de equivocados; nos hemos ocupado más de los intereses ajenos que de los propios. Por fortuna para él y para mí, nunca rompimos los lazos con nuestra profesión, y cada uno en su esfera y dentro de sus características seguimos siendo médicos. Es muy posible que si por arte de magia entrásemos otra vez en la juventud como nuevos Faustos, volveríamos a nuestras campañas. No dejan provecho personal, pero en cambio dejan la conciencia tranquila, pues las pocas o muchas facultades que recibimos de Dios, las empleamos no sólo en provecho propio, sino muy principalmente en el de una clase a la que tanto debemos y de la que no podemos nunca sentirnos separados. J.A. Palanca. Catedrático, Presidente de la Academia Nacional de Medicina, ex Director General de Sanidad."
(3a) A este caciquismo de la Restauración Tardía sustituyó el dominio político de las élites de excombatientes fascistas —de las que el propio Palanca formaba parte—. Y a los excombatientes sustituyeron los Tecnócratas ya en pleno Desarrollismo. Y a estos últimos, ya en la Transición Democrática, la izquierda domesticada, monárquica y pactista representada por el Partido Socialista Obrero Español.


En España Médica del 1 de mayo de 1930 se informó de que en Torrelodones (Madrid) tuvo lugar el día 13 de abril la Asamblea de la Federación Sanitaria de aquella provincia, presidida por el director general de Sanidad doctor José Palanca. Tras varias intervenciones en ella, tomó el uso de la palabra el federado por la provincia de Sevilla doctor Borrachoro, quien se refirió  en términos muy encomiásticos al mentado presidente, que habia llegado a Sevilla en enero de 1923 para ejercer la cátedra de Higiene en la facultad de Medicina y la Inspección provincial. "Un modesto sanitario sevillano, el  creador de la Federación Sanitaria y de su doctrina, Jesús Centeno, muchos años médico titular, descendiente de una numerosa serie de generaciones no interrumpidas de titulares (a mí me cabe el honor de ocupar la plaza que su padre desempeñó durante cuarenta y cinco años), con esa videncia espiritual que hay necesidad de reconocerle y que acaso sea una compensación providencial a la pérdida de su visión física, tuvo la premonición de que al joven comandante médico, inspector y catedrático D. José Palanca, le había reservado el destino la importantísima misión de transformar la sanidad española desde el más alto sitial que a la misma se tiene asignado", dijo Borrachoro en aquella ocasión. 
Jesús Centeno, en estos primeros días de la Federación de Andalucía, visitó a Palanca, invitándole luego siempre a las Asambleas de distrito para que conociese al "proletariado sanitario y a su psicología colectiva". La primera reunión a la que asistió Palanca fue la celebrada en San Juan de Aznalfarache, en la que estuvieron presentes Antonio Carrión, médico de Utrera, directamente después de haber enterrado a su hija de 18 años muerta por una traidora enfermedad; el farmacéutico algabeño Joaquín Herrera, que fallecería trágicamente en el hundimiento del puente Borbolla (1); el párroco de Mairena del Aljarafe, simpático y bondadoso; una figura señera, Blas Infante, que actuaba de abogado de la Federación y que pronunció un discurso enlazando el andalucismo con la sanidad rural (2); y desde luego el médico de Castilleja de la Cuesta doctor Juan Manuel Lara Gómez, quien llevó a cabo algunas intervenciones.


