Bando. Don Ricardo Shelly, capitán general de Andalucía, etc. Habiendo cesado las circunstancias que precisaron la publicación de mi bando de 14 de mayo, y en consideración a la sensatez y lealtad de los pacíficos habitantes de este distrito que tantas pruebas han dado de su amor al trono de nuestra augusta Soberana e instituciones que nos rigen, sin tomar la menor parte en la sublevación que perturbó el orden público, he tenido a bien mandar:
Artículo 1º. Se alza el estado de sitio del distrito militar de esta capitanía general, constituido por mi bando de 14 de mayo.
Artículo 2º. Las causas pendientes en la comisión militar, pasarán inmediatamente a los jueces o tribunales a quienes corresponde su prosecución con arreglo a las leyes.
Sevilla 3 de junio de 1848.— Ricardo Shelly.
Empecemos fotografiando sucintamente a dos personajes capitales, enfrentados radicalmente en los hechos del 13 de mayo de 1848, quienes guardan entre sí la particularidad de ser británicos de origen, —aunque el primero nació en Valencia—. Se trata de Ricardo Shelly Commenford, capitán general de Andalucía por entonces, y de Enrique Lytton Bulwer, irlandés de nacimiento, ministro inglés embajador en Madrid durante aquel tiempo. Uno representa los valores tradicionales, el feudalismo, la España atrabiliaria. El otro los modernos, el capitalismo, la Inglaterra progresista.
Partida de bautismo de Ricardo Shelly
Ricardo Shelly. Casado en primeras nupcias con Concepción Palavicino Vallés, en Valencia el 8 de junio de 1837. Padre de ella era el VIII Barón de Frignani y Frignestani don Lorenzo Palavicino Carroz, y madre doña Vicenta de Vallés y Ferrer de Plegamans, hija del XII Barón de la Pobla Tornesa. De este matrimonio le nacieron dos hijos: Luis y Matilde. Viudo luego el capitán general, se casó de nuevo en Jerez de la Frontera en 1846 con Matilde Díaz Trechuelo Ostman, dama de la Real Orden de la Reina María Luisa y Dama de honor de la Infanta María Luisa Fernanda. Matilde era hija del IV marqués de Villavelviestre. Tuvieron cuatro hijos. El hecho de que doña Matilde fuera dama de honor de la Infanta implicaba que tuvo que acompañarla la noche del 13 al 14 en el barco en que se refugió "mas abajo de San Juan de Aznalfarache", lo cual debió marcar determinadamente la actuación de su marido el capitán general, que tenía que temer por ella mientras perseguía a los sublevados por la provincia de Huelva.
Shelly había participado en la Primera Guerra Carlista, fue diputado en las Cortes por Alicante en 1845, fue el primer director de la Academia de Caballería de Valladolid, entre 1850 y 1853, y senador vitalicio. "En 1855, una epidemia de cólera afectó a amplias zonas del interior de España. El teniente general Ricardo Shelly Comenford y su familia, se vieron afectados por dicho brote, muriendo en su finca de la Robaina (1) en 1856. Tenía 44 años. Fue enterrado en Cádiz.
La epidemia de cólera hizo estragos en la familia Shelly. Murió el propio Ricardo, una hija pequeña, su madre política la marquesa viuda de Villavelviestre, sus cuñadas Catalina y Cristina, el Administrador de la finca y su esposa, y cuatro sirvientes (2). El resto de la familia, su esposa Matilde, su hija mayor, Luís su hijo pequeño y su cuñado el marqués de Villavelviestre, lograron sobrevivir". http://shelly.es/
"Hace tres días se recibió en Madrid la nueva de la horrible catástrofe que ha sido víctima la familia del general Shelly. Razones fáciles de adivinar nos han hecho aplazar en todo este tiempo la publicación de tan espantosa noticia; pero debiendo ser ya conocida por todas las personas a quienes interesa, creemos debemos publicarla:
Según escriben de Sevilla, con fecha 12, refiriéndose a una comunicación del alcalde de Pilas a las diez de la mañana, ha fallecido en su hacienda de Robayna, situada a la orilla del río de aquel término, el teniente general don Ricardo Shelly, al cual ha seguido una de las niñas y sus hermanas doña Catalina y doña Cristina. También han sucumbido del cólera-morbo fulminante el administrador de dicho señor, la esposa de éste y tres criados; y para que la desgracia y confusión de esta desgraciada familia carezca de ejemplo, se hallan agonizando la generala, su hermano el marqués de Villavilvestre y su madre la marquesa viuda.
El general, dicen las cartas, no perdió su serenidad ni por un momento, e hizo su disposición testamentaria de palabra, dando varias ordenes al médico de Pilas que lo asistía, para en el caso de que fueran falleciendo todas las personas de su familia, encargándole el cuidado de sus bienes en último extremo, hasta que llegara un pariente suyo, a quien encargó se le escribiese.
Como estaba en la recolección de sus frutos, se ha mandado guardia civil para que custodie la casa, la posesión y cuanto hay en ella, y a la una de la noche hizo salir el gobernador de Sevilla un médico, por si podía salvar a la generala y a su madre.
Los niños pequeños del general se sacaron de tan desgraciada casa y se enviaron a Pilas a evitarles el contagio". Diario Oficial de Avisos de Madrid, 19 de julio de 1855. En la misma página, en otro apartado dice: "El estado sanitario de la provincia de Sevilla es un tanto desagradable: en algunos pueblos se padece el cólera epidémico. En la capital se disfruta salud".
Pariente del general, Elena Castellví Shelly (3) fue esposa del duque de Sevilla muerto en duelo con Antonio de Orleans. Tuvieron Elena y el duque cinco hijos: Enrique, Luis, Francisco, Alberto y María Olvido. "La vida de los Shelly & MacCarthy y de sus hermanastros Shelly & Commenford, además de las luchas carlistas, se vio envuelta de sucesivos disturbios y sublevaciones. Vivieron la promulgación de la Constitución de 1837, el nombramiento de Espartero como regente y el bombardeo de Barcelona. Fueron testigos de la declaración de la mayoría de edad de Isabel II, el 10 de noviembre de 1843, y del inicio de su poder mayestático, que no consiguió que cesaran los altercados en España". http://shelly.es/
Vista aérea de Robaina, al sur de Huévar del Aljarafe (Google Maps)
Entrada del cortijo de Robaina
(1) En Robaina tuvo su centro de negocios de ganadería menor don Gaspar, hacendado de Castilleja de principios del siglo XVII: "Y don Gaspar de Córdoba acepta la presente escritura y recibe las 606 cabras, y confiesa haberlo hecho en Robaina, donde las contaron, mas los 5 perros y los aparejos; y dicho don Gaspar cogió los pastores y ganaderos que se las guardasen, y están por su cuenta y riesgo, y son en su poder, de las que se da por contento y pagado, y da a Pedro de Paz cuan bastante carta de pago como conviene a su derecho. Dado en el Señorío de Castilleja de la Cuesta en casa del escribano Juan de las Cuevas, a 2 de mayo de 1607. Testigos que dijeron conocer a Pedro de Paz, Alonso Cabello, vecino de Huévar, y Francisco Pérez, vecino de Castilleja. Testigos, Juan de Miranda, Juan Alonso y Roque de las Casas". Notas varias, 3a. Julio de 2018.
Desde el año 1848 que vio la rebelión de la guarnición sevillana, la alarma social por el cólera se hacía sentir:
"Circular núm. 616. El Excmo. Sr. ministro de la gobernación del reino, con fecha 9 del actual me comunica de real orden lo siguiente:
El cólera morbo asiático que recorre el Norte de Europa pudiera invadir nuestro país. Por más lejano que hoy aparezca, necesario es prevenirse para contener los estragos de enfermedad tan extraordinaria; porque aun en el caso muy probable de que no invada nuestro territorio, las medidas preventivas ni acarrearán nuevos gastos a los pueblos, ni deberán producir otro efecto que el de restablecer la confianza. El convencimiento íntimo de que esta plaga no se presenta ahora con la intensión y mal carácter que se le reconoció en 1833 y 34, no debe detener la acción protectora del gobierno, a fin de precaver y aminorar sus efectos; y una de las medidas más eficaces es la de tener preparado todo género de socorros para atender y auxiliar a las clases más necesitadas.
En objeto tan preferente se fijan las miras del gobierno de S.M.; y para llevarlo a cabo en toda su latitud, se dará a V.S. las ordenes convenientes desde el momento mismo en que la enfermedad se aproxime: porque prefiere ser explícito para combatirla de frente, a guardar un silencio desacreditado ya como medida de precaución. Partiendo de estos datos, preciso es que los pueblos sigan la marcha del gobierno preparándose a disminuir los efectos del mal; y siendo ocasión oportuna para procurar fondos la de estarse formando los presupuestos provinciales y municipales, vería S.M. con agrado que las diputaciones y ayuntamientos votaran por esta vez una cantidad suficiente en el suyo respectivo con la denominación de `Calamidades públicas`, para atender a las necesidades más urgentes del momento; cantidad que no podría aplicarse a otro objeto, quedando siempre en reserva para ser aumentado en los ingresos del año siguiente, si, como es de esperar, el cólera no se manifestase en el reino. Si aceptada esta idea existiera el inconveniente de haberse formado ya el presupuesto de algún pueblo, podría redactarse el original a que se refiere el artículo 103 de la ley de 8 de enero de 1845. Inútil es recomendar a V.S. la importancia de este servicio, que el gobierno mira con la consideración que se merece: por tanto espera que dé V.S. cuenta a este ministerio del resultado que haya obtenido en esa provincia.
Y he dispuesto su inserción en el Boletín oficial para que los alcaldes de los pueblos de esta provincia, procedan desde luego a la formación del presupuesto adicional correspondiente, remitiéndolo a este gobierno político con toda la brevedad posible. Sevilla, 17 de noviembre de 1848. Juan B. Enríquez.
Boletín Oficial de la Provincia de Sevilla, 20 de noviembre de 1848.
Se leía las cuatro páginas del Boletín en voz alta en cada sesión del Ayuntamiento. El de Castilleja fue multado este mes con 200 reales por retraso en el pago de la suscripción a él.
En este Boletín de noviembre de 1848 leemos una nota que concierne al carlismo en Castilleja:
"Licenciado don José de Bustos, abogado de los tribunales de la nación, caballero de la Real y militar orden de san Fernando, individuo de la sociedad Económica de amigos del País de Ciudad Real, juez de primera instancia de esta villa y partido, y comisionado por la Excma. Audiencia del territorio para la instruccion de la sumaria de que se hará expresión, etc.
Por el presente cito, llamo y emplazo por primer pregón y edicto a don José y don Manuel María de Lara, padre e hijo vecinos de la villa del Pedroso, para que en el término de nueve días contados desde su publicación, se presenten en este juzgado a defenderse de los cargos que les resultan en la causa que estoy instruyendo contra los mismos y otros sobre complicidad con la facción del cabecilla Illanes, con advertencia de que si lo hicieren se les oirá y administrará justicia, y en distinto caso se seguirá la causa en su ausencia y rebeldía y les parará el perjuicio que haya lugar.
Lora del Río 9 de octubre de 1848. José de Bustos. Por su mandado, Antonio María Abato, escribano".
"... por 1848, Illanes levantó una partida en Guadalcanal que actuó en la sierra de Cazalla burlando a las fuerzas de la Guardia Civil durante dos meses. De allí volvió a Portugal y luego a Londres. En París en 1869 el nuevo pretendiente Carlos VII le ratificó el nombramiento de comandante general de la provincia de Huelva, y luego de las dos extremeñas. En 1874 fue apresado con 17 subordinados suyos —14 según otros documentos—, que estuvieron prisioneros en la ciudad de Huelva, recibiendo el socorro de algunos tradicionalistas de la provincia Tras la guerra, permaneció siempre leal a la causa carlista. Illanes asistió a las honras fúnebres de Margarita, hija de Carlos III, muerta de repente en su palacio de Viareggio el 29 de enero de 1893. Tres años después fallecería este jefe del castillejense José Ortiz Navarro ...". Historia de los apellidos, 21u. Junio de 2020.
Estos dos pájaros carlistas de El Pedroso, don José y don Manuel María de Lara a los que está buscando el juez de Lora del Río, son ascendientes del célebre editor José Manuel Lara Hernández (1914-2003), al que a pesar de haber alcanzado "por méritos" el grado de capitán en la infame Legión durante la Guerra Civil, o de ir a punta de pistola por Barcelona en los años 50 haciendo y deshaciendo a su antojo, el monarca franquista Juan Carlos I le concedió en 1994 el título de marqués del Pedroso de Lara:
"Al ram de les arts gràfiques tothom recorda com va bastir aquest imperi, en connivència amb el règim franquista, en la Barcelona grisa i reprimida dels anys cinquanta. Bàsicament, Lara recorria les impremtes de la ciutat i a punta de pistola (sempre la portava al damunt) requisava el paper que havia de menester per publicar els seus propis llibres. Mon pare, l’editor Enric Borràs Cubells (Gandesa, 1920 – Barcelona, 1985), que havia lluitat contra el feixisme i per la llibertat de Catalunya (al front, a la presó, a l’exili i a l’interior), i que havia treballat amb Jaume Vicens Vives o Joan Grijalbo, ho sabia prou bé –i per això en tinc memòria". Lara i l´imperi de les pistoles. Xavier Borrás. Media.car. Observatori Crític dels Mitjans, 31 de octubre de 2013.
Este Lara, fundador de Editorial Planeta, era hijo del médico de El Pedroso Fernando Lara Calero, quien lo fue antes de El Coronil, de donde era natural (1a). Lo cual nos conduce a otro médico, Juan Manuel Lara Gómez, que actuó en Castilleja de la Cuesta durante muchos años hasta que pasó a Dos Hermanas. En Historia de los apellidos, 4 (Abril de 2019), me referí a los Lara de nuestra Villa en sus relaciones con los Benjumea Puigserver: "Andrés Lara Sáenz, nacido en Sevilla el 18 de enero de 1911 y fallecido en Madrid en el 2014, también estudiaría ingeniería en el ICAI y llegó a ser director del Centro Superior de Investigaciones Científicas. Contaba que de niños, él, su hermano Juan Manuel —nacido en 1913— y Javier Benjumea jugaban asomados a la tapia de la casa de éste que da a la Calle Real, desde donde se divisaban quinientos metros de vía, a adivinar la marca de los autos que aparecían a lo lejos. Durante un brote de epidemia don Juan Lara aisló a las dos familias del resto de la población. Solían dar paseos en bicicleta, poseyendo Teresita una grande pintada de negro de la marca Router, con sistema de frenado a contrapedal".
"1970. El doctor Lara publica un libro con jugosas anécdotas de su vida como médico rural. Fran Ricardo, Periódico La Semana, 25 de mayo de 2016.
Treinta años se cumplen ya desde que el doctor Juan Lara Gómez se estableciera en Dos Hermanas. Fue otro colega, Manuel Andrés Traver, quien le avisó de que había una plaza libre en nuestro pueblo y le animó a presentarse. Desde entonces, con sus acertados diagnósticos y su buen carácter, día a día supo ganarse a los nazarenos, que le siguen visitando en su consulta, confiando ciegamente en su sabiduría y experiencia.
Hoy, a los 82 años, se siente tan joven como para publicar un libro de memorias. Aunque apareció una primera edición en 1944, eran otros tiempos, en los que preocupaba más el hambre que la lectura. En esta segunda edición, ahora que Dos Hermanas ya no es el pueblo rural que fue, los nazarenos tendrán oportunidad de conocer jugosas anécdotas, éxitos y fracasos, alegrías e ingratitudes de los antiguos médicos rurales; aquellos que, como Juan Lara, se desplazaban a caballo, a veces en plena madrugada y hasta en días de fiesta, para visitar lugares alejados donde alguien le necesitaba; aquellos a los que les escondían los enfermos cuando ya habían mejorado, con tal de que el médico se fuera y así no pagarle; aquellos que, antes de la aparición de los antibióticos, dependían básicamente de su ojo clínico y su intuición para salvar las vidas de sus convecinos.
Bizcochos para un mes.
Juan Lara es muy querido en Dos Hermanas. Es médico de cabecera, cirujano y especialista en ginecología. A lo largo de su carrera ha atendido casos de todo tipo. Ha salvado vidas a toreros con terribles cornadas, sobre todo en la plaza de La Pañoleta, donde suele atender la enfermería, y en las portátiles que se instalan en Dos Hermanas. Nos cuenta que, hace sólo unos días, en el barrio nazareno de San Pablo, atendió a una parturienta que ya tenía media cabeza del bebé fuera cuando él llegó. Su hija Pepa, que a veces le acompaña, tuvo que ayudarle a cortar el cordón umbilical.
Pero el doctor Lara ha desarrollado también una acusada psicología, fruto de tantos años de atender a personas de toda condición. Cobra sus honorarios a los que él sabe que pueden pagarle, pero no pasa factura a los pobres. Es abnegado y servicial. No duda en levantarse en plena noche cuando le hacen un aviso urgente desde el barrio de San José, aun sabiendo que no verá una peseta. Eso sí: los pobres son pobres pero no desagradecidos. En su casa se acumulan los bizcochos y las sandías, regalos con los que su humilde clientela le paga sus servicios. Los 24 de Junio, día de su onomástica, le traen hasta pollos vivos.
