A las 6 de la tarde el secretario fue a notificar a José Fernández Oliver, no hallando en la casa ni a él ni a nadie de su familia, de manera que entregó la citación a la vecina Josefa Luque Sánchez para que se la hiciera llegar. Al siguiente día, 23 de mayo, ante juez, secretario y adjuntos compareció José Jiménez con su procurador José Marín, y como demandado José Fernández Oliver, soltero y mayor de edad, que prometió marcharse de las habitaciones que ocupa tan pronto encuentre a donde trasladarse. Con ello se dió el acto por concluido.
Sentencia. El día 27 de mayo de 1922 el tribunal municipal formado por el juez y los dos señores adjuntos falló lo siguiente: "Que debemos declarar y declaramos haber lugar al desahucio de las habitaciones que ocupan en la casa número nueve de la calle Granada D. Francisco Veloso Vargas y D. José Fernández Oliver, a quienes se apercibirán de lanzamiento si no desalojan dichas habitaciones dentro del término que se diría, e imponiéndoles además las costas de este juicio.
El día 29 el secretario notificó a José Jiménez Gutiérrez en la Calle Real n.º 99, y no hallándolo dió copia a su hermano político don Narciso Rodríguez Rosales para que la hiciera llegar a sus manos.
Luego notificó a José Fernández Oliver, siendo su vecina Josefa Luque Sánchez quien, por estar ausente él, recibió la copia prometiendo entregársela. Seguidamente en la misma casa buscó a Francisco Veloso Vargas, encontrando su habitación cerrada, y Josefa Luque le manifestó que se encontraba fuera de la localidad, por lo que también ella recibió la copia de la notificación para entregársela cuando volviese.
El 8 de junio de 1922 ante el juez y el secretario compareció José Jiménez Gutiérrez, manifestando que al ser firme la sentencia de desalojo contra Francisco Veloso y José Fernández, solicitaba se les diera de plazo 8 días para que abandonaran las habitaciones que ocupaban.
Al no haber los demandados interpuesto recurso de apelación alguno, el juez proveyó que la sentencia se declarara firme. El secretario notificó a las partes, y en el caso de José Fernández —que esta vez se nombra con los apellidos de su madre, José Oliver Jiménez— fué Adela, dicha su madre, quien recibió la notificación por estar el hijo ausente.
El 21 de junio compareció el actor con su procurador y pidió el lanzamiento por haberse agotado el plazo de los 8 días. El juez accedió, "el cual se llevará a efecto sin consideración alguna y a costa de los mismos [demandados]".
En la propia fecha compareció José Jiménez Gutiérrez y dijo que los individuos José Fernández Oliver y Francisco Veloso Vargas habían desalojado las habitaciones que ocupaban, no necesitándose, por tanto, llegar al lanzamiento. Por lo que el juez mandó archivar el expediente.
(1a) Nótese que el tiempo de destierro de Vallina coincide con total exactitud con el conocido como Trienio Bolchevique. Creo, con base en evidentes fundamentos, que la huelga de inquilinos de Sevilla inauguró el periodo denominado por el historiador Juan Díaz del Moral de dicha forma: Trienio Bolchevique. Que fue en el tiempo un aspecto local de la formidable convulsión social que en todo el mundo produjo la onda expansiva de aquella magnificente deflagración revolucionaria ocurrida en Rusia al finalizar la Primera Guerra Mundial. Habitualmente se utiliza la expresión Trienio Bolchevique de forma restringida para referirse a las revueltas, manifestaciones y huelgas que se produjeron en la mitad sur de España, especialmente en el campo andaluz. "En un contexto social burgués, pero coincidiendo con el momento previo a la mayor intensidad de la agitación campesina, el 1 de enero de 1919 Blas Infante redactó el Manifiesto Andalucista de Córdoba". Wikipedia.
En marzo de 1919 los rusos detuvieron en Moscú a los miembros de la Cruz Roja húngara hasta que fuera liberada la misión bolchevique, detenida en diciembre en Budapest. En Lisboa en octubre de dicho año la policía detuvo a 6 bolcheviques portugueses procedentes de Brasil, al desembarcar en el puerto, y a otros 12 bolcheviques españoles que trataron también de hacerlo, dicha policía se lo impidió. En Han-Kan (China) en junio de 1925 un agitador bolchevique, detenido días antes, fue fusilado. Acusados de hacer propaganda soviética se detuvo en Viena a un estudiante, a un médico, a un ingeniero y a un periodista en mayo de 1928. En Lima detiene la policía a dos agentes soviéticos a los que se les ocupa gran cantidad de literatura y propaganda comunista.
(1b) Aunque no consta en el archivo parroquial de Castilleja partida de defunción de María Ana Jiménez Gutiérrez —la dueña real del Corral del Polaco, ya que su hermano José actuaba solo como su apoderado—, van emergiendo otros datos sobre su persona en la documentación que manejo día a día:
En el padrón de diciembre de 1920 —año en que adquirió dicho Corral—vivía en la calle Marqués de Loreto n.º 3, viuda, con 54 años de edad, analfabeta, vecina de San Juan de Aznalfarache y con un mes de residencia en Castilleja. Con ella sus hijos Joaquín Cansino Jiménez, de 28 años, soltero, analfabeto, obrero agrícola, vecino de San Juan y residente en esta Villa desde hacía un mes; Concepción Cansino Jiménez, de 20 años, soltera y analfabeta, de ocupación sus labores; Carmen Cansino Jiménez, de 15 años, ídem, ídem; y Rosario Cansino Jiménez, de 12 años, ídem, ídem. De Concepción Cansino Jiménez he encontrado la partida de defunción, por la que sabemos que al morir —en Sevilla el 4 de junio de 1976 con 75 años de edad— era viuda de Rafael Rodríguez Pinto. Vivía en nuestra Villa en la calle Arcadio Rodríguez Martínez, n.º 6, y fue sepultada en Castilleja el mismo día de su fallecimiento.