(1) "Joaquín Herrera Carmona. Farmacéutico, nacido en el pueblo de La Algaba (Sevilla), en 1881. Hombre polifacético: escritor, poeta costumbrista de las cosas y usos andaluces, músico y letrista, pintor autodidacta, maestro de escuela, boticario, establecido en su pueblo natal, e investigador del medicamento. De esta última faceta destaca brillantemente su contribución científica farmacéutica, consistente en la elaboración y registro del específico Ferropepsil Herrera, tónico reconstituyente, doblemente galardonado con los máximos reconocimientos (Cruz, Diploma de Gran Premio y Medalla de Oro) en las Exposiciones Internacionales de Barcelona y Roma, ambas celebradas en 1923. Miembro fundador, redactor jefe y editorialista de la revista Federación Sanitaria, hasta su prematura y trágica muerte, acaecida en marzo de 1924 (hundimiento del puente Borbolla). Su vida y su obra han sido objeto de una investigación, gracias a la Tesis Doctoral realizada por P. Baca Pérez. Abuelo paterno de uno de los autores del presente trabajo". La revista Federación Sanitaria (1918-1929) Joaquín Herrera Carranza (1a) y Manuel Delgado Romero. Universidad de Sevilla.
Fue Herrera parte importante de la Federación, vicepresidente de la Asociación Sanitaria del distrito del Aljarafe y Presidente de la Unión Farmacéutica de la provincia de Sevilla.
"En esos momentos, por la otra parte del puente subían de nuevo los chiquillos del farmacéutico, en bicicletas, acompañados de su amigo Eduardo Vélez Santa Teresa, hijo del maestro escuela del pueblo, Don José María Vélez Romero. Los tres se encontraron con Joaquín en el terraplén de acceso al puente por la parte de Sevilla. Éste, en un tono más severo y amenazante, reiteró a sus  hijos la orden de que abandonasen aquel lugar y que regresasen a su casa en la calle Cervantes número dos.  A pocos metros, el conductor y dueño del camión de viajero de las “seis de la tarde”, Sr. Landa, pedía a los pasajeros que abandonasen el camión y lo siguiesen a pie hasta el otro extremo del  puente. Todos los viajeros bajaron, excepto uno de ellos decidió finalmente quedarse en el estribo del coche diciendo –“ no estoy dispuesto a bajarme que bien caro he pagado el  billete”. La mayoría optaron por seguirlo a pie, otros se mezclaron entre el grupo de curiosos. Mientras el viajero avanzaba precedido por los chiquillos del farmacéutico y el maestro escuela en sus bicicletas, comenzaron a caer unos pequeños cascotes del primer portón de desagüe, al tiempo que una parte de su barandal se curvaba hacia el exterior. La grieta se fue abriendo hasta alcanzar una anchura que bien podría decirse que cabía ya un brazo. Joaquín se percató del hecho y comentó al grupo de amigos: “Señores este sitio está en peligro y es tonto quedarse aquí. El mal camino andarlo pronto.”  Pero nunca llegaría a recorrerlo, pues dando un salto salvó la grieta y apenas habían avanzado unos metros, cuando algunos amigos suyos, unos por el lado de La Algaba y otros por el de Sevilla, le verían desplomarse entre los cascotes, ser arrastrado por la impetuosa corriente y luchar furiosamente contra ella.  Poco después se asomaría en varias ocasiones de entre las agua. En la primera de ellas sacó medio cuerpo agitando el bastón de empuñadora de plata que llevaba en su mano derecha, luego solos los brazos. Mientras, sus perros, que le habían acompañado desde que saliese de la farmacia, en exasperado rastreo, se arrojaban repetidamente al agua sin lograr dar con el cuerpo de su amo ya sepultado entre los  escombros". http://aguilera-ramos.blogspot.com/
(1a) Joaquín Herrera Carranza, hijo de médico y nieto del farmacéutico ahogado, todos ellos naturales de La Algaba.

