(Viene de la entrada anterior)
Suplicio de Cuauhtémoc, el último Tlatoani mexica, torturado por Hernán Cortés para que confesara dónde escondía el oro azteca. Tras bañarle los pies en aceite le aplicaron en las plantas un brasero de llamas vivas. Luego sería ejecutado el 28 de febrero de 1525, por orden del dicho Cortés.
En puridad y en expresión llana y prístina, los militares que desde Cuba pasaron a México en febrero de 1919 no fueron otra cosa que una banda de terroristas. Banda que actuó como tal y a cuyo frente estaba el capitán de Medellín. "Banda" porque eran bandidos, ávidos de oro, y "terroristas" porque era el terrorismo el método principal que usaron para saciar su avidez. Y el general Manuel Esquivias Franco lo sabía, naturalmente, a la hora de pronunciar su discurso en la Calle Real de nuestra Villa.
El delito de apología del terrorismo, cuyas condenas reparten a manos llenas los jueces hispanos en nuestro tiempo en la despiadada forma de años de cárcel, ha quedado en Castilleja de la Cuesta perpetuado en el busto secular que corona el portón de entrada del convento de las Irlandesas, y últimamente en la placa que el ejército al mando del general Esquivias hizo colocar el día 2 de diciembre de 1985, al cumplirse 500 años desde su nacimiento. Pero sobre todo ha quedado ahogado en el subconsciente colectivo, oculto y reprimido por el discurso oficial. La lápida no es sino otra losa mortuoria sobre el indicado subconsciente.
"Preclaro capitán, grande hombre, figura indiscutible y señera de la conquista, glorioso, dotado de gran talento, inteligente, valeroso, de espíritu indomable, evangelizador, gobernante justo y previsor, militar sin par, héroe, salvador de las almas indígenas" son los apelativos con que Esquivias califica al cruel extremeño.
Es lugar común el argumento esgrimido por tradicionalistas y defensores del pasado ejemplar de España de que, para valorar y juzgar a personajes pretéritos hay que considerar y tener en cuenta que las mentalidades no eran, ni mucho menos, las de hoy en día. Entre los valores de aquellos personajes y entre los nuestros hay un abismo, dicen. Es el argumento que enarbolan cuando la crítica a sus añorados modelos es negativa, pero no dudan en ensalzar otros aspectos de aquellas personalidades cuando redundan en beneficio propio, tal y como hace Manuel Esquivias en su discurso castillejense. El general artillero erige un ídolo artificial para cimentar valores guerreros siguiendo el dictamen institucional dominante, y ni veladamente toca lo que de verdad debiera preocupar de la actuación de Cortés en América.
Deberían preocupar estos aspectos porque son la clave para detener la reproducción de delitos que año tras año y siglo tras siglo afloran en la sociedad: la tortura, el asesinato, el robo, el genocidio, la violación y toda clase y tipo de conculcación de derechos humanos tienen sus raíces en la historia, y descubrirlas y arrancarlas es tarea tan necesaria como vital. De otra manera seguirán nutriendo muchas conductas y comportamientos que hoy afligen a la sociedad.
Que un servidor sepa, todavía no ha habido por parte de la Iglesia una expresa condena al supremo y metódico terrorismo que Franco instauró en todo el país desde su victoria en la primavera de 1939. Antes bien, en nuestro pueblo se continúa ensalzando a quienes lo apoyaron en teoría y espíritu desde el catolicismo municipal. Véanse los firmantes del siguiente documento, que empieza por "Recobrada la alegría a España (1) por el rotundo triunfo de las armas del Caudillo, esta Ilustre Hermandad ha acordado que con ferviente entusiasmo se celebre la Festividad del Apóstol Santiago, Patrono de España y titular de la Parroquia":
Se comprueba que todos los firmantes son gente, si no rica, sí con la vida resuelta (el nombre de un secretario aparece borroso: es José Ruíz Ortiz). Familias castillejanas con pequeñas o medianas industrias, con algún comercio local, o propietarias de ganado de carne o terreno agrícola, están representadas en el cuadro directivo de la hermandad sacramental, algo que ha sido y es lo usual en esta clase de institución. Véase cómo en el programa de actividades de la velada santiaguera figura el baile regional, eludiendo llamarlo baile por sevillanas por las connotaciones sensuales que las autoridades de la moral oficial percibían en tal denominación, aunque luego serían sevillanas lo único que se bailaría, y no ninguna de las demás danzas populares andaluzas (2). Así que se insta al pueblo llano a participar, previos los consabidos acicalamientos y ornatos corporales que cada cual, por supuesto, habrá de pagar de su bolsillo. Por no acabar de pedir, se pide en el documento que todos en general contribuyan con aportaciones crematísticas en forma de limosnas para el realce y boato que exigen las magnas fiestas del patrón de la España franquista y a la vez protector guía del destino espiritual del pueblecito.
Y ya estamos ante el panorama. Los miserables jornaleros se gastan el salario de un mes en tela barata y ordinaria para el traje de flamenca de las niñas, que coserán las parientas hasta altas horas de la madrugada robando tiempo al tiempo; se adquiere quincallería efímera al calé que la vende con su bicicleta por las calles; todo es ajetreo y nerviosismo en el interior de las casas; ya se echa encima el gran día, y quien se quede atrás en esta carrera de la vana e interesada ostentación sufrirá el resto del año el estigma vergonzoso de una negra marginación, cual pústula infecciosa.
Hay que exhibir debidamente a la hija adolescente ante las supremas fuerzas vivas. Si la chica está, según el gusto institucionalizado, jaquetona y en carnes, miel sobre hojuelas. A ver si se fija en ella el hijo del secretario municipal y la saca a bailar, que es un muchachote con estudios, escapado bien de la contienda con tres o cuatro medallas por enchufes de su progenitor.
El padre y la madre de la sofocada doncella acartonada bajo los churretones de pintura, ambos de pie porque los veladores son de pago, miran tiesos, sonrientes las caras recién fregoteadas en la palangana, soportando con la chaqueta demasiado grande y la falda demasiado larga los chorreones de sudor producido por el agobiante calor de la tarde que ya muere en La Plaza mientras se enciende una docena escasa de bombillas que alternan en aéreo alambrado con rojiblancos farolitos de papel. Las matronas se abanican violentamente, derramadas sobre los listones de las sillas de tijera sus grasientas adiposidades, mientras en corrillos empinan el botellín de cruzcampo los fachas que las ceban y mantienen, relamiéndose la espuma en los negros bigotitos recortados, rientes, descarados, prepotentes y procaces. Hay risas, sí. Risotadas que delatan buen humor, pero que provienen del estamento pudiente. Los demás presentes se conducen más bien silenciosos, parcos de movimiento corporal, ajenos y distantes, como a la expectativa cada vez más hueca de ilusiones a medida que pasan las horas. Hasta que, ya mascullada y tragada la frustración, llegaba el momento de levantar el campo, porque al día siguiente había que madrugar para ir al tajo.