Repasando su vida, no olvidará aquella fatídica noche del 18 de agosto de 1947. Él trabajaba ese día en Dos Hermanas y su familia le esperaba, de veraneo, en Cádiz. Su mujer, María Luisa Gálvez (de la que, curiosamente, se enamoró en una visita médica) y sus hijas María Luisa y Josefa salvaron la vida de milagro en la explosión de un polvorín del ejército. El chalet donde estaban quedó destrozado. Sin saber si estaban vivas o muertas, Juan hizo esta promesa a la Virgen de Valme: si su familia se había salvado, dedicaría el día entero a la cura de heridos. Y así ocurrió. Salió de Dos Hermanas y recorrió Cádiz haciendo un silbido característico con el que llamaba a sus hijas. Y encontró vivas a las tres. Ese día se dedicó a atender a los cientos de heridos (1b).
Aunque ya se ha jubilado de la Seguridad Social, su consulta particular (que también es su casa: antes en Jesús del Gran Poder, ahora en Los Pirralos) siempre rebosa de pacientes. Llegan de Los Palacios, Las Cabezas, Lebrija. Incansable, dedica a su profesión muchas horas, pero también tiene tiempo para sus aficiones: la lectura y el fútbol. Es sevillista.
Caciques y curanderos en El Aljarafe.
El libro ha sido un éxito de ventas en Dos Hermanas, donde está a punto de agotarse. Juan Lara, que terminó sus estudios en 1909, tuvo su primer destino en Castilleja de la Cuesta, aunque tuvo que atender en todos los pueblos del Aljarafe. En 50 capítulos, repasa vicisitudes, anécdotas con curanderos, herencias, caciques e incluso con mujeres que aseguraban no estar embarazadas aun estando rompiendo aguas, como refleja una de las ilustraciones (imagen inferior). El libro también analiza la soledad de los médicos rurales, debida a “la incultura pueblerina, la nula autoridad del sanitario rural y el escaso apoyo oficial”
Las tres verdades del médico: “Verlas venir, dejarse ir y estarse quedo”.
Entrar en una casa donde uno de sus miembros sufre dolores o enfermedades sin diagnóstico da lugar a situaciones muy tensas que el médico debe saber analizar. El doctor Lara mantiene en su libro que hay tres reglas fundamentales para salir airoso de estas situaciones: 1ª:“Verlas venir” (es decir, darse cuenta de cómo se plantean las cuestiones por los familiares, los síntomas y actitudes de los que le cuidan). 2ª. “Dejarse ir” (calma y meditación antes de actuar) y 3ª: “Estarse quedo: callarse o hablar lo preciso, o menos aún”.
Algo más del médico de Castilleja encontramos en lo que sigue:
"Querer a las personas o a una ciudad es algo que sale de dentro del alma… Yo amo a Dos Hermanas casi desde niño, pues podía haber nacido en esta población, ya que el recordado Dr. Don Juan Manuel Lara, autor del ameno libro De la vida médica rural, amigo entrañable de mi padre, el Dr. Don Ángel Pineda de la Carrera, le animaba, constantemente, por cartas y por teléfono, para que se quedase de médico en Dos Hermanas, pero ya mi padre había ganado la plaza de Coria del Río, además de ayudar a mi abuelo, Don Ángel Pineda Gil, médico titular de La Puebla del Río. Por ello nací a orillas del Guadalquivir…" DH Diario Digital. Carta de Daniel Pineda Novo. 21 de septiembre de 2013.
El nombramiento de Juan Manuel Lara Gómez como médico titular de Castilleja de la Cuesta apareció en España Médica del 10 de febrero de 1911.
Obtuvo mención honorífica en la modalidad de médico rural en el III Concurso de premios celebrado por el Consejo Superior de Protección a la Infancia y Represión de la Mendicidad, correspondiente a 1911. La Correspondencia de España, 3 de marzo de 1912.
Nos lo encontramos como perito en el célebre "crimen del quincallero", ocurrido en el castillejense olivar de La Peluquera, propiedad de Manuel García-Junco: "Los peritos.— D. Juan Lara Gómez y D. Manuel Flores Cabrera [médico de Gines]. El primero fue quien reconoció el cadáver. A preguntas del fiscal, dice que la bufanda solamente tiene sangre y las ropas no. La poca que había dejado manchas, dice, corrió hacia atrás. La herida —añade— tenía cuatro o cinco centímetros de extensión. Cree que el agredido estaba tendido y dominado por el agresor por las circunstancias apreciadas en la herida, con motivo de la diligencia de autopsia.
Cree recordar que la cabeza la tenía el cadáver descansando sobre las alforjas y que la muerte debió ser instantánea, por hallarse seccionada completamente la yugular interna. Dice que en el estómago de la víctima sólo puede apreciarse que había algunos alimentos y que no se apreciaba señales de la ingestión de alcohol, lo que no obsta para que lo hubiese tomado. A preguntas del defensor de Félix Bernal, dice que no pudo causarse la herida sin estar tendido en el suelo, porque no había rastros de sangre desde el cuello hacia abajo, pero sí hacia atrás". Fígaro, 28 de enero de 1914 (1c).
Y también encontramos al médico Lara en el "crimen de la venta de Guía" que costó la vida a la joven Rosario Oliver: "El médico titular de Castilleja, don Juan M. Lara, que se encontraba en Sevilla para asistir al entierro de una hermana suya, marchó anoche al pueblo, inmediatamente que conoció la noticia, para tomar parte en la diligencia de autopsia". El Liberal, 28 de abril de 1913. Había sido suplido mientras asistía al sepelio de su hermana por su colega Baena, médico de Camas: "El médico titular accidental, don Francisco Baena Salas, que también llegó con el Juzgado, practicó un minucioso reconocimiento al cadáver, apreciándole tres heridas inciso punzadas; una en la región pectoral, otra en la escapular y otra en la dorsal, todas mortales de necesidad". "Las actuaciones del Juzgado.— Nuevas diligencias.— Dictamen pericial médico.— Desfile de testigos.— A poco de constituirse el Juzgado, se dio comienzo a la práctica de las diligencias. Primeramente comparecieron los médicos de Castilleja y Camas, señores Lara y Baena, respectivamente. Ambos facultativos dieron un dictamen verbal sobre el cuchillo que les fue mostrado, y el cual encontró la Guardia Civil detrás de la venta de Perico. Su declaración duró unos veinte minutos. Desde la rotonda existente ante la ermita se veía al juez que manejaba el cuchillo.
En la declaración intervino el acusador privado, señor Franco Pineda, que hizo diferentes preguntas a los facultativos de referencia. Estos terminaron su informe, y lo rubricaron. Al salir fueron interrogados por los periodistas, pero el señor Lara, con gran amabilidad, se excusó de hacerles revelación alguna hasta tanto no consultara con el juez. Habló con éste y el señor Antrás le manifestó contestando a su consulta: ``usted, lo ha olvidado todo, porque tiene mala memoria, y nada más``. Continuamos nuestras indagaciones para averiguar lo que los médicos citados hubieran dicho en su informa, dando por resultado el saber que aquéllos manifestaron que el cuchillo que se les había mostrado no era el que utilizó el asesino para consumar su delito, pues sus dimensiones no coincidían con las de las heridas que presentaba la víctima del suceso, Rosario Oliver". El Liberal, 2 de julio de 1913.
"Otro Ortiz sobresalió en Castilleja a principios del siglo XX. Pedro Ortiz de los Reyes, conocido como "Perico el ventero" por regentar la Venta de Guía, hoy gasolinera a la entrada del pueblo desde Sevilla; fué condenado por la muerte a cuchilladas de la joven Rosario Oliver Rodríguez, hija de los santeros de la vecina ermita de Guía. Sobre todo este desgraciado asunto escribió un libro muy bien elaborado el castillejense Manuel Carmona Rodríguez, quien me dedicó un ejemplar; su obra CASTILLEJA DE LA CUESTA, TRÁGICO BIENIO documenta esta tragedia con todo pormenor; con su autor tengo el gusto de haber compartido mesa en la sala de investigación del sevillano Archivo Histórico Provincial". Padrón 1x. Diciembre de 2015.
Algunos testimonios gráficos del desgraciado suceso de la ermita de Guía, publicados en La Unión Ilustrada del 11 de mayo y del 3 de agosto de 1913, y del 14 de junio y del 25 octubre de 1914. Y del Mundo Gráfico de 21 octubre 1914.
Arriba, el dueño de la venta de El Chiquitín Manuel Luque Gutiérrez, procesado por encubridor del crimen. Abajo, el asesino del quincallero Emilio Benítez (y no Eusebio, como por error dice el pie) Ver abajo, (1c).
El médico Juan Manuel Lara Gómez dedica el primer pasaje de su libro a la llegada a nuestra Villa, y no es para ella nada favorable:
"Mi debut como médico titular. El gazpacho del cura. A cuatro kilómetros de la gran urbe andaluza, sobre la colina que limita por la derecha el valle del Guadalquivir, de calles anchas y limpias con casas muy blancas y en muchas de ellas amplios jardines, rodeado de olivares, arboledas y viñas, se encuentra el pueblo a donde llegué una noche de diciembre de 1910: Castilleja de la Cuesta.
Informado del sitio donde se reunían las autoridades —una taberna con honores de casino—, a ella me encaminé desde la fonda provisto de una linterna que suplía muy deficientemente la falta de alumbrado eléctrico (1d). En la única sala del establecimiento había tres mesas rodeadas de socios, en una de las cuales se ``pelaban`` las pesetas al julepe las autoridades locales: el alcalde, dos concejales y dos tenientes de alcalde. Uno de éstos, que ocupaba accidentalmente la alcaldía, hizo mi presentación. No había transcurrido media hora, y con el pretexto de la discusión de una jugada, quiso, sin duda, el alcalde demostrar ante mí que lo era a pesar de la licencia que disfrutaba y se encaró con el que le suplía; éste, molesto y para hacer valer la suya, le contestó airadamente. Se entabló un pugilato pretendiendo meterse en la cárcel mutuamente, para lo cual mandaron sendos oficios al comandante del puesto de la Guardia Civil. Sin esperar el desenlace de tan enojoso incidente —después supe que no había tenido consecuencias— y aprovechando la confusión que reinaba en la sala, me marché (1e).
Apenas había andado unos metros, me sorprendió un confuso ruido de voces, carreras y gritos de alarma que me decidieron (previo un soplo a la linterna) a refugiarme en el quicio de una puerta. Seguidamente pasó por delante de mí un hombre que en brazos de otros se quejaba con agudos lamentos, por lo que me fue fácil deducir que se trataba de un herido.
En efecto, en la primera casa que hallaron abierta entraron pidiendo auxilio unos, mientras que otros de los que formaban la comitiva se dirigían al casino para indagar dónde se encontraba el nuevo médico. Me presenté espontáneamente en la improvisada casa de socorro, curando al lesionado con el material que suministró el botiquín, que estaba muy próximo. La herida no era grave: una puñalada inferida por un compañero de trabajo en la taberna de la esquina.
Acompañado del juez, secretario y cabo de la Guardia Civil, fuí al Juzgado, donde todavía me esperaba una sorpresa más desagradable. Estando ocupado en la redacción de los partes de rigor, entró precipitadamente un hombre con cara lívida y descompuesta reclamando mi opinión sobre la importancia de la herida que habían causado a su hermano. Se la dí, acentuando la benignidad del pronóstico, y ¡nunca lo hubiera hecho! Aquél, más descompuesto aún, me anunciaba fieros males si su hermano curaba antes de los quince días. Cuando repuesto de la impresión me disponía a contestarle adecuadamente, intervino el cabo, expulsándolo del local.
Solo ya en la fonda, se me caía encima la habitación, la casa y el pueblo entero. Reflexionando sobre los incidentes que habían matizado mi entrada en éste, llegué a la conclusión de que en cuanto amaneciera me iba sin tomar siquiera posesión de la titular. Mas, como ocurre siempre tras una noche de insomnio, es en las primeras horas de la mañana cuando el sueño vence a las preocupaciones, y así, al llamarme para almorzar, me anunciaban simultáneamente la visita del señor cura párroco, que había acudido a saludarme al tener conocimiento de mi estancia en la localidad.
El cura era un ``hombrón`` de cuerpo y de espíritu; representaba tener de cuarenta a cuarenta y cinco años, elevada estatura, grueso, fuerte y recio; la voz clara y bien timbrada y la mirada penetrante, sin exageración que le quitara bondad y delicadeza. Al verme salir encogido, pálido, con la delgadez y la cortedad de mis veintidós años, pareció adivinar lo que me pasaba y por descontado que había pensado irme; me tendió la mano, al mismo tiempo que me decía:
—Buen ``debut`` ha tenido usted; ya se habla en el pueblo de sus aptitudes quirúrgicas.
—Pues lo siento —le contesté—, porque no van a tener ocasión de verlas confirmadas.
—¿Qué es eso? ¿Se ha asustado usted y piensa...?
—Marcharme.
—Hombre, ¡qué disparate! Por tan poca cosa.
—Sí, en realidad —le dije—, una riña en un pueblo, mediando el vino, no tiene gran importancia; pero usted no sabrá que momentos antes en el casino las autoridades...
—Sé lo que ha pasado. ¡Las autoridades! Un panadero (el que hacía de alcalde) que en su vida ha tenido más ``vara`` en la mano que la de arrear el burro que conduce la carga, y un marchante de ganado (el alcalde que disfrutaba licencia) que no ha usado hasta ahora más ``bastón`` que el reglamentario en los tratos de su oficio, y por añadidura jugando al julepe..., ¡vamos, hombre, no sea usted niño y no le dé a eso más importancia de la que tiene!
—Es que todavía —añadí— hay otro incidente de mayor gravedad.
—Lo sé también; ese hermano que le preguntó a usted en el Juzgado; le llaman en el pueblo ``Paquito el nervioso``; así que esto le bastará para no darle a sus palabras otro alcance que el que merecen.
La conversación tenía lugar en una galería que terminaba en un ancho patio, casi un jardín por la profusión de macetas, arriates y flores. Las nubes se habían cansado de derramar agua durante la noche, y al alejarse dejaban ver un cielo azul, claro y limpio, alumbrado por un sol espléndido. Apoyados en el brocal del pozo situado en el centro del patio, proseguimos el diálogo.
—Y en fin, querido doctor —me dijo—, ya ha visto usted que no tiene fundamento su decisión de marcharse, y mi consejo es que se quede, si es capaz de hacer un buen gazpacho.
—A ver, dígame.
—En una profesión tan delicada como la suya, se necesita, en primer término, el ``aceite`` —agrado y amabilidad— para el trato con los enfermos. La ``sal`` —simpatía y "ángel"—, que facilita mucho el desempeño de un cargo público, y el ``vinagre``, que ha de ser de yema, para usarlo en las ocasiones en que tenga que demostrar carácter, energía o decisión. Si usted sabe emplear estos tres elementos proporcionalmente, puede estar aquí todo el tiempo que quiera... Y quede con Dios, que es muy tarde y tengo todavía mucho que hacer.
—Hasta luego —le dije, ya en la puerta de la calle— que nos veremos en el Ayuntamiento, pues supongo que estará usted invitado a la toma de posesión.
Horas después me hacía cargo de la titular, que he desempeñado durante más de veinte años, empleando el ``gazpacho``, creo que a satisfacción de todo el vecindario, como pude apreciarlo en muchas ocasiones y especialmente por las demostraciones de cariño de que me hicieron objeto al trasladarme a la capital, por exigirlo así otras actividades de la profesión".
(1a) Lara es antiguo apellido en El Coronil. La mujer del escribano Juan Melio de Sande, doña Luciana de Salcedo y Lara, aparece por el año 1598. Otro escribano fue Pedro de Lara, hacia 1622. Como vecinos de la calle del Pilar se documentan a Antonio de Lara y a su mujer Leonor de Alexandre en 1637. Pedro de Lara y Matheos fue alcalde ordinario en 1651. Sebastián de Lara hizo testamento en 1678. En la calle Mesones, o Piedras de Lara tuvo casa otro Antonio de Lara, hijo de Lucas de Castro, a principios del siglo XVIII. Ver Demografía, sociedad, instituciones eclesiásticas y religiosidad en El Coronil durante los siglos XVI y XVII. Antonio Ruiz Pérez. Tesis Doctoral, Universidad de Sevilla, septiembre de 2005. Y otro Lara, Manuel Lara, junto con Diego Cañamero, fue elegido por El Coronil para el Comité Ejecutivo en la I Conferencia para la configuración del Sindicato de Obreros del Campo (SOC), celebrada en Sevilla el 5 de diciembre de 1976. (Ver autonomiasur.org).
(1b) "El día 18 de agosto del año 1947 se produjo la deflagración accidental de un depósito de explosivos de la Armada en Cádiz, España. La magnitud de la explosión fue tal que el fogonazo pudo verse desde el acuartelamiento militar español ubicado en Monte Hacho (Ceuta). Se formó una nube de hongo visible desde toda la bahía de Cádiz, Huelva y algunos pueblos de Sevilla. El ruido de la explosión fue oído hasta en la capital hispalense, e incluso en Portugal donde creyeron que se trataba de un temblor sísmico [...] Las cifras oficiales, probablemente menores a las reales, estiman que hubo unos 150 muertos, entre ellos 25 operarios de astilleros, más de 5000 heridos y en torno a 2000 edificios dañados, de los cuales 500 quedaron completamente destruidos. Algunos edificios representativos de la ciudad, como la Catedral, cuyas puertas se abrieron de golpe por la onda expansiva o el Gran Teatro Falla, sufrieron numerosos desperfectos. Las puertas de la plaza de toros resultaron arrancadas de cuajo. La zona extramuros quedó arrasada casi en su totalidad.