(2) En la revista Federación Sanitaria del 24 de junio de 1924 se publicó íntegramente el discurso que, instado a ello por aclamación de los asistentes, Blas Infante pronunció en San Juan de Aznalfarache, : "... por este poderoso llamamiento,, que mediante la Belleza majestuosa de Andalucía a todos nosotros nos hace Dios [...] El ineludible Imperativo de Suprema Belleza, que ahora nos subyuga el corazón con sus potentes vibraciones, es la voz del alma de Andalucía [...] En este claro y magnífico libro de estética que es Andalucía [...] Sólo con este espíritu podrán llegar a resolverse los grandes problemas de la Humanidad [...] Porque Andalucía es una soberana intuición estética del Creador [...] Esta es la razón en virtud de la cual he dicho muchas veces que morir por la liberación de Andalucía sería morir por la causa de Dios; porque Andalucía es una soberana intuición estética del Creador", fueron algunas de sus frases.
Y dirigiéndose en concreto a los sanitarios presentes: "Continuad, pues, por este vuestro camino de generosidades; así vendréis a ser factores de la Historia de Andalucía. Andalucía por sí, pero no para sí, sino para la Humanidad".
Desconocido hasta hace poco, un extracto de este discurso se publicó en el Diario de Sevilla del 6 y del 29 de julio de 2003.
Blas Infante, además de letrado del colectivo sanitario, aparece en las páginas de la Federación en al menos cuatro ocasiones, una de ellas  con su firma, titulada La Casa de Andalucía en Madrid, además del discurso en la localidad sevillana de San Juan.
El Padre de la Patria Andaluza tuvo amistad con Jesús Centeno y con el farmacéutico algabeño Herrera, con los que mantenía reuniones en su casa. Y el primer domicilio social de la Asociación Sanitaria madrileña fue la Casa de Andalucía en Madrid, en la Gran Vía número 22.
Como ya dijimos, en la asamblea sanjuanera estuvo presente José Alberto Palanca, al cual se le homenajeó con una cena para reconocerle su etapa en Sevilla. Se abrió suscripción entre los sanitarios y a las pocas horas ya eran más de cien los contribuyentes, médicos, odontólogos, farmacéuticos, practicantes, veterinarios, estudiantes ... Y entre ellos Pedro Muñoz Silva (2a), practicante de Castilleja de la Cuesta, Juan Lara, médico de Castilleja de la Cuesta, José Luis Caro, médico de Gines, Francisco Baena, médico de Camas, así como otros de Bormujos, Valencina, Salteras. Olivares, Santiponce, etc. El banquete se celebró en el restaurante Pasaje de Oriente, al precio de 15 pesetas el cubierto, la noche del 8 de diciembre.
En julio de 1922 para mantener un domicilio social con la denominación de Círculo de la Unión Sanitaria se acordó que cada socio aportara una cuota de 5 pesetas los residentes en Sevilla capital y de 1 peseta el resto. Juan Manuel Lara contribuyó voluntariamente con 5 pesetas aun cuando le correspondía 1 sola.
Hubo asambleas en Olivares (1920), Almensilla (1921), Gerena (1922), Utrera (1922), Alcalá de Guadaira (1922), San Juan de Aznalfarache (1923), etc. La asamblea de Gerena, celebrada en el salón de la escuela municipal de niños, nos interesa especialmente porque expone un conflicto que ya había sido denunciado y que a todos preocupaba, como fue el de la intromisión de empresas y compañías extranjeras en el mundo de la sanidad española. A esta reunión de Gerena acudieron en caballerías y autos los socios habituales, incluyendo entre ellos al médico y al practicante de Castilleja, Lara y Pedro Muñoz Silva, y a Francisco Baena, médico de Camas. Entre otros asuntos, —como el de un intruso en la farmacia de Olivares, los presupuestos municipales de la provincia, la incompatibilidad de ciertos medicamentos, el proyecto de un estudio de cada pueblo de la provincia de Sevilla, y alguna necrológica—, se trató un problema suscitado por el médico de Camas: "El señor Mancha, titular de Santiponce, manifiesta que ha llegado a sus oídos la noticia de que el médico titular de Camas, don Francisco Baena, ha ofrecido sus servicios a la Compañía de Cala (2b), en condiciones que le parecen censurables. Refiere que la Compañía de Cala, cuyo ferrocarril pasa por los pueblos, entre otros, Camas y Santiponce, tiene como médico de la sección correspondiente a estos pueblos al presidente del distrito don Antonio Fernández Campos, y le consta que éste ha solicitado muchas veces de la Compañía señalen un sueldo o gratificación a los titulares de Camas y Santiponce, para que asistan a los obreros de aquella que residen en estos pueblos, y que el señor Baena, según sus informes, ha firmado un escrito dirigido a la Compañía en el que se compromete a visitar a los obreros residentes en Camas y Santiponce, por el sueldo mensual de 75 pesetas que deben rebajar del que percibe el médico  propietario, don Antonio Fernández Campos.
El señor Baena asegura que él no ha firmado semejante escrito pues que no es capaz de realizar el hecho de que se le acusa, y que únicamente ha solicitado prestar sus servicios a los obreros de Camas, mediante una gratificación que no tiene por qué restarse del sueldo del señor Fernández Campos.
El señor Mancha insiste en que el escrito va redactado en la forma expuesta por él, asegurándoselo así un empleado que ocupa elevado puesto en la Compañía.
El señor Centeno interviene y hace notar la conveniencia de que la Compañía de Cala concediera gratificación a los médicos de todos los pueblos por que atraviesa la línea, conservando íntegro el que disfrutan los actuales médicos de sección, y que no es censurable la conducta del señor Baena, si ha procedido como él asegura, y, en cambio, lo es mucho si los hechos han ocurrido como afirma el señor Mancha. Para salir de dudas, propone que el médico de la Compañía, señor Fernández Campos, solicite de ésta una copia del escrito firmado por el señor Baena, para que se lea en la próxima Asamblea del partido y proceder en consecuencia. Se acuerda así."
Por fin los asambleístas fueron a la casa del médico titular donde tomaron un aperitivo, luego a un círculo de recreo y de nuevo a la casa del médico a disfrutar de un banquete formal, con una mesa abundantemente surtida.