El modelo festivo se sucedía año tras año. Por la entrada de Manuel el del Arco, ya cuajada la noche, aparecían dos lentas sombras siniestras, con gorros angulosos y fusiles al hombro. Ya quedaban solo unos pocos borrachines de poca monta, porque los importantes habían dejado el recinto antes para, a bordo de sus descapotables, hacer, en busca de la extensa oferta de amor mercenario, una ronda por las ventas de la comarca.
La guardia civil instaba, paternalista, al último exlegionario moqueante y lloroso por la ingesta de alcohol, a marchar a su casa a lavarse los vómitos y a dormir la mona.
Mientras, el cura Juan Ruíz Picón y las beatonas falangistas se disponían a retomar el protagonismo en las calles silenciosas y negras, preparándose para el desfile —cirios espectrales y canturreo monótono y desganado— del Rosario de la Aurora.
(1) La Hermandad Sacramental de Santiago de Castilleja de la Cuesta encauza por medio de su velada la "recobrada alegría a España por el rotundo triunfo de las armas del Caudillo". La referida "alegría" dura hasta nuestros días. Se perpetuó durante los 40 años de dictadura el ambiente de aquella velada de julio del Año de la Victoria, con superficiales variantes que no afectaban al ánimo de quienes la habían vivido, porque a poco que se rasque en las interioridades de aquellos castillejanos que sobreviven —si no ya presentes, sí en la memoria de quienes los conocimos—, se descubre el tedio, el abovinamiento, la represión, la hipocresía ya solidificada en sedimentos pétreos, la losa de la educación estoica impuesta a machamartillo, la obcecación, el instinto de dominación, el militarismo belicista, la avaricia capitalista. El legado de aquellos enfermos de fanatismo palpita tenue, como un monstruo en hibernación, en muchas mentalidades que, con máscaras de demócratas, pululan alrededor de cofradías y hermandades en el mundillo del culto católico, esperando la señal que, como la que dio Antonio Tejero el 23-F, las llame a convulsionar a una sociedad cada vez más laica y en la que han perdido muchos privilegios que consideran herencias sagradas de sus antepasados.
(2) "En lo que se refiere a la moral, el otro gran ingrediente de la coartación del ocio festivo popular [por parte de los vencedores en la Guerra Civil], la huella de la Iglesia es particularmente profunda. Las más vehementes diatribas contra las actividades y prácticas asociadas a la fiesta proceden del entorno eclesiástico, siendo célebre la prohibición del baile agarrado en los pueblos adscritos a la diócesis de Sevilla hecha efectiva por el cardenal Segura, por considerar tales divertimentos 'impúdicos y deshonestos', punta de lanza de 'la irrupción de inmoralidad que inunda todo el mundo y que se va extendiendo también por nuestra patria' ". Enrique A. Antuna Gancedo. La intervención del primer franquismo sobre la fiesta popular. Hispania Nova n.º 14, 2016.
El cardenal Segura llevó la represión al extremo de amenazar con la suspensión de sus funciones sagradas a los sacerdotes que absolvieran a los bailarines "agarrados" en confesión. El cura Juan Ruíz Picón, campante con su bonete y su inmensa sotana dando una vueltecita por la velada de Santiago, seguro que no incurriría en la categoría que marcaba Segura, en parte por su propio carácter y sobre todo porque de la Castilleja de la postguerra se habían desterrado totalmente semejantes "virus de las asociaciones piadosas, torturas de confesores, ferias predilectas de Satanás, etc.", que eran los bailes agarrados. El cardenal Segura fue más allá, prohibiendo el culto en cualquiera de sus manifestaciones en los pueblos donde se bailase el agarrado. Más: las bandas de música que tocaran en las fiestas no podrían hacerlo en las procesiones o en el interior de las iglesias, de manera que la que amenizó los tres días de velada de Santiago en La Plaza podría haber sido incluida en esta norma.
Respecto a la tortura, sistema que tanto y tanto se aplicó por parte de los españoles en la dominación del Nuevo Mundo (no olvidemos las llamadas de Francisco Narbona a reinstaurar la Inquisición en pleno siglo XX), no habían pasado tres semanas después de su discurso callerrealengo cuando escribió —en defensa de la guardia civil— Manuel Esquivias un artículo en el ABC del domingo 22 de diciembre de 1985, titulado El honor como divisa. En él, tras un preámbulo histórico sobre las excelencias del Cuerpo, alude a sus actos heroicos en acontecimientos como inundaciones y catástrofes padecidas por vascos y catalanes, y al acabamiento de "las partidas que al amparo de determinadas ideologías actuaron en los medios años cuarenta en las zonas más intrincadas de las provincias de Castellón, Teruel, Cuenca y Valencia, principalmente (1)". Asegura que la legitimidad del ser español estriba en "saber muy bien cuanto debe y tiene que agradecer a la Guardia Civil".
Y prosigue: "... es natural que a los delincuentes, los fomentadores del desorden y los que están en contra de la legalidad (2) tengan por enemiga a la Guardia Civil, a cuyos miembros ya no les basta con ser abnegados, sacrificados y entregados totalmente al servicio de los demás: son además atacados, vituperados y calumniados hasta límites increíbles. Naturalmente me estoy refiriendo al tristísimo espectáculo que se nos viene ofreciendo a los españoles con motivo de la desaparición y posterior descubrimiento del cadáver del joven navarro Miguel Zabalza (3)".
Acusa después Esquivias a Herri Batasuna, a las comisiones pro amnistía, a los partidos políticos de izquierda abertzale, a los sindicatos "que así contribuyen a su deber constitucional de defender y promover los intereses económicos y sociales que les son propios", a la derecha vasca católica integrada en el PNV, y a la propia Iglesia vasca "con el obispo Setién a la cabeza", de atacar a la guardia civil. Apunta la contratación de una prestigiosa doctora danesa para practicar una segunda autopsia a Mikel, y añade con toda mezquindad que es "a cargo de la familia, según dicen, que por lo visto está en situación económica de podérselo permitir (4)".