La versión de los distintos gaditanos entrevistados tras el suceso no coincide con dicha estimación, declarando que el número de víctimas, tanto mortales como heridas, fue mucho mayor que la cifra oficial". (Wikipedia).
(1c) El asesino del quincallero fue Félix Fernández Bernal, natural de Espartinas, nacido en 1869. "Sus antecedentes son tan poco recomendables como su aspecto. Ha cumplido catorce años de presidio por asesinato en el penal de San Miguel de los Reyes, de Valencia, y seis, por robo, en Granada"*. El Liberal, 30 de julio de 1912.
* En el penal de Belén. Declaró haber conocido en él a su víctima, Emilio Benítez, y luego haberlo encontrado en las obras de la Corta de Tablada, donde trabajaron ambos. Félix se despidió el 10 de julio, y Emilio el 23. Se reunieron en la capital para caminar carretera de Huelva adelante, deteniéndose al final de Castilleja en la venta de El Chiquitín, propiedad de Manuel Luque Gutiérrez. "Sin detenerse llegaron a la venta de Manuel Luque y en ella penetraron. Allí había varias personas, además del ventero, y ellos se sentaron a descansar, pidiendo unos vasos de vino. Sentados en la venta, asegura que estuvieron charlando y bebiendo hasta las doce próximamente, y que, en su conversación, intervino también el ventero al que conocían por haber estado allí varias veces. A dicha hora se despidieron, cuando no había en la venta más parroquianos que ellos, y entraron en el olivar inmediato, con objeto de tomar un bocadillo y dormir allí". Emilio cenó sardinas asadas, según el parte de la autopsia que hizo Juan Manuel Lara.
Penal de Belén en la ciudad de Granada
Linterna de queroseno —un destilado del petróleo natural—, muy común para andar de noche en el medio rural en el año que refiere el médico Lara.
(1d) Castilleja estuvo a oscuras por poco tiempo tras la llegada de Juan Manuel Lara. Ocho meses después ya tenía la localidad luz eléctrica: "Sevilla. Inauguración de alumbrado. En el cercano pueblo de Castilleja de la Cuesta se ha inaugurado el alumbrado eléctrico, festejándose el suceso con un banquete, al que han asistido las autoridades". La Correspondencia de España. 25 de agosto de 1911. "La Compañía [Sevillana de Electricidad] ofrece la concesión de lámparas de 16 bujías que se necesitan para el alumbrado público al precio de 30 pesetas anuales cada una, pendiente la finalización del contrato. Se autoriza al Señor Alcalde la firma del contrato por diez años de las lámparas que sean precisas". Actas Capitulares. Archivo Municipal de Castilleja.
Si bien no pasaría de media docena de bombillas —una o dos en La Plaza y el resto en la Calle Real— que, más que iluminar, realzaban las espesas tinieblas reinantes en sus amplios contornos. Cuando en Sevilla se inauguró la primera iluminación eléctrica doméstica, que fue en una casa de la calle Marqués de Paradas que se conserva todavía, acudía una multitud de curiosos todos los anocheceres a contemplar la espectacularidad del brillo en ventanas y balcones y a mirarse unos a otros presos de asombro. Tal y como debió acontecer en Castilleja, donde antes de la instalación del alumbrado público algún hacendado rico había probado alguna bombilla. También se experimentó con ellas en la fachada del Ayuntamiento y en la de la iglesia de la Calle Real, aunque encendiéndolas en momentos especiales, extraordinariamente.
(1e) El alcalde fanfarrón y prepotente era Francisco de los Reyes Sánchez —el marchante de ganado—, y su sustituto y rival en el juego de julepe era Ramón de la Palma Adorna —el panadero—. Francisco de los Reyes fue alcalde también en los siguientes años 1912 y 13, los trágicos años de los crímenes de las ventas de El Chiquitín y de Guía.
Diego* y José de los Reyes, hermanos de Francisco, también fueron alcaldes por aquellos años de principios del siglo XX, en 1907 y 8 el primero, y en 1918, 19 y 25 el segundo. La familia castillejana De los Reyes siempre estuvo relacionada con la ganadería y con la tauromaquia (ver Historia de los apellidos, 12. Mayo de 2019). En el pasaje citado de su libro Lara retrata con exactitud una escena clásica del caciquismo rural en la forma del grosero sondeo que el alcalde efectúa para probar la personalidad del recién llegado. Luego el médico tendría más tropiezos con estos detestables personajes, de los cuales en pleno siglo XXI quedan en el paisaje hispano abundantes reminiscencias, fenómeno propio de democracias sustentadas por votantes con nula formación cultural y crítica:
"El sombrero y el cacique. Los tipos más originales de las pequeñas localidades son unos ciudadanos que ocupaban cargos de autoridad para los que no estaban capacitados —incultos, ineducados y hasta analfabetos—, pero que tenían una habilidad extraordinaria para ``captar votos``, y esto les daba la categoría de caciques locales al sentirse protegidos por el que ostentaba igual cargo en la capital de la provincia.
Estos señores sentían por mí una especial predilección, al saber unos y presentir otros mi absoluta inmunidad para el ``virus`` político.
El de mi pueblo no consiguió, en tantos años como en él estuve, hacerme votar y, aunque estaba convencido de mi resolución, no dejaba en todas las elecciones de pedirme el voto. Yo tampoco dejaba de negárselo, hasta que en una ocasión, en pleno Ayuntamiento y rodeado de su estado mayor, le tiré hecha pedazos a sus pies la carta en la que me suplicaba ``votase por los que mandaban``, y fue santo remedio.
En otro pueblo, el ``señor feudal`` era diabético, y todos los años, al regresar del balneario donde hacía su correspondiente cura de aguas, no salía de su casa en toda una quincena para recibir las visitas de sus paisanos, y ¡ay del que no cumpliera este acto de sumisión y acatamiento! Este tenía que pagar doble cuota de impuestos municipales. A mí me exceptuaba del castigo porque ya sabía que al subirme el reparto era automática la elevación de los honorarios, como ocurrió el primer año, que no le hice visita como los demás, sino cuando se ponía malo y me llamaba.
Un monterilla de otra localidad era juez y, por enemistad con el secretario del Ayuntamiento, decidió no pagar los honorarios de una autopsia, que hasta entonces se venían abonando en aquella localidad puntualmente; yo le dije que los médicos no debíamos sufrir las consecuencias de su disgusto con el secretario, y que si esto se iba a repetir yo no volvería a practicar más autopsias mientras él fuera juez.
—¿Que no? Vendrá usted cuando yo le llame.
—Haga usted la prueba.
Un nuevo caso se dio a los pocos días. Me mandó oficio y no fuí; me amenazó con una pareja de la Guardia Civil y le contesté que ni con un Tercio iba, y la pugna terminó con la visita del secretario del Juzgado de Instrucción, en nombre del juez correspondiente, para informarme del ``cólico hepático`` que me impedía atender la demanda de la Justicia, tan mal representada, en este caso, por un cacique pueblerino. La autopsia la practicaron, a los tres días, dos compañeros.
El episodio que da nombre a este capítulo ocurrió en un pueblo ribereño del famoso río andaluz, y también con motivo de una autopsia.
Para practicarla con el compañero de la localidad iba yo hasta allí desde mi pueblo por un camino que primero se desliza por entre espesos olivares y frondosas arboledas y continúa por la cornisa que cierra por ese lado el valle del Guadalquivir, para tropezarse precisamente con la primera edificación del pueblo —el cementerio—, situado en la misma cumbre del cerro en cuya ladera asienta la pintoreca villa cuna del inmortal ``Joselito``**.
Parado en la escalinata que conduce a la puerta de entrada del sagrado recinto y en espera de la llegada del colega y de las autoridades que presencian estos actos, contemplaba yo el desenvolvimiento de la vida de la gran capital andaluza en su sector suroeste, manifestada en todas las formas de locomoción: ferrocarril de Cala a San Juan, tranvías de Sevilla a Coria y Puebla, carros, coches y autos por la carretera a estos mismos pueblos, navegación por el río con pequeñas embarcaciones por el ``viejo``, y de gran calado por la Corta, y, por último, el amplio y extenso aeródromo de Tablada albergando en sus hangares a los más modernos y rápidos medios de transporte.
El contraste de esa manifestación exuberante de vida, con el silencio de estos rectángulos, limitados por bajas y débiles tapias —denominados por el ingenio popular ``barrio de los callados``—, obligaba a meditar cómo no hacen falta ``aquí`` grandes edificaciones para los que de ``allí`` vienen, y cómo los rascacielos son sustituidos por rascasuelos, pues lo que no tienen los cementerios en extensión lo ganan en profundidad, resultando situado su ``vecindario`` en varios pisos subterráneos.
Terminado de redactar el informe en el Juzgado y provisto del recibo correspondiente, me encaminé al Ayuntamiento, solo, porque el titular estaba ``traspunteado`` con el alcalde. Al presentar a éste el recibo, me dijo que lo sentía mucho, pero que no podía abonarme esos honorarios.
—¿Por qué? —le pregunté.
—Porque el médico toma a broma el levantamiento de los cadáveres y yo no puedo consentirlo.
—A ver, explíqueme eso.
—Pues verá usted: él no usa nunca sombrero, y cuando avisan que ha aparecido un ahogado y va con las autoridades a levantar el cadáver, se coloca un ``cordobés`` de bastante ala, y yo creo que este debía reservarlo más bien para un tentadero o para una corrida de toros.
Al pronto quedé sorprendido, pero una vez repuesto le contesté:
—No considero a mi compañero tan irrespetuoso con la muerte. Lo que yo creo es que así como yo me resguardo con este ``jipi``, él tiene que valerse del ala ancha para ir hasta la orilla del río, donde el sol aprieta de firme.
—¿Lo cree usted así?
—No me cabe la menor duda.
—Pues le voy a pagar a ustedes, aunque no debía hacerlo hasta no recibir contestación al oficio que, con este motivo, he mandado al inspector provincial.
La copia del oficio la tiene el amigo, que sigue de titular en el pueblo, y que la conserva como un curioso recuerdo de su vida de médico rural, que si tiene aspectos tristes y desagradables, también los tiene muy pintorescos".
* Diego de los Reyes Sánchez dio nombre a la calle de nuestra Villa paralela a la Real, antes conocida como Camino Nuevo y también como Camino Real del Arzobispo. Con ocasión de su muerte en 1909, su "plana mayor" (como dice Juan Manuel Lara), le dedicó un homenaje con cargo al presupuesto municipal en un patente ejercicio de "yo me lo guiso, yo me lo como":
"Usando de la palabra el señor Presidente, dio cuenta a la Corporación del fallecimiento del señor alcalde don Diego de los Reyes Sánchez, ocurrido en el día de ayer, dedicándole sentidas frases en las que ponía de relieve las condiciones personales y altas virtudes que adornaban al mismo, tan excepcionales éstas que creía ser insustituible la figura del hombre que en el desempeño de sus cargos públicos y privadamente fue en vida todo abnegación ante el cumplimiento de sus deberes por penosos que parezcan, acreedor por ello hoy en ausencia eterna a que se le conmemore y su recuerdo exista entre los vecinos que le sobrevivan y muy especialmente entre los que han sido sus compañeros en el Ayuntamiento, por lo que creyendo ser fiel intérprete de los deseos de la Corporación había mandado construir un panteón subterráneo en el Cementerio público, enfrente a la capilla del mismo; e igualmente se disponga la celebración de un funeral en sufragio del alma del inolvidable don Diego de los Reyes, al que asistirá el Ayuntamiento oficialmente y los empleados del mismo, invitándose además al vecindario". Acta Capitular del 3 de octubre de 1909.
Este hombre aparece como mediador entre los airados vecinos de Castilleja y las madres irlandesas, enfrentados con ocasión de cierto deslinde que las últimas habían realizado en el referido Camino del Arzobispo por junio de 1908, deslinde con vallado de alambre espinoso que las mentadas monjas erigieron impidiendo el tránsito que el pueblo practicaba desde los viejos tiempos de Montpensier. Sospechosamente, seis meses antes del amago de usurpamiento de terreno público por parte mojil, había estado el arzobispo de Sevilla hospedado en el convento callerrealengo: "Noticias de Sevilla. El arzobispo, Sr. Almaraz, marchó esta mañana a Castilleja de la Cuesta para visitar el convento de Religiosas irlandesas". El Guadalete. 29 de diciembre de 1907.
Inmediatamente después de las protestas de los castillejanos, Diego de los Reyes dejó testimonio documental de que el Ayuntamiento de su presidencia se constituia dueño y administrador del área en litigio, oponiéndose así a las pretensiones de las irlandesas y de sus valedores del Arzobispado hispalense. Pero la reacción del pueblo despojado de sus derechos de paso y circulación, a pesar de los iniciales "heroicos" apedreamientos y conatos de incendio del convento que ameritaron elogios, no fue en definitivas cuentas la deseable y exigible, mereciendo la Villa un zurriago muy a propósito propinado por un periodista republicano que no se andaba con demagogias. La primera nota de prensa de que dispongo es apologética hacia nuestro vecindario:
"A penas si ha tomado la embocadura al arzobispado de Sevilla D. Enrique Almaráz y Santos y ya ha metido la sagrada cáliga hasta las reatas.
Nada menos que un camino vecinal de remotísima y constante servidumbre, en Castilleja de la Cuesta, intenta regalar a unas monjas irlandesas llovidas en el diluvio monástico que inunda los más hasta escondidos y apartados lugares de la Península.
Pero los vecinos de la pequeña villa ribereña del Guadalquivir, no han olvidado que allí murió Hernán Cortés, el conquistador de Méjico, y honrando su sepulcro, reivindican su memoria de las traiciones que intenta contra ellos el nuevo Alvarado de la capital.
El pueblo en masa se rebela contra la sórdida avaricia de las monjas extranjeras y la frescura al arzobispo en disponer de lo que por ningún título le pertenece personalmente; a menos que el Sr. Almaraz, parodiendo al rey de Francia, diga: "la Iglesia soy yo".
Él, el arzobispo, es simplemente hechura de otras monjas británicas; las inglesas de la calle de Santa Isabel de Madrid, íntimamente ligadas, por recuerdos profesionales, con cierta dama, también extranjera, que colgó los hábitos agustinianos para casarse y que goza de una influencia peligrosa en el clericalismo andante y gobernante.
Y luego como que a Irlanda sólo la separa de Inglaterra el canal de San Jorge...". El Pueblo. Diario republicano de Valencia. 28 de junio de 1908.
La segunda nota periodística, ya con la objetividad de mayor distancia temporal, retrata a la mayoría de un pueblo estupidizado por las continuas indigestiones de las ásperas piedras de molino que secularmente le endilga la clerigalla de turno.
"Notas sevillanas. La imbecilidad de un pueblo.
Es tierra pródiga, fecunda, nuestra patria para el arraigo de toda clase de semillas. Puede decirse que de entre todas las naciones europeas hay una niña mimada y requebrada por todos: España.
Y que es manantial inagotable, lo demuestra las cariñosas acogidas que tienen por `acá` nuestros hermanos de vecinas naciones.
Quejarnos sería falta de sentido común y merecería recriminación seria y razonada. Díganlo, si no, todas las Ordenes monásticas que entraron por las puertas fronterizas y han tomado refugio entre nosotros, como personas que disfrutamos de una bondad todo pureza y un alto sentimiento religioso. ¡Por desgracia nuestra, no conoceremos muchos Mendizábal!
De ahí que la enseñanza, sobre todo en los pueblos, donde tienen puesta la venda y no ven en su camino más que tinieblas, es puramente mística y sujeta por la oración y los salmos al sayal, que mejor diríamos al dogal, que nos sujeta y nos aprisiona de tal forma, que antes de echar hacia adelante el pie derecho necesitamos que el confesor sea partícipe de nuestras intenciones.
Y como la educación está basada en los santos preceptos estatuidos por la Iglesia, de ahí que cuando un pueblo, en un arranque de nobleza, se yergue altivo haciendo exigir sus derechos, como una expansión del espíritu, después cae en la tentación del santo temor a Dios y el `mea culpa`, como pecador contrito, asoma a los labios, temeroso de que la mano implacable del Todopoderoso descargue sus iras sobre aquellos que se alzaron demandando justicia.
Por eso se dá el bochornoso espectáculo ocurrido recientemente en el pueblo de Castilleja de la Cuesta, de que dí cuenta en una de mis crónicas.
Los lectores se enterarían de mi entusiasmo por la obra que realizaron estos lugareños cuando las monjas irlandesas, colegio de educación jesuítica establecido en aquel pueblo, quisieron apropiarse de un terreno perteneciente a los vecinos. Y como la madre a quien quieren arrebatar el pedazo de pan de sus hijos, así el pueblo se lanzó a quemar la cerca del terreno acotado por las religiosas y quiso hasta quemar el convento, mansión de espirituales señoras que querían apoderarse de lo que no es suyo...
Pero he aquí la táctica jesuítica... Pensaron las buenas madres que ante un pueblo en esa actitud era muy peligroso oponerse con las mismas armas, y desde aquel entonces empezaron a pensar en sus maquiavélicos planes para acallar las voces de aquel rebaño de pobres `ovejas descarriadas`, que en un momento de obcecación olvidaron sus primordiales principios de enseñanza religiosa: "Dios en todo y todos y todo para Dios".