                 Embarcadero de Minas de Cala en San Juan de Aznalfarache sobre el Guadalquivir

(2a) Era Pedro Muñoz Silva farmacéutico también, además de practicante y activista en la Federación de Centeno junto a su colega Juan Manuel Lara. Y llegó a ser Juez Municipal de nuestro pueblo. "A modo de trabajo pendiente y por realizar voy a dejar aquí unas notas sobre el Juez municipal Pedro Muñoz Silva, que fue como vimos quien designó a los vocales del Censo de Campesinos tal y como se refiere en la entrada anterior.
Nos queda la duda de si Pedro siguió residiendo en Castilleja después de 1935 y de si pudo ver pasar por la Calle Real el 19 de julio de 1936 a la columna de mineros al mando de Cordero Bel. Sin duda que se interesaría por ella, puesto que Pedro Muñoz Silva era onubense natural de Río Tinto. Vecino de dicha Calle Real en el número 86 —que al final de los años 20 pasó a ser el 108—, se desempeñaba como farmacéutico. Se casó el 1 de marzo de 1910 en Santiponce con Purificación Benítez Reyes, natural de esta última localidad. Él era hijo de Tomás Muñoz Arteaga, vecino de Herrera, y de Natividad Silva Camino, vecina de Gines, y ella era hija de José  Benítez Durán y de Pastora Reyes González, de Santipoce también. Consta que tuvieron en 1924 una hija y en 1925 un hijo, y el 1º de mayo 1929, estando embarazada Purificación, murió la niña, María del Carmen, con algo más de 4 años de edad, de gastroenteritis aguda según certificación del facultativo don José Carlos Reyes". Historia de los apellidos, 9. Mayo de 2019.


Hay pie para pensar que no sólo los caciques hacían cacicadas, sino también algunos señores federados sanitarios, como en el caso del practicante, farmacéutico, juez municipal y presidente de la Junta del Censo don Pedro Muñoz Silva, según esta información de El Sol del 29 de agosto de 1930. Era alcalde entonces Antonio Chávez Oliver, a quien sustituyó Eduardo Navarro Sierra.