María Ana Jiménez Gutiérrez era vecina de José María Rodríguez Barrionuevo, quien habitaba el número 1 y al que estudiaremos porque significa la continuación de la lucrativa actividad de desahucios de inquilinos en nuestro pueblo.
Vivían en la calle Marqués de Loreto, n.º 1 en diciembre de 1920:
—Vicente Oliver Rodríguez, de 34 años, analfabeto, obrero agrícola. Su esposa Rufina Pacheco Iglesia, de 30 años, analfabeta.
—José María Rodríguez Barrionuevo, de 44 años, analfabeto, vendedor de frutas. Su esposa Josefa Polvillo Caro, de 39 años, analfabeta.
—Juan Rodríguez Rodríguez, de 46, analfabeto, obrero agrícola. Su esposa Ángeles Pérez Rodríguez, de 46, analfabeta, natural de Valencina, con 17 años de residencia en Castilleja. Hijos, Victoria, de 16, analfabeta; e Ildefonso, de 12 años, ídem.
—Juan Manuel Alcántara Rodríguez, de 34 años, analfabeto, obrero fabril. Su esposa Carmen Pacheco Iglesia, de 32, analfabeta. Hija, Concepción Alcántara Pacheco, de 4 años.
—Francisco Carrasco Garrido*, de 38 años, analfabeto, natural de Ronda (Málaga), mozo de equipajes, 2 años de residencia en Castilleja. Su esposa, Ana Rubio Fernández, de 37, analfabeta, natural de Málaga, 2 años de residencia. Hijos, Francisco de 14, natural de Sevilla, pintor; Ana de 12, natural de Sevilla; María de 8, natural de Sevilla; y José de 6, natural de Sevilla, todos con 2 años de residencia en Castilleja.
* Este mozo de equipajes era hijo de Francisco Carrasco y de María Garrido, y nieto por línea paterna de Francisco Carrasco y Beatríz Sierra, y por la materna de Francisco Garrido y Francisca Guerrero. El 18 de noviembre de 1872 murió en Ronda su hermana de 4 meses de edad Francisca Carrasco Garrido, por enfermedad de viruelas. Vivían en la calle Setenil y firmó la partida de defunción alguien que luego dejaría sentir su ideología carlista en nuestra Villa: el cura Miguel de Puya. De calentura murió otra hermana de 6 meses, María, el 22 de mayo de 1874.
"Miguel de Puya Granados era hijo del confitero rondeño Francisco de Puya y de María Granados. Su hermana María de las Mercedes Puya Granados se casó con 28 años de edad con el escribiente de 30 Manuel Calvente en Ronda el 10 de febrero de 1856. Otra hermana, Antonia Puya Granados, casada con el botinero José Ruíz, también vecinos de Ronda, bautizaron en ella a su hijo Antonio, nacido el 17 de marzo de 1854. Proliferaron en dicha población malagueña los Ruiz Puya y los Calvente Puya descendientes de estos dos matrimonios". Historia de los apellidos, 21r. Junio de 2020.
Hay otro aspecto interesante del rondeño Carrasco, mozo de equipajes inquilino en Marqués de Loreto n.º 1. Y es la probable conexión que pudiera haber tenido con los antepasados de Andrés Rueda de la Rosa, posterior inquilino del número 1 de Marqués de Loreto y del cual vamos a saber mucho inmediatamente. Si bien dichos antepasados de este último no eran precisamente de Ronda, sino de Arriate, su aldea satélite.
El mencionado vendedor de frutas José María Rodríguez Barrionuevo era hermano de Juan Antonio, quien el 15 de agosto de 1935 con 57 años de edad formalizó contrato de inquilinato del cuarto 3º de la casa número 1 de la calle Marqués de Loreto con Andrés Rueda de la Rosa, de 28 años de edad, natural de Castilleja, casado, jornalero. El tiempo del arrendamiento, un año. El precio, 300 pesetas en total, a pagar fraccionadamente cada mes. Andrés Rueda de la Rosa era mi tío político, casado con Pilar Oliver Tovar, hermana de mi padre.