¿Cuál sería la forma, el medio que habría que poner en práctica para solucionar el asunto lo mejor y más beatíficamente posible?
Muy sencillo: un predicador astuto, deslenguado, para que desde el púlpito enderezase `entuertos` y arremetiese, lanza en ristre, contra todos aquellos apocados de espíritu, demostrándoles su inconsciencia al obrar en la forma que lo hicieron.
"Venir al bueno camino, mis queridos y santos feligreses... ¿Habéis por ventura pensado, que Dios ha visto desde arriba vuestra manera de proceder, y que su ira descargará sobre vosotros, y no recogeréis siembra, y la desgracia entrará por las puertas de nuestra casa; y no tendréis trigo para amasar vuestro pan; y vuestros hijos morirán de frío? ¿No veis que todo es de Dios, y ello corresponde disfrutarlo a sus representantes en la tierra?
Y todo aquel pueblo que supo apedrear el edificio de las monjas y en un momento hacer que temieran las santas madres, se arrodilló contrito pecador de sus errores y de sus culpas, rezando la temerosa plegaria, y además de acudir en rogativa, sumiso y suplicante, de que Dios no tuviera en cuenta aquellos momentos de un ciego arrebato.
Después de ocurrir esto, cabe preguntar: ¿Quien somos; cuál es el porvenir de España, siguiendo por el camino emprendido?
Esto me recuerda una frase de Unamuno, muy bien adaptada a nuestra situación actual, en que recriminaba a todos estos oradores modernos, que no hacen más que predicar revolución, sin que llegue en la vida a conseguirse. "Antes de ir a la revolución —decía— cuando el pueblo esté dispuesto a ello, es preciso que vayan los soldados a ella con buenas raciones de Gramática y Aritmética en la mochila".
Y lo malo es que este cáncer va de día en día aumentando considerablemente, y cuando queramos recordar no va a haber operador que sea capaz de hacer la extracción. Hace falta una mano hábil y decisiva que lo arranque de raiz, para que no quede ni el menor indicio de que ha existido... o dejar que el volumen aumente y quedemos intoxicados por el tentáculo...
¡Qué vergüenza!" Enrique Salavana. La Región Extremeña. Diario republicano. 15 de julio de 1908.
** José Gómez Ortega, "Joselito el Gallo" (1895-1920), natural de Gelves, que es la localidad a la que fue el médico de Castilleja a practicar la autopsia. También con respecto a un cementerio, —el de Tomares—, y a un sombrero andaluz ocurrió al autor de esta Historia algo similar. Además de ser época en que el andalucismo andaba en boga, la dicha prenda de cabeza era idónea para los días de entretiempo cambiante, cuando a una hora de fresco sucedía otra de calor. Yendo paseando con el ala ancha una tarde solitaria, la cancela abierta del camposanto tomareño le brindó un momento de descanso e intimidad.
El recinto estaba desierto, por lo que no consideré necesario despojarme del sombrero y, penetrando en él, busqué los nichos de los padres de un muy querido amigo de aquella localidad. En eso estaba cuando sentí unas fuertes y violentas voces: era el sepulturero que me gritaba desde la puerta algo referente a falta de respeto y a que iba a llamar a la Guardia Civil.
Le ofrecí mis excusas y salí de allí más bien abochornado. El empleado resultó ser un vecino de Castilleja, homosexual bien entrado en años y de genio irritable al que nunca le había sido yo muy simpático —ni él a mí, dicho sea de paso—. Uno de los vicios del pueblo andaluz es no valorar en toda su dignidad un símbolo tan de nuestra tierra como es el sombrero flamenco, y restringir su uso a festejos verbeneros y juergas de tal clase, asociándolo al chiste y al chascarrillo. Esta especie de complejo viene de antiguo, como hemos visto por la reacción del alcalde de Gelves según el testimonio de Lara. Yo aspiro a que el sombrero cordobés sea alguna vez elevado a la categoría que tiene, por ejemplo, la txapela en Euskadi, como mínimo.
(2) La epidemia de cólera de 1854 entró por los puertos gallegos desde América. En La Coruña llegaron a morir 300 personas diarias, desbordando el cementerio (2a). Cada cuarto de hora de día y de noche, en la creencia de que la pólvora purificaba el aire, se disparaba un cañonazo desde el alcázar. Habían arribado una semana antes tres marineros sintomáticos en el barco de guerra Isabel la Católica, anclado en la bahía de Vigo, los cuales fueron internados en cuarentena en el lazareto de la isla de San Simón (2b), y desde entonces la enfermedad se extendió por España como un incendio.
Diario Oficial de Avisos de Madrid, 10 de agosto de 1854: "El Ilustrísimo Sr. obispo de Coria, que estaba en Sevilla con licencia por dos meses, ha desaparecido, según nos han dicho con los demás sacerdotes de San Felipe Neri, en cuya santa casa paraba.
Del mismo punto nos dicen que es muy considerable la emigración que tiene lugar, con motivo de lo riguroso de la estación, y de los temores que de la invasión del cólera se abrigan en aquella ciudad".
En el Diario del 14 de agosto: "Las noticias sobre los progresos del cólera en Sevilla y Barcelona son favorables: en Sevilla disminuían los casos, y en Barcelona apenas se presentaban algunos. Los duques de Montpensier han dado mil duros para alivio del pueblo".
El Diario del 20 de agosto: "El miedo que se ha propagado por los pueblos inmediatos a Sevilla, ha sido tal, que los habitantes de aquella ciudad que por temor a la enfermedad reinante se trasladan a ellos han sido rechazados con las armas en la mano y se han visto precisados a pasar las noches y los días debajo de los árboles sin encontrar una mano compasiva que les facilite un albergue".
En el Diario del 26 de agosto, en la sección de publicidad: "Cólera Morbo Asiático. Tratamiento preservativo y curativo del cólera morbo, según los principios de la homeopatía, puesto al alcance de todo el mundo. Por don Juan Lartigas, médico de esta corte. El principal objeto de esta publicación es instruir a todas las personas que deseen ser tratadas homeopáticamente, acerca de los poderosos auxilios con que cuenta la homeopatía para combatir esta cruel enfermedad.
Como sucederá con sobrada frecuencia que el médico retarde algún tiempo su primera visita a estos desgraciados enfermos, por ser imposible de todo punto acudir al llamamiento de todos con la premura y la velocidad que exigen la gravedad y rapidez con que se desarrolla este terrible mal, es de grandísima importancia y tal vez una verdadera necesidad, el que las familias puedan socorrerse por sí mismas con probabilidad de obtener un éxito feliz hasta la llegada de su médico.
Un folleto en 8º mayor, véndese a 4 rs. ejemplar en la librería de Bailly-Baylliere, calle del Príncipe, núm. 11 y en la botica homeopática de Abad, calle de León, núm. 13".
En el Diario del 27 de agosto: "Esta clase menesterosa parece que se halla también en Sevilla en muy precaria situación, por la cual, el Ayuntamiento ha dispuesto la distribución de una abundante sopa por barrios y se dedica a promover activamente la realización de obras públicas, para proporcionar trabajo a los jornaleros a cuyo efecto parece que tiene ya dispuestas ochocientas papeletas con destino a trabajos del camino de hierro". Y en la publicidad: "Aviso Interesante a todas las clases de la sociedad. Con motivo de hallarnos en una estación tan calurosa como la presente, y que por necesidad ha habido y hay abundancia de miasmas pútridos en muchos parajes de la capital, Don Vicente Moreno Miquel, dueño del laboratorio químico y botica de la Puerta del Sol, Carrera de San Gerónimo, número 4, tiene dispuestas gran número de botellas de agua desinfectante o destructora de miasmas para regar las habitaciones, las que se expenden en dicha oficina a 6 rs. cada una". También se anuncia en este periódico de la fecha el socio gaditano del hacendado castillejense Domingo Pérez de Anzoátegui: "Para Manila. Saldrá de la bahía de Cádiz, a fin del próximo mes de septiembre, la fragata española Encarnación, que debe llegar de Hamburgo en los primeros días de dicho mes.
Admite carga a flete y pasajeros, y se despacha en Cádiz por don Ignacio Fernández de Castro, y en esta corte por don Manuel de Anduaga, calle de Santa Catalina, núm. 8".
El Diario del 31 de agosto: "Sabemos que una graciosa labradora que está engordando con especial cuidado tres magníficos compañeros de san Antón [tres cerdos], ha puesto a la puerta de la habitación porcuna un rótulo de almazarrón que dice: Aquí hay Cólera [para ahuyentar a los ladrones]".
El Diario del 5 de septiembre: "Se ha dirigido una exposición al gobernador de Cádiz proponiendo la quema de plantas aromáticas como medio de desinfeccionar la atmósfera; parece que esta operación ha producido muy buenos resultados en un pueblo de aquella provincia.
En Cádiz se han presentado unos chinos que se dice curan el mal reinante con mucha facilidad. Con motivo de haber corrido rumores de que la autoridad trataba de impedir sus curas parece que se notaba alguna agitación en el público, a consecuencia de lo cual el ayuntamiento ha desmentido aquellos rumores".
El Diario del 6 de septiembre: "Ayer recorrían las calles de esta capital [Madrid] algunos vendedores de impresos que se desgañitaban pregonando: ¡En dos cuartos el librito con el cólera-morbo, y la melesina para curarlo! Más barato se vende en algunos puntos de las provincias".
El Diario del 8 de septiembre: "En Sevilla y Cádiz va cediendo la intensidad de la epidemia. Los chinos siguen curando en esta última capital". Al paso de los días los chinos acabaron perdiendo toda credibilidad.
El Diario del 9 de septiembre: "Remedios contra el cólera. Todos los medicamentos recomendados contra el cólera por los periódicos científicos y políticos, tales como el carbonato de sosa, láudano, eter sulfúrico, agua piperita, flor del kousso, carbón vegetal purificado, agua clorurada para irrigaciones, etc., etc.; se hallan de venta con su correspondiente instrucción en el laboratorio químico y botica de don Vicente Moreno Miquel, Puerta del Sol Carrera de San Gerónimo, núm. 4".
El Diario del 16 de septiembre: "En Sevilla ha tomado algún aumento. El domingo 10 fallecieron 40 personas y 60 el lunes. Generalmente se atribuyen estas alternativas a los excesos que muchos imprudentes cometen en los días festivos". Y aparte: "Según dice un periódico ha acordado el ayuntamiento de Sevilla solicitar del gobierno la supresión del título de invicta, y el despojo de la corona de laurel con que S.M. la reina premió a aquella ciudad por la defensa contra el sitio de 1843".
El Diario del 17 de septiembre: "Los partes de enfermedad publicados el 12 en Sevilla son satisfactorios. El día 10 murieron 13 hombres, 9 mujeres y 18 párvulos, y el 11, 20 hombres, 21 mujeres y 16 párvulos: total, 60. De aquí se infiere el grado de descenso en que se encuentra.
Su eminencia el cardenal arzobispo de Sevilla, que se halla gravemente enfermo en su palacio de Umbrete, ha recibido el Viático de manos de su confesor el señor don Juan Manzano, canónigo de aquella santa Iglesia metropolitana.
Dicen con fecha 12 de Sevilla, que son escandalosas las medidas tomadas por la junta de sanidad de Aracena. La incomunicación en que se ha constituido aquel pueblo es absoluta. Una familia se vio precisada a pasar al raso los días de tormenta y lluvia, a pesar de que uno de sus individuos, niña de corta edad, se hallaba atacada de un fuerte catarro. La misma población, que critica tales medidas, siente los efectos de tan exagerada e injustificable incomunicación, pues los precios de las subsistencias han llegado al extremo de haberse comprado un fósforo por dos cuartos".
El Diario del 19 de septiembre: "El día 13 hubo en Sevilla 35 defunciones. Según escriben de Sanlúcar de Barrameda la epidemia decrece rápidamente. SS.AA.RR. los duques de Montpensier han unido sus fuerzas a las corporaciones en beneficio de las clases pobres, suscribiéndose por 3.000 reales mensuales, dando en su propio palacio un abundante puchero a los más necesitados y escogiendo otros mil medios para socorrer las necesidades públicas. Hallándose la población de Bonanza invadida por la epidemia y sin un sacerdote que atendiese al culto en la capilla que la piedad de SS.AA. erigió allí hace dos años, los señores duques señalaron 2.000 reales a un capellán para que interinamente prestase los consuelos espirituales a aquellos feligreses".
Aunque la prensa publica alguna actuación heroica de algún religioso en favor de los contagiados, como el cura de la sevillana parroquia de San Lorenzo que, faltando un camillero para trasladar a un enfermo al hospital, él mismo tomó los varales sin quitarse siquiera las ropas talares, hay ejemplos desgraciados de jerarquías que en los primeros días de agosto levantaron el vuelo, como el mismísimo arzobispo, que se refugió en su palacio de Umbrete, o el obispo de Coria, que estando en Sevilla de vacaciones desapareció con los religiosos de San Felipe Neri que lo hospedaban.
Los dos curas de las dos parroquias de Castilleja estuvieron al pie del cañón, al menos en lo que respecta a registrar fallecidos en los libros de defunciones. Creo que José del Castillo y Antonio García de la Reguera enterraron cristianamente a todos ellos, al contrario que en otras poblaciones —desde luego de mayor tamaño—, en las que se abrieron fosas comunes para enfrentar la urgencia de la avalancha de cadáveres. Párvulos de familias pobrísimas, niños del hospicio recogidos precariamente por algún alma piadosa, ancianos solitarios y desahuciados, pobres transeúntes y forasteros indocumentados, todos recibieron la asistencia de dichos curas, sobre todo en razón de que siendo el nuestro un pueblo tan pequeño y por ende tan conocido no se podía obviar e ignorar la muerte de nadie en su término (2c).
La casa de clase popular en Castilleja se prestaba a las mil maravillas a la propagación de los contagios, cuya principal vía —desconocida hasta varios años después— era el contacto con las deposiciones humanas y, en menor medida con los vómitos que acompañaban a los estadios avanzados de la enfermedad. El típico patio o corral castillejano disponía del pozo de agua de beber y de otro, ciego o negro, de menor profundidad, que recogía las heces de sus habitantes, acuclillados en una tablazón en el brocal y protegidos de miradas inoportunas con alguna sencilla garita de tablas o simplemente con una barda de matorral o caña. No se pensaba que el pozo negro pudiese contaminar al de agua potable mediante filtraciones subterráneas por lluvias o riegos, por tanto se solían excavar demasiado cercanos entre sí por cuestión de espacio. Estos pozos ciegos limpiábanse manualmente cada cierto tiempo, extrayendo su contenido con palas y azadones para usarlo como excelente abono (2d) hasta el punto de que los agricultores se disputaban la realización de la labor y se llegaba a ofertar incluso dinero a las familias por una carga, dándose casos de picaresca al añadirle paja o tierra porosa para aumentar el volumen y redituar esta forma de coprocultivo. El hedor que la tarea producía obligó a las autoridades a legislar para que se emprendiese la limpieza solamente de madrugada, y aun así es fácilmente imaginable la desagradable molestia que implicaba para el vecindario. La general falta de higiene, de lavado de ropas y manos, y el consumo diario de agua del pozo contaminado hacía el resto. Otra vía podía ser manipular pañales o ropa interior sin precaución, lo cual era usual dado, repetimos, la ignorancia que reinaba en aquellos años. Así como las moscas que en sus patas transportaban la peligrosa bacteria desde los excrementos a los alimentos.
Del abismo entre la clase trabajadora y la alta nobleza nos puede dar una idea el siguiente párrafo: "El Alcázar carecía del mobiliario y del menaje suficiente para cubrir las necesidades de los príncipes [Antonio y María Luisa Fernanda] y su extensa corte, era necesario abastecerse de todo tipo de enseres, como demuestra la extensa lista que se elaboró: una cama de acero con mosquitero para los duques, 5 camas, 33 colchones, 27 mantas, 37 almohadas, 12 catres de tijera, 23 palanganas, 8 jarras finas y 12 ordinarias, 5 orinales finos y 22 ordinarios, 5 retretes, 13 candeleros de latón, 58 sillas victoria, 5 sofás, mesas escribanías, cómodas, armarios, etc. Éste sería el primer gran pedido de la Casa de los duques a los comerciantes y artesanos locales; de hecho, la relación de los Montpensier con el comercio sevillano sería siempre excelente, tanto las necesidades del Alcázar, como posteriormente las de San Telmo, siempre serían satisfechas, en buena medida, en comercios locales". María del Carmen Fernández Albéndiz. Sevilla y la monarquía: las visitas reales en el siglo XIX. Universidad de Sevilla, 2007.
"En 1694, la princesa Isabel Carlota del Palatinado, duquesa de Orleans, dijo ´los emperadores cagan, las emperatrices cagan, el Papa caga, los cardenales cagan, los principes cagan y los arzobispos y los obispos cagan, los curas y los vicarios cagan. ¡Admitámoslo!, ¡el mundo está lleno de personas repugnantes!`". Luis Carlos Molina Acevedo. Mierda: Símbolos y Significados. 2016. Ver también Antes del asco: excremento, entre naturaleza y cultura, por Hilia Moreira; y los extensos estudios psicológicos acerca de los excrementos.
Por la creencia de que las altas temperaturas favorecían la propagación del cólera el gobernador civil Manuel Sánchez Silva prohibió el 10 de agosto de este epidémico 1854 en Sevilla y provincia la quema de rozas y rastrojeras, instando a todos los alcaldes constitucionales de los pueblos que impidiesen tales quemas.