(2b) La empresa a la que el médico de Camas ofreció sus servicios era la Sociedad Anónima Minas de Cala, constituida el 31 de agosto de 1900.
Al llegar los ingleses a Huelva en 1873 la provincia solo contaba con un hospital, y según el médico e investigador Juan Saldaña Manzanas con una sola jeringa. Ver de Saldaña Médicos y hombres: departamento médico de la Río Tinto Company, 1873-1948. Huelva, Colegio Ocial de Médicos, 2004. 
"Pasó [Dorronsoro] su infancia en el pueblo segoviano de Turégano, realizó el bachillerato en Segovia y se licenció en Medicina en 1922. Presentó una excelente tesis doctoral sobre cirugía del nervio simpático. Tras una breve estancia en Madrid trabajando como médico de la Beneficencia y cirujano en el Hospital de la Princesa, desempeña labores de cirujano en los hospitales mineros de la compañía mineral Alkali*, con sede en Riotinto. Instaló clínicas quirúrgicas en Valverde del Camino y Huelva. En una época histórica de situación de pobreza, operó de forma gratuita a todo valverdeño que pasaba por su quirófano, además de costearle medicinas y manutención hasta su recuperación". Historia de los apellidos, 21u. Junio de 2020.
Las poderosas empresas mineras de la cuenca onubense ofrecen el más exacto ejemplo de la utilización politico-comercial de la medicina. 
* "El 31 de diciembre de 1904, la compañía británica The United Alkali Co. Ltd., adquirió todas las propiedades [de la portuguesa Companhia Mineira Sotiel-Coronada] y poco después, el 2 de mayo de 1905, las Minas Tinto-Santa Rosa, situadas a unos 7 kilómetros al este de Calañas, que eran propiedad de la entidad belga Societé Anonyme Mines de Cuivre Tinto-Santa Rosa". manuserran.com
Este Francisco Baena, médico de Camas, participó junto con su colega de Castilleja, Lara, en la realización de la autopsia al cadáver de Rosario Oliver, asesinada por Perico el Ventero. Autopsia que tuvo lugar en el cementerio de nuestra Villa.

En el mismo número de la Federación Sanitaria donde se publicó la crónica de la asamblea gerenense apareció una exégesis personal del farmacéutico algabeño Joaquín Herrera titulada "Asamblea Emocionante", por la que nos podemos documentar de curiosos detalles que al acceder a ellas desde los demás pueblos experimentaban los asambleístas, en este caso a Gerena desde La Algaba, que Herrera hace a pie, aunque para distancias mayores, como ya se ha dicho, utilizábanse caballerías, carricoches y motos o automóviles. Cuenta Herrera: "Hay en la Federación Sanitaria del Aljarafe un grupo de jóvenes entusiastas al que, por estar siempre en primera línea combatiendo contra las tres a, que son: alcalde, analfabeto y árbitro político, vulgo cacique, han conquistado el nombre de "Falange macedónica". A ese grupo, si no materialmente, por impedírmelo mis muchos hijos y mis muchas obligaciones, pertenezco voluntariamente en espíritu; ese grupo que me atrae como el imán al acero me hizo asistir a la Asamblea mensual que el pasado domingo se celebró en Gerena, a pesar del mal cariz atmosférico, y para ello, apenas terminado el despacho de la mañana y 

tras una ligera pitanza
me abroché el abrigo,
empuñé el paraguas,
miré las nubes...