El 13 de diciembre de 1939 el casero Barrionuevo y su hombre bueno Antonio Villadiego Jiménez comparecieron ante el juez municipal suplente Eduardo Míguez Ortiz —por indisposición de Pedro Muñoz Silva el propietario— y ante la secretaria interina Concepción García Recio, para demandar de conciliación a la viuda de 65 años de edad Dolores Cabrera Navarro, la cual no compareció a pesar de haber sido citada en forma. Había contratado inquilinato el 1 de noviembre de 1935 en la misma casa que Andrés Rueda, también por un año y precio de 330 pesetas a pagar en fracciones mensuales. Firmó el contrato en su nombre Francisco Chávez Cabrera. El casero les dio de plazo a ella y a Andrés Rueda hasta el 15 de junio de 1940 para desalojar las habitaciones que ocupaban en su casa, por necesitarlas él para que habitase su familia. Se obligó a pagar a los demandados la indemnización legal establecida. El 15 de diciembre de 1939 compareció Andrés Rueda sin acompañamiento de hombre bueno por no necesitarlo según dijo. El actor le ofreció 150 pesetas de indemnización, importe de seis mensualidades, que quedaron depositadas en el juzgado porque Andrés se negó a recibirlas. También se negó a firmar el acta. Expirado el plazo, el casero volvió al juzgado el 24 de junio de 1940 para presentar su demanda de desahucio y lanzamiento, apercibiendo que los dos inquilinos habían perdido su derecho a la indemnización por no haber desalojado las viviendas en dicho plazo. El juez suplente señaló para el juicio de conciliación el día 8 de julio. Al intentar notificar la secretaria a Andrés Rueda en su domicilio, su esposa Pilar Oliver Tovar manifestó que no se encontraba en él, recibiendo ella misma la citación. Firmó por dicha Pilar Eduardo García Núñez. Y por Dolores Cabrera Navarro la recibió su hija Dolores Chávez Cabrera. El día 8 se presentó Barrionuevo con su hombre bueno Antonio Villalobos Álvarez, y Andrés y Dolores con sus hombres buenos Pedro Joaquín de Azcue y Haro y Ángel Luque Salguero respectivamente. No hubo allanamiento a pesar de las exhortaciones de los hombres buenos, y el juez señaló el día 10 para la celebración del juicio. Al cual fueron los demandados acompañados por el procurador de Sevilla Pedro Joaquín de Azcue y Haro, que habló por ellos, diciendo que la firma del contrato de Andrés es falsa*, que no suscribió contrato alguno, que si bien entregó los impresos al propietario para que los firmase, este nunca se los devolvió, y que por tanto solo existe un contrato verbal. Negaron ambos la necesidad del casero de ampliar las habitaciones de su familia, ya que posee además de la casa número 1 de Marqués de Loreto otras ocho: la n.º 5, la n.º 11 y la n.º 25 en la calle General Venenc (entonces Queipo de Llano); la n.º 4 y la n.º 7 en la calle Calvo Sotelo; y la n.º 13 —además de la n.º 1— en la referida calle Marqués de Loreto. Por otro lado el demandante no especifica qué miembros de su familia están en necesidad de vivienda, sino que se refiere ambiguamente a "sus familiares ascendientes o descendientes", por lo que no puede ni afirmar ni negar que la necesita al carecer de base de discusión. La defensa alega que estando en vigor un contrato no se puede sentenciar desahucio, para lo cual recurre a un antecedente de revocación de una sentencia dada por el Juzgado Municipal número 4 de Sevilla en juicio a instancia de doña Francisca Rueda contra Francisco Jaramillo, vecinos del Barrio de León en dicha capital. El actor responde, entre otros razonamientos, que las habitaciones las quiere para la familia de su hijo Juan Antonio Rodríguez Carmona, que consta de esposa, tres hijos y dos criadas, que viven en la misma casa que los demandados. Este su hijo lleva viviendo 9 años en dicha casa. El juez recibió a prueba el juicio por término de 12 días, señalando para la confesión de los demandados el día 15.
El 15 de julio de 1940 se continuó el juicio. Juez suplente, el mismo Eduardo Míguez. Secretaria, la misma Concepción García. Solo compareció el casero demandante Juan Antonio Rodríguez Barrionuevo. Se señaló el día 20 a las 4 de la tarde para la continuación del juicio. Este día se presentó Andrés Rueda y Dolores Cabrera. El primero, bajo juramento, declaró estar abonando ciertas rentas estipuladas, que no son las que refleja el contrato; y que ocupa con su familia siete habitaciones de la casa. La segunda dijo que no se había marchado de la casa porque su dueño no la necesitaba para nada; y que, igualmente, ocupa con su familia siete habitaciones. El actor respondió que necesita las habitaciones para su hijo y para él mismo, para vivir con más desahogo; que no puede edificar más por no existir ni corral ni patio para ello.
Inspección ocular. En dicho día 20 de julio el juez suplente, la secretaria y el demandante fueron a la casa n.º 1 de la calle José Antonio Primo de Rivera (antes Marqués de Loreto) para proceder a la inspección ocular, dando el siguiente resultado: al entrar a mano izquierda existen dos habitaciones, apareciendo en la primera el comedor y en la otra el dormitorio con dos camas, una de ellas la del matrimonio y otra de a cuerpo, y existiendo poca distancia de una a otra por ser las habitaciones de unos cuatro metros cuadrados, manifestándose en este acto por el hijo del actor que en la segunda habitación faltan que poner dos camas más, que no existen ahora por estar la familia en Rota. Seguidamente se pasó a otras dos habitaciones a mano derecha, la primera de unos tres metros de largo por cuatro de ancho aproximadamente, donde existe una máquina de coser y varios objetos, el actor hace constar que la segunda habitación se encuentra en estado de inhabitabilidad, siendo dichas habitaciones las desalojadas por el inquilino don Vicente Trujillo al requerimiento que se le hizo por necesitarla el actor para su hijo.
El señor Rueda suplica al Juzgado que si así lo apreciase haga constar que en cada una de estas dos habitaciones caben dos camas.
Seguidamente se pasó al piso principal, encontrándose dos habitaciones inhabitables a simple vista, cuya apreciación se interesa del señor juez.