Mikel Zabaltza Garate (1952-1985)
(1) Obsérvese como elude el ámbito territorial que más le afecta, esto es, las serranías de Huelva, Sevilla, Córdoba o Jaén. Era mejor "no meneallo", olvidar las vergonzantes actuaciones de la guardia civil contra los guerrilleros antifascistas de estas zonas en la década de los 40, y mantener al pueblo andaluz y a sus nuevas generaciones en una "provechosa" ignorancia.
(2) Hay que rememorar ahora el papel del autor durante el 23-F, cuyos detalles mostré en la entrada anterior. No parece que Esquivias estuviese entonces muy a favor de la legalidad ni de fomentar el orden, aunque tres o cuatro años después aparente haberse reconvertido, ya en tránsito por el correcto sendero de la ley. Por cierto, no faltan en Castilleja denigraciones con "indirectas directas" al centro de actividad obrera izquierdista que era la barriada de Nueva Sevilla, objetivo de Esquivias como vimos en la anterior entrada: un colaborador del Boletín de la Hermandad Sacramental de Santiago Apóstol, Antonio Luque Cansino, firma un articulillo en defensa de la bárbara costumbre de los lanzamientos de cohetes en las fiestas populares y en las celebraciones parroquiales: "[...] Corremos el peligro en Castilleja, dada su proximidad a Sevilla, de ver amenazada nuestra identidad y nuestra especial idiosincrasia, al habernos convertido prácticamente en una ciudad dormitorio de la capital. No podemos consentir el ser como esos polígonos residenciales que rodean a las ciudades donde no existe ni el arraigo, ni la tradición a las costumbres, donde no hay ni consciencia (sic) ni memoria histórica (sic).
Defendamos también nuestros cohetes, porque así estaremos defendiendo en algún modo las raíces culturales y sociales de nuestra hermandad y de Castilleja de la Cuesta".
(3) "Las grabaciones de una conversación entre el excoronel de los servicios secretos del CESID Juan Alberto Perote y el capitán de la Guardia Civil, Pedro Gómez Nieto en la que admiten que el joven Mikel Zabalza murió al ser torturado, sacadas a luz por Público, han llevado al Congreso el caso Zabalza.
'El tema de Zabalza está muy feo. Se les ha ido la mano, se les ha quedado en el interrogatorio. Fue una parada cardiaca como consecuencia de la bolsa en la cabeza', expone Gómez Nieto en el audio". Público, 26 de febrero de 2021.
(4) Aquí ladinamente echa mano a la creación de tensiones entre clases sociales, en unos años de paro rampante. Tensiones entre clases sociales y entre comunidades autonómicas: la vasca y la andaluza. Y tensiones entre familias "pudientes" y familias que no lo son. Pero es falso que la familia de Mikel Zabaltza estuviese en buena posición económica, como lo demuestra el que Zabaltza trabajase de conductor de autobús en la compañía municipal Tranvía de San Sebastián. Eran nueve hermanos, y él antes había ejercido de pastor, de bombero y en la limpieza de montes. Mas Esquivias hace suyo aquello tan manido del "divide y vencerás".
En la puerta del convento de las Irlandesas Manuel Esquivias Franco pronuncia su discurso sobre Hernán Cortés
Nicolás de Jesús Salas
Otro que metió palo en candela en los días alrededor del 23-F fue Nicolás Salas. A Nicolás de Jesús Salas (1933-2018) se le puede considerar, con toda propiedad, vecino de nuestra Villa —en la última etapa de su vida—. De hecho así lo hacen en El Correo de Andalucía, donde tan conocido era. En realidad vivía en la barriada llamada Colina Blanca que, aunque en término municipal de la localidad de Tomares, linda con el de Castilleja y está más cercana al centro urbano de esta última a efectos de relaciones sociales, compras o solaz.
Además Nicolás Salas estaba muy familiarizado con esta zona, ya que desde la edad de 10 ó 12 años había vivido en La Pañoleta, con un tío suyo regente de un restaurante llamado Rancho Alegre sito en dicho barrio cameño. El abogado y secretario del juzgado de Camas Manuel Alarcón Martín le proporcionaría contactos en Sevilla en el mundillo periodístico por mayo de 1950, en concreto con un falangista, Celestino Fernández Ortiz, director del periódico Sevilla, quien influyó decisivamente en el joven Nicolás para encauzarlo hacia sus posiciones políticas franquistas.
Hombre profundamente reaccionario, Nicolás Salas se declaraba abiertamente joseantoniano y espetaba afirmaciones como esta: "Queipo de Llano hizo militarmente en 1936 lo que tenía que hacer… Y punto”. Era devoto del padre Tarín, del cual siempre tenía en la mesa de su despacho una foto (1).
Susana Díaz Pacheco, presidenta del PSOE de Andalucía, publicó a su muerte: "Fue un maestro de muchas generaciones y cronista y memoria viva de la ciudad de Sevilla en la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI".
Quien dice muchas verdades sobre la persona de Salas es el prolífico y prestigioso autor de libros sobre memoria histórica andaluza Francisco Espinosa Maestre, en su artículo Sobre periodismo y propaganda: el caso de Nicolás Jesús Salas. Espinosa se sorprende de lo que se dijo a su muerte, y sobre todo de lo que se dejó de decir. Se sorprende, asistido de toda la razón del mundo, de los pésames del presidente del gobierno Pedro Sánchez y de Susana Díaz, y del minuto de silencio guardado en un partido entre Betis y Real Madrid en señal de respeto por su fallecimiento. "De Salas hemos podido leer estos días de todo: se lo ha recordado como 'maestro de periodistas', 'cultivador de una prosa excelsa', 'fuerza de la naturaleza desatada', 'el más encendido defensor y crítico más despiadado' de Sevilla, colaborador de 'organizaciones de caridad', 'pionero del andalucismo'. [...] Según parece no era el momento de recordar el papel que jugó como director de ABC de Sevilla en los meses anteriores y posteriores a la intentona del 23 de febrero de 1981, ni la apología constante del golpe militar de julio de 1936 que realizó durante décadas y hasta el final de su vida, ni los métodos que caracterizaban sus obras sobre la historia de la ciudad desde 1931. Me refiero a libros como Morir en Sevilla (1986), Sevilla fue la clave (1992) o La otra memoria histórica (2006), por solo citar algunos. Son cuestiones estas que recorren su época de mayor influencia (2)". ctxt.es
La familia De Jesús Salas-Pareja Collantes emparentó por matrimonio con los García-Luna, vecinos de Castilleja en la barriada de la Inmaculada Concepción. Era esta última familia numerosísima, llamándoseles entre nosotros "Los Catorce Hermanos". El cabeza fue militar y estuvo en Rusia con la División Azul. Con otro militar, estadounidense, formó familia una de sus hijas.