e involuntariamente se elevaron suavemente mis hombros,, signo elocuente de que no me arredraban los desatados elementos, y diciendo "a Roma por todo", recorrí a pie los tres kilómetros y medio que me separaban de la carretera de Extremadura, luchando con un fuerte viento Poniente que retardaba mi marcha, y con unos chaparrones que me hicieron creer había de terminar convirtiéndome en pez, cuya creencia se arraigó más en mí al escuchar a un trabajador, que con otros al abrigo de un vallado aguantaban el chubasco, decir a mi paso, —¡mirad, don Joaquín va calao! ¿Bacalao? ¡Valiente pez me has hecho, gachó! El ``gadus morrhua``, un gádido. ¡Uf, que nombre tan feo! y estuve, créanme, casi a punto de arrepentirme a pesar de mi entusiasmo, ante el temor de que alguno de los compañeros farmacéuticos que a la Asamblea asistían, al enterarse de mi transformación,, tuviese el capricho de experimentar en mí la lucrativa industria de la extracción del aceite de hígado de ... un compañero.
Mi caminata a pie terminó en ``Pie de Palo``, nombre clásico de un caserón ruinoso que in illo tempore fue venta y posada y que, próximo a la famosa Itálica, hoy agobiado por el peso de los años pacientemente se derrumba. Allí tras una larga hora de espera atisbando al paso de los autos que la carretera cruzaban las personas que en ellos venían, llegó rápido un Ford, en cuyo interior divisé el venerable rostro del apóstol Centeno, y ... diciendo: —Este es el mío—, alcé mi brazo, se detuvo el auto, me instalé en él junto a mi buen amigo don César Borrachero y su ilustre padre don Wenceslao, y tras una vertiginosa carrera  por un camino que entre cerros y cañadas serpentea, vimos a los pocos minutos surgir del terreno las primeras rocas graníticas, subió el auto una suave pendiente a cuya terminación paró en seco, y ... señores —dijo el chauffer—, estamos en Gerena. ¡Gerena, pintoresco pueblo asentado sobre la roca viva! ¡Qué paisajes más soberbios se divisan desde sus alrededores! ¡Cuánta piedra y cuánto contraste de color! En su recinto había de verificarse una reconciliación e iniciarse una amistad que deseábamos fuera tan dura y estrecha como duro es el granito y estrecha la unión de sus elementos, feldespato, cuarzo y mica".
En el último párrafo alude Herrera al intrusismo en la farmacia de Olivares referido en la crónica anterior, pleito entre Jenaro Díaz y Antonio Mantero que en dicha asamblea se resolvió mediante Centeno, con el epílogo de un apretón de manos y luego, en el banquete, un brindis copa en mano, adornado con lágrimas y abrazos. De donde proviene el título del artículo del algabeño. 
El el número del 30 de marzo de 1924 Federación Sanitaria publicó la información encabezada como Horrible Tragedia que daba cuenta de la muerte de Joaquín Herrera al hundirse el puente de La Algaba. "Al conocerse en Sevilla lo ocurrido por la información de los diarios de la mañana, los señores Centeno, Burgos Nevado y Lara marcharon en auto a La Algaba por la carretera de Santiponce con objeto de estar al lado de la familia doliente en instantes de tan supremo dolor; pero no consiguieron llegar al pueblo por hallarse cubiertas todas las carreteras y caminos por enorme capa de agua".
En el número del 23 de mayo de dicho año Federación Sanitaria dedicó gran parte de sus páginas a la figura del farmacéutico ahogado y al homenaje que se le tributó en la asamblea de distrito de San Juan de Aznalfarache; la anterior en esta localidad había tenido lugar en abril de 1923, y fue a la que asistieron Palanca y Blas Infante que ya hemos reseñado.
Ver Joaquín Herrera Carmona, el magisterio científico y humanista de un farmacéutico algabeño. Pilar Baca Pérez. Tesis Doctoral. Facultad de Farmacia de la Universidad de Sevilla, febrero de 2004.