Seguidamente se pasó a un patio que existe amplio a cuyo fondo aparece una habitación que, abierta, resultó ser un salón destinado a bodega de unos veinte metros de largo por unos cuatro de ancho, en cuyo extremo izquierdo existe una cocina pequeña para el uso del hijo del actor.
Por el demandado señor Rueda se hace constar que recientemente se han quitado dos tabiques de la bodega y que existe diferencia de blanqueo entre la cocina y la bodega.
Igualmente hace constar que existe un corral muy extenso que no está utilizado para nada, y que el señor Rueda a su juicio cree puede ser edificado, y que el señor Juez lo tenga en cuenta para en su día.
El actor igualmente hace constar y solicita sea tenido en cuenta por el Señor Juez que las habitaciones ocupadas por el hijo del actor son dos, insuficientes para la familia que éste tiene, y que las dos habitaciones vacías son inhabitables, estando pendiente de la resolución que haya de este asunto para proceder a las obras necesarias que las coloque en unión de las que ocupan los demandados en condiciones de habitabilidad. Y con ello se dio por terminada la diligencia de inspección.
* No se vio obligado a esforzar mucho la vista el procurador Pedro Joaquín de Azcue y Haro para determinar que la firma del contrato era falsa. Las siguientes fotos lo dejan claro. La primera es la foto del contrato. En la segunda he ampliado la firma que consta en él, atribuida engañosamente a la mano de mi tío Andrés Rueda. Las siguientes fotos muestran las reales y verdaderas firmas de Andrés, quien las trazó en varios folios del grueso expediente de desahucio.
Contrato fraudulento
La firma falsificada en el contrato
Firmas de puño y letra de Andrés Rueda de la Rosa
A finales de la década de los 50 del siglo XX el procurador Pedro Joaquín de Azcue estaba roído por las deudas. Por reclamación de un préstamo hipotecario de 300.000 pesetas a instancia de María de Gracia Villa Calvo y su marido Antonio Vilas Sanjurjo en enero de 1959 se vendió en pública subasta una casa de su propiedad, sita en calle Virgenes n.º 20 de Sevilla. Por el mismo motivo y 50.000 pesetas a instancia de José María Revilla Pérez en octubre de 1958 otra casa-corralón de su propiedad que antes fue horno de pan cocer llamado de las Rejas, en la calle San Hermenegildo n.º 31 de dicha ciudad.
El epílogo al juicio de desahucio de Andrés Rueda de la Rosa y de Dolores Cabrera Navarro —epílogo sin final, porque el resto de las actuaciones obra en los archivos del Distrito judicial n.º 4 de Sevilla— es el que sigue:
Andrés Rueda presentó sus posiciones: que el actor no tiene necesidad de dejar la casa en que vive para trasladarse él y su familia a la que es objeto de desahucio; que el actor ha reconocido que la casa en que vive es sumamente amplia para las necesidades de él y su familia; que Juan Antonio Rodríguez Carmona, quien vive desde hace 9 años en la casa objeto de desahucio nunca se le ha ocurrido decir que necesita toda la casa, siendo así que en realidad tiene bastante con las habitaciones que ahora ocupa; que en otra casa del actor, donde vive el padre del demandado, se le ha quedado vacías unas habitaciones, y las ha arrendado sin tener en cuenta la ficticia necesidad de ocupar más espacio que alega, cuando hubiese podido arrendarlas a cualquiera de los demandados —él y la viuda Dolores—, facilitando así que la casa objeto de desahucio quedara libre.
El 26 de julio de 1940 se continuó el juicio. Dolores Cabrera no apareció. José Bernal Rodríguez, secretario del ayuntamiento, certificó que en los padrones no constaba el tiempo que Juan Antonio Rodríguez Carmona llevaba domiciliado en la calle José Antonio Primo de Rivera n.º 1.
El 29 de julio Barrionuevo acusó a los demandados de obrar de mala fe. El juez, tras examinar los resultados anteriores y formular sus considerandos, finalizó:
Fallo: Que debo declarar y declaro haber lugar al desahucio pretendido en esta demanda a nombre de don Juan Antonio Rodríguez Barrionuevo respecto de los departamentos que respectivamente llevan en arrendamiento en esta Villa en la calle Marqués de Loreto hoy José Antonio Primo de Rivera número uno los demandados doña Dolores Cabrera Navarro y don Andrés Rueda Rosa, a los cuales también debo condenar y condeno a que en el plazo de cuarenta y cinco días desalojen y dejen a la libre disposición del expresado demandante, bajo apercibimiento de lanzamiento en su caso, sin hacer expresa condena de costas contra ninguna de las partes. Y por esta mi sentencia la pronuncio, mando y firmo. Eduardo Míguez.
El 2 de agosto de 1940 comparecieron ante el juez suplente Dolores Cabrera y Andrés Rueda, y apelaron ante la superioridad la anterior sentencia. El juez dio 10 días a las partes para volver a comparecer ante el juez superior. El 7 de agosto Eduardo Míguez ordenó elevar el expediente al señor juez de Primera Instancia del distrito n.º 4 de Sevilla, con atento oficio.
Andrés Rueda de la Rosa era hijo de Andrés Rueda Lozano, nacido en Arriate (Málaga) el 9 de agosto de 1880. Y nieto de Andrés Rueda Rosado y Ana Lozano Caballero. Y biznieto de Andrés Rueda García y Ana Rosado Medinilla, y de Alonso Lozano Medrano y María Isabel Caballero Moreno. Todos ellos de Arriate.