"Circular número 381. Para dar cumplimiento a lo prevenido por real orden de 10 del actual, los señores alcaldes de los pueblos de esta provincia inmediatamente que aparezca en ellos la enfermedad epidémica reinante, darán parte a este gobierno de provincia acompañando certificado de facultativo que lo acredite con expresión del origen de la invasión del mal a juicio de la junta de sanidad, que debe practicar cuando se presenten casos de la enfermedad las investigaciones oportunas para el citado fin. Sevilla 16 de agosto de 1854. Manuel Sánchez Silva".
"La junta de sanidad provincial y municipal me ha dirigido la comunicación siguiente:
La junta de sanidad de esta provincia, reunida a la municipal de su capital, cuyo principal deber es el velar por la conservación de la salud pública, y adoptar todas aquellas determinaciones que la razón aconseja como convenientes para aminorar los males que puedan alterarla con exceso, han acordado en sesión de este día, hacerle a V.S. presente la oportunidad de evitar que las muchas familias emigradas desde el momento que apareció en Triana el cólera morbo asiático vuelvan a sus hogares antes del tiempo necesario para que la atmósfera purificada esté en disposición de recibirlas sin peligro. Es una verdad de hecho que las personas procedentes de un país sano exponen imprudentemente su salud y su vida si se establecen en otro antes de que el tiempo haya conseguido el purificarlo y restituirle sus condiciones normales. También es notorio el peligro de trasladarse de una atmósfera colérica a la cual se esté acostumbrado, a otra nueva aunque sea más benigna o mas que su acción deletérea con menos energía. La razón y la experiencia demuestran la exactitud de estas proposiciones con tal claridad que es innecesario expresar los fundamentos, pues los hechos que actualmente presenciamos, por desgracia, no se ocultan a la ilustrada penetración de V.S. que la junta se complace en reconocer. ¿Y no sería mil veces mayor aquel peligro cuando la emigración puede tener lugar repentinamente y en grandes masas? ¿Qué habrían conseguido las juntas con la multitud de medidas adoptadas para combatir el mal reinante, cuyo feliz éxito se esté tocando de cerca, si aquella emigración se verificase? Nada en verdad y esto es evidente. La acumulación de muchas personas que salieron de la ciudad en los días de conflicto y las que pudieran venirse a refugiar a ella huyendo de otros puntos que no se ven acometidos con desoladora energía, no se haría más que prestar pábulo para que se encendiera de nuevo el ya casi extinguido fuego que nos aflige. Cuando gracias a la Divina Providencia las invasiones son insignificantes en el populoso barrio de Triana, cuando esperamos fundadamente vernos libres en breve del cruel azote que nos ha contristado, sería injusto, y aun más todavía, sería inhumano permitir que volvieran repentinamente a sus casas los que nos abandonaron en los acervos días de la calamidad para ser ellos las primeras víctimas y esparcir de nuevo la consternación y el llanto entre los moradores de esta lastimada población. Bastantes lágrimas tenemos que enjugar, hartas miserias que socorrer, sobradas reflexiones que consolar; y si por desgracia no fue posible evitar que apareciera en esta ciudad la enfermedad que hoy diezma gran parte de la Europa, no sea nuestra imprevisión causa de que comience otra vez entre nosotros su asoladora carrera. Las juntas de sanidad que conocen profundamente las benéficas intenciones de V.S. y su esmerado celo por el bien de esta ciudad, se atreven a rogarle que les ayude con la intervención de su poderosa autoridad a conjurar los males que preveen. V.S. conoce cuan numerosa fue la emigración ocurrida en el mes anterior; V.S. sabe que unos por falta de medios para sobrellevar una larga ausencia, otros por no sufrir las incomodidades inseparables de su estancia en pueblos pequeños, otros en fin, porque desgraciadamente se han refugiado en pueblos donde el cólera morbo ha aparecido con posterioridad haciendo horrorosos estragos, todos anhelan por volver cuanto antes a una ciudad de la que salieron despavoridos y que pronto Dios mediante será para ellos aparentemente un puerto de salvación ¡ojalá fuera para todos!; nosotros seríamos los primeros en abrirles los brazos y recibirlos como hermanos y amigos.
Pero cuando evidentemente han de recoger, si vuelven antes de tiempo, una abundante cosecha de males para ellos y para nosotros, las juntas esperan de la bondad de V.S. que prohibirá terminantemente, por ahora, la venida de personas que procedan de puntos sanos o enfermos, si intentan fijar su residencia en esta ciudad, mientras V.S. consulta el supremo Gobierno acerca de esta medida general, o en otro caso, hasta que las circunstancias permitan levantar sin peligro tan importante interdición. Este acuerdo, respecto de las personas solamente que vengan a residir en Sevilla, ni entorpece las comunicaciones ni embaraza los negocios mercantiles, ni impide la libre circulación de los productos agrícolas o de otra especia, puesto que Sevilla, sobrado generosa quizás y exacta en el cumplimiento de las reales ordenes vigentes, no se ha aislado por tierra ni por agua todavía. Ya es tiempo, sin embargo, de obrar de otra manera en beneficio común, y muy especialmente en sus comunicaciones marítimas con Cádiz y demás puertos de su bahía. Las juntas omiten hablar del comportamiento de las autoridades en las circunstancias actuales; y V.S. sabe que consta oficialmente a la junta provincial en virtud de reconocimiento practicado por la comisión facultativa que envió al efecto, que aquella ciudad padece también el cólera morbo asiático; que extraoficial pero indudablemente consta, así como que hoy lo sufre con intensidad y que progresa cada día, y sin embargo expiden sus autoridades patentes limpias a los buques que salen de aquel puerto; que existen en él y en todos los de su bahía, más o menos afectados igualmente por dicho mal, un número crecido de habitantes de Sevilla que pueden ser trasladados en breve tiempo a ella por medio de la activa navegación del vapor que hay entre ambos puertos, hoy suspendido, y que si todas las emigraciones son peligrosas, indudablemente lo es mucho más la que procede de dichos puertos, ya por su número, ya por la rapidez con que puede tener lugar, ya porque procede de puntos hoy mucho más gravemente afectados que esta ciudad. Por todo lo cual las juntas opinan que es necesario prohibir expresamente la admisión de pasajeros procedentes de Cádiz y demás puntos vecinos, estableciendo al efecto un vapor en el río y en los límites de esta provincia para evitar que pasen los buques.
A V.S. consta que las juntas no tienen ningún objeto mezquino ni parcial al suplicarle la adopción de esta medida, que es la misma impetrada para todos los puntos. Si las autoridades de Cádiz niegan la entrada en su puerto a los buques procedentes del nuestro desde que fue declarada de oficio la existencia del cólera en Triana, mientras que prefiriendo quizás otros intereses a los de la salud de los pueblos, han callado desde el principio la enfermedad que aquel desgraciado pueblo padece, siendo causa probable de males de gravisima trascendencia, las juntas no son llamadas a calificar esta conducta, y por lo tanto ruegan a V.S. que si lo considera oportuno dé cuenta al Gobierno de lo ocurrido para su superior conocimiento, y que pueda resolver lo que estime conveniente a fin de impedir que se repitan excesos de esta especie; pero protestan que no las mueve hoy mas que el deseo de salvar a esta población de un nuevo conflicto y sus fugitivos hermanos de ser presa de la enfermedad que vemos tan de cerca terminar. Por ello se circunscribe a las personas según han tenido el honor de exponer, y no a las cosas la prohibición que se ha impetrado; y concluyen manifestando a V.S. que como muchas familias podrán venirse antes de conocer esta determinación y sería imprudente el admitirlas de pronto en nuestro suelo, es necesario establecer dos o más lazaretos de observación con las oportunas condiciones higiénicas, para albergarlas el tiempo que sea indispensable hasta que se pueda permitir sin riesgo el libre establecimiento entre nosotros.
Dios guarde a V.S. muchos años. Sevilla 17 de agosto de 1854. Pedro Ibáñez. Dr. Francisco Porrúa. Francisco Antonio de las Cuevas. Pro. A. de Pozos. Fernando Guezala. P. Tovías. Pedro González de la Resilla. José V. Elizalde. Dr. Joaquín de Palacios y Rodríguez. L. S. Huidobro. Señor Gobernador de esta provincia.
Teniendo en consideración todas las observaciones preinsertas, y siendo una verdad notoria que el mayor número de las personas invadidas es de las que regresan a esta ciudad, he tenido a bien mandar continúe la incomunicación con los buques que lleguen a este puerto con pasajeros; cuya medida como se deja entender no se extiende a los buques mercantes, sus cargamentos y tripulaciones. Sevilla 24 de agosto de 1854. Manuel Sánchez Silva.
Secretaría de Gobierno de la Audiencia de Sevilla. Circular. Por el ministerio de Gracia y Justicia se ha comunicado a esta audiencia con fecha 24 del corriente la real orden que copio:
Persuadida la Reina (Q.D.G.) de que si con motivo de la invasión de cólera huyesen los empleados de los pueblos en que por razón de sus cargos deben residir, no solo dejarían desatendidas las necesidades del servicio con daño de la causa pública, sino que acrecentarían la alarma y el espanto cuando más conviene la tranquilidad de espíritu para la curación del mal y aun para prevenirle, ha tenido a bien mandar que los magistrados, jueces, empleados de ministerio fiscal, subalternos y dependientes de las audiencias y juzgados de primera instancia no abandonen los puntos de la residencia de sus destinos, aunque sobrevenga tan calamitosa enfermedad, porque nunca es más necesaria la presencia de las autoridades de todas clases que en semejantes circunstancias, y es la voluntad de S.M. que sean también comprendidos los escribanos escriturarios en esta disposición, y que si contraviniere a ella cualquiera de los expresados funcionarios en el territorio de esa audiencia, de V.S. inmediatamente aviso a este ministerio para la resolución conveniente. De real orden lo digo a V.S. para su inteligencia y efectos consiguientes.
Dada cuenta a la sala de Gobierno de ese día de la preinserta real orden acordó su cumplimiento y que para que lo tenga por quien corresponda, se circule inmediatamente por el Boletín oficial. Sevilla 29 de agosto de 1854. Joaquín María Domínguez, secretario interino.
De oficio. Gobierno de esta provincia. Circular número 914. El Excmo. señor ministro de la Gobernación del reino con fecha 21 del actual, de real orden me dice lo siguiente:
Deseoso el Gobierno de S.M. de evitar por todos los medios posibles que las necesidades generales y en particular las de las clases menesterosas vengan a aumentar la inquietud que en los ánimos produce cualquier motivo de notable alteración en la salud pública, recuerda a V.S. la urgente conveniencia de que se dedique sin levantar mano a hacer que por todos sus agentes tengan debida aplicación las disposiciones emanadas de la autoridad suprema en circunstancias análogas a la presente disposición, que constituyen la base de la actual legislación de beneficencia. Al efecto es indispensable que tengan cumplimiento las instrucciones de 30 de marzo de 1849, la circular de 28 del mes y año expresados, y particularmente los párrafos 5º y 7º de la misma, la real orden de 24 de agosto de 1834 y todas cuantas medidas vayan encaminadas a tan filantrópico objeto. Para que los resultados sean tan satisfactorios como el Gobierno desea, V.S. consultando el dictamen de las juntas de sanidad y beneficencia de esa provincia, procederá de acuerdo con ellas y a fin de proporcionar a los enfermos necesitados los auxilios y consuelos que reclama la humanidad doliente desvalida. Las visitas en los establecimientos, barrios y casas habitadas por familias pobres; la habilitación de hospitales, casas de socorro y enfermerías donde no los haya; el reconocimiento escrupuloso de las sustancias alimenticias y sobre todo de los artículos de primera necesidad; la destrucción de los focos de insalubridad; la limpieza, ventilación y fumigación de las habitaciones y locales de grandes reuniones de pobres; la completa aplicación en fin, de un buen sistema de higiene pública, exigen mucho celo, mucha actividad, mucha abnegación por parte de los funcionarios que en las provincias representan la autoridad del Gobierno, y este posee la profunda convicción de que sus miras serán secundadas por V.S. con la paternal solicitud propias de sus nobles sentimientos. Las juntas de beneficencia pueden en esta ocasión prestar inapreciables servicios a la caridad pública y privada, para que los enfermos indigentes no carezcan de los alimentos, ropas, medicinas y demás medios que pudieran exigir las circunstancias; pueden asi mismo contribuir con su asistencia, con sus consuelos y reflexiones a producir un cambio favorable en el estado moral de los individuos desvaneciendo temores cuya perniciosa influencia en la salud es origen de desasosiego, cuando no de graves males. En suma, el Gobierno de S.M. espera ver pronta y exactamente puestos en práctica las disposiciones consignadas en la legislación de beneficencia, relativas a la enfermedad reinante, con el doble objeto de evitar la invasión de esta y de disminuir o atajar completamente sus progresos si por desgracia apareciese. De real orden lo digo a V.S. para su inteligencia y cumplimiento.
Lo que he dispuesto se inserte en el Boletín oficial de la provincia para conocimiento de las juntas municipales de beneficencia y sanidad, esperando de su celo el más exacto cumplimiento de la real orden inserta.
Sevilla 28 de agosto de 1854. Manuel Sánchez Silva.
El el Boletín del 8 de septiembre se declaran inconvenientes e ineficaces las incomunicaciones y cordones sanitarios que las juntas de sanidad de algunos pueblos con lamentable inconsideración habían impuesto, a pesar de las repetidas prohibiciones del Gobierno de S.M. ya que con tales incomunicaciones la epidemia no disminuía según mostraba la experiencia, y por el contrario se producía un estado de alarma y carencia de artículos de primera necesidad. Se amenaza con exigir responsabilidades a las juntas que mantuviesen las incomunicaciones, y se restablecen las que unían a Cádiz por mar con Sevilla que estaban interrumpidas para los pasajeros. Se habían visto afectadas las conducciones de presos a causa de estos cordones sanitarios locales. Continúan prohibidas las aglomeraciones de personas en ferias y festejos. Se avisa a los facultativos y personal sanitario que abandonen los pueblos que incurrirán en el real desagrado y quedarán sujetos a las medidas correctivas con que S.M. se propone hacer se castigue tan inconcebible conducta. Se castigará también con mano dura a las autoridades que oculten la invasión del cólera en las poblaciones bajo su mando.
(2a) Precisamente la construcción del cementerio municipal de Castilleja de la Cuesta tuvo su origen en la epidemia de 1854-55. Su obra, sufragada por suscripción voluntaria de los vecinos, comenzó el 2 de mayo de 1855 siendo alcalde José Marín Oliver. Terminóse en un año. Quienes no podían aportar dinero colaboraban con peonadas, con material de ladrillo y mezcla, con herramientas como palas y carrillos de mano, o incluso llevando a los albañiles desayunos, vino o agua para beber. Respuesta popular tan eficaz solo es explicable por el impactante espectáculo durante la epidemia, con los cadáveres que a diario habían de ser inhumados por la vía rápida.
Isla de San Simón
(2b) Ver la entrada anterior: "La corbeta española Ceres, capitán don Luis Pizorno; de Puerto Rico en 44 días, con tabaco y cacao, para Cádiz, entró en cuarentena desde el 18 de septiembre en el Lazareto de Vigo. (El Heraldo, 10 de octubre de 1852)".
Cuando merced al triunfo de las hordas franquistas los jesuitas pudieron volver de sus exilios, el padre Manuel Oliver Perona —tras una estacia en Quito, donde recaló una corta temporada desde Insbruck—, encontró acomodo en la isla de San Simón, convertida en campo de concentración y exterminio por las nuevas autoridades, como "consejero espiritual de los presos", de la mano de otro jesuita, el padre Petronilo Nieto, natural de Vigo y rayano en la psicopatía, un monstruo que oficiaba la misa con la pistola al cinto. De esta forma Franco dio a nuestro paisano la oportunidad de tomarse la revancha y de resarcir su espíritu de los sinsabores y perjuicios que los republicanos marxistas y anarquistas le habían infligido en la Castilleja de entre 1931 y 1936. Allí, en aquella tenebrosa isla, se encontró con varios sevillanos republicanos presos, de Cazallla, Villanueva o Lora del Río.
"Los presos, sometidos a condiciones inhumanas, estaban distribuidos en diferentes pabellones en deficientes condiciones sanitarias y de habitabilidad. En la isla no eran infrecuentes los fusilamientos masivos. Se calcula en cientos los presos políticos muertos, generalmente a manos de falangistas. La isla era considerada uno de los centros penitenciarios más temibles del franquismo. Sólo en el año 1941 fallecieron 250 personas en San Simón.
Todos los supervivientes del campo han mencionado al padre Nieto por su especial crueldad para con los allí detenidos. Era habitual que blandiera una pistola mientras coaccionaba e insultaba a los internos con exclamaciones tales como: «¡Hijos de la Pasionaria! ¡Dinamiteros! ¡Hay que quemaros como se quemó a los judíos!», obligándoles a ir a misa bajo amenaza de muerte. Un guardián del campo relató lo que ocurrió después de un fusilamiento: «Había uno que estaba malherido y agonizando en el suelo, mientras el padre Nieto le decía estas palabras: "Muere, muere, rojo impío", golpeándolo al mismo tiempo con su bastón". (Wikipedia).