Los García Luna llegaron a la barriada cuando yo andaba por los once o doce años de mi edad, y con los de mis mismos años en seguida hice una sólida amistad, compartida con los Garrigós Perucha, con los Narbona García y con otros que irán apareciendo a lo largo de esta historia.
Nicolás Salas fue invitado a pronunciar una de sus conferencias en Castilleja de la Cuesta, a la cual yo asistí a falta de algo mejor que hacer y prevenido contra las arcadas estomagantes y berrinches súbitos que me pudieran sobrevenir al escucharlo. La charla y el insípido y apagado coloquio posterior tuvieron lugar cierta tarde, hace ya algunos años, en la Asociación Cultural Don Rafael Bellido Caro (3), languideciente grupo de castillejenses discípulos y transmisores del legado que aquel cura gaditano —luego obispo— dejó en Castilleja. La mencionada Asociación padeció raquitismo desde su nacimiento, a lo que contribuía día a día el olvido o el desprecio administrativo y las cada vez más menguantes subvenciones municipales que a duras penas se le inyectaban, y, sobre todo, las enemistades personales entre sus socios. Llegaron a editar una efímera revistilla (4) que deslizaban gratuitamente por debajo de las puertas, cuyas páginas se rellenaban con fotos antiguas, con artículos variopintos escritos por los socios más cultos, y con entrevistas a personajes destacados del pueblo, todo ello caracterizado por la mediocridad más rancia y pueblerina que imaginarse pueda.
(1) Sin duda que Nicolás Salas desconocía la trama de circunstancias históricas que se centraban en su paisano valenciano el jesuita Tarín en relación con nuestra Villa. Nacieron Salas en Valencia y Tarín en Godelleta, separadas 30 kilómetros, lo que explicaría en la afición que el primero profesó al segundo, aparte del espíritu frailuno-jesuitesco que ambos compartieron.
Francisco Tarín Arnau (1847-1910) trató a las monjas irlandesas de Castilleja en los tiempos en que la congregación iba a trasladarse hasta el palacio de los Montpensier desde el Puerto de Santa María de Cádiz, ya que el indicado jesuita fue profesor durante algunos años —desde agosto de 1884— en el colegio San Luis Gonzaga de aquella localidad, colegio donde, precisamente, algunos cursos después estudiaría el poeta Rafael Alberti. De manera que una vez en Sevilla Tarín como superior de la Compañía entre 1898 y 1904, es de suponer que no perdería el contacto con el convento recién establecido en nuestra Villa.
"Instalado en el edificio de la plaza del Ave María en 1867, el colegio de San Luis había iniciado la segunda época de su historia en septiembre de 1875, cuando se recuperó para la enseñanza tras haber permanecido clausurado durante el Sexenio Democrático. Francisco Tarín viene al prestigioso centro educativo portuense durante el mandato del P. Miguel Sánchez Prieto, rector de 1881 a 1888. En el colegio de El Puerto había expectación ante la llegada del Padre Tarín, renombrado ya entonces por una abnegación y humildad extraordinarias. La comunidad jesuita la componen en el curso 1884-85 un total de 31 individuos, siendo el Padre Tarín uno de los 12 sacerdotes destinados en el colegio. El número de alumnos asciende entonces a 263, de los que el 75% aproximadamente son internos. Tarín asume dos cargos: inspector responsable del orden de los alumnos mayores (1ª división) y director de la congregación de San Estanislao, a la que pertenecían los medianos y pequeños (3ª, 4ª y 5ª divisiones). Durante algunos meses fue además profesor de Física y Química. 'Convivió constantemente con nosotros', recordaban los internos del último curso de bachillerato, quienes comprobaron con asombro que su Padre inspector apenas dormía tres horas cada noche, y, además, sentado en una silla. A los congregantes les infundió el Padre Tarín su propio talante evangélico, reorganizando la congregación y 'haciéndola brillar extraordinariamente en virtud y en espíritu', en palabras del antiguo alumno Ignacio de Casso Romero.
El rector Sánchez Prieto encargó a Tarín que predicara el sermón de las Siete Palabras el Viernes Santo de 1885. Tal fue su carisma y tanta la fuerza de su oratoria que no hubo nadie en la iglesia del colegio que no llorase: 'El P. Tarín —narró un testigo— se alzó de nuevo en el púlpito y empezó a repetir: '¡Jesús!, ¡Jesús!…' Y después de clamar varias veces al Señor, sobrecogido el auditorio, casi amedrentado, en un silencio impresionante, tras una pausa en la que parecía aguardar le respondiese, se volvió a nosotros y dijo: '¡Hermanos míos, Jesús ha muerto! ¿Sabéis en qué lo conozco? ¡En que lo está llamando el mayor pecador del mundo, y no responde!' (1a). Fue también en la primavera de 1885 cuando el Padre Tarín recibió un fuerte golpe en la pierna derecha jugando al balón con sus colegiales. La herida, curada despiadadamente por el propio sacerdote, supuso un continuo tormento que le acompañó hasta su muerte.
Cuando el cólera invadió la ciudad en septiembre de 1885, el rector de los jesuitas ofreció asistencia espiritual y material a los contagiados, estableciendo un turno de bonos para que los más necesitados recibieran en el colegio su ración de sopa, carne, tocino y pan. El Padre Tarín, rosario y crucifijo en mano, pidió ser destinado al lazareto que el Ayuntamiento estableció en la ermita de San Sebastián: 'Él recibía a los coléricos y los ayudaba a sacar de las camillas, y los llevaba él mismo a sus camas, los asistía y cuidaba día y noche. Los instruía, los confesaba y los preparaba para la muerte. Muchos de ellos morían abrazados a aquel ángel de caridad', manifestó la Srta. Mª Ignacia de la Portilla Bela. Al terminar la epidemia dos meses más tarde, el Ayuntamiento que presidía D. Francisco de Miranda Hontoria acordó dar un voto de gracias a los Padres de la Compañía de Jesús por 'la virtuosa y ejemplar caridad y cristiana abnegación que han demostrado'.