Nació Rueda Lozano en la calle Málaga de dicho Arriate. En su partida de nacimiento figuran: testigos, Antonio Lopez Marin, natural de Arriate, casado, labrador; Rafael Ruiz Vargas, natural de Arriate, casado, labrador, con domicilio en la calle Ronda. Juez Municipal, Rafael Lopez Marin; Secretario, Jose Lopez Becerra. Compareciente, Juan Marin Rodriguez, natural de Arriate, casado, jornalero, con domicilio en la calle Málaga y con cédula nº 723, que declara como pariente.
Zapatero de profesión, Andrés Rueda Lozano, quien como acabamos de ver también era arrendatario del casero Juan Antonio Rodríguez Barrionuevo, emigró a Castilleja introduciendo en nuestra Villa el apellido Rueda.
El 26 de julio de 1907 a las 9 de la mañana en la Calle Real n.º 27 nació Ángel (sic) Rueda de la Rosa, hijo de Ángel (sic) Rueda Lozano y de Carmen de la Rosa Gómez, casados en esta Villa en 1906. Carmen, natural de Castilleja, era hija de Francisco de la Rosa Negrón y Carmen Gómez Jiménez, el primero natural de Tomares y la segunda natural de Castilleja. Los padrinos en el bautizo del niño, acontecido en La Plaza, fueron Francisco Luque Sánchez y su esposa Josefa Prieto Pinto, y los testigos Antonio Vega Luque y José Vega Veloso.
En la partida de matrimonio de Rueda Lozano y Carmen Gómez consta el nombre correctamente: Andrés Rueda Lozano, natural de Arriate, soltero, de 26 años de edad, hijo de Andrés y Ana. Su esposa Carmen tenía 23 años. Los testigos de la boda, Francisco Silva Luque y Juan Salguero.
Los padres de Carmen Gómez Jiménez fueron Miguel Gómez Parra, natural de Grazalema, y Josefa Jiménez Oliver, natural de Castilleja de la Cuesta.

En 1920 vivían en la calle General Venenc (Convento) n.º 17 Andrés Rueda Lozano, de 40 años, zapatero, con 2 años de residencia en Castilleja (pasó temporadas anteriores en Tomares). Su esposa Carmen Rosa Gómez, de 37, natural de Castilleja. Hijos, Andrés de 13 nacido en Castilleja, zapatero, Francisco de 11 nacido en Castilleja, Manuel de 8 nacido en Tomares, Ana de 5 nacida en Castilleja, y José de 2 nacido en Tomares.
En este n.º 17 que alquilaba Juan Antonio Rodríguez Barrionuevo vivía también una hermana de la mujer de Rueda el zapatero, Ángela Rosa Gómez, de 41 años, casada con Manuel Fernández Cabrera, con 3 hijos. Y otros inquilinos, como José Oliver Chávez, viudo de 62 años, con dos hijos, Romualdo y Francisca Oliver Rodríguez; Carmen Caro Oliver con sus hermanos Juan, Modesto, Rafael, de 24, 18, 13 y 10 años respectivamente; y Modesto Caro Chávez, de 64, casado con Antonia Polvillo Caro.
Con barba cana y recortada, chaleco interior y reloj de bolsillo al uso de aquellos tiempos, Andrés Rueda Lozano da la imagen del progresista de principios del siglo XX, cuando el gremio de los zapateros era uno de los más reivindicativos del país.
"
En el siglo XIX los zapateros, como oficio, tenían reputación de radicalismo en los tres sentidos. Eran militantes tanto en los asuntos propios de su oficio como en movimientos más amplios de protesta social. Aunque los sindicatos de zapateros estaban limitados a ciertas secciones o localidades de un oficio muy nutrido, y sólo eran eficaces de modo intermitente, estuvieron organizados a escala nacional bastante pronto, tanto en Francia cono en Suiza, por no hablar de Inglaterra, donde el sindicato de Londres, fundado en 1792, se amplió a escala nacional, según se dice, en 1794. los zapateros y los carpinteros fueron los primeros miembros de la Federación de Trabajadores de la Región Argentina (1890), primer intento de crear un grupo sindical nacional en ese país. De vez en cuando organizaban huelgas a gran escala, y durante la monarquía de Julio se contaban entre los oficios más propensos a la huelga en Francia. También ocupaban un lugar prominente en las multitudes revolucionarias. Existe abundante documentación sobre su faceta de activistas políticos. [...]
No caben muchas dudas de que el papel del zapatero disminuyó cuando el centro de gravedad del movimiento se desplazó hacía las industrias a gran escala (metales, minería, ferrocarriles...) y el empleo en el sector público...Entre los cincuenta y un ex artesanos que en 1951 fueron elegidos a la cámara francesa, había un solo zapatero (socialista) y aunque el Partido Socialista español tuvo a Francisco Mora, zapatero, como secretario durante un tiempo, la ocupación que dominaba de manera clara a ese grupo de artesanos era el ramo de imprenta". Eric Hobsbawn.
El mundo del trabajo. Estudio históricos sobre la formación y evolución de la clase obrera. Crítica, Barcelona, 1987. (En
https://historiadelmovimientoobrero.blogspot.com/2015/07/zapateros-revolucionarios-eric-hobsbawn.html).
