Juan Martin había bajado los zaragüelles* al joven y le manoseaba los glúteos. Zumbaban las moscas y a través de las hojas de las centenarias higueras el sol parcheaba las pieles morenas, sudorosas bajo la tensión del momento, dando a los dos esclavos con su irreal luz aspecto extraño de seres fantásticos. Era Juan Martin** hombre de unos cuarenta años, de aspecto gorilesco, de constitución musculada como dichos antropoides, y de su misma torpe moción. Poseía unas fortísimas manos, como tenazas, y en el rostro una nariz que acusaba todas las características de su etnia, casi tan ancha como la boca y de aletas tan remangadas que se podían adivinar las fauces al fondo de sus velludas fosas rosadas. Usaba con el joven Antón palabras amistosas en un tono bajo y meloso, a veces quebrado por la excitación.
Había dejado su propio cinto colgado de una rama; remachada burdamente a él una rozada funda de cuero, medio descosida, guardaba un calabozo con agrietado mango de madera moteado de taladrillos de carcoma aquí y allá, y con una ancha hoja espejeante, pulida por el uso.
La intención de Juan Martin era penetrar al muchacho, Antón. El cual rondaba los veinticinco años y se encontraba herrado en tobillos y cuello con gruesos aros, señal de estar sufriendo algún castigo por parte de su dueño; era delgado y de color tan atezado como el de su pareja. Se dejaba dominar. Los dos sabían a qué habían venido desde la Calle Real hasta el escondite en la hondonada. Juan, percibiendo que había llegado el momento, se dispuso a iniciar la culminación del acto cuando el zumbido de las moscas sobre los excrementos, algunos recientes, dejó lugar a unas lejanas voces y a un redoble remoto de cascos de caballos.
Los labriegos de la viña alzaron sus torsos al sentir a los jinetes. Cuando los de la Santa Hermandad hacían acto de presencia en el campo la ritualización de los comentarios de los sencillos jornaleros era inevitable, como si una necesidad suprahumana y preestablecida los obligara a pronunciar fórmulas heredadas, salmodias mecánicas, añejas fraseologías que, como en todos los actos rituales, funcionaban como insignias verbalizadas cohesionadoras del grupo. En el fondo, muy encubierto a la conciencia, latía el miedo ancestral del rebaño:
—Ahí tenemos a los Mangasverdes.***
—Más vale tarde que nunca.
—Francisco trae el pincho al modo judezno. Se echa de ver hasta en eso que es mohatrero en más de la mitad.
—Más que Caifás, el bellaco de él.
—No, hombre. Es que a Su Señoría le duelen los riñones.
—¿Será de montar a su mujer? O al menos de intentarlo.****
Rieron todos, bajando las cabezas para disimular.
Alguien, al otro lado de la reguera, señaló a los caballistas el grupo de árboles, y hacia él se dirigieron a medio galope enristrando las ballestas, seguros de poder capturar a sus presas.
* Zaragüelles. (Del árabe hispano saráwil, este del árabe clásico sarāwīl, y este del arameo sarbāl[ā] o sarbēlā o sarbalā). Masculino, plural, coloquial. Calzones muy anchos, largos y mal hechos. RAE.
Alonso de Ercilla en su poema épico La Araucana, II, 268, usa la forma singular, zaragüel, con el mismo significado.
** Con toda probabilidad el esclavo habia recibido el apellido Martin del conquistador Martin de Alfaro, considerando el parentesco que éste tenía con su ama, doña Luisa (ver la nota primera del capítulo anterior). Familia de doña Luisa era doña Leonor de Alfaro, que disfrutaba de posesiones en Castilleja, al menos a principios de 1547 —año de, dicho sea de paso, la muerte de Hernan Cortes—, tal y como lo demuestra un documento de obligación de dote otorgado el martes 8 de febrero de dicho año "en esta Villa [de Castilleja de la Cuesta] estando dentro de la huerta de doña Leonor de Alfaro, que es dentro del Señorío de esta Villa". Entonces actuó de testigo un Francisco de Alfaro, vecino de Sevilla, sin duda otro miembro de la familia.
¿Se encontraba el higueral refugio de los esclavos en esta huerta? Todo parece indicar que sí.
*** Las mangas verdes del uniforme de los cuadrilleros dieron lugar a la expresión "a buenas horas, mangas verdes".
**** Recuérdese que la esposa del Alcalde de la Santa Hermandad, Isabel Rodriguez, se encontraba embarazada, y que era objeto de comentarios acerca de su discutible fidelidad (Los esclavos 59). De Isabel Rodriguez sabemos también que en determinada época se dedicó a la venta de pan, según se echa de ver en un pleito que le formaron los Regidores del Concejo, quienes la acusaron de falta de peso en sus hogazas, las cuales hacía traer desde Sevilla cada día muy temprano para comercializarlas en la casa de la Plaza. El documento está muy deteriorado:
En la villa de Castilleja de la Cuesta en viernes 14 de mayo de 1557 ... Juan Millán y Juan ... , Regidores de esta dicha villa pesaron cierto pan que hallaron ... del cual dicho pan hallaron seis hogazas y media, que cada una de las dichas hogazas oblongas ... la falta que de ellas hallaron los dichos señores Regidores lo tomaron por perdido, y para darlo a quien le pareciere darlo con ... y justicia, y asimismo mandaron los dichos señores Regidores y los señores ... para se ... Isabel, mujer de Francisco de Aguilar, porque no cumplió ni ha cumplido el mandado que le mandó el señor Juan de Vega, Alcalde Ordinario de esta dicha villa1, y el señor Juan Millán, Regidor, porque son informados los dichos Regidores que el pan que hallaron falto le condenan por perdido de la dicha Isabel ... dicho pan ... Martin de Santana y Juan M... , vecinos de esta villa.
Y los dichos señores Regidores les dieron parte a los señores Bernabe Martin y Juan de Vega ... dichos dos juntamente apliquen el dicho pan a las ... que mejor les pareciere que se deba dar.
Y luego, estando juntos los dichos señores ... inspectores, mandaron repartir el dicho pan por los pobres que más necesidad tengan en esta dicha villa.
1.- Fue precisamente un mes después de este pleito cuando a Juan de Vega le propinaron los Franco y sus esclavos la paliza, motivada por su oposición a los vertidos de lía en plena calle ("Los esclavos 7" y siguientes), la cual paliza imaginamos que debió consolar a Isabel de alguna manera, tan reciente como estaba la requisa de su pan.
1 comentario:
Querìdo Antonio;
una gozada volver a leerte , qué super libro estás escribiendo .
Te mando un beso fresco que hace mucho calor.
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