El director fue el inspector de prisiones Fernando Lago Bua, conocido como "el traficante de carne humana", antiguo militante del carlismo pontevedrés; el médico forense, Francisco Bustelo, y el jefe de la guarnición, Francisco Rodríguez, alias "El Rabioso", teniente de la Guardia Civil cercano a la Falange. Los tres se dedicaron a chantajear y a extorsionar a las familias de los presos.
"Petronilo Nieto era un xesuíta de Vigo que nos anos da II República promoveu a caridade entre os humildes da cidade para afastalos da loita pola xustiza, conspirando contra réxime até o punto de liderar altercados coas autoridades locais á volta de 1933, colaborando con aquela factoría de reaccionarios agrupados na asociación Martín Codax arredor de Emilio Álvarez “O Reisiño” e que chegou a ser denunciado por outros sectores da propia igrexa aglutinados na revista Galicia Social polo “rabioso sectarismo que impide ao sacerdote entregar uns donativos destinados ao refuxio nocturno”. Era o verán de 1936, e como lembraba o comunista redondelán Manuel Barros, acudía ao frontón de Vigo para trasladar detidos ao campo de concentración de San Simón, “e alí o Padre Nieto deunos un discurso dicindo que na illa había que ir á misa. Que o que non fose a misa que llo dixera porque a el mesmo lle daba matar a un que a cen, sacando a pistola nese momento, porque dicía el canto máis mate, máis honores teño”. O Padre Nieto, outro verdugo en San Simón. Nòs Diario, 2 de septiembre de 2018.
Conducción de presos republicanos al campo de concentración de la Isla de San Simón
Carnet de jesuita de Manuel Oliver Perona. Llave universal para sortear la espesa red de controles policiales tejida en todo el territorio nacional de postguerra, y para obtener favores de todo tipo, desde comidas hasta hospedajes.
Atardecía la década de los años sesenta del siglo pasado cuando quien esto escribe —desertor de una escuela militar— y un salmantino —desertor de un seminario— andaban un claro día por la carreterita sinuosa que bordeaba la orilla escarpada de la ría de Vigo. Barbas, melenas, flautas al cinto, librito de poesías en el bolsillo, viejas mochilas a las espaldas y muchas ganas de ver mundo, ante ellos se desplegaba el confín de este brazo de océano en cuyo seno se halla la isla que fuera antiguo lazareto. La bajamar hacía emerger extensos bancos de arena en los que millares de gaviotas descansaban de su actividad pesquera. La paz de aquellas dulces escenas gallegas era un sedante, el espíritu se elevaba fuera de la mezquina y cotidiana realidad. Los pueblecitos costeros dormían su sueño leve reflejado en las aguas quietas que surcó el Nueva Ceres de regreso de Puerto Rico. Travieso, desde cierta altura plena de verdor vegetal que dominaba el panorama, el ex-seminarista da una sonora palmada que suena en la atmósfera limpia y serena como un disparo, y las aves sorprendidas levantan el vuelo que se desmenuza en infinidad de partículas de blancos aleteos fragorosos, revuelta nevada con estruendo sinfónico de graznidos que todo lo llena y colma. Una nube viva y grandiosa que girando sobre sí misma un par de veces, vuelve de inmediato a posarse blandamente sobre la alba arena lisa. Al minuto siguiente, como si aquel universo avícola hubiese perdonado el estúpido atrevimiento que lo alarmó, todo regresa a la quietud fotográfica del inmenso, del dorado día atlántico.
Creo recordar en nuestras espaciosas y calmas conversaciones de vagabundos haber oido del salmantino alguna alusión al campo de concentración que fue San Simón, pero lo cierto es que yo por aquel entonces desconocía las andanzas y aventuras del jesuita Manuel Oliver, y mucho menos su participación por activa o por pasiva en aquellas brutalidades crueles. Hoy la documentación me brinda el poder recomponer, siquiera mentalmente en el recuerdo, con las nuevas piezas que van surgiendo en el camino de la investigación histórica, el puzzle de aquel panorama que se me antojó paradisíaco y pletórico de poesía, belleza y delicadeza, pero que como una manta perfumada y colorida, suave y cálida, escondía mucho sufrimiento, mucha sangre, y dolor, y lágrimas.
Cayendo ya la noche, en las amplias plazas de los pueblecitos costeros pálidos bajo las estrellas las mujeres de los pescadores, con sus sencillos vestidos oscuros y su gentil afabilidad, nos socorren con platos rebosantes de sardinas asadas y de gruesas y carnosas cerezas, mientras los guardias civiles, de lejos y rezongando entre ellos, no nos quitan los ojos siniestros de encima.
(2c) El cura de la parroquia de Santiago José del Castillo solicitó al Ayuntamiento del pueblo un certificado que acreditase su modélica conducta durante la epidemia a fin de hacerlo constar en forma donde fuese conveniente a sus intereses:
"Se da cuenta de dos instancias, una del presbítero don José del Castillo, cura de la parroquia de Santiago de esta Villa, y otra de don Juan Antonio Moreno, maestro sangrador*, vecino de la misma, solicitando un documento que acredite que durante la calamitosa epidemia última han permanecido constantemente en la población sin haberse ausentado un momento de ella, atendiendo al cumplimiento de sus respectivos deberes. Enterada la corporación, por unanimidad dijeron que don José del Castillo después de no haberse ausentado jamás del pueblo desde que tomó posesión del curato que tan dignamente desempeña, en la pasada época epidémica del cólera morbo nunca se ausentó de la población, hallándose siempre él presente a prestar y confortar pronto a los individuod acometidos por tal dolencia los auxilios espirituales de Nuestra Religión, ejerciendo estos actos con mansedumbre [...] llevando al lugar doméstico y desconsolador de las familias el consuelo [...]". Actas Capitulares de 1854. Archivo Municipal.
* Para intentar aliviar a los coléricos se les solían aplicar numerosas sangrías, nada más contraproducente en situaciones de deshidratación al añadirse a la abundante pérdida de líquidos la extracción continua de sangre. De tal manera que muchos murieron más por desangramiento que por el bacilo vibrio cholerae en sí. Los enfermos acudían a las letrinas casi continuamente, 30 ó 40 veces al día: "vivían pegados a ellas". Las propias reacciones químicas desequilibradas en sus organismos les impedía hidratarse por vía oral, ya que cuando intentaban ingerir agua u otro cualquier líquido se producía la instantánea e inmediata reacción violenta del vómito exhaustivo.
(2d) "Alejandro Olivan y Borruel (1796-1878) aragonés de familia noble, fue político y jurista, ministro de Marina en tiempos de Isabel II. Publicó un Manual de Economía Política, un Manual completo de Lectura y una Aritmética, entre otras obras. Enseñaba en su Cartilla Agraria —extracto de una obra mayor adaptado para niños— por el sistema de preguntas y respuestas". Historia de los apellidos, 21v. Julio de 2020*. Olivan consideraba el abono humano el de mejor calidad de todos, y describe cómo se colocaba encima del estercolero de los animales una garita de letrina para enriquecerlo.
En la Cartilla Agraria de Olivan se enseñaba a los niños de Castilleja: "P.— ¿Cómo se gradúa la riqueza de los abonos? R.—Generalmente por la cantidad de materia animalizada que contienen. Por eso se estiman más los excrementos humanos que los estiércoles, estos más que las plantas enterradas en verde, y las materias salitrosas más que otras entre los minerales".
El comercio con abono de origen humano es tan viejo como el mundo, y tuvo un gran apogeo en la China milenaria. En nuestro siglo XXI se intenta un resurgimiento de esta práctica en la agricultura ecológica.
* Abundando en el contenido de la biblioteca de los escolares de Castilleja de la Cuesta que referíamos en esta citada entrada, se muestran todos los libros aprobados por Su Majestad en 30 de junio de 1848 (Boletín Oficial de la Provincia de Sevilla, 6 de septiembre de 1848):
Religión y Moral.
Catecismo de la Doctrina Cristiana, compuesto por el P. Ripalda: cotejado y corregido de orden superior por don José Mariano Vallejo.
Catecismo Cristiano con un compendio de la Historia Sagrada, por don Francisco Pareja de Alarcon.
Catecismo de la Doctrina Cristiana y compendio de la Historia Sagrada, compuesto por el pro. don José Díaz de Baeza.
Catecismo de la Doctrina Cristiana, publicado en frencés por el arzobispo de Cambray, precedido de un compendio de Historia Sagrada y traducido por D.A.P.
Catecismo histórico o compendio de la Historia Sagrada y de la Doctrina Cristiana, compuesto por el abad de Fleuri y traducidoi para utilidad de la juventud.
Catecismo histórico de Fleuri. Novísima edición, aumentada la Historia Sagrada con un resumen en verso.
El Fleuri, catecismo histórico escrito en verso.
Catecismo sobre los fundamentos de la Fé, por Aimé y traducido por don Juan González.
Compendio de la Historia Sagrada, traducción de la señorita Pulido y Espinosa.
Id. id. id. por Ignacio Calonge y Pérez.
Historia Sagrada contada a los niños, traducida por D. Manuel González Vara.
Historia Sagrada y del pueblo hebreo, por el general Aristizabal.
Epítome del Antiguo y Nuevo Testamento, traducción de don Juan Manuel Grajo, pro.
Compendio de religión, por don Ángel Herreros y Mora.
Doctrina Cristiana, escrita por el pro. D. Julian González de Soto.
Lectura. Métodos.
Nueva Cartilla para enseñar y aprender a leer, por D. José Mariano Vallejo.
Clave y reglas para aprender a leer, por el mismo.
Teoría de la Lectura, o método analítico, por id.
Cuadernos de Lectura, por D. Joaquín Avendaño y D. E. Fernández.
Silabario de D. Vicente Naharro.
Método práctico de enseñar a leer, por el mismo.
Ejercicios silábicos, por D. E. Eguilaz.
Libro primero de la niñez, por D. B. A. de Lopetrau.
Nuevo silabario, de Mondejar.
Nueva Cartilla, por D. A. Audet.
Silabario, de Hernando.
Nuevo Silabario, por D. Manuel Rodríguez Escobar.
Principios metódicos para enseñar a leer, por id.
Método práctico elemental, por Don Manuel Benito Carrera.
El director de la Juventud, por D. T. Ballester Belmonte.
Complemento al Manual de Lectura, por D. A. Beltrán.
Primeros elementos del idioma castellano, por los directores del Instituto de Sordo-mudos de Barcelona.
Rudimentos de Ortología castellana, por D. J. Codias.
Manual de los Párvulos, por D. José María Sesma.
Ortología y Diálogos de Caligrafía, por Torio.
Libros para ejercitarse en la lectura.
El libro de los Niños, por Martínez de la Rosa.
Lecciones escogidas, por el P. Pascual Suárez.
Ejemplos morales, por D. Juan Rubio.
El Tesoro de los Niños, traducción de Don Enrique Ataide y Portugal.
Las Páginas de la Infancia, por D. Ángel María Terradillos.
El Evangelio para los niños, traducción del mismo.
Juanito, obra de educación traducida por D. Mariano Torrente.
El Amigo de la Infancia, traducción de Don Luis Bordas.
Precioso curso de moral infantil, traducción de D. Felipe Antonio Macías.
El Abuelo, obra de educación traducida por un español amante de su patria.
El Buen Fridolin y el Pietro Thierry, traducción de D. Fernando Beltrán de Lis.
Los Seis Días, por D. Andrés Vallejo.
Guía de la Infancia, por D. Eugenio de Tapia.
Educación de la Juventud, traducida por el pro. Don Leandro Tovar y Arciro.
Educación de la Infancia, por D. José Menendez.
El Padre nuestro de Fenelon, traducido por D. G. del Valle.
El Genio de la Educación, por D. Gerónimo López Cerain.
Escuela del Ciudadano español, por D. Lorenzo Alemany.
El Libro de mis Hijos, por D. A.C.J.C.
Himnos en prosa para niños.
La Moral en acción, traducido del francés por D. Antonio García Almarza.
El Maestro de sus Hijos, o sea la educación de la Infancia, traducción del francés.
El Amigo de los Niños, escrito en francés por el Abate Sabattier. Nueva traducción.
Id. id. id., traducido por D. Juan de Escoiquiz.
El Amigo de la Infancia, traducción de P.R.S.
Cuentos morales para la instrucción de niños de ambos sexos, traducidos del francés por D. C.A.P.
Cuentecitos para niños y niñas, traducidos del francés por D. Juan Bautista Fosis y Gual.
Devocionario y ejercicio cotidiano, por el presbítero D. Julian de Soto.
Confesión y comunión, tratado puesto al alcance de los niños, por un sacerdote amigo de la juventud.
Consejos a las niñas, por D. Benito García de los Santos.
El Libro de las Niñas, por D. Joaquín Rubio y Ors.
Pensil de las Niñas, por D. José Codina.
Fábulas de Iriarte.
Ídem de Florian, traducidas por D. José Fernández de la Vega Potan.
La Moral en verso, por D. José Codina.
Colección de trozos selectos de los más célebres escritores castellanos, tanto en prosa como en verso, por D. L.Q.S. (Se concluirá).
El sueldo que correspondía al maestro de la escuela gratuita de niños de Castilleja ascendía a 2.000 reales, y el de la maestra de la escuela gratuita de niñas, a 1.334 reales. En cuanto a precios del material escolar, en el Archivo Municipal de nuestra Villa se encuentran algunas referencias: "Por tres resmas de papel para niños, gratuitas, 102 reales; por seis macillas de plumas para los mismos, 12; por doce litros de tinta, 36 reales; por dos docenas de doctrinas de Ripalda, 12; por una docena de catecismos Heuri, 24 reales; por una docena de Juanito o Quijote, 48 reales; por ocho ejemplares Agricultura por Oliván (v.s.), 48 reales; por media docena de cuadernos litografiados, 18; por media docena de gramáticas por Herrans, 18 reales; por un reloj de campana, 200 reales; por un estante para los libros y papel de escribir, 140 reales; por un libro para las visitas del señor inspector, 20 reales. Importan los gastos útiles, 714 reales de vellón".
En la parroquia de la Inmaculada, a cargo del cura Antonio García de la Reguera, murieron:
—Manuel Oliver Acosta, soltero de 19 años de edad, jornalero, hijo del trajinero Juan Oliver Negrón y de María de los Dolores Acosta, murió el día 20 de agosto de 1854 de "cólera asiático" según declaración del facultativo. Testigos, José Marín Oliver y Diego Rosales Durán, labradores. Su hermano Francisco Oliver Acosta, soltero, de 27 años y 11 meses de edad, había fallecido el 2 de julio de 1853, de tisis laríngea. Este servía entonces en la Guardia Civil. Testigos, Rafael Jiménez y Juan Chávez Caro, labradores.
—María Josefa Santiago Chávez, de 50 años de edad, hija de Juan Santiago e Isabel Ramos, difuntos, casada, falleció el día 23 de agosto de 1854 de "cólera asiático", testigos, ídem.
—José María Adorna, párvulo de año y medio, hijo de Antonio Adorna Ruiz y de María Francisca Camacho, murió de "cólera asiático" el 25 de agosto de 1854. Testigos, Antonio Chávez Caro y Manuel López Oliver, jornaleros.
—Juan Cabrera Márquez, soltero de 27 años de edad, hijo de Juan Cabrera Bracho y de Josefa Márquez Núñez, falleció de "cólera asiático" el 31 de agosto de 1854. Testigos, Diego Rosales Durán y Ramón Navarro, de ejercicio trajineros.
—María de la Concepción Luque, casada, de 48 años, hija de Juan de Luque y de Andrea Prieto, difuntos, falleció de "cólera asiático" el 1º de septiembre de 1854. Testigos, Antonio Chávez Caro y Manuel López Oliver, jornaleros.
—María del Carmen Márquez Núñez, viuda, de 65 años, hija de José Márquez García y de Manuela Núñez Payán, difuntos, falleció el 1º de septiembre de 1854 de "cólera asiático". Testigos, Francisco Chávez Valbuena y Antonio Chávez Caro, jornaleros.
—Manuel Gutiérrez, párvulo de año y medio de edad, hijo de Manuel Gutiérrez, trajinero, y de María de los Dolores Picón, natural de Rociana. Falleció el 2 de septiembre de 1854 de "cólera asiático". Testigos, Antonio Chávez Caro y Francisco Valbuena Chávez, jornaleros.
—Josefa Oliver López, casada, de 54 años, hija de José Oliver, jornalero, y de María Luisa López, difunta. Falleció el 3 de septiembre de 1854 de "cólera asiático". Testigos, Antonio Chávez Caro y Manuel Oliver López, jornaleros. Josefa era hermana del capitán Francisco Oliver, quien ya por fin se encontraba en Castilleja tras cumplir su extensísimo servicio miliitar durante la guerra carlista y en Puerto Rico.
—José Negrón Luque, de 11 años de edad, hijo de José Negrón, jornalero, y de María de la Concepción Luque, difunta. Falleció el día 25 de septiembre de 1854 de "cólera asiático". Testigos, Antonio Chávez Caro y Francisco Chávez Valbuena, jornaleros.
Y en la parroquia de Santiago, a cargo del cura José del Castillo, murieron:
—María de la Candelaria Ricat, natural de Sevilla, viuda de segundas nupcias de Antonio Aliron, sirvienta, de 63 años de edad, hija de Francisco Ricat y de Catalina Hernández. Falleció el 5 de agosto de 1854 de "cólera". Testigos, Antonio y Florencio Oliver, hermanos. (Nota al margen: "En este día se declaró el cólera, y todos los entierros son de limosna, prohibiéndose el doblar por el Alcalde").