El tema zapateril castillejano siempre rememora en mí una racha de recuerdos gratos de la infancia, cuando mi madre nos instaba con encarecimiento a hacer una visita a un enigmático personaje al que los mayores en mi casa llamaban "El primo el Zapatero". La visita solía efectuarse en días señaladísimos, como el domingo de Resurrección, Navidad o Corpus. Era a mediados de la década de los 50. Entonces de la mano de mis hermanas yo, todos engalanados, escamondados y perfumados, bajábamos Calle Real abajo portando con delicadeza algún presente de dulces caseros envueltos con primor, y llegados a nuestro destino —una pequeña plazoleta o patio abierto a la Calle, justo enfrente de la salida de García Junco, en el lomo de la Barranquilla—. Al fondo de este patio se alzaba una casa misteriosa de dos pisos, con puerta doble de madera descolorida y sobre ella un balcón amplio con sus persianas despintadas y siempre echadas. La fachada pedía a gritos el socorro de un encalado urgente que la librara del azote de la lluvia y de los rigores del sol. Llamábamos tímidamente con golpecitos en los tablones desajustados y una voz desde lo alto, remota como la de un dios, nos invitaba a subir. La escalera de madera, lóbrega y crujiente, estaba siempre llena de polvo y conducía a una estancia amplia que hacía de taller de reparación de calzado, cocinilla ahumada en un rincón, y dormitorio con una inmensa cama siempre deshecha, de cabezal de forja formando ramas y floraciones, todo ello muy atacado de óxido y mugre. En un rincón se amontonaba lo que la primera vez me pareció una gigantesca montaña de zapatos, viejos en su mayoría, quizá a la espera de la intervención del maestro. Imaginé que los fantasmas de sus dueños en confusa pila estaban allí presentes, aplastándose unos a otros en impalpable maraña, a la espera de que el remendón metiera mano a los desgastes, descosidos y roturas de sus botas, sandalias, zapatos y alpargatas. Algunas veces el Primo el Zapatero estaba en la cama, y nos quedábamos de piedra en el centro de la sala viendo a aquel hombre cubierto con un viejo pijama, ya entrado en años, algo retaco y rechoncho, de piel blanca, mirada apagada aunque limpia, y voz amable pero de pocas palabras.

En este plano de la zona en 1902 se muestra al detalle la desembocadura de la calle de la Cruz (hoy Manuel García Junco) a la Calle Real, y enfrente no uno, sino dos patinillos abiertos, o más bien un patinillo y una barreduela o callejoncillo ciego. Hoy todavía se conserva parte de patio con la vieja casa del zapatero al fondo, cerrada y en estado ruinoso. De paso notemos cómo la hacienda San Ignacio, que es la última edificación a la izquierda, está aislada del pueblo por tierra tapiada pero sin edificar.
Las visitas a la casa del patinillo solían ser cortas, siempre finalizadas con dos reales o una peseta que, extrayéndolos de un monedero de cuero, el anciano zapatero ponía en nuestras manitas abiertas. Nos íbamos entonces pisando con gran precaución en el piso de madera que parecía quejarse del peso tenue de nuestros cuerpecillos. Yo me fijaba con temor en las rendijas que entre los tablones mal ajustados dejaban ver la luz de la sala baja.
Desde aquellos rosados días de la infancia, siempre que pasaba por delante del patinillo, a cualquier hora, me fijaba en la casa y en su balcón. Hoy siempre miro ya su ruina hueca. A veces, en alguna tarde calurosa de verano, se le podía observar disfrutando de la agradable marea atlántica en camiseta de tirantas, apoyado en la baranda, mirando sin mirar a los transeúntes. La última vez que lo vi fue en el autobús, de regreso de la capital, habiendo yo dejado atrás ya la frontera de los 20 años. Me senté a su lado sin reparar en quien era, hasta que lo reconocí. Intercambiamos algunas palabras. Me dijo que venía de Sevilla de comprar pescado frito para almorzar y, en efecto, me mostró un paquete aceitoso de papel de estraza que llevaba en las manos.
Otros inquilinos de Juan Antonio Rodríguez Barrionuevo fueron José Romero de la Osa Ortega, quien le pagaba 60 pesetas mensuales por habitar la casa de la calle Calvo Sotelo; Manuel García, 27 pesetas por vivir en dicha casa; y Francisco Veloso —al que ya conocemos del Corral del Polaco—, 20 pesetas por vivir en una de las de la calle Queipo de Llano (antes calle General Venenc).
En los autos del juicio extractados más arriba se ha hecho referencia a una casera sevillana y a dos inquilinos en el barrio de León de aquella ciudad. Creo que es una curiosa coincidencia el apellido Rueda de ella, aunque al parecer natural de Málaga, cuyo nombre completo era Francisca Rueda Muñoz, soltera y vecina de Sevilla. Los inquilinos que quiso desahuciar eran Francisco Jaramillo Mejías, casado y jornalero, y Rosa Macipe Taravillo, viuda, que vivían en dicho régimen de alquiler en la calle José León Sanz n.º 22 del referido barrio de León.
En cuanto a la familia de Juan Antonio Rodríguez Barrionuevo, diremos que era hijo de Joaquín Rodríguez Ortíz y de Elisa Barrionuevo Torres. Elisa Barrionuevo Torres falleció con 84 años de edad el día 4 de noviembre de 1920 en la calle General Venenc n.º 11, viuda ya de Joaquín Rodríguez Ortiz. Una hermana de Elisa, Carmen Barrionuevo Torres falleció con 80 años de edad el día 4 de mayo de 1920 en la calle Granada n.º 12, viuda de Fernando Carmona Tovar, casados en 1872. En la Calle Real n.º 39 les había nacido su hijo Juan Antonio Carmona Barrionuevo —primo hermano del casero— el 24 de enero de 1883, el cual se casaría el 23 de octubre de 1915 con Carmen Quitanilla Tovar, hija de José y Carmen.