Retrasado el comienzo del curso 1885-86 hasta el 8 de noviembre, todavía tuvo energías Francisco Tarín para acompañar a los Padres Fernando Cermeño y Juan Alonso a Écija, donde iban a predicar una misión. Sin descuidar sus responsabilidades en el colegio, el Padre Tarín desarrolla este curso un intenso y fructífero apostolado en la ciudad: 'Más predicación, más confesonario, más asistencia de enfermos, más doctrina cristiana a pobres y niños', escribe el P. Pedro Mª Ayala, discípulo de Tarín en El Puerto. José Mª Javierre —biógrafo también del Padre Tarín— cree que el colegio de San Luis no pudo ilusionar al jesuita: 'Por encima de los sutiles meandros sentimentales de niños aristócratas le interesan los sufrimientos de la pobre sencilla gente habitante de las barriadas proletarias' ". Bernardo Rodríguez Caparrini, historiador de la Universidad de Cádiz. Diario de Cádiz, 1 de febrero de 2010.
El jesuita Tarín fue director espiritual de doña Rosalía Puigserver en Castilleja (ver Historia de los apellidos, 4. Abril de 2019), y lo había sido también de sus padres. Por su influencia en la familia Benjumea Puigserver también debió influenciar en Manuel Oliver Perona para que años después vistiera el negro hábito ignaciano (ver Historia de los apellidos 21p. Junio de 2020). Francisco Tarín asimismo fue director del colegio jesuita de la sevillana calle Jesús del Gran Poder (1b), el cual convertirían desde julio de 1936 en checa y centro de detención Santiago Garrigós Bernabeu, Manuel Díaz Criado y José Rebollo Montiel, como ya documentamos. Los restos de Tarín yacen en un sepulcro de la capilla de este colegio-cárcel de Sevilla. Si hubiera podido oír los gritos de los republicanos torturados probablemente daría gracias a Dios por su justicia derechista.
El padre jesuita Francisco Tarín descansando en la paz de Dios
(1a) Tarín hubiera sido un inmejorable modelo para las creaciones caricaturescas que de estos religiosos hizo el genial novelista Ramón Pérez de Ayala (1880-1962) en sus obras, especialmente en A. M. D. G. (Madrid, 1910), una novela fuertemente censurada por el franquismo.
En su edición de esta novela (Cátedra, 1983), el filólogo Andrés Amorós Guardiola esquematiza los temas que Pérez de Ayala desarrolla de la siguiente manera:
a) La absolución de un jesuita vale más que la de un simple sacerdote.
b) El jesuita posee el "orgullo convertidor" de descarriados.
c) El jesuita es profesor de todas las materias. (Se sobreentiende: no sabe nada de ninguna).
d) La regla de su Instituto les aconseja hacerse los sordos a lo que no les interesa.
e) Usan efectos de pueril efectismo.
f) Odian el amor natural.
g) En nombre de la religión, no conceden nada positivo a la naturaleza. Piensan que, al margen de Dios, todo es podredumbre.
h) Creen que los libros son causa fundamental de perdición.
Francisco Tarín estudió filosofía en el monasterio jesuita de San Zoilo en Carrión de los Condes (Palencia), el mismo lugar donde en su mocedad estuvo interno Ramón Pérez de Ayala. Este colegio de San Zoilo se trasladó al de la Inmaculada de Gijón, en el que también estudiaría Pérez de Ayala y en el cual ambienta su referida novela:
"El padre Francisco Xavier Arostegui, Superior o Rector del Colegio de la Inmaculada, tipificaba con toda netitud y precisión el jesuita vasco. Su cuna fue Azpeitia. Cenceño, aventajado de estatura, rígido, sobrio o más bien nulo en el ademán, constante en un mismo gesto, veíasele por primera vez y para siempre; perdurable y hermético como un destino. Cejiapretado, por donde se adivinaba su tenacidad; la boca muy sutil y contraída, componiendo una expresión en que complacencia y desdén se entremecían confusamente. Fanático, pero con fanatismo sordo y cauto, no con el bélico ardor de los corazones sencillos. Su máxima era el dicho del estratega antiguo: σπεῦδε βραδέως, apresúrate lentamente. En palabras tan corto que de seguida quebrantaba locuacidades ajenas. En sus hechos, incógnito. Mandaba raras veces; pero se las componía de suerte que las cosas andaban conformes a su voluntad. Gustábale extremadamente que sus jesuitas vinieran a confiarle chismes y cuentos, unos de otros, si bien se guardaba de agradecerles el servicio o de inducirles claramente a ello, sino que los alentaba con disimulo y por otros medios, estableciendo, por ejemplo, distinciones y privanzas a favor de los más celosos en las delaciones".
En la regla número 39 de las Constituciones que Ignacio de Loyola promulgó para la administración de los colegios de la Compañía de Jesús se dice: "Corrección fraterna: Aunque es bien que quien no tiene cargo dello mire por sus defectos más que por los de otros, todavía quien viese claramente defectos de otros, si tornan en perjuicios del común, debe denunciarlos al Rector".
(1b) Los jesuitas de Sevilla debían mucho a la familia Benjumea*, lo que explicaría, una vez establecida en nuestra Villa, su vínculo con el padre Francisco Tarín.
Nacida en Sevilla en 1855 e hija de Fernando Armero Fernández de Peñaranda y de Inés Benjumea Pérez de Seoane**, María de los Dolores Armero Benjumea, con dinero de su progenitor, compró en 1887 a una sociedad británica dedicada a la propagación de la Biblia por medio de traducciones diversas y ediciones asequibles, los antiguos edificios que luego serían residencia y templo de la Compañía en la calle Jesús del Gran Poder, por donación de la referida Benjumea.
Esta sociedad bíblica británica estaba representada en Sevilla por un erudito y astrónomo escocés llamado John Sutherland Black (1846-1923), colaborador de la Encyclopaedia Britannica y del Dictionary of National Biography. Los referidos edificios fueron adquiridos por Sutherland a las autoridades sevillanas surgidas de la Revolución de 1868, que los habían incautados tras haber servido como casa de vecinos y anteriormente como cuartel militar, desde la desamortización de 1835. Hoy están marcados como sitio de la Memoria Histórica con una placa en su fachada.