—Lucía Díaz, natural de Mula, mujer de Cristóbal Armesto, de 51 años, hija de Roque Díaz y de María Martínez. Falleció el 8 de agosto de 1854 de "cólera". Testigos, los hermanos Antonio y Florencio Oliver.
—Dolores Reina, natural de Sevilla, de 5 años de edad, hija de Nicolás Reina y de Carmen Salería, vecinos de Triana, jornaleros. Falleció de "cólera" el 11 de agosto de 1854. Testigos los hermanos Antonio y Florencio Oliver.
—Juan Antonio Chávez, de 2 años, hijo de Francisco Chávez y de Dolores Rosales, jornaleros. Falleció de "cólera" el 13 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Juan Antonio Pinto, natural de Salteras, viudo de Catalina Rosales, de 75 años de edad, de oficio zapatero, hijo de Juan Pinto y de María Rodríguez. Falleció de "cólera" el 14 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María del Rocío Arellano, natural de Valencina, mujer de José de los Santos, de 50 años, hija de Juan Arellano y de María Real. Falleció de "cólera" el 16 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Dolores Espinosa, mujer de José Veloso, de 24 años, hija de José Espinosa y de Rosalía Cabrera. Falleció de "cólera" el 17 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Antonio Tovar, soltero de 20 años de edad, hijo de Agustín Tovar y de María Luque. Falleció de "cólera" el 17 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Bibiana Ortíz, párvula de un año de edad, hija de Francisco Ortíz y de Francisca Rosales Durán. Falleció de "cólera" el 17 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Dolores Rosales Durán, mujer de Francisco Chávez, de 40 años de edad, hija de Francisco Rosales y de Ángela Durán. Falleció del "cólera" el 18 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Clemente Chávez, párvulo de 9 meses, hijo de Francisco Chávez y de Dolores Durán. Falleció de "cólera" el 18 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—José María Adorna, párvulo de 2 años y medio, hijo de Antonio Adorna y de Dolores Cabrera. Falleció el 19 de agosto de 1854 de "cólera". Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María de los Dolores Oliver Acosta, mujer de Francisco de Vega, de 35 años, hija de Juan Oliver y de Dolores de Acosta. Falleció de "cólera" el 20 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María de la O, párvula de 7 años, hija de Antonio Adorna y de Dolores Cabrera. Falleció de "cólera" el 21 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María del Carmen Caro, mujer de Francisco de Paula Ramos Castro, de 38 años de edad. Falleció de "cólera" el 21 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Isabel Gutiérrez, párvula de 4 años, hija de Francisco Gutiérrez y de Manuela García. Falleció de "cólera" el 22 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Manuela Jiménez, de 9 años, hija de Juan Andrés Jiménez y de Manuela Quiroba. Falleció de "cólera" el 22 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María del Carmen Tovar, mujer de Pedro Ortiz, de 50 años de edad, hija de Fernando Tovar y de María de la Concepción. Falleció de "cólera" el 23 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Josefa Pacheco, viuda, de 45 años de edad, hija de Juan Pacheco y de Josefa Luque. Falleció de "cólera" el 23 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Patrocinio Espinosa, de 10 años de edad, hija de José Espinosa y de Rosario Cabrera. Falleció de "cólera" el 24 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Josefa de la Palma, párvula de 9 años de edad, hija de Sebastián de la Palma y de María Caro. Falleció de "cólera" el 24 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—José María Daza, párvulo de 6 años, hijo de Justo Daza y de María Josefa Polvillo. Falleció de "cólera" el 25 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María García, soltera, de 48 años, hija de Francisco García y de Francisca Pavón, vecinos de Sevilla. Falleció de "cólera" el 25 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—José Veloso, párvulo de 2 años de edad, hijo de José Veloso y de Dolores Espinosa. Falleció de "cólera" el día 25 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María del Carmen Torres, mujer de José Polvillo, de 45 años, hija de Antonio Torres y de Francisca de la Palma. Falleció de "cólera" en 25 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Francisco Vázquez, viudo, de 75 años, hijo de Juan Vázquez y de María (en blanco). Falleció de "cólera" el 26 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Manuel Cabrera, párvulo de 6 meses, hijo de José Cabrera y de Ana Cabrera. Falleció de "cólera" el 26 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María Antonia Tovar Negrón, mujer de Pedro Polvillo, de 56 años de edad, hija de Fernando Tovar y de Josefa Negrón. Falleció de "cólera" el 26 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María de la Concepción García, párvula de 6 años, hija de José García y de María del Carmen Tovar. Falleció de "cólera" el 27 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Pedro Ortiz Montaño, viudo, de 77 años, hijo de Pedro Ortiz y de María Montaño. Falleció de "cólera" el 27 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Ana López, soltera, de 60 años, hija de Ramón López y de María Navarro. Falleció de "cólera" el 27 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—José de Luque, marido de Francisca Ortiz, de 60 años, hijo de José de Luque y de Sebastiana Cabrera. Falleció de "cólera" el 28 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Dolores Luque, soltera de 30 años de edad, hija de José de Luque y de Francisca Ortiz. Falleció de "cólera" el 28 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Francisca Ortiz López, de 56 años, viuda de José de Luque, hija de Gregorio Ortiz y de Antonia López. Falleció de "cólera" el 29 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Paulo Leal, párvulo de 3 años, hijo de Juan Manuel Leal y de Matilde Oyega. Falleció de "cólera" el 29 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Dolores Chávez, de 10 años de edad, hija de Manuel de Chávez y de Isabel Sivianes. Falleció de "cólera" el 29 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—José Cabrera, párvulo de 6 meses, hijo de José Cabrera y de Ana María Oliver. Falleció de "cólera" el 30 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María de los Dolores Cabrera, de 2 años de edad, hija de José Cabrera y de Ana María Oliver. Falleció de "cólera" el 30 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver. Hermana del anterior.
—Ana María, de 30 años, mujer de José Cabrera Márquez e hija de Manuel Cabrera González y de María de la Concepción Oliver. Falleció de "cólera" el 30 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María del Rocío Tovar López, de 40 años, mujer de Juan Esteban Carmona e hija de Juan Tovar y de Elena López. Falleció de "cólera" el 30 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Ana María Cabrera, párvula de 5 años de edad, hija de José Cabrera Márquez y de Ana María Oliver. Falleció de "cólera" el 31 de agosto de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Gregorio Villanueva, natural de Castilla, de 30 años, casado, hijo de Jerónimo Villanueva y de Teresa García, naturales de Castilla. Falleció de "cólera" el 1 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—José María Cabrera, párvulo de un año, hijo de Juan Cabrera y de Trinidad Cabrera. Falleció de "cólera" el 1 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Mercedes Sivianes, párvula de un año, hija de Francisco Sivianes y de María Negrón. Falleció de "cólera" el 1 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Estrella, niña expósita de Sevilla al cuidado de Francisco García. Falleció de "cólera" el 2 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Isabel Chávez, de 13 años de edad, hija de Manuel Chávez y de Isabel Sivianes. Falleció de "cólera" el 2 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Manuel Chávez, párvulo de 4 años, hijo de Manuel de Chávez y de Isabel Sivianes. Falleció de "cólera" el día 2 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver. Hermano de la anterior.
—Luisa Villadiego, de 16 años, hija de José Villadiego y de Francisca Oliver. Falleció de "cólera" el 2 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Antonio Cabrera, de 61 años, marido de Luisa Ruiz Prieto e hijo de Luis Cabrera y de Juana Ortiz. Falleció de "cólera" el 3 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Josefa de Chávez, párvula de 2 años, hija de Manuel de Chávez y de Isabel Sivianes. Falleció de "cólera" el 3 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María Josefa Cabrera, párvula de 3 años, hija de Juan Cabrera y de María de la Trinidad Cabrera. Falleció de "cólera" el 3 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María Belén Cabrera García, de 7 años de edad, hija de Juan Cabrera y de Francisca García. Falleció de "cólera" el 3 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María de los Reyes García, párvula de un año, hija de José García y de Carmen Tovar. Falleció de "cólera" el 3 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María de la Trinidad Cabrera, de 34 años, mujer de Juan Cabrera, hija de Antonio Cabrera y de Luisa Ruiz. Falleció de "cólera" el 4 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María Montaño, de 60 años, mujer de Ángel de Castro e hija de Manuel Montaño y de María de la Rosa. Falleció de "cólera" el 4 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María Josefa Márquez, viuda de 58 años de edad, hija de Francisco Márquez y de María Torres. Falleció de "cólera" el 4 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Josefa Tovar López, de 44 años, mujer de Juan Baito e hija de Juan Tovar y de Elena López. Falleció de "cólera" el 5 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Juan Tovar Cabrera, párvulo de 6 años, hijo de Francisco Tovar Chávez y de Ana María Cabrera. Falleció de "cólera" el 6 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Encarnación Perona, soltera de 28 años, hija de Juan Perona y de Dolores Tovar. Falleció de "cólera" el 6 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Antonio Marín Márquez, soltero de 70 años de edad, hijo de Antonio Marín y de Inés Márquez. Falleció de "cólera" el 6 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Francisco Villadiego, de 13 años, hijo de José Villadiego y de Francisca Oliver López. Falleció de "cólera" el 6 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver. Era sobrino carnal del capitán Francisco Oliver por parte de madre.
—Juan Navarro, soltero de 26 años de edad, hijo de Ceferino Navarro y de Antonia de la Palma. Falleció de "cólera" el 8 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Pedro Polvillo, viudo de 60 años de edad, hijo de Lorenzo Polvillo y de María Piqueras. Falleció de "cólera" el 8 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Francisco Martín Mendoza, párvulo de un año, hijo de Juan Martín y de Manuela Mendoza. Falleció de "cólera" el 9 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Antonio Martín, párvulo de 3 años, hijo de Juan Martín y de Manuela Mendoza. Falleció de "cólera" el 9 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver. Antonio era hermano del anterior.
—Antonio Quiroga, de 40 años, marido de Rosa Sánchez, hijo de Manuel Quiroga y de Manuela Ortiz. Falleció de "cólera" el 10 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María del Coral Pacheco, de 17 años, hija de Diego Pacheco y de María Aguilar. Falleció de "cólera" el 12 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Manuela García, viuda de José Tovar, de 72 años, hija de Diego García y de María de la Rosa. Falleció de "cólera" el 12 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Lutgarda Cano, mujer de Manuel Rodríguez e hija de Manuel Cano y de Ana Rosas. Falleció de "cólera" el 14 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Teresa Ballesteros, párvula de 2 años, hija de José Ballesteros y de María Morón. Falleció el 16 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Juan Antonio Adorna, párvulo de 2 años, hijo de Francisco Adorna y de Gertrudis Luque. Falleció de "cólera" el 16 de septiembre de 1854. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
Parece ser que con la temporada de lluvia remitió la epidemia. En el verano siguiente se registró otra muerte por cólera:
Parroquia de Santiago.
—Juan Antonio Rodríguez, natural de Valverde y vecino de Olivares, de 31 años, de oficio barbero, marido de Manuela Salgao (sic), se ignora de quienes fuera hijo, se hallaba de paso por esta Villa, falleció de "cólera" el 10 de junio de 1855. Testigos, Manuel y Antonio Oliver.
Al siguiente verano otras seis muertes por la misma causa, también en la parroquia de Santiago.
—Francisca de Paz, mujer de Diego Montaño, hija de Manuel Paz y de María Ponce. Falleció de "cólera" el día 28 de de junio de 1856. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—María Elena, párvula de 16 meses hija de Francisco Adorna y de María Gertrudis Luque. Falleció de "cólera" el 7 de julio de 1856. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Gertrudis Torres, de 60 años, mujer de Francisco de Luque e hija de Antonio Torres y de María Josefa Vallecillo. Falleció de "cólera" el día 8 de julio de 1856. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
—Manuel Fernández Ochoa, de 66 años, militar retirado, marido de Ana María Oliver López, hijo de Francisco Fernández, natural de San Bernardo, y de Isabel Ochoa, natural de Sevilla, de oficio conocedor de ganado. Falleció de "cólera" el 16 de julio de 1856. Testigos, Antonio y Florencio Oliver. Hizo testamento ante el escribano Esteban Velasco. La mujer del fallecido era hermana del capitán Francisco Oliver.
—Antonio Villadiego, párvulo de 7 años, hijo de Joaquín Villadiego y de María de los Dolores Márquez. Falleció de "cólera" el 18 de julio de 1856.
—María de la Concepción Tovar Márquez, viuda de 60 años de edad, hija de Juan Tovar y de María Márquez, difuntos. Falleció de "cólera" el 18 de julio de 1856. Testigos, Antonio y Florencio Oliver.
De este último año hay una partida de fallecimiento probablemente por suicidio, que recuerda la relación directa que había entre la filtración de los pozos negros y la contaminación de los pozos de agua potable (v.s.):
Ángel de Castro, viudo. Como cura que soy de la Iglesia Parroquial del Sr. Santiago de esta Villa de Castilleja de la Cuesta, mandé dar sepultura el el día de la fecha al cadáver de Ángel de Castro, viudo de María del Carmen Montaño, de oficio tabernero, que fue hallado en la noche del primero de este, ahogado, en el pozo de su casa. Testigos, las Justicias de este pueblo. Y para que conste lo firmo en dicha Villa a 2 de febrero de 1856. José del Castillo.
He dicho por suicidio probablemente. Aunque la falta de más documentación me obliga a no decartar que el viudo Ángel estuviese limpiando un pozo negro y resultase afectado por el venenoso monóxido de carbono. En este caso "con el pozo de su casa" se refería el cura Castillo al pozo negro, y con "ahogado" a asfixiado.
(3) Hija de Margarita Shelly MacCarthy y nieta de Cornelio Shelly O´Ryan y de su primera esposa, María MacCarthy O´Herm. Con la segunda, María Commenford Stapleton, tuvo Cornelio a nuestro Ricardo, el futuro capitán general de Andalucía.
Caricatura de Bulwer. Cromolitografía por Carlo Pellegrini, en Vanity Fair del 27 de agosto de 1870.
El otro personaje protagonista de los hechos de mayo de 1848, opuesto políticamente al capitán general Shelly —y más inteligente e intelectual que él—, era, como dijimos, Enrique Lytton Bulwer (1801-1872). Hijo de un general de noble familia, estudió en Cambridge, se alistó en 1824 en el antiguo regimiento de los Life Guards del ejército británico hasta que entró en el servicio diplomático en 1827. "Bulwer was sent to Madrid in November 1843 and served there until Narváez instructed him to leave in 1848, after being accused of implicating liberal risings against the former's conservative government. By now a diplomatic embarrassment in Europe, the British government formally showed its support of Bulwer by making him a KCB that year, but sent him far from Europe, to Washington a year later". (Wikipedia). KCB significa Caballero Comandante de The Most Honourable Military Order of the Bath (Caballeros del Baño, por el que se les imponía como símbolo de purificación en la ceremonia de ingreso).
En 1854 retornó de su puesto de embajador en Italia debido a su mala salud, y se separó de su esposa, nieta del duque de Wellington, aunque tres años después en la embajada del Imperio Otomano se volvieron a unir. No tuvieron descendencia. Bulwer murió de repente en Nápoles, a los 71 años de edad, mientras regresaba a Inglaterra desde Egipto sumamente empobrecido ya que su capital era inferior a 5.000 libras. Entre la obra escrita que dejó, se cuentan France, Social, Literay, Political, (1834), y The Monarchy of the Middle Classes. France, Social, Literary, Political, Second Series, (1836), en las cuales se refiere repetidas veces a los Orleans.
La Reina ha tenido el placer de enviar Carta de Patente para ser efectuada bajo el Gran Sello otorgando la dignidad de Baron del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda al Muy Honorable Sir William Henry Lytton Earle Bulwer, G.C.B., y a los herederos varones de su familia engendrados legalmente, con el nombre, estilo y título de Baron Dalling y Bulwer, de Dalling en el condado de Norfolk. The London Gazette, March 21, 1871.
"On the 14th of November 1843 he was appointed ambassador at the court of the young Spanish queen Isabella II. Upon his arrival at Madrid signal evidence was afforded of the estimation in which he was then held as a diplomatist. He was chosen arbitrator between Spain and Morocco, then confronting each other in deadly hostility, and, as the result of his mediation, a treaty of peace was signed between the two powers in 1844 (1). In 1846 a much more formidable difficulty arose,—one which, after threatening war between France and England, led at last to a diplomatic rupture between the British and Spanish governments. The dynastic intrigues of Louis Philippe were the immediate cause of this estrangement, and those intrigues found their climax in what has ever since been known in European annals as the Spanish Marriages (2). The storm sown in the Spanish marriages was reaped in the whirlwind of the February revolution. And the explosion which took place at Paris was answered a month afterwards at Madrid by a similar outbreak. Marshal Narvaez thereupon assumed the dictatorship, and wreaked upon the insurgents a series of reprisals of the most pitiless character. These excessive severities of the marshal-dictator the British ambassador did his utmost to mitigate. When at last, however, Narvaez carried his rigour to the length of summarily suppressing the constitutional guarantees, Bulwer sent in a formal protest in the name of England against an act so entirely ruthless and unjustifiable. This courageous proceeding at once drew down upon the British envoy a counter-stroke as ill-judged as it was unprecedented. Narvaez, with matchless effrontery, denounced the ambassador from England as an accomplice in the conspiracies of the Progressistas; and despite his position as an envoy, and in insolent defiance of the Palmerstonian boast, Civis Britannicus, Bulwer, on the 12th of June, was summarily required to quit Madrid within twenty-four hours. Two days afterwards M. Isturitz, the Spanish ambassador at the court of St James’s, took his departure from London. Diplomatic relations were not restored between the two countries until years had elapsed, nor even then until after a formal apology, dictated by Lord Palmerston, had been signed by the prime minister of Queen Isabella. Before his return the ambassador was gazetted a K.C.B., being promoted to the grand cross some three years afterwards. In addition to this mark of honour he received the formal approbation of the ministry, and with it the thanks of both Houses of Parliament". Encyclopaedia Britannica, 1911.