Los Barrionuevo Torres eran hijos de Francisco Barrionuevo Rodríguez y Concepción Torres Negrón. Otro de ellos además de Elisa fue Juan Antonio —que daría nombre a su sobrino el casero—, casado con Dolores Navarro Cabrera. Concepción Barrionuevo Navarro, hija de este Juan Antonio, vivía en la calle Marqués de Loreto n.º 25, y ya viuda de Francisco Polvillo falleció con 45 años de edad el día 2 de marzo de 1918 por insuficiencia mitral según el facultativo Juan Manuel Lara.
Otro hermano del casero fue Francisco Rodríguez Barrionuevo, que falleció el 12 de diciembre de 1938 con 70 años de edad. Vivía en la Calle Real, casado con Ana Cabello.
(1c) Cuando siendo muy niño conocí —siquiera de vista y a lo lejos—, al primo hermano de mi padre, José Fernández Oliver, era ya anciano, aunque muy activo y pleno de energía vital. Usaba amplia mascota, a veces boina y, enemigo acérrimo del frío, solía vestir un grueso, deforme y desgastado tabardo descolorido del que solo se desprendía en los tiempos más tórridos del año. De aspecto fosco y sombrío, la seria cara aceitunada plagada de arrugas y sin afeitar, los ojos perdidos entre los pliegues circundantes, las largas jornadas en la soledad de los campos pastoreando su rebaño de ovejas le habían dado un aura de viejo sabio, aunque reacio a todo trato social. Profundo conocedor de hierbas aljarafeñas, amigo íntimo de la candela invernal crepitando a la puerta de su choza. Cabalgaba en un borriquillo casi oculto por los albardones y alforjas, con las largas piernas calzadas con botas o alpargatas según la estación, colgando hasta el suelo casi marcando con las punteras dos a modo de rodaduras en el polvo de los caminos, y custodiado como un gran personaje por media docena de perros de todo pelo, hechura y clase, mudos, cabizbajos y ensimismados. Vivía semanas enteras como un viejo ermitaño en la llamada Caseta del Capitán en la zona que hoy es la barriada del Faro, caseta en cuyo solar justamente se alza ahora el Bar Espuela. En los buenos tiempos de José —al que todo el mundo conocía desde niño como "Adela", por su madre— el área del Faro era pedazos de olivar, sementeras, viñas y simple terreno de pasto, con bosquecillos de pinos aquí y allá, cuya comunicación con la calle Diego de los Reyes la dispensaban tres o cuatro senderillos polvorosos en verano e impracticables por el barro en el invierno. Siempre consideré —y sigo considerando— a mi tío Adela el último representante de los pastores genuinos del Aljarafe occidental, una remota estirpe de gloriosos ganaderos que hundían sus raíces en los siglos áureos de la civilización tartésica. Hay que mencionar que la mentada Caseta del Capitán perteneció a un antepasado de José y mío, Francisco Oliver López (ver sobre este militar por ejemplo Padrón 1k. Noviembre de 2015), quien la mandó construir para su solaz, aunque por los tiempos de Adela era poco más que un sombrajo destartalado sobre cuatro paredes desmoronadas.

La llamada Caseta del Capitán, nombrada así por Francisco Oliver López, que aparece en primer lugar de la lista de este Registro de Caseríos del año 1859 en el pago del Morisco, luego en el siglo XX pasaría a ser el refugio de Adela el pastor.
Bien es verdad que el respeto y admiración que me inspiraba el viejo pastor no eran compartidos por otros niños del pueblo. Cierta pandilla callerrealenga solía acosarlo cuando bajaba a lomos de su burrito por lo que hoy es la calle Doctor Fleming, entonces una cañadilla desolada de tierra amarilla orlada de altas y espesas chumberas entre las que sobresalía la estampa aérea de algún pino monumental. Le gritaban desde lejos "¡Adelaaa ... ¿y la hoceeee?", o también "¿los borregos tienen la lengua azuuuul?", y el hombre hacía ademan de bajar de su montura agitando sobre sí el nudoso mazo de su chivata de acebuche, y de perseguirlos hasta la esquina de la Calle Real, donde la chiquillería aterrorizada se dispersaba en carreras desenfrenadas por las callejas del pueblo. Siempre me intrigó lo de la "lengua azul" y lo de la "hoce", hasta que averigüé que lo primero se refería a una enfermedad ovina —trasmitida por mosquitos infectados con el "bluetongue virus"—, y lo segundo a la herramienta de mano con que se corta la hierba, la ancestral hoz. Me informaron que unos niños traviesos le habían escondido la referida herramienta en un descuido, y que se pasó la jornada buscándola por los matorrales mientras ellos lo observaban de lejos, ocultos, sofocando las risas.
Su madre Adela Oliver Jiménez, según referencias obtenidas por mí de quienes la conocieron y trataron, era un espíritu independiente, una persona adelantada a su tiempo que vivía su circunstancia existencial sin que le afectaran ni imposiciones sociales, ni chismes ni habladurías, al contrario de sus otros hermanos Ramón —mi abuelo— y Teodoro —el guardia de la hacienda La Pintá—, muy preocupados por no desintegrarse del cuerpo social castillejense. Adela, ya viuda, se granjeó muchas murmuraciones por su trabajo de cocinera en cierta lejana venta de no muy buena fama, creo recordar que por la campiña sevillana. Lo cierto y verdad es que sacó adelante a sus hijos trabajando.
