Estos días se puede visitar una exposición en el sevillano Centro Cultural Cajasol que reune más de 400 piezas arqueológicas con las que la Hispanic Society of America conmemora el centenario de su establecimiento en Nueva York. La Hispanic Society es la obra del hijo de un acaudalado empresario estadounidense fundador de astilleros y de compañías de ferrocarriles. El dicho hijo, llamado Archer Milton Huntington (1870-1955), fue el feliz heredero de una de las fortunas más grandes del mundo, y tenía una mentalidad poseída casi en su totalidad de veleidades de coleccionismo científico, con cuya inteligencia supo aprovecharse de una serie de gobiernos débiles en un país totalmente desorganizado para esquilmar a su gusto cuanto tesoro cultural y artístico caía en sus manos. Además de actuar en otros muchos lugares de la geografía peninsular, eligió como centro de sus actividades la zona de la cornisa de Los Alcores frente a la del Alfarafe, Vega del Guadalquivir por medio, en donde se amontonaban —y se amontonan— riquísimos vestigios de antiguas civilizaciones y culturas, como la tartésica, la púnica o la romana.
De entre sus zarpazos más productivos es menester mencionar la compra de la biblioteca sevillana de Manuel Pérez de Guzmán y Boza, marqués de Jerez de los Caballeros, un negocio redondo que elevó a Huntington en un pedestal a ojos de sus compatriotas, pero que obligó a decir a Ramón Menéndez Pidal que la de Cuba no había sido una pérdida peor. Por extraño que parezca nombrósele Hijo Adoptivo de Sevilla, ciudad por la que acostumbraba a pasear con frecuencia, y de entre sus amistades disfrutaba de las de Antonio Machado, Emilia Pardo Bazán, Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno y Rubén Darío.
Archer Huntington parecía destinado, por afinidad de espíritu, a formar estrechos vínculos camaraderiles con un arqueólogo, hombre de su misma generación, hijo de un inglés ingeniero industrial que había trabajado en las minas de Riotinto en Huelva y en las instalaciones de la luz de gas en Sevilla. George Edward Bonsor Saint Martin (1855-1930), nació en Lille (Francia) y fue introducido por su padre en la cultura y el mundo ibéricos. Al joven le sonreirían suerte y fortuna en las muchas exhumaciones que emprendió por doquier, y desde luego en las que llevó a término en Carmona y en general en todo el borde oriental del bajo Guadalquivir conocido como Los Alcores. Y así, no hicieron malas migas el francés Bonsor y el norteamericano Huntington. Aquél, sabedor de la pasión que enajenaba el espíritu coleccionista de su amigo e interesado en desarrollar una relación tan prometedora, lo atiborraba de regalos, obsequios, preseas y dádivas de todas las clases relacionadas con su afición insaciable. Hubo quien dijo que todos llevamos dentro un coleccionista, afirmación en la que abundará cualquiera que ejecute un elemental ejercicio de introspección. Acaso sea esta faceta del alma de los hombres el motor engendrador del omnipresente y nefasto sistema capitalista basado en la acumulación de bienes materiales que tanto y tanto daño ha hecho, hace y —según todas las previsiones— va a continuar haciendo a la sufrida humanidad.