* "Juan Petrirena Aurrecoechea y el jesuita Pérez del Pulgar, —director espiritual e impulsor de Javier Benjumea Puigserver—, fueron las dos patas que sostenían el monstruoso edificio del trabajo esclavo en el post-franquismo. El jesuita fue el encargado de proporcionar prisioneros-trabajadores al Servicio de Colonias Penitenciarias Militarizadas y el organizador de los Destacamentos Penales. "El Servicio de Colonias Penitenciarias Militarizadas dependía directamente de la Presidencia del Gobierno, para ello contaba con una oficina de enlace en dicha presidencia. Mantenía una conexión directa con los Ministerios de Justicia, del Ejército y de Obras Públicas. Con el primero a través del Patronato de Redención de Penas por el Trabajo, que era quien le proporcionaba a los presos-obreros, así como los funcionarios de prisiones que vigilaban el interior de los campamentos, el segundo le proporcionaba la tropa destinada a la vigilancia de los reclusos, así como los mandos de esta tropa y los medios de transporte necesarios; el tercero le comunicaba, antes de salir a concurso, aquellas obras que debía realizar, una vez que el Servicio de colonias consideraba que dichas obras se podían realizar eran retiradas de la licitación pública". José Pérez Conde. La construcción de la presa y el canal bajo del Alberche 1939-1950: La utilización de los prisioneros republicanos como mano de obra forzada en su construcción". Historia de los apellidos, 15. Mayo de 2019.
** "Javier Benjumea Burín (nacido el 5 de mayo de 1880 en la calle Almirante Ulloa nº 1, barrio de San Vicente en Sevilla) y Rosalía Puigcerver Casas (nacida en Palma de Mallorca en 1882) contrajeron matrimonio de la iglesia de San Vicente el día 30 de septiembre de 1903. Padre de él fue Diego Benjumea Pérez de Seoane, un ultraderechista del partido de don Ramón Nocedal y casado dos veces; con la segunda esposa, Mercedes Burín Castro tuvo ocho hijos, el Javier criado en Castilleja entre ellos". Historia de los apellidos, 4. Abril de 2019.
De esta manera María de los Dolores Armero Benjumea, la benefactora de los jesuitas, también se vinculó con la marquesa del Loreto y con su marido Pablo Capetillo, primo hermano del ultracatólico carlista Ramón Nocedal. De hecho el padre Tarín quiso ser militar carlista antes de que con 26 años de edad ingresara en los jesuitas, y si no se le admitió en el ejército del absolutismo fue debido a sus escasas dotes físicas.
Así se comprueba una vez más la sólida relación del carlismo castillejano —Capetillo, Benjumea, y sus caciques de segunda— con los jesuitas. La de éstos con las Irlandesas, ya apuntada arriba, tiene su base en el propio código de actuación de los ignacianos en el campo de la educación femenina, encomendando a diversas congregaciones monjiles la formación de unas niñas cuyo trato, a pesar de ser de buena posición social, a ellos, profundamente machistas, les repugnaba.
De la influencia jesuítica en el ámbito femenino de nuestra Villa, además de la parte que toca a las Irlandesas, hay más vestigios, nótese en el subrayado que añado:
"Los más relevantes protagonistas de este turbio asunto fueron Carmen Tovar Rodríguez y Julián Salguero Villadiego. La primera como alcaldesa de nuestra Villa, vicepresidenta de la Diputación de Sevilla y responsable de los Asuntos Taurinos en la provincia, secretaria de política institucional de la Ejecutiva regional del PSOE, presidenta del Apostolado de la Oración —de tradición jesuita— y hermana de honor y pregonera de la castillejana Hermandad de la Plaza. Y el segundo como alcalde que fue también de Castilleja, colaborador de la Asociación Cultural Rafael Bellido Caro [ver abajo la nota 3] de esta Villa, químico de profesión, responsable de la calidad de aguas de Aljarafesa —empresa municipal de la comarca del Aljarafe—, y presidente de la plaza de toros de la Real Maestranza de Sevilla". Historia de los apellidos, 11. Mayo de 2019.
Hoy la "caza de feministas" se reproduce desde aquella otra caza de brujas tan protagonizada por Ignacio de Loyola y sus secuaces. El padre Francesc Garau, rector del colegio de la Compañía de Jesús en Mallorca, manifestaba: ""Bien conocida es la debilidad de este sexo: nieta del lodo, hija de la carne de Adán y de un pequeño hueso [...] Sois un compuesto de pasiones que os inclinan a mil defectos; es vuestra naturaleza inficcionada en la culpa, siendo tan débil la mujer, es la más sufrida de todas las criaturas y pronta a la ira, lo que le falta de fuerza lo tiene de veneno en la lengua". Y el ínclito Baltasar Gracián, jesuita también, aseguraba: "La mayor capacidad de la más sabia mujer no pasa de la que tiene cualquier hombre cuerdo a los catorce años de su edad".
Hace unos años, en la celebración de la Semana de la Mujer cuyos actos organiza el ayuntamiento de Castilleja, entre ellos una exposición fotográfica titulada "Con rostro de mujer" que ya iba por su tercera edición —en el Día de la Mujer de este 2021 se ha celebrado la quinta—, la entidad consistorial solicitó la participación de la Asociación Apostolado de la Oración —Mujeres del Sagrado Corazón de Jesús—. Aunque el primer dato documentado de esta Asociación en Castilleja tiene fecha del 19 de agosto de 1849 según carta de indulgencias concedida por el entonces papa, se intenta por parte de los historiógrafos católicos castillejeros remontar su origen a los tiempos de la hermana de la condesa de Lebrija, una propietaria hacendada y terrateniente casada con Ignacio Chacón Medina y Salazar, llamada María Ana Pérez de Garayo Ochoa de Lecea Ladrón de Guevara, la cual en su testamento encargó misas en la iglesia de La Plaza por su alma, que se dijesen en nombre del Sagrado Corazón de Jesús. Nada más. Pesa en este supuesto origen de la Asociación la preponderancia económica de la susodicha hacendada, ya que si se tratara del testamento de cualquier otra mujer del común de nuestra Villa, la citada Asociación Apostolado de la Oración hubiera renegado, avergonzada, de tan grosero origen. En cualquier caso, humilde o privilegiado, tal origen sería una tan interesada como artificial construcción falsa —otra más— de quienes pretenden dar solera añeja a las instituciones que sirven, en busca de un prestigio histórico sin pies ni cabeza.
Algunas castillejanas componentes del Apostolado de la Oración del pueblo
El Apostolado de la Oración primigenio nació a mediados del siglo XIX merced a un grupo de estudiantes jesuitas de la ciudad de Vals (Francia), quienes no admitían ni creían producente tanto tiempo como el que se les obligaba a emplear en estudios, formación y oración en los conventos, habiendo —decían— una gran necesidad de evangelización en tierras de misión. Siendo así, el Apostolado de la Oración de Castilleja ha degenerado en un club de amas de casa jubiladas que rellena el tedio de los días con una actividad psíquica narcotizante, a la espera de la consiguiente reunión parroquial dirigida por el pastor de turno.