Hay algo en lo que José Fernández Oliver alias Adela batió todas las marcas, y fue en el número de denuncias que tuvo que enfrentar a causa de que su ganado gustaba de introducirse en frescos y nutritivos sembrados ajenos.
Se le siguió juicio de faltas por la introducción de cinco cerdos de su propiedad en la sementera de cebada propia de Lorenzo de Silva Oliver, al pago del Valle. Tenía entonces 26 años y vivía en el Corral del Polaco. Fue denunciado al juez municipal por los guardias civiles segundos Juan Clavería Pedraza y Juan Ruiz Negrón, que encontraron a los cerdos in fraganti, atiborrándose de la nutritiva y sabrosa cebada sin nadie a su cuidado. El 11 de enero de 1921 proveyó el juez, convocando el juicio de faltas para el día 20 de dicho mes a las 2 de la tarde, y citando para dicho acto al perjudicado don Lorenzo de Silva Oliver, al señor fiscal, a los señores adjuntos, a los guardias denunciantes por medio de oficio librado al jefe de la comandancia, y al denunciado José Fernández Oliver. Y para el aprecio del daño causado por los cochinos, al perito don José Rodríguez Oliver. Firman don Antonio Torres Cabrera, juez municipal suplente, y el secretario Arcadio Rodríguez. Arcadio notificó y citó al fiscal Nicolás Navarro López y a los señores adjuntos Mariano Andújar Matute y Ruperto de los Reyes Chávez. Luego remitió atento oficio al señor teniente coronel jefe de la Comandancia de la guardia civil de la provincia para la citación de los guardias denunciantes, y luego encomendó al alguacil del juzgado las citaciones a Lorenzo de Silva y a José Fernández, y por fin al perito José Rodríguez Oliver. Al siguiente día, 12, este perito, casado, obrero del campo, de 60 años de edad, compareció ante juez y secretario y dijo bajo juramento que "habiendo visto la cementera de cebada habida en la haza de tierra que en el pago del Valle de este término posee don Lorenzo de Silva y Oliver, en la cual le ha notado un daño al parecer causado por ganado de cerda, apreciado según su leal saber y entender en la suma de una peseta".
El 20 de enero, constituido en audiencia pública el tribunal municipal comparecieron Lorenzo Silva, viudo, propietario, de más de 70 años de edad, y los dos guardias civiles denunciantes, y no habiendo comparecido el denunciado a pesar de haber pasado con exceso la hora señalada de su citación sin haber alegado causa justa, se dispuso la continuación del juicio. Los guardias se ratificaron y el perjudicado renunció a la acusación, reservándose tan solo la indemnización de los perjuicios. El fiscal estimó el hecho como falta, siendo del parecer de la imposición a José Fernández de una multa de una peseta y 33 céntimos, más el daño causado y las costas del juicio. Conformes los presentes, se mandó extender el acta.
Justamente un año después como hecho a propósito, el 10 de enero de 1922, doña Carmen Reyes Silva, viuda, propietaria, con domicilio en la Calle Real n.º 75, denuncia haber sorprendido a José Fernández alias "Adela" pastoreando con 3 cabezas de ganado cabrío en su finca de arboleda denominada del Valle. Esta vez está presente el pastor, el cual reconoce la falta al llegar la pareja de la guardia civil y admite la denuncia que, escrita por el guardia 2º Enrique Gallego Jiménez, es elevada al juez municipal de nuestra Villa. El 12 de enero Pedro Muñoz Silva señala el nuevo juicio para el día 16 a las 7 de la tarde, citando a los señores adjuntos don Antonio Ochoa Ferrandi y don Manuel Cansino Navarro; al fiscal don José Navarro Palma; a la perjudicada doña Carmen Pérez Silva; a los guardias Enrique Gallego Jiménez y Juan Ruiz Negrón; y al denunciado Adela. Y para el aprecio del daño causado, al mismo perito, José Rodríguez Oliver. Citados todos en forma, el perito —ahora corregido: José Oliver Rodríguez—, casado, labrador, declaró su aprecio del daño el día 13 tras haber reconocido la arboleda frutal de doña Carmen: "notó un daño al parecer causado por ganado cabrío que según su leal saber y entender apreciaba en la cantidad de una peseta". El 16 de enero se constituyó el tribunal municipal, suplido el fiscal —enfermo— por don Francisco Prieto Pinto. No comparecen ni la perjudicada ni el denunciado, a pesar de lo cual se dispuso la continuación del juicio y cuando los guardias se ratificaban en su denuncia apareció doña Carmen. La cual manifestó que no se mostraba parte en el procedimiento, reservándose únicamente la indemnización del daño. El fiscal pidió la multa de 25 céntimos de peseta —un real— por cada una de las cabezas de ganado denunciado, y de conformidad todos los presentes, se vió para sentencia. El 17 de enero se emitió el fallo: tres reales, más el daño causado y las costas del juicio. José Fernández satisfizo la multa en tres pliegos de papel de pagos al Estado de la clase 9ª serie B números 39.222 y los dos siguientes correlativos, y en metálico el importe de las costas. (Continúa en la siguiente entrada).

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