En la Revista Federación Sanitaria del 29 de abril de 1923, artículo Asamblea de distrito. San Juan de Aznalfarache, aparece testimonio de que  el médico castillejense Lara asistió a ella:
"... En este momento llegan al patio donde se celebra la Asamblea el presidente del colegio de Farmacéuticos de Sevilla don Mariano de Mingo y el presidente de la Asociación Sanitaria del distrito de Utrera don Antonio Carrión, que ha recorrido en automóvil los cincuenta kilómetros que separa aquel pueblo de San Juan de Aznalfarache. La presencia del señor Carrión impresiona fuertemente al señor Centeno, que puesto de pie ruega a los asambleístas suspendan el acto por un momento para hacerles notar un hecho admirable. Dice que el señor Carrión, que acaba de perder una hija, preciosa joven de diez y ocho años, en circunstancias tan dolorosas que no tuvo ni aún el consuelo de poderla asistir en sus últimos momentos, atenazado su dolor y poniendo por encima de los sentimientos de padre sus deberes de compañero y de asociado, acude a una Asamblea a la que no se le había invitado, por respeto a su inmenso pesar, constituyendo este hecho un rasgo de verdadero heroísmo.
El señor Lara, de Castilleja de la Cuesta, indica al señor Centeno que en el mismo caso se encuentra el farmacéutico de La Algaba, don Joaquín Herrera, allí presente.
El señor Centeno se vuelve hacia este compañero, rogándole dispense un olvido  que no suponía preferencia hacia el señor Carrión, sino como el señor Herrera había venido con los demás asambleístas sentándose después a sus espaldas, no se dió cuenta de él durante la Asamblea, mientras que la llegada del señor Carrión le había sorprendido extraordinariamente por lo inesperada y que efectivamente el señor Herrera sufría la misma terrible desgracia que aquél, pues había visto morir hacía poco tiempo a su hija mayor, angelical criatura de once años, tras una larga y penosa enfermedad.
El señor Centeno, dirigiéndose después al Inspector Provincial de Sanidad [José Palanca] y señalando a los señores Carrión y Herrera, afirma que con hombres como aquéllos, la  palabra imposible no existía para la Asociación Sanitaria, sino cuando en las peticiones de apoyo que se le formulan van envueltos el egoísmo, la injusticia, la inmoralidad u otros intereses bastardos. Añade que podría darse cuenta al mismo tiempo que entre ellos no existía diferencia de organismos oficiales a organismo libre, como lo demostraba el encontrarse en la Asamblea, aparte de otros individuos muy significativos, el presidente y el secretario del Colegio Farmacéutico, casi toda la directiva del Colegio Médico, el presidente de la Unión Farmacéutica de Sevilla y un número muy considerable de sanitarios rurales. Todo esto lo expresa el doctor Centeno en medio de un ambiente de intensa emoción. Los señores Carrión y Herrera, al recordarles su desgracia, lloran amargamente y con ellos casi todos los asambleístas.
Por aclamación se acuerda hacer constar en acta el sentimiento de la Asamblea por la muerte de las hijas de los señores Carrión y Herrera, al mismo tiempo que la admiración por el heroico comportamiento de estos varones insignes [...]".


Portada del número de Federación Sanitaria del 16 de marzo de 1919, de la colección —incompleta— que se custodia en la Hemeroteca de la Universidad de Córdoba. También existe una buena porción de esta publicación en la Biblioteca de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Granada. Nótese la invasión publicitaria que por ser un medio de ingresos había que tolerar. 
En alguna de estas revistas debe encontrarse la crónica de la Asamblea de Castilleja de la Cuesta.