(2) En otro artículo que Francisco Espinosa titula El ABC de Sevilla y su papel en el 23-F, aparecido en Público el 9 de octubre de 2015, refiere entre otras interesantísimas noticias: "[...] nos centraremos en lo relativo al ABC de Sevilla, dirigido por Nicolás Salas entre 1976 y 1984. Lo que ya sabíamos de oídas se confirma ahora por la documentación oficial. El periódico dirigido por Salas apoyó el golpe y el propio gobierno lo consideró golpista y fascista. Como nos recuerda Luis Santos [autor de La prensa que se vendió. Ediciones Carena, 2015], el periodista Ramón Orozco, que criticó públicamente a Salas, fue condenado a pagar una multa. He aquí la justicia española en acción, defendiendo al fascista y condenando al demócrata. Como si lo fundamental no hubiera cambiado.
El 16 de marzo de 1981 Ignacio Aguirre informa al presidente Calvo-Sotelo que 'la noche del golpe, [Salas] prohibió salir a la calle a todos los redactores de ABC. Él se fue a Capitanía (no al Gobierno Civil). ABC de Sevilla no ha dado ninguna información sobre lo que ocurrió o dejó de ocurrir en Sevilla en ese día'. Uno de los documentos compara en qué forma trataron las dos ediciones de ABC (Madrid y Sevilla) los sucesos del 23 de febrero. Entre las diferencias señala que la de Sevilla 'juega abiertamente la carta desmovilizadora'.
[...] La falta de información sobre el golpe fue compensada por el diario de Salas con abundante información sobre el terrorismo etarra, aspecto que tampoco pasó desapercibido en el informe. La manipulación de la realidad era constante y la ética periodística un concepto enteramente ajeno al periódico sevillano".
El día anterior al golpe de Antonio Tejero, Nicolás Salas preparó psicológicamente a la opinión pública para que aceptase la inevitabilidad de la intentona, con incitaciones directas a ésta y a la subsiguiente represión, insistiendo en un supuesto paralelismo entre 1931-1936 y 1975-1981, añade el historiador Espinosa Maestre. En efecto, en su artículo El veneno está servido, aparecido en el diario de su dirección, el ABC, el 22 de febrero de 1981, Nicolás Salas carga las tintas con trágicos aspavientos dibujando un país catastrófico. Que si España era un volcán como en febrero de 1936, que si batíamos el récord europeo de asesinatos "sociales", de gobiernos inestables, de traiciones, de insultos en el Parlamento, de prensa desmandada, con la calle en poder de los osados... Afirma que el terrorismo torturaba, lo cual es absolutamente incierto. Se refiere al paro como una catástrofe y acusa a los sindicados, con sus reivindicaciones, de poner en riesgo a las empresas. Huelgas, absentismo, picaresca del seguro del desempleo, cortes de calles y carreteras, apedreamientos de trenes y automóviles, manifestaciones, algaradas "buscando el mártir, la sangre inocente que esgrimir". Denuncia escandalizado las paredes insultantes con publicidad pornográfica, con pintadas calumniosas y blasfemas. Dice, no menos escandalizado, que se pone a Rusia como ejemplo de país respetuoso con los derechos humanos. Que los piratas apresan a nuestros pescadores. Que el terrorismo se publicita en prensa y televisión, chantajeando al Gobierno y boicoteando al turismo. Que hay sacerdotes mezclados con los grupos radicales que ocupan fincas y organizan piquetes. Y continúa listando las lacras que afligen al país: se ataca a la Iglesia, al Nuncio de Su Santidad, al mismo Papa, a la familia; se calumnia a la Policía, etc., etc., etc.
Y termina: "A escribir lo que antecede los seudodemócratas le llaman desestabilizar el sistema. O sea, ser reaccionario. Más vale ser un pesimista razonable que un irresponsable optimista. Ya se sabe: Un pesimista suele ser un optimista bien informado".
En el gran salón de la cafetería del antiguo hotel Marengo de la calle de Enmedio —hoy cerrado— tres conocidos castillejanos, varones maduros de escasa cultura pero de posición económica desahogada, —y sin duda asiduos lectores del ABC—, sentados en torno a una de las mesas, hablaban con tono perfectamente audible para los más cercanos parroquianos que completaban la clientela en aquella tarde del 23 de febrero. La radio del local informaba de los acontecimientos que se desarrollaban en Madrid y en Valencia. En la barra, un joven concejal socialista del ayuntamiento, mientras consumía su café con leche, pudo oír al trío en cuestión, no sin asombro, ya que uno de ellos anotaba con su bolígrafo meticulosamente en un folio los nombres y apellidos que los otros dos le iban recordando, entre los que se encontraban políticos locales comunistas, andalucistas y socialistas, miembros destacados de los sindicatos de la izquierda, y algún que otro vecino prominente por sus ideas progresistas. Sin recato alguno, los tres individuos elaboraban la clásica lista negra.
En la calle trasera al establecimiento hotelero, llamada Príncipe de Asturias, otro conocido castillejense de la misma cuerda que los tres descritos había colocado en el alféizar de la ventana baja de su domicilio un radio-casete emitiendo música militar a todo volumen: "Los Voluntarios", el himno de La Legión y el pasodoble "Soldadito Español" atronaron durante varias horas el área, con el lógico desconcierto de los vecinos.
Entre 1976 y 1984, periodo en que Nicolás Salas dirigió el ABC de Sevilla, se menciona a Manuel Esquivias Franco en 156 ocasiones —incluyendo las de la edición madrileña—. A este general apologista de Hernán Cortés dio Salas en su diario amplio espacio para que se expresara. Manuel Esquivias estuvo dedicado con especial énfasis durante este tiempo y en los años posteriores a acercar al Ejército a la sociedad. Abría los cuarteles a visitas de grupos civiles —con la ridiculez papanatas de hacerlos desfilar y jurar bandera—, concertaba actos castrenses por doquier, adoctrinaba en las actividades belicistas a alumnos de los colegios e institutos que se lo permitían, organizaba programas de radio y televisión dedicados a informar de las labores de los militares, y escribía mucho, como queda dicho, en el periódico de Salas, intentando familiarizar a la ciudadanía con la vida cuartelera.