Bulwer empleó sus capacidades literarias en un tema tan hispánico como la conquista de Granada, sobre la cual escribió una novelita con tal título —La Conquista de Granada— prologada con una crónica que sobre todos los sucesos anteriores hizo Washington Irving, y traducida por la señorita doña Margarita López de Haro, cuya edición ilustrada con láminas sueltas vio la luz en Madrid en 1860. Irving menciona al maestre de Santiago don Alonso de Cárdenas cuando se reunió en Antequera en marzo de 1483 con otros caballeros andaluces para intentar parar los pies al intrépido Muley Aben Hazen (3), padre de Boabdil con el que, precisamente, Bulwer acaba su novela:
"—¡Dios es grande! dijo Boabdil, y me reservaba este consuelo en mi aflicción. Tus labios, que nunca me han adulado en el poder, no tienen para mí un reproche en el día de la desgracia.
Boabdil se sonrió. Desde aquel momento todo su porvenir se encerraba en el amor de Amina.
La comitiva caminó lentamente a través de los solitarios desfiladeros, y aquel sitio en que el rey lloró mirando por la última vez a Granada, y en que la fiel y sensible Amina le consoló, se llama todavía El último suspiro del moro".
La obrita de Bulwer, muy bien estructurada y con una trama atrayente, dirigida al público de la Inglaterra decimonónica, es interesante como otra perspectiva que significa del último conflicto importante en la Reconquista de la ya a finales del siglo XV agonizante Al Andalus.
Este embajador británico, que también había hecho alguna incursión en el género literario de terror —como por ejemplo con la novela "La casa embrujada y el cerebro"—, fue prontamente comparado con la epidemia del cólera morbo en la prensa hispana, en concreto en la página 4 de El Heraldo del 1º de noviembre de 1848, en la que a cuenta de una discusión científica sobre el bacilo, el médico y político José Gutiérrez de la Vega escribe una carta en contestación a otra de su colega en ambas actividades Francisco Méndez Álvaro, refiriéndose a los últimos adelantos de la medicina al respecto y a la necesidad de calmar la angustia y el miedo que la población sentía cada vez que se diseminaba una falsa alarma desde la primera epidemia en 1834. Dice José Gutiérrez: "¿Se dirá que los que juntos combatimos las maquinaciones de M. Bulwer, juntos vamos a combatir los estragos del cólera? Esto es lo mismo que considerarnos poco dispuestos a tolerar todo aquello que como la epidemia indiana y el embajador inglés nos parezca pernicioso para nuestra infortunada patria. ¡Ojalá obtengamos los mismos saludables efectos al ocuparnos de aquella que obtuvimos al tratar de este!".
Bulwer como brazo ejecutor y su jefe directo lord Palmerston tuvieron parte muy activa en el negativísimo recibimiento oficial que se había hecho en la corte de Inglaterra a Antonio de Orleans y a María Luisa Fernanda, de manera que los menosprecios reales británicos obligaron a la pareja a marchar a Holanda —y desde ahí a España— (v.i.).
Mientras en Castilleja de la Cuesta y en otros muchos puntos del territorio nacional la epidemia de 1854-55 hacía estragos, en Londres un médico descubría que el origen de los contagios en un barrio de aquella capital estaba en una fuente pública, algo que no se tendría en consideración en España hasta décadas después. Fue el afortunado galeno John Snow (1813-1858), considerado padre de la epidemiología, quien además un año antes había recibido el título de sir después de usar cloroformo para anestesiar a la reina Victoria en el parto de su octavo hijo. Snow tuvo un continuador que ya hemos presentado: "En Castilleja de la Cuesta moriría, en 1885, un experto en la utilización de cloroformo sobre parturientas, que además fue médico nada menos que de Isabel II. Se trataba de Manuel Benjumeda Toscano.
Ha fallecido en Castilleja de la Cuesta (Sevilla) el ilustrado doctor D. Manuel Benjumeda y Toscano, médico de S.M. la reina Isabel II. La Correspondencia de España. 11 de septiembre de 1885". Historia de los apellidos, 21u. Junio de 2020.
"Réplica de la bomba de agua situada muy cerca de la ubicación original, en Broadwick Street (la moderna Broad Street). Fue erigida en 1992 en memoria de John Snow". (Wikipedia).
El peligro de las aguas contaminadas se cernió sobre nuestra Villa hasta bien entrado el siglo XX, habiéndose dado brotes de cólera en dicho siglo a pesar de la popularización de la vacuna y de la forma de abordar la enfermedad. Dos focos, en 1971 y 1979, fueron documentados por Miguel Carrasco Asenjo y Josefina Jimeno Maestro en La epidemia de cólera de 1971. Negar la realidad. Revista de Administración Sanitaria Siglo XXI, y por Ángel Rodríguez Cabezas en Anotaciones descriptivas del último brote epidémico de cólera en España (1979). Isla de Arriarán: revista cultural y científica, respectivamente.
En los años 50 del referido siglo XX se abordó con seriedad el problema de la sanidad del agua de nuestro pueblo construyendo un depósito en mitad del olivar que luego se convertiría en la urbanización Poblado de Rozas, en término de Gines. Quedó prohibido el consumo de agua de los pozos domésticos. El depósito de agua, centro de reuniones veraniegas juveniles de quien esto escribe, se yergue todavía, si bien oscuro por el moho y desconchado por las inclemencias del tiempo y, lo que es peor, estrangulado por los chalés aledaños que han aprovechado para sus jardines hasta el último palmo de terreno. Inútil ya el viejo y querido "depósito de la Barriada", a su lado la empresa de aguas Aljarafesa ha levantado otros dos, carentes ya de la más mínima concesión a alguna arquitectura artística.
El depósito de agua de Castilleja en el año 1959
El depósito de agua de Castilleja ahogado por la pandemia de la especulación urbanística. A su lado, los modernos de Aljarafesa.
El depósito de agua de Castilleja ahogado por la pandemia de la especulación urbanística. A su lado, los modernos de Aljarafesa.
(1) No es verdad que por mediación de Bulwer se firmara un tratado de paz entre Marruecos y España, sino que se firmó debido a la derrota que los alauitas y los argelinos sufrieron en la batalla de Isly. "Otro frente de conflicto se abrió [entre España] con Francia de los Orleans, al apoyar Abd ar-Rahmán el levantamiento que encabezado por Abd al-Qádir se había producido en Argelia contra las presencia francesa en este país. El conflicto acabó, el 14 de agosto de 1844, con la derrota de las tropas marroquíes y argelinas en la batalla de Isly (1a), que dio lugar a la firma del Tratado de Tánger el 10 de septiembre siguiente, por el que el sultán reconocía la presencia francesa en Argelia y prometía la colaboración marroquí en la captura de Abd al-Qádir, captura que se produciría en 1847".
(1a) En pleno reinado de Luis Felipe tuvo lugar esta confrontación, por la que fue nombrado duque de Isly el mariscal Bugeaud (1784-1849), que ejercía el mando de las tropas francesas que habían empujado a Abd el Kebir hacia el oeste. A consecuencia de su derrota, Marruecos firmó el Tratado de Tánger por el que el sultán reconocía la presencia gala en Argelia y prometía colaborar en la captura de Abd el Kebir, quien capitularía formalmente ante los franceses en 1847.
(2) El asunto de los Matrimonios Españoles (Affair of the Spanish Marriages), fue una serie de intrigas entre Francia, España y el Reino Unido en relación con el casamiento de Isabel II y el de su hermana la infanta María Luisa Fernanda en 1846. Este asunto llevó al deterioro de las relaciones entre Francia y Gran Bretaña en los últimos años del reinado de Luis Felipe. Los británicos temían una unión entre las coronas francesa y española desde más de cien años atrás, desde los tiempos de la Guerra de Sucesión (1701-1714), y propusieron sus propios candidatos a los desposorios. El caos en que la España decimonónica estaba sumida empeoró la situación. Circunstancias paralelas coadyuvantes abocaron al final de la monarquía orleanista en Francia en la Revolución de 1848 (v.i.) que instauró la Segunda República Francesa con el presidente Napoleón III —sobrino del I y primo del II— al frente (1848-1852).
(3) Alonso de Cárdenas (1423-1493). Como maestre de Santiago firmó alguna de las renovaciones de una de las Cartas Puebla de Castilleja de la Cuesta redactada en 1370 por el maestre Gonzalo Mexía, concedida a los pobladores que se afincasen en los territorios pertenecientes a la Orden de Santiago en nuestra Villa.Los Reyes Católicos le hicieron entrega de los pendones e insignias de la Orden en 1480. "A la muerte del conde de Paredes en 1477 se iba a elegir a Alonso de Cárdenas como único Maestre, pero la reina Isabel interrumpió el Capítulo de Uclés: `` bien sabedes que el maestradgo de Santiago es una de las mayores dignidades de España y demás de ser grande de rentas y vasallos tiene muchas fortalezas derramadas frontera de los moros y de los otros reinos comarcanos; y por esta causa los reyes mis progenitores muchas vezes tomaron el maestrazgo en administración e lo dieron a hijos suyos e a muchas personas fieles a la casa real, e aunque don Alonso de Cárdenas, comendador mayor de León, que pretende ser Maestre, es persona leal al rey mi señor y a mí, pero agora hemos deliberado que el rey tenga esta dignidad en administración ... ``. Sin ningún disimulo, como decía, se concedió a Alonso de Cárdenas que puediera ser elegido Maestre el mismo 1477 en Azuaga, ``en tanto que diese en cada un año tres quentos [tres millones] de maravedíes para el reparo y bastimento de los castillos que son en la frontera de Granada``. Es decir, que los Reyes aseguran su derecho y después, generosamente, ceden a que la Orden elija al Maestre que bien les servía. Hay que añadir que tras la victoria de Alonso de Cárdenas en Albuera, los reyes ``se holgaron mucho y luego enbiaron al Maestre una carta en que le hizieron merçed de los tres quentos con que era obligado a servirles cada un año``. Daniel Rodríguez Blanco. Santiago y Calatrava en transición (inicios del siglo XVI). Renta y milicia. Universidad de Sevilla.
Doña Elvira, su viuda, dirigió un memorial al prior de San Marcos quejándose por no haber recibido nada de la renta que le había legado su marido. Aprovechó también para pedir licencia para poder hacer testamento. Archivo Histórico Nacional.
Su nieto homónimo fue hecho conde de la Puebla en 1506.
El granadino أبو الحسن علي Abū ul-Ḥasan ʿAlī ibn Saʿad, (1436-1485) fue el penúltimo sultán del Reino nazarí de Granada, padre de Boabdil con Aixa —alma de la resistencia contra los Reyes Católicos— y de otros dos varones con la cautiva cristiana Isabel de Solís, hija del comendador de Martos Sancho Jiménez de Solís, muerto en lucha contra los nazaríes en septiembre de 1471.
(Viene de la entrada anterior). La masacre del Boulevard des Capucines del 23 de febrero de 1848 supuso una inadmisible escalada de la violencia que se había adueñado de París. Un oficial a cargo de soldados en el Ministerio de Asuntos Exteriores impidió el paso a una columna de manifestantes al anochecer. Se produjo un disparo al parecer fortuito. Los soldados comenzaron a disparar, ocasionando 52 muertos y 74 heridos entre los civiles. La masacre instantáneamente creó una situación revolucionaria. Fueron cargados en un carro 60 cadáveres e, iluminados con antorchas, llevados por la multitud que clamaba venganza y pedía armas, hacia las oficinas editoriales de Le National. La reacción popular fue electrizante. Se rompieron ventanas y faroles, se levantaron barricadas y se asaltaron casas en busca de armas. La Guardia Nacional se alineó con la masa. El rey Luis Felipe fue informado hacia las 10 de la noche, mientras el gobierno había hecho dejadez de funciones. En la mañana del 24 la situación había empeorado, con cortes de árboles, arrancamiento de raíles y expropiación de carruajes, esparciendo piedras y cristales rotos por las calles para impedir ataques de la caballería. Los cuarteles estaban bajo amenaza de incendio y se liberaron a los presos de varias penitenciarías, y muchos manifestantes iban ya armados. Etienne Arago y Louis Blanc y los editores de La Réforme dirigían la revuelta. Los estudiantes se unieron a ella. Los soldados se retiraban sin cumplir las órdenes, por lo que el rey intentó una política de conciliación y negocio, prometiendo reformas parlamentarias, pero no había manera de comunicar con el pueblo de París, enardecido por la masacre. Frente a Las Tullerías hubo enfrentamientos con disparos, el rey y sus acompañantes entraron en pánico, pero urgido aquel por la reina, intentó elevar la moral de las tropas fieles con una desesperada revista de armas, a la que acudió montado a caballo con toda pompa y gloria militar, llevando el uniforme de teniente general y acompañado de sus hijos el duque de Nemours y el duque de Montpensier, y demás comandantes y ministros. Se oyeron algunos gritos de ¡viva el rey! pero fueron más los de ¡vivan las reformas! y la cuarta legión insubordinándose rompió filas y rodeó el caballo del monarca. Alarmado, Luis Felipe rompió el cerco y salió a galope hacia el palacio. Intentó hacer otras concesiones, pero fuera decenas de miles de personas gritaban ya pidiendo su abdicación y la proclamación de la república. Urgido por su propio hijo Antonio de Orleans y por otros ministros firmó la abdicación. Salieron precipitadamente del Palacio de las Tullerías hacia la plaza de la Concordia donde les esperaban tres carruajes. Dejaron la ciudad escoltados por un escuadrón de caballería leal, pasaron la noche en el castillo de Dreux y al día siguiente alcanzaron Inglaterra vía Honfleur (6).
Nemours, que había quedado al mando de la tropa en defensa del palacio, lo abandonó a la multitud para evitar un baño de sangre. Las dependencias fueron saqueadas durante toda la tarde del 24 de febrero, quemando el trono real en la plaza de la Bastilla. Ni los cisnes de los jardines se libraron, siendo muertos por los incontrolados. Y el palacio no fue incendiado porque alguien escribió en sus paredes: "Propiedad Nacional. Hospital Civil".
Como última oportunidad para la monarquía, la duquesa de Orleans, esposa del mayor de los hijos del rey, con sus propios hijos —Luis Felipe (7) y Roberto, de 10 y 8 años de edad—, a pie, ofrecían a los representantes de la Cámara de los Diputados una regencia, pero fueron rechazados por los manifestantes que invadían el recinto. La duquesa, el duque de Nemours y sus dos hijos se retiraron a Los Inválidos y, mientras, se formaba un Gobierno Provisional. En tres días Francia pasó de ser una monarquía oligárquica y conservadora a una república democrática y revolucionaria.
Todo aconteció en medio de una crisis económica (1845-1852) magnificada por desarrollos internacionales como el empeoramiento de las relaciones anglo-francesas debido a la boda de Antonio de Orleans con María Luisa Fernanda, las rebeliones en Polonia, la anexación de la República de Cracovia por los Hausburgo violando el Tratado de Viana de 1815, los levantamientos liberales de Alemania e Italia, o las guerras civiles portuguesa y suiza, que habian tenido un fuerte impacto en las finanzas y en las relaciones diplomáticas europeas.
A lo cual ha de añadírsele las malas cosechas de patatas y cereales, las inundaciones y desbordamientos de ríos, los inviernos severos, los desastres navales debido al hielo y a las tormentas que interrumpieron la importación desde América del Norte, el Mar Negro y el Báltico, la sequía y la caída de la ganadería, que llevó a la especulación, al acaparamiento y a disparar la gráfica del desempleo y de la reducción de salarios. (Continúa en la siguiente entrada).
(6) El rey abdicado recaló en Claremont House, mansión del siglo XVIII a un kilómetro al sur de Esher, en Surrey, donde vivió hasta su muerte, y donde habitaron Antonio de Orleans y María Luisa Fernanda tras también abandonar Francia. Como dijimos arriba, las autoridades británicas por medio de Bulwer y de lord Palmerston sobre todo les fueron demostrando a la joven pareja en el día a día que eran personas no gratas. Bulwer, al obtener la embajada en Madrid y conspirar contra la monarquía hispano-francesa, se debió convertir, persiguiéndolos hasta Sevilla, en uno de los fantasmas más obsesionantes de los Montpensier.
(7) Luis Felipe (1838-1894) se casó con su prima carnal la sevillana María Isabel, hija de don Antonio de Orleans y de María Luisa Fernanda.
María isabel de Orleans (1848-1919), que padecería en el vientre de su madre una ajetreada gestación durante la rebelión hispalense de mayo de 1848. Nacida en el palacio de San Telmo y fallecida en Villamanrique de la Condesa, tuvo 8 hijos, entre ellos Luisa Francisca, quien casada con Carlos Tancredo de Borbón serían abuelos maternos de Juan Carlos I de España.





























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