En el teatro López de Ayala de la ciudad de Badajoz pronunció un discurso el ministro de Fomento Albornoz con ocasión del mitin que allí celebraba el Partido Republicano Radical Socialista (1), teniendo la II República siete meses de andadura. Albornoz se refirió a los radicales que le echaban en cara haber facilitado que la realeza caída huyera: "¿Pero es que esos mismos que ahora nos piden cuentas no estaban aquel día en las calles capitaneando grupos, precisamente para facilitar la acción revolucionaria? ¿Por qué ellos, que también mandaban provisionalmente, no procedieron a la detención? Eso no lo podía hacer un Gobierno que nacía con el calor del pueblo. Hubiera sido una cobardía repugnante".
Un interruptor desde un palco:
—¡Bien, muy bien, Albornoz! Así deben ser los radicales socialistas.
(El interruptor resulta ser el médico sevillano Jesús Centeno, jefe del partido en aquella capital.)".
Listando las leyes pendientes de discusión, la Electoral, la de Adminstración local, la estatutaria, la de Asociación, la de Sindicatos y profesiones, la de Funcionarios, la de Órdenes religiosas, la de Expropiación social, la del Divorcio, la de Orden público, la orgánica del Poder judicial, la de Imprenta, la de Instrucción pública, le vuelve a interrumpir el doctor Centeno:
—¿Y la de Sanidad?
Albornoz: También la de Sanidad.
"El Sr. Albornoz, que fue escuchado con religioso silencio y enorme atención a lo largo del discurso, recibió una estruendosa ovación al final.
Termina el acto.
Terminado el acto, pidió la palabra desde un palco el doctor Centeno, de Sevilla, quien solicita del ministro que el Gobierno lleve a las Cortes una ley sobre Sanidad y practique una política de energía republicana". La Libertad, 24 de noviembre de 1931.

(1) El PRRS junto con la Izquierda Radical Socialista formaron una coalición llamada Izquierda Republicana Andaluza, dentro de la cual se presentó Blas Infante por Málaga en las elecciones de noviembre de 1933. Fracasó su candidatura, lo que supuso para él una notable desilusión.
"Durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera [Blas Infante] rechazó colaborar con ella, por lo que en represalia fueron clausurados los Centros Andaluces fundados por él en 1916, así como la editorial de la revista Andalucía (1a) como plataforma del andalucismo político". (Wikipedia).
Encontrado por serendipia en la Red, este dato que sigue amerita ulterior desarrollo, porque ninguno de los estudiosos de Jesús Centeno lo menciona:
Andalucía (Sevilla). Semanario político inscrito el 4 de marzo de 1918. Director y propietario, Jesús Centeno Jiménez (C/ Riego 5). En Sevilla y su prensa: aproximación a la historia del periodismo andaluz contemporáneo (1898-1998). Ramón Reig.


Cerca de 2.000 sanitarios españoles se reunieron el 17 de junio de 1932 en el anfiteatro grande de la facultad de Medicina madrileña, en la Asamblea Española de Clases Sanitarias. En su intervención, el doctor Cirajas dirigió un saludo cariñoso a Jesús Centeno, presente y presidente honorario, como iniciador de la idea de la creación de la Confederación Sanitaria, y terminó su discurso pidiendo para él un aplauso. "El doctor Centeno es acogido con grandes aplausos al levantarse a hablar. Empezó diciendo que esta idea la ha venido defendiendo desde hace dieciocho años, por considerar que es la única que puede redundar en beneficio de las clases sanitarias y del país en general. Se extiende en consideraciones relacionadas con la vida de los médicos rurales, y termina recabando para sí toda la responsabilidad que pueda derivarse de este movimiento sanitario, siempre que en las deliberaciones de la Asamblea no sufran modificaciones los puntos esenciales de su iniciativa". La Voz, 17 de junio de 1932.


(Viene de la entrada anterior). Alfonso XII, rey de España entre 1874 y 1885, sobre cuya cabeza arrancó la Restauración comentada al principio de esta entrada, fue apodado El Pacificador. Esposo de su prima María de las Mercedes durante cinco meses, al fin de los cuales ella murió. Se documentan varias visitas de este rey a Castilleja, al palacio de su suegro y tía materna, don Antonio de Orleans y María Luisa Fernanda.
Del rey Alfonso, educado a la europea, que llegó al trono con intención de modernizar el país, se asegura que promocionaba y respaldaba todas las manifestaciones culturales y artísticas, lo cual es una aseveración relativa, puesto que si alguna de estas manifestaciones culturales o artísticas se enfrentaba al caciquismo, el apoyo real se convertía automáticamente en acoso y derribo.


No hay comentarios:

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...