A mediodía del 14 de agosto de 1899 uno de los peones de Bonsor escarbaba cual gallina en un repecho del montículo de El Acebuchal en las cercanías de Carmona cuando sus rudas manos polvorientas tropezaron con un artefacto de barro cocido que en un principio no ofrecía diferente aspecto a los demas que minaban la zona. Fue al concluir y acabar de desenterrar la ennegrecida vasija cuando observó en su fondo una formación calcárea, petrificada, reseca, constituida por ciertos elementos alargados, los más de ellos del tamaño y forma de cigarrillos comunes, hundidos todos en un sedimento arenoso que aparecía gris oscuro, lo cual llevó de inmediato al obrero a dispensarle un trato de favor en obediencia a las repetitivas consignas que Jorge Bonsor recalcaba mañana tras mañana a sus cuadrillas al empezar las tareas de campo. El contenedor de la endurecida masa representaba una de los típicos recipientes campaniformes que los pastores nómadas del año 1500 antes de Cristo enterraban junto a sus difuntos, como objetos de prestigio social que eran para aquellas comunidades. Se peinó en forma y en detalle todo el área buscando pistas y nexos que aclararan el hallazgo, pero sin éxito al margen de algunas piedras quemadas, algunos pequeños instrumentos de cobre, algunas lascas dentadas de sílex que no dijeron nada que aportara más significado al descubrimiento. Al paso de los días afanosos y de las calenturientas divagaciones aquella especie de paila o, más bien, suerte de lebrillo como de medio cántaro de capacidad, fue adquiriendo valor según las especulaciones iban añadiéndose y desarrollándose al respecto. Muchos aseveraban que era una urna funeraria con restos humanos, y fue esta teoría la que prevaleció, dando suelta a las más fantasiosas interpretaciones: un general caído al frente de sus ejércitos y pisoteado por la caballería, una bella princesa ejecutada por su regio amante despechado por alguna infidelidad, un sabio anacoreta fallecido beatíficamente en la soledad de su choza... Como quiera que fuese, Bonsor vió la oportunidad y aprovechó la coyuntura para, buscando impresionar a su amigo, ofrecérsela regalada como otra prueba más de su buena voluntad. Ya el obsequio poseía la suficiente dignidad, el exigido valor. Una tarde del bello otoño andaluz en el domicilio del arqueólogo galo en Mairena del Alcor (había comprado el castillo de la localidad para rehabilitarlo como vivienda) tras la merienda con té y dulces, Bonsor, puro habano asomado entre sus bigotes poblados y negrísimos, dando un carácter teatral a sus movimientos desenvolvió de un crujiente papelote satinado el lebrillo con el enigmático contenido que el tiempo había soldado a su fondo y se lo ofreció ceremoniosamente a su anfitrión, como si con él le entregase un arcaico símbolo de la muerte, un sagrado misterio, la clave de las fuerzas propulsoras de las fuentes del Desconocimiento. Sintióse Hungtinton de inmediato más completo en su persona, inundado de una oleada de euforia, orgulloso de ser quien era, de aquella afortunada circunstancia que le permitía recibir semejante joya, para él en más estima que un diamante de igual tamaño. Se sintió atraído hacia la tosca urna como si de un imán se tratase, y convirtióla en su pieza predilecta hasta el fin de sus días.
Pasaron meses, años. Archer Milton Huntington regresó a su país; ordenó, clasificó e inventarió sus inmensas colecciones y un buen día decidió formar un museo con ellas y crear una sociedad dedicada al estudio de la cultura hispánica. El año 1904 nació la Hispanic Society of America, con sede en Nueva York. En 1909 se abrió el edificio de exposiciones con una exhibición de pinturas de Sorolla. Archer hizo construir un armario de esqueleto metálico que enmarcaba gruesos cristales, diseñado para evitar los irreparables daños que un inesperado incendio pudiera ocasionar a su tesoro, e hizo colocar en su interior el lebrillo carmonense.
Muchos millones de personas desfilaron ante la vitrina. Neoyorquinos, estadounidenses en general, turistas de todos los países del mundo entero que sentían la casi religiosa obligación de visitar tan afamado museo en aquella magnífica capital clavaron sus ojos en lo que sin duda era un amasijo de huesos humanos. Hasta que, como queda dicho, en el año 2009, la pieza fue incluída entre las que iban a ser mostradas en España, y en el mencionado Centro Cultural de Cajasol de Sevilla quien esto escribe tuvo ocasión de contemplarla detenidamente, catalogada con el número 10044, aunque lo hizo con ojos bien distintos a cuantos la habían visto hasta la fecha, según se desprende de la lectura del capítulo que sigue en esta historia de Castilleja de la Cuesta.
domingo, 5 de julio de 2009
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