Quien esto escribe sospecha que más que acercar el ejército a la sociedad, lo que Esquivias perseguía era militarizar a esta última en todos los órdenes de su existencia y actividad, lo que le reportaría ventajas fácilmente imaginables en cierto campo, esto es, en el del llamado complejo militar-industrial, que reporta pingües beneficios económicos sobre todo a los uniformados.
Manuel Esquivias tenía un maestro que le había allanado el camino en sus propósitos de fundir en un solo ente a civiles y militares: el general Manuel Díez-Alegría Gutiérrez (1906-1987). Hermano del sacerdote jesuita José María Díez-Alegría, este general estudió durante su adolescencia en el mismo colegio en que lo hicieron el padre Tarín y el novelista Ramón Pérez de Ayala, el de La Inmaculada Concepción de Gijón, de la Compañía de Jesús. Excombatiente de la Guerra Civil y luego diplomático, se preocupó de la modernización y profesionalización de los militares españoles. En su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas el 5 de marzo de 1968, titulado Defensa y Sociedad, dijo entre otras cosas (subrayado mío):
"Pasando [...] a la influencia mutua que se desarrolla entre defensa y fomento [economía, producción] nacionales puede calificarse de primordial. Como no existe una línea neta que separe la producción militar de la producción civil, las necesidades de la organización castrense constituyen un estímulo para el desarrollo económico, a la vez que establecen relaciones profundas entre el militar y otros estratos de la sociedad. Pero, a su vez, también las circunstancias nacionales del desarrollo pueden influenciar los fundamentos mismos de los ejércitos".
Díez-Alegría retoma esta idea de Hermannn Oehling, quien la desarrolló en La función política del Ejército. Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1967.
Viene muy a propósito aquí y ahora referir lo acontecido en nuestra Villa la mañana del homenaje a Hernán Cortés, porque da una idea muy clara sobre la relación entre los militares y los civiles en España, aun cuando tal acontecimiento podría pasar por una simple anécdota si no se reflexiona con detenimiento sobre él. Situémonos en la Calle Real de Castilleja aquella mañana, mientras la gente esperaba la llegada del general, con Baldomero Camacho filmando la escena (ver la entrada anterior). Atraída por la actividad inusual, el barullo, los estridentes toques de corneta y el paso de la muchedumbre, una anciana casi nonagenaria aprovecha un descuido de sus familiares y sale de su domicilio en la parte alta de la calle Hernán Cortés, movida por una irresistible curiosidad. Es cenceña y enteca, de baja estatura, encorvada, de cara pálida y arrugada y viste, al uso de las mujeres de su tiempo, enteramente de negro. Cuando llega calle abajo a la muralla que forma el público en la salida a la Calle Real, logra observar entre los cuerpos el conjunto de militares de todas las graduaciones que se mueven a lo largo y ancho de la calle, las órdenes dadas a los policías militares, a los ayudantes y edecanes, las carreras apresuradas llevando instrucciones, los esporádicos toques de cornetín, la fila de soldados con grandes banderas junto al convento de las Irlandesas. Falta poco para que, de la impresión, caiga desmayada a tierra. Horrorizada, vuelve hacia su casa tan deprisa como se lo permiten sus debilitadas piernas, con los brazos abiertos y entre lamentos y sollozos desesperados. Al verla presa de tanto miedo y angustia, varios de los presentes, que en un principio no comprenden la extraña conducta de la anciana, se le acercan interesándose por ella. A duras penas la mujer, temblorosa y presa de terror, logra comunicar a quienes la rodean y ayudan que cree que se están repitiendo los hechos de aquel nefasto 23 de julio de 1936 en el que los franquistas se presentaron en Castilleja para terminar con los republicanos. Es decir, que hay otro golpe militar.
Todos, naturalmente, intentan calmarla, convencerla de su equivocación. La edad, el desgaste de su cerebro ya desorganizado por los años, hacen imposible hacerla regresar a la realidad. Su familia la recoge y se la lleva al reconfortante interior de su vivienda.
A pesar del Alzehimer delirante, el recuerdo de la columna de Carranza seguía tan vivo y fresco en la mente de la anciana que, al menor estímulo, se le representó tan real como había sucedido más de cuarenta años antes.
La relación de este caso con la empresa del general Esquivias de estrechar lazos entre el ejército y la sociedad me parece absolutamente interesante, digna de un estudio amplio y profundo.
(3) "Rafael Bellido, una personalidad castrante que desplegó —con sutileza, diplomacia y verborrea— amplia gama de técnicas psicológicas para reprimir el desarrollo normal de la sexualidad, neurotizando a varias generaciones de castillejenses. Proporcionó abundante material para las canteras de idiotizados costaleros de pasos de Semana Santa, de capillitas para parasitar los templos, y de toscos cornetas y tambores de sus estruendosas bandas de música. Tiene Bellido calle en Castilleja, y el título de Hijo Predilecto de ella, lo cual denota la claridad mental y la capacidad de razonamiento de nuestras administraciones, o el cómo va de la mano de la política y de la de la religión el embrutecer a las masas". Los olvidados, 12c. Enero de 2021.
(4) Revista que, titulada La Asociación, aparecía por debajo de mi puerta cada seis meses, ya que otras ocupaciones más trascendentes de sus colaboradores, como son las veladas en peñas futbolísticas, las actividades de culto religioso en las hermandades, o el ver pasar el tiempo desde la terraza de cualquier bar, impedían que dedicasen más y mayor esfuerzo intelectual a la publicación haciéndola siquiera mensual.
En la página 26 del número de diciembre de 2008, en un Acto de Reconocimiento, Agradecimiento y Nombramiento de Socios de Honor a personalidades que han colaborado con nuestra Asociación (sic), celebrado el día 1 del dicho mes y año a las 8,30 de la tarde, obsequiaron los intelectuales del pueblo castillejense a Nicolás de Jesús Salas con un pergamino acreditativo de su condición de tal Socio de Honor, como asimismo hicieron con los demás personajes asistentes, que fueron tres o cuatro catedráticos capillitas de diversas cofradías, dos o tres directores de domesticadores institutos de segunda enseñanza, algún que otro flamencólogo de ámbito provincial más rociero que otra cosa, y en general, representantes de cuarta o quinta fila de la chabacana cultura popular potenciada por el socialista José Luis Rodríguez Zapatero a lo largo y ancho de una España propicia a asimilar todo lo que fuera copla, deporte compulsivo y reality show.
Algunos números de la revista La Asociación
(Continúa en la entrada siguiente)









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